En este capí­tu­lo de cierre, Isaías intro­duce en el enfoque los juicios futur­os de Jehová y el engrandec­imien­to, rego­ci­jo y glo­ria de Sion. El Señor parece estar seña­lan­do a los días finales de Judá y a la glo­ria venidera de Sion en la nue­va dis­pen­sación. Hay numerosos pun­tos de vista en relación al tiem­po en el que fue escrito este capí­tu­lo, el autor, y los even­tos par­tic­u­lares sien­do descritos. Es nue­stro pun­to de vista que el pro­fe­ta Isaías está escri­bi­en­do de cosas por venir que le fueron rev­e­ladas por Jehová por medio de Su Espíritu San­to. El pro­fe­ta está miran­do hacia la cul­mi­nación de juicio y la esper­an­za glo­riosa sobre la que él ha esta­do pred­i­can­do a lo largo de toda su vida de ser­vi­cio a Jehová y a Su pueblo.

La Grandeza de Jehová y la Abom­i­nación de la Idol­a­tría (vers 1–6)

 

      1 Des­de el ini­cio de su obra proféti­ca Isaías ha habla­do del colap­so y de la caí­da venidera de la nación debido a la cor­rup­ción moral den­tro de ella (cap 1; 5:5–7). Pero de entre la ruina allí será estable­ci­da una nue­va nación com­pues­ta de muchos pueb­los y de un rema­nente que ha sido red­imi­do, limpia­do, y purifi­ca­do (2:2–4; 4:2–6). El capí­tu­lo final de la pro­fecía comien­za con la afir­ma­ción que Jehová está hablan­do. En visión, Isaías ha vis­to el san­tu­ario hol­la­do (63:18) y la bel­la casa del Señor destru­i­da (ver 64:11 y comen­tar­ios). Y aho­ra, a la vista del hecho que el rema­nente espir­i­tu­al y el red­imi­do de las naciones están vinien­do a Sion, hay necesi­dad de con­stru­ir otro tem­p­lo. Jehová dice, El cielo es mi trono, y la tier­ra estra­do de mis pies (ver Sal 11:4; 103:19), y pre­gun­ta, ¿dónde está la casa que me habréis de edi­ficar, y dónde el lugar de mi reposo? Esto no es, como sug­ieren algunos comen­taris­tas, una críti­ca del celo de Hageo por la recon­struc­ción del tem­p­lo en el retorno de la cau­tivi­dad, por fras­es como “ha dicho Jehová” y “la pal­abra de Jehová” se pre­sen­tan aprox­i­mada­mente vein­ticin­co veces en este cor­to libro, afir­man­do que la urgen­cia era del mis­mo Señor. Y Zacarías, con­tem­porá­neo de Hageo, con­fir­ma: “Por tan­to, así ha dicho Jehová: Yo me he vuel­to a Jerusalén con mis­eri­cor­dia; en ella será edi­fi­ca­da mi casa” (Zac 1:16). Era nece­sario un tem­p­lo físi­co bajo esa dis­pen­sación, pero aún él no podría con­tener a Jehová (1 Rey 8:27). Por con­sigu­iente, el pueblo no iba a pon­er su con­fi­an­za en el tem­p­lo, sino en el mis­mo Jehová. Sin embar­go ellos parecían con­fi­ar en el tem­p­lo debido a que él rep­re­senta­ba Su pres­en­cia (Jer 7:1–4).

