Jere­mías sufrió mucho odio y per­se­cu­ción en su vida, pero se man­tu­vo obe­di­ente.  Jere­mías es de gran inspiración para nosotros hoy.  A pesar de todo el odio y las expe­ri­en­cias difí­ciles que tuvo, a pesar que Jere­mías, por nat­u­raleza, era man­so, sen­si­ti­vo y reser­va­do, se man­tu­vo fiel a su tarea desagrad­able y es un ejem­p­lo de un pro­fe­ta obe­di­ente.

Él encon­tró su con­sue­lo y for­t­aleza en la prome­sa que el Señor le dio en su lla­ma­da “No ten­gas temor ante ellos, porque con­ti­go estoy para librarte.” (Jere­mías 1:8); y más ade­lante, Pelearán con­tra ti, pero no te vencerán, porque Yo estoy contigo–declara el SEÑOR–para librarte.” (1:19)

El lla­mamien­to de Jere­mías fue el esfuer­zo final de Dios para sal­var a Jerusalén.  Jere­mías vivió unos cien años después de Isaías.  Isaías había sal­va­do a Jerusalén de Asiria.  Jere­mías trató de sal­var­la de Babilo­nia, pero trági­ca­mente no pudo.  Jere­mías fue lla­ma­do al ofi­cio proféti­co en el año 626 aC.  Y pro­fe­tizó durante los gob­ier­nos de cin­co de los reyes de Judá: Josías (639–608 aC) – 31 años; Joa­caz (608 aC) – 3 meses; Joacim (608–597 aC) – 11 años; Joaquín (597 aC) – 3 meses; Sede­quías (597–586 aC) – 11 años.

Jerusalén fue destru­i­da en parte en 606 aC y dev­as­ta­da más 597 años antes de Cristo y final­mente que­ma­da y des­o­la­da en el año 586 antes de Cristo.  Jere­mías vivió durante esos ter­ri­bles cuarenta años.  “El final de la monar­quía’” o “La agonía de muerte de la nación” podrían ser títu­los de su libro proféti­co.

Cuan­do el buen rey Eze­quías murió, fue suce­di­do por su hijo, Man­asés.  Bajo Man­asés, el país se sumergió en la idol­a­tría.  Baal era ado­ra­do, se con­struyeron altares paganos, los niños eran sac­ri­fi­ca­dos a Moloch, el cul­to a las estrel­las fue insti­tu­i­do, etc.  Hom­bres y mujeres pros­ti­tu­tas, magos y bru­jas con­tro­la­ban el Monte del Tem­p­lo en Jerusalén.  Además de todo eso, los pro­fe­tas fueron persegui­dos.  La tradi­ción dice que Isaías fue aser­ra­do en esta época.  Fue un tiem­po muy malo.

Estos fueron cin­cuen­ta y cin­co años de oscuri­dad espir­i­tu­al y moral en Judá.  2 Reyes 21:9,16 resume la situación en Judá, por el lid­er­az­go hor­ri­ble de Man­asés, de la sigu­iente man­era, “Man­asés los hizo extraviar para que hicier­an lo malo más que las naciones que el SEÑOR había destru­i­do delante de los hijos de Israel…Además, Man­asés der­ramó muchísi­ma san­gre inocente has­ta llenar a Jerusalén de un extremo a otro, aparte de su peca­do con el que hizo pecar a Judá para que hiciera lo malo ante los ojos del SEÑOR.”

Por causa de Man­asés, Dios advir­tió que traería calami­dad sobre Jerusalén, Por cuan­to Man­asés, rey de Judá, ha hecho estas abom­i­na­ciones, habi­en­do hecho lo malo más que todo lo que hicieron los amorre­os antes de él, hacien­do pecar tam­bién a Judá con sus ído­los; por tan­to, así dice el SEÑOR, Dios de Israel: ‘He aquí, voy a traer tal calami­dad sobre Jerusalén y Judá, que a todo el que oiga de ello le retiñirán ambos oídos.  Exten­deré sobre Jerusalén el cordel de Samaria y la plo­ma­da de la casa de Acab, y limpiaré a Jerusalén como se limpia un pla­to, limpián­do­lo y volvién­do­lo boca aba­jo.  Aban­donaré al rema­nente de Mi heredad y los entre­garé en mano de sus ene­mi­gos, y serán para pre­sa y despo­jo para todos sus ene­mi­gos.” (2 R. 21:11–14).

