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Jerusalén-Sión: Adver­ten­cias y Prome­sas (capí­tu­los 28–35)

 

28. Los Ebrios – y la Piedra en Sión

29. Ay para Ariel – y para Aque­l­los Que Ocul­tan Su Con­se­jo de Dios

30. Ay a la Políti­ca Pro-Egip­cia

31. ¡Ay para Aque­l­los Que Descien­den a Egip­to!

32. El Nue­vo Orden;

    Adver­ten­cia, Juicio, y Ben­di­ciones

33. La Der­ro­ta de Asiria y la Vic­to­ria de Jerusalén

34. El Juicio de las Naciones y de Edom

35. El Camino de San­ti­dad

 

Una Pal­abra de Intro­duc­ción

Delitzsch lla­ma a los capí­tu­lo 28–35 “El Libro de los Ayes”; Leupold (después von Orel­li) los lla­ma “El Libro de Sión.” Ambos son apropi­a­dos. La sec­ción con­tiene una serie de dis­cur­sos proféti­cos que tratan espe­cial­mente con la relación de Judá con las naciones paganas de Egip­to y de Asiria, y sus pro­pios peca­dos y debil­i­dad (caps 28–33). En estos capí­tu­los el pro­fe­ta pro­nun­cia seis ayes con­tra los peca­dos de los gob­er­nadores ebrios de Samaria y de Jerusalén, con­tra los errores de Judá, y con­tra un destruc­tor sin nom­bre, prob­a­ble­mente Sena­que­rib de Asiria. (Ver tam­bién los seis ayes de 5:8–23.) En medio del caos Dios señala a la piedra en Sión como un lugar de refu­gio y un fun­da­men­to sobre el cual con­stru­ir. La sec­ción cier­ra con una pro­fecía en con­tra de Edom, sím­bo­lo del mun­do (cap 34), y una prome­sa de la glo­ria futu­ra de Sion (cap 35). Inter­cal­a­do a lo largo de todos estos capí­tu­los de ayes y con­de­nas, las prome­sas de días glo­riosos por venir destel­lan bril­lante­mente. Estos días serán alcan­za­dos bajo el reina­do de un Rey jus­to, descrito en los capí­tu­los pos­te­ri­ores como el Sier­vo de Jehová.

      Los estu­di­antes de Isaías están gen­eral­mente de acuer­do que así como los capí­tu­los 7–12 se ocu­pan del perío­do del reino de Acaz, así los capí­tu­los 28–35 pertenecen al peri­o­do de Exe­quias. Las pro­fecías son una reflex­ión clara y grá­fi­ca del carác­ter políti­co, moral, y reli­gioso de pueblo con el que Isaías había de tratar; ellos dan un énfa­sis espe­cial a la predilec­ción de bus­car a Egip­to por ayu­da. La batal­la de Isaías en ese tiem­po fue con el ban­do pro Egip­to de la nación. Él urgió con fuerza, en su lugar, a depen­der de Jehová.

      El ay dirigi­do en con­tra de los ebrios de Samaria (28:1–6) señala a un tiem­po ante­ri­or a la caí­da de la ciu­dad por los asirios (721 A.C.). Esto lev­an­ta una pre­gun­ta en relación a la fecha del reina­do de Eze­quias. De acuer­do a la fecha en 2 Rey 18:1, 9, Eze­quias empezó a reinar en el 727 A.C. La pro­fecía de 28:1–6 podría, entonces, haber sido dirigi­da en con­tra de los gob­er­nadores de Samaria durante los años ini­ciales de su reino. Young acep­ta el 727 como el año de la ascen­sión de Eze­quias (II, 540–42). Thiele, al aplicar su teoría de los años de ascen­sión y de la no ascen­sión de la doble fecha con­cluye que 715–686 A.C. son las fechas del reina­do de Eze­quias.[1] La con­clusión de Thiele para ser sus­ten­ta­da por la can­ti­dad de las refor­mas reli­giosas de Exe­quias y la gran pas­cua en el primer año de su reina­do (2 Crón 29–30). El rey envió una invitación urgente al pueblo de Israel para que asistier­an a esta pas­cua, pero no se hace ningu­na men­ción de los gob­er­nadores de Samaria (30:1–6, 11, 21). Esta omisión sug­iere que por este tiem­po Samaria había caí­do ante Asiria. El dog­ma­tismo ya sea por una fecha o por otra (727 o 715 A.C.) podría ser poco sabio. La fecha usa­da en esta obra es el 715 A.C. (El pro­ce­so de alcan­zar con­clu­siones acer­ca de las fechas en las difer­entes partes del libro es dis­cu­ti­do en algunos espa­cios por parte de Leupold [I, 19–27].)

