CAPÍTULO 59

El Peca­do: La Pared de Sep­a­ración

 

Jehová le había dado a Isaías la respon­s­abil­i­dad de declarar al pueblo sus trasgre­siones y peca­dos (58:1), y el pro­fe­ta ha lle­va­do a cabo par­cial­mente su mis­ión al con­denar su desa­ten­ción por las leyes rela­cionadas con el ayuno y la obser­van­cia del sába­do. Él aho­ra con­tinúa repren­di­en­do el peca­do de iniq­uidad de la nación al igno­rar las leyes de Dios en gen­er­al. El libro de Miqueas es prob­a­ble­mente el mejor comen­tario disponible sobre este capí­tu­lo; en con­se­cuen­cia, deber­e­mos hac­er numerosas ref­er­en­cias a él.

 

La Acusación de Jehová Con­tra el Pueblo (vers 1–8)

 

      1–2 ¿Por qué el pueblo no ha hecho real­i­dad la sal­vación tan fre­cuente­mente ofre­ci­da por el Señor? El Señor responde que la razón no es una mano acor­ta­da (fal­ta de poder de Su parte – ver 50:2) ni un oído sor­do (por ejem­p­lo, Él no es igno­rante de sus deseos y necesi­dades); cier­ta­mente, Él ha rev­e­la­do repeti­da­mente tan­to Su omnipo­ten­cia como Su omni­scien­cia. Como dice Smith acer­tada­mente, “en el infini­to hay un corazón que late por los hom­bres y dis­puesto a diri­girse a ellos” (II, 457). Lo qué los sep­a­ra de Jehová, provo­can­do que Él oculte Su ros­tro de ellos, es su fal­ta de aten­ción por el pacto (sus iniq­uidades) y trasgre­siones de la ley (sus peca­dos). En esta condi­ción ellos no pueden encon­trar­lo, y sus ora­ciones son una abom­i­nación ante Su vista (Prov 28:9).

3 Las acciones y las pal­abras pecaminosas son acusa­ciones con­tra el pueblo: (1) Sus manos están con­t­a­m­i­nadas con la san­gre de asesina­to y sus dedos con iniq­uidad (ver Mi 7:3: “Para com­ple­tar la mal­dad con sus manos”). Esta acusación fue hecha ante­ri­or­mente por Isaías (1:15): debido a que las manos del pueblo están llenas de san­gre, Dios no oirá sus ora­ciones. Ellos no son solo acu­sa­dos con der­ra­mar lit­eral­mente san­gre (ver 1:21), sino tam­bién con robar y aplas­tar al pobre para traer­les necesi­dad y muerte (ver 3:14–15; 10:2). Miqueas dice, “Todos acechan por san­gre; cada cual arma red a su her­mano” (Mi 7:2). Él acusa además que mien­tras esta­ban en sus camas hicieron planes viles con­tra los desvali­dos, eje­cután­do­los cuan­do es el día (Mi 2 :1–3). (2) Vue­stros labios pro­nun­cian men­ti­ra, habla mal­dad vues­tra lengua; en asun­tos políti­cos, económi­cos y sociales, el pueblo había habla­do ruin­dades dejan­do “vacía el alma ham­bri­en­ta, y qui­tan­do la bebi­da al sedi­en­to” (32:6). Miqueas dice, “Si alguno andan­do con espíritu de falsedad mintiere diciendo…este tal será el pro­fe­ta de este pueblo” (Mi 2:11). Y agre­ga, “Sus ricos se col­marán de rapiña, y sus moradores hablarán men­ti­ra, y su lengua es engañosa en su boca” (Mi 6:12). Jehová abor­rece estas cosas (Prov 6:16–19), y en el tor­rente de juicio Él bar­rerá “el refu­gio de la men­ti­ra” (28:17).

