Capítulo 58 La Observancia Justa y Equivocada de los Ayunos y los Sábados

LOS PECADOS NACIONALES, LA REDENCIÓN POR JEHOVÁ, Y LA GLORIA FUTURA (58-66)

 

58. La Celebración Justa y la Equivocada de los Ayunos y de los Sábados

59. El Pecado: la Pared de Separación

60. ¡La Sión Gloriosa! (1)

61. ¡La Sión Gloriosa! (2)

62. La Salvación está Acercándose

63. La Venganza, la Misericordia, y una Oración

64. Una Oración Ferviente

65. La Respuesta de Jehová a la Oración

66. Los Juicios de Jehová – El Regocijo de Sion

 

Una Palabra de Introducción

 

CAPÍTULO 58

La Celebración Justa y la Equivocada de los Ayunos y de los Sábados

 

¡Clama! ¡No te Reprimas! (vers 1-2)

      1 El profeta es instruido por Jehová para clamar a voz en cuello, no en voz de burla o estridente, sino “con la garganta” (hebreo), esto es, con una voz poderosa que demanda atención. Él debe clamar sin restringir ni refrenar nada mientras expone el pecado del pueblo. La trompeta suena una alarma, para advertir al pueblo del peligro (Núm 10:9; Os 5:8; Joel 2:1; Amos 3:6); con tal voz Isaías debe advertir a la casa de Jacob, que es paralelo con mi pueblo, de sus pecados y sus consecuencias.

      2 La nación es culpable del pecado de formalidad e hipocresía; el pueblo peca contra Jehová y transgrede Sus leyes, aunque me (a Él) buscan cada día, profesando deleitarse en el conocimiento de Sus caminos. Actúan como si hubieran hecho justicia y no hubieran dado la espalda a las ordenanzas de su Dios. Ellos demandan juicios justos de Jehová y fingen deleitarse acercándose formalmente a Él. Todo el fingimiento y la hipocresía piadosa, son una abominación ante Él (ver 1:11-14). El Señor encarga al profeta exponer la hipocresía.

El Formalismo Hipócrita Contra El Ayuno Verdadero (vers 3-12)

 

      3 El pueblo levanta la pregunta, ¿Por qué, dicen, ayunamos, y no hiciste caso? El ayuno ha sido una parte de la vida nacional desde su inicio; usualmente era practicado fuera de un sentido genuino de necesidad y acompañado de llanto, confesión de pecados, y oraciones. Ocasionalmente podría ser fingido, como en el caso de Jezabel, que proclamó un ayuno como parte de su intriga para asesinar a Nabot (1 Rey 21:9,12); en contraste, Acab verdaderamente se humilló y ayunó (vers 27). Todo Israel lloró y ayunó ante Jehová en Bet-el (Jue 20:26), y ellos se reunieron juntos en Mizpa para ayunar y confesar sus pecados (1 Sam 7:6). Los hombres de Jabes de Gaalad sepultaron a Saúl y los cuerpos de sus hijos y ayunaron siete días (1 Sam 31:13); David fue también y ayunó por Saúl (2 Sam 1:11-12). Posteriormente él ayunó con la esperanza que su hijo dado por Betsabé pudiera vivir (2 Sam 12:16). Cuando fue amenazado por sus adversarios, Josafat proclamó un ayuno y oró (2 Crón 20:3-6). Dos veces durante los tiempos de destrucción Joel apeló al pueblo a “proclamad ayuno, convocad a asamblea” (Joel 1:14; 2:25). Aun el pueblo de la Nínive pagana ayunó cuando oyeron a Jonás y creyeron a Jehová (Jonás 3:5). Sin embargo, en el periodo anterior a la cautividad los ayunos de Israel se habían llegado a ser faltos de significado (Jer 14:12), haciéndolos para ellos mismos en vez de para Jehová (Zac 7:5). Este espíritu siguió caracterizando al pueblo durante los días de la cautividad. Si ellos hubieran escuchado la palabra de los profetas, entonces no hubiera habido necesidad de ayunar (Zac 7:7). Por otra parte, mientras ayunaban hipócritamente, preguntaban, ¿Por qué humillamos nuestras almas, y no te diste por entendido? La respuesta es simple; han actuado de forma egoísta. En su interés por su propio placer y beneficio, ellos habían exigido el trabajo pesado de los obreros. Ellos no han buscado la ayuda y la gloria de Jehová.

