Jere­mías sufrió mucho odio y per­se­cu­ción en su vida, pero se man­tu­vo obe­di­ente.  Jere­mías es de gran inspiración para nosotros hoy.  A pesar de todo el odio y las expe­ri­en­cias difí­ciles que tuvo, a pesar que Jere­mías, por nat­u­raleza, era man­so, sen­si­ti­vo y reser­va­do, se man­tu­vo fiel a su tarea desagrad­able y es un ejem­p­lo de un pro­fe­ta obe­di­ente.

Él encon­tró su con­sue­lo y for­t­aleza en la prome­sa que el Señor le dio en su lla­ma­da “No ten­gas temor ante ellos, porque con­ti­go estoy para librarte.” (Jere­mías 1:8); y más ade­lante, Pelearán con­tra ti, pero no te vencerán, porque Yo estoy contigo–declara el SEÑOR–para librarte.” (1:19)

El lla­mamien­to de Jere­mías fue el esfuer­zo final de Dios para sal­var a Jerusalén.  Jere­mías vivió unos cien años después de Isaías.  Isaías había sal­va­do a Jerusalén de Asiria.  Jere­mías trató de sal­var­la de Babilo­nia, pero trági­ca­mente no pudo.  Jere­mías fue lla­ma­do al ofi­cio proféti­co en el año 626 aC.  Y pro­fe­tizó durante los gob­ier­nos de cin­co de los reyes de Judá: Josías (639–608 aC) – 31 años; Joa­caz (608 aC) – 3 meses; Joacim (608–597 aC) – 11 años; Joaquín (597 aC) – 3 meses; Sede­quías (597–586 aC) – 11 años.

Jerusalén fue destru­i­da en parte en 606 aC y dev­as­ta­da más 597 años antes de Cristo y final­mente que­ma­da y des­o­la­da en el año 586 antes de Cristo.  Jere­mías vivió durante esos ter­ri­bles cuarenta años.  “El final de la monar­quía’” o “La agonía de muerte de la nación” podrían ser títu­los de su libro proféti­co.

Cuan­do el buen rey Eze­quías murió, fue suce­di­do por su hijo, Man­asés.  Bajo Man­asés, el país se sumergió en la idol­a­tría.  Baal era ado­ra­do, se con­struyeron altares paganos, los niños eran sac­ri­fi­ca­dos a Moloch, el cul­to a las estrel­las fue insti­tu­i­do, etc.  Hom­bres y mujeres pros­ti­tu­tas, magos y bru­jas con­tro­la­ban el Monte del Tem­p­lo en Jerusalén.  Además de todo eso, los pro­fe­tas fueron persegui­dos.  La tradi­ción dice que Isaías fue aser­ra­do en esta época.  Fue un tiem­po muy malo.

Estos fueron cin­cuen­ta y cin­co años de oscuri­dad espir­i­tu­al y moral en Judá.  2 Reyes 21:9,16 resume la situación en Judá, por el lid­er­az­go hor­ri­ble de Man­asés, de la sigu­iente man­era, “Man­asés los hizo extraviar para que hicier­an lo malo más que las naciones que el SEÑOR había destru­i­do delante de los hijos de Israel…Además, Man­asés der­ramó muchísi­ma san­gre inocente has­ta llenar a Jerusalén de un extremo a otro, aparte de su peca­do con el que hizo pecar a Judá para que hiciera lo malo ante los ojos del SEÑOR.”

Por causa de Man­asés, Dios advir­tió que traería calami­dad sobre Jerusalén, Por cuan­to Man­asés, rey de Judá, ha hecho estas abom­i­na­ciones, habi­en­do hecho lo malo más que todo lo que hicieron los amorre­os antes de él, hacien­do pecar tam­bién a Judá con sus ído­los; por tan­to, así dice el SEÑOR, Dios de Israel: ‘He aquí, voy a traer tal calami­dad sobre Jerusalén y Judá, que a todo el que oiga de ello le retiñirán ambos oídos.  Exten­deré sobre Jerusalén el cordel de Samaria y la plo­ma­da de la casa de Acab, y limpiaré a Jerusalén como se limpia un pla­to, limpián­do­lo y volvién­do­lo boca aba­jo.  Aban­donaré al rema­nente de Mi heredad y los entre­garé en mano de sus ene­mi­gos, y serán para pre­sa y despo­jo para todos sus ene­mi­gos.” (2 R. 21:11–14).

Man­asés al fin fue lle­va­do pri­sionero a Asiria, unos 24 años antes de Jere­mías.  Allí volvió en sí y se arre­pin­tió del mal que hizo.  Cuan­do regresó a Palesti­na, trató de deshac­er el daño espir­i­tu­al que había hecho, pero no pudo deten­er la marea de la idol­a­tría.  Cuan­do Man­asés murió, fue suce­di­do por su hijo Amón, que ráp­i­da­mente re-insti­tuyó las prác­ti­cas inicuas de los primeros días de su padre.

Amón fue segui­do por su hijo Josías, el últi­mo rey bueno de Judá.  Josías comen­zó a bus­car a Jehová cuan­do él no era más que un mucha­cho de dieciséis años (2 Crón. 34:3).  Cuan­do tenía veinte años, trató de pur­gar la tier­ra de la idol­a­tría.  Él ini­ció una gran refor­ma, que, por más noble que fue, no era más que super­fi­cial y tem­po­ral.  La nación esta­ba en un cur­so pre­cip­i­ta­do a la destruc­ción, sólo era una cuestión de tiem­po.  Fue durante esta época que Jere­mías fue lla­ma­do a su min­is­te­rio proféti­co – en el dec­i­moter­cero año del rey Josias.

Jere­mías era una figu­ra soli­taria y patéti­ca, el últi­mo inter­me­dio de Dios para la Ciu­dad San­ta, que se había hecho irre­me­di­a­ble­mente y fanáti­ca­mente uni­da a los ído­los.  El tema prin­ci­pal de Jere­mías era un llan­to abier­to que si se arrepen­tían Dios los sal­varía de Babilo­nia.  A fin de cuen­tas sus súpli­cas cayeron en oídos sor­dos, sólo para ser recor­dadas por otra gen­eración.

El fon­do de los tiem­pos en que Jere­mías sirvió era este: Judá y Jerusalén habían per­di­do su día de gra­cia por el peca­do ver­gonzoso y el des­pre­cio de la Pal­abra de Dios y se apresura­ban a su perdi­ción.  De los cin­co reyes bajo quien pro­fe­tizó Jere­mías sólo Josías fue un gob­er­nante pia­doso.  Después de su muerte, sus suce­sores fueron muy mal­os.  Bajo el reina­do de Sede­quías el pueblo se fue de nue­vo en grue­so al pagan­is­mo y las prác­ti­cas inmorales.  La cod­i­cia, el asesina­to, el adul­te­rio, el robo y el per­ju­rio esta­ban desen­fre­na­dos.  La cor­rup­ción moral con­t­a­m­inó aun a pro­fe­ta y sac­er­dote (6:13; 8:10; 23:11–15).

Año tras año Jere­mías llegó al pueblo con men­sajes del Señor, pero ellos no quisieron escuchar y obe­de­cer.  Jere­mías fue mal­trata­do por casi todos.  Sus her­manos lo traicionaron (12:6).  Fue con­fronta­do por fal­sos pro­fe­tas (14:13).  Era malde­ci­do por todos (15:10).  El jefe del tem­p­lo ordenó que lo azo­taran y lo pusier­an en un cepo (20:1–2).  Sus com­pa­tri­o­tas trataron de matar­lo (26:8–11).  El rey Joacim que­mo el rol­lo que Jere­mías le envió de parte de Dios (36:20–23).  Fue encar­ce­la­do (32:2,3).  Fue persegui­do (36:26).  Fue azo­ta­do y apri­sion­a­do (37:15).  Fue arro­ja­do a un pozo y deja­do por muer­to (38:5–6).  Fue ata­do en cade­nas (40:1).  Fue acu­sa­do de men­tir a los que le con­sulta­ban (43:2).  La gente prefer­ía escuchar a los fal­sos pro­fe­tas que esta­ban predi­cien­do la paz y la pros­peri­dad (23:25–27).

Los Judíos se habían hecho necios, sin conocimien­to de Dios; astu­tos para hac­er el mal, pero incom­pe­tentes en hac­er el bien, Porque Mi pueblo es necio, no Me conoce; hijos tor­pes son, no son inteligentes. Astu­tos son para hac­er el mal, pero hac­er el bien no saben.” (4:22).  Se habían hecho irrev­er­entes, egoís­tas y ensimis­ma­dos.  Lit­eral­mente se hicieron moral­mente incom­pe­tentes.  Creían que ellos no podían caer.  Se les olvi­do que su mis­ma exis­ten­cia era por el favor que Dios tuvo por Abra­ham sig­los atrás.  Aho­ra se mira­ban a si fun­da­men­tal­mente supe­ri­or a todos – espe­cial, elegi­dos, inde­struc­tibles.

Por el peca­do de Judá, Dios había retenido las llu­vias y la cosecha del pueblo.  Y como ani­males sin algún sen­ti­do men­tal, ellos con­tin­uaron en rebe­lión.  Los ricos se com­pens­a­ban por lo que Dios había retenido con robar a los pobres de lo poco que tenían.

El pueblo de Dios no recibió la instruc­ción ni la obe­decieron.  Hicieron la decisión de cam­i­nar en sus propias ideas humanas y demostraron su terquedad.  Un esta­do de delirio regía en sus mentes, aún dices: ‘Soy inocente, cier­ta­mente Su ira se ha aparta­do de mí.” (2:35).  Creían que Dios no los iba a lla­mar a cuen­tas.

Se engaña­ban a sí mis­mos con la creen­cia que la ira de Dios se había aparta­do de ellos, porque habían dis­fru­ta­do la paz por mucho tiem­po, y porque la dev­astación de la tier­ra por sus ene­mi­gos, adver­tido por los pro­fe­tas ante­ri­ores, no se había cumpli­do inmedi­ata­mente.  Por esta con­fi­an­za arro­gante, Dios decidió con­tender con Su pueblo.

Ellos con­tin­uaron ofre­cien­do sac­ri­fi­cios a Dios, sin embar­go, el Señor no los acept­a­ba.  Dios deter­mi­no que Judá ten­dría que ser cas­ti­ga­do.  Serían des­o­la­dos, y nada podría deten­er el ejérci­to destruc­ti­vo.  Ten­drían que pagar las con­se­cuen­cias de su infi­del­i­dad hacia Dios.  No tenían un deseo ver­dadero por la ver­dad, y Dios le orde­na a Jere­mías que no ore por esta gente.

En cuan­to a ti, no ruegues por este pueblo, ni lev­antes por ellos clam­or ni oración, ni inter­cedas ante Mí, porque no te oiré.” (7:16).  Y lo repite, “Pero tú no ruegues por este pueblo, ni lev­antes por ellos clam­or ni oración; porque no escucharé cuan­do cla­men a Mí a causa de su aflic­ción.” (11:14).  Otra vez, Y el SEÑOR me dijo: No ruegues por el bien­es­tar de este pueblo.  Cuan­do ayunen, no escucharé su clam­or; cuan­do ofrez­can holo­caus­to y ofren­da de cere­al, no los acep­taré; sino que con espa­da, con ham­bre y con pesti­len­cia los destru­iré.” (14:11–12).  Y todavía más, “Entonces el SEÑOR me dijo: Aunque Moisés y Samuel se pre­sen­taran ante Mí, Mi corazón no estaría con este pueblo; écha­los de Mi pres­en­cia, y que se vayan.” (15:1).

La razón era que no tenían temor de Dios, no tenían vergüen­za por sus peca­dos, eran rebeldes, sigu­ieron su pro­pio camino en lugar de los caminos de Dios, no tenían conocimien­to de las leyes de Dios, se fueron a la avari­cia y la fal­sa enseñan­za, eran men­tirosos, eran engañosos y fueron engaña­dos por su propia razón, fuerza y ​​riquezas.  En resumen, un corazón endure­ci­do por el orgul­lo elim­inó toda esper­an­za de su arrepen­timien­to.

El pueblo de Dios había lle­ga­do al pun­to donde ya no podían arrepen­tirse – el pun­to de no volver.  Ya no tenían esper­an­za más que rendirse e irse cau­tivos a Babilo­nia (21:4–7).   Aunque ellos todavía esper­a­ban que Dios ven­dría a su rescate como había hecho en tiem­pos pasa­dos, la ver­dad era que serían der­ro­ta­dos, Así dice el SEÑOR: He aquí, pon­go delante de vosotros el camino de la vida y el camino de la muerte. El que se quede en esta ciu­dad morirá a espa­da, de ham­bre y de pesti­len­cia; pero el que sal­ga y se entregue a los caldeos que os sit­ian, vivirá, y ten­drá su propia vida como botín.” (21:5–10; 27:12).  Jere­mías tuvo la tarea impop­u­lar de decir­les al rey y al pueblo que debían rendirse a los caldeos.

Para los judíos, Jere­mías se veía como un traidor y cobarde porque les decía que se rindier­an a Babilo­nia.  No creían que era un pro­fe­ta de Dios.  Dios era un Dios de poder, y esper­a­ban oír pal­abras poderosas, de val­or y cora­je, no pal­abras débiles y cobardes de der­ro­to.  Las pal­abras de Jere­mías eran neg­a­ti­vas y negras.  Ellos querían luchar por la ciu­dad, y temían que algunos que lo oyer­an no estarían dis­puestos a luchar.  Ellos querían oír pal­abras luchis­tas, tri­un­fado­ras.

Los fal­sos pro­fe­tas con­sen­tían esos deseos y hacían a la gente olvi­darse de Dios (23:27).  Peor que esto, les ofrecían esper­an­zas vanas de sus propias fan­tasías, y les daban seguri­dad fal­sa, “Y curan a la lig­era el que­bran­to de mi pueblo, dicien­do: ‘Paz, paz’, pero no hay paz.” (6:14; 8:11).  Todos esta­ban impen­i­tentes y en negación de la real­i­dad y creían en prome­sas vacías.

Jere­mías era el úni­co que les decía que un perdón bara­to y un escape fácil del ejérci­to de Nabu­codonosor no era pal­abra de Dios.  La úni­ca man­era de sal­varse era con acep­tar la cau­tivi­dad por los babilo­nios.  De esta man­era les esta­ba dicien­do, “Acepten que han peca­do, y acepten su cas­ti­go.”  Entonces, Dios no destru­iría total­mente este lugar.

El pun­to era que tenían que pagar las con­se­cuen­cias de su infi­del­i­dad.  Tenían que acep­tar el cas­ti­go por sus vio­la­ciones con­tra pacto de Dios. No iban a escaparse sin con­se­cuen­cias; no podían ser restau­ra­dos sin acep­tar su cas­ti­go.  Habían lle­ga­do al pun­to que ya no podía Dios acep­tar­los sin que fuer­an respon­s­ables por sus hechos, por sus acciones.  La jus­ti­cia de Dios esta­ba en la bal­an­za.

Como hijos des­obe­di­entes, ten­drían que ser escar­men­ta­dos para que nun­ca se olvi­daran que Dios no puede ser burla­do. No os engañéis; Dios no puede ser burla­do, pues todo lo que el hom­bre siem­bre, eso tam­bién segará.”  (Gálatas 6:7).  Ellos habían sem­bra­do la cod­i­cia, homi­cidio, adul­te­rio, robo, men­ti­ra, engaño y el lib­erti­na­je, aho­ra tenían que segar las con­se­cuen­cias.

