Capítulo 6 La Visión y el Llamado de Isaías

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La Visión y el Lla­mado de Isaías

CAPÍTULO 6

  • El Peri­odo Asirio: Con­flicto y Vic­to­ria (1–39) 
  •  Dis­cur­sos y Pro­fecías Cen­tradas en Jerusalén y en Judá (1–12)

    Santo, Santo, Santo, es el Señor de los ejérci­tos, Llena está toda la tierra de Su glo­ria.” (Is. 6:3)

Después de haber leído muchas exposi­ciones de Isaías, uno es dejado con la sen­sación de que no está clara la expli­cación del por qué el capí­tulo 6 aparece donde está en lugar de que esté al ini­cio del libro. Las opin­iones de var­ios escritores nos dejan la impre­sión de que sus esfuer­zos son bási­ca­mente suposi­ciones, con ninguna base firme en hechos o rev­ela­ciones. Young sug­iere que en forma difer­ente a Jere­mías, cuya per­son­al­i­dad se destaca a través de todo su libro, Isaías el hom­bre retro­cede hacia el entorno aunque si bien mantiene el men­saje como pre­dom­i­nante. Lo que sabe­mos acerca de Isaías por sí mismo es apren­dido en primer lugar a través de su pred­i­cación y men­saje. El ini­cia con una intro­duc­ción a su men­saje (capí­tu­los 1–5). El primer capí­tulo surge en el lugar lógico a ini­ciar. Allí nom­bra todos los reyes en cuyo reino pro­fe­tizó e intro­dujo los temas de los peca­dos de Judá y el men­saje fun­da­men­tal de Dios para la nación. Cuando Isaías viene a su pro­pio lla­mado tra­baja en él sin inter­rup­ción, hacién­dolo coin­cidir con el capí­tulo 1, un efec­tivo arti­fi­cio lit­er­ario. Intro­duce a sí mismo el dere­cho a hablar, habi­endo sido lla­mado por Jehová al ofi­cio de pro­feta. Puesto que el lla­mado de Isaías es encon­trado a estas alturas, seguimos con nue­stro estu­dio en la certeza de que su posi­ción no es for­tuita o acci­den­tal, sino de acuerdo al propósito de Dios y Su pro­feta. Esta­mos sat­is­fe­chos con la con­fi­anza de que no nece­si­ta­mos cono­cer la respuesta final, porque ella des­cansa en la mente de Dios.

El capí­tulo 6 cae den­tro de tres divi­siones: (1) La visión de Isaías del poderoso Jehová (vers 1–5); (2) La con­sagración del pro­feta a su mis­ión (vers 6–7); (3) su comisión por parte de Jehová (vers 8–13).

La Visión de Isaías del Señor (ver­sícu­los 1–5)

1 El año de la muerte del Rey Uzías es usual­mente colo­cado en algún punto  del período 748–734 A.C.; 740–739 A.C.; 740–739 (Thiele) es la fecha más común­mente acep­tada. La muerte de este gran rey trae fin a una era en la his­to­ria de Judá. Como es men­cionado con ante­ri­or­i­dad, el reino de Uzías había sido uno de pros­peri­dad y aflu­en­cia no exper­i­men­tada desde los días de Salomón; sin embargo, con él vinieron los peca­dos que hemos descrito. Aunque Judá tuvo la expe­ri­en­cia de tres buenos reyes más, Jotam, Eze­quías y Josías, la his­to­ria de la nación durante este período era una de deca­den­cia; sus días de glo­ria se esta­ban yendo. Esta deca­den­cia, con­flicto y última cau­tivi­dad, el retorno de un rema­nente, y el adven­imiento del Siervo de Jehová el cual debería red­imir al pueblo de una esclav­i­tud más grande, con­sti­tuyen los temas del men­saje del profeta.