      4 El pueblo estaba haciendo de sus ayunos ocasiones de contiendas y debates entre ellos mismos, aun al grado de herirse con el puño inicuamente. Barnes observa un dramático y vívido paralelismo en la actitud de las denominaciones y sectas de nuestros días (II. 330). En vez del espíritu humilde de un corazón contrito, Israel dio rienda suelta a las pasiones de su alma. En consecuencia, sus voces no fueron oídas en lo alto. Dios no acepta tales ayunos ni oye voces de debate elevadas en alabanzas u oraciones de ignominia.

      5 En respuesta a la pregunta, “¿Por qué, dices, ayunamos?” (vers 3), Jehová responde, ¿Es tal el ayuno que yo escogí, que de día aflija el hombre su alma? El único ayuno ordenado siempre por Jehová era el de la expiación anual: “En el mes séptimo, a los diez días del mes, afligiréis vuestras almas, y ninguna obra haréis…porque en este día se hará expiación, y seréis limpios de todos vuestros pecados delante de Jehová…y afligiréis vuestras almas; es estatuto perpetuo” (Lev 16:29-31). La aflicción del alma es un dolor interior infringido por uno mismo para expresar arrepentimiento; es acompañado por el ayuno. Jehová no había señalado ningún otro ayuno. El inclinar la cabeza de modo respetuoso como junco (una tela cubierta con vello burdo) con demasiada prisa o extendida y de cenizas sin el espíritu de arrepentimiento, de humildad, y de petición sincera a Jehová, es hipocresía. Solo el ciego, el ignorante, y el indiferente espiritualmente podría concluir que tales acciones, las que en ninguna manera reúnen los requerimientos de Dios, constituyen una aflicción del alma, y día agradable a Jehová.

      6 El Señor desafía al pueblo hipócrita con la pregunta, ¿No es más bien el ayuno que yo escogí? Él procede entonces a revisar varias de sus demandas. El obedecer estas demandas es lo que es realmente significativo por el ayuno y por seguir las promesas de gracia de las bendiciones de Dios. El dar énfasis especial a los principios relacionados a la relación con Dios, el Señor plantea los principios éticos de Su ley que se ocupa de la relación de las personas entre sí. El ayuno que Él requiere no es tanto una abstinencia de la comida como el espíritu humilde ordenado en el segundo gran mandamiento, “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Lev 19:18; ver Mt 22:39).

      Las tres exhortaciones, (1) desatar las ligaduras de la impiedad, (2) soltar las cargas de opresión, y (3) dejar ir libres a los quebrantados, indica que algunos del pueblo judío estaban siendo tratados injusta e impíamente por sus semejantes – hasta el punto de la esclavitud ilegal. La ley demandaba que en el séptimo año todo siervo hebreo sería liberado (Ex 21:2; Deut 15:12; ver Lev 25:39). Cuando el rey Sedequías hizo un pacto para liberar a todos los siervos hebreos, sin embargo se retractó, Jeremías señaló la ley que había sido violada: “Al cabo de siete años dejará cada uno a su hermano hebreo que le fuere vendido…pero vuestros padre no me [a Jehová] oyeron, ni inclinaron su oído” a este asunto (Jer 34:14). Entre los “padres” que violaron este mandamiento estaba el pueblo de los días de Isaías. Era mandato perpetuo de Dios que el pueblo debía liberar a sus hermanos de las cadenas sociales y económicas impuestas sobre ellos y de todo yugo de opresión figurado.

