En la mitología grie­ga hay el cuen­to de un cazador lla­ma­do Nar­ciso que era afama­do por su belleza.  Nar­ciso era muy orgul­loso, tan­to que des­deña­ba a aque­l­los que lo ama­ban.  Había una joven bel­la que lo ama­ba pro­fun­da­mente y él la des­pre­ció.  Para cas­ti­gar­lo, la diosa de la ven­gan­za lo atra­jo a una pisci­na donde podía ver su pro­pio refle­jo.  Él se quedó sor­pren­di­do por la belleza de su refle­jo, y no dis­cernió que su refle­jo era sólo una ima­gen y se enam­oró de ella.  No pudio dejar la belleza de su refle­jo y se quedó fijo en ese lugar admi­ran­do su propia belleza.  Con el tiem­po des­cubrió que no podía ten­er el obje­to de su deseo y murió de tris­teza.  El cuen­to de Nar­ciso es el ori­gen del tér­mi­no nar­ci­sis­mo, una fijación con sí mis­mo.

El nom­bre del míti­co Nar­ciso es usa­do para cap­turar el atrib­u­to de la per­son­al­i­dad del nar­ci­sis­mo.  El trastorno nar­ci­sista de la per­son­al­i­dad se car­ac­ter­i­za fun­da­men­tal­mente por un estar com­ple­ta­mente enfo­ca­do en sí mis­mo, con una acti­tud en la que se enfa­ti­za la auto impor­tan­cia, el cul­to a sí mis­mo.  Se tra­ta de per­sonas con grandes deseos de orig­i­nal­i­dad, que viv­en pen­di­entes de man­ten­er y ofre­cer a los demás una ima­gen irre­al e ide­al­iza­da de sí mis­mos con el fin de fasci­narles y obten­er su admiración.  Todo lo que a ellos se refiere está fuera de lo común, y has­ta cuan­do hablan de sus prob­le­mas pre­tenden que éstos son “espe­ciales”.  Es una con­tin­ua necesi­dad de sor­pren­der a otros para lograr fasci­narles.

Cuan­do están solos, se escapan a un mun­do de fan­tasía en el cual todo son tri­un­fos, éxi­tos y glo­ria, vivien­do ple­na­mente a través de la imag­i­nación estas situa­ciones, como un modo com­pen­sato­rio de lle­var a cabo los deseos que la vida real no es capaz de sat­is­fac­er­les.  Sue­len ser per­sonas con una gran ten­den­cia a com­para­rse con los demás y son muy envidiosas.  Les molestan los tri­un­fos ajenos como si éstos deslu­ciesen su ima­gen, difi­cul­tan­do el poder ejercer su fasci­nación sobre los otros.

Exager­an ante los demás los logros y hon­ores que han obtenido en los diver­sos cam­pos, inten­tan­do de este modo rodearse de un halo de genial­i­dad que despier­ta la admiración de quienes les rodean.  Esto es muy car­ac­terís­ti­co, ya que nece­si­tan ser con­stan­te­mente admi­ra­dos, para de este modo reafir­mar la ima­gen ide­al­iza­da que tienen de sí mis­mos.  Por esto, están siem­pre muy pen­di­entes de las apari­en­cias, de su ima­gen, de la impre­sión que cau­san en los otros y de las opin­iones que los demás expre­san de ellos.

Per­sonas con altos nive­les de nar­ci­sis­mo – nar­ci­sis­tas – pien­san que son mejor que otros en posi­ción social, bue­na apari­en­cia, inteligen­cia y cre­ativi­dad.  Sin embar­go, no lo son.  Medi­dos obje­ti­va­mente, son igual que todos los demás.  No obstante, los nar­ci­sis­tas se ven a sí mis­mos como fun­da­men­tal­mente supe­ri­or – espe­cial, inti­t­u­la­dos, y úni­cos.

Según un libro tit­u­la­do “La Epi­demia del Nar­ci­sis­mo,” escrito por dos psicól­o­gos, ha habido un ince­sante aumen­to del trastorno men­tal del nar­ci­sis­mo en nues­tra cul­tura.  Según ellos, este país está sufrien­do una epi­demia del nar­ci­sis­mo.  El dic­cionario define una epi­demia como una aflic­ción “que afec­ta a… un número despro­por­cionada­mente grande de indi­vid­u­os den­tro de una población” y el nar­ci­sis­mo más que enca­ja esa defini­ción.