Man­asés al fin fue lle­va­do pri­sionero a Asiria, unos 24 años antes de Jere­mías.  Allí volvió en sí y se arre­pin­tió del mal que hizo.  Cuan­do regresó a Palesti­na, trató de deshac­er el daño espir­i­tu­al que había hecho, pero no pudo deten­er la marea de la idol­a­tría.  Cuan­do Man­asés murió, fue suce­di­do por su hijo Amón, que ráp­i­da­mente re-insti­tuyó las prác­ti­cas inicuas de los primeros días de su padre.

Amón fue segui­do por su hijo Josías, el últi­mo rey bueno de Judá.  Josías comen­zó a bus­car a Jehová cuan­do él no era más que un mucha­cho de dieciséis años (2 Crón. 34:3).  Cuan­do tenía veinte años, trató de pur­gar la tier­ra de la idol­a­tría.  Él ini­ció una gran refor­ma, que, por más noble que fue, no era más que super­fi­cial y tem­po­ral.  La nación esta­ba en un cur­so pre­cip­i­ta­do a la destruc­ción, sólo era una cuestión de tiem­po.  Fue durante esta época que Jere­mías fue lla­ma­do a su min­is­te­rio proféti­co – en el dec­i­moter­cero año del rey Josias.

Jere­mías era una figu­ra soli­taria y patéti­ca, el últi­mo inter­me­dio de Dios para la Ciu­dad San­ta, que se había hecho irre­me­di­a­ble­mente y fanáti­ca­mente uni­da a los ído­los.  El tema prin­ci­pal de Jere­mías era un llan­to abier­to que si se arrepen­tían Dios los sal­varía de Babilo­nia.  A fin de cuen­tas sus súpli­cas cayeron en oídos sor­dos, sólo para ser recor­dadas por otra gen­eración.

El fon­do de los tiem­pos en que Jere­mías sirvió era este: Judá y Jerusalén habían per­di­do su día de gra­cia por el peca­do ver­gonzoso y el des­pre­cio de la Pal­abra de Dios y se apresura­ban a su perdi­ción.  De los cin­co reyes bajo quien pro­fe­tizó Jere­mías sólo Josías fue un gob­er­nante pia­doso.  Después de su muerte, sus suce­sores fueron muy mal­os.  Bajo el reina­do de Sede­quías el pueblo se fue de nue­vo en grue­so al pagan­is­mo y las prác­ti­cas inmorales.  La cod­i­cia, el asesina­to, el adul­te­rio, el robo y el per­ju­rio esta­ban desen­fre­na­dos.  La cor­rup­ción moral con­t­a­m­inó aun a pro­fe­ta y sac­er­dote (6:13; 8:10; 23:11–15).

Año tras año Jere­mías llegó al pueblo con men­sajes del Señor, pero ellos no quisieron escuchar y obe­de­cer.  Jere­mías fue mal­trata­do por casi todos.  Sus her­manos lo traicionaron (12:6).  Fue con­fronta­do por fal­sos pro­fe­tas (14:13).  Era malde­ci­do por todos (15:10).  El jefe del tem­p­lo ordenó que lo azo­taran y lo pusier­an en un cepo (20:1–2).  Sus com­pa­tri­o­tas trataron de matar­lo (26:8–11).  El rey Joacim que­mo el rol­lo que Jere­mías le envió de parte de Dios (36:20–23).  Fue encar­ce­la­do (32:2,3).  Fue persegui­do (36:26).  Fue azo­ta­do y apri­sion­a­do (37:15).  Fue arro­ja­do a un pozo y deja­do por muer­to (38:5–6).  Fue ata­do en cade­nas (40:1).  Fue acu­sa­do de men­tir a los que le con­sulta­ban (43:2).  La gente prefer­ía escuchar a los fal­sos pro­fe­tas que esta­ban predi­cien­do la paz y la pros­peri­dad (23:25–27).

Los Judíos se habían hecho necios, sin conocimien­to de Dios; astu­tos para hac­er el mal, pero incom­pe­tentes en hac­er el bien, Porque Mi pueblo es necio, no Me conoce; hijos tor­pes son, no son inteligentes. Astu­tos son para hac­er el mal, pero hac­er el bien no saben.” (4:22).  Se habían hecho irrev­er­entes, egoís­tas y ensimis­ma­dos.  Lit­eral­mente se hicieron moral­mente incom­pe­tentes.  Creían que ellos no podían caer.  Se les olvi­do que su mis­ma exis­ten­cia era por el favor que Dios tuvo por Abra­ham sig­los atrás.  Aho­ra se mira­ban a si fun­da­men­tal­mente supe­ri­or a todos – espe­cial, elegi­dos, inde­struc­tibles.

