EL LIBRO DE APOCALIPSIS

Capí­tu­lo Uno 

Apoc­alip­sisLec­ción 02. Capí­tu­lo Uno

OBJETIVOS EN EL ESTUDIO DE ESTE CAPÍTULO

1) Notar que el Apoc­alip­sis fue escrito a las igle­sias sobre cosas que debían suced­er pron­to

2) Apre­ciar las impli­ca­ciones de lo que se dice sobre Jesús, tan­to en el  salu­do de Juan como en las pal­abras del mis­mo Jesús

RESUMEN

La Rev­elación de Jesu­cristo ini­cia con una clara declaración de ori­gen y de propósi­to. Dado a Jesús por Dios para mostrar a sus sier­vos las cosas que debían pasar pron­to, está dis­eña­do para aque­l­los que leen, oyen y guardan las pal­abras de la pro­fecía (1–3). Juan se dirige entonces a las siete igle­sias de Asía (al oeste de Turquía), ofre­cien­do la gra­cia y la paz de cada uno de los miem­bros de la Dei­dad con tér­mi­nos descrip­tivos que se vuel­ven más sig­ni­fica­tivos más ade­lante en la epís­to­la (4–6). Su salu­do es segui­do con una declaración rela­ciona­da a la veni­da del Señor, y a una des­i­gnación de Si mis­mo expre­sa­da por el mis­mo Señor (7–8).

En este pun­to Juan expli­ca como fue él comi­sion­a­do para reg­is­trar la Rev­elación. Mien­tras esta­ba en la isla de Pat­mos (prob­a­ble­mente en el exilio por predicar la Pal­abra de Dios), él esta­ba en el Espíritu en el día del Señor cuan­do oyó una gran voz detrás de él. La voz se iden­ti­ficó a si mis­ma como “el Alfa y la Omega, el Primero y el Últi­mo”, y le encar­gó escribir lo que él vio a las siete igle­sias en Asia (9–11). Al vol­tear a ver la voz, Juan vio siete can­deleros de oro y en medio de ellos al Hijo del Hom­bre. Al describir la apari­en­cia impo­nente del Hijo del Hom­bre y su propia reac­ción, Juan reg­is­tra entonces como Jesús lo con­soló y le encar­ga escribir lo que él ha vis­to y verá (12–19). El capí­tu­lo final­iza con la expli­cación del Señor de lo que rep­re­sen­tan las siete estrel­las en Su mano derecha y las siete lám­paras sig­nif­i­can las mis­mas siete igle­sias (20).

BOSQUEJO

I. INTRODUCCIÓN (1–8)

   A. INTRODUCCIÓN Y BIENAVENTURANZA (1–3)

1. Intro­duc­ción a la rev­elación de Jesu­cristo (1–2)

a. La cual Dios le dio para man­i­fes­tar­la a Sus sier­vos

b. En relación a las cosas que deben suced­er pron­to

c. Envi­a­da y sig­nifi­ca­da por Su ángel

d. A Su sier­vo Juan, el cual ha dado tes­ti­mo­nio…

1) De la pal­abra de Dios

2) Del tes­ti­mo­nio de Jesu­cristo

3) De todas las cosas que ha vis­to

2. La bien­aven­tu­ran­za (3)

a. Bien­aven­tu­ra­do el que lee, y los que oyen las pal­abras de esta pro­fecía

b. Bien­aven­tu­ra­dos los que guardan las cosas en ella escritas; porque el tiem­po está cer­ca

B. SALUDOS A LAS SIETE IGLESIAS (4–6)

1. De Juan, a las siete igle­sias que están en Asia (4a)

2. Con gra­cia y paz (4b-6)

a. Del que es y que era y que ha de venir

b. De los siete espíri­tus que están delante de Su trono

c. De Jesu­cristo

1) El tes­ti­go fiel

2) El pri­mogéni­to de los muer­tos

3) El sober­a­no de los reyes de la tier­ra

4) Al que nos amó, y nos lavó de nue­stros peca­dos con Su san­gre

5) El que nos hizo reyes y sac­er­dotes para Dios, Su Padre

– ¡A Él sea glo­ria e impe­rio por los sig­los de los sig­los. Amén! (Así sea)

C. EL ANUNCIO DE LA VENIDA DE CRISTO (7)

1. El viene con las nubes

2. Todo ojo Le verá, y los que Lo traspasaron

3. Todos los lina­jes de la tier­ra harán lamentación por Él

– Sí, Amén (así sea)

D. LA DESIGNACIÓN DE SI MISMO (8)

1. “Yo soy el Alfa y la Omega, Prin­ci­pio y Fin

2. “El que es y que era y que ha de venir, el Todopoderoso”

II. LA VISIÓN DEL HIJO DEL HOMBRE (9–20)

    A. LAS CIRCUNSTANCIAS DE JUAN QUE LO GUIARON A LA VISIÓN (9–10a)

1. Su her­mano y copar­ticipe (9a)

a. En la tribu­lación

b. En el reino y en la pacien­cia de Jesu­cristo

2. En la isla de Pat­mos (9b)

a. Por causa de la pal­abra de Dios

b. Por el tes­ti­mo­nio de Jesu­cristo

3. En el Espíritu en el día del Señor (10a)

B. LO QUE ÉL OYÓ EN EL DÍA DEL SEÑOR (10b-11)

1. Una gran voz, como de trompe­ta (10b)

2. Que decía… (11)

a. “Yo soy el Alfa y la Omega, el primero y el últi­mo”

b. “Escribe en un libro lo que ves”

c. Envía­lo a las siete igle­sias que están en Asia…”

C. LO QUE ÉL VIO, Y SU REACCIÓN (12–17a)

1. Se volvió para ver la voz, él vio… (12–16)

a. Siete can­deleros de oro

b. En medio de los siete can­deleros, a uno seme­jante al Hijo  del Hom­bre

1) Vesti­do con una ropa que lle­ga­ba has­ta los pies, y ceñi­do por el pecho con un cin­to de oro

2) Su cabeza y sus cabel­los eran blan­cos como blan­ca lana, como nieve

3) Sus ojos como lla­ma de fuego

4) Sus pies seme­jantes al bronce bruñi­do

5) Su voz como estru­en­do de muchas aguas

6) En Su dies­tra siete estrel­las

7) De Su boca salía una espa­da agu­da de dos filos

8) Su ros­tro era como el sol cuan­do res­p­lan­dece

2. Cuan­do Lo vio, Juan cayó como muer­to a Sus pies (17)

D. LAS PALABRAS DEL SEÑOR A JUAN (17b-20)

1. “No temas” (17b-18)

a. “Yo soy el primero y el últi­mo”

b. “Y el que vivo, y estuve muer­to; más he aquí que vivo por  los sig­los de los sig­los, amén.”

c. Y ten­go las llaves de la muerte y del Hades.”

2. “Escribe…” (19)

a. “Las cosas que has vis­to”

b. “Y las que son”

c. “Y las que han de ser después de estas”

3. “El mis­te­rio de las siete estrellas…y de los siete can­deleros  de oro”

a. “Las siete estrel­las son los ánge­les de las siete igle­sias”

b. “Los siete candeleros…son las siete igle­sias”

REVISIÓN DE PREGUNTAS PARA EL CAPÍTULO

1) ¿Cuáles son los pun­tos prin­ci­pales de este capí­tu­lo?

- La Intro­duc­ción (1–8)

- La visión del Hijo del Hom­bre (9–20)

 

2) ¿Qué esta­ba inten­tan­do Jesús mostrar a Sus sier­vos? (1)

- Las cosas que deben suced­er pron­to (ver 1:3; 22:6–10)

 

3) ¿Cómo se está descri­bi­en­do Juan en el ver­sícu­lo 2?

- Como alguien que ha dado tes­ti­mo­nio de la pal­abra de Dios, y del

tes­ti­mo­nio de Jesu­cristo, y de todas las cosas que ha vis­to

 

4) ¿A quienes está des­ig­na­do para ben­de­cir este libro? ¿Por qué? (3)

- A aque­l­los que leen y oyen las pal­abras de esta pro­fecía, y guardan

las cosas en ella escritas

- Porque el tiem­po está cer­ca

 

5) ¿A quienes está dirigi­do el libro? (4,11)

- A las siete igle­sias en Asia

- A las igle­sias en Efe­so, Esmir­na, Perg­amo, Tiati­ra, Sardis,

Filadelfia, Laodicea

 

6) ¿Cómo es descrito Dios en el salu­do de Juan? ¿Espíritu San­to? (4)

- El que es y que era y que ha de venir

- Los siete espíri­tus que están delante de Su trono (ver 4:5;

Zac 4:1–6)

 

7) ¿Cómo es Jesu­cristo descrito por Juan en este salu­do? (5–6)

- El tes­ti­go fiel

- El pri­mogéni­to de los muer­tos

- El sober­a­no de los reyes de la tier­ra

- El que nos amó

- El que nos lavó de nue­stros peca­dos son Su san­gre

- El que nos hizo reyes y sac­er­dotes para Dios, Su Padre

 

8) ¿Qué es dicho sobre la veni­da de Cristo? (7)

- Que viene con las nubes

- Que todo ojo Le verá, y los que Le traspasaron

- Y todos los lina­jes de la tier­ra harán lamentación por Él

 

9) ¿Cómo se des­igna a Si mis­mo el Señor? (8)

- “Yo soy el Alfa y la Omega, Prin­ci­pio y Fin”

- “El que es y que era y que ha de venir, el Todopoderoso”

 

10) ¿Cómo se iden­ti­fi­ca Juan a si mis­mo ante Sus lec­tores? (9a)

- Vue­stro her­mano, y copartícipe en la tribu­lación

- En el reino y en la pacien­cia de Jesu­cristo

 

11) ¿Dónde y cuan­do recibió Juan la Rev­elación? (9b-10)

- En la isla de Pat­mos, por causa de la pal­abra de Dios y el

tes­ti­mo­nio de Jesu­cristo

- Cuan­do esta­ba en el Espíritu en el día del Señor

 

12) ¿Qué oyó que decía una gran voz? (11)

- “Yo soy el Alfa y la Omega, el primero y el últi­mo”

- “Escribe en un libro lo que ves, y envía­lo a las siete igle­sias que

están en Asia…”

 

13) Cuán­do él volteó para ver la voz, ¿qué vio? (12–13)

- Siete can­deleros de oro, y en medio de los siete can­deleros, a uno

seme­jante al Hijo del Hom­bre

 

14) ¿Cómo describe Juan al Hijo del Hom­bre? (13–16)

- Vesti­do de una ropa que lle­ga­ba has­ta los pies

- Ceñi­do por el pecho con un cin­to de oro

- Su cabeza y sus cabel­los eran blan­cos como blan­ca lana, como nieve

- Sus ojos como lla­ma de fuego

- Sus pies seme­jantes al bronce bruñi­do, reful­gente, como en un horno

- Su voz como estru­en­do de muchas aguas

- Tenía en Su dies­tra siete estrel­las

- De Su boca salía una espa­da agu­da de dos filos

- Su ros­tro era como el sol cuan­do res­p­lan­dece en su fuerza

 

15) ¿Cuál fue la reac­ción de Juan cuan­do Lo vio? ¿Qué fue lo primero que

    se le dijo? (17)

- Cayó como muer­to a Sus pies

- “No temas”

 

16) ¿Cómo se iden­ti­ficó el Hijo del Hom­bre a Si mis­mo? (17–18)

- “Yo soy el primero y el últi­mo”

- “Y el que vivo, y estuve muer­to; más he aquí que vivo por los

sig­los de los sig­los”

- “Y ten­go las llaves de la muerte y del Hades”

 

17) ¿Qué se le dijo a Juan que escri­biera? (19)

- “Las cosas que has vis­to”

- “Y las que son”

- “Y las que han de ser después de estas”

 

18) ¿Cuál es la expli­cación de las siete estrel­las y de los siete

    can­deleros de oro? (20)

- Las siete estrel­las son los siete ánge­les (¿men­sajeros?) de las

siete igle­sias

- Las siete lám­paras son las siete igle­sias (en Asia)

EL LIBRO DE APOCALIPSIS

Intro­duc­ción

Apoc­alip­sisLec­ción 01. Intro­duc­ción

EL AUTOR: Juan, iden­ti­fi­ca­do como alguien “que ha dado tes­ti­mo­nio de la pal­abra de Dios, y del tes­ti­mo­nio de Jesu­cristo” (1:1–2). En tan­to que es debati­do por algunos, el más prob­a­ble es el após­tol Juan, her­mano de San­ti­a­go, y autor del evan­ge­lio de Juan y de tres epís­to­las. Su autoría de este libro es sopor­ta­da por el tes­ti­mo­nio de Justi­no Már­tir (165 d.C.), por Clemente de Ale­jan­dría (220 d.C.), por Hipól­i­to (236 d.C.), y Orí­genes (254 d.C.).

 

LA NATURALEZA ÚNICA DE ESTE LIBRO: Apoc­alip­sis es cier­ta­mente difer­ente de los otros libros del Nue­vo Tes­ta­men­to. Es tam­bién muy difer­ente de cualquier tipo de escrito que sea famil­iar a la may­oría de la gente hoy. Desafor­tu­nada­mente, esto ha cau­sa­do que algu­nas per­sonas se desvíen del libro; o en otra man­era, lo usen mal pro­pa­gan­do teorías per­tur­bado­ras y fan­ta­siosas. La may­oría de las per­sonas con­cluyen que es demasi­a­do mis­te­riosa para enten­der­la. ¡Pero real­mente fue escri­ta para hac­er las cosas más claras! La pal­abra “apoc­alip­sis” en el griego es apokalup­sis, que sig­nifi­ca “algo sin cubrir” o “algo sin velo.” Es entonces un libro dis­eña­do para destapar o des­cubrir, no para ocul­tar.

 

Parte del reto en enten­der el libro es que está escrito en un esti­lo no famil­iar para el hom­bre mod­er­no. Es un ejem­p­lo de la lla­ma­da “lit­er­atu­ra apoc­alíp­ti­ca” que era bas­tante pop­u­lar des­de el 200 a.C al 200 d.C. Como tal, era un tipo de lit­er­atu­ra bien cono­ci­da para los judíos y para los cris­tianos de la igle­sia del primer siglo. Car­ac­terís­ti­cas de la lit­er­atu­ra apoc­alíp­ti­ca incluyen el uso de lengua­je alta­mente sim­bóli­co o fig­u­ra­do (ver “man­i­fes­tar”, 1:1) Fue escri­ta nor­mal­mente en tiem­pos de per­se­cu­ción, descri­bi­en­do usual­mente el con­flic­to entre el bien y el mal.