2 El mate­r­i­al físi­co que entró en la con­struc­ción del tem­p­lo de Salomón fue hecho por Jehová, pero es pere­cedero y dejará de exi­s­tir. Sin embar­go, el mate­r­i­al con el que Dios está con­struyen­do Su nue­va casa serán hom­bres que son (1) pobres – la pal­abra no solo sig­nifi­ca pri­va­do de pos­e­siones mate­ri­ales, sino que con fre­cuen­cia apun­ta a alguien que está afligi­do o angus­ti­a­do, una per­sona mansa (ver 61:1); y (2) humilde (o mor­ti­fi­ca­da) de espíritu, como el corazón de David se “tur­bó” cuan­do cortó la oril­la del man­to de Saúl (1 Sam 24:5; ver Isa 57:15); y (3) que tiem­ble a mi pal­abra, esto es, ten­ga un espíritu pen­i­tente y un respeto afec­tu­oso por la pal­abra de Dios. Tales indi­vid­u­os serán el mate­r­i­al de con­struc­ción de la nue­va casa de Jehová (ver Ef 2:21; 1 Ped 2:5).

3 Este ver­sícu­lo es recono­ci­da­mente difí­cil. ¿Está dicien­do el pro­fe­ta que alguien que que­ma incien­so u ofrece sac­ri­fi­cios legales (por ejem­p­lo, un buey, una ove­ja, una ofren­da [un ofrec­imien­to de comi­da o cere­al]) en un espíritu equiv­o­ca­do es cul­pa­ble de asesina­to (o de sac­ri­fi­cio humano – 57:5) y de ofre­cer sac­ri­fi­cios abom­inables a ído­los? ¿O está dicien­do que en el nue­vo tem­p­lo y bajo el nue­vo orden, el ofrec­imien­to de sac­ri­fi­cios que eran ante­ri­or­mente acept­a­bles será idol­a­tría? En todo caso, ellos esco­gieron sus pro­pios caminos, y su alma amó sus abom­i­na­ciones. Lo que ellos están hacien­do es desagrad­able a Dios, porque toda ado­ración ofre­ci­da en el espíritu equiv­o­ca­do o no autor­iza­do por Dios, tan­to entonces como aho­ra, son ina­cept­a­bles ante Él.

4 Jehová deter­mi­nará las con­se­cuen­cias de tales acciones, trayen­do sobre los que se deleitaron en sus abom­i­na­ciones la rec­om­pen­sa total de su rec­ha­zo a Su vol­un­tad y camino. Si ellos esco­gen sus pro­pios caminos y sac­ri­fi­cios, Jehová escogerá para ellos escarnio (ver 65:12; 2 Tes 2:11–12).

5 El Señor se dirige aho­ra a aque­l­los que oyen Su pal­abra, que tiem­blan ante ella, y se rinden a su instruc­ción. El dis­tingue con clar­i­dad a este grupo de vue­stros her­manos que os abor­recen. La frase vue­stros her­manos indi­ca que los dos gru­pos que son señal­a­dos en los ver­sícu­los 1–6 con­siste de los judíos. Ellos que tiem­blan ante la pal­abra de Dios son odi­a­dos debido a su jus­ti­cia y temor de Jehová. Ellos son arro­ja­dos por causa de mi nom­bre, esto es, exclu­i­dos o exco­mul­ga­dos como si fuer­an inmun­dos. En un espíritu iróni­co o sar­cás­ti­co, los que odi­an la jus­ti­cia dicen, Jehová sea glo­ri­fi­ca­do. Pero él se mostrará para ale­gría vues­tra. Pero los que temen a Dios no serán humil­la­dos; y ellos (los que odi­an la jus­ti­cia) serán con­fun­di­dos.

6 Todo el pasaje (vers 1–6) parece apun­tar al cierre del antiguo orden judío cuan­do Jerusalén y el tem­p­lo fueron destru­i­dos (70 D.C.). Es oída Una voz de alboro­to de la ciu­dad, voz del tem­p­lo. El sig­nifi­ca­do bási­co de la pal­abra tra­duci­da alboro­to es un estru­en­do de mul­ti­tud del pueblo, o el estru­en­do del choque de una guer­ra (ver 13:4). La voz de Jehová que da el pago es la destruc­ción ases­ta­da en respues­ta a Su man­damien­to traí­do sobre la destruc­ción de la ciu­dad y del tem­p­lo en ret­ribu­ción por los insul­tos de los escarnece­dores. Esto apun­ta a la destruc­ción de Jerusalén ya sea por los babilo­nios o los romanos, prob­a­ble­mente el últi­mo.