Por el peca­do de Judá, Dios había retenido las llu­vias y la cosecha del pueblo.  Y como ani­males sin algún sen­ti­do men­tal, ellos con­tin­uaron en rebe­lión.  Los ricos se com­pens­a­ban por lo que Dios había retenido con robar a los pobres de lo poco que tenían.

El pueblo de Dios no recibió la instruc­ción ni la obe­decieron.  Hicieron la decisión de cam­i­nar en sus propias ideas humanas y demostraron su terquedad.  Un esta­do de delirio regía en sus mentes, aún dices: ‘Soy inocente, cier­ta­mente Su ira se ha aparta­do de mí.” (2:35).  Creían que Dios no los iba a lla­mar a cuen­tas.

Se engaña­ban a sí mis­mos con la creen­cia que la ira de Dios se había aparta­do de ellos, porque habían dis­fru­ta­do la paz por mucho tiem­po, y porque la dev­astación de la tier­ra por sus ene­mi­gos, adver­tido por los pro­fe­tas ante­ri­ores, no se había cumpli­do inmedi­ata­mente.  Por esta con­fi­an­za arro­gante, Dios decidió con­tender con Su pueblo.

Ellos con­tin­uaron ofre­cien­do sac­ri­fi­cios a Dios, sin embar­go, el Señor no los acept­a­ba.  Dios deter­mi­no que Judá ten­dría que ser cas­ti­ga­do.  Serían des­o­la­dos, y nada podría deten­er el ejérci­to destruc­ti­vo.  Ten­drían que pagar las con­se­cuen­cias de su infi­del­i­dad hacia Dios.  No tenían un deseo ver­dadero por la ver­dad, y Dios le orde­na a Jere­mías que no ore por esta gente.

En cuan­to a ti, no ruegues por este pueblo, ni lev­antes por ellos clam­or ni oración, ni inter­cedas ante Mí, porque no te oiré.” (7:16).  Y lo repite, “Pero tú no ruegues por este pueblo, ni lev­antes por ellos clam­or ni oración; porque no escucharé cuan­do cla­men a Mí a causa de su aflic­ción.” (11:14).  Otra vez, Y el SEÑOR me dijo: No ruegues por el bien­es­tar de este pueblo.  Cuan­do ayunen, no escucharé su clam­or; cuan­do ofrez­can holo­caus­to y ofren­da de cere­al, no los acep­taré; sino que con espa­da, con ham­bre y con pesti­len­cia los destru­iré.” (14:11–12).  Y todavía más, “Entonces el SEÑOR me dijo: Aunque Moisés y Samuel se pre­sen­taran ante Mí, Mi corazón no estaría con este pueblo; écha­los de Mi pres­en­cia, y que se vayan.” (15:1).

La razón era que no tenían temor de Dios, no tenían vergüen­za por sus peca­dos, eran rebeldes, sigu­ieron su pro­pio camino en lugar de los caminos de Dios, no tenían conocimien­to de las leyes de Dios, se fueron a la avari­cia y la fal­sa enseñan­za, eran men­tirosos, eran engañosos y fueron engaña­dos por su propia razón, fuerza y ​​riquezas.  En resumen, un corazón endure­ci­do por el orgul­lo elim­inó toda esper­an­za de su arrepen­timien­to.

El pueblo de Dios había lle­ga­do al pun­to donde ya no podían arrepen­tirse – el pun­to de no volver.  Ya no tenían esper­an­za más que rendirse e irse cau­tivos a Babilo­nia (21:4–7).   Aunque ellos todavía esper­a­ban que Dios ven­dría a su rescate como había hecho en tiem­pos pasa­dos, la ver­dad era que serían der­ro­ta­dos, Así dice el SEÑOR: He aquí, pon­go delante de vosotros el camino de la vida y el camino de la muerte. El que se quede en esta ciu­dad morirá a espa­da, de ham­bre y de pesti­len­cia; pero el que sal­ga y se entregue a los caldeos que os sit­ian, vivirá, y ten­drá su propia vida como botín.” (21:5–10; 27:12).  Jere­mías tuvo la tarea impop­u­lar de decir­les al rey y al pueblo que debían rendirse a los caldeos.