 

Hay otros ejem­p­los de lit­er­atu­ra apoc­alíp­ti­ca en la Bib­lia. En el Antiguo Tes­ta­men­to, por ejem­p­lo, los libros de Eze­quiel, de Daniel, y de Zacarías cada uno con­tiene ele­men­tos de este tipo de escritos. En el Nue­vo Tes­ta­men­to, Mateo 24 con­tiene ele­men­tos apoc­alíp­ti­cos.

 

LA DIFICULTAD EN ENTENDER EL LIBRO: La igle­sia prim­i­ti­va prob­a­ble­mente no tuvo el prob­le­ma de enten­der el libro como lo ten­emos hoy. Ellos esta­ban bien rela­ciona­dos con el esti­lo de la lit­er­atu­ra apoc­alíp­ti­ca. Esta­ban vivien­do en un tiem­po cuan­do los sím­bo­los del libro prob­a­ble­mente les eran muy famil­iares (sim­i­lar a como un cuadro de un bur­ro pele­an­do con un ele­fante sería enten­di­do por nosotros como la descrip­ción de un con­flic­to entre la parte Democráti­ca y la Repub­li­cana). De hecho, creo que el libro inten­tó que fuera enten­di­do orig­i­nal­mente por un oyente casu­al, como se impli­ca por la bien­aven­tu­ran­za de aper­tu­ra:

 

Bien­aven­tu­ra­do el que lee, y los que oyen la pal­abra de esta

   pro­fecía, y guardan las cosas en ella escritas; porque el tiem­po está

   cer­ca. “ (1:3)

 

Este ver­so sug­iere una base en la cual alguien está leyen­do mien­tras otros escuchan. Estos oyentes esta­ban esperan­do enten­der lo sufi­ciente para ser ben­de­ci­dos por lo que ellos oyeron.

 

Nues­tra difi­cul­tad con este libro se debe a nues­tra poca famil­iari­dad con la lit­er­atu­ra apoc­alíp­ti­ca como un méto­do de comu­nicar un men­saje. Tam­bién esta­mos muy ale­ja­dos del con­tex­to históri­co y cul­tur­al del tiem­po en los que los sím­bo­los serían más fáciles de enten­der. Para enten­der apropi­ada­mente el libro, debe­mos inten­tar cono­cer el con­tex­to históri­co en el que fue escrito. Debe­mos inter­pre­tar­lo en una for­ma que pudiera haber tenido sig­nifi­ca­do para aque­l­los a los que fue dirigi­do primero.

 

DIFERENTES PUNTOS DE VISTA PARA INTERPRETARLO: Los difer­entes pun­tos de vista para inter­pre­tar el libro gen­eral­mente caen en cua­tro cat­e­gorías:

 

El pun­to de vista “pretéri­to” – El libro se refiere a even­tos que

fueron cumpli­dos en el primer siglo d.C., o poco tiem­po después. Fue

escrito pri­mari­a­mente a los lec­tores orig­i­nales. Su val­or para hoy

sería entonces didác­ti­co (enseñan­do el val­or de la fidel­i­dad a Dios).

 

El pun­to de vista “históri­co” – El libro provee un pun­to de vista

panorámi­co del futuro de la igle­sia a través de la his­to­ria. Este

pun­to de vista encuen­tra en el libro even­tos tales como el surgimien­to

del catoli­cis­mo, el islam, la refor­ma protes­tante, las guer­ras

mundi­ales, etc., final­izan­do con el regre­so de Cristo. Tales even­tos

no ani­marían a los cris­tianos de ese tiem­po.

 

El pun­to de vista “futur­ista” – Aparte de los primeros capí­tu­los, el

libro describe even­tos que prece­den inmedi­ata­mente a la segun­da veni­da

de Cristo. Entonces la may­or parte del libro tiene aún que ser

cumpli­do (o está sien­do cumpli­do aho­ra), y su val­or es pri­mari­a­mente

para los cris­tianos que estarán vivien­do en el tiem­po en que regrese

Jesús.

 

El pun­to de vista “ide­al­ista” – El libro no tra­ta con ningu­na

situación históri­ca especí­fi­ca. En lugar de eso, está sim­ple­mente

reforzan­do el prin­ci­pio de que el bien final­mente tri­un­fará sobre el

mal. De tal for­ma el libro es aplic­a­ble a cualquier tiem­po.

 

MÉTODO PREFERIDO DE INTERPRETACIÓN: Creo que una inter­pretación ade­cua­da del libro incor­po­ra algo de los cua­tro pun­tos de vista. En mi esti­mación, el pun­to de vista “pretéri­to” tiene el may­or méri­to por las sigu­ientes razones:

 

El libro fue escrito a las siete igle­sias en Asia (la mod­er­na

Turquía) – 1:4

 

Su propósi­to era man­i­fes­tar o rev­e­lar “las cosas que deben suced­er

     pron­to” – 1:1,3; 22:6,10

 

Juan había dicho, “No sell­es las pal­abras de la pro­fecía de este

     libro, porque el tiem­po esta cer­ca” – 22:10

 

Com­pare estos últi­mos dos pun­tos con Daniel 8:26, donde Daniel había dicho “guardar” su visión, “porque es para muchos días”. Sin embar­go sabe­mos que su visión fue cumpl­i­da en var­ios cien­tos de años. Juan, sin embar­go, esta­ba dicien­do “no sell­es” lo que él había vis­to, “porque el tiem­po está cer­ca”. ¿Cómo podría ser esto, si la may­or parte de Apoc­alip­sis se refiere a lo que aun está por ocur­rir aun en dos mil años pos­te­ri­ores? Este es un prob­le­ma que veo con el pun­to de vista “futur­ista”, que pone primera­mente el cumplim­ien­to del libro miles de año has­ta su cumplim­ien­to.

 

Pón­gase ust­ed mis­mo en la posi­ción de aque­l­los cris­tianos en las igle­sias de Asia del primer siglo. A ellos se les había dicho que las cosas descritas en el Apoc­alip­sis “deben suced­er pron­to”, lo cual debía con­for­t­ar­los. Pero de acuer­do al pun­to de vista “futur­ista”, ¡esto pasaría cer­cano a los dos mil años y mucho del libro esta­ba aun por ser cumpli­do! Esto sería como si alguien hoy escri­biera que algo va a pasar pron­to, ¡cuan­do en real­i­dad será en el 4000 d.C. antes de que suce­da! ¿Cómo un libro que describe even­tos a ocur­rir miles de años en el futuro con­so­lará a aque­l­los que están sufrien­do en el primer siglo d.C.?

 

Esto no quiere decir que no hay ele­men­tos “futur­is­tas” en el libro. Entien­do que los capí­tu­los 20–22 tratan con el des­ti­no final de los red­imi­dos, lo que ha sido de gran interés y con­sue­lo a los cris­tianos que sufrían en el primer siglo.

 

Mi con­sid­eración del libro, entonces, será primera­mente des­de el pun­to de vista “pretéri­to”, con ele­men­tos oca­sion­ales del otro pun­to de vista.

 

LA FECHA DEL LIBRO: La fecha en que fue escrito el libro no está sin con­tro­ver­sia. Cuan­do alguien le pone fecha al libro cier­ta­mente tiene una impor­tan­cia sobre la inter­pretación de alguien sobre el libro, espe­cial­mente si alguien sigue el pun­to de vista “pretéri­to”. Usual­mente son prop­ues­tas dos fechas:

 

Una “fecha tem­prana”, alrede­dor del 64–68 d.C., durante el reino del

emper­ador romano, Nerón.

 

Una “fecha tardía”, alrede­dor del 95–96 d.C., durante el reina­do del

emper­ador Domi­ciano.

 

La “evi­den­cia exter­na” (evi­den­cia afuera del mis­mo libro) no es con­cluyente. En apoyo de la fecha pos­te­ri­or, la apelación es hecha con fre­cuen­cia a la declaración de Iri­neo que vivió en el segun­do siglo d.C. Su declaración es en cier­ta man­era ambigua, sin embar­go, y puede ser enten­di­da de varias for­mas (ver Redat­ing The New Tes­ta­ment, por John A.T. Robin­son, para un exa­m­en detal­la­do de la cita de Iri­neo).

 

En apoyo a la fecha tem­prana, la ver­sión Siri­a­ca del Nue­vo Tes­ta­men­to (fecha ante­ri­or al segun­do siglo d.C.) dice que el libro fue escrito durante el reino de Nerón. The Mura­to­ri­an Frag­ment (170–190 d.C.) y the Monar­chi­an Pro­logues (250–350 d.C.) declar­an que Pablo escribió a las siete igle­sias sigu­ien­do el mod­e­lo del ejem­p­lo de Juan en Apoc­alip­sis, colo­can­do el libro de Apoc­alip­sis aun antes de algu­nas de las epís­to­las pauli­nas (ver Expositor’s Bible Com­men­tary, Vol. 12; p. 406).

 

Debido a la nat­u­raleza con­tra­dic­to­ria de la “evi­den­cia exter­na”, pon­go más peso en la “evi­den­cia inter­na” (evi­den­cia den­tro del mis­mo libro). Creo que el mis­mo libro sostiene una fecha del 70 d.C., antes de la destruc­ción de Jerusalén y durante el reino de Ves­pasiano. Esta evi­den­cia incluye lo sigu­iente:

 

En 11:1–14 el tem­p­lo, que fue demoli­do en Agos­to del 70 d.C., esta­ba

aun de pie. Los que abo­gan por la “fecha pos­te­ri­or” nat­u­ral­mente

entien­den este pasaje de for­ma estric­ta­mente fig­u­ra­da. Mien­tras que

si es fig­u­ra­do, la alusión a la cru­ci­fix­ión de nue­stro Señor (11:8)

nos lle­va a pen­sar en la Jerusalén históri­ca (Philip Schaff).

 

En 17:9–11, encon­tramos la men­ción de OCHO “reyes”. Si estos “reyes”

eran los emper­adores de Roma, ini­cian­do entonces con Augus­to los

primeros CINCO fueron: Augus­to, Tiberio, Calígu­la, Clau­dio y Nerón

(quien murió en Junio 9, 68 d.C.). Nerón murió dejan­do el impe­rio en

un dis­tur­bio. Esto podría ser la “heri­da mor­tal” en 13:3,12,14. Tres

hom­bres (Gal­ba, Otho, y Vite­lio) inten­taron en vano con­sol­i­dar el

poder sobre el impe­rio, pero fue Ves­pasiano quien restau­ró el orden

en el 70 d.C. Entonces, la “heri­da mor­tal” fue sana­da, y Ves­pasiano

sería el SEXTO “rey” (o el “uno es” en 17:10) Esto haría de Tito el

SÉPTIMO emper­ador y a Domi­ciano el OCTAVO.

 

Note cuida­dosa­mente que en 17:8,11 Juan había dicho que la bes­tia

no es”. “Era”, y “no es” (ASV), pero en el tiem­po que el

Apoc­alip­sis esta­ba sien­do dado, ¡la bes­tia NO ES! Si enten­demos

(como yo lo hago) que la “bes­tia” rep­re­sen­ta la Roma impe­r­i­al como

es per­son­ifi­ca­da en sus emper­adores Nerón y Domi­ciano, ¡entonces el

Apoc­alip­sis NO podría haber sido escri­ta durante los reinos ni de

Nerón ni de Domi­ciano!

 

La condi­ción de per­se­cu­ción que ya había sido exper­i­men­ta­da por

aque­l­los en el libro es sim­i­lar a la men­ciona­da por Pedro. Él

tam­bién escribió a los cris­tianos en Asia Menor, solo unos pocos

años antes (ver 1 Ped 1:1). Ellos esta­ban tenien­do una per­se­cu­ción

sim­i­lar a la descri­ta en Apoc 2 & 3 (ver 1 Ped 1:6; 4:12; 5:9); en

este caso, per­se­cu­ción por los judíos con la ayu­da de las

autori­dades romanas, algo que habían esta­do hacien­do des­de los días

del primer via­je misionero de Pablo.

 

Entonces sug­iero que la evi­den­cia inter­na indi­ca que el Apoc­alip­sis fue dado durante el reino de VESPACIANO, el SEXTO emper­ador, mien­tras la “bes­tia no es”. Esto colo­caría la fecha del libro alrede­dor de la pri­mav­era del 70 d.C. (como es sug­eri­do por Philip Schaff, His­to­ry Of The Church, Vol. I). En ref­er­en­cia a Philip Schaff, quien en un tiem­po sos­tu­vo la “fecha pos­te­ri­or”, encuen­tro la sigu­iente cita que es intere­sante:

 

La fecha tem­prana es más ade­cua­da para la nat­u­raleza y el obje­to del

   Apoc­alip­sis, y facili­ta su entendimien­to históri­co. Cristo apun­tó en

   su dis­cur­so escat­ológi­co a la destruc­ción de Jerusalén y a la

   prece­dente tribu­lación como la gran cri­sis en la his­to­ria de la

   teoc­ra­cia y el tipo de juicio del mun­do. Y nun­ca hubo un esta­do más

   alar­mante de la sociedad.”

 

   Los hor­rores de la rev­olu­ción france­sa fue con­fi­na­da a un país, pero

   la tribu­lación de los seis años prece­dentes a la destruc­ción de

   Jerusalén se extendió sobre la total­i­dad del impe­rio romano y abar­co

   guer­ras y rebe­liones, con­fla­gra­ciones fre­cuentes y no usuales,

   ter­re­mo­tos, y ham­brunas y pla­gas, y todo tipo de calami­dades públi­cas

   y mis­e­rias indeci­bles. Parece, por cier­to, que el mun­do, sacu­d­i­do en

   su mis­mo cen­tro, esta­ba lle­gan­do a un cierre, y cada cris­tiano podría

   haber sen­ti­do que las pro­fecías de Cristo esta­ban sien­do cumpl­i­das

   ante sus ojos.”

 

   Fue en esta ocasión úni­ca en la his­to­ria de la humanidad que San Juan,

   Con el fuego con­sum­i­dor en Roma y el espec­tácu­lo infer­nal de la

   per­se­cu­ción Nero­ni­ana detrás de él, los ter­rores de la guer­ra de los

   judíos y el inter­reg­no romano alrede­dor de él, y la catástrofe de

   Jerusalén y la teoc­ra­cia judía delante de él, que recibió aque­l­las

   visiones mar­avil­losas de los con­flic­tos inmi­nentes y el tri­un­fo final

   de la igle­sia cris­tiana. El suyo era en ver­dad un libro de los tiem­pos

   y por los tiem­pos, y admin­is­tra­ba a los her­manos persegui­dos la úni­ca

   pero la sufi­ciente y total con­so­lación: ¡Marana­ta! ¡Marana­ta!”