      Es claro que la pro­fecía en con­tra de los ebrios de Efraín fue dicha antes de la caí­da de Samaria. Si acep­ta­mos la fecha de Thiele para el reino de Eze­quias, entonces hay dos alter­na­ti­vas frente a nosotros: ya sea que todo el capí­tu­lo 28 fue rev­e­la­do antes de la caí­da de Samaria y por lo tan­to antes del reino de Exe­quias, o la pro­fecía efrainíti­ca se habló antes de su reina­do y repeti­da más tarde como una adver­ten­cia a Jerusalén. Si los gob­er­nadores ebrios con­tribuyeron a la caí­da de una nación, ellos podrían con­tribuir tam­bién a la caí­da de las demás. La pro­fecía en con­tra y sub­se­cuente­mente la caí­da de Samaria podría haber sido una adver­ten­cia poderosa a su her­mana Judá, y debería ser­lo para todas las naciones de hoy.

Capí­tu­lo 28

Los Ebrios – y la Piedra en Sión

Los Ayes para los Bebedores de Efraín (vers 1–6)

      1 Ay – una pal­abra de con­de­na que sue­na triste y que enfo­ca la aten­ción en un desas­tre inmi­nente y que pre­sagia trage­dia – es usa­da a través de todos estos capí­tu­los. A pesar que no es nom­bra­do, la ciu­dad de Samaria parece estar clara­mente a la vista del pro­fe­ta. El orgul­lo de este pueblo fue señal­a­do ante­ri­or­mente (9:9–10), y tan­to Amos (4:1; 6:6) como Óseas (4:11; 7:5, 14) los describe como bebedores fuertes o emped­ernidos. Samaria, con­stru­i­da por Omri el padre de Acab, esta­ba local­iza­da en una col­i­na a la cabeza de un bel­lo y exu­ber­ante valle que se extendió hacia el oeste de la plani­cie de Sharon; el Mar Mediter­rá­neo podría haber­la vis­to en su apo­geo. Los muros de la ciu­dad que se extendían alrede­dor de la cima de la col­i­na daban la impre­sión de una coro­na o guir­nal­da sobre una cabeza. Esta flor de la belleza de Efraín, la glo­ria de la nación, esta­ba aho­ra extin­guién­dose; como una coro­na de flo­res sobre la cabeza de un par­ran­dero ebrio, esta­ba mar­chitán­dose y lis­to para ser lan­za­do bajo el pie.

      2 He aquí – la pal­abra detiene la aten­ción – Jehová (del hebreo, Adon­ai – el títu­lo indi­ca que el Señor de todos, al que todos deben obe­de­cer), que ha apare­ci­do y llamó a Isaías a Su ser­vi­cio (6:1), tiene uno que es fuerte y poderoso – uno de poder abso­lu­to para lle­var ade­lante la vol­un­tad div­ina. Aunque no es nom­bra­do, este fuerte parece ser el ejérci­to asirio, que sería usa­do por Jehová para humil­lar este pueblo orgul­loso, arro­gante y ebrio (ver 9:11; 10:5–11). Su poder con­quis­ta­dor y poderoso es sug­eri­do por tres fig­uras: como tur­bión de grani­zo y como tor­belli­no trastor­nador, como ímpetu de recias aguas que inun­dan. Este ejérci­to ven­drá sobre la ciu­dad de los par­ran­deros ebrios, bar­rién­do­los a través de los valles y de los bar­ran­cos como una ter­ri­ble graniza­da, un vien­to aullador de fuerza hura­cana­da, y las aguas de flu­jo arrol­lador que lle­va todas las cosas que se le ponen enfrente a la destruc­ción. Esta fuerza poderosa der­ri­ba a la tier­ra con fuerza, o “con vio­len­cia” (al mar­gen). Esta poten­cia poderosa (Asiria) sien­do empuña­da por Dios der­rib­ará vio­len­ta­mente a los gob­er­nadores ebrios y a los que ellos gob­ier­nan. La descrip­ción es una de destruc­ción sal­va­je con­tro­la­da solo por la mano de Dios.

      3 En esta tor­men­ta la coro­na de sober­bia de los ebrios de Efraín, esa en la que sus cora­zones se glo­ri­a­ban y de la que sus lenguas se jacta­ban, con los pies será pisotea­da, abati­da por los con­quis­ta­dores. La mano poderosa la der­rib­ará (vers 2) y el pie de los inva­sores pisoteará la tier­ra (vers 3). Las ruinas de la una vez orgul­losa ciu­dad y nación, habían per­maneci­do para ser pisoteadas bajo el pie a lo largo de los sigu­ientes sig­los.