Y de nada les servía llo­rar y rog­ar, gemir y gri­tar, o aun arrepen­tirse, “Porque así dice el SEÑOR: Incur­able es tu que­bran­to,  y grave tu heri­da.  No hay quien defien­da tu causa para sanarte; no hay para ti med­i­c­i­na efi­caz.  Todos tus enam­ora­doste olvi­daron; no te bus­can, porque te herí como hiere un ene­mi­go, con azote de adver­sario cru­el, a causa de la mag­ni­tud de tu mal­dad y de tus muchos peca­dos.  ¿Por qué gri­tas a causa de tu que­bran­to?  Incur­able es tu dolor, porque por la grandeza de tu iniq­uidad y por tus muchos peca­dos te he hecho esto.” (Jere­mías 30:12–15).

Esta lec­ción es dura.  Esta es una med­i­c­i­na amar­ga para tra­gar, pero está bien estable­ci­da en las Escrit­uras.  Las acciones tienen con­se­cuen­cias.  Esaú vendió su heren­cia por un pla­to de comi­da, y aunque se arre­pin­tió y lloro amarga­mente, nun­ca jamás pudo recu­per­ar la heren­cia per­di­da (Gén. 27:34).  David cometió adul­te­rio y tra­to de taparlo con homi­cidio, y aunque fue per­don­a­do, tuvo que pagar las con­se­cuen­cias por el resto de su vida (2 Sam. 12).  Ananías y Safi­ra mintieron por avari­cia y fueron cas­ti­ga­dos con muerte inmedi­ata­mente (Hechos 5).

Este lado de Dios no es muy pop­u­lar, ni muy anun­ci­a­do.  Hoy mejor quer­e­mos saber del Dios que hace todo bien por nosotros.  El Dios que todos quer­e­mos es un Dios benev­o­lente que es una fuerza para el bien que se pre­ocu­pa por todas las per­sonas, que llo­ra en todos los con­flic­tos, y que con­suela a todos.  Nadie quiere un Dios que cas­ti­ga.

Muchos razo­nan que si creemos que Dios cas­ti­ga no podemos, al mis­mo tiem­po, creer que es un Dios que ama.  Y si creemos que Dios es amor, no podemos al mis­mo tiem­po creer que cas­ti­ga.  ¿En serio?  ¿Es el cas­ti­go nece­sari­a­mente opuesto al amor?  ¿Un padre no puede ser car­iñoso, bueno, benévo­lo, y a la vez ser estric­to, exi­gente y serio?  ¿De dónde hemos apren­di­do esas ideas, sino de una cul­tura que fomen­ta la indul­gen­cia?

La sev­eri­dad de Dios se volteó con­tra Adán y Eva cuan­do pecaron en el Jardín del Edén.  El após­tol Pedro usa tres ilus­tra­ciones para acen­tu­ar la sev­eri­dad de Dios en 2 Pedro 2:4–6.  Dice lo sigu­iente: (1) Dios no per­donó a los ánge­les que pecaron, sino que los arro­jo al infier­no, (2) Dios no per­donó al mun­do antiguo, pero sal­vo a Noé, y (3) Dios se apartó de las ciu­dades de Sodoma y Gomor­ra, reducién­dolas a ceniza.  En el desier­to, cuan­do el pueblo de Dios pecó, cayeron, y muchas veces fueron destru­i­dos (1 Cor. 10:8–10).

Es esen­cial que reconoz­camos que la bon­dad y la sev­eri­dad de Dios son condi­cionales. porque si Dios no per­donó a las ramas nat­u­rales, a ti tam­poco te per­donará.  Mira, pues, la bon­dad y la sev­eri­dad de Dios: la sev­eri­dad cier­ta­mente para con los que cayeron, pero la bon­dad para con­ti­go, si per­maneces en esa bon­dad, pues de otra man­era tú tam­bién serás elim­i­na­do.” (Romanos 11:21–22).

La mis­eri­cor­dia de Dios siem­pre, sin excep­ción, incluye el reconocimien­to del peca­do, el cam­bio de mente y corazón y la aspiración de una bue­na con­cien­cia hacia Dios (1 Pedro 3:21).  Dios es bueno para con todos los que acep­tan Su bon­dad y severo para con los que la rec­haz­an.  Debido a la libre vol­un­tad del hom­bre, no hay mucho que Dios puede hac­er por aque­l­los que lo nie­gan.  El libre albedrío fue dado a nosotros como un don y podemos uti­lizar­lo para propósi­tos jus­tos o podemos abusar­lo para propósi­tos mal­os.  Depende de nosotros como indi­vid­u­os de ele­gir las causas y los efec­tos, las acciones y los resul­ta­dos, las obras y las con­se­cuen­cias.

Ust­ed nun­ca cono­cerá al Dios ver­dadero si sólo pien­sa en Su bon­dad.  Y nun­ca cono­cerá al Dios ver­dadero si sólo mora en Su sev­eri­dad.  Si quiere saber quién es Dios, no sim­ple­mente proyecte su propia imag­i­nación o intu­ición en Él, nece­si­ta tomar en cuen­ta Su bon­dad y Su sev­eri­dad, Su mis­eri­cor­dia y Su juicio, Su amor y Su ira.  Dios pre­sionó estas ver­dades en las mentes y los cora­zones de Su pueblo por la cau­tivi­dad Babilóni­ca.

Una de las real­i­dades más difí­ciles para algunos de nosotros de apren­der es que nues­tras acciones tienen con­se­cuen­cias.  Todo lo que hace­mos nos afec­ta a nosotros o a otros, y por lo gen­er­al a ambos.  Les enseñamos a nue­stros hijos a una edad tem­prana “¡No pegues!” y “¡No muer­das!” y una serie de otros “¡No hagas!” porque nues­tras acciones pueden herir a otras per­sonas.  Les esta­mos enseñan­do que nues­tras acciones traen con­se­cuen­cias.  Les enseñamos a evi­tar la lum­bre y las super­fi­cies calientes y jugan­do en la calle, porque las con­se­cuen­cias pueden ser extremada­mente dañosas.

Algunos, sin embar­go, son lentos para apren­der esas lec­ciones.  Muchos, aparente­mente, tienen que apren­der “por las malas” a través del sufrim­ien­to de las con­se­cuen­cias de sus acciones.  ¡Las con­se­cuen­cias!  Con demasi­a­da fre­cuen­cia, ten­emos la ten­den­cia de cul­par a otros por algo que es el resul­ta­do de nues­tras propias deci­siones o acciones.  Job dijo, “Por lo que yo he vis­to, los que aran iniq­uidad y los que siem­bran aflic­ción, eso sie­gan.” (Job 4:8).

Como sociedad, nosotros con­sen­ti­mos y hace­mos excusas por la mala con­duc­ta.  La igno­ramos y esper­amos que el mal com­por­tamien­to se vaya.  Bus­camos a quien cul­par.  Con­stru­imos más cárce­les.  Vemos el prob­le­ma, pero no nos gus­ta lo que vemos, así que pre­tendemos que no está allí.  No oblig­amos a nadie que sea respon­s­able por nada.  Pero eso sólo per­mite el mal que siga y se empe­o­re, como vemos con el caso de los judíos.  Es muy impor­tante apren­der la lec­ción que Dios dura­mente enseñó a los judíos.

Para Dios es mucho más impor­tante el carác­ter de las per­sonas que la inco­mo­di­dad y el dolor que sen­ti­mos del cas­ti­go.  A veces la gente tiene que sufrir las con­se­cuen­cias de su mal com­por­tamien­to, de hac­er malas deci­siones e igno­rar las adver­ten­cias.  Todos ten­emos que apren­der a ser respon­s­ables por sí mis­mos.  Es mucho mejor acep­tar las con­se­cuen­cias valien­te­mente que huir­las como niños.  Es más reme­di­ador acep­tar el cas­ti­go sin que­jarse que bus­car man­eras de escapar la obligación.  Es más cura­ti­vo acep­tar los golpes de nue­stros errores y recibir escarmien­to por nues­tras malas deci­siones que tratar de escapar la pena.  Apren­demos mucho más en el dolor del cas­ti­go que en la evasión de la respon­s­abil­i­dad.

Lo que nece­si­ta­mos más que todo es el sen­ti­do de la respon­s­abil­i­dad.  Dios deter­mi­no que Su pueblo nece­sita­ba vivir bajo la mano dura de Nabu­codonosor en Babilo­nia por seten­ta años para que aprendier­an a ser respon­s­ables por sus hechos.  La con­tabil­i­dad es de suma impor­tan­cia para Dios.  Algunos oyeron el men­saje de Jere­mías y obe­decieron y se fueron a Babilo­nia.  Otros fueron rebeldes y se quedaron en Judá o huyeron a Egip­to.

Pero, después del cas­ti­go, Dios prom­ete la restau­ración y el aliv­io para todos aque­l­los que acep­taron su peca­do y dócil­mente se rindieron a la cor­rec­ción del SEÑOR.  Jere­mías les dice que el cau­tive­rio no sería para siem­pre, “Pues así dice el SEÑOR: ‘Cuan­do en Babilo­nia se cum­plan los seten­ta años, Yo os vis­i­taré y cumpliré Mi bue­na pal­abra de haceros volver a este lugar.” (29:10).  Y más ade­lante dice, “Porque Yo te devolveré la salud, y te sanaré de tus heridas”–declara el SEÑOR…” (30:17).

En otras pal­abras, cuan­do haya pro­duci­do el resul­ta­do apropi­a­do ven­dría el aliv­io de la mano de Dios, “Porque no rec­haza para siem­pre el Señor,antes bien, si aflige, tam­bién se com­pade­cerá según Su gran misericordia.Porque El no cas­ti­ga por gus­to, ni aflige a los hijos de los hom­bres.” (Lamenta­ciones 3:31–33).  Ningún padre cas­ti­ga para siem­pre, él odia la vara tan­to como tu; sola­mente desea usar­la para la razón que debe hac­er­nos dis­puestos a recibir­la, es saber, lo que obra para nue­stro bien duradero.

En Jere­mías 24, Dios com­para a los habi­tantes de Judá a dos canas­tas de higos.  Una canas­ta con­tenía higos muy buenos, mien­tras que la otra con­tenía higos muy mal­os y podri­dos.  Los higos mal­os rep­re­senta­ban a aque­l­los que se rebe­laron y no admi­tieron su fal­ta ni acep­taron el cas­ti­go.  Ellos se quedarían en la tier­ra de Judá y ser­ian suje­ta­dos a la ira de Dios.  Ellos se harían el opro­bio y refrán de todos.  Ser­ian la burla y maldición de las naciones, y ser­ian dis­per­sa­dos por todas partes.

Los higos buenos rep­re­senta­ban el remante obe­di­ente que se rindieron a Babilo­nia.  Esos ser­ian inclu­i­dos en el plan mis­eri­cor­dioso y per­fec­to de Dios.  Ellos serían los dester­ra­dos, pero favore­ci­dos, Así dice el SEÑOR, Dios de Israel: ‘Como a estos higos buenos, así con­sid­er­aré como buenos a los dester­ra­dos de Judá que yo he echa­do de este lugar a la tier­ra de los caldeos. Porque pon­dré mis ojos sobre ellos para bien, y los traeré de nue­vo a esta tier­ra; los edi­fi­caré y no los der­rib­aré, los plan­taré y no los arran­caré. Y les daré un corazón para que me conoz­can, porque yo soy el SEÑOR; y ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios, pues volverán a mí de todo corazón.” (24:5–7).

La lec­ción para nosotros es que nun­ca debe­mos huir del juicio divi­no.  El juicio divi­no es para nue­stro bien.  No debe­mos tratar de evi­tar el cas­ti­go que mere­ce­mos.  Jonás aprendió esta lec­ción de una man­era muy extra­or­di­nar­ia cuan­do estu­vo en el vien­tre de un gran pez has­ta reca­pac­itó.   Todos ser­e­mos expuestos a la dis­ci­plina del Señor, … ¿qué hijo es aquel a quien el padre no dis­ci­plina?” (Heb. 12:7).  Es mejor acep­tar nues­tra fal­ta y rendirnos.  David dijo: “Bueno es para mí ser afligi­do, para que apren­da Tus estatu­tos.” (Salmos 119:71).  El cas­ti­go como dis­ci­plina es parte de nue­stro crec­imien­to.

Tam­bién apren­demos que Dios nun­ca nos azo­ta más de lo que podemos sopor­tar como Caín reclamo, Mi cas­ti­go es demasi­a­do grande para sopor­tar­lo.” (Gen 4:13); sino es más como David dijo, Con­tra Ti, con­tra Ti sólo he peca­do, y he hecho lo malo delante de Tus ojos, de man­era que Eres jus­to cuan­do hablas, y sin reproche cuan­do juz­gas.” (Sal. 51:4).  Los que le sacan al cas­ti­go de Dios nun­ca dis­fru­taran las cari­cias de restau­ración de Su mano alivi­ado­ra.

Otra lec­ción es que Dios cas­ti­ga, pero tam­bién alivia.  Para los judíos parecía que el cau­tive­rio era malo para ellos, pero era para su bien per­petuo.  Aunque por lo pron­to el cas­ti­go nun­ca parece bueno, a lo largo nos hace mejores per­sonas, Al pre­sente ningu­na dis­ci­plina parece ser causa de gozo, sino de tris­teza; sin embar­go, a los que han sido ejerci­ta­dos por medio de ella, les da después fru­to apaci­ble de jus­ti­cia.” (Heb. 12:11).

Una lec­ción muy impor­tante es que los que sufren no nece­sari­a­mente son los desafor­tu­na­dos.  Aunque muchos creyeron que los dester­ra­dos eran los arru­ina­dos y los que se quedaron en Judá los afor­tu­na­dos, Dios fue el provee­dor y pro­tec­tor de los dester­ra­dos en la cau­tivi­dad, como vemos en el caso de Daniel y sus ami­gos.  Dios estu­vo con ellos y los puso en puestos hon­ra­dos. Es una ver­dad históri­ca que cuan­do los judíos lle­garon a Babilo­nia, fueron trata­dos razon­able­mente bien.

Cuan­do nosotros acep­ta­mos la cor­rec­ción, Dios nos favorece, “Si soportáis la dis­ci­plina, Dios os tra­ta como a hijos…” (Heb. 12:7).  Cuan­do nos rebe­lam­os con­tra la cor­rec­ción, Dios nos repu­dia, “Pero si se os deja sin dis­ci­plina, de la cual todos han sido par­tic­i­pantes, entonces sois bas­tar­dos, no hijos.” (Heb. 12:8).

Eso nos lle­va a la sigu­iente lec­ción, que el juicio no nece­sari­a­mente quiere decir que Dios nos ha aban­don­a­do.  Mien­tras haya vida y alien­to nun­ca debe­mos perder la esper­an­za de que Dios nos restau­rara si nos rendi­mos a Sus azotes.  El cas­ti­go divi­no no destruye, sino sólo cor­rige.

Cada día que viene es la mis­eri­cor­dia de Dios que nos da una opor­tu­nidad más para cor­re­girnos, “Hijo mío, no menos­pre­cies la dis­ci­plina del Señor ni des­mayes cuan­do eres repren­di­do por Él, porque el Señor al que ama, dis­ci­plina, y azo­ta a todo el que recibe por hijo.” (Heb. 12:5–6).