4 Tan­to la injus­ti­cia social como la judi­cial car­ac­ter­izó a la sociedad de ese tiem­po. Aunque aquí el Señor podría estar tratan­do especí­fi­ca­mente con la injus­ti­cia de las cortes, la acusación es más amplia, incor­po­ran­do tam­bién la injus­ti­cia social. Los diri­gentes y los gob­er­nadores de la casa de Jacob, “abom­i­nan el juicio, y per­vierten todo el dere­cho” (Mi 3:9), estable­cien­do el ejem­p­lo y el mod­e­lo para el pueblo. Cuan­do ellos van a la corte (o inten­tan resolver asun­tos en for­ma pri­va­da), no bus­can el pro­ce­so legal y la jus­ti­cia apropi­a­dos, ni pre­sen­tan su caso en ver­dad, sino que lo pro­po­nen hablan­do men­ti­ras. La mala con­duc­ta y las acciones oscuras empiezan con el corazón fal­so y men­tiroso; así con­ce­bido, el fru­to o la descen­den­cia es la iniq­uidad, nun­ca la jus­ti­cia.

5 Para que impacte la lec­ción que Él está enseñan­do, el Señor usa una fuerte com­para­ción: de la unión de la vanidad y de las men­ti­ras, con­ce­bidas en el corazón del mal­va­do y prac­ti­ca­da entre ellos, son incuba­dos huevos de áspi­des. Ni los huevos ni las víb­o­ras pueden ser iden­ti­fi­ca­dos pos­i­ti­va­mente, pero es claro que son ser­pi­entes venenosas cono­ci­das por el pueblo de los días de Isaías. Si se comen, los huevos de áspi­des traen la muerte; y cuan­do se apri­etan, pro­ducen otras ser­pi­entes mortíferas igual­mente destruc­toras de la vida. Las men­ti­ras y la fal­ta de inte­gri­dad moral y de la jus­ti­cia están lig­adas para enve­ne­nar a la sociedad y traen final­mente la muerte. Como lo fue entonces, así lo es aho­ra; porque los prin­ci­p­ios nun­ca cam­bian.

6 Las telas inicuas frágiles y sin val­or de las redes de la araña que no servirán para vestir, en for­ma sim­i­lar, sus obras no pueden cubrir­los. Tan­to sus telas como sus obras son fútiles y vacías. Las telas son prob­a­ble­mente intri­gas para atra­par a los incau­tos, porque Miqueas habla de los planes viles del príncipe, del juez, y del grande, “y lo con­fir­man” (Mi 7:3; ver 2:1–2). Las obras son obras de iniq­uidad que con­de­nan y traen a destruc­ción. Actos de vio­len­cia extrema y de mal­dad están en sus manos para ser cometi­das para sat­is­fac­er­lo. Como obser­va Miqueas, “Para com­ple­tar la mal­dad con sus manos” (Mi 7:3).

7 El mal­va­do no entra sin prisa a lo malo; sino que sus pies cor­ren, apresurán­dose pre­cip­i­tada­mente a lo malo y apremian­do a der­ra­mar san­gre inocente. Su vio­len­cia es planea­da de ante­mano – sus pen­samien­tos, pen­samien­tos de iniq­uidad. Sus senderos son caminos de destruc­ción y que­bran­tamien­to, el fru­to de tales pen­samien­tos. La condi­ción de los días de Noé pare­cen repe­tirse; porque aho­ra, como entonces, “todo designio de los pen­samien­tos del corazón de ellos [de los hom­bres] era de con­tin­uo sola­mente el mal” (Gén 6:5).

     8 El mal­va­do no ha cono­ci­do el camino de paz, ya sea con Dios, con­si­go mis­mo, o con su próji­mo, porque “no hay paz, dijo mi Dios, para los impíos” (57:21). No hay jus­ti­cia ni sen­ti­do de lo rec­to en sus vidas; ellos mis­mos han hecho sus caminos tor­ci­dos, deshon­estos, y llenos de engaño. Los que entran a tal vida no encon­trarán la paz sino lo opuesto – dis­cor­dia, tumul­tos, y con­tien­das. Pablo citó los ver­sícu­los 7–8 para describir la condi­ción uni­ver­sal de sus días (Rom 3:15–17). Ellos pare­cen adap­tarse tam­bién a nues­tra condi­ción nacional.