      4 La flor mar­chi­ta de la una vez glo­riosa belleza de Samaria, local­iza­da a la cabeza de un valle exu­ber­ante y pro­duc­ti­va, como la fru­ta tem­prana, la primera del ver­a­no. Las higueras en Palesti­na pro­ducen dos cose­chas de fru­to por año: la primera, referi­da aquí, es en mayo o en junio, y la segun­da cosecha en agos­to o en sep­tiem­bre. Los higos tem­pra­nos son esper­a­dos con ansia por los que no han tenido fru­ta fres­ca durante el invier­no. Los inva­sores – los con­quis­ta­dores – respetarán a la ciu­dad como un higo maduro tem­pra­no. Se la tra­ga tan pron­to como la tiene a mano; él la bus­cará con ansia y, al haber­la encon­tra­do, la devo­rará con ham­bre (ver Nah 3:12). El pro­fe­ta ha usa­do tres fig­uras para describir la destruc­ción: la ciu­dad de los ebrios debe ser destru­i­da por las fuerzas ter­ri­bles de la nat­u­raleza (vers 2), pisotea­da bajo el pie en com­ple­ta impo­ten­cia (vers 3), y devo­ra­da como un higo tem­pra­no (vers 4)

      5 Los  que han sido der­rib­a­dos no son deja­dos sin una pal­abra de esper­an­za, porque el Señor da a Su rema­nente una pal­abra de áni­mo que alum­bra como un rayo de luz a través de una fisura en lo negro de una nube que desciende. En aquel día, el día de la adver­si­dad, de la humil­lación, de la des­gra­cia, y de la vergüen­za, Jehová de los ejérci­tos será por coro­na de glo­ria y diade­ma de her­mo­sura al rema­nente (resid­uo) de su pueblo. El pueblo debe ser traí­do a un com­ple­to entendimien­to de la total ton­tería y fal­la de lo que es humano y mun­dano. Con aque­l­lo en lo que ellos se habían glo­ri­a­do aho­ra son bar­ri­dos por el estal­li­do de juicio, Jehová puede con­ver­tirse en su ver­dadera coro­na, glo­ria y gozo. El rema­nente con­siste de los pocos tan­to de Efraín como de Judá que regre­sarán a él.

      6 Cuan­do el rema­nente reconoce a Jehová como su ver­dadera coro­na y glo­ria, Él será un espíritu de jus­ti­cia a los que se sien­tan en juicio y una for­t­aleza a los que defien­den Su causa con­tra el ene­mi­go, hacién­do­los regre­sar a la puer­ta. Este resid­uo será gob­er­na­do por el Espíritu de Jehová, no por el espíritu de la embriaguez y del lib­erti­na­je; serán for­t­ale­ci­dos por Su poder; no por las alian­zas páganas.

Ay a los Gob­er­nadores Ebrios en Judá (vers 7–13)

 

      7–8 Con las pal­abras, Pero tam­bién estos, el pro­fe­ta se aparta de la embriaguez de Efraín a los sac­er­dotes y a los pro­fe­tas de Jerusalén. La frase indi­ca que los dos gru­pos son seme­jantes en carác­ter y en abor­rec­imien­to ante Jehová. La descrip­ción es grá­fi­ca, como si alguien estu­viera irrumpi­en­do  repenti­na­mente en el cuar­to donde los sac­er­dotes y los pro­fe­tas están reunidos; Es tan repul­si­vo y nau­se­abun­do como si alguien estu­viera allí olien­do el hedor de su vómi­to. En un lengua­je luci­do e impre­sio­n­ante Isaías expone sus prác­ti­cas mal­vadas y pecaminosas: éstos erraron con el vino, y con sidra se enton­tecieron; el sac­er­dote y el pro­fe­ta erraron con sidra, fueron trastor­na­dos por el vino; se atur­dieron la sidra, erraron en la visión, tropezaron en el juicio. Podemos visu­alizar un pro­fe­ta que se lev­an­ta a hablar, casi bal­buce­an­do y tam­bale­an­do en la asam­blea, y un sac­er­dote enton­te­ci­do inten­tan­do enseñar o min­is­trar las cosas de Dios. ¡Que burla del ser­vi­cio espir­i­tu­al – una farsa de la religión ver­dadera! El sac­er­dote es un mae­stro de la pal­abra de Dios y el rep­re­sen­tante del pueblo ante Él; el tomar vino está pro­hibido en este ser­vi­cio (Lev 10:8–11). El pro­fe­ta es el vocero de Dios ante el pueblo, el encar­go de hablar Su pal­abra como es dada a él por el Señor (Deut 18:18). (Para el alcance de lo que los pro­fe­tas se habían desvi­a­do de este están­dar, leer Mi 2:11 y el capí­tu­lo 3.) En el estu­por de la bor­rachera ellos se equiv­o­can y tropiezan en juicio. Lo abor­reci­ble de tales esce­nas es descrito entonces por el pro­fe­ta: Porque toda la mesa está llena de vómi­to y suciedad, has­ta no haber lugar limpio, ningún lugar en el cual servir nada limpio. Si la mesa se usa aquí por meton­imia para el ser­vi­cio de la comi­da espir­i­tu­al (como parece ser en Sal 69:22; Rom 11:9), el ser­vi­cio de los pro­fe­tas y de los sac­er­dotes esta­ba total­mente fal­to en la enseñan­za espir­i­tu­al salud­able de Dios.