Fue en el deci­sivo año de la muerte del Rey Uzías que Jehová se rev­eló a Sí mismo en una visión a Isaías. El pro­feta declara, yo vi al Señor sen­tado sobre un trono alto y sub­lime, y sus fal­das llen­a­ban el tem­plo. No esta­mos diciendo en donde estaba el pro­feta cuando vio la visión; pero es fácil imag­i­narlo ado­rando en el tem­plo cuando la total­i­dad del tem­plo se desvaneció y en su lugar él se encon­tró a sí mismo en el cielo, el tem­plo ver­dadero de Jehová, mirando al Señor de glo­ria. Citando de este capí­tulo, Juan dice, “Isaías dijo esto cuando vio su glo­ria, y habló acerca de él (Jesús)” (Jn 12:41), el cual es el “res­p­lan­dor de su glo­ria, y la ima­gen misma de su sus­tan­cia” (Heb 1:3). Aparente­mente este es el Señor que vio el pro­feta, ya que “A Dios nadie le vio jamás” (Jn 1:18), ninguno de los hom­bres lo pudo haber visto (1 Tim 6:16). La cola o falda majes­tu­osa, la vestidura glo­riosa de su ropa, llenó el tem­plo, llenando el área total del piso alrede­dor de El.

2 Encima del trono están los ser­afines, los cuales pare­cen estar volando por encima del que está sen­tado sobre el trono, sus pies no están tocando el piso, el cual está cubierto por la falda de Su vestidura. Los ser­afines sola­mente apare­cen aquí. La pal­abra (que es la forma plural de “ser­afín”), parece sig­nificar “exis­ten­cia abrasadora”, una clase espe­cial de ánge­les que no deben ser iden­ti­fi­ca­dos o con­fun­di­dos con los queru­bines de Eze­quiel. Tienen alas, caras, pies y voces con las que ala­ban a Aquel que está sen­tado sobre el trono — una indi­cación de que son enti­dades o per­son­al­i­dades espir­i­tuales. Cada ser­afín tiene seis alas: dos cubriendo sus pies, dos son usadas para volar, y dos cubren su cara debido a que está en la pres­en­cia del Señor majes­tu­oso del uni­verso. El número de estas exis­ten­cias glo­riosas parece indicar que es una multitud.

3 Mien­tras cada ser­afín da voces, Santo, santo, santo, parece que aquí hay una excla­mación de respuesta uno al otro. Puesto que tres es el número de la divinidad, el triple recital de “santo” prob­a­ble­mente indica la san­ti­dad abso­luta del que está sen­tado en el trono; El está abso­lu­ta­mente sep­a­rado de todo pecado o inmundi­cia. Con­trario al pan­teísmo, el cual sostiene que Dios es idén­tico con el uni­verso, Isaías lo mira como sep­a­rado y por encima de Su creación (ver Ef 4:6). Toda la tierra está llena de su glo­ria; toda la creación rev­ela y expresa la glo­ria de su Creador. Ver tam­bién el Salmo 19.

4 En tanto que él ser­afín clam­aba, el tron­ido de su voz provocó que los qui­ciales de las puer­tas en las cuales estaba el pro­feta en pie se estremecieran, y la casa se llenó de humo. La fuente del humo es incierta. ¿Vino por la can­ción de los ser­afines mien­tras que ora­ban al Señor, del altar del incienso que está siem­pre delante del trono, o desde el humo de la ira del Señor con­tra el pecado (Sal 18:8; 2 Sam 22:9), ira que estaba pronta para salir a rau­dales sobre el mal­vado? En una visión sim­i­lar, Juan vio a los siete ánge­les con las siete pla­gas próx­i­mas a ser ver­tidas sobre un mundo mal­vado. Entonces “el tem­plo se llenó de humo por la glo­ria de Dios, y por su poder; y nadie podía entrar en el tem­plo hasta que se hubiesen cumplido las siete pla­gas de los siete ánge­les” (Apoc 15:8). Parece prob­a­ble, entonces, que el humo debería ser iden­ti­fi­cado con la ira de Dios, pero se per­mite que el lec­tor haga su propia decisión con respecto a la fuente.

5 En la pres­en­cia de tal glo­ria y abso­luta san­ti­dad, y posi­ble­mente el humo de la santa ira de Dios, el pro­feta se vuelve con­sciente de su propia inmundi­cia y exclama, ¡Ay de mí! que soy muerto. Está per­dido, arru­inado, con­de­nado a morir. En el capí­tulo 5 el pro­feta había pro­nun­ci­ado seis ayes sobre el mundo mal­vado e impío. Este, el sép­timo ay, él lo pro­nun­cia sobre sí mismo, por un mundo de pecado “No hay justo, ni aun uno” (Rom 3:10, citando Sal 14:1). El pro­feta ofrece dos razones para su con­dena: Porque siendo hom­bre inmundo de labios, y habi­tando en medio de pueblo que tiene labios inmun­dos. Habi­endo sido traído cara a cara con el Rey, Jehová de los ejérci­tos, el cual es abso­luto en san­ti­dad, el pro­feta con­cluyó que aún la per­sona más pura es inmunda cuando es medida por el patrón divino. En resumen, no inten­cional­mente, y posi­ble­mente incon­scien­te­mente, uno se con­t­a­m­ina con lo sucio cuando está rodeado por la inmundi­cia; invari­able­mente toma algo de las impurezas del entorno.