Piense en los que han muer­to sin rec­on­cil­iarse y están para siem­pre, eter­na­mente y per­pet­u­a­mente exclu­i­dos de la pres­en­cia de Dios, encer­ra­dos con los demo­ni­os y en la deses­peración; des­ig­na­dos a la negru­ra de oscuri­dad por toda la eternidad.  Con­traste el des­ti­no de ellos con el cas­ti­go momen­tá­neo de aquí.  Aun seten­ta años son cor­tos en com­para­ción.

Los judíos en Babilo­nia no esta­ban en la tum­ba ni habían sido echa­dos al infier­no, por tan­to tenían esper­an­za, “Si dejaran sus hijos Mi Ley y no andu­vier­an en Mis juicios, si pro­fa­naran Mis estatu­tos y no guardaran Mis man­damien­tos, entonces cas­ti­garé con vara su rebe­lión y con azotes sus mal­dades.  Pero no quitaré de él Mi mis­eri­cor­dia ni fal­taré a Mi fidel­i­dad.  No olvi­daré Mi pacto ni mudaré lo que ha sali­do de Mis labios.” (Salmos 89:30–33).

Dios siem­pre cas­ti­ga a los que ama cuan­do se apartan de Su leyes, pero nun­ca los aban­dona por com­ple­to, “…Pero Tú eres un Dios de perdón, clemente y com­pa­si­vo, lento para la ira y abun­dante en mis­eri­cor­dia, y no los aban­donaste.” (Nehemías 9:17).  Nosotros tam­bién hace­mos errores hoy en día, y Dios tam­bién nos cas­ti­ga, pero nun­ca nos aban­dona, si acep­ta­mos el mal que hace­mos y el cas­ti­go que viene en con­se­cuen­cia.

Jere­mías advir­tió a la gente por muchos años que el juicio esta­ba lle­gan­do, basa­do en lo que Dios le había rev­e­la­do.  Hoy ten­emos otro día de juicio que viene.  Una gran sep­a­ración se lle­vara a cabo.  El Señor Jesu­cristo dijo, Pero cuan­do el Hijo del Hom­bre ven­ga en Su glo­ria, y todos los ánge­les con El, entonces se sen­tará en el trono de Su glo­ria; y serán reunidas delante de Él todas las naciones; y sep­a­rará a unos de otros, como el pas­tor sep­a­ra las ove­jas de los cabri­tos. Y pon­drá las ove­jas a Su derecha y los cabri­tos a Su izquier­da. Entonces el Rey dirá a los de Su derecha: ‘Venid, ben­di­tos de mi Padre, heredad el reino prepara­do para vosotros des­de la fun­dación del mun­do.” (Mateo 25:31–34).

En cuan­to al juicio venidero y deter­mi­nan­do donde pasara ust­ed la eternidad, hay dos canas­tas – higos buenos e higos podri­dos, ove­jas y cabras, sal­va­dos y per­di­dos – no hay ter­reno neu­tral, ningún pun­to medio.  No hay una ter­cera canas­ta para los que rehusaron obe­de­cer la adver­ten­cia, y sin embar­go fueron per­sonas bue­nas o buenos ciu­dadanos.  Todavía hay tiem­po.  Ust­ed puede escoger en cual canas­ta pertenece.  El Señor Jesu­cristo puede tomar lo podri­do y hac­er­lo limpio.  Pero, ¡tienes que rendirte!

Un ser humano mol­da sus con­se­cuen­cias tan cier­to como cul­ti­va sus bienes o su vivien­da.  Nada de lo que dice, pien­sa o hace es sin con­se­cuen­cias. (Nor­man Cousins​​)

Aunque somos libres para ele­gir nues­tras acciones, no somos libres para ele­gir las con­se­cuen­cias de nues­tras acciones.” (Stephen R. Cov­ey)

Recuerde una cosa de la democ­ra­cia.  Podemos ten­er todo lo que quer­e­mos y, al mis­mo tiem­po, siem­pre ter­mi­namos con exac­ta­mente lo que mere­ce­mos.” (Edward Albee)

Todo el mun­do, tarde o tem­pra­no, se sien­ta a un ban­quete de con­se­cuen­cias.” (Robert Louis Steven­son)

¡Siem­bren para ust­edes en jus­ti­cia!  ¡Segad para ust­edes en mis­eri­cor­dia!  ¡Pón­ganse a labrar el bar­be­cho!  ¡Ya es tiem­po de bus­car al Señor!, has­ta que Él ven­ga y les envíe llu­vias de jus­ti­cia.” (Oseas 10:12)

Acep­ta Tu Cas­ti­go

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Recien­te­mente he tenido ocasión de oír per­sonas que yo esti­mo con­fe­sar que se sien­ten indig­nos.  Y en ver­dad, ha habido oca­siones que tam­bién yo he sen­ti­do eso de mi mis­mo.  Si soy hon­esto, libre­mente con­fieso que fal­to muy lejos en ser la per­sona que anh­elo ser.  Con el após­tol Pablo en Romanos 7, yo tam­bién declaro que muchas veces hago el mal que no quiero hac­er, y el bien que quiero, no lo hago.  Eso me hace un pecador repet­i­ti­vo y en las pal­abras del após­tol Pablo, una per­sona “mis­er­able.”

 

Yo sospe­cho que muchos luchamos o hemos lucha­do con este sen­timien­to.  Algunos luchamos con este sen­timien­to todas nues­tras vidas.  Como padres, a menudo sen­ti­mos que no hemos hecho buen tra­ba­jo – sen­ti­mos que no hemos hecho lo sufi­ciente.  Y como mari­dos o esposas, tam­bién suf­rimos esta tor­tu­ra.  Hace­mos algo necio o las­ti­mamos a nue­stro cónyuge de algu­na man­era, y sen­ti­mos que nue­stro mejor sim­ple­mente no es sufi­ciente.

 

La indig­nidad tam­bién nos afec­ta en nue­stro ser­vi­cio espir­i­tu­al.  Cuan­do las cosas no resul­tan como esperábamos o queríamos, sen­ti­mos que nun­ca podremos ser bas­tante com­pe­tentes.  Hay mucha gente que se ha descal­i­fi­ca­do de servir a Dios porque pien­san que no son sufi­ciente buenos; por algo que han hecho en el pre­sente o en el pasa­do.

 

Los psicól­o­gos prob­a­ble­mente le dirían que sen­timien­tos de desmerec­imien­to no son salud­ables.  Los hom­bres a menudo gas­tan mucho esfuer­zo en tratar de con­vencer­nos de echar fuera sen­timien­tos de despres­ti­gio – que esos sen­timien­tos nos detienen de max­i­mizar nue­stro poten­cial humano.  Pero mi propósi­to en este estu­dio no es max­i­mizar su poten­cial humano.

 

La Bib­lia clara­mente enseña que el poten­cial humano es pecaminoso y cor­rup­to, por cuan­to los designios de la carne son ene­mis­tad con­tra Dios, porque no se suje­tan a la Ley de Dios, ni tam­poco pueden; y los que viv­en según la carne no pueden agradar a Dios.” (Romanos 8:7–8).  La real­i­dad del asun­to es que ten­emos bue­na razón por sen­tirnos indig­nos.  Cubrien­do nue­stros peca­dos e imper­fec­ciones con una capa fini­ta de autoes­ti­ma sim­ple­mente no cor­rige el prob­le­ma.

 

La úni­ca man­era de poder enten­der nue­stro con­flic­to a fon­do nece­si­ta­mos primero enten­der que hay una base bíbli­ca por nue­stros sen­timien­tos de indig­nidad.  El após­tol Pablo escribió, por cuan­to todos pecaron y no alcan­zan la glo­ria de Dios.” (Romanos 3:23).  El pasaje dice “no alcanzan la glo­ria de Dios” en ten­so pre­sente.  No es algo que era ver­dad en un tiem­po y después se cor­rigió, sino es algo que sigue sien­do ver­dad.  Por más que hag­amos siem­pre cae­mos cor­tos de la expec­ta­ti­va – eso es ser humano.

 

Todo el mun­do es cul­pa­ble de no ser per­fec­to.  Job era un hom­bre intach­able, rec­to, temeroso de Dios y aparta­do del mal, sin embar­go declaro, “¿Qué es el hom­bre para que sea puro, o el naci­do de mujer para que sea jus­to?  He aquí, Dios no con­fía en sus san­tos, y ni los cie­los son puros ante sus ojos; ¡cuán­to menos el hom­bre, un ser abom­inable y cor­rompi­do, que bebe como agua la iniq­uidad!” (Job 15:14–16). 

 

San­ti­a­go, que era medio her­mano del Señor, escribió, Porque todos tropezamos de muchas man­eras…” (San­ti­a­go 3:2).  Y el após­tol Juan dijo, Si dec­i­mos que no ten­emos peca­do, nos engañamos a nosotros mis­mos…” (1 Juan 1:8).  Y nosotros no somos mejores que ellos.  Todos hemos men­ti­do.  Todos hemos tenido mal­os pen­samien­tos.  Hemos roba­do, engaña­do, sido infieles, ingratos y…pues, imper­fec­tos por todo el tiem­po que hemos vivi­do.  No podemos evi­tar­lo – es parte de lo que somos. 

 

Para algunos es una parte más grande que otros; pero el pun­to es que todos somos per­sonas caí­das.  Y no impor­ta que tan fuerte trate­mos de hac­er el bien, de ser buenos y de influir a otros a hac­er y ser lo mis­mo, sim­ple­mente no hay man­era de vivir sin hac­er errores.

 

Las acciones más san­tas del san­to más con­sagra­do que haya vivi­do están todas más o menos llenas de defec­tos e imper­fec­ciones.  Las obras más con­sagradas del ser humano son o mal en su moti­vo o defec­tu­osas en su prác­ti­ca.  Las obras más esplen­di­das del hom­bre en sí mis­mas no son más que imper­fec­ciones esplen­di­das, que mere­cen la ira de Dios y la con­de­nación, Todos nosotros somos como el inmun­do, y como trapo de inmundi­cia todas nues­tras obras jus­tas…” (Isaías 64:6).

 

Este es un men­saje muy nece­sario para una gen­eración de cris­tianos que tienen una idea exager­a­da de su propia impor­tan­cia.  Aparte de la gra­cia de Dios, aun nue­stros mejores esfuer­zos son nada más que peca­dos esplen­di­dos.  En mis mejores momen­tos, que son muy pocos, me doy cuen­ta que aun mis mejores esfuer­zos caen den­tro la cat­e­goría de insu­fi­cien­cias esplen­di­das.  Este lado del cielo, todos somos un rau­dal demasi­a­do triste, pero ahí es donde entra la gra­cia de Dios.

 

Nadie se sal­vara por sus obras, no impor­ta cuán esplen­di­das sean.  Nues­tra úni­ca esper­an­za del cielo es de cor­rer hacia la cruz y echar mano de Cristo Jesús.  Todos nece­si­ta­mos la ayu­da div­ina.  Todos nece­si­ta­mos la omnipo­ten­cia de la Dei­dad uni­da para sus­ten­tarnos en nue­stro crec­imien­to espir­i­tu­al.  Aun así, Dios nece­si­ta darnos fuerza para seguir ade­lante y ser fieles.

 

Todos somos pecadores esplen­di­dos, perde­dores adorables, desajus­ta­dos mis­er­ables, y fra­ca­sos fan­tás­ti­cos.  Eso es todo lo que hay en la tier­ra – todos los per­fec­tos están en el cielo.  Los úni­cos en la tier­ra son las per­sonas con defi­cien­cias graves.  El tal­en­to siem­pre ha sido muy esca­so cuan­do se tra­ta de la per­fec­ción moral.  Todo lo que Dios tiene para uti­lizar aquí en la tier­ra somos los imper­fec­tos.

 

En el cielo todos ser­e­mos enorme­mente mejo­ra­dos, pero por lo pron­to somos obras en pro­gre­so.  Todos esta­mos sien­do tra­ba­ja­dos para ser pre­sen­ta­dos sin man­cha delante del trono de Dios (Efe­sios 5:27).  Dios, como un arte­sano, comien­za con una pieza sin for­ma y sin val­or, con una nat­u­raleza débil y pecaminosa, y con labor de amor la trans­for­mara en algo más pre­cioso que el oro.  Pero has­ta entonces, Dios tiene que usar per­sonas muy desagrad­ables que caen cor­tos en muchas man­eras – y Él hace algu­nas cosas increíbles por medio de ellos.

 

Con­sidere la lista de los héroes imper­fec­tos de Dios.  Noé se embor­ra­cho.  Abra­ham mintió en cuan­to a su mujer.  Jacob era un engañador.  Moisés asesino un egip­cio y huyo al desier­to.  Rahab era pros­ti­tu­ta.  San­són tenía prob­le­mas graves con la las­civia y el eno­jo.  David adul­tero y asesino para cubrir su mal.  Pablo perseguía a los cris­tianos.  Pedro negó a Cristo públi­ca­mente.

 

Si Dios esco­giera sólo gente bien ajus­ta­da sin defec­tos de carác­ter, inevitable­mente parte del crédi­to iría a la gente y no a Dios.  Por escoger gente defec­tu­osa con un pasa­do malo, un pre­sente fluc­tu­ante, y un futuro inse­guro, Dios ase­gu­ra que nadie pue­da jac­tarse de sus haz­a­ñas, porque es Él quien hace la obra por ellos.  Dios no tol­era el orgul­lo humano, así que escoge per­sonas que no tienen nada de que jac­tarse.

 

El após­tol Pablo hace esto abun­dan­te­mente claro en 1 Cor­in­tios 1:26–30, Pues con­sid­er­ad, her­manos, vue­stro lla­mamien­to; no hubo muchos sabios con­forme a la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que Dios ha escogi­do lo necio del mun­do, para aver­gon­zar a los sabios; y Dios ha escogi­do lo débil del mun­do, para aver­gon­zar a lo que es fuerte; y lo vil y des­pre­ci­a­do del mun­do ha escogi­do Dios; lo que no es, para anu­lar lo que es; para que nadie se jacte delante de Dios.  Mas por obra suya estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual se hizo para nosotros sabiduría de Dios, y jus­ti­fi­cación, y san­tifi­cación, y reden­ción, para que, tal como está escrito: EL QUE SE GLORIA, QUE SE GLORIE EN EL SEÑOR.”

 

Pablo comien­za con recor­dar­les lo que eran cuan­do Dios los sal­vo.  La pal­abra “lla­mamien­to” se refiere a cuan­do vinieron a Cristo.  No muchos de ellos vinieron de las cat­e­gorías cul­tas o supe­ri­ores de la sociedad.  No muchos de ellos tenían lo que el mun­do lla­ma “bue­na edu­cación.”  El tér­mi­no “nobles” se tra­duce en el griego como, hon­or­able, moral­mente rec­to, per­sona jus­ta, aristócra­ta.  Por lo gen­er­al, los cor­in­tios no venían de buen nacimien­to o de lina­je “san­gre azul.”

 

En efec­to, Pablo pone un espe­jo enfrente de ellos y dice, “Fíjense bien.  ¿Qué es lo que ven?”  Si eran hon­estos, no veían mucha gente impre­sio­n­ante.  La ver­dad es que la may­oría de ellos eran hom­bres y mujeres comunes, de orí­genes medioc­res, cuya vida había sido com­ple­ta­mente trans­for­ma­da por Jesu­cristo.

Una ver­dad fun­da­men­tal de la Bib­lia es que Dios escoge la gente muy difer­ente que el mun­do.  Dios pre­fiere escoger los débiles en lugar de los fuertes.  Nun­ca ha sido ver­dad que la igle­sia es pobla­da de las cat­e­gorías altas, y aquí y allá incluye unos cuan­tos de las cat­e­gorías bajas.  Lo opuesto es más cer­ca de la ver­dad.  La igle­sia del Señor siem­pre ha con­sis­ti­do de los rec­haz­a­dos del mun­do y incluye  algunos cuan­tos de entre los ricos y poderosos.  Los ricos, poderosos y nobles por lo gen­er­al no creen que nece­si­tan a Dios, pero los rec­haz­a­dos, los viles, los fra­casa­dos, los que­bran­ta­dos sí.