Pero aun si está a la vista el asalto de los babilo­nios, se pre­sagia que pasará cuan­do los judíos recha­cen al Sier­vo, trayen­do rec­om­pen­sa ráp­i­da y segu­ra sobre ellos mis­mos. Tan­to Jerusalén como el tem­p­lo serán destru­i­dos a la voz (al man­damien­to) de Jehová.

Ben­di­ciones en la Nue­va Sion (vers 7–14)

 

      7–8 En el segun­do cán­ti­co del Sier­vo, Sion es rep­re­sen­ta­da como una madre que da a luz al Sier­vo (49:1–13). Ella es entonces rep­re­sen­ta­da como una madre que es sor­pren­di­da y con­so­la­da por el regre­so de sus hijos descar­ri­a­dos (49:14–26). El crec­imien­to ines­per­a­do de sus hijos hace nece­saria una habitación más grande (54:1–3). El pre­sente pasaje da promi­nen­cia al repenti­no nacimien­to del hijo, la nue­va nación y tier­ra, y sus hijos. El hijo no parece ser ningún otro que el Sier­vo larga­mente esper­a­do, el Mesías naci­do de la Sion espir­i­tu­al (ver los comen­tar­ios sobre 49:1; ver Mi 4:10; 5:2–3; Apoc 12:1–5), que “ven­drá súbita­mente a su tem­p­lo” (Mal 3:1). ¿Quién oyó cosa seme­jante? Aquí hay algo sin para­le­lo en la his­to­ria; porque inmedi­ata­mente ensegui­da del nacimien­to del Hijo, una nación, su tier­ra, y los hijos de Sion son dados a luz. Solo la entra­da de Cristo en el mun­do y los even­tos del Pen­te­costés pueden estar aquí a la vista; el Hijo fue exal­ta­do, la nue­va nación fue estable­ci­da, y los hijos de Sion empezaron a mul­ti­pli­carse (Hech 2; 4:4).

9 Jehová pre­gun­ta, Yo que hago la luz, ¿no haré nac­er? Al haber planea­do en Su propósi­to eter­no un plan de reden­ción, predi­cho por Sus pro­fe­tas, y con­tro­la­do a la his­to­ria para ese fin, Yo que hago engen­drar, ¿no traeré al nacimien­to o cumplim­ien­to? Este plan de reden­ción es el tema cen­tral de la rev­elación; todas las otras cosas no son sino con­tribu­ción a su cumplim­ien­to. Esta predic­ción vívi­da de Su propósi­to jun­to con su real­ización es una piedra de tropiezo no al fiel sino al incré­du­lo.

10–11 El Sier­vo traerá con­sue­lo a todos los enlu­ta­dos de Sion por Sion y lo que están en ella (61:2–3); en Su veni­da, el luto cesará (60:20). Ese tiem­po ha venido aho­ra; los enlu­ta­dos que aman a Sion se rego­ci­jarán aho­ra. Como un infante encuen­tra sat­is­fac­ción y con­sue­lo en el pecho de su madre, así los que aman a Sion y se rego­ci­jan en ella encuen­tran com­ple­ta sat­is­fac­ción, y os deleitéis con el res­p­lan­dor de su glo­ria.