      9–10 La respues­ta de los sac­er­dotes y pro­fe­tas intox­i­ca­dos a cualquier cosa de un ver­dadero pro­fe­ta de Dios (como Isaías) podría decirse que toma la for­ma de una risa de des­pre­cio o de desafío con el obje­ti­vo para traer ridícu­lo sobre lo que ellos con­sid­er­an un dis­cur­so pequeño e insignif­i­cante. En la monot­o­nía de bor­ra­cho, pre­gun­tan, ¿A quién se enseñará cien­cia, o a quién se hará enten­der doc­t­ri­na (“reporte,” al mar­gen)? De seguro, él no puede enseñar­les cualquier cosa; son pro­fe­tas y sac­er­dotes y gob­er­nadores. Hablan­do sar­cás­ti­ca­mente, la pre­gun­ta con­tin­ua. ¿Nos enseñaría él como a los deste­ta­dos, a los arran­ca­dos de los pechos? ¿Pien­sa él de nosotros como niños, como deste­ta­dos, que no pueden pen­sar por si mis­mos? El bor­ra­cho ebrio sigue hacien­do burla del pro­fe­ta con sar­cas­mo: Porque man­damien­to tras man­damien­to, manda­to sobre manda­to, renglón tras renglón, línea (o “lin­eamien­to,” al mar­gen) sobre línea, un poquito allí, otro poquito allá, como un tutor instruye a un niño por ruti­na. Rawl­in­son ha resum­i­do bien su pun­to de vista de la enseñan­za de los pro­fe­tas: “una lloviz­na per­pet­ua de máx­i­mas y reglas intrascen­dentes, molestas, restringi­das, limitadas…estrechas, infan­tiles, y abur­ri­das” (I, 449). “Y en la repeti­ción de pal­abras cor­tas podríamos oír el lengua­je del pesa­do bal­buceo del ebrio escarnece­dor” (Delitzsch, II. 7). Ellos están total­mente imbui­dos en la intox­i­cación del momen­to y así abru­mado­ra­mente emboba­dos, y por ese moti­vo no pueden dis­cernir entre la pro­fecía ver­dadera y la fal­sa. En su indifer­en­cia som­no­lien­ta no pueden detec­tar la adver­ten­cia de Dios. Estos pro­fe­tas y sac­er­dotes del pro­pio pueblo de Dios se miran a si mis­mos como seres fuera de la necesi­dad de la rev­elación de Dios.

      11 Muchos pred­i­cadores, mae­stros, y oyentes actuales tienen una ten­den­cia a con­sid­er­ar partes de la Pal­abra de Dios insignif­i­cantes e indifer­entes, y entonces selec­cio­nan por ellos mis­mos que cumplirán y que igno­rarán. Pero ten­er en menos o igno­rar la pal­abra del Señor y los énfa­sis con­tin­u­os sobre los prin­ci­p­ios sen­cil­los de fe, con­fi­an­za, y obe­di­en­cia es traer sobre uno mis­mo las ter­ri­bles con­se­cuen­cias de la ruina. Los líderes espir­i­tuales ebrios de Judá habían acu­sa­do al sier­vo del Señor con bal­buceos mono­síla­bos, fras­es tril­ladas infan­tiles. El pro­fe­ta está lis­to con una respues­ta mor­daz: porque en lengua de tar­ta­mu­dos (“con labios bal­buceantes,” al mar­gen), y en extraña lengua hablará a este pueblo. Moisés había pre­veni­da tiem­po atrás al pueblo de Israel que si fal­la­ban en respetar a Jehová y a Su pal­abra, Él “traería con­tra ti una nación de lejos, del extremo de la tier­ra, que vuele como águila, nación cuya lengua no entien­das; gente fiera de ros­tro, que no ten­drá respeto al anciano, ni per­donará al niño” (Deut 28:49–50). Acaz apela a Tiglat-pileser de Asiria y la sum­isión a él (2 Rey 16:7–16) en lugar de con­fi­ar en Jehová y aho­ra recoge los fru­tos del ter­ror y la ame­naza de la destruc­ción. La pal­abra de Jehová a través de Moisés sería cumpl­i­da.

      12 El reposo y el refrige­rio que Dios había prometi­do a la nación fue haber sido encon­tra­do en fidel­i­dad a Él y en la obser­van­cia de Su pacto (Deut 28:1–14). Esta pal­abra acer­ca del reposo y del refrige­rio se resume en una sen­ten­cia que Isaías había esta­do pred­i­can­do a todos, tan­to a los gob­er­nadores como al pueblo (ver 1:18–19; 7:4; 30:15). Más no quisieron oír; en con­se­cuen­cia, los asirios, los hom­bres de labios extraños, habían esta­do ame­nazan­do su tier­ra por un número de años y aún aho­ra esta­ban ya sea aprox­imán­dose o ya en la tier­ra. Sin embar­go, la fe salvó en aquel día (cap 37); sería deja­do por los babilo­nios, tam­bién los hom­bres de labios extraños, para dar lugar a la destruc­ción y la cau­tivi­dad (39:6).