Para los judíos, Jere­mías se veía como un traidor y cobarde porque les decía que se rindier­an a Babilo­nia.  No creían que era un pro­fe­ta de Dios.  Dios era un Dios de poder, y esper­a­ban oír pal­abras poderosas, de val­or y cora­je, no pal­abras débiles y cobardes de der­ro­to.  Las pal­abras de Jere­mías eran neg­a­ti­vas y negras.  Ellos querían luchar por la ciu­dad, y temían que algunos que lo oyer­an no estarían dis­puestos a luchar.  Ellos querían oír pal­abras luchis­tas, tri­un­fado­ras.

Los fal­sos pro­fe­tas con­sen­tían esos deseos y hacían a la gente olvi­darse de Dios (23:27).  Peor que esto, les ofrecían esper­an­zas vanas de sus propias fan­tasías, y les daban seguri­dad fal­sa, “Y curan a la lig­era el que­bran­to de mi pueblo, dicien­do: ‘Paz, paz’, pero no hay paz.” (6:14; 8:11).  Todos esta­ban impen­i­tentes y en negación de la real­i­dad y creían en prome­sas vacías.

Jere­mías era el úni­co que les decía que un perdón bara­to y un escape fácil del ejérci­to de Nabu­codonosor no era pal­abra de Dios.  La úni­ca man­era de sal­varse era con acep­tar la cau­tivi­dad por los babilo­nios.  De esta man­era les esta­ba dicien­do, “Acepten que han peca­do, y acepten su cas­ti­go.”  Entonces, Dios no destru­iría total­mente este lugar.

El pun­to era que tenían que pagar las con­se­cuen­cias de su infi­del­i­dad.  Tenían que acep­tar el cas­ti­go por sus vio­la­ciones con­tra pacto de Dios. No iban a escaparse sin con­se­cuen­cias; no podían ser restau­ra­dos sin acep­tar su cas­ti­go.  Habían lle­ga­do al pun­to que ya no podía Dios acep­tar­los sin que fuer­an respon­s­ables por sus hechos, por sus acciones.  La jus­ti­cia de Dios esta­ba en la bal­an­za.

Como hijos des­obe­di­entes, ten­drían que ser escar­men­ta­dos para que nun­ca se olvi­daran que Dios no puede ser burla­do. No os engañéis; Dios no puede ser burla­do, pues todo lo que el hom­bre siem­bre, eso tam­bién segará.”  (Gálatas 6:7).  Ellos habían sem­bra­do la cod­i­cia, homi­cidio, adul­te­rio, robo, men­ti­ra, engaño y el lib­erti­na­je, aho­ra tenían que segar las con­se­cuen­cias.

Y de nada les servía llo­rar y rog­ar, gemir y gri­tar, o aun arrepen­tirse, “Porque así dice el SEÑOR: Incur­able es tu que­bran­to,  y grave tu heri­da.  No hay quien defien­da tu causa para sanarte; no hay para ti med­i­c­i­na efi­caz.  Todos tus enam­ora­doste olvi­daron; no te bus­can, porque te herí como hiere un ene­mi­go, con azote de adver­sario cru­el, a causa de la mag­ni­tud de tu mal­dad y de tus muchos peca­dos.  ¿Por qué gri­tas a causa de tu que­bran­to?  Incur­able es tu dolor, porque por la grandeza de tu iniq­uidad y por tus muchos peca­dos te he hecho esto.” (Jere­mías 30:12–15).

Esta lec­ción es dura.  Esta es una med­i­c­i­na amar­ga para tra­gar, pero está bien estable­ci­da en las Escrit­uras.  Las acciones tienen con­se­cuen­cias.  Esaú vendió su heren­cia por un pla­to de comi­da, y aunque se arre­pin­tió y lloro amarga­mente, nun­ca jamás pudo recu­per­ar la heren­cia per­di­da (Gén. 27:34).  David cometió adul­te­rio y tra­to de taparlo con homi­cidio, y aunque fue per­don­a­do, tuvo que pagar las con­se­cuen­cias por el resto de su vida (2 Sam. 12).  Ananías y Safi­ra mintieron por avari­cia y fueron cas­ti­ga­dos con muerte inmedi­ata­mente (Hechos 5).

Este lado de Dios no es muy pop­u­lar, ni muy anun­ci­a­do.  Hoy mejor quer­e­mos saber del Dios que hace todo bien por nosotros.  El Dios que todos quer­e­mos es un Dios benev­o­lente que es una fuerza para el bien que se pre­ocu­pa por todas las per­sonas, que llo­ra en todos los con­flic­tos, y que con­suela a todos.  Nadie quiere un Dios que cas­ti­ga.

