Oración por la Pres­en­cia y Acción de Jehová (vers 1–7)

 

      1 La oración que empezó en 63:15 con­tinúa a través de este capí­tu­lo. Abrió con la súpli­ca, “Mira des­de el cielo, y con­tem­pla” (vers 15), la cual es aho­ra repeti­da y ampli­a­da: ¡Oh, sí romp­ieses los cie­los, y descendieras! Mira y obser­va, entonces actúa. El pro­fe­ta con­tin­ua hablan­do por la nación; es su oración por que Jehová des­menuza, o ras­ga, los cie­los bajo los cuales Él se esta­ba ocul­tan­do a Si mis­mo de ellos. La supli­ca es para que Él descien­da como en el Sinaí cuan­do la tier­ra tem­bló ante Su pres­en­cia (Éxo­do 19:11, 18–20). ¿Debe­mos tra­ducir aquí el ver­bo tiem­bla, fluye hacia aba­jo (al mar­gen; King James), o ablan­da en tu pres­en­cia? La respues­ta puede ser encon­tra­da en el ver­sícu­lo 3. Al hac­er esta supli­ca el pueblo parece haber olvi­da­do el ter­ror del Sinaí (Éxo­do 20:18–21; Deut 5:25–27), porque piden a Jehová que aparez­ca de nue­vo en medio de ellos. Ellos habían rehu­sa­do oír­lo entonces; ¿lo oirán aho­ra?

      2 La inten­si­dad del calor de la pres­en­cia de Jehová en el juicio es como fuego que enciende el mator­ral seco o provo­ca que el agua hier­va; sin embar­go, algunos comen­taris­tas pre­fieren fundir o escur­rir a tem­blar (vers 1). En tal demostración de poder Él provo­caría que Su nom­bre fuera recono­ci­do en medio de Sus adver­sar­ios por su ver­dadera grandeza (ver 63:12); las naciones tem­blarían a tu (de Él) pres­en­cia. Ellos lle­garán a estar total­mente enter­a­dos de Su ser y poder.

      3 Las cosas ter­ri­bles que Jehová había hecho podrían mejor ser lla­madas “tremen­das” o “impre­sio­n­antes”; sin embar­go, en oca­siones algunos de sus actos fueron cier­ta­mente ater­radores, mucho más allá de la imag­i­nación o expec­ta­ti­va del pueblo. Al hac­er­lo Él había “descen­di­do” de los cie­los (Neh 9:13–15). Aho­ra el pueblo ora por una demostración sim­i­lar (vers 1). Cuan­do Él descendió en el Sinaí, la tier­ra tem­bló. Nahum usa lengua­je sim­i­lar en una descrip­ción grá­fi­ca de los car­gos for­ja­dos por la pres­en­cia de Jehová: “Los montes tiem­blan delante de él, y los col­la­dos se der­riten; la tier­ra se con­mueve a su pres­en­cia, y el mun­do, y todos los que en él habi­tan” (Nah 1:5). La idea enfáti­ca aquí debe ser encon­tra­da en la con­clusión de cada uno de los primeros tres ver­sícu­los, tu pres­en­cia, esto es por lo que el pueblo está oran­do.

      4 Jehová había desafi­a­do a los ído­los a hablar o actu­ar – a hac­er algo (41:21–24) – pero ellos solo tra­jeron vergüen­za a sus seguidores por su incom­pe­ten­cia (44:9). Isaías dice aho­ra, Ni nun­ca, des­de el prin­ci­pio del tiem­po, los hom­bres no han oído ningún men­saje ni vis­to ningu­na acción de un ído­lo. Solo Jehová ha obra­do a favor del que en él espera. Esper­ar con­ll­e­va “una acti­tud de expectación fer­vorosa y de esper­an­za con­fi­a­da” (ver 40:31).[1]