En datos de 37,000 estu­di­antes uni­ver­si­tar­ios, los atrib­u­tos de la per­son­al­i­dad nar­ci­sista se elevó tan rápi­do como la obesi­dad des­de el perío­do de 1980 has­ta hoy, con el cam­bio espe­cial­mente pro­nun­ci­a­do en las mujeres.  El aumen­to del nar­ci­sis­mo se está aceleran­do, con el número aumen­tan­do más ráp­i­da­mente en año 2000 que los años ante­ri­ores.  Para el año 2006, 1 de cada 4 estu­di­antes de la uni­ver­si­dad con­cord­a­ban con la may­oría de las clasi­fi­ca­ciones de una medi­da están­dar de los atrib­u­tos nar­ci­sis­tas.

El Trastorno Nar­ci­sista de la Per­son­al­i­dad (TNP), la más grave ver­sión, clíni­ca­mente diag­nos­ti­ca­da de la car­ac­terís­ti­ca, tam­bién es más común de lo que se pens­a­ba.  Casi 1 de cada 10 per­sonas en los vientes, y 1 de 16 de todas las edades, han exper­i­men­ta­do los sín­tomas del TNP.  Aun estos números impac­tantes son sólo la pun­ta del tém­pano; escon­di­do deba­jo está la cul­tura nar­ci­sista que ha atraí­do a muchos más.  La epi­demia nar­ci­sista se ha exten­di­do a la cul­tura en lo entero, afectan­do tan­to per­sonas nar­ci­sis­tas como per­sonas menos egocén­tri­c­as.

Según la inves­ti­gación de los autores, todo comen­zó con el esfuer­zo para desar­rol­lar la autoes­ti­ma de algunos.  Aunque todo comen­zó con bue­nas inten­ciones, aho­ra se ha ido al otro extremo.  Muchos han sido seduci­dos por el cre­ciente énfa­sis en la riqueza mate­r­i­al, el aspec­to físi­co, cul­to a las cele­bri­dades, y búsque­da de aten­ción.

Aho­ra el autoes­ti­ma es con­sid­er­a­do la “mar­avil­losa dro­ga nacional,” como que el amor pro­pio es la solu­ción a todos los prob­le­mas del áni­mo decaí­do.  La frase, “No puedes amar a otros si no te amas a ti mis­mo” se ha hecho una expre­sión de moda.  Desafor­tu­nada­mente, las bue­nas inten­ciones detrás de la admiración propia resultó con­trapro­du­cente y aho­ra muchos están crian­do una gen­eración de amadores de sí mis­mos egoís­tas, ensimis­ma­dos y mal­cri­a­dos que creen que tienen más dere­chos que los demás, que se ven a sí mis­mos como el don más grande de Dios a la humanidad.

Las San­tas Escrit­uras nos han adver­tido por los sig­los que los seres humanos se apartarían de los val­ores de Dios y estable­cerían sus pro­pios val­ores.  Según el Espíritu de Dios esos días serían peli­grosos, Tam­bién debes saber que en los últi­mos días ven­drán tiem­pos peli­grosos.  Porque los hom­bres serán amadores de sí mis­mos, avaros, jac­tan­ciosos, sober­bios…”  (2 Tim­o­teo 3:1–2).

Hoy en día hay pocos val­ores más fer­oz­mente cel­e­bra­dos que la impor­tan­cia de la auto-admiración.  La cul­tura de hoy es impul­sa­da no sólo por la cod­i­cia, pero sobre todo por el amor a sí mis­mo.  La tele­visión fes­te­ja las estrel­las mal­cri­adas.  La cirugía plás­ti­ca ha descen­di­do de la alta sociedad al ado­les­cente común, que quiere pare­cerse a las estrel­las de Hol­ly­wood.  Una can­ción pop­u­lar declara, sin aparente sar­cas­mo, “!Creo que el mun­do debe girar alrede­dor de mí!”  Per­sonas com­pran casas osten­tosas con prés­ta­mos más allá de su capaci­dad de pagar.