La Con­sagración del Pro­feta (ver­sícu­los 6–7)

6 Sobre este lamento del pro­feta, el cual reconoce su propia inmundi­cia en la pres­en­cia de Dios, uno de los ser­afines se sep­ara por sí mismo del resto. Tomando un car­bón o piedra encen­dida del altar, voló al pro­feta, tocando sus labios con el car­bón. Ya sea que el ser­afín tomó el car­bón del altar con las tenazas y entonces lo trans­firió a sus manos, o con­tinuó sostenién­do­los con las tenazas, lo cual parece incon­se­cuente. El altar es sin duda el altar del incienso, no el altar de las ofren­das; porque el primero es el altar local­izado delante del trono (Éxo 30:1–10; Apoc 8:3).

7 Tocando la boca del pro­feta con el car­bón, el ser­afín dijo: He aquí que esto tocó tus labios, y es quitada tu culpa, y limpio tu pecado. El pecado y la culpa del pecado deberán ser removi­dos – bor­ra­dos — si uno existe para ser un siervo acept­able al Señor (ver las pal­abras de David en Sal 51:10,14); y puesto que todo pecado es final­mente con­tra Dios (Sal 51:4), sola­mente Dios puede per­donarlo. No es el car­bón caliente o el ser­afín que per­dona y absuelve el pecado; ten­emos en la visión una descrip­ción sim­bólica del reconocimiento y admisión de Isaías de su pro­pio pecado y el perdón de Dios de aque­l­los peca­dos. En ver­dad, ningún sac­ri­fico es indi­cado o referido; pero ya que mien­tras Juan recono­ció al Cristo en esta escena de glo­ria div­ina (Jn 12:41), no está fuera de razón con­cluir que es a través de Él y de Su futuro sac­ri­fi­cio que los peca­dos de Isaías fueron per­don­a­dos. El pro­feta estaba ahora listo para respon­der a la necesi­dad del Señor de alguien al cual El pudiera enviar y por medio del cual el podría rev­e­lar en visiones y rev­ela­ciones futuras al Siervo de Jehová, por medio del cual todo el perdón y la reden­ción podría ser lle­vada a cabo.

La Comisión del Pro­feta por parte de Jehová (ver­sícu­los 8–13)

8 Habi­endo sido limpiado de su pecado y habi­endo sido quitada su iniq­uidad, Isaías está ahora en la posi­ción de oír y respon­der al lla­mado del Señor. Él oye la voz del Señor, con­te­s­tando, ¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros? En el uso del plural “nosotros”, el Señor se está refiriendo prob­a­ble­mente a Su corte, no a la Trinidad, no obstante, esto es posi­ble. El propósito de la visión era preparar a alguien para ser envi­ado al pueblo. El pro­feta está listo con una buena vol­un­tad y una respuesta inmedi­ata, Heme aquí, envíame a mí.

9 El pro­feta es ahora comi­sion­ado para ir, con instruc­ciones para predicar un men­saje a este pueblo, no más “mi pueblo” (3:12; 5:13) o “su pueblo” (5:25), el cual rehusará a oír o hacer caso. No obstante, el pueblo oirá las pal­abras del pro­feta, en su estado de ánimo ni enten­derán ni percibirán la ver­dad ni la apli­cación de su mensaje.