 

Es ele­men­tal que ust­ed reconoz­ca que, “Dios ha escogi­do lo débil del mun­do, para aver­gon­zar a lo que es fuerte; y lo vil y des­pre­ci­a­do del mun­do ha escogi­do Dios; lo que no es para anu­lar lo que es…” (1 Cor­in­tios 1:27–28).  Dios pla­neo el reino de esa man­era.  Y ¿por qué hizo Dios esto?  ¿Con que propósi­to puebla Dios Su igle­sia con lo peor de la humanidad?

 

Clara­mente, “…para que nadie se jacte delante de Dios.” (1 Cor­in­tios 1:29).  Dios quiere que todos los salvos reconoz­can que no por sus propias obras son salvos, “Mas por obra suya estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual se hizo para nosotros sabiduría de Dios, y jus­ti­fi­cación, y san­tifi­cación, y reden­ción…” (1 Cor­in­tios 1:30).

 

Nosotros nos sen­ti­mos indig­nos porque somos indig­nos.  Dios nos saco de entre la suciedad y la cor­rup­ción, Y El os dio vida a vosotros, que estabais muer­tos en vue­stros deli­tos y peca­dos, en los cuales andu­vis­teis en otro tiem­po según la cor­ri­ente de este mun­do, con­forme al príncipe de la potes­tad del aire, el espíritu que aho­ra opera en los hijos de des­obe­di­en­cia, entre los cuales tam­bién todos nosotros en otro tiem­po vivíamos en las pasiones de nues­tra carne, sat­is­fa­cien­do los deseos de la carne y de la mente, y éramos por nat­u­raleza hijos de ira, lo mis­mo que los demás.” (Efe­sios 2:1–3).

 

Nosotros somos salvos, no porque somos buenos o mere­ce­dores, sino por el amor de Dios, Pero Dios, que es rico en mis­eri­cor­dia, por causa del gran amor con que nos amó, aun cuan­do estábamos muer­tos en nue­stros deli­tos, nos dio vida jun­ta­mente con Cristo (por gra­cia habéis sido sal­va­dos), y con El nos resucitó, y con El nos sen­tó en los lugares celes­tiales en Cristo Jesús, a fin de poder mostrar en los sig­los venideros las sobre­abun­dantes riquezas de su gra­cia por su bon­dad para con nosotros en Cristo Jesús. Porque por gra­cia habéis sido sal­va­dos por medio de la fe, y esto no de vosotros, sino que es don de Dios; no por obras, para que nadie se glo­ríe.” (Efe­sios 2:4–9).

 

Nosotros somos pecadores a quienes se les ha hecho un favor tremen­do de ser cat­e­go­riza­dos entre los jus­tos sin mere­cer­lo.  Somos trata­dos como hijos de Dios, sin ten­er las cual­i­fi­ca­ciones para ser hijos de Dios.  Es car­di­nal que nun­ca olvide esta ver­dad div­ina.  En la vida espir­i­tu­al, es muy salud­able recor­dar cómo era la vida antes de cono­cer a Cristo.  Si puede recor­dar de donde comen­zó, apre­cia­ra mucho más la gra­cia de Dios que le ha traí­do a donde está hoy.

 

Nosotros somos esen­cial­mente gente car­nal – la nue­va creación es un cam­bio espir­i­tu­al úni­ca­mente, no físi­co o men­tal.  Dios limpio nue­stro espíritu de la cul­pa­bil­i­dad y con­de­nación, pero no la nat­u­raleza físi­ca.  Esta­mos en el pro­ce­so de trasfor­ma­ción, pero la obra no está com­ple­ta todavía, estando per­sua­di­do de esto, que el que comen­zó en vosotros la bue­na obra la per­fec­cionaráhas­ta el día de Jesu­cristo.”  (Fil­ipens­es 1:6).

 

Cuan­do la Bib­lia dice que somos “nuevas criat­uras” no quiere decir que somos hechos nuevos físi­ca­mente, men­tal­mente o emo­cional­mente.  Todavía ten­emos el mis­mo col­or de cabel­lo, la mis­ma estatu­ra, el mis­mo col­or de piel, etc.  Algunos somos calvos, gor­dos, fla­cos, mus­cu­losos, débiles, etc., y esto no cam­bia con el nue­vo nacimien­to.  Y lo mis­mo es ver­dad en cuan­to nues­tra mente – todavía ten­emos los mis­mos temores, malas acti­tudes, dudas, deseos y pen­samien­tos.

 

Es muy impor­tante recono­cer esta ver­dad, porque es donde muchos fra­casan y nun­ca se desar­rol­lan en la vida abun­dante.  ¡El nacimien­to nue­vo es espir­i­tu­al sola­mente, y no físi­co o men­tal!  Eso quiere decir que el peca­do todavía existe en nue­stros cuer­pos y nues­tras mentes.  Nosotros ten­emos que luchar y dom­i­nar el peca­do en nue­stros cuer­pos y mentes todos los días.

Y esa lucha incluye tropiezos y caí­das de muchas man­eras; incluye adver­si­dad y tenta­ciones que nos pro­baran has­ta lo últi­mo.   Todavía hay mucho mal en cada uno de nosotros, nadie ha lle­ga­do al niv­el que puede sen­tirse com­ple­ta­mente sin cul­pa.  Todos ten­emos cosas en nues­tras vidas de que nos aver­gon­zamos y que nos debil­i­tan (las­civia, avari­cia, glo­ton­ería), y es a esas cosas que Satanás apela para hac­er­nos sen­tir indig­nos con el propósi­to de desco­ra­zonarnos y no sig­amos tratan­do.  Satanás usa nues­tras propias debil­i­dades e igno­ran­cias para desan­i­marnos.

 

Todos nosotros hemos fal­la­do en una man­era u otra, “Si dec­i­mos que no ten­emos peca­do, nos engañamos a nosotros mis­mos…”  Todos calle­mos cor­tos de las expecta­ciones de Dios en el pro­ce­so de vivir.  Todos exper­i­men­ta­mos tenta­ciones en una for­ma u otra, y la may­oría de la veces – ¡ojalá! – ten­emos bas­tante pres­en­cia men­tal para huir, pero en vez y en cuan­do cae­mos víc­ti­mas al engaño sutil de la tentación.  Eso es cuan­do Satanás nos acusa y nos hace sen­tir cul­pa­bles y indig­nos.

 

Satanás sig­nifi­ca adver­sario y dia­blo sig­nifi­ca fal­so acu­sador, y esa es su tarea prin­ci­pal, Entonces me mostró al sumo sac­er­dote Josué, que esta­ba delante del ángel del SEÑOR; y Satanás esta­ba a su derecha para acusar­lo.” (Zacarías 3:1).  Esto tam­bién es con­fir­ma­do en el Nue­vo Tes­ta­men­to, “Y oí una gran voz en el cielo, que decía: Aho­ra ha venido la sal­vación, el poder y el reino de nue­stro Dios y la autori­dad de su Cristo, porque el acu­sador de nue­stros her­manos, el que los acusa delante de nue­stro Dios día y noche, ha sido arro­ja­do.” (Apoc. 12:10).

 

Cristo dijo que Satanás es men­tiroso y padre de la men­ti­ra, …Cuan­do habla men­ti­ra, habla de su propia nat­u­raleza, porque es men­tiroso y el padre de la men­ti­ra.” (Juan 8:44).  Y una de sus men­ti­ras más destruc­ti­vas es que no servi­mos para nada porque somos indig­nos, a pesar de lo que Dios haya hecho o dicho.  Así que aho­ra nos diri­gire­mos a esta men­ti­ra.

 

Si esta men­ti­ra le está afectan­do a ust­ed entonces está impi­di­en­do que ust­ed haga la vol­un­tad de Dios.  Le está impi­di­en­do ser la per­sona que Dios quiere que ust­ed sea.  Cuan­do nosotros acep­ta­mos algo que sabe­mos que es con­trario a la vol­un­tad de Dios, Satanás usa eso para estable­cer sus for­t­alezas en nosotros, “Para que no seamos engaña­dos de Satanás: pues no igno­ramos sus maquina­ciones.” (2 Cor­in­tios 2:11).  Es vital para su salud espir­i­tu­al que ven­za esa men­ti­ra con la ver­dad de Dios.

 

A pesar de todo lo que ust­ed sien­ta, a pesar de lo que exper­i­mente en la vida, a pesar de lo que otros le digan, a pesar de que en vez y en cuan­do su con­duc­ta refle­je más la vida vie­ja que la vida nue­va en Cristo, Dios ha dicho que ust­ed pertenece a Él, Pues no habéis recibido un espíritu de esclav­i­tud para volver otra vez al temor, sino que habéis recibido un espíritu de adop­ción como hijos, por el cual cla­mamos: ¡Abba, Padre!  El Espíritu mis­mo da tes­ti­mo­nio a nue­stro espíritu de que somos hijos de Dios, y si hijos, tam­bién herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si en ver­dad pade­ce­mos con El a fin de que tam­bién seamos glo­ri­fi­ca­dos con El.” (Romanos 8:15–17).

 

En los ojos de Dios, su vida vie­ja ya murió – ust­ed es una nue­va creación, tiene un corazón nue­vo.  Ust­ed tiene un nue­vo Espíritu – el Espíritu de Dios.  Para Dios ust­ed es una per­sona nue­va.  Así que deje que su mente sea ren­o­va­da por la ver­dad de Dios.  Nosotros sacamos nue­stro mer­i­to y val­or de lo que Dios dice de nosotros, y de nadie más.  ¡Nosotros somos valiosos porque Dios dice que somos!

 

Satanás usara sus pro­pios pen­samien­tos y sen­timien­tos, usara su padre y madre y her­manos y mari­do y esposa y ami­gos, así como ene­mi­gos, para hac­er­le creer la men­ti­ra que es inservi­ble, ¡pero no se crea!  Ni Satanás, ni su padre o madre o her­manos, ni su mari­do o esposa, ni sus ami­gos murieron en la cruz por ust­ed más que Cristo.

 

Es Él a quien debe ust­ed agradar y acud­ir y con­fe­sar sus peca­dos, y nadie más, Entonces, ¿qué dire­mos a esto?  Si Dios está por nosotros, ¿quién estará con­tra nosotros?  El que no exim­ió ni a su pro­pio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos con­ced­erá tam­bién con El todas las cosas?  ¿Quién acusará a los escogi­dos de Dios?  Dios es el que jus­ti­fi­ca.  ¿Quién es el que con­de­na?  Cristo Jesús es el que murió, sí, más aún, el que resucitó, el que además está a la dies­tra de Dios, el que tam­bién inter­cede por nosotros.” (Romanos 8:31–34).

 

Cuan­do ust­ed tro­piece, porque de cier­to tropezara.  Cuan­do diga o haga algo que ust­ed sabe que es mal; o cuan­do falte en hac­er el bien que debe hac­er.  Cuan­do por razón bue­na se sien­ta indig­no o indigna, cuan­do sien­ta que no merece ser un sier­vo o sier­va de Dios.  Cuan­do se sien­ta inútil, vil, cul­pa­ble, y des­pre­cia­ble, y esté ple­na­mente con­sciente de mal que hizo para sen­tirse así, arrepién­tase de pron­to – inmedi­ata­mente.

 

No lo niegue, nun­ca se encapriche, no pre­ten­da igno­ran­cia – con­fiese su mala con­duc­ta al Señor.  Éch­ese de rodil­las en oración y ruego, y pida perdón y limpieza de su peca­do.  Hable con su Dios como hablaría con su pro­pio padre.  No trate de ser afec­ta­do o políti­co con Él, desen­vuel­va su corazón delante de Él.

 

No se defien­da, no se jus­ti­fique, no pon­ga escusas, sólo exp­rese su corazón ante su Padre celes­tial.  Admi­ta su indig­nidad, ruegue por mis­eri­cor­dia, no por jus­ti­fi­cación.  Recuerde tam­bién que el Espíritu de Dios no acusa sino per­suade y con­vence por Escrit­u­ra y con manse­dum­bre, pero Satanás sólo acusa mali­ciosa­mente sin sal­i­da o aliv­io.

 

Apren­da del rey David, Ten piedad de mí, oh Dios, con­forme a tu mis­eri­cor­dia; con­forme a lo inmen­so de tu com­pasión, bor­ra mis trans­gre­siones.  Lávame por com­ple­to de mi mal­dad, y límpiame de mi peca­do.  Porque yo reconoz­co mis trans­gre­siones, y mi peca­do está siem­pre delante de mí.  Con­tra ti, con­tra ti sólo he peca­do, y he hecho lo malo delante de tus ojos, de man­era que eres jus­to cuan­do hablas, y sin reproche cuan­do juz­gas.  He aquí, yo nací en iniq­uidad, y en peca­do me con­cibió mi madre.  He aquí, tú deseas la ver­dad en lo más ínti­mo, y en lo secre­to me harás cono­cer sabiduría.  Purifí­came con hisopo, y seré limpio; lávame, y seré más blan­co que la nieve.  Hazme oír gozo y ale­gría; que se rego­ci­jen los hue­sos que has que­bran­ta­do.  Esconde tu ros­tro de mis peca­dos, y bor­ra todas mis iniq­uidades.  Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renue­va un espíritu rec­to den­tro de mí.  No me ech­es de tu pres­en­cia, y no quites de mí tu san­to Espíritu.  Restitúyeme el gozo de tu sal­vación, y sosten­me con un espíritu de poder.” (Salmos 51:1–12).

 

Es impor­tante que ten­ga en mente que Dios sabe quién es ust­ed.  Él sabe que ust­ed es débil, y que la tentación es agu­da a veces, porque Cristo exper­i­men­to lo mis­mo.  Él entiende que todos somos propen­sos al peca­do.  Dios sólo quiere que seamos sin­ceros y ver­daderos, que no nos escon­damos de Él como Adán y Eva, que no pre­tendamos igno­ran­cia como Caín.

 

Él quiere saber que ver­dadera­mente odi­amos el mal que hace­mos, que no amamos las tinieblas más que la luz, que ver­dadera­mente quer­e­mos cam­i­nar con Él en la luz, pero que a veces somos muy débiles.  Dios quiere saber qué deplo­ramos el mal; que lamen­ta­mos nue­stro esta­do car­nal; que odi­amos las cosas mun­danas.  Dios quiere que busque­mos Su ros­tro y Su pres­en­cia – eso Dios no rec­haza, Los sac­ri­fi­cios de Dios son el espíritu con­tri­to; al corazón con­tri­to y humil­la­do, oh Dios, no des­pre­cia­rás.” Salmos 51:17).

 

Y habi­en­do hecho todo lo que la pal­abra de Dios le dice que haga; cuan­do haya hecho todo lo que está de su parte para rec­on­cil­iarse con su Dios, entonces ten­ga la fe para creer que Él ha oído y per­don­a­do su peca­do.  Deje de sen­tirse indig­no o indigna – perdó­nese a sí mis­mo.  No se con­suma por demasi­a­da tris­teza y así deje que Satanás saque ven­ta­ja algu­na de ust­ed (2 Cor­in­tios 2:7).