      13 El pro­fe­ta regre­sa al pen­samien­to de los vers 10–11. Jehová ha habla­do a la nación en pal­abra; aho­ra Él les hablaría en hechos, y será cier­ta­mente espan­to el enten­der lo oído (vers 19). Mien­tras los pro­fe­tas y los sac­er­dotes ebrios han acu­sa­do al pro­fe­ta ver­dadero, así se les hará a ellos: La pal­abra, pues, de Jehová les será man­damien­to, manda­to sobre manda­to, renglón tras renglón, línea sobre línea, un poquito allí, otro poquito allá; has­ta que vayan y caigan de espal­das, y sean que­bran­ta­dos, enlaza­dos y pre­sos. En su rebe­lión con­tra Dios, con­fian­do en su propia for­t­aleza y en la ayu­da de Egip­to, se lev­an­taron nue­va­mente con­tra Asiria. Al caerse de espal­das, esta­ban a la larga destru­i­dos como nación, atra­pa­dos en una tram­pa fragua­da por ellos mis­mos, y toma­dos cau­tivos por Babilo­nia. Aprendieron lenta­mente; sin embar­go, un rema­nente apren­dería a la larga, pero fue renglón tras renglón, línea sobre línea, un poquito allí, otro poquito allá. El men­saje estru­en­doso de hechos y de juicios es el úni­co lengua­je que algunos – ya sea la nación, el indi­vid­uo, o la igle­sia de Dios – oirán o enten­derán. La escuela de la expe­ri­en­cia es una escuela dura, pero la úni­ca alter­na­ti­va es Dios cuan­do los oídos se acer­can al men­saje en la pal­abra. El Señor le había dicho a Isaías que el pueblo no pon­dría aten­ción a su men­saje; no obstante, el debía con­tin­uar pred­i­can­do (6:9–10).

El Pacto de los Gob­er­nadores con la Muerte y la Piedra del Fun­da­men­to en Sion (vers 14–22)

 

      14 Habi­en­do dirigi­do su men­saje de amon­estación y de adver­ten­cia sev­era en con­tra de los sac­er­dotes y de los pro­fe­tas de Jerusalén, el pro­fe­ta de Dios dirige aho­ra su aten­ción a la políti­ca burlesca de los gob­er­nantes de la ciu­dad. Tiem­po atrás él se había dirigi­do a estos hom­bres como los “príncipes de Sodoma…pueblo de Gomor­ra” (1:10); él aho­ra se refiere a ellos como burladores de Jehová y de Su pal­abra. Podría pare­cer por esto que Exe­quias, a pesar de su inte­gri­dad reli­giosa per­son­al, se había rodea­do con ayu­das y con­se­jeros incré­du­los y pro­fanos. Sin embar­go, prob­a­ble­mente solo había hom­bres de este tipo a escoger luego del reina­do mal­va­do de Acaz.

      15 Los gob­er­nadores de Judá se burla­ban de la idea que el juicio ven­dría sobre ellos: Pacto ten­emos hecho con la muerte, e hici­mos con­ve­nio con el Seol; cuan­do pase el tur­bión del azote, no lle­gará a nosotros, porque hemos puesto nue­stro refu­gio en la men­ti­ra, y en la falsedad nos escon­der­e­mos. Al haber hecho un pacto y acuer­do con la muerte y con el mun­do infe­ri­or o invis­i­ble, ellos no tenían temor ni de uno ni del otro. La pal­abra tur­bión (lit­eral­mente, un láti­go usa­do para infringir cas­ti­go) es algu­nas veces usa­do metafóri­ca­mente. Aquí el tur­bión del azote es la invasión de los asirios (ver 8:7–8). Si los burladores men­ciona­dos en estas mis­mas pal­abras existieron por un pequeño momen­to; es dudoso que ellos hayan sido tan hon­estos. Pero estas pal­abras expre­san el aplo­mo y la seguri­dad en si mis­mos para con­ju­rar una for­ma de evi­tar el tur­bión del azote que los ame­naz­a­ba, ya sea por lle­gar a un acuer­do con Asiria o por for­mar una alian­za con Egip­to (o con algu­na otra poten­cia). Ellos no tenían temor de la muerte o de la destruc­ción de Asiria, por su propia ingenuidad, no por la con­fi­an­za en Dios, que podría sal­var­los. Sin embar­go, los tratos políti­cos basa­dos en el engaño, en la men­ti­ra, y en la falsedad “que jue­gan tan­to al extremo como en el cen­tro,” a lo que los gob­er­nadores de Juda eran adep­tos en su may­oría, hacen un refu­gio muy pobre bajo el cual escon­der­se en tiem­po de aflic­ción.