10 En la pred­i­cación, Isaías engrosará el corazón de este pueblo, agravará sus oídos, y cegará sus ojos, para que no vea con sus ojos, ni oiga con sus oídos, ni su corazón entienda, ni se con­vierta, y haya para él sanidad. El Señor está diciendo al pro­feta lo que acon­te­cerá como resul­tado de su pred­i­cación: sus pal­abras, las cuales deberían lograr un fin, de hecho, resul­tarán en otro. Lo que podría y debería pro­ducir arrepen­timiento y sal­vación ter­mi­nará en una apos­tasía total. Pen­sar que Dios está aquí anun­ciando que Su pal­abra será rec­haz­ada inde­pen­di­en­te­mente de la vol­un­tad de la gente, por si misma es con­traria tanto a la nat­u­raleza de Dios como a Sus pro­pios man­damien­tos. Su invitación es, “Venid luego, dice Jehová, y este­mos a cuenta: si vue­stros peca­dos fueren como la grana, como la nieve serán emblan­que­ci­dos; si fueren rojos como el carmesí, ven­drán a ser como blanca lana. Si quisiereis y oyereis, com­eréis del bien de la tierra; si no quisiereis y fuereis rebeldes, seréis con­sum­i­dos a espada (1:18–20). El propósito de la pal­abra del Señor al pro­feta es que la pred­i­cación es puesta por el Señor para endure­cer com­ple­ta­mente al pueblo si ellos no escuchan. Las con­se­cuen­cias des­cansan ahora en el pueblo mismo. Pero por Su conocimiento de la his­to­ria del pueblo y su rev­elación div­ina, el Señor conoce cual será la reac­ción. El endurec­imiento será com­pleto; y la vol­un­tad, de hecho, será lograda por la pred­i­cación que real­mente está des­ti­nada para salvar.

La pre­gunta que podría ser dirigida al Señor es por que, sabi­endo que el resul­tado debería ser el endurec­imiento al podría predicar al pueblo del todo. Note lo que es la nación, “este pueblo”,  que rec­haz­ará com­ple­ta­mente el men­saje. Pero fuera de la nación Dios había dicho que sal­vará a un rema­nente (1:9); los indi­vid­uos que for­man este rema­nente oirán, Jehová nunca perderá de vista a los indi­vid­uos que oirán Su voz y harán Su voluntad.

11–12 El pro­feta responde con una pre­gunta, ¿Hasta cuándo, Señor? ¿Está Isaías pre­gun­tando cuanto es el tiempo en que la nación esté com­ple­ta­mente endure­cida, o cuanto tiempo deberá con­tin­uar pred­i­cando, viendo que el pueblo no escuchará? Prob­a­ble­mente está pre­gun­tando cuando será com­pleto el endurec­imiento. Pero cualquiera que hubiese sido el sig­nifi­cado exacto de la pre­gunta, la respuesta debería ser la misma, para Isaías es con­tin­uar pred­i­cando hasta que el endurec­imiento sea total. La respuesta de Jehová es des­gar­radora. El endurec­imiento del corazón, el emb­o­tamiento de los oídos, y la ceguera de los ojos los guiará a la total destruc­ción. Isaías debería con­tin­uar pred­i­cando , entonces, hasta que las ciu­dades estén aso­ladas y sin morador, destru­idas por los inva­sores hasta que no haya hom­bre en las casas, vacía, habi­endo sido con­ducido el pueblo fuera de sus casas; hasta que la tierra esté hecha un desierto, sin cul­ti­var y pisoteada bajo sus pies, no siendo ya pro­duc­tiva; hasta que Jehová haya echado lejos a los hom­bres, lleván­do­los cau­tivos a una tierra extraña, traslada­dos lejos de su patria querida, y hasta haya mul­ti­pli­cado los lugares aban­don­a­dos en medio de la tierra — un total cumplim­iento de las predic­ciones de Moisés (Lev 26; Deut 28) y por el mismo pro­feta (1:7–8).

13 Oscuro y poco prom­ete­dor como que podría ser la descrip­ción, el Señor per­mite un rayo para con­so­lar en medio de estas nubes ame­nazado­ras de tor­menta, estará allí un rema­nente que escapará. No obstante un décimo, un pequeño rema­nente, escapa, aún al dar la vuelta serán destru­i­dos hasta que aque­l­los que per­manez­can sean un rema­nente del rema­nente. Así como es cor­tado un roble o un encino, quedando sola­mente un tronco o empal­izada, así será el tronco, la simiente santa (o sus­tan­cia, vida). El propósito de esto es que aparte del pequeño rema­nente que está escapando ven­drá un rema­nente más pequeño; así tam­bién no deberá resi­s­tir la total­i­dad del rema­nente. Este rema­nente más pequeño, es el que Pablo tuvo a la vista cuando dijo: “Así  tam­bién aún en este tiempo ha quedado un rema­nente escogido por gra­cia” (Rom 11:5; ver tam­bién 9:27–28). Este es el rema­nente del rema­nente; lo pequeño de su número es tam­bién men­cionado por la ilus­tración de Eze­quiel de los pocos cabel­los ata­dos a sus fal­das (ver Eze 5:1–4).

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