 

(His­to­ry of The Chris­t­ian Church, Vol I, pp. 836–837)

 

EL PROPÓSITO DEL LIBRO: Su propósi­to es clara­mente estable­ci­do al ini­cio y al final del libro (ver 1;1,3; 22:10,16):

 

REVELARLAS COSAS QUE DEBEN SUCEDER PRONTO

 

En par­tic­u­lar, es una rev­elación del mis­mo Cristo del juicio a venir sobre aque­l­los que esta­ban per­sigu­ien­do a Su pueblo (ver 6:9–11; 16:5–7). Este juicio fue dirigi­do espe­cial­mente hacia dos ene­mi­gos:

 

Babilo­nia, la ram­era” (ver 17:6; 18:20,24; 19:2) – Muchos pien­san

que la ram­era es la ciu­dad de Roma, pero yo me incli­no hacia el

pun­to de vista que era Jerusalén. Si es así, entonces Apoc­alip­sis

describe el total cumplim­ien­to de la pro­fecía de Jesús encon­tra­da en

Mt 23:29–39; Luc 21:20–22.

 

La “bes­tia” que sostiene a la ram­era (ver 17:7–13) – Con­sidero que

la bes­tia es el impe­rio Romano cuan­do guió la per­se­cu­ción por medio

de sus emper­adores (por ejem­p­lo, Nerón, Domi­ciano), quienes primero

apo­yaron a la “ram­era” en su per­se­cu­ción del pueblo de Dios, y

entonces se volvieron sobre ella) ver la destruc­ción de Jerusalén,

60 d.C.).

 

De nue­vo, yo sug­eriría que el propósi­to del libro es rev­e­lar como Cristo iba a traer el juicio sobre Jerusalén y Roma por rec­haz­ar a Dios y por la per­se­cu­ción sobre Su pueblo. Este juicio ocur­rió con la destruc­ción de Jerusalén en la caí­da del 70 d.C., y con la ter­mi­nación de la per­se­cu­ción por parte de Roma en el 313 d.C., cuan­do Con­stan­ti­no llegó a ser un emper­ador que apoy­a­ba el cris­tian­is­mo. Como es estable­ci­do por Philip Schaff:

 

Sin duda el tenía a la vista primera­mente la destruc­ción de Jerusalén

   y de la Roma pagana, los dos grandes ene­mi­gos del cris­tian­is­mo de ese

   tiem­po.”

 

En cumplim­ien­to a este propósi­to el libro está dis­eña­do para pre­venir y con­so­lar. Por los errores de los dis­cípu­los, es un libro de adver­ten­cia (“recorda­to­rio” o más, ver 2:5,16). Por la fidel­i­dad de los dis­cípu­los, es un libro de con­sue­lo (“bien­aven­tu­ra­dos” son aque­l­los que “ven­zan”, ver 1:3; 2:7; 3:21; 14:13; 22:14).

 

VERSÍCULO CLAVE: Apoc­alip­sis 17:14

 

Pelearán con­tra el Cordero, y el Cordero los vencerá, porque él es el

   Señor de señores y el Rey de reyes; y los que están con él son

   lla­ma­dos y elegi­dos y fieles.”

 

 

 

 

BOSQUEJO:

 

INTRODUCCIÓN (1:1–20)

1. Intro­duc­ción y ben­di­ción (1–3)

2. Salu­dos a las siete igle­sias de Asia (4–6)

3. El anun­cio de la veni­da de Cristo (7)

4. La des­i­gnación de si mis­mo del Señor (8)

 

I. UNA VISIÓN GENERAL DEL CONFLICTO (1:9–11:19)

 

   A. VISIÓN DE CRISTO EN MEDIO DE LOS CANDELEROS (1:9–20)

 

   B. CARTAS A LAS SIETE IGLESIAS (2:1–3:22)

1. La igle­sia en Efe­so (2:1–7)

2. La igle­sia en Esmir­na (2:8–11)

3. La igle­sia en Perg­amo (2:12–17)

4. La igle­sia en Tiati­ra (2:18–29)

5. La igle­sia en Sardis (3:1–6)

6. La igle­sia en Filadelfia (3:7–13)

7. La igle­sia en Laodicea (3:14–22)

 

C. LA ESCENA DEL TRONO (4:1–5:11)

1. Dios sobre el trono (4:1–11)

2. El Cordero dig­no de abrir los siete sel­l­os (5:1–14)

 

D. LA APERTURA DE LOS SIETE SELLOS (6:1–8:1)

1. El primer sel­lo: El cabal­lo blan­co y su jinete (8:2–6)

2. El segun­do sel­lo: El cabal­lo rojo y su jinete (6:3–4)

3. El ter­cer sel­lo: El cabal­lo negro y su jinete (6:5–6)

4. El cuar­to sel­lo: El cabal­lo amar­il­len­to y su jinete (s) (6:7–8)

5. El quin­to sel­lo: Los már­tires deba­jo del altar (6:9–11)

6. El sex­to sel­lo: Los dis­tur­bios por cat­a­clis­mos (6:12–17)

7. Inter­va­lo: El sel­l­a­do de los 144,000 sobre la tier­ra, y la gran

mul­ti­tud en los cie­los (7:1–17)

8. El sép­ti­mo sel­lo: Silen­cio en los cie­los (8:1)

 

E. EL SONIDO DE LAS SIETE TROMPETAS (8:2–11:19)

1. Siete ánge­les preparan se preparan para sonar sus trompetas

(8:2–6)

2. La primera trompe­ta: La ter­cera parte de la veg­etación destru­i­da

(8:7)

3. La segun­da trompe­ta: La ter­cera parte de las criat­uras del mar y

de los bar­cos destru­i­dos (8:8–9)

4. La ter­cera trompe­ta: La ter­cera parte de los ríos y de los

man­an­tiales se vuel­ven amar­gas, mueren muchos hom­bres (8:10–11)

5. La cuar­ta trompe­ta: La ter­cera parte del sol, de la luna y de

las estrel­las heri­das, afectan­do al día y a la noche (8:12)

6. Tres calami­dades anun­ci­adas (8:13)

7. La quin­ta trompe­ta (la primera calami­dad): Lan­gostas des­de el

pozo del abis­mo, envi­adas a ator­men­tar a los hom­bres (9:1–12)

8. La sex­ta trompe­ta (la segun­da calami­dad): Cua­tro ánge­les con un

ejérci­to de doscien­tos mil­lones, matan­do a una ter­cera parte de

la humanidad (9:13–21)

9. Otro inter­va­lo (10:1–11:14)

a. El ángel y el lib­ri­to (10:1–11)

b. Los dos tes­ti­gos (11:1–13)

10. La sép­ti­ma trompe­ta (la ter­cera calami­dad): La vic­to­ria de

Cristo y Su reino procla­ma­do (11:14–19)

 

II. UNA MIRADA CERCANA AL CONFLICTO (12:1–22:5)

 

    A. EL GRAN CONFLICTO (12:1–14:20)

1. La mujer, el niño, el dragón, y el resto de la descen­den­cia de

la mujer (12:1–7)

2. La bes­tia del mar (13:1–10)

3. La bes­tia de la tier­ra (13:11–18)

4. El Cordero y los 144,000 sobre el Monte Sión (14:1–5)

5. Los men­sajes de tres ánge­les (14:6–13)

6. La sie­ga de la vid de la tier­ra, y las uvas de la ira

(14:14–20)

 

B. LAS SIETE COPAS DE LA IRA (15:1–16:21)

1. Pre­lu­dio al der­ra­mamien­to de las siete copas de la ira (15:1–8)

2. La primera copa: Dolores sobre aque­l­los que adora­ban a la

bes­tia y a su ima­gen (16:1–2)

3. La segun­da copa: El mar se con­vierte en san­gre, todas las

criat­uras mueren (16:3)

4. La ter­cera copa: Los ríos y las fuentes de las aguas se

con­vierten en san­gre (16:4–7)

5. La cuar­ta copa: Los hom­bres son que­ma­dos por el sol (16:8–9)

6. La quin­ta copa: El dolor y las tinieblas sobre la bes­tia y su

reino (16:10–11)

7. La sex­ta copa: El Éufrates seca­do, tres espíri­tus inmun­dos

reú­nen a los reyes de la tier­ra para la batal­la en Armagedón

(16:12–16)

8. La sép­ti­ma copa: El gran ter­re­mo­to, la gran ciu­dad divi­di­da,

Babilo­nia es recor­da­da, even­tos cat­a­stró­fi­cos (16:17–21)

 

C. LA CAÍDA DE BABILONIA, LA RAMERA (17:1–19:10)

1. La mujer escar­la­ta y la bes­tia escar­la­ta (17:1–6)

2. El mis­te­rio de la mujer y de la bes­tia expli­ca­do (17:7–18)

3. La caí­da de Babilo­nia la grande procla­ma­da y lamen­ta­da

(18:1–24)

4. La exaltación en los cie­los sobre la caí­da de la gran ram­era

(19:1–5)

5. El anun­cio de la cena de las bodas del Cordero (19:6–10)

 

D. LA DERROTA DE LOS ENEMIGOS DEL CORDERO (19:11–20:15)

1. Cristo el guer­rero vic­to­rioso y el Rey de reyes (19:11–16)

2. La bes­tia, sus ejérci­tos, y el fal­so pro­fe­ta (la bes­tia de la

tier­ra) son der­ro­ta­dos (19:17–21)

3. Satanás es ata­do por mil años, en tan­to que los már­tires reinan

con Cristo (20:1–6)

4. Satanás lib­er­a­do para engañar a las naciones una vez más, pero

final­mente es der­ro­ta­do de una vez por todas (20:7–10)

5. El juicio final (20:11–15)

 

E. EL DESTINO ETERNO DE LOS REDIMIDOS (21:1–22:5)

1. El cielo nue­vo y la tier­ra nue­va, la nue­va Jerusalén, Dios

habi­tan­do con Su pueblo (21:1–8)

2. La nue­va Jerusalén descri­ta (21:9–27)

3. El agua de la vida, el árbol de la vida, y el trono de Dios y

del Cordero (22:1–5)

 

CONCLUSIÓN (22:6–21)

1. El tiem­po está cer­ca, no sel­l­ar el libro (22:6–11)

2. El tes­ti­mo­nio de Jesús, el Espíritu, y la Esposa (22:12–17)

3. Adver­ten­cia de no alter­ar el libro, y la oración final (22:18–21)

Apoc­alip­sisLec­ción 01. Intro­duc­ción

PREGUNTAS DE REVISIÓN PARA LA INTRODUCCIÓN

 

1) ¿Cómo es lla­ma­do este libro? (1:1)

- La rev­elación de Jesu­cristo

 

2) ¿Quién es el autor de este libro? (1:1–2)

- Juan, quien había dado tes­ti­mo­nio de la pal­abra de Dios y tes­ti­mo­nio

de Jesu­cristo

 

3) ¿Cuál es el sig­nifi­ca­do de la pal­abra grie­ga (apokalup­sis) tra­duci­da

   “rev­elación”?

- Algo des­cu­bier­to, algo rev­e­la­do

 

4) ¿Qué esti­lo de lit­er­atu­ra es el libro de Apoc­alip­sis?

- Lit­er­atu­ra apoc­alíp­ti­ca

 

5) ¿Cuáles son algu­nas de las car­ac­terís­ti­cas típi­cas de tal lit­er­atu­ra?

- Alta­mente sim­bóli­ca; descri­bi­en­do el con­flic­to entre el bien y el

mal

 

6) ¿Qué es impor­tante cono­cer para inter­pre­tar apropi­ada­mente el libro?

- El con­tex­to históri­co en el que fue escrito

 

7) ¿Cuáles son los cua­tro pun­tos de vista may­ores de inter­pretación del

   libro?

- El preter­ista

- El históri­co

- El futur­ista

- El ide­al­ista

 

8) ¿Cuál es el pun­to de vista sug­eri­do en esta intro­duc­ción?

- El preter­ista, tam­bién con una pequeña adop­ción de los otros pun­tos

de vista

 

9) ¿Qué fechas son sug­eri­das usual­mente para el libro?

- Una fecha tem­prana (64–68 d.C.), durante el reina­do de Nerón

- Una fecha tardía (95–96 d.C.), durante el reina­do de Domi­ciano

 

10) ¿Qué fecha es sug­eri­da en esta intro­duc­ción? (y por Shaff, McGuig­gan,

    y otros)

- La pri­mav­era del 70 d.C., durante el reina­do de Ves­pasiano

 

11) ¿Cuál es el propósi­to del libro? (1:3; 22:10,16)

- Rev­e­lar las cosas que deben pasar pron­to

 

12) ¿Quién pro­pon­go que son los dos may­ores ene­mi­gos usa­dos por Satanás

    como son descritos en este libro?

- Jerusalén (en este caso, Babilo­nia, la ram­era)

- Roma (en este caso, la bes­tia que sostiene a la ram­era)

 

13) ¿Cuál es el ver­sícu­lo clave que resume el libro?

- Apoc­alip­sis 17:14

 

BIBLIOGRAFÍA

 

The Aveng­ing Of The Apos­tles & Prophets, Arthur Ogden (Ogden Pub­li­ca­tion, 1985)

 

The Book Of Rev­e­la­tion, Jim McGuig­gan (Mon­tex, 1976)

 

The Book Of Rev­e­la­tion, Foy E. Wal­lace, Jr. (Wal­lace Pub­li­ca­tions, 1966)

 

His­to­ry Of The Chris­t­ian Church, Vol I, Philip Schaff (Eerd­mans, 1910, 1985)

 

Inter­pret­ing Rev­e­la­tion, Mer­ill C. Ten­ney (Eerd­mans, 1957)

 

The Lamb And His Ene­mies, Rubel Shelly (20th Cen­tu­ry, 1985)

 

More Than Con­querors, William Hen­drick­sen (Bak­er Book House, 1971)

 

Rev­e­la­tion, Alan John­son (Expositor’s Bible Com­men­tary, Zon­der­van, 1981)

 

Rev­e­la­tion, Leon Mor­ris (Tyn­dale New Tes­ta­ment Com­men­taries, Eerd­mans, 1984)

 

Rev­e­la­tion: An Intro­du­tion And Com­men­tary, Homer Hai­ley (Bak­er, 1979)

 

Wor­thy Is The Lamb, Ray Sum­mers (Broad­man Press, 1951)

Una Prome­sa Ren­o­va­da de Lib­eración y Pro­tec­ción a Israel (vers 1–7)

      1 La pal­abra aho­ra intro­duce un con­traste; cam­bia el tono de reproche repren­sión al del áni­mo y con­so­lación. Pre­vi­a­mente Jehová había dicho, “No temas, porque yo estoy con­ti­go” (41:10), y “No temas, yo te ayu­do” (41:13); aho­ra Él agre­ga, No temas, porque yo te red­imí. Él ha paga­do el pre­cio por la reden­ción de Israel (ver vers 3). Él les da cua­tro razones por las que no deben temer: (1) Jehová había crea­do a Jacob, esto es, Él había puesto de man­i­fiesto algo nue­vo – una nue­va creación – en Sinaí. (2) Él había for­ma­do a Israel, mod­e­lando el pueblo principesco fuera de Jacob, un susti­tu­to. ¡Que con­traste entre los mate­ri­ales insen­satos mod­e­la­dos por los paganos en ído­los que no podrían rendir ningún ser­vi­cio y el Israel mod­e­la­do por Dios en una nación que podría servir­le! (3) Jehová había red­imi­do o rescata­do al pueblo de Egip­to, y cuan­do sufrieron en Babilo­nia, Él actuó como su ven­gador. Y (4) Él había puesto nom­bre por su nom­bre “Israel” para ser Su pro­pio pueblo y nación par­tic­u­lar (Éxo­do 19:5–6), dán­doles una obra espe­cial a Su sier­vo y men­sajero (41:9).