      5 De este ver­sícu­lo, Alexan­der dice, “Tal vez no hay ningu­na sen­ten­cia en Isaías, o cier­ta­mente en el Antiguo Tes­ta­men­to, que haya divi­di­do y descon­cer­ta­do más a inter­pretes, o sobre el que el inge­nio y el conocimien­to de los escritores mod­er­nos han arro­ja­do menos luz” (II. 431). Para una lista bas­tante exten­sa de los difer­entes pun­tos de vista, ver los comen­tar­ios de Alexan­der y de Barnes. En tan­to que el tex­to es oscuro, el sig­nifi­ca­do del ver­sícu­lo parece ser que Jehová se reúne con los que se rego­ci­jan en Él y obran con jus­ti­cia. La pal­abra hebrea tra­duci­da sal­iste al encuen­tro es tra­duci­da como “ora­do” en 53:12 e “inter­pusiese” en 59:16; entonces Jehová habla o inter­cede por los que obran con jus­ti­cia, a los que recuer­dan, a los que prestan aten­ción men­tal, a Sus caminos (ver Prov 3:5–8), y actúan en armonía con ellos. Aunque Jehová ha tenido tan­ta gra­cia y ha pro­te­gi­do con­tra la iniq­uidad por Su ira con­tra el peca­do, aun pecamos. En este esta­do, ¿podremos aca­so ser salvos? La respues­ta es que la sal­vación viene solo por bus­car a Jehová y pon­er aten­ción a Él y a Sus caminos (55:6–7).

      7 El pro­fe­ta está hablan­do de la nación en gen­er­al cuan­do dice que no hay nadie que invoque el nom­bre de Dios. Aunque hubo siem­pre unos pocos fieles, es posi­ble que aun ellos hayan deja­do de orar. Ya sea que la nación haya per­di­do la fe en la vol­un­tad de Jehová para respon­der a las ora­ciones, o, en su inmundi­cia, ellos se con­sid­er­a­ban a sí mis­mos indig­nos de acer­carse a Él. Tal vez exis­ten ambas condi­ciones, pero en algu­na pro­por­ción, la oración ha cesa­do entre el pueblo. En su iner­cia espir­i­tu­al ellos han igno­ra­do este gran priv­i­le­gio de la oración, fal­lan­do en usar su poder y en asirse de Jehová por medio de ella. En con­se­cuen­cia, Él ha ocul­ta­do Su ros­to de ellos y los ha mar­chi­ta­do por medio de (de la mano de) sus iniq­uidades. El sig­nifi­ca­do bási­co de la pal­abra mar­chi­tar es “der­re­tir,” cómo en “Mi corazón fue como cera,/Derritiéndose en medio de mis entrañas” (Sal 22:14), y “los montes se der­ri­tieron como cera delante de Jehová” (Sal 97:5; ver Miq 1:4). Cualquiera que sea la tra­duc­ción, la for­t­aleza de la nación se fue; porque sin la ayu­da de Jehová están débiles e inde­fen­sos, tan­to como la cera sin for­ma y der­reti­da, en sus iniq­uidades.

Un Lamen­to Ren­o­va­do por Mis­eri­cor­dia (vers 8–12)

 

      8 Las pal­abras Aho­ra pues intro­duce un nue­vo argu­men­to o un aspec­to fres­co de la ple­garia. Es repeti­do el lamen­to de 63:16 excep­to que allí al se diri­gen a Él como Padre, aquí se diri­gen a Él como Creador, el Mod­e­lador de Israel: tú eres nue­stro padre; nosotros bar­ro, él úni­co que nos ha for­ma­do como un pueblo (ver 29:16). Aunque Jehová es el Creador de toda la humanidad, Él solo es el Padre de Su pueblo espir­i­tu­al. Debe recor­darse que un alfarero puede mold­ear un recip­i­ente solo mien­tras el bar­ro pro­ducirse a sí mis­mo en sus manos; sí él es inca­paz de hac­er un recip­i­ente para hon­or, entonces él hará uno para el deshon­or (Jer 18:1–4). Él bus­ca hac­er lo mejor pero podría ten­er un arreg­lo para algo infe­ri­or. El pueblo no se ha pro­duci­do a sí mis­mo: entonces, Jehová hará de ellos un vaso de deshon­or.

      9 Como el Dios de la nación, Jehová ha prometi­do por Si mis­mo bor­rar las trans­gre­siones y olvi­dar sus peca­dos (43:25). Sobre esa base el pueblo hace aho­ra su ple­garia, no que no sea juz­ga­do, sino que Él no recuerde sus peca­dos per­pet­u­a­mente. Ellos cla­man, pueblo tuyo somos (ver vers 8). Dicho de otro modo por Habacuc, su peti­ción es, “En la ira acuér­date de la mis­eri­cor­dia” (Hab 3:2). En la respues­ta de Jehová (cap 65) Él sep­a­ra a los fieles de los infieles, declaran­do el des­ti­no de cada uno.