El foco de la cul­tura en la auto-admiración ha cau­sa­do una fuga de la real­i­dad al mun­do de fan­tasía grandiosa.  Ten­emos ricos fal­sos (con hipote­cas de puro interés y mon­tones de deu­da), la belleza fal­sa (con la cirugía plás­ti­ca y pro­ced­imien­tos cos­méti­cos), atle­tas fal­sos (con sus­tan­cias dopantes), cele­bri­dades fal­sas (a través de pro­gra­mas de real­i­dad en la tele y YouTube), estu­di­antes genios fal­sos (con una inflación de gra­dos), una economía nacional fal­sa (con 16 tril­lones de dólares de deu­da públi­ca), sen­timien­tos fal­sos de ser espe­cial entre los niños (con la cri­an­za y la edu­cación cen­tra­da en la autoes­ti­ma), y ami­gos imag­i­nar­ios (con la explosión de las redes sociales en el inter­net) . Toda esta fan­tasía quizá cría un sen­timien­to bueno, pero, des­gra­ci­ada­mente, la real­i­dad siem­pre gana.  El colap­so de las hipote­cas y la cri­sis financiera resul­tante son sólo una mues­tra de cómo los deseos exager­a­dos final­mente se estrel­lan a la tier­ra.

Pero el mal que el amor pro­pio ha pro­duci­do es más sinie­stro que todo eso.  La acti­tud del amor pro­pio ha pro­duci­do una gen­eración de ado­les­centes obse­sion­a­dos con su propia impor­tan­cia.  Esta acti­tud ha gen­er­a­do un alto gra­do de com­por­tamien­to vio­len­to y agre­si­vo en los jóvenes de hoy.  Estu­di­antes de secun­daria gol­pean a sus com­pañeros y luego bus­can aten­ción por su vio­len­cia medi­ante la pub­li­cación de videos de las golpizas en YouTube.  Muchos viv­en pre­ocu­pa­dos con fan­tasías de éxi­to y pop­u­lar­i­dad y poder ilim­i­ta­do, en lugar de ser obe­di­entes, respon­s­ables y entre­ga­dos.

Varias encues­tas se han lle­va­do a cabo que sopor­tan el sen­timien­to que muchos tienen acer­ca de la cri­an­za mod­er­na, que hemos lle­ga­do a ser demasi­a­do indul­gentes, que alabamos a los niños demasi­a­do, que trata­mos a nue­stros hijos casi como la realeza.  Muchos padres mod­er­nos han inocen­te­mente cometi­do el error de ide­alizar a sus hijos en lugar de ver­dadera­mente amar­los.   Aunque es bueno que no siem­pre esper­e­mos obe­di­en­cia cie­ga, pero creo que nos hemos desvi­a­do demasi­a­do hacia la ten­den­cia de obe­de­cer a nue­stros hijos en lugar de ellos obe­de­cer­nos a nosotros.

Y es esto lo que ha cri­a­do un com­por­tamien­to nar­ci­sista y destruc­ti­vo en nues­tra sociedad.  Muchos cul­pan este fra­ca­so a otras cosas, como demasi­adas armas, y cosas seme­jantes, pero la real­i­dad es que el mal ver­dadero es la condi­ción ególa­tra, envaneci­da e orgul­losa del corazón humano que se ha queda­do sin las restric­ciones de las leyes morales de Dios.  Cuan­do se rela­jan las restric­ciones morales sobre la nat­u­raleza cor­romp­i­da del ser humano, siem­pre bus­cara su pro­pio niv­el nar­ci­sista – ¡todo el tiem­po!

Y el com­por­tamien­to nar­ci­sista es la influ­en­cia más destruc­ti­va en las rela­ciones inter­per­son­ales imag­in­able.  Esa acti­tud elim­i­na la pre­ocu­pación por el bien­es­tar de las otras per­sonas y chu­pa la vida de cualquier comu­ni­cación sig­ni­fica­ti­va.  Ese fue el primer peca­do del uni­ver­so, cuan­do Adán y Eva se esco­gieron a sí mis­mos en lugar de a Dios, y encabeza la lista de peca­dos que Dios odia, “Abom­i­nación al SEÑOR es todo el que es alti­vo de corazón; cier­ta­mente no quedará sin cas­ti­go.” (Prover­bios 16:5; 6:16–17).