      2 Debido a que mío eres tú, debido a que Israel ha sido lla­ma­do y red­imi­do por Jehová (ver vers 1), Él los pro­te­gerá y los cuidará. Hay sin embar­go muchas prue­bas ante el pueblo; sin embar­go ellos podrían pasar en medio de los tor­rentes de aflic­ción y los ríos de la adver­si­dad, no serán sobrecogi­dos porque Jehová estará con ellos. Y cuan­do cami­nen en medio del fuego de la tribu­lación, de prue­bas, y juicios, no se que­marán (ver Sal 66:12; tam­bién Dan 3:27, donde Dios da una demostración lit­er­al de esta lec­ción), porque Jehová los sos­ten­drá y pro­te­gerá.

      3 La garan­tía estam­pa­da en estas prome­sas es el nom­bre del Señor mis­mo; Porque yo Jehová – el nom­bre per­son­al por el que Él es cono­ci­do por el pueblo del pacto – Dios tuyo – el Dios del poder y de la fuerza, el úni­co Dios – el San­to de Israel – aparte de los peca­dos de Israel, abso­lu­to en san­ti­dad – tu Sal­vador – el Señor libra a Su pueblo del desas­tre y la opre­sión para seguri­dad y paz. Rescate es el pago o reden­ción de alguien o de algo que ha sido cap­tura­do. Israel era de Jehová y Él la entre­garía al resto de las naciones, incluyen­do a Egip­to, a Etiopía, y a Seba, lo cual incluye a todas las naciones cono­ci­das de África de ese tiem­po. Ya sea que, como pien­san algunos eru­di­tos, esto tiene ref­er­en­cia a la con­quista de Egip­to en el 525–522 A.C. por Cam­bi­as­es, hijo de Ciro, esto es incier­to.

      4 La primera pal­abra en este ver­sícu­lo (Porque) da prob­le­mas a var­ios comen­taris­tas. Es tra­duci­do de difer­entes for­mas: “de la época” (Alexan­der); “debido a” (Delitzsch, Leupold); “debido al hecho que” (Young); “puesto que” podría ser la tra­duc­ción más rep­re­sen­ta­ti­va. A mis ojos fuiste de gran esti­ma, de gran val­or; entonces Jehová red­imirá a Israel a gran cos­to. Hay tam­bién varias tra­duc­ciones para la pal­abra hebrea que la Ver­sión Amer­i­can Stan­dard tra­duce hon­or­able: “has sido hon­or­able” (Alexan­der, Young); “[eres] hon­or­able” (Leupold); “de alta esti­ma” (Delitzsch). A pesar de las incer­tidum­bres en estos ver­sícu­los, sin embar­go, la idea es clara. La posi­ción espe­cial de Israel ante Dios y la respon­s­abil­i­dad que lle­va esa posi­ción ha hecho hon­or­able a la nación, digna de hon­or. (Para recibir ese hon­or, deben, de hecho, vivir en una relación apropi­a­da ante Él.) La cláusu­la yo te amé traza el favor de Dios “has­ta su raíz más pro­fun­da – el amor de Dios” (Leupold). Debido a que el pueblo de Israel es hon­or­able y pre­cioso ante Él, Jehová, en Su amor por ellos, los pone por arri­ba de todas las naciones, da a otros a cam­bio por ellos.

      5–6 El Señor reit­era las pal­abras con las que intro­du­jo esta pro­fecía: No temas, porque yo estoy con­ti­go (ver vers 1; 41:10,13,14) porque el agua y el fuego (ver vers 2) están por venir. Él está miran­do ade­lante hacia el tiem­po cuan­do el pueblo será dis­per­sa­do a las cua­tro esquinas de la tier­ra. Alexan­der obser­va que Dios no dice, “Yo los traeré de regre­so,” en el tiem­po de la restau­ración, sino traeré tu gen­eración, lina­je o descen­di­entes, de las cua­tro direc­ciones – ori­ente, poniente, norte, y sur. Es Dios el que los traerá, jun­tán­do­los en uno. Al norte, dice, Da acá; y al sur: No deten­gas; trae de lejos mis hijos, y mis hijas de los con­fines de la tier­ra. Todos sus hijos son inclu­i­dos. No es dirigi­do a ningún indi­vid­uo o grupo par­tic­u­lar ni es man­da­do traer jun­tos al pueblo de Dios. En vez de eso, la idea es, “Sufra todo mi pueblo para regre­sar a mí; nadie ni nada lo imp­i­da.” El rema­nente que retornará de Babilo­nia o ven­drán jun­tos bajo el Sier­vo serán aque­l­los que “volverán a mi de todo su corazón” (Jer 24:7).

      7 Inclu­i­dos entre los que van a ser traí­dos y reunidos están todos los lla­ma­dos de mi nom­bre, los hijos y las hijas de Dios, el Israel espir­i­tu­al. Ellos fueron crea­d­os – traí­dos a la exis­ten­cia – por la propia glo­ria de Jehová, que es el obje­ti­vo final de toda la obra de Dios. Para ser reunidos jun­tos están todos los que for­mé – los que sobre Dios obró en la his­to­ria para que Él pudiera pon­er de man­i­fiesto una nación pecu­liar – los for­mé y los hice. Dios for­mó o hizo a Israel como un refle­jo espe­cial de Su glo­ria (ver vers 1). Si bien este pasaje habla del retorno del rema­nente des­de el exilio, cier­ta­mente obser­va tam­bién más allá de la reunión de todo el pueblo lla­ma­do por el nom­bre de Dios. Esto solo fue cumpli­do bajo el Sier­vo Jesu­cristo, que Dios señaló para la obra.

Un Nue­vo Desafío para Israel y para las Naciones (vers 8–13)

 

      8 Jehová llamó pre­vi­a­mente a los dios­es a una corte de inquisi­ción para exam­i­nar sus declara­ciones de ser dei­dad (41:1–7,21–24). Él aho­ra lla­ma al sier­vo Israel ciego y sor­do a reunirse con Él en una corte de inquisi­ción seme­jante. No obstante ciego y sor­do, Israel tiene ojos y oídos con los que puede ver y oír si sola­mente lo quisier­an; el Señor bus­ca abrir sus ojos y sus oídos por medio de señalar las obras mar­avil­losas que ha hecho en y por medio de ellos.

      9 Jehová lla­ma tam­bién a las naciones paganas a asi­s­tir a la sesión, retán­do­los como lo hizo con sus ído­los (41:21–24) para declarar algo que fue pro­fe­ti­za­do y que ha sido cumpli­do entre ellos. Pre­sen­ten sus tes­ti­gos, y jus­tifíquense, para que su con­fi­an­za y ado­ración de los ído­los pudiera ser defen­di­da. Dios desafía a las naciones a que nos dé nuevas de esto, y que nos haga oír las cosas primeras, esto es, que señale los difer­entes even­tos que sus dios­es pro­fe­ti­zaron y como se lle­varon a cabo. Si las naciones no pueden jun­tarse para este desafío, oigan (lo que Jehová tiene que decir), y digan: Ver­dad es. Cuan­do una per­sona hon­es­ta exam­i­na sus suposi­ciones y no encuen­tra evi­den­cias sobre las cuales acep­tar­las, debería estar dis­puesto a oír la otra parte. Cuan­do se pre­sen­ta sufi­ciente evi­den­cia a favor de la otra parte, podría decir, “es ver­dad.” Hoy como entonces, este prin­ci­pio nece­si­ta ser recono­ci­do en la inves­ti­gación de todas las reli­giones.

      10 El Señor se dirige aho­ra a Israel: Vosotros sois mis tes­ti­gos, dice Jehová, y mi sier­vo que yo escogí. Como pueblo espe­cial de Dios, Israel es Su sier­vo y su men­sajero (42:19), y aho­ra es tam­bién Su tes­ti­go. La pal­abra tes­ti­go es común en los medios de los tri­bunales; un tes­ti­go es alguien que ha cono­ci­do de primera mano sobre un even­to y puede dar un tes­ti­mo­nio pre­ciso sobre eso. El pueblo de Israel puede dar tes­ti­mo­nio que Jehová es Dios, no solo a las naciones, sino tam­bién a sus pro­pios escép­ti­cos. Al com­parar la obra de Jehová con la de los ído­los, y el tes­ti­mo­nio de los páganos con sus pro­pios ído­los, Israel puede dis­tin­guir con clar­i­dad el poder de Jehová y la impo­ten­cia de los ído­los. Entonces pueden venir para que me conozcáis y creáis; lle­garían a estar firme­mente estable­ci­dos en su fe, no fluc­tuan­do ya más en una cosa y otra. Ellos enten­derán que yo mis­mo soy; esto es, recono­cerán a Jehová como el úni­co Dios. Porque antes de mí no fue for­ma­do Dios, ni lo será después de mí. En tan­to que se ha esta­do enfa­ti­zan­do sobre los paganos la vanidad de sus dios­es, Jehová enfa­ti­za aquí sobre Su pro­pio pueblo vac­ilante la ver­dad que solo Él es el Dios eter­no.

      11 Jehová con­tin­ua enfa­ti­zan­do Su pun­to: Yo, yo Jehová, el “Yo soy,” el eter­na­mente exis­tente y el úni­co todo prov­i­dente; y fuera de mí no hay quien salve. Cuan­do el pueblo se encuen­tra a si mis­mo en el exilio en Babilo­nia, se darán cuen­ta que no hay sal­vación en ningún otro. Jonás aprendió esta lec­ción en el vien­tre del pez; él clamó, “la sal­vación es de Jehová (Jonás 2:9). Cuan­do el hom­bre rec­haza a Dios, cualquier esper­an­za de encon­trar la lib­eración de la esclav­i­tud es cas­ti­ga­da; no hay ningu­na otra fuente de sal­vación.

      12 Jehová declara que Él mis­mo ha cumpli­do lo que Él desafió a las naciones que hicier­an (vers 9): Él ha anun­ci­a­do, ha dado a cono­cer lo que hará en el futuro; Él ha sal­va­do, esto es, ha lib­er­a­do a Su pueblo de Egip­to y de Sena­que­rib, y Él los lib­er­ará de Babilo­nia, y Él ha hecho oír, ha repor­ta­do en una for­ma clara e inequívo­ca el cumplim­ien­to de lo que pro­fe­tizó con ante­ri­or­i­dad. Cuan­do Él dice, y no hubo entre vosotros dios ajeno, Él no está dan­do a enten­der que no había idol­a­tría en medio del pueblo, sino que no había otro dios con el que Jehová colaboró o que hubiera pro­fe­ti­za­do todas las cosas que serían hechas; Jehová se sos­tu­vo y actuó solo. Vosotros, pues, sois mis tes­ti­gos, tes­ti­f­i­can­do la dei­dad abso­lu­ta de Jehová. Él ha mostra­do con clar­i­dad que es capaz de mostrar el fin y el ini­cio y hac­er que suce­da, lo cual no puede ser nega­do. Como Jehová y Dios, Él es tan­to el úni­co que existe eter­na­mente, el Dios del pacto, y el Señor de poder y for­t­aleza que es capaz de lle­var a cabo Su propósi­to. (Var­ios sig­los más tarde, Israel sería sim­i­lar­mente un tes­ti­go de la dei­dad de Cristo.)

      13 Al seguir el tex­to, Aun antes que hubiera día, yo era; o la lec­tura al mar­gen, ¿“Des­de este día en ade­lante Yo era”?  No obstante que algunos comen­taris­tas están divi­di­dos en que acep­tar, es preferi­ble seguir el tex­to; porque des­de el ini­cio del tiem­po, Dios ha esta­do pre­sente en Su creación y en la his­to­ria. Él estu­vo pre­sente con la primera gen­eración y estará pre­sente con la últi­ma (41:4). Nadie puede quitar de un tirón a una per­sona o a una nación que está en Su mano. Y cuan­do Él pro­pone una obra, ningún dios puede impedirla.

El Poder de Jehová para Quitar Obstácu­los en la Reden­ción de Su Pueblo (vers 14–21)

 

      14 Como Reden­tor Jehová actúa de una for­ma con­sis­tente con Su propia san­ti­dad, que es enfa­ti­za­da con­stan­te­mente en la frase el San­to de Israel. Él había crea­do a Israel para Su glo­ria (vers 7), y aho­ra actúa hacia esa nue­va creación en tal for­ma que “mis ala­ban­zas pub­licara” (vers 21). Por vosotros envié a Babilo­nia, una aparente ref­er­en­cia a Ciro, al que lev­an­taría y enviaría con­tra Babilo­nia (41:1–7; 44:28–45:7; 48:14; ver 13:17; 21:2). Note que en una vez más Jehová habla de una acción futu­ra como si ya estu­viera hecha. El pueblo de esa orgul­losa y poderosa nación los haría descen­der como fugi­tivos, esto es, como un pueblo que huye de un ene­mi­go. Descen­dería en las naves de que se glo­ri­a­ban, las naves de com­er­cio que habían traí­do gran rego­ci­jo por medio de los tesoros que habían enrique­ci­do la ciu­dad. Las naves de las que Babilo­nia esta­ba tan orgul­losa se con­ver­tirían en el pendón de su humil­lación descen­di­en­do ante sus ene­mi­gos. Jehová está declaran­do por este medio Su con­trol sobre las naciones, tan­to en la poderosa Babilo­nia como en el que Él envía con­tra ella.

      15 Jehová no solo con­tro­la las poten­cias paganas, al enviar a Ciro con­tra Babilo­nia; sino tam­bién, como el Creador de Israel, ejerce con­trol sobre su des­ti­no. La nación podría estar en el exilio en Babilo­nia, pero Él es aún su Rey y no lo olvi­dará; Él los lib­er­ará por Su propia com­pla­cen­cia.