12 Si el pueblo hubiera obe­de­ci­do a Dios, Israel habría poseí­do “paz…como un río, y…justicia como las ondas del mar” (48:18); toda la glo­ria de la que se jac­taron las naciones (60:5; 61:6) habrían sido suyas. Porque así dice Jehová: He aquí que yo extien­do sobre ella paz como un río, y la glo­ria de las naciones como tor­rente que se des­bor­da. Como lo es tan­tas veces, paz sig­nifi­ca aquí bien­es­tar y pros­peri­dad, per­fec­ción y total cumplim­ien­to. En una bel­la descrip­ción de la ilus­tración de la cri­an­za de un bebé nutri­do des­de el vien­tre de su madre, sien­do cri­a­do en el rega­zo al esti­lo ori­en­tal (ver 60:4), y sien­do meci­dos sobre las rodil­las en una for­ma jugue­t­ona y afec­tu­osa, Jehová describe la inocen­cia y las ben­di­ciones futuras de Su pueblo.

13 Como aquel, ya sea un niño o un hom­bre, a quien con­suela su madre (ver 49:15), los hijos de Sion serán con­so­la­dos en la Jerusalén espir­i­tu­al.

14 Y veréis – el pueblo en per­sona lle­gará a enten­der y exper­i­men­ta­rá las ben­di­ciones de Sion en las que se rego­ci­jarán. Y vue­stros hue­sos reverde­cerán, cre­cerán y serán hecho fuertes con la fres­cu­ra, el vig­or, y una nue­va vida tal como la que car­ac­ter­izó a la igle­sia prim­i­ti­va y provocó que se dis­per­sara por todo el mun­do. Estas ben­di­ciones serán con­ce­di­das por la mano poderosa de Jehová, que para con sus sier­vos será cono­ci­da. Así como es con fre­cuen­cia en los escritos de Isaías, él pre­sen­ta un con­traste: Jehová ben­de­cirá a Sion y a sus hijos, y se eno­jará con­tra sus ene­mi­gos. Su indi­gnación es expues­ta en los sigu­ientes ver­sícu­los.

La Indi­gnación Con­tra los Idol­a­tras (vers 15–17)

 

      15 A lo largo de todas las Escrit­uras el fuego es usa­do repeti­da­mente como un sím­bo­lo de cas­ti­go divi­no, de la jus­ta ira e indi­gnación de Jehová. El salmista obser­va, “Fuego irá delante de él,/ Y abrasará a sus ene­mi­gos alrede­dor” (Sal 97:3); Jere­mías (Jer 4:4) y Eze­quiel (Ez 22:21) hablan del fuego de la ira de Jehová; y Nahum declara, “Su ira se der­ra­ma como fuego” (Nah 1:6); Isaías dijo ante­ri­or­mente que los ene­mi­gos de Ariel “serían visitados…con torbellino…y lla­ma de fuego con­sum­i­dor (29:5–6), y la lla­ma de un fuego devo­rador que con­sumirá a Asiria (30:27–31), y que Jehová der­ramó sobre Israel “el ardor de su ira…le puso fuego por todas partes” (42:25). Aho­ra el pro­fe­ta agre­ga, Porque he aquí que Jehová ven­drá con fuego, y sus car­ros como tor­belli­no (vien­to de tor­men­ta), para descar­gar su ira con furor, y su repren­sión con lla­ma de fuego. Aquí ten­emos una descrip­ción vívi­da y dramáti­ca del juicio de Jehová con­tra los idol­a­tras rebeldes en con­traste a Sus ben­di­ciones sobre Sion.

16 Por el fuego de Su jus­ta indi­gnación, y con su espa­da, el instru­men­to que Él usa, ya sea Babilo­nia (Ez 30:24–25) o Roma (Luc 21:20–24, espe­cial­mente el vers 24), Jehová eje­cu­tará Su juicio a todo hom­bre. El juicio se extiende más allá de los judíos que están en rebe­lión con­tra Él (para la frase todo hom­bre ver Gén 6:13; Lev 17:14; Isa 40:5–6; 49:26; Jer 32:27). Y los muer­tos de Jehová serán mul­ti­pli­ca­dos, por los muchos rebeldes con­tra Él y deberán venir a juicio. Alexan­der y Young están prob­a­ble­mente en lo cor­rec­to al decir que el pro­fe­ta está miran­do más allá de la destruc­ción de Jerusalén por los romanos (Mt 24:15–22; Lucas 21:20–24). Cuan­do el impe­rio romano (la cuar­ta bes­tia en la visión de Daniel) fue traí­da a un final, tam­bién fue destru­i­do por un juicio divi­no (Dan 7:11, 26).