El amor pro­pio es el pozo negro de donde escurre toda otra per­ver­sión del corazón humano, porque últi­ma­mente todo el mun­do y todo lo demás se con­vierte en cosa innece­saria y reem­plaz­able en la búsque­da de su insa­cia­ble lujuria.  Sin embar­go, lo que es más ele­va­do en nues­tra sociedad hoy es el “yo.”  La autor­re­al­ización y el auto-deter­min­is­mo y la ima­gen propia son muy apre­ci­a­dos como la esen­cia de la vida por nues­tra cul­tura con­cu­pis­cente.

El após­tol Pablo advir­tió en su car­ta a Tim­o­teo que la cul­tura de los últi­mos días seria iden­ti­fi­ca­da por el peli­gro debido a la per­di­da de la inte­gri­dad moral.  La lista de diecio­cho atrib­u­tos sór­di­dos y deshu­man­izantes de esta cul­tura se comien­za con, “amadores de sí mis­mos”.  Actual­mente, “amadores de sí mis­mos” es sólo una pal­abra en el tex­to griego – phi­lau­tos.  Esta pal­abra com­bi­na­da es con­stru­i­da alrede­dor del pronom­bre inten­si­vo autos que sig­nifi­ca “yo”, y se tra­duce de diver­sas man­eras – él mis­mo, ella mis­ma, nosotros mis­mos, ellos mis­mos.

Esta pal­abra ha inva­di­do nue­stro vocab­u­lario en una mul­ti­tud de pal­abras com­bi­nadas – autó­grafo, auto­bi­ografía, automóvil, autocráti­co, automáti­ca, etc.  En todas estas pal­abras, la idea del “yo” o “por sí mis­mo” es dom­i­nante.  Por ejem­p­lo, “auto­bi­ografía” es la biografía de uno mis­mo – y “automóvil” es la idea de ser móvil en sí mis­mo.

En la pal­abra grie­ga phi­lau­tos, la pal­abra phi­los es aña­di­da a la noción de sí mis­mo (autos).  Phi­los es la pal­abra grie­ga común para amor y sig­nifi­ca el tipo de amor de viene de las emo­ciones del corazón.  Phi­los es mejor definido como un amor car­iñoso, una afi­ción.  Cuan­do somos atraí­dos a algo o nos sen­ti­mos emo­cional­mente cau­ti­va­dos por alguien, esta­mos exper­i­men­tan­do phi­los.  Cuan­do esta pal­abra es aña­di­da a la pal­abra autos, la pal­abra com­bi­na­da indi­ca que la cosa que nos emo­ciona y a que esta­mos afi­ciona­dos; la cosa que nos avi­va y nos da gus­to es nosotros mis­mos – phi­lau­tos.

Esto, según el após­tol Pablo, será el ele­men­to más demostra­ti­vo de la cul­tura de los últi­mos días – per­sonas serán amadores de sí mis­mos (phi­lau­tos).  Más que cualquier otra cosa, esta es la razón porque esta­mos vien­do una dec­li­nación may­or en el bien y una aumentación drás­ti­ca de la mal­dad.  Per­sonas están com­portán­dose egoís­ta­mente.  Están ponien­do sus pro­pios intere­ses delante de las necesi­dades y cuida­dos de otros.  Cada quien bus­ca lo suyo pro­pio.

Cuan­do un joven apri­eta el gatil­lo y mata a sus com­pañeros de escuela, esa per­sona está actuan­do de una man­era phi­lau­tos.  Cuan­do alguien roba de otra per­sona, ese es un acto phi­lau­tos.  De la mis­ma man­era, cuan­do un hom­bre deja a su esposa y famil­ia por otros intere­ses, demues­tra que él es un indi­vid­uo phi­lau­tos.  Aún las pequeñas cosas que hace­mos todos los días en pon­er nue­stros pro­pios intere­ses delante de los demás, o en con­traste de la vol­un­tad de Dios para nues­tras vidas, indi­ca que hay un alto gra­do de phi­lau­tos en todos nosotros.