      16–17 El Señor no solo deter­mi­na el des­ti­no de las naciones y mold­ea y da for­ma a Israel hacia un fin, tam­bién ejerce Su poder cre­ati­vo y con­tro­lador sobre la nat­u­raleza. Abrió un camino en el Mar Rojo y una sen­da en las aguas fieras e impetu­osas para que Su pueblo pudiera pasar en medio de ellas. Además, es solo por Su decre­to abso­lu­to y el ejer­ci­cio de Su poder divi­no que los ejérci­tos pueden actu­ar. Los car­ros y los cabal­los, los ejérci­tos y los hom­bres poderosos son destru­i­dos por Su vol­un­tad, como cuan­do las fuerzas del Faraón inten­taron perseguir a Israel y perecieron cuan­do las aguas regre­saron a su posi­ción orig­i­nal (ver Sal 76:5–6). Todas estas poderosas fuerzas humanas caen jun­ta­mente para no lev­an­tarse; fenecen, como pábi­lo quedan apa­ga­dos. Son como una lám­para cuya luz está extin­guién­dose. El ver­bo usa­do aquí siem­pre se rela­ciona al hecho de apa­gar un fuego, ya sea en for­ma fig­u­ra­da o lit­er­al;[1] desa­parece de la vista.

      18–19 El pueblo es urgi­do a dejar de mirar y apelar al pasa­do (excep­to para apren­der de sus ejem­p­los y adver­ten­cias), y mirar en lugar de eso al futuro. Jehová prom­ete que Él hará cosa nue­va que ellos verían y sabrían. Al señalar lo que Él hará por medio de Su Sier­vo ide­al, Jehová ya había dicho, “yo anun­cio cosas nuevas; antes que sal­gan [broten] a luz, yo os las haré noto­rias” (42:9); estas cosas están en el futuro lejano. Pero la cosa nue­va frente a Él está más inmedi­a­ta: pron­to sal­drá a luz; la gen­eración a quien se dirigió par­tic­i­pará en ella. Como el Reden­tor de Israel de los egip­cios, así Él abrirá camino en el desier­to, y ríos en la soledad para un nue­vo éxo­do. Por Su prov­i­den­cia y poder proveerá un camino para el via­je de retorno del exilio y pro­por­cionará agua para su sed. Aunque Él prob­a­ble­mente no pro­du­jo ríos lit­erales para que bro­taran mila­grosa­mente a la exis­ten­cia, Él proveyó para las necesi­dades del pueblo.

      20–21 En lengua­je alta­mente proféti­co sim­i­lar al usa­do por Job, “Cuan­do alaba­ban todas las estrel­las del alba” (38:7), y por un salmista, “los árboles del bosque rebosarán de contento,/Delante de Jehová” (Sal 96:12–13; ver Isa 55:12 – “los árboles del cam­po darán pal­madas de aplau­so”), el pro­fe­ta dice que los ani­males del cam­po y las criat­uras sil­vestres de las áreas desér­ti­cas hon­rarán a Jehová. Como el mun­do ani­mal sufrió debido al juicio sobre los hom­bres por sus peca­dos (ver, por ejem­p­lo, Jer 14:6; Ose 4:3; Joel 1:18), así aho­ra en algu­na for­ma ellos com­parten las ben­di­ciones otor­gadas por Dios sobre un pueblo red­imi­do. El pueblo for­ma­do por Jehová para Si mis­mo será dado a luz de tal for­ma que puedan alabar­lo; esto será la meta de Su pueblo.

La Indifer­en­cia de Israel – La Gra­cia de Jehová (vers 22–28)

 

      22 A pesar de la pre­ocu­pación de Jehová por Israel y Su deseo de influir en su rep­re­sentación, el pueblo ha sido indifer­ente a Él y a Su bon­dad. Él tiene el poder para lib­er­ar y proveer para sus necesi­dades, pero ellos no han acu­d­i­do a Él. En lugar de eso se cansaron de Sus caminos y del ejer­ci­cio nece­sario para Servir­le.

      23 La segun­da acusación direc­ta con­tra el pueblo se rela­ciona con el rit­u­al del sac­ri­fi­cio: No me tra­jiste a mí los ani­males del holo­caus­to; ni a mí me hon­raste con tus sac­ri­fi­cios. ¿Qué sig­nifi­ca esto, la nat­u­raleza pre­cisa de la ofen­sa? ¿La nación ha fal­la­do al sac­ri­ficar debido a que se ha vuel­to a la idol­a­tría? ¿Es un asun­to de indifer­en­cia al rit­u­al mosaico? ¿O Dios está eno­ja­do debido a que los cau­tivos en Babilo­nia no lle­van a cabo los ritos? Las primeras dos posi­bil­i­dades son descar­tadas; porque no obstante que el pueblo podría servir a ído­los, no son indifer­entes a ofre­cer el sac­ri­fi­cio; como una prác­ti­ca, son abun­dantes en ello (ver 1:10–16). La ter­cera posi­bil­i­dad se descar­ta sobre la base que todos los sac­ri­fi­cios debían ser ofre­ci­dos en Jerusalén; Jehová no haría respon­s­able al pueblo por no ofre­cer sac­ri­fi­cios si esta­ban en Babilo­nia. La expli­cación más plau­si­ble es que su ofrec­imien­to no era de corazón; la cer­e­mo­nia está allí pero fal­ta el ver­dadero espíritu y el sen­ti­do. Ellos ofre­cen sac­ri­fi­cios para ase­gu­rar la pro­tec­ción del Señor y para inten­tar por medio de cer­e­mo­nias for­males escapar de Su ira. El pueblo había equiv­o­ca­do el moti­vo del sac­ri­fi­cio. No se inten­tó ser una car­ga por parte del Señor, sino un medio de comu­nión gozosa con Él.

      24 La caña aromáti­ca que el pueblo no ha traí­do para Jehová es con­sid­er­a­da por la may­oría de los comen­taris­tas para ser una plan­ta aromáti­ca impor­ta­da de otro país en vez de la caña aromáti­ca con la que esta­mos famil­iar­iza­dos. Era prob­a­ble­mente usa­da en incien­so o en aceite para untar. Este pun­to es incier­to. De todos mod­os, en vez de traer la caña aromáti­ca y que sat­is­facía a Dios con la ofren­da con­ciente de la gro­sura que Le pertenecía, el pueblo Lo ago­b­ió con sus peca­dos y Lo can­só con sus iniq­uidades. Esta acti­tud, que fue la car­ac­terís­ti­ca de sus vidas en gen­er­al, nuli­ficó cualquier mer­i­to posi­ble de sus ofren­das. No parece haber esta­do restringi­do a un perío­do especí­fi­co sino a un prob­le­ma per­sis­tente en la his­to­ria de la nación.

      25 No obstante que es omnipo­tente, como es demostra­do en Su poder sobre Babilo­nia, sobre Ciro y sobre los medos que Él usó para destru­ir a Babilo­nia, y tan­to sobre la nat­u­raleza ani­ma­da como la inan­i­ma­da (vers 14–21), Jehová solo podría hac­er lo bueno por Israel si el pueblo se volvía de sus peca­dos. Yo, yo soy el que bor­ró tus rebe­liones; este es un acto de gra­cia pura de Su parte y no el resul­ta­do de ningún mer­i­to de parte de ellos. El perdón viene por medio de la fe en Él y no por medio de sac­ri­fi­cios cer­e­mo­ni­ales real­iza­dos como mera for­mal­i­dad. Dios dice que él bor­ra las trasgre­siones por amor de mí mis­mo, esto es, de tal for­ma que Él pudiera demostrar la com­bi­nación apropi­a­da de la mis­eri­cor­dia div­ina y la jus­ti­cia, expre­sa­da en amor, juicio, y gra­cia. Cuan­do son bor­ra­dos, los peca­dos ya no son recor­da­dos – “Cuan­to está lejos el ori­ente del occidente,/Hizo ale­jar de nosotros nues­tras rebe­liones” (Sal 103:12).

      26 El Señor urge aho­ra a Israel a que Lo hagan recor­dar, a traer a la mente Su infini­to ser y carác­ter san­to (como se expu­so en el cap 40), Su ley san­ta que les fue dada para su bien. Su cuida­doso amor y mis­eri­cor­dia com­pa­si­va, y Su dis­posi­ción para per­donar y recibir de vuelta en Su seno a los que Lo escuchan. Él hace aho­ra una peti­ción llena de recuer­dos tan­to de la invitación que Él emi­tió al comien­zo del libro (1:18) y Su lla­ma­do a las naciones (41:21–24): entremos en juicio jun­ta­mente; habla tú para jus­ti­fi­carte. Si hay algu­na base o mer­i­to en ust­edes para garan­ti­zar su lib­eración, trái­gan­la al frente; Jehová está lis­to para escuchar. Si no hay base en ust­edes que amerite la lib­eración por parte de Dios, entonces la lib­eración estará basa­da en Su amor y favor no mere­ci­do.

      27 Israel no podía pre­sen­tar la exce­len­cia en los fun­da­men­tos de sus antepasa­dos, porque Tu primer padre pecó, Los eru­di­tos han inter­pre­ta­do en diver­sas man­eras esta ref­er­en­cia: Adán, Abra­ham, Jacob, y aún David; pero parece que Jacob es el padre con­sid­er­a­do aquí, porque él había gana­do la ben­di­ción y la pri­mo­gen­i­tu­ra por medio del engaño y de una com­pra no her­man­able. Y tus enseñadores (“inter­pretes,” del hebreo) pre­vari­caron con­tra mí; esto es, los pro­fe­tas, los sac­er­dotes, y otros que debían haber dado una instruc­ción apropi­a­da en la ley pecaron al dar en su lugar enseñan­za fal­sa. Así, des­de su padre Jacob has­ta el pre­sente el pueblo ha sido ani­ma­do por el ejem­p­lo y el pre­cep­to a trans­gredir la ley div­ina.

      28 Sin embar­go, el pueblo es aún respon­s­able por su ale­jamien­to de Dios; porque así como había habido mae­stros infieles, tam­bién había habido pro­fe­tas y mae­stros fieles entre ellos. Por tan­to, con­se­cuente­mente o a la luz de esto, Jehová pro­fanó los príncipes del san­tu­ario. La pal­abra príncipes, que podría referirse a gob­er­nadores de la realeza, deno­ta tam­bién caudil­los o líderes en el san­tu­ario; deberían haber sido san­tos, con­sagra­dos a su min­is­te­rio. El Señor los pro­fa­nará al enviar­los a Babilo­nia, una tier­ra y reino pro­fano e impuro. Even­tual­mente pon­drá por anatema a Jehová, esto es, lo consignará a la destruc­ción, y por opro­bio a Israel, un obje­to de lengua­je abu­si­vo. Aunque este juicio fue en parte total­mente cumpli­do por la cau­tivi­dad de Babilo­nia, el cur­so y la den­i­gración ha con­tin­u­a­do a lo largo de toda la his­to­ria de Israel; ellos con­tinúan vivien­do cen­sura.


[1]  The­o­log­i­cal Word­book of the Old Tes­ta­ment, vol. 1, pág. 428.

Intro­duc­ción

Israel y Judá

En muchos aspec­tos las condi­ciones car­ac­terís­ti­cas de Israel y Judá en el siglo octa­vo A.C. eran sim­i­lares a las que car­ac­ter­i­zan a nues­tra sociedad en el siglo veinte. En su pros­peri­dad, Israel y Judá se olvi­daron de Dios y cayeron en la cor­rup­ción y deca­den­cia. Bajo el man­do de Jer­oboam II (782–753 A.C.) las fron­teras de Israel habían sido restau­radas en gran parte y el peri­o­do se car­ac­ter­izó por una pros­peri­dad descono­ci­da allí des­de los días de Salomón. En Judá, el hábil y die­stro Uzías (767–740 A.C.) restau­ró en gran medi­da las fron­teras de ese país y la pros­peri­dad alcanzó allí alturas no dis­fru­tadas des­de los días de Salomón. En ambas naciones esta aflu­en­cia mate­r­i­al pro­du­jo las enfer­medades que tan fre­cuente­mente acom­pañan a la abun­dan­cia. La gente olvidó a Dios y atribuyó su pros­peri­dad y bien­es­tar a los ído­los a los cuales ellos habían vuel­to.

La idol­a­tría imperó en Israel. Des­de la muerte de Salomón (931 A.C.), cuan­do el reino del norte se sep­a­ró de Judá, Israel adoró a Jehová por medio del sím­bo­lo de los dos becer­ros dora­dos, los cuales habían sido lev­an­ta­dos en Bet-el y Dan por su primer rey, Jer­oboam I. Todos los reyes que sigu­ieron lo imi­taron a él en la hon­ra a estos dos becer­ros. Agre­ga­do a esta for­ma de idol­a­tría esta­ba el cul­to a Baal, un cul­to nacional estable­ci­do por medio de la influ­en­cia de Jez­abel, la esposa de Acab, el cual reinó de 874 a 853 A.C. Malde­ci­dos de esta man­era con dos for­mas de idol­a­tría — el cul­to a Jehová bajo el sím­bo­lo de los bor­re­gos y el cul­to a Baal, un cul­to mera­mente pagano — la nación se sumergió en los abis­mos de la apos­tasía de la cual nun­ca se reco­braría. Este rec­ha­zo de Jehová por el reino del norte fue acom­paña­do de la cor­rup­ción políti­ca, la deca­den­cia social, y la depravación moral, todo lo cual traía el juicio de Dios sobre la nación.

Sin embar­go, antes de que este juicio fuera lle­va­do a cabo por el Señor, Dios lev­an­tó dos pro­fe­tas, a quienes envió a denun­ciar los peca­dos de ese tiem­po y suplicar a la gente el retorno a Jehová. Amós, un pas­tor atre­v­i­do, áspero y valeroso de la ári­da región de Tecoa, al sur de Jerusalén, fue el primero (755 A.C.). El describió la condi­ción cor­rup­ta de Israel en un lengua­je vivi­do, grá­fi­co y a menudo pin­toresco. El juicio, dijo, esta­ba en su camino, y como Isaías describió más tarde, el peli­gro rep­re­sen­ta­do por Asiria, “Será cier­ta­mente espan­to el enten­der lo oído” (28:19). Amós advir­tió que los pala­cios serían saque­a­d­os (3:11) y que la gente amante del lujo que se apo­yaría en los cojines de seda de sus divanes o camas, serían tan arru­ina­dos que los que per­manecier­an podrían ser com­para­dos con dos pier­nas (de una ove­ja) o de un peda­zo de ore­ja rescata­da por un pas­tor de la boca del león (3:12). Sus casas de invier­no y ver­a­no, jun­to con sus mue­bles incrus­ta­dos de marfil, todos pere­cerían (3:15). Las mujeres de Samaria, esposas de los señores, descritas como “vacas (gana­do vac­uno) de Basán”, engor­dadas como para una car­nicería, serían reba­jadas y arro­jadas fuera de la tier­ra, con­duci­das lejos a la cau­tivi­dad con gan­chos (4:1–3). El lujo y la extrav­a­gan­cia, gana­do a expen­sas de los pobres (6:1–6), sería todo reduci­do a la nada y los que más se deleitaron serían lle­va­dos cau­tivos (6:7–11). “Por tan­to, de esta man­era te haré a ti, Oh Israel; y porque te he de hac­er esto, prepárate para venir al encuen­tro de tu Dios, Oh Israel” (4–12).