17 Es difí­cil deter­mi­nar si los que son líderes indi­vid­uales de los mis­te­rios sagra­dos (Delitzsch), son “los huer­tos” (King James – la pal­abra huer­to no aparece en el tex­to hebreo), o son la ima­gen de un ído­lo. Una cosa es clara: en lugar de ir al san­tu­ario de Dios a ado­rar­lo en ver­dad, el pueblo va a los huer­tos de su propia creación (ver 1:29) a ado­rar ído­los (ver 65:3–5). Alexan­der ve este ver­sícu­lo como un resumen de la idol­a­tría, la rebe­lión, y el nat­u­raleza espir­i­tu­al de los judíos des­de los días de Isaías has­ta la veni­da del Señor (ver vers 3), en cuyo tiem­po jun­ta­mente (la nación y el sis­tema del Antiguo Tes­ta­men­to) serán tal­a­dos. Yo me incli­no a estar de acuer­do. En un lengua­je en el que el pueblo de su tiem­po puede enten­der, el pro­fe­ta está descri­bi­en­do la condi­ción espir­i­tu­al que el Sier­vo encon­trará en la nación y que traerá la destruc­ción sobre ellos. Esa condi­ción es el resul­ta­do de la con­duc­ta del pueblo a lo largo de toda su his­to­ria. Debido a que ellos han actu­a­do como paganos, deberán sufrir la con­se­cuen­cia del pagan­is­mo.

La Glo­ria de Jehová Procla­ma­da al Mun­do y la Respues­ta (vers 18–24)

 

      18 Aquí hay una elip­sis que tuvo que ser llena­da por los tra­duc­tores. Las pal­abras conoz­co y tiem­po han sido supl­i­das. La idea parece ser que sus obras y sus pen­samien­tos orig­i­narán que se jun­ten todas las naciones y lenguas. Todas las lenguas y dialec­tos deben estar rep­re­sen­ta­dos (ver Gén 10:5, 20). La glo­ria que ellos verán es la pres­en­cia y el poder de Jehová ejer­ci­do en el juicio de los pueb­los idol­a­tras (vers 17) en con­traste a la glo­ria de Su rema­nente red­imi­do (40:5; 60:1–3). Aunque muchos expos­i­tores pien­san de otra man­era, parece que este ver­sícu­lo apun­ta a la destruc­ción romana de Jerusalén.

19 No es iden­ti­fi­ca­da la señal que pon­drá Jehová. Aunque podría ser una señal mila­grosa espe­cial como en 7:11, 14, eso parece dudoso. Podría ser el cumplim­ien­to de una acción o propósi­to par­tic­u­lar (ver los comen­tar­ios sobre 19:19–20; 55:13). Podría ser la res­ur­rec­ción del Mesías y la evi­den­cia que la con­fir­ma. O podría ser la destruc­ción de Jerusalén y del tem­p­lo por parte de los romanos, porque su ejérci­to esta­ba com­puesto de “mer­ce­nar­ios extraí­dos de todas las partes del mun­do romano.”[2] O la señal podría ser el establec­imien­to de la igle­sia y su poder en el mun­do. La clausu­la y enviaré de los escapa­dos de ellos a las naciones sug­iere que la señal podría haber sido el juicio de destruc­ción que sobrevi­no a la nación apos­ta­ta y a su ciu­dad y tem­p­lo. De entre los sobre­vivientes del juicio, los hom­bres serían envi­a­dos a las difer­entes naciones con un men­saje. Estas naciones incluirían a Tar­sis en el extremo poniente (la mod­er­na España); Fut, prob­a­ble­mente Put, en África; y Lud, que está ya sea en Asia Menor poniente (Lidia) o en África. Como naciones que dis­paran arco, Fut y Lud eran prob­a­ble­mente de una nat­u­raleza guer­rera. Tubal (la mod­er­na Turquía), Javán (Gre­cia), y las costas lejanas, costas lejanas (ver 41:1), son sim­bóli­cos del total del mun­do de ese tiem­po; todas las naciones son inclu­idas (ver 49:12). Los que no oyeron de mí, ni vieron mi glo­ria, oirán de ella por medio del men­saje de los que escapan y son envi­a­dos por Jehová a los con­fines de la tier­ra. Parece que este ver­sícu­lo apun­ta a la obra de los após­toles y otros cris­tianos prim­i­tivos que lle­varon “la luz del evan­ge­lio de la glo­ria de Cristo” (2 Cor 4:4) al mun­do de su tiem­po.