Estos son tiem­pos peli­grosos, difí­cil para sopor­tar, tiem­pos de gran ansiedad.   La razón es porque el amor pro­pio es la cual­i­dad dom­i­nante en nues­tra sociedad.  Esto pro­duce la acti­tud avara, egoís­ta y arro­gante que se ve tan preva­lente en nues­tra sociedad hoy.  El afec­to ver­dadero se ha casi desa­pare­ci­do y afec­to innat­ur­al aho­ra prevalece.  Vivi­mos en una edad temer­aria y exce­si­va, ya sea la veloci­dad de via­jar, o el des­perdi­cio del dinero, o el des­cuida­do de vidas humanas.  Nues­tra sociedad es una cul­tura auto-destruc­ti­va de muerte, y Satanás dom­i­na todo alrede­dor.

¡El peca­do es el más estre­sante de todas las cosas!  Y esta­mos rodea­d­os de peca­do.  Un fac­tor impor­tante en enfrentarnos a estos tiem­pos de peli­gro está en enfrentar, y resi­s­tir y vencer, la propen­sión humana hacia ser “amadores de sí mis­mos” en una sociedad total­mente nar­ci­sista.  Vamos vien­do las car­ac­terís­ti­cas de estos amadores de sí mis­mo.

Cua­tro de las expre­siones que Pablo usa para describir las car­ac­terís­ti­cas de los tiem­pos peli­grosos están com­bi­nadas con el “amor” (phi­lo), sugirien­do que la cosa fun­da­men­tal­mente mal con esta gente es que su amor está mal dirigi­do.  En lugar de ser amadores de Dios, son amadores de sí mis­mos, amadores del dinero y amadores de los deleites.  Entre medio de esas cua­tro expre­siones vienen las otras expre­siones que son entera­mente descrip­ti­vas de la rotu­ra de las rela­ciones de per­sonas con una y otra.

Las primeras tres elab­o­ran sobre el sig­nifi­ca­do del amor pro­pio.  Per­sonas que se aman a si más que a todos los demás se hacen vanidosos, sober­bios, blas­femos.”  La pal­abra vanidosos tam­bién sig­nifi­ca pre­sum­i­dos, afec­ta­dos, pre­ten­ciosos.  La pal­abra sober­bios sig­nifi­ca jac­tan­ciosos, orgul­losos, arro­gantes.  Y esas dos acti­tudes nat­u­ral­mente nos lle­van a la sigu­iente, blas­femos, que tam­bién se tra­duce detrac­tores, groseros, maldicientes porque inevitable­mente los que tienen una opinión exager­a­da de sí mis­mos siem­pre miran con des­dén a otros y hablan mal de ellos.

Las otras cin­co expre­siones se pueden agru­par jun­tas porque se refieren a la vida famil­iar, y espe­cial­mente a la acti­tud que algunos jóvenes adop­tan hacia sus padres – des­obe­di­entes a los padres, ingratos, impíos, sin afec­to nat­ur­al, implaca­bles.  Las pal­abras grie­gas todas son neg­a­ti­vas en for­ma y comien­zan con el pre­fi­jo a-, como usamos des- o sin en el castel­lano, para enfa­ti­zar la fal­ta ter­ri­ble de bue­nas cual­i­dades que la ego­la­tría despo­ja del corazón.

Las primeras dos expre­siones son des­obe­di­entes a los padres, a quienes las escrit­uras dice que los niños deben hon­rar y obe­de­cer, y la pal­abra ingratos que sig­nifi­ca mala­grade­ci­dos, que están aún car­entes de la apre­ciación bási­ca.  La sigu­iente pal­abra es tra­duci­da impíos, que es lo opuesto a la san­ti­dad, devo­ción y piedad hacia Dios.  Sig­nifi­ca la fal­ta de respeto para cosas sagradas – irrev­er­entes.  La ter­cera pal­abra es sin amor o sin afec­to nat­ur­al, tam­bién sig­nifi­ca total­mente car­ente de afec­tos nor­males, o sin corazón.

La últi­ma pal­abra de este grupo es implaca­ble, que tam­bién sig­nifi­ca irrec­on­cil­i­able o que no per­dona.  Esta pal­abra describe las per­sonas que están tan rebeldes, tan irrec­on­cil­i­ables que ni siquiera están dis­puestos a venir a la mesa para nego­ciar.  En una sociedad ide­al, la relación de los hijos hacia sus padres debe car­ac­teri­zarse por la obe­di­en­cia, grat­i­tud, respeto, car­iño y razon­abil­i­dad.  En tiem­pos de estrés, tiem­pos difí­ciles y peli­grosos, cuan­do el nar­ci­sis­mo está desen­fre­na­do estas cual­i­dades fal­tan, o están total­mente ausentes.