Muchos razo­nan que si creemos que Dios cas­ti­ga no podemos, al mis­mo tiem­po, creer que es un Dios que ama.  Y si creemos que Dios es amor, no podemos al mis­mo tiem­po creer que cas­ti­ga.  ¿En serio?  ¿Es el cas­ti­go nece­sari­a­mente opuesto al amor?  ¿Un padre no puede ser car­iñoso, bueno, benévo­lo, y a la vez ser estric­to, exi­gente y serio?  ¿De dónde hemos apren­di­do esas ideas, sino de una cul­tura que fomen­ta la indul­gen­cia?

La sev­eri­dad de Dios se volteó con­tra Adán y Eva cuan­do pecaron en el Jardín del Edén.  El após­tol Pedro usa tres ilus­tra­ciones para acen­tu­ar la sev­eri­dad de Dios en 2 Pedro 2:4–6.  Dice lo sigu­iente: (1) Dios no per­donó a los ánge­les que pecaron, sino que los arro­jo al infier­no, (2) Dios no per­donó al mun­do antiguo, pero sal­vo a Noé, y (3) Dios se apartó de las ciu­dades de Sodoma y Gomor­ra, reducién­dolas a ceniza.  En el desier­to, cuan­do el pueblo de Dios pecó, cayeron, y muchas veces fueron destru­i­dos (1 Cor. 10:8–10).

Es esen­cial que reconoz­camos que la bon­dad y la sev­eri­dad de Dios son condi­cionales. porque si Dios no per­donó a las ramas nat­u­rales, a ti tam­poco te per­donará.  Mira, pues, la bon­dad y la sev­eri­dad de Dios: la sev­eri­dad cier­ta­mente para con los que cayeron, pero la bon­dad para con­ti­go, si per­maneces en esa bon­dad, pues de otra man­era tú tam­bién serás elim­i­na­do.” (Romanos 11:21–22).

La mis­eri­cor­dia de Dios siem­pre, sin excep­ción, incluye el reconocimien­to del peca­do, el cam­bio de mente y corazón y la aspiración de una bue­na con­cien­cia hacia Dios (1 Pedro 3:21).  Dios es bueno para con todos los que acep­tan Su bon­dad y severo para con los que la rec­haz­an.  Debido a la libre vol­un­tad del hom­bre, no hay mucho que Dios puede hac­er por aque­l­los que lo nie­gan.  El libre albedrío fue dado a nosotros como un don y podemos uti­lizar­lo para propósi­tos jus­tos o podemos abusar­lo para propósi­tos mal­os.  Depende de nosotros como indi­vid­u­os de ele­gir las causas y los efec­tos, las acciones y los resul­ta­dos, las obras y las con­se­cuen­cias.

Ust­ed nun­ca cono­cerá al Dios ver­dadero si sólo pien­sa en Su bon­dad.  Y nun­ca cono­cerá al Dios ver­dadero si sólo mora en Su sev­eri­dad.  Si quiere saber quién es Dios, no sim­ple­mente proyecte su propia imag­i­nación o intu­ición en Él, nece­si­ta tomar en cuen­ta Su bon­dad y Su sev­eri­dad, Su mis­eri­cor­dia y Su juicio, Su amor y Su ira.  Dios pre­sionó estas ver­dades en las mentes y los cora­zones de Su pueblo por la cau­tivi­dad Babilóni­ca.

Una de las real­i­dades más difí­ciles para algunos de nosotros de apren­der es que nues­tras acciones tienen con­se­cuen­cias.  Todo lo que hace­mos nos afec­ta a nosotros o a otros, y por lo gen­er­al a ambos.  Les enseñamos a nue­stros hijos a una edad tem­prana “¡No pegues!” y “¡No muer­das!” y una serie de otros “¡No hagas!” porque nues­tras acciones pueden herir a otras per­sonas.  Les esta­mos enseñan­do que nues­tras acciones traen con­se­cuen­cias.  Les enseñamos a evi­tar la lum­bre y las super­fi­cies calientes y jugan­do en la calle, porque las con­se­cuen­cias pueden ser extremada­mente dañosas.

Algunos, sin embar­go, son lentos para apren­der esas lec­ciones.  Muchos, aparente­mente, tienen que apren­der “por las malas” a través del sufrim­ien­to de las con­se­cuen­cias de sus acciones.  ¡Las con­se­cuen­cias!  Con demasi­a­da fre­cuen­cia, ten­emos la ten­den­cia de cul­par a otros por algo que es el resul­ta­do de nues­tras propias deci­siones o acciones.  Job dijo, “Por lo que yo he vis­to, los que aran iniq­uidad y los que siem­bran aflic­ción, eso sie­gan.” (Job 4:8).