20 Y traerán – los envi­a­dos a los con­fines del mun­do – a todos vue­stros her­manos de entre todas las naciones, por ofren­da a Jehová. Con la “pared inter­me­dia de sep­a­ración” der­rib­a­da (Ef 2:14), los gen­tiles de entre todas las naciones serán traí­das con los judíos red­imi­dos como her­manos, como un nue­vo hom­bre, ante Jehová. Ellos serán traí­dos a Él por ofren­da, un ofrec­imien­to sin der­ra­mamien­to de san­gre (El Antiguo Tes­ta­men­to ofrecía comi­da). Una gran car­a­vana mez­cla­da se apresurará a Jehová; ellos ven­drán en cabal­los, en car­ros, en lit­eras (la pal­abra hebrea es tra­duci­da “car­ros cubier­tos” en Núm 7:3), en mulos y en camel­los (bes­tias velo­ces, King James; la pal­abra hebrea solo se men­ciona aquí). En el tiem­po de Isaías estas eran el medio más veloz para via­jar. Los red­imi­dos serían traí­dos al san­to monte de Jerusalén de Jehová (ver 56:7; 57:13), “el monte de la casa de Jehová” (2:2–4). Así como los hijos de Israel han traí­do sus ofren­das a Jehová en uten­sil­ios limpios, así los red­imi­dos de las naciones serán traí­dos en limpieza a la casa de Jehová.

21 Ya no más serán toma­dos los min­istros en la casa de Jehová en for­ma exclu­si­va de entre los descen­di­entes de Levi y de Aarón; sino tam­bién de ellos, los gen­tiles con­ver­tidos traí­dos al monte san­to, para sac­er­dotes (ver 61:6). Todos los red­imi­dos bajo Cristo son “un real sac­er­do­cio” que ofrece sac­ri­fi­cios espir­i­tuales a Dios por medio de Jesu­cristo (1 Ped 2:9). Hom­bres adquiri­dos “de todo lina­je y lengua y pueblo y nación”, han sido hechos “reyes y sac­er­dotes, y reinare­mos sobre la tier­ra” (Apoc 5:9–10).

22 Porque como los cie­los nuevos y la nue­va tier­ra (ver los comen­tar­ios sobre 65:17 y el Apéndice B) per­manez­can, así la descen­den­cia y el nom­bre del nue­vo Israel rema­nente. Allí habrá siem­pre una descen­den­cia, un rema­nente fiel que sirve a Dios (ver Sal 22:30–31). Con­fundir la antigua nación de Israel con el nue­vo Israel es un error may­or entre los mae­stros reli­giosos actuales. En su ale­goría basa­da en la his­to­ria de Sara y Agar, e Ismael e Isaac, hijos ante la carne y ante el Espíritu respec­ti­va­mente, Pablo dice, “Echa fuera a la escla­va y a su hijo, porque no heredará el hijo de la escla­va con el hijo de la libre” (Gál 4:21–31). Aunque el Israel car­nal (nacional) es echa­do fuera (ver 65:15), el Israel espir­i­tu­al está aun ante Jehová (ver 49:16). Es la descen­den­cia y el nom­bre del nue­vo Israel espir­i­tu­al que deberá per­manecer ante Su pres­en­cia.