Con­tem­porá­neo de Amós, pero pro­fe­ti­zan­do unos pocos años más tarde, fue Oseas (750–725 A.C.). Al igual que Amós, Oseas era aparente­mente un nati­vo de Israel, la tier­ra a la cual él fue envi­a­do. Aunque Oseas pre­sen­ta un sen­timien­to del­i­ca­do y com­pa­si­vo hacia la nación mal­va­da y pecaminosa — pal­abras tales como “mis­eri­cor­dia” se men­cio­nan una y otra vez mien­tras él apela a la gente para que vuel­va a Jehová — de ningu­na man­era es severo en su denun­cia de la idol­a­tría de Israel, los fru­tos mal­va­dos que fueron tan evi­dentes en la vida diaria.

Oseas usó la pal­abra for­ni­cación para describir la apos­tasía de Israel frente a Jehová y a la ado­ración de los dios­es paganos. Esta pal­abra y la frase “recrearse con la ram­era”, se men­cio­nan una y otra vez. Para Oseas, toda ado­ración fal­sa era for­ni­cación espir­i­tu­al; com­para a la gente que servía a los ído­los con una ram­era que sirve a los deseos de los hom­bres por el pago que recibe.

Oseas llamó tam­bién a la nación a un tri­bunal de jus­ti­cia para ser proba­dos ante Jehová, “Porque no hay ver­dad, ni mis­eri­cor­dia, ni conocimien­to de Dios en la tier­ra” (4:1). En con­traste con lo que él no encon­tró, el pro­fe­ta señala lo que la nación mostró en todas las for­mas: “Per­ju­rar, men­tir, matar y adul­ter­ar prevale­cen, y homi­cidio tras homi­cidio se suce­den” (4:2). ¡Esto se oye notable­mente como los encabeza­dos de un per­iódi­co mod­er­no! Debido a estas condi­ciones de peca­do, “Se enlu­tará la tier­ra, y se exten­uará todo morador de ella, con las bes­tias del cam­po y las aves del cielo (4:3).

Los ído­los de Israel, hechos de pla­ta y oro a los cuales Dios los había entre­ga­do, serían cor­ta­dos jun­to con los bor­re­gos los cuales ellos for­jaron y ado­raron en Bet-el y Dan (Ose 8:4,5). “Porque sem­braron vien­to, y tor­belli­no segarán” (Ose 8:7). Jehová había escrito para Efraín, el cual rep­re­sen­ta aquí a Israel, “Le escribí las grandezas de mi ley, y fueron tenidas por cosa extraña” (8:12). Israel había olvi­da­do a su Creador y con­struyó pala­cios, y Judá mul­ti­plicó sus ciu­dades for­ti­fi­cadas — activi­dades con­trarias a la fe y a la vida sen­cil­la fidel­i­dad en Dios. Pero Dios enviaría un fuego sobre Sus ciu­dades para devo­rar sus pala­cios (8:14). La razón real del cas­ti­go impuesto por Dios fue clara­mente resum­i­do por el pro­fe­ta Oseas cuan­do dijo, “Pues has for­ni­ca­do apartán­dote de tú Dios; amaste salario de ram­era en todas las eras de tri­go” (9:1); esto era for­ni­cación espir­i­tu­al.

Debido a la cul­pa­bil­i­dad de Israel en la rebe­lión con­tra Dios, Oseas dijo, “Caerán a espa­da; sus niños serán estrel­la­dos, y sus mujeres enc­in­ta serán abier­tas” (13:16). ¿De donde ven­dría tal juicio? Jehová no dejó a la gente sin respues­ta: El lo haría cono­ci­do. Este fue el día amar­go guarda­do para ellos, pero habría un día mejor más allá de este juicio cuan­do ellos volverían a Jehová y dejarían su iniq­uidad (Cap 14).

Isaías y Miqueas pre­sen­tan clara­mente que las condi­ciones morales y espir­i­tuales en Judá fueron un poco mejor que las que tenían en Israel. Obser­vare­mos aque­l­las condi­ciones en nue­stro estu­dio de Isaías.

Mien­tras que Israel y Judá esta­ban con­sum­ién­dose en el lujo y pros­peri­dad recien­te­mente adquiri­da, había estru­en­do de invasión así como los nubar­rones de guer­ra asoma­ban ame­nazado­ra­mente en el norte y en el este. Una vez más Asiria tenía sus ojos sobre el este en tan­to que flex­ion­a­ba sus mús­cu­los mil­itares y hacía ame­nazas de con­quista mundi­al. Amós había sido especi­fi­co más de una vez al decir, “Un ene­mi­go ven­drá por todos lados de la tier­ra” (3:11) y “Una nación…que os oprim­irá des­de la entra­da de Hamat has­ta el arroyo de Ara­ba” (6:14), indi­can­do sola­mente la direc­ción des­de la cual ven­dría la aflic­ción y los lim­ites has­ta los cuales se exten­dería. Unos pocos años más tarde Oseas iden­ti­ficó especí­fi­ca­mente al adver­sario, dicien­do, “Ellos [la gente de Israel] com­erán vian­da inmun­da en Asiria” (9:3). Hablan­do del becer­ro de Bet-el dijo, “Aún será lle­va­do a Asiria como un pre­sente al rey Jareb” (10:6). En resumen, puesto que Israel había rec­haz­a­do a Jehová como su Dios y Rey, “Ellos no volverán a la tier­ra de Egip­to, sino que el asirio mis­mo será su rey, porque no se quisieron con­ver­tir” (11:5). La mis­ma pal­abra “Asiria” pro­du­jo ter­ror en los cora­zones de aque­l­los que lo oyeron, lle­van­do la mente a la nat­u­raleza ter­ri­ble de los juicios descritos por Oseas (13:16).

AsiriaMapa que corresponde a los tiempos de Isaias

Un breve resumen del surgimien­to de Asiria al poder servirá como un fon­do al libro de Isaías. Poco se conoce del peri­o­do prim­i­ti­vo de la his­to­ria de Asiria, excep­to aque­l­los datos pos­te­ri­ores a la mitad del ter­cer mile­nio A.C. Su población más antigua era cul­tural­mente infe­ri­or a la de Babilo­nia, pero supe­ri­or en energía y espíritu mil­i­tar. La his­to­ria más antigua de Asiria ya rev­ela su interés e influ­en­cia com­er­cial. Fueron estable­ci­das colo­nias com­er­ciales por don­d­e­quiera que la gente se sen­tía lo sufi­cien­te­mente fuerte debido a la pro­tec­ción de ellos. Estas colo­nias flo­recieron en el primer cuar­to del segun­do mile­nio antes de Cristo, y durante este tiem­po var­ios gob­ier­nos for­t­alecieron a la flo­re­ciente nación.[1] Parecía sin embar­go, que los asirios fueron lle­va­dos bajo el poder de la babilo­nia de Hamura­bi, el cual gob­ernó de 1728 a 1686 A.C.[2]

Durante el peri­o­do de quinien­tos años, de 1500–1000 A.C., var­ios gob­ier­nos poderosos con­tribuyeron grande­mente al desar­rol­lo de la flo­re­ciente nación. El primero en impor­tan­cia entre estos reyes y el que par­tic­u­lar­mente nos intere­sa, es Tiglath-pileser I (1116–1078 A.C.), el cual guió a la nación a nuevas alturas de poder y con­quista mil­i­tar. Su políti­ca era no mostrar mis­eri­cor­dia a sus ene­mi­gos; las noti­cias de su cru­el­dad pro­du­jo ter­ror en los cora­zones de aque­l­los a los cuales con­quistó. Esta políti­ca fue tam­bién adop­ta­da por sus suce­sores, y la cru­el­dad de Asiria llegó a ser el cas­ti­go del mun­do has­ta que su cap­i­tal, Nínive, cayó en el 612 A.C. Pero Tiglath-pileser no era sola­mente un gran guer­rero; era tam­bién un gran con­struc­tor de pala­cios, ciu­dades, y de fuertes plazas.

Con la muerte de Tiglath-pileser el poder de Asiria empezó a dec­li­nar, pero fue restau­ra­do por Ashur-dan II (932–910 A.C.) y su hijo Adad-nirari II (909–889 A.C.). Bajo el reina­do de este últi­mo fueron con­quis­tadas numerosas poten­cias. Adad-nirari con­tin­uó la políti­ca de cru­el­dad exce­si­va, no pre­sen­tan­do mis­eri­cor­dia a los pueb­los con­quis­ta­dos, incen­dian­do sus ciu­dades, decap­i­tan­do a miles, y des­ol­lan­do vivos a muchos. Cono­cer esto acer­ca de los asirios nos ayu­da a enten­der el ter­ror con el cual la pro­fecía de Oseas de los juicios inmi­nentes (13:16) deben haber afec­ta­do los cora­zones del pueblo de Israel.

El sigu­iente gob­er­nador asirio de interés a nue­stro estu­dio es Ashur-nasir-pal II (883–859 A.C.), el cual con­vir­tió a la arma­da asiria en la máquina de guer­ra mas grande cono­ci­da en ese tiem­po. Si bien era tam­bién un gob­er­nador sabio de su pueblo, era un guer­rero y un con­quis­ta­dor exce­si­va­mente cru­el, sobrepasan­do aún a su ante­cesor. Su cru­el­dad es repug­nante al corazón; es denun­ci­a­do por haber for­ma­do una torre cubier­ta con la piel de los ene­mi­gos des­ol­la­dos, ten­er empareda­dos a sus opo­nentes aban­donán­do­los a la muerte, y ten­er empal­a­dos a otro número incon­table en postes alrede­dor de la ciu­dad. Su con­quista se detu­vo en el Mar Mediter­rá­neo, en el cual cer­e­mo­ni­osa­mente lavó sus armas como con­quis­ta­dor de todo. Esto lo llevó cer­ca de la tier­ra de los hebre­os, pero no hay reg­istro de su entra­da en ella.

Su suce­sor, Shal­maneser III (859–824 A.C.), no sola­mente enfren­tó la tarea de empren­der con­quis­tas más lejanas, sino tam­bién reten­er el ter­ri­to­rio con­quis­ta­do por su padre, Ashur-nasir-pal. Sus con­quis­tas lo lle­varon más cer­ca de Israel que lo que cualquiera de sus pre­de­ce­sores había esta­do; en su pro­pio rela­to de la lucha en Qar­gar sobre el Río Orontes jus­to al noreste de Hamat, proclam­a­ba ten­er der­ro­ta­dos a veinte reyes. Entre ellos se con­ta­ban Acab de Israel y Ben­hadad de Dam­as­co.[3] El hecho es que Shal­maneser no sigu­ió ade­lante en esta vic­to­ria, y que aban­donó su min­u­ciosi­dad en cuestión. La batal­la era prob­a­ble­mente una atrac­ción.

Escri­bi­en­do de un peri­o­do pos­te­ri­or (781–746 A.C.), Schwantes dice, “Asiria sufrió otro peri­o­do de debilidad…una causa que con­tribuyó a la impo­ten­cia asiria esta vez era una pla­ga ter­ri­ble la cual dev­astó al país.”[4] Fue tam­bién durante esta época que Dios envió a Jonas a Nínive para predicar a esa ciu­dad pagana. Nadie duda de este peri­o­do de debil­i­dad asiria, uni­da con la pla­ga, con­tribuyeron a la bue­na dis­posi­ción con la cual tan­to el rey como el pueblo de Nínive atendiera el men­saje de Jonas.

En 745 A.C. un gen­er­al asirio se sub­levó y usurpó el trono, llamán­dose a si mis­mo Tiglat-pileser III, según el nom­bre de uno de los primeros grandes gob­er­nantes. El reinó de 745 a 727 A.C., y es en este pun­to de la his­to­ria de Israel y de Judá que tiene con­tac­to con Asiria, con una con­se­cuen­cia más sig­ni­fica­ti­va para el pueblo de Dios. Durante su reina­do, Tiglat-pileser III empezó la con­quista del norte de Israel y de Samaria. El juicio anun­ci­a­do por los pro­fe­tas esta­ba aho­ra en su camino.

La gente de Israel había escucha­do a los pro­fe­tas, los cuales envió Dios, la destruc­ción podría haber sido evi­ta­da. De hecho, en Judá un número sufi­ciente escuchó a los pro­fe­tas Isaías y Miqueas. Aten­di­en­do a sus men­sajes e influ­en­ci­a­dos por el buen rey Eze­quías, Judá evitó la cau­tivi­dad en este tiem­po.

Aho­ra parece evi­dente que Tiglat-pileser III es el Pul de la his­to­ria bíbli­ca — “Pul el rey de Asiria” a quien Man­a­hem pagó trib­u­to (2 Rey 15:19). Sin embar­go se sus­ci­ta una duda por la obser­vación de los cro­nistas de que “El Dios de Israel excitó el espíritu de Pul rey de los asirios, y el espíritu de Tiglat-pileser rey de los asirios” (1 Crón 5:26). ¿O eran estos dos reyes difer­entes, o son dos nom­bres para el mis­mo rey? Krael­ing dice que la iden­ti­dad de Pul como Tiglat-pileser fue estable­ci­da hace mucho tiem­po por las inscrip­ciones cuneiformes “las cuales mostra­ban que Pul (Pulu) era el nom­bre que se le dio como rey de Babilo­nia”.[5] Las ano­ta­ciones libres de la tra­duc­ción de Joseph Horner, “Y el Dios de Israel excitó el espíritu del rey Pul de Asiria, al igual que a Tiglat-pileser rey de Asiria, y los llevó (sin­gu­lar) lejos”, indi­can­do entonces que los dos nom­bres se refieren a un solo rey.[6]

Tiglat-pileser y los tres reyes que lo sucedieron afec­taron grande­mente la his­to­ria de Israel y de Judá. Estos reyes y su relación con Israel y Judá serán detal­la­dos en for­ma más amplia en el con­jun­to de este libro. Los cua­tro reyes asirios y los años de su gob­ier­no son:

Tiglat-pileser III, 745–727 A.C.

Shal­maneser V, 727–722 A.C.

Sargón II, 721–705 A.C.

Sena­que­rib, 705–681 A.C.