Como sociedad, nosotros con­sen­ti­mos y hace­mos excusas por la mala con­duc­ta.  La igno­ramos y esper­amos que el mal com­por­tamien­to se vaya.  Bus­camos a quien cul­par.  Con­stru­imos más cárce­les.  Vemos el prob­le­ma, pero no nos gus­ta lo que vemos, así que pre­tendemos que no está allí.  No oblig­amos a nadie que sea respon­s­able por nada.  Pero eso sólo per­mite el mal que siga y se empe­o­re, como vemos con el caso de los judíos.  Es muy impor­tante apren­der la lec­ción que Dios dura­mente enseñó a los judíos.

Para Dios es mucho más impor­tante el carác­ter de las per­sonas que la inco­mo­di­dad y el dolor que sen­ti­mos del cas­ti­go.  A veces la gente tiene que sufrir las con­se­cuen­cias de su mal com­por­tamien­to, de hac­er malas deci­siones e igno­rar las adver­ten­cias.  Todos ten­emos que apren­der a ser respon­s­ables por sí mis­mos.  Es mucho mejor acep­tar las con­se­cuen­cias valien­te­mente que huir­las como niños.  Es más reme­di­ador acep­tar el cas­ti­go sin que­jarse que bus­car man­eras de escapar la obligación.  Es más cura­ti­vo acep­tar los golpes de nue­stros errores y recibir escarmien­to por nues­tras malas deci­siones que tratar de escapar la pena.  Apren­demos mucho más en el dolor del cas­ti­go que en la evasión de la respon­s­abil­i­dad.

Lo que nece­si­ta­mos más que todo es el sen­ti­do de la respon­s­abil­i­dad.  Dios deter­mi­no que Su pueblo nece­sita­ba vivir bajo la mano dura de Nabu­codonosor en Babilo­nia por seten­ta años para que aprendier­an a ser respon­s­ables por sus hechos.  La con­tabil­i­dad es de suma impor­tan­cia para Dios.  Algunos oyeron el men­saje de Jere­mías y obe­decieron y se fueron a Babilo­nia.  Otros fueron rebeldes y se quedaron en Judá o huyeron a Egip­to.

Pero, después del cas­ti­go, Dios prom­ete la restau­ración y el aliv­io para todos aque­l­los que acep­taron su peca­do y dócil­mente se rindieron a la cor­rec­ción del SEÑOR.  Jere­mías les dice que el cau­tive­rio no sería para siem­pre, “Pues así dice el SEÑOR: ‘Cuan­do en Babilo­nia se cum­plan los seten­ta años, Yo os vis­i­taré y cumpliré Mi bue­na pal­abra de haceros volver a este lugar.” (29:10).  Y más ade­lante dice, “Porque Yo te devolveré la salud, y te sanaré de tus heridas”–declara el SEÑOR…” (30:17).

En otras pal­abras, cuan­do haya pro­duci­do el resul­ta­do apropi­a­do ven­dría el aliv­io de la mano de Dios, “Porque no rec­haza para siem­pre el Señor,antes bien, si aflige, tam­bién se com­pade­cerá según Su gran misericordia.Porque El no cas­ti­ga por gus­to, ni aflige a los hijos de los hom­bres.” (Lamenta­ciones 3:31–33).  Ningún padre cas­ti­ga para siem­pre, él odia la vara tan­to como tu; sola­mente desea usar­la para la razón que debe hac­er­nos dis­puestos a recibir­la, es saber, lo que obra para nue­stro bien duradero.

En Jere­mías 24, Dios com­para a los habi­tantes de Judá a dos canas­tas de higos.  Una canas­ta con­tenía higos muy buenos, mien­tras que la otra con­tenía higos muy mal­os y podri­dos.  Los higos mal­os rep­re­senta­ban a aque­l­los que se rebe­laron y no admi­tieron su fal­ta ni acep­taron el cas­ti­go.  Ellos se quedarían en la tier­ra de Judá y ser­ian suje­ta­dos a la ira de Dios.  Ellos se harían el opro­bio y refrán de todos.  Ser­ian la burla y maldición de las naciones, y ser­ian dis­per­sa­dos por todas partes.