23 El pro­fe­ta provee aho­ra una ver­dad espir­i­tu­al en el idioma de su tiem­po. Y de mes en mes, y de día de reposo en día de reposo – Isaías está refir­ién­dose aquí a los tiem­pos especí­fi­cos de ado­ración pre­scritos por Jehová — , ven­drán todos a ado­rar delante de mí. Las lunas nuevas y los sába­dos de la antigua dis­pen­sación son quita­dos (1:14; 2 Cor 5:16; Heb 10:9), porque ellos son solo una som­bra de las cosas por venir (Col 2:16–17). Todos, esto es, todos los del nue­vo orden espir­i­tu­al, ven­drán ante Jehová para ado­rar. Que toda la humanidad ven­ga ante Él no en la Jerusalén físi­ca, sino en la nue­va ciu­dad espir­i­tu­al, es clara­mente aparente des­de la imposi­bil­i­dad de la ante­ri­or. Bajo el nue­vo orden todos los que con­sti­tuyan la Sion espir­i­tu­al ven­drán ante el Señor para ado­rar en los tiem­pos div­ina­mente pre­scritos.

24 Como en las dos sec­ciones pre­vias de la Parte Dos con­cluyen con una cuadro oscu­ra del des­ti­no de los rebeldes – “No hay paz…para los mal­os” (48:22; 57:20), así esta sec­ción final­iza con un cuadro aún más oscu­ra que describe la destruc­ción de los pecadores. Este cuadro no debe ser inter­pre­ta­do de una man­era lit­er­al, sino a la luz de su con­tex­to. Así como el oro y la pla­ta han sido usa­dos para describir la glo­ria de la Sion futu­ra (60:17), así el fuego y los gusanos describen aho­ra el fin de los trans­gre­sores. Así como los ado­radores fieles (vers 23) van hacia ade­lante ante Jehová, ellos con­tem­plarán el esta­do ter­ri­ble de los apos­tatas. Isaías prob­a­ble­mente está con­tra­stan­do el nue­vo Israel espir­i­tu­al y el antiguo Israel car­nal. El últi­mo es como cadáveres que nun­ca serán traí­dos a un final com­ple­to como un pueblo (Jer 30:11). Porque el gusano o cre­sa que lo con­sume nun­ca morirá, y el fuego de la repren­sión y del juicio que los ator­men­tará nun­ca se apa­gará (ver vers 15–16). Entonces el pueblo que Dios escogió, pero que escogió rec­haz­ar­lo a Él y a Su Cristo, serán abom­inables a todo hom­bre (ver 43:28). A la luz de Dios y de la jus­ti­cia, entonces, hay un claro con­traste entre la Sion espir­i­tu­al y sus hijos por un lado, y la Jerusalén físi­ca y sus hijos por el otro lado. Este con­traste vis­lum­bra el con­traste entre el des­ti­no final de los ado­radores de Jehová y los impíos del fin del tiem­po. La difer­en­cia infini­ta entre la glo­ria de Dios y de los jus­tos y la ter­ri­ble con­de­na de la idol­a­tría, del peca­do, y de los impíos es grá­fi­ca­mente lle­va­da ade­lante. ¡Qué cul­mi­nación tan ade­cua­da al majes­tu­oso libro espir­i­tu­al de Isaías!

Capí­tu­lo 66. Los Juicios de Jehová — El Rego­ci­jo de Sion

[1]  Ver Homer Hai­ley, Apoc­alip­sis: Una Intro­duc­ción y Comen­tario (Grand Rapids: Bak­er, 1979), págs..267–72.

[2]  Zon­der­val Pic­to­r­i­al Ency­clo­pe­dia of the Bible, vol. 3, p. 907.

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