 

Per­donarse a sí mis­mo es muy impor­tante en poder influ­en­ciar a otros para el bien.  Es un hecho bien doc­u­men­ta­do que gente que duele hacen a otros dol­er.  Cuan­to más tiem­po evite per­donarse a sí, cuan­to más tiem­po per­mi­tirá sen­timien­tos que ust­ed merece sufrir por lo que hizo, lo más explo­si­vo o explo­si­va se volverá y, por lo tan­to, más capaz es de las­ti­mar a otros.

 

La real­i­dad es que ust­ed no puede cam­biar lo que sucedió.  Ust­ed no puede restau­rar las vidas a donde esta­ban antes que sucediera el even­to.  No obstante, ust­ed si puede hac­er una difer­en­cia en la vida de otros.  Ust­ed puede devolver algo de lo que les quito por hal­lar un lugar difer­ente en donde inver­tir su tiem­po y com­pasión.  ¡Perdó­nese a sí y deje que comience la curación!  Per­donarse a si cam­biara la direc­ción de su vida.

 

Deje de creer que los sen­timien­tos de Dios para ust­ed están basa­dos en que tan bueno o bue­na ha sido.  La real­i­dad es que, por causa de Cristo, nues­tra con­duc­ta pasa­da no tiene base en como Dios nos tra­ta.  Dios acep­ta per­sonas, no por el tamaño de sus peca­dos o por la can­ti­dad de sus bue­nas obras, pero por la grandeza del sac­ri­fi­cio de Cristo.

 

Cristo sufrió para que nues­tras fal­tas pudier­an desa­pare­cerse en un instante.  Todo lo que impor­ta es que seamos hon­estos y abier­tos con Él, y que nun­ca nos rindamos.  A un cos­to inde­scriptible a Si mis­mo, nue­stro Señor ha hecho tan fácil para nosotros que tropezamos para rec­on­cil­iarnos con Él, que muchos lo ven como demasi­a­do bueno para que sea ver­dad.

 

¡Pero Dios es bueno! – mucho más de lo que nosotros podemos com­pren­der.  Muchos nos pre­gun­ta­mos si aca­so estare­mos soñan­do, porque nues­tra ver­sión de la real­i­dad es la pesadil­la de vivir con los humanos, quienes son todos con­t­a­m­i­na­dos por motivos egoís­tas e impuros, y se tratan uno a otro cor­re­spon­di­en­te­mente.

 

Pero Dios es espan­tosa­mente supe­ri­or a nosotros – san­ta­mente difer­ente – no sólo en poder pero en cualquier otro aspec­to de per­fec­ción moral.  Eso quiere decir que Su gen­erosi­dad, desin­terés pro­pio, bon­dad, perdón, y cual­i­dades sim­i­lares, son sor­pren­den­te­mente supe­ri­ores a todo lo que hemos encon­tra­do en esta vida.

 

Y porque Dios es san­ta­mente benig­no y san­ta­mente mag­nán­i­mo ha elegi­do limpiar de nue­stro reg­istro celes­tial cada res­balón moral, si lo admiti­mos y nos arrepen­ti­mos, ¿Qué Dios hay como tú, que per­dona la mal­dad del rema­nent­ede su heredad?  No retu­vo para siem­pre su eno­jo, porque se delei­ta en la mis­eri­cor­dia.” (Miqueas 7:18).  Todo lo que nece­si­ta es que use­mos nue­stro libre albedrio para dar­le per­miso.  Dios requiere nue­stro per­miso porque Él ha estable­ci­do no ser un tira­no temi­ble, sino un Padre que hon­ra nue­stros deseos.

 

Dios sólo quiere que nos pong­amos de acuer­do con Él de que nece­si­ta­mos que nue­stros defec­tos morales sean elim­i­na­dos de los archivos celes­tiales, “Yo, yo soy quien bor­ro tus rebe­liones por amor de mí mis­mo, y no me acor­daré de tus peca­dos.  Hazme recor­dar, entremos jun­tos a juicio.  ¡Habla tú para jus­ti­fi­carte!” (Is. 43:25–26).   

 

Si con­cor­damos con Dios que hici­mos mal y que mere­ce­mos cas­ti­go, “…he hecho lo malo delante de tus ojos, de man­era que eres jus­to cuan­do hablas, y sin reproche cuan­do juz­gas.”  (Salmos 51:4).  Entonces Él se deleitara en per­donarnos, Si con­fe­samos nue­stros pecados,él es fiel y jus­to para per­donar nue­stros peca­dos y limpiarnos de toda mal­dad.”  Esto Cristo logro por nosotros cuan­do sufrió el cas­ti­go com­ple­to que nue­stros peca­dos merecían (1 Juan 1:9).

 

Es de impor­tan­cia vital que hag­amos la Pal­abra de Dios nues­tra autori­dad final por lo que creemos en lugar de deter­mi­nar la ver­dad por nue­stros sen­timien­tos o expe­ri­en­cias.   Esta­mos en una lucha de vida y muerte por nues­tras almas y las de los que nos rodean, por lo tan­to, no deje que el ene­mi­go le engañe que no sirve para nada porque es indig­no.

 

Aunque es ver­dad que cae­mos y hace­mos cosas indig­nas, Dios como­quiera sigue tra­ba­jan­do con nosotros y nos cuen­ta como dig­nos, aunque no le seamos, sólo por recono­cer nues­tra indig­nidad y acep­tar la dig­nidad de Su Hijo unigéni­to que murió en la cruz por ust­ed y yo.  No deje que la muerte de Cristo sea en vano, no deje que el dia­blo gane en su caso.  Nun­ca se quede caí­do o caí­da, lev­án­tese; man­ten­ga su cam­i­na­ta y nun­ca deje de hac­er su parte.

 

Aunque todos le digan que se rin­da, ¡no se rin­da!  Aunque le digan que es inútil, ¡No se crea!  Aunque se sien­ta indig­no, ¡Recuerde que Jesús murió por los indig­nos!  Recuerde, tam­bién, que todos los esfuer­zos de val­or y exce­len­cia son difí­ciles, siga arre­pin­tién­dose, siga con­fe­san­do sus peca­dos y acu­d­i­en­do al Reden­tor de los debil­i­ta­dos, siga arro­ján­dose sobre la mis­eri­cor­dia del Inter­ce­sor de los mor­tales, has­ta el últi­mo sus­piro de su vida.  Sobre todo, recuerde que nadie ha cam­i­na­do en sus zap­atos, más que Jesús, el Cristo, y no hay ningún otro.

 

 “Cuan­do pequen con­tra ti (pues no hay hom­bre que no peque) y estés aira­do con­tra ellos, y los entregues delante del ene­mi­go, y éstos los lleven cau­tivos a una tier­ra, lejana o cer­cana; si reca­pac­i­tan en la tier­ra adonde hayan sido lle­va­dos cau­tivos, y se arrepi­en­ten y te supli­can en la tier­ra de su cau­tive­rio, dicien­do: ‘Hemos peca­do, hemos cometi­do iniq­uidad y hemos obra­do per­ver­sa­mente’; si se vuel­ven a ti con todo su corazón y con toda su alma en la tier­ra de su cau­tive­rio adonde hayan sido lle­va­dos cau­tivos, y oran vuel­tos hacia la tier­ra que diste a sus padres, hacia la ciu­dad que has escogi­do y hacia la casa que he edi­fi­ca­do a tu nom­bre, escucha tú des­de los cie­los, des­de el lugar de tu mora­da, su oración y sus súpli­cas, hazles jus­ti­cia y per­dona a tu pueblo que ha peca­do con­tra ti.  Aho­ra, oh Dios mío, te ruego que tus ojos estén abier­tos y tus oídos aten­tos a la oración ele­va­da en este lugar.”  (2 Cróni­cas 6:36–40)

 

Entonces dijo el Seño­ra Satanás: ¡El Señorte reprenda,Satanás!  ¡El Señor, que ha escogi­do a Jerusalén, te repren­da!  ¿No es este un tizón arrebata­do del incen­dio?  Josué, que esta­ba cubier­to de vestiduras viles, per­manecía en pie delante del ángel.  Habló el ángel y ordenó a los que esta­ban delante de él: Quitadle esas vestiduras viles.  Y a él dijo: Mira que he quita­do de ti tu peca­do y te he hecho vestir de ropas de gala.”  (Zacarías 3:2–4).

En la mitología grie­ga hay el cuen­to de un cazador lla­ma­do Nar­ciso que era afama­do por su belleza.  Nar­ciso era muy orgul­loso, tan­to que des­deña­ba a aque­l­los que lo ama­ban.  Había una joven bel­la que lo ama­ba pro­fun­da­mente y él la des­pre­ció.  Para cas­ti­gar­lo, la diosa de la ven­gan­za lo atra­jo a una pisci­na donde podía ver su pro­pio refle­jo.  Él se quedó sor­pren­di­do por la belleza de su refle­jo, y no dis­cernió que su refle­jo era sólo una ima­gen y se enam­oró de ella.  No pudio dejar la belleza de su refle­jo y se quedó fijo en ese lugar admi­ran­do su propia belleza.  Con el tiem­po des­cubrió que no podía ten­er el obje­to de su deseo y murió de tris­teza.  El cuen­to de Nar­ciso es el ori­gen del tér­mi­no nar­ci­sis­mo, una fijación con sí mis­mo.

El nom­bre del míti­co Nar­ciso es usa­do para cap­turar el atrib­u­to de la per­son­al­i­dad del nar­ci­sis­mo.  El trastorno nar­ci­sista de la per­son­al­i­dad se car­ac­ter­i­za fun­da­men­tal­mente por un estar com­ple­ta­mente enfo­ca­do en sí mis­mo, con una acti­tud en la que se enfa­ti­za la auto impor­tan­cia, el cul­to a sí mis­mo.  Se tra­ta de per­sonas con grandes deseos de orig­i­nal­i­dad, que viv­en pen­di­entes de man­ten­er y ofre­cer a los demás una ima­gen irre­al e ide­al­iza­da de sí mis­mos con el fin de fasci­narles y obten­er su admiración.  Todo lo que a ellos se refiere está fuera de lo común, y has­ta cuan­do hablan de sus prob­le­mas pre­tenden que éstos son “espe­ciales”.  Es una con­tin­ua necesi­dad de sor­pren­der a otros para lograr fasci­narles.

Cuan­do están solos, se escapan a un mun­do de fan­tasía en el cual todo son tri­un­fos, éxi­tos y glo­ria, vivien­do ple­na­mente a través de la imag­i­nación estas situa­ciones, como un modo com­pen­sato­rio de lle­var a cabo los deseos que la vida real no es capaz de sat­is­fac­er­les.  Sue­len ser per­sonas con una gran ten­den­cia a com­para­rse con los demás y son muy envidiosas.  Les molestan los tri­un­fos ajenos como si éstos deslu­ciesen su ima­gen, difi­cul­tan­do el poder ejercer su fasci­nación sobre los otros.

Exager­an ante los demás los logros y hon­ores que han obtenido en los diver­sos cam­pos, inten­tan­do de este modo rodearse de un halo de genial­i­dad que despier­ta la admiración de quienes les rodean.  Esto es muy car­ac­terís­ti­co, ya que nece­si­tan ser con­stan­te­mente admi­ra­dos, para de este modo reafir­mar la ima­gen ide­al­iza­da que tienen de sí mis­mos.  Por esto, están siem­pre muy pen­di­entes de las apari­en­cias, de su ima­gen, de la impre­sión que cau­san en los otros y de las opin­iones que los demás expre­san de ellos.

Per­sonas con altos nive­les de nar­ci­sis­mo – nar­ci­sis­tas – pien­san que son mejor que otros en posi­ción social, bue­na apari­en­cia, inteligen­cia y cre­ativi­dad.  Sin embar­go, no lo son.  Medi­dos obje­ti­va­mente, son igual que todos los demás.  No obstante, los nar­ci­sis­tas se ven a sí mis­mos como fun­da­men­tal­mente supe­ri­or – espe­cial, inti­t­u­la­dos, y úni­cos.

Según un libro tit­u­la­do “La Epi­demia del Nar­ci­sis­mo,” escrito por dos psicól­o­gos, ha habido un ince­sante aumen­to del trastorno men­tal del nar­ci­sis­mo en nues­tra cul­tura.  Según ellos, este país está sufrien­do una epi­demia del nar­ci­sis­mo.  El dic­cionario define una epi­demia como una aflic­ción “que afec­ta a… un número despro­por­cionada­mente grande de indi­vid­u­os den­tro de una población” y el nar­ci­sis­mo más que enca­ja esa defini­ción.

En datos de 37,000 estu­di­antes uni­ver­si­tar­ios, los atrib­u­tos de la per­son­al­i­dad nar­ci­sista se elevó tan rápi­do como la obesi­dad des­de el perío­do de 1980 has­ta hoy, con el cam­bio espe­cial­mente pro­nun­ci­a­do en las mujeres.  El aumen­to del nar­ci­sis­mo se está aceleran­do, con el número aumen­tan­do más ráp­i­da­mente en año 2000 que los años ante­ri­ores.  Para el año 2006, 1 de cada 4 estu­di­antes de la uni­ver­si­dad con­cord­a­ban con la may­oría de las clasi­fi­ca­ciones de una medi­da están­dar de los atrib­u­tos nar­ci­sis­tas.

El Trastorno Nar­ci­sista de la Per­son­al­i­dad (TNP), la más grave ver­sión, clíni­ca­mente diag­nos­ti­ca­da de la car­ac­terís­ti­ca, tam­bién es más común de lo que se pens­a­ba.  Casi 1 de cada 10 per­sonas en los vientes, y 1 de 16 de todas las edades, han exper­i­men­ta­do los sín­tomas del TNP.  Aun estos números impac­tantes son sólo la pun­ta del tém­pano; escon­di­do deba­jo está la cul­tura nar­ci­sista que ha atraí­do a muchos más.  La epi­demia nar­ci­sista se ha exten­di­do a la cul­tura en lo entero, afectan­do tan­to per­sonas nar­ci­sis­tas como per­sonas menos egocén­tri­c­as.

Según la inves­ti­gación de los autores, todo comen­zó con el esfuer­zo para desar­rol­lar la autoes­ti­ma de algunos.  Aunque todo comen­zó con bue­nas inten­ciones, aho­ra se ha ido al otro extremo.  Muchos han sido seduci­dos por el cre­ciente énfa­sis en la riqueza mate­r­i­al, el aspec­to físi­co, cul­to a las cele­bri­dades, y búsque­da de aten­ción.

Aho­ra el autoes­ti­ma es con­sid­er­a­do la “mar­avil­losa dro­ga nacional,” como que el amor pro­pio es la solu­ción a todos los prob­le­mas del áni­mo decaí­do.  La frase, “No puedes amar a otros si no te amas a ti mis­mo” se ha hecho una expre­sión de moda.  Desafor­tu­nada­mente, las bue­nas inten­ciones detrás de la admiración propia resultó con­trapro­du­cente y aho­ra muchos están crian­do una gen­eración de amadores de sí mis­mos egoís­tas, ensimis­ma­dos y mal­cri­a­dos que creen que tienen más dere­chos que los demás, que se ven a sí mis­mos como el don más grande de Dios a la humanidad.

Las San­tas Escrit­uras nos han adver­tido por los sig­los que los seres humanos se apartarían de los val­ores de Dios y estable­cerían sus pro­pios val­ores.  Según el Espíritu de Dios esos días serían peli­grosos, Tam­bién debes saber que en los últi­mos días ven­drán tiem­pos peli­grosos.  Porque los hom­bres serán amadores de sí mis­mos, avaros, jac­tan­ciosos, sober­bios…”  (2 Tim­o­teo 3:1–2).