 

La Respues­ta del Pro­fe­ta: Una Con­fe­sión de Mal­dad (vers 9–15a)

 

      9 En respues­ta a la acusación de Jehová con­tra la nación, el pro­fe­ta respon­s­abi­liza al pueblo por con­fe­sar sus peca­dos. En medio de tales condi­ciones encuen­tran solo tinieblas, porque el peca­do ha deja­do sus efec­tos ter­ri­bles. No hay jus­ti­cia, ni enmien­da de los asun­tos de esta­do exis­tente; la jus­ti­cia nun­ca es cumpl­i­da. Bus­can por luz, prob­a­ble­mente la lib­eración de la condi­ción difí­cil que existe, pero en lugar de eso hay oscuri­dad. En su ceguera cam­i­nan en la oscuri­dad en lugar del bril­lo de la sal­vación que desean ardi­en­te­mente. Jehová desea y cier­ta­mente es capaz de cam­biar todo esto (vers 1–2). Pero en su estu­por espir­i­tu­al el pueblo no mira hacia Él y, entonces, Él no puede actu­ar.

10 El pueblo pal­pa como el ciego, bus­can­do por una pared que ellos puedan seguir a la lib­er­tad o bajo la cual puedan encon­trar pro­tec­ción. Aun al mediodía cuan­do todo debe ser bril­lante y claro, tropiezan ade­lante como en la penum­bra o en la noche, jus­to como Jehová, por medio de Moisés, les había dicho que suced­ería (Deut 28:28–29). La frase esta­mos en lugares oscuros como muer­tos es difí­cil ya que la pal­abra tra­duci­da oscuros solo se men­ciona aquí. La frase entre­ga­da de varias for­mas: “entre el viviente como la muerte” (Delitzsch); “entre hom­bres de fuerza oscu­ra, somos como muer­tos” (Leupold); “entre aque­l­los en pleno vig­or” (Why­bray); “entre los cor­pu­len­tos como la muerte” (Young). Al mar­gen tiene “esta­mos en lugares oscuros como la muerte,” esto es, somos como espíri­tus des­en­car­na­dos en las som­bras. Como quiera que la pal­abra sea tra­duci­da, la ima­gen es una de deses­peración abso­lu­ta.

11 Descon­tentos, gruñi­mos (refun­fuñamos) como osos todos nosotros en la con­fusión; y gemi­mos las­timera­mente como palo­mas, en una voz baja, las­timera, expre­san­do la melan­colía de nue­stros cora­zones. Esper­amos jus­ti­cia, y no la hay – es repeti­da la que­ja del ver­sícu­lo 9.

12 Hablan­do por el pueblo, el pro­fe­ta con­fiesa la causa de sus tropiezos. Tan­to él como ellos pueden ver­lo con clar­i­dad, porque no está ocul­to. Ellos tropiezan cie­ga­mente, gruñen­do como un oso en su descon­tento y gimien­do como una palo­ma en su esta­do de melan­colía, porque sus trasgre­siones son mul­ti­pli­cadas ante Dios y sus peca­dos tes­ti­f­i­can con­tra ellos. Como una pared, los peca­dos sep­a­ran al pueblo de Dios (vers 2); y has­ta que ellos sean quita­dos, las ben­di­ciones que desean y por las que cla­man no pueden ser suyas. Sus trasgre­siones no están ocul­tas; están llana­mente evi­dentes, cono­ci­das por Dios y los hom­bres: cono­ce­mos nue­stros peca­dos. Entonces, el pueblo está sin excusa por no cor­re­gir sus errores.