      7 “El ayuno que yo escogí” (vers 6) involucra otras demandas indiscutibles: (1) partir el pan con el hambriento; (2) abrir la casa al hermano desamparado y afligido que ha sido arrojado lejos (ver Lev 25:35); y (3) proveer ropa al desafortunado. Estas exhortaciones sirven como un excelente resumen de lo que conlleva la virtud de la hospitalidad (ver Heb 13:1-2). No obstante que todos los hombres descienden “de una sangre” (Hechos 17:26), Isaías enfatiza que el pueblo no debe en particular eludir sus responsabilidades hacia los de la casa de Israel: Y no te escondas de tu hermano.

      8 La palabra entonces es significativa: señala a las bendiciones que recompensan la conducta justa. Cuando un ayuno está de acuerdo con lo requerido por Jehová, entonces Su bendición nacerá como el alba y desvanecerá las tinieblas por las que el pueblo ha estado pasando. Y la cura de su herida nacional y personal se dejará ver pronto, sin tardanza. En este momento su justicia irá delante de ellos como una luz que guía para dirigirlos del peligro de la destrucción al camino de paz. En ese mismo tiempo, la gloria o el resplandor de Jehová será su retaguardia, acompañándolos siempre como lo hizo la columna de fuego en su éxodo de Egipto (ver 52:12).

      9a La recompensa más rica de todas es que cuando el pueblo llame, Jehová responderá; cuando clamen a Él, Él dirá, Heme aquí. Esto no será el caso si ellos fingen justicia y practican la hipocresía, porque “El que aparta su oído para no oír la ley,/Su oración también es abominable” (Prov 28:9).

      9b Los versículos 9b-12 recapitulan y amplían lo que ya ha sido dicho (vers 1-9a). El Señor continúa tratando con los pecados sociales y éticos, haciendo condicionales Sus bendiciones en el cambio. El pueblo debe quitar el yugo de aflicción impuesta sobre sus hermanos; deben desistir de apuntar el dedo de acusación y de desprecio hacia los demás, porque tales acciones hieren profundamente; deben cesar de hablar vanidad de su prójimo. Estas injusticias principian en corazones malvados que deben ser limpiados si el pueblo existe para agradar a Jehová (ver 1:16-17).

      10 Jehová pone otra condición: si dieres tu pan al hambriento, y saciares al alma afligida. La palabra saciares se refiere con frecuencia a aplacar el hambre de comida de alguien, pero aquí parece indicar algo más que la simple alimentación del cuerpo (ver Sal 22:26). Parece indicar un compartir de uno mismo por medio de simpatizar, consolar, y sobrellevar la carga de los afligidos con el dolor interno. Cuando esta condición, así como la del versículo 9b, es encontrada, las tinieblas que han ocultado el camino se desvanecen; porque “Resplandeció en las tinieblas luz a los rectos” (Sal 112:4), y “Andará, oh Jehová, a la luz de tu rostro” (Sal 89:15).

      11 Son pronunciadas tres bendiciones adicionales sobre el justo: (1) Tendrán la confianza de la guía continua de Jehová; entonces, no tropezarán. (2) En tanto que hayan satisfecho el alma hambrienta del afligido (vers 10), así Jehová consolará y llenará sus almas en tiempos de sequía espiritual. (3) Él dará vigor a tus huesos. Huesos significa el total de la persona (ver Sal 6:2), y dar vigor es preparar a alguien para pelear. Además, alguien justo será tan productivo como un jardín bien regado; será una primavera inagotable, posiblemente un manantial de sabiduría (Prov 18:4) o una primavera de agua espiritual por medio de la que otros son refrescados (ver Juan 7:38).