Los higos buenos rep­re­senta­ban el remante obe­di­ente que se rindieron a Babilo­nia.  Esos ser­ian inclu­i­dos en el plan mis­eri­cor­dioso y per­fec­to de Dios.  Ellos serían los dester­ra­dos, pero favore­ci­dos, Así dice el SEÑOR, Dios de Israel: ‘Como a estos higos buenos, así con­sid­er­aré como buenos a los dester­ra­dos de Judá que yo he echa­do de este lugar a la tier­ra de los caldeos. Porque pon­dré mis ojos sobre ellos para bien, y los traeré de nue­vo a esta tier­ra; los edi­fi­caré y no los der­rib­aré, los plan­taré y no los arran­caré. Y les daré un corazón para que me conoz­can, porque yo soy el SEÑOR; y ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios, pues volverán a mí de todo corazón.” (24:5–7).

La lec­ción para nosotros es que nun­ca debe­mos huir del juicio divi­no.  El juicio divi­no es para nue­stro bien.  No debe­mos tratar de evi­tar el cas­ti­go que mere­ce­mos.  Jonás aprendió esta lec­ción de una man­era muy extra­or­di­nar­ia cuan­do estu­vo en el vien­tre de un gran pez has­ta reca­pac­itó.   Todos ser­e­mos expuestos a la dis­ci­plina del Señor, … ¿qué hijo es aquel a quien el padre no dis­ci­plina?” (Heb. 12:7).  Es mejor acep­tar nues­tra fal­ta y rendirnos.  David dijo: “Bueno es para mí ser afligi­do, para que apren­da Tus estatu­tos.” (Salmos 119:71).  El cas­ti­go como dis­ci­plina es parte de nue­stro crec­imien­to.

Tam­bién apren­demos que Dios nun­ca nos azo­ta más de lo que podemos sopor­tar como Caín reclamo, Mi cas­ti­go es demasi­a­do grande para sopor­tar­lo.” (Gen 4:13); sino es más como David dijo, Con­tra Ti, con­tra Ti sólo he peca­do, y he hecho lo malo delante de Tus ojos, de man­era que Eres jus­to cuan­do hablas, y sin reproche cuan­do juz­gas.” (Sal. 51:4).  Los que le sacan al cas­ti­go de Dios nun­ca dis­fru­taran las cari­cias de restau­ración de Su mano alivi­ado­ra.

Otra lec­ción es que Dios cas­ti­ga, pero tam­bién alivia.  Para los judíos parecía que el cau­tive­rio era malo para ellos, pero era para su bien per­petuo.  Aunque por lo pron­to el cas­ti­go nun­ca parece bueno, a lo largo nos hace mejores per­sonas, Al pre­sente ningu­na dis­ci­plina parece ser causa de gozo, sino de tris­teza; sin embar­go, a los que han sido ejerci­ta­dos por medio de ella, les da después fru­to apaci­ble de jus­ti­cia.” (Heb. 12:11).

Una lec­ción muy impor­tante es que los que sufren no nece­sari­a­mente son los desafor­tu­na­dos.  Aunque muchos creyeron que los dester­ra­dos eran los arru­ina­dos y los que se quedaron en Judá los afor­tu­na­dos, Dios fue el provee­dor y pro­tec­tor de los dester­ra­dos en la cau­tivi­dad, como vemos en el caso de Daniel y sus ami­gos.  Dios estu­vo con ellos y los puso en puestos hon­ra­dos. Es una ver­dad históri­ca que cuan­do los judíos lle­garon a Babilo­nia, fueron trata­dos razon­able­mente bien.

Cuan­do nosotros acep­ta­mos la cor­rec­ción, Dios nos favorece, “Si soportáis la dis­ci­plina, Dios os tra­ta como a hijos…” (Heb. 12:7).  Cuan­do nos rebe­lam­os con­tra la cor­rec­ción, Dios nos repu­dia, “Pero si se os deja sin dis­ci­plina, de la cual todos han sido par­tic­i­pantes, entonces sois bas­tar­dos, no hijos.” (Heb. 12:8).

Eso nos lle­va a la sigu­iente lec­ción, que el juicio no nece­sari­a­mente quiere decir que Dios nos ha aban­don­a­do.  Mien­tras haya vida y alien­to nun­ca debe­mos perder la esper­an­za de que Dios nos restau­rara si nos rendi­mos a Sus azotes.  El cas­ti­go divi­no no destruye, sino sólo cor­rige.

Cada día que viene es la mis­eri­cor­dia de Dios que nos da una opor­tu­nidad más para cor­re­girnos, “Hijo mío, no menos­pre­cies la dis­ci­plina del Señor ni des­mayes cuan­do eres repren­di­do por Él, porque el Señor al que ama, dis­ci­plina, y azo­ta a todo el que recibe por hijo.” (Heb. 12:5–6).