Hoy en día hay pocos val­ores más fer­oz­mente cel­e­bra­dos que la impor­tan­cia de la auto-admiración.  La cul­tura de hoy es impul­sa­da no sólo por la cod­i­cia, pero sobre todo por el amor a sí mis­mo.  La tele­visión fes­te­ja las estrel­las mal­cri­adas.  La cirugía plás­ti­ca ha descen­di­do de la alta sociedad al ado­les­cente común, que quiere pare­cerse a las estrel­las de Hol­ly­wood.  Una can­ción pop­u­lar declara, sin aparente sar­cas­mo, “!Creo que el mun­do debe girar alrede­dor de mí!”  Per­sonas com­pran casas osten­tosas con prés­ta­mos más allá de su capaci­dad de pagar.

El foco de la cul­tura en la auto-admiración ha cau­sa­do una fuga de la real­i­dad al mun­do de fan­tasía grandiosa.  Ten­emos ricos fal­sos (con hipote­cas de puro interés y mon­tones de deu­da), la belleza fal­sa (con la cirugía plás­ti­ca y pro­ced­imien­tos cos­méti­cos), atle­tas fal­sos (con sus­tan­cias dopantes), cele­bri­dades fal­sas (a través de pro­gra­mas de real­i­dad en la tele y YouTube), estu­di­antes genios fal­sos (con una inflación de gra­dos), una economía nacional fal­sa (con 16 tril­lones de dólares de deu­da públi­ca), sen­timien­tos fal­sos de ser espe­cial entre los niños (con la cri­an­za y la edu­cación cen­tra­da en la autoes­ti­ma), y ami­gos imag­i­nar­ios (con la explosión de las redes sociales en el inter­net) . Toda esta fan­tasía quizá cría un sen­timien­to bueno, pero, des­gra­ci­ada­mente, la real­i­dad siem­pre gana.  El colap­so de las hipote­cas y la cri­sis financiera resul­tante son sólo una mues­tra de cómo los deseos exager­a­dos final­mente se estrel­lan a la tier­ra.

Pero el mal que el amor pro­pio ha pro­duci­do es más sinie­stro que todo eso.  La acti­tud del amor pro­pio ha pro­duci­do una gen­eración de ado­les­centes obse­sion­a­dos con su propia impor­tan­cia.  Esta acti­tud ha gen­er­a­do un alto gra­do de com­por­tamien­to vio­len­to y agre­si­vo en los jóvenes de hoy.  Estu­di­antes de secun­daria gol­pean a sus com­pañeros y luego bus­can aten­ción por su vio­len­cia medi­ante la pub­li­cación de videos de las golpizas en YouTube.  Muchos viv­en pre­ocu­pa­dos con fan­tasías de éxi­to y pop­u­lar­i­dad y poder ilim­i­ta­do, en lugar de ser obe­di­entes, respon­s­ables y entre­ga­dos.

Varias encues­tas se han lle­va­do a cabo que sopor­tan el sen­timien­to que muchos tienen acer­ca de la cri­an­za mod­er­na, que hemos lle­ga­do a ser demasi­a­do indul­gentes, que alabamos a los niños demasi­a­do, que trata­mos a nue­stros hijos casi como la realeza.  Muchos padres mod­er­nos han inocen­te­mente cometi­do el error de ide­alizar a sus hijos en lugar de ver­dadera­mente amar­los.   Aunque es bueno que no siem­pre esper­e­mos obe­di­en­cia cie­ga, pero creo que nos hemos desvi­a­do demasi­a­do hacia la ten­den­cia de obe­de­cer a nue­stros hijos en lugar de ellos obe­de­cer­nos a nosotros.

Y es esto lo que ha cri­a­do un com­por­tamien­to nar­ci­sista y destruc­ti­vo en nues­tra sociedad.  Muchos cul­pan este fra­ca­so a otras cosas, como demasi­adas armas, y cosas seme­jantes, pero la real­i­dad es que el mal ver­dadero es la condi­ción ególa­tra, envaneci­da e orgul­losa del corazón humano que se ha queda­do sin las restric­ciones de las leyes morales de Dios.  Cuan­do se rela­jan las restric­ciones morales sobre la nat­u­raleza cor­romp­i­da del ser humano, siem­pre bus­cara su pro­pio niv­el nar­ci­sista – ¡todo el tiem­po!

Y el com­por­tamien­to nar­ci­sista es la influ­en­cia más destruc­ti­va en las rela­ciones inter­per­son­ales imag­in­able.  Esa acti­tud elim­i­na la pre­ocu­pación por el bien­es­tar de las otras per­sonas y chu­pa la vida de cualquier comu­ni­cación sig­ni­fica­ti­va.  Ese fue el primer peca­do del uni­ver­so, cuan­do Adán y Eva se esco­gieron a sí mis­mos en lugar de a Dios, y encabeza la lista de peca­dos que Dios odia, “Abom­i­nación al SEÑOR es todo el que es alti­vo de corazón; cier­ta­mente no quedará sin cas­ti­go.” (Prover­bios 16:5; 6:16–17).

El amor pro­pio es el pozo negro de donde escurre toda otra per­ver­sión del corazón humano, porque últi­ma­mente todo el mun­do y todo lo demás se con­vierte en cosa innece­saria y reem­plaz­able en la búsque­da de su insa­cia­ble lujuria.  Sin embar­go, lo que es más ele­va­do en nues­tra sociedad hoy es el “yo.”  La autor­re­al­ización y el auto-deter­min­is­mo y la ima­gen propia son muy apre­ci­a­dos como la esen­cia de la vida por nues­tra cul­tura con­cu­pis­cente.

El após­tol Pablo advir­tió en su car­ta a Tim­o­teo que la cul­tura de los últi­mos días seria iden­ti­fi­ca­da por el peli­gro debido a la per­di­da de la inte­gri­dad moral.  La lista de diecio­cho atrib­u­tos sór­di­dos y deshu­man­izantes de esta cul­tura se comien­za con, “amadores de sí mis­mos”.  Actual­mente, “amadores de sí mis­mos” es sólo una pal­abra en el tex­to griego – phi­lau­tos.  Esta pal­abra com­bi­na­da es con­stru­i­da alrede­dor del pronom­bre inten­si­vo autos que sig­nifi­ca “yo”, y se tra­duce de diver­sas man­eras – él mis­mo, ella mis­ma, nosotros mis­mos, ellos mis­mos.

Esta pal­abra ha inva­di­do nue­stro vocab­u­lario en una mul­ti­tud de pal­abras com­bi­nadas – autó­grafo, auto­bi­ografía, automóvil, autocráti­co, automáti­ca, etc.  En todas estas pal­abras, la idea del “yo” o “por sí mis­mo” es dom­i­nante.  Por ejem­p­lo, “auto­bi­ografía” es la biografía de uno mis­mo – y “automóvil” es la idea de ser móvil en sí mis­mo.

En la pal­abra grie­ga phi­lau­tos, la pal­abra phi­los es aña­di­da a la noción de sí mis­mo (autos).  Phi­los es la pal­abra grie­ga común para amor y sig­nifi­ca el tipo de amor de viene de las emo­ciones del corazón.  Phi­los es mejor definido como un amor car­iñoso, una afi­ción.  Cuan­do somos atraí­dos a algo o nos sen­ti­mos emo­cional­mente cau­ti­va­dos por alguien, esta­mos exper­i­men­tan­do phi­los.  Cuan­do esta pal­abra es aña­di­da a la pal­abra autos, la pal­abra com­bi­na­da indi­ca que la cosa que nos emo­ciona y a que esta­mos afi­ciona­dos; la cosa que nos avi­va y nos da gus­to es nosotros mis­mos – phi­lau­tos.

Esto, según el após­tol Pablo, será el ele­men­to más demostra­ti­vo de la cul­tura de los últi­mos días – per­sonas serán amadores de sí mis­mos (phi­lau­tos).  Más que cualquier otra cosa, esta es la razón porque esta­mos vien­do una dec­li­nación may­or en el bien y una aumentación drás­ti­ca de la mal­dad.  Per­sonas están com­portán­dose egoís­ta­mente.  Están ponien­do sus pro­pios intere­ses delante de las necesi­dades y cuida­dos de otros.  Cada quien bus­ca lo suyo pro­pio.

Cuan­do un joven apri­eta el gatil­lo y mata a sus com­pañeros de escuela, esa per­sona está actuan­do de una man­era phi­lau­tos.  Cuan­do alguien roba de otra per­sona, ese es un acto phi­lau­tos.  De la mis­ma man­era, cuan­do un hom­bre deja a su esposa y famil­ia por otros intere­ses, demues­tra que él es un indi­vid­uo phi­lau­tos.  Aún las pequeñas cosas que hace­mos todos los días en pon­er nue­stros pro­pios intere­ses delante de los demás, o en con­traste de la vol­un­tad de Dios para nues­tras vidas, indi­ca que hay un alto gra­do de phi­lau­tos en todos nosotros.

Estos son tiem­pos peli­grosos, difí­cil para sopor­tar, tiem­pos de gran ansiedad.   La razón es porque el amor pro­pio es la cual­i­dad dom­i­nante en nues­tra sociedad.  Esto pro­duce la acti­tud avara, egoís­ta y arro­gante que se ve tan preva­lente en nues­tra sociedad hoy.  El afec­to ver­dadero se ha casi desa­pare­ci­do y afec­to innat­ur­al aho­ra prevalece.  Vivi­mos en una edad temer­aria y exce­si­va, ya sea la veloci­dad de via­jar, o el des­perdi­cio del dinero, o el des­cuida­do de vidas humanas.  Nues­tra sociedad es una cul­tura auto-destruc­ti­va de muerte, y Satanás dom­i­na todo alrede­dor.

¡El peca­do es el más estre­sante de todas las cosas!  Y esta­mos rodea­d­os de peca­do.  Un fac­tor impor­tante en enfrentarnos a estos tiem­pos de peli­gro está en enfrentar, y resi­s­tir y vencer, la propen­sión humana hacia ser “amadores de sí mis­mos” en una sociedad total­mente nar­ci­sista.  Vamos vien­do las car­ac­terís­ti­cas de estos amadores de sí mis­mo.

Cua­tro de las expre­siones que Pablo usa para describir las car­ac­terís­ti­cas de los tiem­pos peli­grosos están com­bi­nadas con el “amor” (phi­lo), sugirien­do que la cosa fun­da­men­tal­mente mal con esta gente es que su amor está mal dirigi­do.  En lugar de ser amadores de Dios, son amadores de sí mis­mos, amadores del dinero y amadores de los deleites.  Entre medio de esas cua­tro expre­siones vienen las otras expre­siones que son entera­mente descrip­ti­vas de la rotu­ra de las rela­ciones de per­sonas con una y otra.

Las primeras tres elab­o­ran sobre el sig­nifi­ca­do del amor pro­pio.  Per­sonas que se aman a si más que a todos los demás se hacen vanidosos, sober­bios, blas­femos.”  La pal­abra vanidosos tam­bién sig­nifi­ca pre­sum­i­dos, afec­ta­dos, pre­ten­ciosos.  La pal­abra sober­bios sig­nifi­ca jac­tan­ciosos, orgul­losos, arro­gantes.  Y esas dos acti­tudes nat­u­ral­mente nos lle­van a la sigu­iente, blas­femos, que tam­bién se tra­duce detrac­tores, groseros, maldicientes porque inevitable­mente los que tienen una opinión exager­a­da de sí mis­mos siem­pre miran con des­dén a otros y hablan mal de ellos.

Las otras cin­co expre­siones se pueden agru­par jun­tas porque se refieren a la vida famil­iar, y espe­cial­mente a la acti­tud que algunos jóvenes adop­tan hacia sus padres – des­obe­di­entes a los padres, ingratos, impíos, sin afec­to nat­ur­al, implaca­bles.  Las pal­abras grie­gas todas son neg­a­ti­vas en for­ma y comien­zan con el pre­fi­jo a-, como usamos des- o sin en el castel­lano, para enfa­ti­zar la fal­ta ter­ri­ble de bue­nas cual­i­dades que la ego­la­tría despo­ja del corazón.

Las primeras dos expre­siones son des­obe­di­entes a los padres, a quienes las escrit­uras dice que los niños deben hon­rar y obe­de­cer, y la pal­abra ingratos que sig­nifi­ca mala­grade­ci­dos, que están aún car­entes de la apre­ciación bási­ca.  La sigu­iente pal­abra es tra­duci­da impíos, que es lo opuesto a la san­ti­dad, devo­ción y piedad hacia Dios.  Sig­nifi­ca la fal­ta de respeto para cosas sagradas – irrev­er­entes.  La ter­cera pal­abra es sin amor o sin afec­to nat­ur­al, tam­bién sig­nifi­ca total­mente car­ente de afec­tos nor­males, o sin corazón.

La últi­ma pal­abra de este grupo es implaca­ble, que tam­bién sig­nifi­ca irrec­on­cil­i­able o que no per­dona.  Esta pal­abra describe las per­sonas que están tan rebeldes, tan irrec­on­cil­i­ables que ni siquiera están dis­puestos a venir a la mesa para nego­ciar.  En una sociedad ide­al, la relación de los hijos hacia sus padres debe car­ac­teri­zarse por la obe­di­en­cia, grat­i­tud, respeto, car­iño y razon­abil­i­dad.  En tiem­pos de estrés, tiem­pos difí­ciles y peli­grosos, cuan­do el nar­ci­sis­mo está desen­fre­na­do estas cual­i­dades fal­tan, o están total­mente ausentes.

Las otras siete pal­abras de la lista son obvi­a­mente un ámbito más amplio que sólo la famil­ia.  Pero tam­bién brotan del amor mal dirigi­do, un afec­to dirigi­do hacia aden­tro, hacia sí mis­mos.  La primera es calum­ni­adores (en el idioma griego dia­boloi, que lit­eral­mente sig­nifi­ca ‘demo­ni­os’), y es tam­bién tra­duci­do mur­mu­radores o chis­mosos.  Estos son cul­pa­bles del peca­do de hablar mal de los demás, espe­cial­mente a sus espal­das. Per­sonas nar­ci­sis­tas no pueden pen­sar o decir nada bueno de sus próji­mos porque para ellos nadie tiene val­or más que ellos mis­mos – miran a todos con des­dén.

Tam­bién son desen­fre­na­dos o sin tem­plan­za que sig­nifi­ca inmod­er­a­dos, mal­gas­ta­dores e inmorales, o ingob­ern­ables, des­or­de­na­dos.  La sigu­iente pal­abra es cru­eles, que sig­nifi­ca bru­tal o sal­va­jes – bes­tiales.  La otra pal­abra es abor­rece­dores de lo bueno, que sig­nifi­ca ene­mi­gos de lo bueno o extraños a todo lo que es bueno.  Son gente que odi­an y detes­tan toda regla moral y rec­ta.

La sigu­iente expre­sión tocante estas per­sonas en los tiem­pos peli­grosos es que son traidores que tam­bién sig­nifi­ca traicioneros o engañosos (esto se usa en Lucas 6:16, del traidor Judas).   La sigu­iente pal­abra es impetu­osos y tam­bién sig­nifi­ca temer­ar­ios o arrebata­dos, impul­sivos (total­mente descon­sid­er­a­dos en pal­abra y acción) y después engreí­dos, que sig­nifi­ca hin­cha­do con vanidad o envaneci­dos (impli­ca: pre­sun­tu­oso, obsti­na­do).