      16 En medio de esta jac­tan­ciosa seguri­dad en si mis­mo y de la ruina inmi­nente, Jehová anun­cia otra de Sus pre­ciosas pro­fecías mesiáni­cas: por tan­to, Jehová el Señor dice así: He aquí, Yo he puesto (“he colo­ca­do,” al mar­gen) en Sion por fun­da­men­to una piedra, piedra proba­do, angu­lar, pre­ciosa, de cimien­to estable; el que creyere, no se apresure. Tan­to Delitzsch como Young hacen notar la simil­i­tud entre esta pro­fecía y la prome­sa por la que Acaz había sido repren­di­do. Cada una ini­cia con por tan­to y he aquí, segui­do por una especi­fi­cación de los hechos de Jehová: el Señor nos dará señal (7:14), y he puesto en Sion por fun­da­men­to una piedra. En el propósi­to de Dios esta piedra ha sido pues­ta en Sion des­de antes de la fun­dación del mun­do. Pedro iden­ti­fi­ca la piedra pues­ta en Sion como el Señor (1 Ped 2:3–8); Cristo “ya des­ti­na­do des­de antes de la fun­dación del mun­do, pero man­i­fes­ta­do en los postreros tiem­pos por amor de vosotros” (1 Ped 1:20). Esta piedra, proba­da, com­pro­ba­da, y proba­da como gen­uina, es el cimien­to firme, inamovi­ble, y per­ma­nente de sal­vación y de seguri­dad. Pre­ciosa – de gran val­or espir­i­tu­al y moral – es la piedra angu­lar en la que las pare­des están firme­mente unidas. El creyente que con­struye en esta piedra nun­ca será aver­gon­za­do por las acciones abrup­tas y pre­cip­i­tadas; por ejem­p­lo, inten­tar proveer con­tra el día del juicio al hac­er una alian­za con Egip­to o con algu­na otra fuerza extran­jera. Está piedra per­manece en con­traste al fal­so cimien­to en el que los gob­er­nantes de Judá con­fi­aron.

      No obstante que este pasaje es mesiáni­co, cumpli­do en Cristo, para el pueblo de los días de Isaías Jehová era la piedra proba­da en la que podrían con­fi­ar total­mente y sobre la que podrían con­stru­ir para per­ma­nen­cia. Des­de el tiem­po más antiguo de la his­to­ria de Israel, Él había sido su roca, una for­t­aleza de seguri­dad (Gén 49:24; Deut 32:4; Isa 8:14–15). Alrede­dor de un siglo después de Isaías, Nahum dijo en for­ma muy bel­la, “Jehová es bueno, for­t­aleza en el día de la angus­tia; y conoce a los que en él con­fían” (Nah 1:7). En Jehová el pueblo del Antiguo Tes­ta­men­to encon­traría qué Él esta­ba obran­do hacia – el Mesías, la piedra proba­da y per­ma­nente en la Sion espir­i­tu­al de Dios.

      17 El Señor con­tinúa con Su metá­fo­ra arqui­tec­tóni­ca: Él ajus­tará el juicio al cordel, la regla en todo Su tra­to con Judá, la regla en todos Su tratos con Judá, y a niv­el la jus­ti­cia, el están­dar por el que deben vivir. El cordel y la jus­ti­cia garan­ti­zan un muro rec­to y per­pen­dic­u­lar que, sien­do con­stru­i­do sobre un fun­da­men­to seguro, se man­ten­drá firme en todas las tor­men­tas (ver Mt 7:24–25). Pero en con­traste, el pacto de los gob­er­nantes con la muerte y el acuer­do con el Seol com­ple­ta­mente bar­ri­do. Estos lugares de refu­gio y ocul­tos de men­ti­ras lev­an­ta­dos por los pro­fe­tas, por los sac­er­dotes, y por los gob­er­nadores políti­cos fueron aun trans­mi­ti­dos por los fal­sos pro­fe­tas en los días de Eze­quiel, unos cien años más tarde; él los lla­ma pare­des recu­bier­tas con lodo suel­to. A estos él Señor tam­bién los hará caer al sue­lo con grani­zo y vien­to tem­pes­tu­oso (Ezeq 13:8–16). En ese tiem­po los babilo­nios la llu­via tor­ren­cial.

      18 Puesto que el pacto con la muerte y el acuer­do con el Seol fueron hechos por los varones burladores que gob­ernáis a este pueblo que está en Jerusalén (vers 14), la nación tam­bién está involu­cra­da. Al ocul­tarse detrás de esta fal­sa apari­en­cia o fal­sa pro­tec­ción, la nación está sin temor; sin embar­go cuan­do el tur­bión del azote pase por ellos, seréis de él pisotea­d­os. Esta doble figu­ra de un tur­bión pasan­do por ellos y de un ejérci­to pisote­an­do al pueblo bajo el pie da doble énfa­sis a la deses­peración y al ter­ror del momen­to.