Tiglat-pileser III empezó la con­quista de Israel lle­van­do en cau­tivi­dad parte de las tribus del norte de Zab­ulón y de Nef­talí (Isa 9:1,2). Cuan­do fue siti­a­do por las fuerzas com­bi­nadas de los Reyes de Peka de Israel y del rey Rezin de Siria, el rey Acaz de Judá “envió emba­jadores a Tiglat-pileser rey de Asiria, dicien­do: Yo soy tu sier­vo y tu hijo; sube, y defién­deme de la mano del rey de Siria, y de la mano del rey de Israel” (2 Rey 16:7). El rey de Asiria respondió de bue­na gana a esta peti­ción, aunque a un alto cos­to para Judá y Acaz.

Shal­maneser V, otro gen­er­al mil­i­tar, sucedió a su padre Tiglat-pileser en el trono de Asiria y empezó el ase­dio con­tra Samaria lo cual resultó en la caí­da de la ciu­dad. Hay sin embar­go una pre­gun­ta, y con­siste en si la ciu­dad cayó bajo su direc­ción en el ase­dio y antes de su muerte, o bajo la direc­ción de su suce­sor, Sargón II. Esta pre­gun­ta lev­an­ta una segun­da: ¿Samaria cayó bajo los asirios en 722 o 721 A.C.? En un rela­to de sus cróni­cas, Sargón recla­ma que él destruyó la ciu­dad. Tam­bién de acuer­do a su reg­istro, 27290 israeli­tas fueron depor­ta­dos a Asiria, mien­tras que los cau­tivos de otras ciu­dades fueron lle­va­dos a la tier­ra con­quis­ta­da de Israel. Estos recién lle­ga­dos y los israeli­tas que per­manecieron allí se casaron entre ellos; los samar­i­tanos de los días de Jesús fueron sus descen­di­entes. Se ha sug­eri­do que Sargón pudo haber sido el gen­er­al que dirigió el ase­dio en los últi­mos días del sitio. El entonces clamó el hon­or de su con­quista cuan­do Shal­maneser murió. De cualquier for­ma podemos con­cluir que Samaria cayó cer­ca de finalizar el 722 o al empezar el 721. La pro­fecía de Oseas fue entonces dramáti­ca­mente cumpl­i­da.

A la muerte de Sargón (705 A.C.), su hijo Sena­que­rib heredó el trono. Es descrito por los his­to­ri­adores como un tal­en­toso coman­dante mil­i­tar pero de un carác­ter arro­gante, lo cual inspiró el odio de todos. Real­mente, así llevó a sus hijos a que lo mataran mien­tras que esta­ba ado­ran­do en la casa de su dios (Isa 37:38). Fue Sena­que­rib el que sitió a Jerusalén (701 A.C.) sola­mente para ten­er 185,000 de sus hom­bres destru­i­dos por Jehová a las puer­tas de la ciu­dad (Isa 37:36).

Antes de la invasión de cualquiera de estos reyes, Dios lev­an­tó a Amós y a Oseas a predicar en Israel, y a Isaías (740–700 A.C.) y a Miqueas (735–700 A.C.) para procu­rar regre­sar a Judá hacia El mis­mo. Isaías pare­ció haber hecho su pred­i­cación en Jerusalén, mien­tras que Miqueas, algu­nas veces lla­ma­do el pro­fe­ta de la vil­la o del cam­po, con­fin­a­ba sus esfuer­zos en gran parte de las ciu­dades más pequeñas al noreste y sud­este de Jerusalén.

En el 612 A.C. la cap­i­tal asiria de Nínive cayó ante los babilo­nios, los cuales fueron ayu­da­dos por los medos. La batal­la final entre los asirios y los babilo­nios fue dis­puta­da en Harán (609 A.C.), lle­van­do al fin de una de las naciones más cru­eles de la his­to­ria. La caí­da de Nínive es grá­fi­ca­mente descri­ta en la pro­fecía de Nahum. Se recono­cen sin embar­go las aporta­ciones de los asirios, ya que ellos sirvieron como un Esta­do más puli­do a las de la ame­naza de invasión de las hor­das bár­baras del norte y que ellos fomen­taron el desar­rol­lo de la arqui­tec­tura, de cier­tas cien­cias, la lit­er­atu­ra y la escul­tura. La trage­dia de su civ­i­lización era que sus avances más grandes fueron en las artes mil­itares, las cuales fueron usadas para la con­quista y la destruc­ción despi­ada­da de los pueb­los cer­canos.

Isaías, el hom­bre

Fue en el cen­tro de esta expe­ri­en­cia de tiem­pos incier­tos y de dis­tur­bio inter­na­cional en el cual cre­ció Isaías. El rey Uzías, uno de los mejores gob­er­nantes que reinó en Judá, dio una direc­ción hábil al pueblo, impul­san­do el com­er­cio, la agri­cul­tura, la explotación de los recur­sos nat­u­rales de la tier­ra y pro­gra­mas de con­struc­ción. Sin embar­go, como se indicó ante­ri­or­mente, su pros­peri­dad lo llevó a la cor­rup­ción que acom­paña a una ciu­dad pros­pera. La asposta­sia reli­giosa y la ado­ración de ído­los fueron acom­paña­dos por una cor­rup­ción políti­ca, cod­i­cia, rela­jamien­to social y deca­den­cia moral. Isaías, un hom­bre de carác­ter fuerte, con pro­fun­da fe en Dios, cora­je y con­vic­ción, fue el hom­bre al cual escogió en ese momen­to para lle­var la antor­cha de la ver­dad en medio de la oscuri­dad espir­i­tu­al. Hábil para tratar en cualquier clase, Isaías era efec­ti­vo en los cír­cu­los de sociedad, entre fal­sos ído­los reli­giosos y entre la gente común. El tuvo la mis­ión de hac­er volver a la gente hacia Jehová, advir­tien­do de ese modo la cau­tivi­dad en manos de los asirios. El demostró la ver­dad de este lla­ma­do. Jan Vale­ton, el más joven, dice de él: “Tal vez nun­ca ha habido otro pro­fe­ta como Isaías, el cual se pararía con su cabeza en las nubes y sus pies en la tier­ra sól­i­da, con su corazón en las cosas de la eternidad y su boca y sus manos en las cosas del tiem­po, con su espíritu en el con­se­jo eter­no de Dios y su cuer­po en el muy definido momen­to de la his­to­ria”.[7]Ver­dadera­mente, Isaías puede ser lla­ma­do el decano de los pro­fe­tas.

Poco se conoce de la vida per­son­al de Isaías. Lo que cono­ce­mos se deri­va del libro el cual lle­va su nom­bre y una pocas ref­er­en­cias en los libros históri­cos de la Bib­lia. Su nom­bre sig­nifi­ca “la sal­vación del Señor”, e indi­ca que su mis­ión era diri­gir a la gente al Señor, la úni­ca fuente de sal­vación. Sabe­mos que esta­ba casa­do y que su mujer era pro­fe­ti­za (Isa 8:3). Tuvo los menos dos hijos los cuales tenían nom­bres proféti­cos. Sear-Jasub (“un rema­nente volverá”), el may­or tenía la sufi­ciente edad para acom­pañar a su padre cuan­do se reunió con el rey Acaz al extremo del acue­duc­to del estanque de arri­ba (7:3). El nom­bre del segun­do hijo de Isaías era Maher-Salal-Has­baz (“El despo­jo se apresura, la pre­sa se pre­cipi­ta”, 8:3).

Todos los pro­fe­tas de Dios hablarían en relación con sus tiem­pos; ellos no hablaron o escri­bieron en for­ma abstrac­ta. Ellos tratarían con situa­ciones de la vida real y escri­bieron antes que nada, de su propia gen­eración, pero tam­bién a las gen­era­ciones que los sucedieron, la gente de todas las épocas las cuales pueden encar­ar situa­ciones económi­cas, políti­cas y morales sim­i­lares. Aunque se dirigió a sí mis­mo a los judíos de ese momen­to, Isaías puede ser lla­ma­do el pro­fe­ta del futuro, porque con­stan­te­mente apun­ta los even­tos que ven­drían. El ten­so futuro y el per­fec­to proféti­co, a los que se refieren como even­tos que ven­drían como si hubier­an ya ocur­ri­do, car­ac­ter­i­zan­do sus escritos des­de el prin­ci­pio has­ta el fin. El vio clara­mente el futuro de Judá, la destruc­ción de las naciones paganas, y el adven­imien­to de un Rey, el Mesías, el cual gob­ernaría con rec­ti­tud.

Del mis­mo libro apren­demos que Isaías no era sola­mente un pro­fe­ta sino tam­bién un gran estadista de una agu­da com­pren­sión de los asun­tos del mun­do de sus días. Se dice que Edmund Burke, el gran estadista inglés del siglo diecio­cho, habit­ual­mente leía sobre Isaías antes de asi­s­tir al Par­la­men­to y tuvo al pro­fe­ta en la más alta esti­mación. El pro­fe­ta fue con­se­jero de reyes, ponién­dose en un niv­el igual antes Dios y no temien­do con­denar los errores y señalar lo cor­rec­to. No sola­mente fueron tratadas estas condi­ciones inter­nas, jun­to con el poder cre­ciente de Asiria, sino que esta­ba tam­bién el prob­le­ma de Egip­to, el gran coco­dri­lo del sud­este, el cual esta­ba deter­mi­na­do a no renun­ciar a su pasa­da dom­i­nación mundi­al sin esforzarse. Esto llevó al desar­rol­lo de tres partes políti­cas en Judá durante el tiem­po de Isaías: la parte egip­cia, la cual abo­ga­ba por una alian­za con Egip­to en con­tra de Asiria; una parte asiria, la cual podría capit­u­lar a Asiria; y una parte de “Jehová” o nacional­ista guia­da por Isaías, el cual dirigió la leal­tad hacia el Señor como el úni­co camino a la sal­vación.

Isaías fue asimis­mo un gran refor­mador el cual con­denó los errores de la gente y apun­tó a Jehová como la fuente de toda con­duc­ta cor­rec­ta. Era sola­mente retor­nan­do a Jehová, rec­hazan­do toda idol­a­tría, y con­struyen­do sobre la roca sól­i­da de la ver­dad tal y como fue rev­e­la­da por Dios, que Judá podría evi­tar la destruc­ción. Los ído­los, la cor­rup­ción en el dominio políti­co, y la inmoral­i­dad de todo tipo debía ale­jarse. La gente debería apren­der a “esper­ar en Jehová”, per­mi­tién­dole a El diri­gir­los en lugar de escuchar las voces de sus fal­sos líderes.

Como teól­o­go (si pudiéramos usar la pal­abra con respec­to a su estu­dio y com­pren­sión de la nat­u­raleza ver­dadera y del carác­ter de Dios), Isaías fue sin igual. El vio al Señor como a un Rey, alto y exal­ta­do sobre toda creación y abso­lu­to en san­ti­dad y rec­ti­tud, y con­stan­te­mente enfa­tizó el con­trol de Jehová sobre las naciones y su des­ti­no. Las pal­abras rec­ti­tud y jus­ti­cia, los prin­ci­p­ios sobre los cuales Dios actúa siem­pre, ocur­ren repeti­da­mente en el men­saje de Isaías. El carác­ter ver­dadero y la nat­u­raleza de Dios serían rev­e­la­dos en la veni­da de Emmanuel (“Dios con nosotros”). Los con­cep­tos exal­ta­do y sub­lime de Jehová los cuales serían rev­e­la­dos en el que ven­dría es el pen­samien­to pre­dom­i­nante y lo que se enfa­ti­za en el libro. Si bien todo lo de los pro­fe­tas, los cuales escri­bieron en los días pos­te­ri­ores y de los even­tos de ese perío­do dijeron y pre­sen­taron cier­tos aspec­tos del Mesías que ven­dría, Isaías tuvo con mucho una visión más pro­fun­da y un con­cep­to más claro del Reden­tor. Este con­cep­to no sig­nifi­ca que no este de acuer­do con los otros pro­fe­tas, sino sim­ple­mente se hace notar que Dios dis­tin­guió a Isaías para ese propósi­to y así lo inspiró (1 Ped 1:10–12; 2 Ped 1:21).

Por 2a. de Cróni­cas sabe­mos que en for­ma adi­cional a su pro­fecía, Isaías escribió un rela­to de los hechos de Uzías; aparente­mente estos hechos no se rela­tan de nue­vo en los libros históri­cos de la Bib­lia ni en el libro rela­ciona­do con los nom­bres de los pro­fe­tas (2 Crón 26:22). Tam­bién sabe­mos que Isaías recordó una “visión” en la cual detal­ló “el resto de los hechos de Eze­quías, y sus bue­nas acciones” (2 Crón 32:32). No ten­emos un rela­to de la muerte de Isaías; ninguno de nosotros sabe­mos si vivió más allá del tiem­po de Eze­quías y den­tro del perío­do del reina­do de Man­asés. Hay una tradi­ción que dice que fue aser­ra­do bajo la orden de Man­asés. Esto se basa prin­ci­pal­mente sobre un libro apócri­fo, La Ascen­sión de Isaías. Además, Justi­no Már­tir en su diál­o­go con Tri­fo cen­sura a los judíos con la acusación “a quien [a Isaías] ust­edes aser­raron en una sier­ra de madera”.[8] Pero no hay una evi­den­cia sól­i­da de esto. Aún cuan­do nos gus­taría cono­cer más detalles de la vida per­son­al de Isaías, ellos no han sido rev­e­la­dos. En lugar de ello, el pro­fe­ta puso su aten­ción sobre “El San­to de Israel” y Su con­trol del des­ti­no de los hom­bres y de las naciones. Por lo menos sabe­mos que muerte de Isaías fue más feliz que las de la may­oría de los pro­fe­tas, pues vivió para ver el fru­to de sus labores — la mano de Dios evitó a Su pueblo ser der­ro­ta­dos por los asirios.

Isaías, el libro

Debido al número de capí­tu­los, el libro de Isaías es gen­eral­mente con­sid­er­a­do el más largo de todos los libros proféti­cos; pero pági­na por pági­na (en la ASV), es lig­era­mente más cor­to que Jere­mías y aprox­i­mada­mente equiv­a­lente a Eze­quiel. El con­tenido del libro no está siem­pre en orden cronológi­co, algo que en oca­siones pre­sen­ta difi­cul­tades al estu­di­ante. Por ejem­p­lo, el lla­ma­do del pro­fe­ta a su tra­ba­jo aparece en el capí­tu­lo 6 en lugar de hac­er­lo al ini­cio del libro. Una expli­cación ade­cua­da para esto podría no ser posi­ble, pero en el momen­to ade­cua­do hare­mos lo posi­ble por expli­car­lo. Es bas­tante posi­ble que los temas en el libro podrían haber sido escritos en sec­ciones de acuer­do al asun­to trata­do y reunidos más tarde den­tro del todo. Hay que recor­dar que el pro­fe­ta pro­fe­tizó sobre cir­cun­stan­cias vari­ables alrede­dor de un peri­o­do de cuarenta años.