13 Las trasgre­siones que son tan evi­dentes a todos son resum­i­das: (1) el pre­varicar y men­tir con­tra Jehová, y el apartarse de en pos de nue­stro Dios – con­tin­uar en lo que saben que están trasgre­di­en­do, el pueblo está negan­do a Jehová como su Dios; (2) el hablar calum­nia y rebe­lióncalum­nia es un peca­do las­ti­moso, porque involu­cra el mal uso del poder y de la autori­dad, atro­pel­lan­do a los que están sin la pro­tec­ción ade­cua­da de sus dere­chos; rebe­lión involu­cra volver la espal­da o deser­tar de Dios y Su camino; (3) con­ce­bir y pro­ferir de corazón pal­abras de men­ti­ra (ver vers 3). El corazón es el vien­tre en el que son con­ce­bidos los pen­samien­tos, las pal­abras, y las acciones (ver Mt 12:34; 15:19–20). Debe ser guarda­do con toda dili­gen­cia, “porque de él mana la vida” (Prov 4:23). Fal­lar en guardar el corazón puro tiene como resul­ta­do hablar y actu­ar con­tra Jehová.

14 De nue­vo el dere­cho y la jus­ti­cia apare­cen com­bi­nadas, como es tan fre­cuente en este libro. La jus­ti­cia, o juicio cor­rec­to, es trastro­ca­do, y los están­dares de jus­ti­cia fuera del alcance. Prevalen la injus­ti­cia y la iniq­uidad. Como un sol­da­do der­rib­a­do en la batal­la, así la ver­dad tropezó en la plaza, echa­da aba­jo por los que debían haber­la sostenido (ver Dan 8:12, donde la ver­dad es “echa­da por tier­ra” por un ene­mi­go pagano). Y cuan­do la ver­dad no está pre­sente, la equidad no pudo venir.

15a Cuan­do la ver­dad ha tropeza­do en la plaza y pisotea­da por el pueblo y la men­ti­ra se ha con­ver­tido en el están­dar, entonces el que se apartó del mal fue puesto en prisión. En tal ambi­ente, el que da la espal­da al peca­do y bus­ca hac­er jus­ti­cia es oprim­i­do, acosa­do, y destru­i­do por los impíos (ver 5:23; 10:2; 32:7; Mi 2:1–2).

 

La Respues­ta de Jehová: Ven­gan­za y Lib­eración (vers 15b-21)

 

      15b Cualquiera que fuera la angus­tia que Israel pudiera haber exper­i­men­ta­do a manos de los paganos, la parte más grande de su sufrim­ien­to ven­dría des­de el inte­ri­or de ellos mis­mos. Y lo vio Jehová, el rec­ha­zo de la ver­dad por parte de la nación, y desagradó a Sus ojos, porque pere­ció el dere­cho, el tra­to jus­to, entre el pueblo.

16 Como Jehová esta­ba desagrada­do al ver la fal­ta de jus­ti­cia, así tam­bién se mar­avil­ló cuan­do vio que no había hom­bre, nadie que se inter­pusiese. Él esta­ba con­ster­na­do, por decir­lo así, por la des­o­lación espir­i­tu­al que Él pres­en­ció; y esta­ba pas­ma­do que ningún hom­bre actu­ara como inter­ce­sor, defen­di­en­do Su causa, o hacien­do con­tac­to con Él en rep­re­sentación del pueblo oprim­i­do. Y, a con­se­cuen­cia de esta situación, lo salvó su bra­zo (poder). Has­ta la veni­da del Sier­vo, que “por medio de la ver­dad traerá jus­ti­cia” (42:3), Jehová actu­aría per­sonal­mente, no depen­di­en­do de nadie más que de Él mis­mo y de la fuerza de Su pro­pio bra­zo para inter­ced­er y traer a Su pueblo a una relación jus­ta con Él. Su propia jus­ti­cia abso­lu­ta y la jus­ti­cia de Su propósi­to respal­darían Sus propias acciones – dan­do ven­gan­za sobre Sus ene­mi­gos y red­imien­do a Su pueblo de sus trasgre­siones.