      10 Algunos comen­taris­tas pien­san que Tus san­tas ciu­dades son Sion y Jerusalén. Sin embar­go, es mucho más prob­a­ble que el pro­fe­ta esté refir­ién­dose a las ciu­dades de Judá, porque de Judá se habla como “la tier­ra san­ta” (Zac 2:12). La tier­ra y su pueblo eran san­tos ante Dios. Las ciu­dades de Judá y de Sion es un desier­to, inhab­it­able, un desier­to, y Jerusalén una soledad, una pér­di­da.

      11 En medio de la des­o­lación y de la pér­di­da, La casa de nue­stro san­tu­ario y de nues­tra glo­ria, en la cual le alabaron nue­stros padres, fue con­sum­i­da al fuego. Los comen­taris­tas creen que allí hubo un segun­do (Deutero-), y en algunos casos, aun un ter­cero (Tri­to-) Isaías a los que se les atribuye el escrito de esta descrip­ción para los días del exilio o al peri­o­do inmedi­a­to que le sigu­ió. Sin embar­go, tal con­clusión no es nece­sari­a­mente; porque la Bib­lia abun­da en declaración de even­tos mucho antes de que ocur­ran, hablan­do de ellos como si ya hubier­an acon­te­ci­do. Jesús dijo a los judíos de su tiem­po, “Abra­ham vue­stro padre se gozo de que había de ver mi día; y lo vio, y se gozó” (Juan 8:56, con itáli­cas agre­gadas). David (Sal 22) e Isaías (cap 53) habían pre­vis­to con clar­i­dad sobre aspec­tos indis­cutibles de las prue­bas y de la cru­ci­fix­ión de Jesús. En el ini­cio de la his­to­ria de Israel, Jehová dijo al pueblo que si ellos no Lo escuch­a­ban, “Haré desier­tas vues­tras ciu­dades, y aso­laré vue­stros san­tu­ar­ios” (Lev 26:31). En la ded­i­cación del tem­p­lo de Salomón Jehová advir­tió que si ellos daban la espal­da a Su ado­ración y a guardar Sus man­damien­tos, “yo cor­taré a Israel de sobre la faz de la tier­ra que les he entre­ga­do; y esta casa que he san­tifi­ca­do a mi nom­bre, yo la echaré de delante de mí” (1 Rey 9:6–7, itáli­cas aña­di­das). Y por medio de Isaías Jehová declaró a Eze­quías que todo en su casa, y que lo que había sido ate­so­ra­do por sus padres, “será lle­va­do a Babilo­nia todo lo que hay en tu casa” (39:6). A la luz de la mal­dad de su tiem­po y de estas adver­ten­cias de Dios, Isaías habría vis­to fácil­mente el tem­p­lo en ruinas como un hecho con­suma­do. Recuerde tam­bién que Jehová había reta­do a los ído­los a declarar even­tos por venir y por con­se­cuen­cia demostrar su dei­dad (41:23), y entonces había reposa­do Su declaración a Su dei­dad úni­ca sobre la capaci­dad para declarar el futuro (42:9) – “Yo soy Dios…que anun­ció lo por venir des­de el prin­ci­pio” (46:9–10). Pablo en for­ma sim­i­lar afir­ma que Dios “lla­ma las cosas que no son, como si fuer­an” (Rom 4:17). Fue tan fácil para Jehová describir la destruc­ción del tem­p­lo como procla­mar por antic­i­pa­do la cau­tivi­dad y la veni­da de Ciro para lib­er­ar al pueblo (44:28–45:7,13). Es la con­vic­ción de este escritor que el mis­mo Isaías, sien­do movi­do por el Espíritu (ver 2 Ped 1:21), le fue dado el entendimien­to que el tem­p­lo sería destru­i­do ráp­i­da­mente como un resul­ta­do de los peca­dos del pueblo. Las cosas pre­ciosas a ser destru­idas incluyen las ciu­dades, las casas, y los jar­dines que el pueblo esti­ma. Todo, incluyen­do el tem­p­lo y su recin­to, estarían en ruinas.

      12 La oración se cier­ra con dos pre­gun­tas a Jehová. A la vista de las condi­ciones así descritas, ¿Puedes Él estarse qui­eto? ¿Afli­girá Él sobre­man­era? No obstante que las pre­gun­tas no son con­tes­tadas explíci­ta­mente, parece ser impli­ca­da una respues­ta neg­a­ti­va (ver cap 65).

Capí­tu­lo 64. Una Oración Fer­viente

[1]  The­o­log­i­cal Word­book of the Old Tes­ta­ment, vol. 1, p. 282.

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