Así que volve­mos a la mal­dad bási­ca con la que se comen­zó la lista repul­si­va, y ese es el orgul­lo.  Y todo este com­por­tamien­to inso­cial y anti­so­cial – estos des­obe­di­entes, ingratos, irre­spetu­osos, inhu­manos a los padres, jun­to con la ausen­cia de las restric­ciones, la leal­tad, la pru­den­cia y la humil­dad – es la con­se­cuen­cia inevitable de un egoís­mo irre­li­gioso – ¡es la con­se­cuen­cia de un esti­lo de vida y men­tal­i­dad nar­ci­sista!

El hom­bre o la mujer egoís­ta es como el puer­coespín cuan­do se enrol­la en una bola, y sólo pre­sen­ta espinas afi­ladas a los que están fuera de su bola, man­te­nien­do al mis­mo tiem­po toda la piel suave y caliente para sí mis­mo den­tro de su zona.  Si una per­sona es orgul­losa, arro­gante y alti­va, por supuesto que nun­ca se sac­ri­ficara a sí mis­mo para servir a los demás.

El orden de Dios, clara­mente expre­sa­da en Su ley inmutable, es que lo amamos a Él primera­mente, con todo nue­stro corazón, cuer­po, mente y fuerza, en segui­da a nue­stro veci­no y ulti­mo a nue­stros mis­mos, Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente;y a tu próji­mo como a ti mis­mo.” (Lucas 10:27); y tam­bién, Nada hagáis por rival­i­dad o por vanidad; antes bien, con humil­dad, esti­man­do cada uno a los demás como supe­ri­ores a él mis­mo.  No busquéis vue­stro pro­pio prove­cho, sino el de los demás.” (Fil­ipens­es 2:3–4).

Si inver­ti­mos el orden del primero y el ter­cero, ponién­donos nosotros primero y a Dios últi­mo, nue­stro próji­mo, que está en el medio, está des­ti­na­do a sufrir.  Podemos ver cuán impor­tante es que pong­amos el “yo” en su pro­pio lugar, y a Dios en su sitio cor­rec­to, siem­pre en primer lugar.  Por lo tan­to, la raíz del prob­le­ma de los tiem­pos peli­grosos y difí­ciles es que la gente está total­mente cen­tra­da en sí mis­ma, amadores de sí mis­mos.

Sólo la escri­ta pal­abra inspi­ra­da de Dios ofrece una solu­ción rad­i­cal a este prob­le­ma – porque sólo Dios prom­ete una nue­va creación y un nue­vo nacimien­to, que impli­ca ser total­mente trans­for­ma­dos.  Se requiere una reori­entación total de la mente y de la con­duc­ta que nos hace fun­da­men­tal­mente cen­tra­dos en Dios en lugar de ser cen­tra­dos en sí mis­mos.

La per­sona que ama a Dios será siem­pre aspi­rante de un may­or gra­do de san­ti­dad, porque así se hace más como Dios.  El amor a Dios es un prin­ci­pio asim­i­lador, tra­ba­ja más y más, has­ta que seamos trans­for­ma­dos poco a poco a Su ima­gen, Pero nosotros todos, con el ros­tro des­cu­bier­to, con­tem­p­lan­do como en un espe­jo la glo­ria del Señor, esta­mos sien­do trans­for­ma­dos en la mis­ma ima­gen de glo­ria en glo­ria, como por el Señor, el Espíritu.” (2 Cor­in­tios 3:18).

Y cuan­do somos amadores de Dios, nun­ca estare­mos per­fec­ta­mente sat­is­fe­chos con nosotros mis­mos, has­ta que seamos lib­er­a­dos de la esclav­i­tud de la carne pecaminosa, has­ta que des­perte­mos de este esta­do atur­di­do y estúpi­do, al mun­do de los espíri­tus hechos per­fec­tos, y seamos sat­is­fe­chos con la seme­jan­za de Dios.

Es sólo cuan­do Dios es primero y el “yo” es el últi­mo – que amare­mos a la humanidad como Dios la ama, y tratare­mos de dar y servir como Él, como nue­stro Señor y Sal­vador Jesu­cristo y nue­stro Padre celes­tial.  Para sopor­tar estos tiem­pos de peli­gro ten­emos que resi­s­tir y vencer nues­tra ten­den­cia humana de ser “amadores de sí mis­mos”.   Ten­emos que reem­plazar el amor dirigi­do cen­tra­do en nosotros con el amor dirigi­do y cen­tra­do en Dios.  Debe­mos, ante todo, ser ¡amadores de Dios!

Entonces Él se sen­tó, llamó a los doce y les dijo: ‘Si alguno quiere ser el primero, será el últi­mo de todos y el servi­dor de todos. (Mar­cos 9:35)

Respondió Juan…Es nece­sario que Él crez­ca, y que yo dis­min­uya.” (Juan 3:30)

El que se cree ser algo, no sien­do nada, a sí mis­mo se engaña.” (Gálatas 6:3)

El hom­bre arro­gante sus­ci­ta con­tien­das, mas el que con­fía en el SEÑOR pros­per­ará.” (Prov. 28:25)

Jesús es el gran mae­stro de la humil­dad del corazón.  Nece­si­ta­mos diari­a­mente apren­der de Él.  ¡Mire al Mae­stro toman­do una toal­la y lavan­do los pies de Sus dis­cípu­los!  Seguidor de Cristo, ¿no se humil­lara ust­ed?  Míralo como el Sier­vo de sier­vos, ¡y segu­ra­mente no puedes tú ser orgul­loso!  ¿No es esta frase el resumen de Su biografía, “se humil­ló a sí mis­mo”?  ¿No estu­vo Él en la tier­ra siem­pre quitán­dose primero un man­to de hon­or y luego otro, has­ta que, desnudo, fue clava­do en la cruz, y allí no se vacío de Su ser más ínti­mo, der­ra­man­do Su san­gre vital, renun­cian­do todo por nosotros, has­ta que lo pusieron sin un cen­ta­vo en una tum­ba presta­da?  ¡Cuán bajo fue nue­stro queri­do Reden­tor traí­do!  Entonces, ¿cómo podemos ser orgul­losos?” (Car­los Spur­geon)

Amadores De Si Mis­mos

Recien­te­mente he tenido ocasión de oír per­sonas que yo esti­mo con­fe­sar que se sien­ten indig­nos.  Y en ver­dad, ha habido oca­siones que tam­bién yo he sen­ti­do eso de mi mis­mo.  Si soy hon­esto, libre­mente con­fieso que fal­to muy lejos en ser la per­sona que anh­elo ser.  Con el após­tol Pablo en Romanos 7, yo tam­bién declaro que muchas veces hago el mal que no quiero hac­er, y el bien que quiero, no lo hago.  Eso me hace un pecador repet­i­ti­vo y en las pal­abras del após­tol Pablo, una per­sona “mis­er­able.”

 

Yo sospe­cho que muchos luchamos o hemos lucha­do con este sen­timien­to.  Algunos luchamos con este sen­timien­to todas nues­tras vidas.  Como padres, a menudo sen­ti­mos que no hemos hecho buen tra­ba­jo – sen­ti­mos que no hemos hecho lo sufi­ciente.  Y como mari­dos o esposas, tam­bién suf­rimos esta tor­tu­ra.  Hace­mos algo necio o las­ti­mamos a nue­stro cónyuge de algu­na man­era, y sen­ti­mos que nue­stro mejor sim­ple­mente no es sufi­ciente.

 

La indig­nidad tam­bién nos afec­ta en nue­stro ser­vi­cio espir­i­tu­al.  Cuan­do las cosas no resul­tan como esperábamos o queríamos, sen­ti­mos que nun­ca podremos ser bas­tante com­pe­tentes.  Hay mucha gente que se ha descal­i­fi­ca­do de servir a Dios porque pien­san que no son sufi­ciente buenos; por algo que han hecho en el pre­sente o en el pasa­do.

 

Los psicól­o­gos prob­a­ble­mente le dirían que sen­timien­tos de desmerec­imien­to no son salud­ables.  Los hom­bres a menudo gas­tan mucho esfuer­zo en tratar de con­vencer­nos de echar fuera sen­timien­tos de despres­ti­gio – que esos sen­timien­tos nos detienen de max­i­mizar nue­stro poten­cial humano.  Pero mi propósi­to en este estu­dio no es max­i­mizar su poten­cial humano.

 

La Bib­lia clara­mente enseña que el poten­cial humano es pecaminoso y cor­rup­to, por cuan­to los designios de la carne son ene­mis­tad con­tra Dios, porque no se suje­tan a la Ley de Dios, ni tam­poco pueden; y los que viv­en según la carne no pueden agradar a Dios.” (Romanos 8:7–8).  La real­i­dad del asun­to es que ten­emos bue­na razón por sen­tirnos indig­nos.  Cubrien­do nue­stros peca­dos e imper­fec­ciones con una capa fini­ta de autoes­ti­ma sim­ple­mente no cor­rige el prob­le­ma.

 

La úni­ca man­era de poder enten­der nue­stro con­flic­to a fon­do nece­si­ta­mos primero enten­der que hay una base bíbli­ca por nue­stros sen­timien­tos de indig­nidad.  El após­tol Pablo escribió, por cuan­to todos pecaron y no alcan­zan la glo­ria de Dios.” (Romanos 3:23).  El pasaje dice “no alcanzan la glo­ria de Dios” en ten­so pre­sente.  No es algo que era ver­dad en un tiem­po y después se cor­rigió, sino es algo que sigue sien­do ver­dad.  Por más que hag­amos siem­pre cae­mos cor­tos de la expec­ta­ti­va – eso es ser humano.

 

Todo el mun­do es cul­pa­ble de no ser per­fec­to.  Job era un hom­bre intach­able, rec­to, temeroso de Dios y aparta­do del mal, sin embar­go declaro, “¿Qué es el hom­bre para que sea puro, o el naci­do de mujer para que sea jus­to?  He aquí, Dios no con­fía en sus san­tos, y ni los cie­los son puros ante sus ojos; ¡cuán­to menos el hom­bre, un ser abom­inable y cor­rompi­do, que bebe como agua la iniq­uidad!” (Job 15:14–16). 

 

San­ti­a­go, que era medio her­mano del Señor, escribió, Porque todos tropezamos de muchas man­eras…” (San­ti­a­go 3:2).  Y el após­tol Juan dijo, Si dec­i­mos que no ten­emos peca­do, nos engañamos a nosotros mis­mos…” (1 Juan 1:8).  Y nosotros no somos mejores que ellos.  Todos hemos men­ti­do.  Todos hemos tenido mal­os pen­samien­tos.  Hemos roba­do, engaña­do, sido infieles, ingratos y…pues, imper­fec­tos por todo el tiem­po que hemos vivi­do.  No podemos evi­tar­lo – es parte de lo que somos. 

 

Para algunos es una parte más grande que otros; pero el pun­to es que todos somos per­sonas caí­das.  Y no impor­ta que tan fuerte trate­mos de hac­er el bien, de ser buenos y de influir a otros a hac­er y ser lo mis­mo, sim­ple­mente no hay man­era de vivir sin hac­er errores.

 

Las acciones más san­tas del san­to más con­sagra­do que haya vivi­do están todas más o menos llenas de defec­tos e imper­fec­ciones.  Las obras más con­sagradas del ser humano son o mal en su moti­vo o defec­tu­osas en su prác­ti­ca.  Las obras más esplen­di­das del hom­bre en sí mis­mas no son más que imper­fec­ciones esplen­di­das, que mere­cen la ira de Dios y la con­de­nación, Todos nosotros somos como el inmun­do, y como trapo de inmundi­cia todas nues­tras obras jus­tas…” (Isaías 64:6).

 

Este es un men­saje muy nece­sario para una gen­eración de cris­tianos que tienen una idea exager­a­da de su propia impor­tan­cia.  Aparte de la gra­cia de Dios, aun nue­stros mejores esfuer­zos son nada más que peca­dos esplen­di­dos.  En mis mejores momen­tos, que son muy pocos, me doy cuen­ta que aun mis mejores esfuer­zos caen den­tro la cat­e­goría de insu­fi­cien­cias esplen­di­das.  Este lado del cielo, todos somos un rau­dal demasi­a­do triste, pero ahí es donde entra la gra­cia de Dios.

 

Nadie se sal­vara por sus obras, no impor­ta cuán esplen­di­das sean.  Nues­tra úni­ca esper­an­za del cielo es de cor­rer hacia la cruz y echar mano de Cristo Jesús.  Todos nece­si­ta­mos la ayu­da div­ina.  Todos nece­si­ta­mos la omnipo­ten­cia de la Dei­dad uni­da para sus­ten­tarnos en nue­stro crec­imien­to espir­i­tu­al.  Aun así, Dios nece­si­ta darnos fuerza para seguir ade­lante y ser fieles.

 

Todos somos pecadores esplen­di­dos, perde­dores adorables, desajus­ta­dos mis­er­ables, y fra­ca­sos fan­tás­ti­cos.  Eso es todo lo que hay en la tier­ra – todos los per­fec­tos están en el cielo.  Los úni­cos en la tier­ra son las per­sonas con defi­cien­cias graves.  El tal­en­to siem­pre ha sido muy esca­so cuan­do se tra­ta de la per­fec­ción moral.  Todo lo que Dios tiene para uti­lizar aquí en la tier­ra somos los imper­fec­tos.

 

En el cielo todos ser­e­mos enorme­mente mejo­ra­dos, pero por lo pron­to somos obras en pro­gre­so.  Todos esta­mos sien­do tra­ba­ja­dos para ser pre­sen­ta­dos sin man­cha delante del trono de Dios (Efe­sios 5:27).  Dios, como un arte­sano, comien­za con una pieza sin for­ma y sin val­or, con una nat­u­raleza débil y pecaminosa, y con labor de amor la trans­for­mara en algo más pre­cioso que el oro.  Pero has­ta entonces, Dios tiene que usar per­sonas muy desagrad­ables que caen cor­tos en muchas man­eras – y Él hace algu­nas cosas increíbles por medio de ellos.

 

Con­sidere la lista de los héroes imper­fec­tos de Dios.  Noé se embor­ra­cho.  Abra­ham mintió en cuan­to a su mujer.  Jacob era un engañador.  Moisés asesino un egip­cio y huyo al desier­to.  Rahab era pros­ti­tu­ta.  San­són tenía prob­le­mas graves con la las­civia y el eno­jo.  David adul­tero y asesino para cubrir su mal.  Pablo perseguía a los cris­tianos.  Pedro negó a Cristo públi­ca­mente.

 

Si Dios esco­giera sólo gente bien ajus­ta­da sin defec­tos de carác­ter, inevitable­mente parte del crédi­to iría a la gente y no a Dios.  Por escoger gente defec­tu­osa con un pasa­do malo, un pre­sente fluc­tu­ante, y un futuro inse­guro, Dios ase­gu­ra que nadie pue­da jac­tarse de sus haz­a­ñas, porque es Él quien hace la obra por ellos.  Dios no tol­era el orgul­lo humano, así que escoge per­sonas que no tienen nada de que jac­tarse.

 

El após­tol Pablo hace esto abun­dan­te­mente claro en 1 Cor­in­tios 1:26–30, Pues con­sid­er­ad, her­manos, vue­stro lla­mamien­to; no hubo muchos sabios con­forme a la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que Dios ha escogi­do lo necio del mun­do, para aver­gon­zar a los sabios; y Dios ha escogi­do lo débil del mun­do, para aver­gon­zar a lo que es fuerte; y lo vil y des­pre­ci­a­do del mun­do ha escogi­do Dios; lo que no es, para anu­lar lo que es; para que nadie se jacte delante de Dios.  Mas por obra suya estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual se hizo para nosotros sabiduría de Dios, y jus­ti­fi­cación, y san­tifi­cación, y reden­ción, para que, tal como está escrito: EL QUE SE GLORIA, QUE SE GLORIE EN EL SEÑOR.”