Piense en los que han muer­to sin rec­on­cil­iarse y están para siem­pre, eter­na­mente y per­pet­u­a­mente exclu­i­dos de la pres­en­cia de Dios, encer­ra­dos con los demo­ni­os y en la deses­peración; des­ig­na­dos a la negru­ra de oscuri­dad por toda la eternidad.  Con­traste el des­ti­no de ellos con el cas­ti­go momen­tá­neo de aquí.  Aun seten­ta años son cor­tos en com­para­ción.

Los judíos en Babilo­nia no esta­ban en la tum­ba ni habían sido echa­dos al infier­no, por tan­to tenían esper­an­za, “Si dejaran sus hijos Mi Ley y no andu­vier­an en Mis juicios, si pro­fa­naran Mis estatu­tos y no guardaran Mis man­damien­tos, entonces cas­ti­garé con vara su rebe­lión y con azotes sus mal­dades.  Pero no quitaré de él Mi mis­eri­cor­dia ni fal­taré a Mi fidel­i­dad.  No olvi­daré Mi pacto ni mudaré lo que ha sali­do de Mis labios.” (Salmos 89:30–33).

Dios siem­pre cas­ti­ga a los que ama cuan­do se apartan de Su leyes, pero nun­ca los aban­dona por com­ple­to, “…Pero Tú eres un Dios de perdón, clemente y com­pa­si­vo, lento para la ira y abun­dante en mis­eri­cor­dia, y no los aban­donaste.” (Nehemías 9:17).  Nosotros tam­bién hace­mos errores hoy en día, y Dios tam­bién nos cas­ti­ga, pero nun­ca nos aban­dona, si acep­ta­mos el mal que hace­mos y el cas­ti­go que viene en con­se­cuen­cia.

Jere­mías advir­tió a la gente por muchos años que el juicio esta­ba lle­gan­do, basa­do en lo que Dios le había rev­e­la­do.  Hoy ten­emos otro día de juicio que viene.  Una gran sep­a­ración se lle­vara a cabo.  El Señor Jesu­cristo dijo, Pero cuan­do el Hijo del Hom­bre ven­ga en Su glo­ria, y todos los ánge­les con El, entonces se sen­tará en el trono de Su glo­ria; y serán reunidas delante de Él todas las naciones; y sep­a­rará a unos de otros, como el pas­tor sep­a­ra las ove­jas de los cabri­tos. Y pon­drá las ove­jas a Su derecha y los cabri­tos a Su izquier­da. Entonces el Rey dirá a los de Su derecha: ‘Venid, ben­di­tos de mi Padre, heredad el reino prepara­do para vosotros des­de la fun­dación del mun­do.” (Mateo 25:31–34).

En cuan­to al juicio venidero y deter­mi­nan­do donde pasara ust­ed la eternidad, hay dos canas­tas – higos buenos e higos podri­dos, ove­jas y cabras, sal­va­dos y per­di­dos – no hay ter­reno neu­tral, ningún pun­to medio.  No hay una ter­cera canas­ta para los que rehusaron obe­de­cer la adver­ten­cia, y sin embar­go fueron per­sonas bue­nas o buenos ciu­dadanos.  Todavía hay tiem­po.  Ust­ed puede escoger en cual canas­ta pertenece.  El Señor Jesu­cristo puede tomar lo podri­do y hac­er­lo limpio.  Pero, ¡tienes que rendirte!

Un ser humano mol­da sus con­se­cuen­cias tan cier­to como cul­ti­va sus bienes o su vivien­da.  Nada de lo que dice, pien­sa o hace es sin con­se­cuen­cias. (Nor­man Cousins​​)

Aunque somos libres para ele­gir nues­tras acciones, no somos libres para ele­gir las con­se­cuen­cias de nues­tras acciones.” (Stephen R. Cov­ey)

Recuerde una cosa de la democ­ra­cia.  Podemos ten­er todo lo que quer­e­mos y, al mis­mo tiem­po, siem­pre ter­mi­namos con exac­ta­mente lo que mere­ce­mos.” (Edward Albee)

Todo el mun­do, tarde o tem­pra­no, se sien­ta a un ban­quete de con­se­cuen­cias.” (Robert Louis Steven­son)

¡Siem­bren para ust­edes en jus­ti­cia!  ¡Segad para ust­edes en mis­eri­cor­dia!  ¡Pón­ganse a labrar el bar­be­cho!  ¡Ya es tiem­po de bus­car al Señor!, has­ta que Él ven­ga y les envíe llu­vias de jus­ti­cia.” (Oseas 10:12)

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