Las otras siete pal­abras de la lista son obvi­a­mente un ámbito más amplio que sólo la famil­ia.  Pero tam­bién brotan del amor mal dirigi­do, un afec­to dirigi­do hacia aden­tro, hacia sí mis­mos.  La primera es calum­ni­adores (en el idioma griego dia­boloi, que lit­eral­mente sig­nifi­ca ‘demo­ni­os’), y es tam­bién tra­duci­do mur­mu­radores o chis­mosos.  Estos son cul­pa­bles del peca­do de hablar mal de los demás, espe­cial­mente a sus espal­das. Per­sonas nar­ci­sis­tas no pueden pen­sar o decir nada bueno de sus próji­mos porque para ellos nadie tiene val­or más que ellos mis­mos – miran a todos con des­dén.

Tam­bién son desen­fre­na­dos o sin tem­plan­za que sig­nifi­ca inmod­er­a­dos, mal­gas­ta­dores e inmorales, o ingob­ern­ables, des­or­de­na­dos.  La sigu­iente pal­abra es cru­eles, que sig­nifi­ca bru­tal o sal­va­jes – bes­tiales.  La otra pal­abra es abor­rece­dores de lo bueno, que sig­nifi­ca ene­mi­gos de lo bueno o extraños a todo lo que es bueno.  Son gente que odi­an y detes­tan toda regla moral y rec­ta.

La sigu­iente expre­sión tocante estas per­sonas en los tiem­pos peli­grosos es que son traidores que tam­bién sig­nifi­ca traicioneros o engañosos (esto se usa en Lucas 6:16, del traidor Judas).   La sigu­iente pal­abra es impetu­osos y tam­bién sig­nifi­ca temer­ar­ios o arrebata­dos, impul­sivos (total­mente descon­sid­er­a­dos en pal­abra y acción) y después engreí­dos, que sig­nifi­ca hin­cha­do con vanidad o envaneci­dos (impli­ca: pre­sun­tu­oso, obsti­na­do).

Así que volve­mos a la mal­dad bási­ca con la que se comen­zó la lista repul­si­va, y ese es el orgul­lo.  Y todo este com­por­tamien­to inso­cial y anti­so­cial – estos des­obe­di­entes, ingratos, irre­spetu­osos, inhu­manos a los padres, jun­to con la ausen­cia de las restric­ciones, la leal­tad, la pru­den­cia y la humil­dad – es la con­se­cuen­cia inevitable de un egoís­mo irre­li­gioso – ¡es la con­se­cuen­cia de un esti­lo de vida y men­tal­i­dad nar­ci­sista!

El hom­bre o la mujer egoís­ta es como el puer­coespín cuan­do se enrol­la en una bola, y sólo pre­sen­ta espinas afi­ladas a los que están fuera de su bola, man­te­nien­do al mis­mo tiem­po toda la piel suave y caliente para sí mis­mo den­tro de su zona.  Si una per­sona es orgul­losa, arro­gante y alti­va, por supuesto que nun­ca se sac­ri­ficara a sí mis­mo para servir a los demás.

El orden de Dios, clara­mente expre­sa­da en Su ley inmutable, es que lo amamos a Él primera­mente, con todo nue­stro corazón, cuer­po, mente y fuerza, en segui­da a nue­stro veci­no y ulti­mo a nue­stros mis­mos, Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente;y a tu próji­mo como a ti mis­mo.” (Lucas 10:27); y tam­bién, Nada hagáis por rival­i­dad o por vanidad; antes bien, con humil­dad, esti­man­do cada uno a los demás como supe­ri­ores a él mis­mo.  No busquéis vue­stro pro­pio prove­cho, sino el de los demás.” (Fil­ipens­es 2:3–4).

Si inver­ti­mos el orden del primero y el ter­cero, ponién­donos nosotros primero y a Dios últi­mo, nue­stro próji­mo, que está en el medio, está des­ti­na­do a sufrir.  Podemos ver cuán impor­tante es que pong­amos el “yo” en su pro­pio lugar, y a Dios en su sitio cor­rec­to, siem­pre en primer lugar.  Por lo tan­to, la raíz del prob­le­ma de los tiem­pos peli­grosos y difí­ciles es que la gente está total­mente cen­tra­da en sí mis­ma, amadores de sí mis­mos.