      19 Luego que comience a pasar, él os arrebatará. Toda la tier­ra está involu­cra­da, porque “a los catorce años del rey Exe­quias, subió Sena­que­rib rey de Asiria con­tra todas las ciu­dades for­ti­fi­cadas de Judá, y las tomó (2 Rey 18:13). El pro­fe­ta ha dicho antes que el ejérci­to asirio inunde sus canales: “y pasan­do has­ta Judá, inun­dará y pasará ade­lante, y lle­gará has­ta la gar­gan­ta (8:8). Ven­drían a los muros de Jerusalén, pero no tomarían la ciu­dad (cap 37). Como la pal­abra vino a Jerusalén que los asirios estarían toman­do ciu­dad tras ciu­dad, sería cier­ta­mente espan­to al enten­der lo oído. Note en par­tic­u­lar el juego de pal­abras aquí. En tan­to que los pro­fe­tas y los sac­er­dotes se habían burla­do de Isaías, “¿a quién se hará enten­der doc­t­ri­na?” (vers 9), Dios los haría enten­der el men­saje de juicio y de destruc­ción lib­er­a­da por los hom­bres de lengua extraña y de lengua de tar­ta­mu­dos.

      20 No impor­ta ya sea que este ver­sícu­lo sea o no un dicho prover­bial, como se cree por algunos; enseña dramáti­ca­mente la lec­ción. Al esti­rarse uno mis­mo en una cama cor­ta, inten­tan­do cubrirse con una man­ta demasi­a­do estrecha, no solo es extremada­mente incó­mo­do, sino que podría resul­tar en la muerte si el cli­ma es frío. Así tam­bién, los gob­er­nadores de Judá encon­trarán su pacto y acuer­do de men­ti­ras demasi­a­do cor­tas y demasi­a­do estre­chas para pro­tec­ción cuan­do el tur­bión del azote pase por ellos.

      Alrede­dor de siete y medio sig­los más tarde los descen­di­entes de estos burladores hicieron un error sim­i­lar. Ellos hicieron un pacto con la muerte y un acuer­do con el Seol cuan­do declararon a Cesar el ser su rey y pidieron la muerte de Jesús, pidién­dole a Pila­to pon­er una guardia en la tum­ba. Pero todos los esfuer­zos fra­casaron. En la mañana del ter­cer día las cade­nas de la muerte fueron rotas en peda­zos, la tum­ba fue abier­ta, y el cuer­po de Jesús fue lev­an­ta­do de la muerte. Cua­tro décadas más tarde el ejérci­to romano bar­rió como un tor­rente des­bor­dante, destruyen­do la ciu­dad y el tem­p­lo, asesinan­do a miles y ven­di­en­do a otros miles como esclavos. El grani­zo bar­rió el refu­gio de men­ti­ras, porque sus camas eran demasi­a­do cor­tas, sus man­tas demasi­a­do estre­chas. Des­de entonces mil­lones han fal­la­do en apren­der la lec­ción, al con­tin­uar hacien­do pactos con la muerte y acuer­dos con el Seol y ocultán­dose a si mis­mos en las men­ti­ras del ateís­mo, de la evolu­ción, de las teorías humanís­ti­cas, de los errores reli­giosos, de las creen­cias fal­sas, y del com­pro­miso del cris­tian­is­mo denom­i­na­cional. Todos los esfuer­zos por ocul­tarse de Dios y aun ani­mar al alma con un fal­so sen­ti­do de seguri­dad son fal­sas apari­en­cias – pare­des recu­bier­tas con lodo suel­to. Cuan­do el tur­bión del azote del juicio divi­no pase, la cama será cor­ta para poder esti­rarse, y la man­ta estrecha para poder envol­verse.

     21 La pal­abra porque intro­duce la causa inmedi­a­ta de esta trage­dia: Jehová se lev­an­tará como en el monte Per­iz­im, como en el valle de Gabaón se eno­jará. Este juicio será una expre­sión de la ira div­ina, como cuan­do Jehová doblegó a los ene­mi­gos de David en Baal-per­az­im (2 Sam 5:20; 1 Cron 14:11) y a los fil­is­teos en Gabaón (2 Sam 5:25; 1 Crón 14:16). En Gabaón, en los días de Josué, Jehová había exter­mi­na­do tam­bién a los reyes amorre­os y a sus ejérci­tos con grandes piedras des­de el cielo (Jos 10:10–11). El pro­fe­ta excla­ma lo que Jehová hará para hac­er su obra…su extraña obra. Lo extraño es que Jehová actu­ará en con­tra de Su pro­pio pueblo, que se ha con­ver­tido en Su ene­mi­go.