17 En el con­flic­to con la injus­ti­cia, con las trasgre­siones, y con los peca­dos, Jehová asume el papel de un guer­rero prepara­do para entrar al cam­po de batal­la (ver Ex 15:3; Deut 1:30; Isa 42:13). La armadu­ra con la que Él se viste es espir­i­tu­al, apropi­a­da para la nat­u­raleza del con­flic­to en puer­ta. Su coraza o cota de mal­la es la jus­ti­cia que Lo sus­ten­ta; la sal­vación por la que Él pelea es un yel­mo bril­lante en su cabeza; Él se envuelve a Si mis­mo en una ropa de ven­gan­za con­tra Sus ene­mi­gos; incluye en todo Él un man­to o capa de celo, una pasión fuerte y fer­viente por la batal­la y la jus­ti­cia espir­i­tu­al.

18 Como para vin­di­cación, como para ret­ribuir: en esta batal­la habrá un juicio jus­to e impar­cial para todos. Ellos recibirán de acuer­do a su acti­tud hacia Dios y a las acciones que siguen de eso. Será un bal­ance jus­to de las bal­an­zas (ver el comen­tario sobre 40:2). La dis­tin­ción entre sus adver­sar­ios y sus ene­mi­gos no está total­mente clara. Parece, sin embar­go, que los adver­sar­ios son del mis­mo pueblo de Dios y sus ene­mi­gos son los paganos. Esta con­clusión des­cansa en la frase a los de la cos­ta (zona costera), que se refiere a las regiones habitadas por “los pueb­los,” extran­jeros o gen­tiles. En este caso parece ser para­le­lo con sus ene­mi­gos.

19 Des­de el occidente…desde el nacimien­to del sol, esto es, des­de las regiones remo­tas de la tier­ra – de todas partes – los hom­bres respon­derán al gran juicio y al ofrec­imien­to de lib­eración de Jehová. Tan­to de entre los judíos como de los gen­tiles, espe­cial­mente de los últi­mos, los que con­tem­plan la obra de sus propias manos temerán el nom­bre de Jehová, se volverán a Él y temerán su glo­ria. Nom­bre y glo­ria son usa­dos prob­a­ble­mente sim­bóli­ca­mente. La segun­da parte del ver­sícu­lo es más difí­cil. Si seguimos el tex­to, Jehová ven­drá con­tra Sus ene­mi­gos como río, con­duci­do por Su pro­pio alien­to. Su poderoso poder es exhibido como en la  creación (ver Sal 33:6). Si acep­ta­mos la lec­tura al mar­gen, es el ene­mi­go el que ven­drá como un flu­jo poderoso; en medio de esta tur­bu­len­cia Jehová lev­an­tará la ban­dera con­tra él, proveyen­do entonces un lugar de refu­gio para Sus san­tos y un pun­to de reunión des­de el cual der­ro­tar a Sus ene­mi­gos. Cualquiera que sea la tra­duc­ción y la situación a la vista – sea la obra de reden­ción de Jehová, Su obra de juicio, o la opre­sión infligi­da por el ene­mi­go – la idea es que Dios está en com­ple­to con­trol. En el pasa­do Él salvó a Israel “por amor de su nombre,/Para hac­er noto­rio su poder” (Sal 106:8), y Él con­tin­uará ejer­cien­do ese poder a favor de Su pueblo.