Sólo la escri­ta pal­abra inspi­ra­da de Dios ofrece una solu­ción rad­i­cal a este prob­le­ma – porque sólo Dios prom­ete una nue­va creación y un nue­vo nacimien­to, que impli­ca ser total­mente trans­for­ma­dos.  Se requiere una reori­entación total de la mente y de la con­duc­ta que nos hace fun­da­men­tal­mente cen­tra­dos en Dios en lugar de ser cen­tra­dos en sí mis­mos.

La per­sona que ama a Dios será siem­pre aspi­rante de un may­or gra­do de san­ti­dad, porque así se hace más como Dios.  El amor a Dios es un prin­ci­pio asim­i­lador, tra­ba­ja más y más, has­ta que seamos trans­for­ma­dos poco a poco a Su ima­gen, Pero nosotros todos, con el ros­tro des­cu­bier­to, con­tem­p­lan­do como en un espe­jo la glo­ria del Señor, esta­mos sien­do trans­for­ma­dos en la mis­ma ima­gen de glo­ria en glo­ria, como por el Señor, el Espíritu.” (2 Cor­in­tios 3:18).

Y cuan­do somos amadores de Dios, nun­ca estare­mos per­fec­ta­mente sat­is­fe­chos con nosotros mis­mos, has­ta que seamos lib­er­a­dos de la esclav­i­tud de la carne pecaminosa, has­ta que des­perte­mos de este esta­do atur­di­do y estúpi­do, al mun­do de los espíri­tus hechos per­fec­tos, y seamos sat­is­fe­chos con la seme­jan­za de Dios.

Es sólo cuan­do Dios es primero y el “yo” es el últi­mo – que amare­mos a la humanidad como Dios la ama, y tratare­mos de dar y servir como Él, como nue­stro Señor y Sal­vador Jesu­cristo y nue­stro Padre celes­tial.  Para sopor­tar estos tiem­pos de peli­gro ten­emos que resi­s­tir y vencer nues­tra ten­den­cia humana de ser “amadores de sí mis­mos”.   Ten­emos que reem­plazar el amor dirigi­do cen­tra­do en nosotros con el amor dirigi­do y cen­tra­do en Dios.  Debe­mos, ante todo, ser ¡amadores de Dios!

Entonces Él se sen­tó, llamó a los doce y les dijo: ‘Si alguno quiere ser el primero, será el últi­mo de todos y el servi­dor de todos. (Mar­cos 9:35)

Respondió Juan…Es nece­sario que Él crez­ca, y que yo dis­min­uya.” (Juan 3:30)

El que se cree ser algo, no sien­do nada, a sí mis­mo se engaña.” (Gálatas 6:3)

El hom­bre arro­gante sus­ci­ta con­tien­das, mas el que con­fía en el SEÑOR pros­per­ará.” (Prov. 28:25)

Jesús es el gran mae­stro de la humil­dad del corazón.  Nece­si­ta­mos diari­a­mente apren­der de Él.  ¡Mire al Mae­stro toman­do una toal­la y lavan­do los pies de Sus dis­cípu­los!  Seguidor de Cristo, ¿no se humil­lara ust­ed?  Míralo como el Sier­vo de sier­vos, ¡y segu­ra­mente no puedes tú ser orgul­loso!  ¿No es esta frase el resumen de Su biografía, “se humil­ló a sí mis­mo”?  ¿No estu­vo Él en la tier­ra siem­pre quitán­dose primero un man­to de hon­or y luego otro, has­ta que, desnudo, fue clava­do en la cruz, y allí no se vacío de Su ser más ínti­mo, der­ra­man­do Su san­gre vital, renun­cian­do todo por nosotros, has­ta que lo pusieron sin un cen­ta­vo en una tum­ba presta­da?  ¡Cuán bajo fue nue­stro queri­do Reden­tor traí­do!  Entonces, ¿cómo podemos ser orgul­losos?” (Car­los Spur­geon)

Amadores De Si Mis­mos

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