      22 El pro­fe­ta cier­ra su dis­ertación con una adver­ten­cia final: Aho­ra, pues – a la luz de lo que ha sido dicho-, no os burléis; cam­biar su acti­tud de burla a fe, para que no se apri­eten más vues­tras ataduras. Los gob­er­nadores podrían ser apre­ta­dos aun más; pero el pueblo escuch­a­ba a Dios a difer­en­cia de ellos, puede encon­trar aun mis­eri­cor­dia en el juicio adver­tido. Porque destruc­ción ya deter­mi­na­da sobre toda la tier­ra he oído del Señor, Jehová de los ejérci­tos. Este decre­to de destruc­ción sobre toda la tier­ra que había oído el pro­fe­ta es prob­a­ble­mente el úni­co anun­ci­a­do en los capí­tu­los 24–27. Del Señor, el Señor de los gob­er­nantes de todos los reinos, Jehová de los ejérci­tos, que con­tro­la y dirige para Su pro­pio ser­vi­cio y glo­ria los ejérci­tos de la tier­ra, ha traí­do este decre­to. Esto no es el bal­buceo del pro­fe­ta, sino un men­saje que ha sido oído del Señor.

Una Parábo­la de la Agri­cul­tura (vers 23–29)

      En una parábo­la de la agri­cul­tura el pro­fe­ta enseña que el juicio de Jehová tiene un propósi­to; Dios siem­pre actúa de acuer­do a la sabiduría div­ina. Todo lo que Él hace mira hacia lo que lle­va fru­to espir­i­tu­al de acuer­do a Su propósi­to eter­no.

      23–24 Por el uso de cua­tro imper­a­tivos el pro­fe­ta apela al pueblo a oír su voz y a escuchar su parábo­la. Mien­tras el agricul­tor  ara, siem­bra, y tril­la, tiene en mente la nat­u­raleza de la semi­l­la que desea­ba al final. El labrador ara, y entonces tril­la para romper los ter­rones; no sigue el pro­ce­so indefinida­mente, sino solo has­ta que el sue­lo está sufi­cien­te­mente prepara­do para sem­brar.

      25–26 Con la tier­ra prepara­da, el agricul­tor siem­bra la semi­l­la de acuer­do a sus difer­entes car­ac­terís­ti­cas. El enel­do (comi­no negro), las vainas de las que se pro­ducen grandes can­ti­dades de pequeñas semi­l­las negras, es usa­do en el pan para hac­er­lo más salud­able. El agricul­tor der­ra­ma el enel­do, siem­bra el comi­no, una hier­ba aromáti­ca, la semi­l­la que era muy apre­ci­a­da para condi­men­tar la carne esto­fa­da y para agre­gar sabor al pan. Cada una de estas es sem­bra­da de acuer­do a la sabiduría de la labran­za. El tri­go y la ceba­da son sem­bradas en los lugares apropi­a­dos en hileras, y la ave­na (un tipo de tri­go sil­vestre, o un tipo de guisante usa­do como pas­to para camel­lo) es sem­bra­da como un bor­de, pero los agricul­tores de Judá lo sabían y para ellos tenía sen­ti­do. Esta sabiduría o sen­ti­do común venían de Dios, que la da al hom­bre.

      27 El mis­mo tipo de sen­ti­do común o de sabiduría es asimis­mo usa­do en el tril­la­do. El enel­do y el comi­no, plan­tas tan­to pequeñas como del­i­cadas, no son tril­ladas con equipo inade­cua­do tal como un instru­men­to cor­tante o una rue­da de car­reta pasa­da sobre las vainas. En lugar de eso, son sacu­d­i­dos por un palo o por una vara; este es el sen­ti­do común.

      28 Del mis­mo modo al tril­lar el gra­no para el pan, el agricul­tor usará el juicio apropi­a­do. Al mar­gen parece dar el sen­ti­do de este ver­sícu­lo: El gra­no se tril­la; pero no se tril­lará para siem­pre; ni lo com­prime con la rue­da de su car­reta, ni lo que­bran­ta con los dientes de su tril­lo. El agricul­tor no se mantiene tril­lan­do, o con­ducien­do a los cabal­los y los instru­men­tos para tril­lar sobre el gra­no has­ta que es com­prim­i­do y inade­cua­do para el pan. Él sabe cuan­do el tril­la­do está com­ple­to.

      29 La sabiduría mostra­da por el agricul­tor es de Dios, para hac­er mar­avil­loso el con­se­jo y engrande­cer la sabiduría. Jehová es mucho más que un poder ilim­i­ta­do ejer­cien­do ven­gan­za; Él siem­pre actúa de acuer­do a Su sabiduría infini­ta y después del con­se­jo de Su vol­un­tad div­ina (ver Ef 1:11). Así como el agricul­tor ara y ras­tril­la, y siem­bra de acuer­do a la nat­u­raleza del gra­no, y después tril­la de acuer­do al sen­ti­do común y a la sabiduría, así Jehová ha esta­do aran­do, sem­bran­do, y tril­lan­do de acuer­do a Su sabiduría y con­se­jo de tal for­ma que Su propósi­to eter­no divi­no pudiera ser cumpli­do. En medio del juicio podemos recono­cer Su propósi­to eter­no y actu­ar entonces en fe.



[1]  Edwin R. Thiele, A Chronol­o­gy of the Hebrew Kings (Grand Rapids: Zon­der­van, 1978), pp. 52–54, 65–67.

Capí­tu­lo 28 Los Ebrios – y la Piedra en Sión

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