20 En el Antiguo Tes­ta­men­to, el pari­ente más cer­cano que tenía el dere­cho y la respon­s­abil­i­dad de reco­brar la propiedad con­fis­ca­da de un famil­iar o de com­prar la lib­er­tad de un pari­ente que había caí­do en la esclav­i­tud. El tér­mi­no téc­ni­co para la per­sona que se esper­a­ba que pagara el pre­cio total nece­sario para ayu­dar a su famil­iar es Reden­tor. Isaías usó la pal­abra en su pleno sig­nifi­ca­do de alguien que vuelve a com­prar o paga un pre­cio de rescate por la lib­er­tad y eman­ci­pación de alguien. Al menos doce veces en la Parte Dos del Libro de Isaías, Jehová es referi­do como el Reden­tor de Israel. Pero en esta instan­cia el pro­fe­ta tiene en mente al Sier­vo-Mesías, que ya ha sido prometi­do muchas veces y cuya obra reden­to­ra ha sido clara­mente rev­e­la­da. Este pun­to de vista es sostenido por la apli­cación de Pablo del pasaje a Jesús el Cristo (Rom 11:26–27). Isaías dice, Y ven­drá el Reden­tor a Sion, y a los que se volvieren de la iniq­uidad en Jacob; al citar este pasaje Pablo dice, “Ven­drá de Sion el Lib­er­ta­dor.” La aparente dis­crep­an­cia entre la veni­da del Reden­tor “a Sion” (Isaías) y Su veni­da “de Sion” (Pablo) ha dado lugar a dis­cu­siones con­sid­er­ables entre los comen­taris­tas. No es nece­sario para nosotros plantear las difer­entes solu­ciones sug­eri­das, sin impor­tar cuales sean. Porque Isaías está hablan­do de la veni­da del Reden­tor a los Suyos – la Sion de Dios – para ofre­cer sal­vación primero a ellos (Mt 15:24; Jn 1:11). Cuan­do ellos lo rec­haz­aron, Él se volvió de ellos a los gen­tiles (Hech 13:46–48; 18:6). Este es el pun­to de Pablo. El Sier­vo-Mesías vino a Sion como Rey y Sal­vador (Zac 9:9–10). Jehová lo erigió como Rey en el san­to monte de Sion (Sal 2:6). De allí Jehová puso en acción la vara de Su fuerza (Sal 110:2); de allí sal­ió la ley y la pal­abra de Jehová (2:3). Esto expli­ca la veni­da del Reden­tor “a Sion.” De Sion Él tam­bién envió en el evan­ge­lio, la con­quista y para con­quis­tar. Como dijo Pablo, Cristo “vino y anun­ció las bue­nas nuevas de paz a vosotros [los gen­tiles] que estabais lejos, y a los que esta­ban cer­ca [los judíos]” (Ef 2:17). En este sen­ti­do, el Reden­tor vino “de Sion.”

21 Y este será mi pacto – Jehová hace el pacto. Los hom­bres ni acep­tan sus tér­mi­nos ni entran a él, o lo rec­haz­an. El pacto a la vista aquí es “las mis­eri­cor­dias firmes a David” (ver 55:3 y comen­tar­ios). Cimen­ta­do en el Sier­vo (42:6; 49:8), no será removi­do (54:10). La ple­garia, El Espíritu mío que está sobre, y mis pal­abras que puse en tu boca, no fal­tarán de tu boca, es dicha al reden­tor. Jehová ha puesto Su Espíritu sobre el Reden­tor con pal­abras (ver 50:4 y comen­tar­ios). Ningún com­pro­miso será hecho por el Reden­tor, Él sos­ten­drá la ver­dad así como la recibió de Jehová. El Reden­tor “verá lina­je,” Su descen­den­cia espir­i­tu­al (53:10). Cier­ta­mente, “La pos­teri­dad le servirá;/Esto será con­ta­do de Jehová has­ta la postr­era generación./Vendrán, y anun­cia­rán su justicia;/A pueblo no naci­do aún, anun­cia­rán que él hizo esto” (Sal 22:30–31). Allí habrá siem­pre una simiente (un rema­nente) sostenién­dose fiel­mente a Su pal­abra, pasán­dola de una gen­eración a la sigu­iente. La prome­sa ha sido cumpl­i­da total­mente en Cristo que recibió Sus pal­abras del Padre en el evan­ge­lio, y en la ver­dadera igle­sia de Cristo.

Capí­tu­lo 59. El Peca­do. La Pared de Sep­a­ración

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