      12 Y los (plural) tuyos (singular), los individuos que salieron ya sea de la nación o del pueblo ideal de Dios estimados colectivamente, edificarán las ruinas antiguas. Esto podría referirse a la reconstrucción física después del retorno de la cautividad o a la reconstrucción de los lugares derruidos espiritualmente de los tiempos de Isaías. Lo último parece más probable, por las condiciones especificadas por Jehová porque la recepción de Sus bendiciones apunta a una reconstrucción espiritual de lugares desolados por el pecado. El tiempo en el que ocurrirá esta  obra de restauración espiritual es dejado en forma indefinida: podría tener lugar en los días de Isaías, después del retorno, y aún hoy. Y ciertamente, un remanente espiritual se levantará de los cimientos que construye cada generación; ellos reparan las grietas en los muros de Sion y restauran las sendas antiguas, el buen camino en el cual viajar y habitar (ver Jer 6:16).

La Celebración Apropiada del Sábado (vers 13-14)

 

      13 Es claro por la acusación inicial de Jehová (1:13-14) que en los días de Isaías el pueblo se había relajado en el respeto apropiado del sábado. (Para el significado del sábado, ver los comentarios en 56:2). Esta falta de respeto continuó, probablemente aumentó, en el tiempo de Jeremías, que acusó al pueblo de descuidar el día. Él señaló l origen del sábado y de la ley que la regula: “Santificad el día de reposo, como mandé a vuestros padres. Pero ellos no oyeron” (Jer 17_21-23). Los padres que no oyeron podrían incluir los del tiempo de Isaías (alrededor de unos cientos de años antes). Si la acusación de Isaías en este punto hubiera sido observada, no solo habría servido a su generación, sino que habría sido una fuerza poderosa que mantuviera junto al pueblo como uno solo y ligándolos al Señor durante el exilio.

      Isaías instruye al pueblo a retraer su pie del día de reposo; esto es, que ellos se refrenen de hacer tu voluntad en mi día santo…no andando en tus propios caminos, esto es, profanándolo. La figura del pie aparece también en el mandato del Predicador, “Cuando fueres a la casa de tu Dios, guarda tu pie” (Ecl 5:1), y en el consejo del hombre sabio, “Aparta tu pie del mal” (Prov 4:27). En lugar de guardar el sábado como un día de reposo, el pueblo lo empleó en placeres seculares. Ellos deberían haberlo observado como un día de “regocijo delicioso,”[1] santo y honorable debido a que Jehová lo había santificado para su bien. Son establecidas tres formas de honrar: (1) No andando en tus propios caminos – debemos abandonar nuestros propios caminos y pensamientos, y dar énfasis a los de Jehová (55:7-8); (2) Ni buscando tu voluntad, sino buscando lo que le agrada al Señor; (3) Ni hablando tus propias palabras – ocupándose en conversaciones triviales o aun en palabras vacías durante la adoración (ver Ecl 5:2-7). Cuando alguien aprende esta lección, el sábado será una delicia, porque será un día de retiro de lo secular y un día pleno de enriquecimiento espiritual.

      14 Entonces – además de este deleite, le sigue una segunda – te deleitarás en Jehová. El sábado no era solo un día de descanso sino también un día santo, un día de renovación espiritual y de comunión con Dios. Jehová promete ahora a Su Israel fiel una bendición llena de recuerdos del cántico de Moisés en relación a Jacob, “Lo hizo subir sobre las alturas de la tierra” (Deut 32:13). El Israel fiel deberá ascender por arriba de lo puramente mundano y encontrarla delicia en Dios y en Sus caminos. Además, Jehová lo alimentará con la verdadera herencia de Jacob, la riqueza verdadera de la Tierra Prometida. Esta bendición está garantizada, porque la boca de Jehová lo ha hablado.

Capítulo 58. La Observancia Justa y Equivocada de los Ayunos y los Sábados


[1]  Theological Wordbook of the Old Testament, ed. R. Laird Harris (Chicago: Moody, 1980), vol. 2, pág. 679.

Leave a Reply

Your email address will not be published.