Uno de los pun­tos fuertes del libro es su énfa­sis sobre la sal­vación por fe, pero era sobre las bases de la fe en Dios que la gente sería sal­va­da de sus deli­tos y de sus con­se­cuen­cias. George L. Robin­son llamó al libro la Epís­to­la de los Romanos del Antiguo Tes­ta­men­to, y esto bien describe su men­saje. El pueblo era urgi­do y ani­ma­do a esper­ar por el Señor, a esper­ar fer­vien­te­mente, a esper­ar, a esper­ar con fe.

El libro énfa­ti­za tam­bién que el Mesías traería a los Gen­tiles jun­to con los Judíos. La veni­da de alguien que sería una luz, trayen­do sal­vación a los pueb­los de todas las naciones. Tan­to Judíos como Gen­tiles serían parte de un gran reino espir­i­tu­al, uni­ver­sal en su alcance, gob­er­na­do por un Rey de rec­ti­tud. El por que los Judíos no podrían ver y acep­tar este gran propósi­to de Jehová tal y como es asen­ta­do más ade­lante por Isaías y cumpli­do en el Cristo que ven­dría ha sido un gran mis­te­rio. El pro­fe­ta sin embar­go, tuvo una expli­cación para ello: los Judíos cer­raron sus ojos, taparon sus oídos, y endurecieron sus cora­zones de tal man­era que ellos no pudieron acep­tar la ver­dad.

La pater­nidad úni­ca del libro de Isaías ha sido poco ata­ca­da por los críti­cos a través de un siglo; algunos excla­man que fueron dos Isaías (el escritor de los capí­tu­los 1–39 y el escritor de los capí­tu­los 40–66), algunos que tres, y otros dicen que el libro es una com­posi­ción de numerosos escritores descono­ci­dos. No está den­tro del alcance o de la nat­u­raleza de este vol­u­men entrar en una dis­cusión de esta cuestión, pero bas­ta decir que todos los eru­di­tos con­ser­vadores y que la evi­den­cia de los críti­cos no es con­clu­si­va. Robin­son apun­ta el hecho de que la expre­sión “el San­to de Israel” se men­ciona vein­ticin­co veces (actual­mente vein­tiséis) en Isaías, doce veces en los capí­tu­los 1–39, trece (actual­mente catorce) veces en los capí­tu­los 40–66, y sola­mente seis veces en otras partes.[10] En ninguno de los vein­tiún pasajes del Nue­vo Tes­ta­men­to donde el escritor o comen­tarista cita a Isaías y apela al pro­fe­ta por nom­bre, no hay ningu­na difer­en­cia o sospecha de que más de un Isaías haya escrito el libro rela­ciona­do con ese títu­lo. Que las citas del Nue­vo Tes­ta­men­to son sacadas de ambas divi­siones del libro es un tes­ti­mo­nio efec­ti­vo de su unidad. En resumen, el man­u­scrito com­ple­to de Isaías des­cu­bier­to en Qum­ran en 1947 y acep­ta­do por todos los eru­di­tos (has­ta donde sé), y que data del segun­do siglo antes de Cristo, no hace división entre los capí­tu­los 39 y 40. Esta es una fuerte evi­den­cia de que los que tran­scri­bieron tuvieron conocimien­to de un solo autor del libro. La sec­ción históri­ca, capí­tu­los 36–39, sirve como una con­clusión de la primera sec­ción del libro y como intro­duc­ción a la segun­da, unien­do de esta man­era a las dos. Acep­to y defien­do la unidad del autor de Isaías.

Alcance del Libro

Isaías fue el hom­bre del momen­to. Edu­ca­do en la ciu­dad de Jerusalén durante el próspero reina­do de Uzías, esta­ba com­ple­ta­mente famil­iar­iza­do con las condi­ciones políti­cas y sociales de su tiem­po. No sola­mente tenía una pro­fun­di­dad espir­i­tu­al y una com­pren­sión del carác­ter ver­dadero de Jehová como muy pocos hom­bres han lle­ga­do a poseer, sino que tam­bién tuvo una com­pren­sión amplia del movimien­to históri­co de su tiem­po. El pro­fe­ta observó como el poderoso impe­rio asirio, des­ti­na­do a con­ver­tirse en el azote de la tier­ra, se extendía a través del mun­do de aque­l­los días y arro­jaría su ame­nazado­ra som­bra sobre las naciones.

Den­tro de su pro­pio reino, Isaías vio los resul­ta­dos de la apos­tasía ante Dios: la deca­den­cia políti­ca, moral y social. El vio a Asiria, una nación lejana, como el instru­men­to de la mano de Dios para purificar a su pueblo en un inten­to de sal­var un rema­nente. Isaías empezó su pro­fecía con una descrip­ción de la apos­tasía de Judá, el lla­ma­do de Dios a venir y a razonar jun­tos, y Su ofrec­imien­to de perdón (capí­tu­lo 1). Esto fue segui­do por una visión de los días pos­te­ri­ores en los cuales el ide­al de Dios para Su ciu­dad de Sion sería real­iza­do (2:1–4). Inmedi­ata­mente volvería a trazar la condi­ción pre­sente de Judá, el pro­fe­ta denun­ció a los gob­er­nantes y a los jue­ces impíos, a los fal­sos pro­fe­tas y a las mujeres atavi­adas, los cuales con­tribuyeron con su parte a la inmoral­i­dad de la nación (2:5–4:1). Pero no siem­pre sería de esta man­era; a través de los efec­tos de purifi­cación del juicio de Dios even­tual­mente habría un rema­nente purifi­ca­do el cual se rego­ci­jaría en El (4:2–6). Isaías pro­cedió entonces a pro­nun­ciar ayes sobre var­ios seg­men­tos de la sociedad y a adver­tir sobre el juicio inmi­nente (capí­tu­lo 5). En este pun­to leemos sobre la muerte de Uzías, el pro­fe­ta recibió su lla­ma­do de Jehová para lle­var el men­saje de Dios de ruina y de esper­an­za a la gente (capí­tu­lo 6).

Hubo en Judá tan­to buenos como mal­os gob­er­nantes, pero aún entre los mejores hubo serias fal­tas. David cometió adul­te­rio, y entonces fue lle­va­do a cubrir su peca­do por el asesina­to. Salomón, el rey sabio que gob­ernó en paz, había intro­duci­do a la nación a la idol­a­tría y a lev­an­tar altares a los dios­es de sus difer­entes esposas. Uzías, uno de los mejores reyes de Judá, había sido induci­do por orgul­lo a entrar al san­tu­ario y a que­mar incien­so a Jehová, un acto lim­i­ta­do por la ley sola­mente a los sac­er­dotes.

Aún Eze­quías, en algu­nas cosas uno de los mejores reyes, era atraí­do a apo­yarse en Egip­to en lugar de hac­er­lo en Jehová para ayu­darse con­tra Asiria. Pos­te­ri­or­mente se per­mi­tió a sí mis­mo ser lle­va­do por la sober­bia a pre­sen­tar sus tesoros a los emba­jadores envi­a­dos para con­grat­u­larse sobre su recu­peración de la enfer­medad. Por este peca­do de Eze­quías, Judá sería lle­va­da a la cau­tivi­dad en Babilo­nia en algu­na fecha futu­ra (Isaías 39).

A la luz de estos errores por parte de los reyes que gob­ernaron sobre la gente de Dios, Isaías anun­ció que el Señor ele­varía un Rey el cual gob­ernaría con rec­ti­tud. Esto lle­ga a ser el mejor tema de Isaías (capí­tu­los 7–12). El Rey nac­ería de una vir­gen, una señal para la casa de David (capí­tu­lo 7); este even­to sería pre­ce­di­do por el cas­ti­go de los asirios (capí­tu­lo 8), trayen­do tinieblas a Israel. Pero even­tual­mente a aque­l­los a los cuales colocó en las tinieblas verían la luz, la luz de un nue­vo Rey, reino y glo­ria (9:1–7). Juicios severos son entonces pro­nun­ci­a­dos acer­ca de Efraín y de Judá (9:8–10:4); Estos son segui­dos por el anun­cio de que Asiria invadirá la tier­ra y la destru­irá (10:5–34). El pro­fe­ta alcan­za el clí­max con las pro­fecías de la veni­da del Vásta­go de la raíz de Isaí y Su reina­do (capí­tu­lo 11) y una can­ción de acción de gra­cias (capí­tu­lo 12).

Antes de la veni­da de este Rey espir­i­tu­al y Su reino, todas las naciones paganas de ese tiem­po, des­de la más grande has­ta la más pequeña, deberían ser juz­gadas y lle­vadas a un fin (capí­tu­lo 13–23). Con su destruc­ción el reino de Dios sobre­sal­dría de todos como el más glo­rioso. Esta procla­mación del juicio de las naciones paganas es segui­do por una pro­fecía de juicio mundi­al; Jehová es de nue­vo rev­e­la­do como Juez de las naciones y espe­cial­mente de la gran ciu­dad mundi­al, la cual sería aban­don­a­da a la ruina y a la des­o­lación. Esto delin­ea la caí­da de la Babilo­nia de Apoc­alip­sis 17 y 18. En este juicio mundi­al Jehová pro­te­gería a aque­l­los los cuales pusieron su con­fi­an­za en El (capí­tu­los 24–27). A Efraín, a Judá y a Jerusalén son dadas más adver­ten­cias y ame­nazas de Jehová, con énfa­sis espe­cial sobre el peli­gro de alian­zas con Egip­to. Hay pro­tec­ción sin embar­go, de la gra­cia even­tu­al de Jehová reinan­do sobre Su pueblo (capí­tu­los 28–33). Los futur­os de Edom (sím­bo­lo del mun­do) y de Sion (sím­bo­lo del pueblo espir­i­tu­al) son entonces con­trasta­dos (capí­tu­los 34 y 35). La primera de las dos partes may­ores de Isaías cier­ra con una sec­ción históri­ca. La inter­ven­ción div­ina frus­tra los esfuer­zos de Asiria para tomar Jerusalén. ¡ La fe gana la batal­la ! Esto es segui­do por el rela­to de la enfer­medad de Eze­quías y su recu­peración y la pre­sentación de los tesoros del reino a los men­sajeros de Mero­dac-bal­adán con lo cual Jehová pro­nun­cia que Judá será lle­va­da a Babilo­nia (capí­tu­los 36–39).

Con la vic­to­ria sobre Asiria y el ase­gu­ramien­to por Jehová de la cau­tivi­dad en Babilo­nia en una fecha futu­ra, el tra­ba­jo del pro­fe­ta era aho­ra preparar al pueblo para la cau­tivi­dad y ase­gu­rar­les el retorno de un rema­nente. La segun­da parte may­or del libro es el reg­istro de esta fase del tra­ba­jo de Isaías. El pro­fe­ta entra den­tro de una guer­ra con tesón con­tra los ído­los, fijan­do en ade­lante al Señor como una sola dei­dad (capí­tu­los 40–48). El nom­bró a Ciro el lib­er­ta­dor por medio del cual Dios los lev­an­taría (44:28–45:7). En medio de las pal­abras de alien­to, el ase­gu­ramien­to de lib­eración, las indi­ca­ciones de la inclusión de los Gen­tiles en el Plan de Dios, y las can­ciones del Mesías-Sier­vo el cual esta­ba por venir, Isaías dio garan­tías a las con­se­cuen­cias de los peca­dos más lejanos con­tra Jehová. Con la veni­da del Sier­vo apare­cería tam­bién Su glo­rioso reino, el cual se exten­dería mucho más allá de las fron­teras del primero (capí­tu­los 49–57). De nue­vo la Sion glo­riosa es descri­ta y la sal­vación es ase­gu­ra­da. El viejo orden pasaría y habría bue­nas nuevas y una nue­va tier­ra donde, después de una vic­to­ria com­ple­ta, los san­tos con­tem­plarían los cuer­pos muer­tos de sus ene­mi­gos (capí­tu­los 58–66).

Entonces fue dado a Isaías ver la tier­ra de Dios en la cuestión de su día y con­tem­plar­lo resolvien­do su propósi­to en la his­to­ria. A través de juicio sobre juicio, como una onda sigue a otra onda, el pro­fe­ta fue capaz de ver un rema­nente de san­tos fieles emergien­do, purifi­ca­dos, a través de los cuales Jehová traería ade­lante a Su Rey jus­to, Emmanuel (“Dios con nosotros”), y Su Reino inde­struc­tible el cual llenaría la tier­ra de mar a mar. La veni­da del Sier­vo-Rey y Su reino, un even­to el cual llenaría per­fec­ta­mente la pro­fecía de Isaías, man­tenién­dose como un Gibral­tar de evi­den­cia soste­nien­do la Pal­abra de Dios y como una con­de­nación eter­na de los judíos que rehusaron creer, y de los Gen­tiles que rehusaron escuchar.


[1] Siegfried J. Schwantes, A Short His­to­ry of the Ancient Near East (Grand Rapids: Bak­er, 1965), chs. 18–20.

[2] Joseph P. Free, Archae­ol­o­gy and Bible His­to­ry (Wheaton, Ill.: Van Kam­p­en, 1950), p. 33, n. 54, ver tam­bién pág. 81.

[3] George A. Bar­ton, Archae­ol­o­gy and the Bible His­to­ry, 7th. Ed. (Philadel­phia: Amer­i­can Sun­day-School, 1937),

pág. 458.

[4] Schwantes, Short His­to­ry, p. 122.

[5] Emil G. H. Kre­al­ing, Rand McNal­ly Bible Atlas (Chica­go: Rand McNal­ly, 1957), pág. 294.

 

[6] Free, Archae­ol­o­gy, pág. 196.

 

[7] Cita­do en George L. Robin­son, The Book of Isa­iah (Grand Rapids: Bak­er, 1954 reprint), pág. 22.

[8] Justi­no Már­tir Dia­logue with Trypho 120, en Ante Nicene Fathers (New York: Scrib­n­er, 1903), vol. 1, p. 259.

[9] Robin­son, Isa­iah, p. 14.

[10] Ibid. Sobre este pun­to de la unidad el estu­di­ante debe estu­di­ar intro­duc­ciones con­ser­vado­ras. Son sug­eri­dos dos libros cor­tos: Oswald T. Allis, The Uni­ty of Isa­iah (Philadel­phia: Pres­by­ter­ian and Reformed, 1950); Edward J. Young, Who Wrote Isa­iah? (Grand Rapids: Eerd­mans, 1958).

Intro­duc­ción

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