 

Pablo comien­za con recor­dar­les lo que eran cuan­do Dios los sal­vo.  La pal­abra “lla­mamien­to” se refiere a cuan­do vinieron a Cristo.  No muchos de ellos vinieron de las cat­e­gorías cul­tas o supe­ri­ores de la sociedad.  No muchos de ellos tenían lo que el mun­do lla­ma “bue­na edu­cación.”  El tér­mi­no “nobles” se tra­duce en el griego como, hon­or­able, moral­mente rec­to, per­sona jus­ta, aristócra­ta.  Por lo gen­er­al, los cor­in­tios no venían de buen nacimien­to o de lina­je “san­gre azul.”

 

En efec­to, Pablo pone un espe­jo enfrente de ellos y dice, “Fíjense bien.  ¿Qué es lo que ven?”  Si eran hon­estos, no veían mucha gente impre­sio­n­ante.  La ver­dad es que la may­oría de ellos eran hom­bres y mujeres comunes, de orí­genes medioc­res, cuya vida había sido com­ple­ta­mente trans­for­ma­da por Jesu­cristo.

Una ver­dad fun­da­men­tal de la Bib­lia es que Dios escoge la gente muy difer­ente que el mun­do.  Dios pre­fiere escoger los débiles en lugar de los fuertes.  Nun­ca ha sido ver­dad que la igle­sia es pobla­da de las cat­e­gorías altas, y aquí y allá incluye unos cuan­tos de las cat­e­gorías bajas.  Lo opuesto es más cer­ca de la ver­dad.  La igle­sia del Señor siem­pre ha con­sis­ti­do de los rec­haz­a­dos del mun­do y incluye  algunos cuan­tos de entre los ricos y poderosos.  Los ricos, poderosos y nobles por lo gen­er­al no creen que nece­si­tan a Dios, pero los rec­haz­a­dos, los viles, los fra­casa­dos, los que­bran­ta­dos sí.

 

Es ele­men­tal que ust­ed reconoz­ca que, “Dios ha escogi­do lo débil del mun­do, para aver­gon­zar a lo que es fuerte; y lo vil y des­pre­ci­a­do del mun­do ha escogi­do Dios; lo que no es para anu­lar lo que es…” (1 Cor­in­tios 1:27–28).  Dios pla­neo el reino de esa man­era.  Y ¿por qué hizo Dios esto?  ¿Con que propósi­to puebla Dios Su igle­sia con lo peor de la humanidad?

 

Clara­mente, “…para que nadie se jacte delante de Dios.” (1 Cor­in­tios 1:29).  Dios quiere que todos los salvos reconoz­can que no por sus propias obras son salvos, “Mas por obra suya estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual se hizo para nosotros sabiduría de Dios, y jus­ti­fi­cación, y san­tifi­cación, y reden­ción…” (1 Cor­in­tios 1:30).

 

Nosotros nos sen­ti­mos indig­nos porque somos indig­nos.  Dios nos saco de entre la suciedad y la cor­rup­ción, Y El os dio vida a vosotros, que estabais muer­tos en vue­stros deli­tos y peca­dos, en los cuales andu­vis­teis en otro tiem­po según la cor­ri­ente de este mun­do, con­forme al príncipe de la potes­tad del aire, el espíritu que aho­ra opera en los hijos de des­obe­di­en­cia, entre los cuales tam­bién todos nosotros en otro tiem­po vivíamos en las pasiones de nues­tra carne, sat­is­fa­cien­do los deseos de la carne y de la mente, y éramos por nat­u­raleza hijos de ira, lo mis­mo que los demás.” (Efe­sios 2:1–3).

 

Nosotros somos salvos, no porque somos buenos o mere­ce­dores, sino por el amor de Dios, Pero Dios, que es rico en mis­eri­cor­dia, por causa del gran amor con que nos amó, aun cuan­do estábamos muer­tos en nue­stros deli­tos, nos dio vida jun­ta­mente con Cristo (por gra­cia habéis sido sal­va­dos), y con El nos resucitó, y con El nos sen­tó en los lugares celes­tiales en Cristo Jesús, a fin de poder mostrar en los sig­los venideros las sobre­abun­dantes riquezas de su gra­cia por su bon­dad para con nosotros en Cristo Jesús. Porque por gra­cia habéis sido sal­va­dos por medio de la fe, y esto no de vosotros, sino que es don de Dios; no por obras, para que nadie se glo­ríe.” (Efe­sios 2:4–9).

 

Nosotros somos pecadores a quienes se les ha hecho un favor tremen­do de ser cat­e­go­riza­dos entre los jus­tos sin mere­cer­lo.  Somos trata­dos como hijos de Dios, sin ten­er las cual­i­fi­ca­ciones para ser hijos de Dios.  Es car­di­nal que nun­ca olvide esta ver­dad div­ina.  En la vida espir­i­tu­al, es muy salud­able recor­dar cómo era la vida antes de cono­cer a Cristo.  Si puede recor­dar de donde comen­zó, apre­cia­ra mucho más la gra­cia de Dios que le ha traí­do a donde está hoy.

 

Nosotros somos esen­cial­mente gente car­nal – la nue­va creación es un cam­bio espir­i­tu­al úni­ca­mente, no físi­co o men­tal.  Dios limpio nue­stro espíritu de la cul­pa­bil­i­dad y con­de­nación, pero no la nat­u­raleza físi­ca.  Esta­mos en el pro­ce­so de trasfor­ma­ción, pero la obra no está com­ple­ta todavía, estando per­sua­di­do de esto, que el que comen­zó en vosotros la bue­na obra la per­fec­cionaráhas­ta el día de Jesu­cristo.”  (Fil­ipens­es 1:6).

 

Cuan­do la Bib­lia dice que somos “nuevas criat­uras” no quiere decir que somos hechos nuevos físi­ca­mente, men­tal­mente o emo­cional­mente.  Todavía ten­emos el mis­mo col­or de cabel­lo, la mis­ma estatu­ra, el mis­mo col­or de piel, etc.  Algunos somos calvos, gor­dos, fla­cos, mus­cu­losos, débiles, etc., y esto no cam­bia con el nue­vo nacimien­to.  Y lo mis­mo es ver­dad en cuan­to nues­tra mente – todavía ten­emos los mis­mos temores, malas acti­tudes, dudas, deseos y pen­samien­tos.

 

Es muy impor­tante recono­cer esta ver­dad, porque es donde muchos fra­casan y nun­ca se desar­rol­lan en la vida abun­dante.  ¡El nacimien­to nue­vo es espir­i­tu­al sola­mente, y no físi­co o men­tal!  Eso quiere decir que el peca­do todavía existe en nue­stros cuer­pos y nues­tras mentes.  Nosotros ten­emos que luchar y dom­i­nar el peca­do en nue­stros cuer­pos y mentes todos los días.

Y esa lucha incluye tropiezos y caí­das de muchas man­eras; incluye adver­si­dad y tenta­ciones que nos pro­baran has­ta lo últi­mo.   Todavía hay mucho mal en cada uno de nosotros, nadie ha lle­ga­do al niv­el que puede sen­tirse com­ple­ta­mente sin cul­pa.  Todos ten­emos cosas en nues­tras vidas de que nos aver­gon­zamos y que nos debil­i­tan (las­civia, avari­cia, glo­ton­ería), y es a esas cosas que Satanás apela para hac­er­nos sen­tir indig­nos con el propósi­to de desco­ra­zonarnos y no sig­amos tratan­do.  Satanás usa nues­tras propias debil­i­dades e igno­ran­cias para desan­i­marnos.

 

Todos nosotros hemos fal­la­do en una man­era u otra, “Si dec­i­mos que no ten­emos peca­do, nos engañamos a nosotros mis­mos…”  Todos calle­mos cor­tos de las expecta­ciones de Dios en el pro­ce­so de vivir.  Todos exper­i­men­ta­mos tenta­ciones en una for­ma u otra, y la may­oría de la veces – ¡ojalá! – ten­emos bas­tante pres­en­cia men­tal para huir, pero en vez y en cuan­do cae­mos víc­ti­mas al engaño sutil de la tentación.  Eso es cuan­do Satanás nos acusa y nos hace sen­tir cul­pa­bles y indig­nos.

 

Satanás sig­nifi­ca adver­sario y dia­blo sig­nifi­ca fal­so acu­sador, y esa es su tarea prin­ci­pal, Entonces me mostró al sumo sac­er­dote Josué, que esta­ba delante del ángel del SEÑOR; y Satanás esta­ba a su derecha para acusar­lo.” (Zacarías 3:1).  Esto tam­bién es con­fir­ma­do en el Nue­vo Tes­ta­men­to, “Y oí una gran voz en el cielo, que decía: Aho­ra ha venido la sal­vación, el poder y el reino de nue­stro Dios y la autori­dad de su Cristo, porque el acu­sador de nue­stros her­manos, el que los acusa delante de nue­stro Dios día y noche, ha sido arro­ja­do.” (Apoc. 12:10).

 

Cristo dijo que Satanás es men­tiroso y padre de la men­ti­ra, …Cuan­do habla men­ti­ra, habla de su propia nat­u­raleza, porque es men­tiroso y el padre de la men­ti­ra.” (Juan 8:44).  Y una de sus men­ti­ras más destruc­ti­vas es que no servi­mos para nada porque somos indig­nos, a pesar de lo que Dios haya hecho o dicho.  Así que aho­ra nos diri­gire­mos a esta men­ti­ra.

 

Si esta men­ti­ra le está afectan­do a ust­ed entonces está impi­di­en­do que ust­ed haga la vol­un­tad de Dios.  Le está impi­di­en­do ser la per­sona que Dios quiere que ust­ed sea.  Cuan­do nosotros acep­ta­mos algo que sabe­mos que es con­trario a la vol­un­tad de Dios, Satanás usa eso para estable­cer sus for­t­alezas en nosotros, “Para que no seamos engaña­dos de Satanás: pues no igno­ramos sus maquina­ciones.” (2 Cor­in­tios 2:11).  Es vital para su salud espir­i­tu­al que ven­za esa men­ti­ra con la ver­dad de Dios.

 

A pesar de todo lo que ust­ed sien­ta, a pesar de lo que exper­i­mente en la vida, a pesar de lo que otros le digan, a pesar de que en vez y en cuan­do su con­duc­ta refle­je más la vida vie­ja que la vida nue­va en Cristo, Dios ha dicho que ust­ed pertenece a Él, Pues no habéis recibido un espíritu de esclav­i­tud para volver otra vez al temor, sino que habéis recibido un espíritu de adop­ción como hijos, por el cual cla­mamos: ¡Abba, Padre!  El Espíritu mis­mo da tes­ti­mo­nio a nue­stro espíritu de que somos hijos de Dios, y si hijos, tam­bién herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si en ver­dad pade­ce­mos con El a fin de que tam­bién seamos glo­ri­fi­ca­dos con El.” (Romanos 8:15–17).

 

En los ojos de Dios, su vida vie­ja ya murió – ust­ed es una nue­va creación, tiene un corazón nue­vo.  Ust­ed tiene un nue­vo Espíritu – el Espíritu de Dios.  Para Dios ust­ed es una per­sona nue­va.  Así que deje que su mente sea ren­o­va­da por la ver­dad de Dios.  Nosotros sacamos nue­stro mer­i­to y val­or de lo que Dios dice de nosotros, y de nadie más.  ¡Nosotros somos valiosos porque Dios dice que somos!

 

Satanás usara sus pro­pios pen­samien­tos y sen­timien­tos, usara su padre y madre y her­manos y mari­do y esposa y ami­gos, así como ene­mi­gos, para hac­er­le creer la men­ti­ra que es inservi­ble, ¡pero no se crea!  Ni Satanás, ni su padre o madre o her­manos, ni su mari­do o esposa, ni sus ami­gos murieron en la cruz por ust­ed más que Cristo.

 

Es Él a quien debe ust­ed agradar y acud­ir y con­fe­sar sus peca­dos, y nadie más, Entonces, ¿qué dire­mos a esto?  Si Dios está por nosotros, ¿quién estará con­tra nosotros?  El que no exim­ió ni a su pro­pio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos con­ced­erá tam­bién con El todas las cosas?  ¿Quién acusará a los escogi­dos de Dios?  Dios es el que jus­ti­fi­ca.  ¿Quién es el que con­de­na?  Cristo Jesús es el que murió, sí, más aún, el que resucitó, el que además está a la dies­tra de Dios, el que tam­bién inter­cede por nosotros.” (Romanos 8:31–34).

 

Cuan­do ust­ed tro­piece, porque de cier­to tropezara.  Cuan­do diga o haga algo que ust­ed sabe que es mal; o cuan­do falte en hac­er el bien que debe hac­er.  Cuan­do por razón bue­na se sien­ta indig­no o indigna, cuan­do sien­ta que no merece ser un sier­vo o sier­va de Dios.  Cuan­do se sien­ta inútil, vil, cul­pa­ble, y des­pre­cia­ble, y esté ple­na­mente con­sciente de mal que hizo para sen­tirse así, arrepién­tase de pron­to – inmedi­ata­mente.

 

No lo niegue, nun­ca se encapriche, no pre­ten­da igno­ran­cia – con­fiese su mala con­duc­ta al Señor.  Éch­ese de rodil­las en oración y ruego, y pida perdón y limpieza de su peca­do.  Hable con su Dios como hablaría con su pro­pio padre.  No trate de ser afec­ta­do o políti­co con Él, desen­vuel­va su corazón delante de Él.

 

No se defien­da, no se jus­ti­fique, no pon­ga escusas, sólo exp­rese su corazón ante su Padre celes­tial.  Admi­ta su indig­nidad, ruegue por mis­eri­cor­dia, no por jus­ti­fi­cación.  Recuerde tam­bién que el Espíritu de Dios no acusa sino per­suade y con­vence por Escrit­u­ra y con manse­dum­bre, pero Satanás sólo acusa mali­ciosa­mente sin sal­i­da o aliv­io.

 

Apren­da del rey David, Ten piedad de mí, oh Dios, con­forme a tu mis­eri­cor­dia; con­forme a lo inmen­so de tu com­pasión, bor­ra mis trans­gre­siones.  Lávame por com­ple­to de mi mal­dad, y límpiame de mi peca­do.  Porque yo reconoz­co mis trans­gre­siones, y mi peca­do está siem­pre delante de mí.  Con­tra ti, con­tra ti sólo he peca­do, y he hecho lo malo delante de tus ojos, de man­era que eres jus­to cuan­do hablas, y sin reproche cuan­do juz­gas.  He aquí, yo nací en iniq­uidad, y en peca­do me con­cibió mi madre.  He aquí, tú deseas la ver­dad en lo más ínti­mo, y en lo secre­to me harás cono­cer sabiduría.  Purifí­came con hisopo, y seré limpio; lávame, y seré más blan­co que la nieve.  Hazme oír gozo y ale­gría; que se rego­ci­jen los hue­sos que has que­bran­ta­do.  Esconde tu ros­tro de mis peca­dos, y bor­ra todas mis iniq­uidades.  Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renue­va un espíritu rec­to den­tro de mí.  No me ech­es de tu pres­en­cia, y no quites de mí tu san­to Espíritu.  Restitúyeme el gozo de tu sal­vación, y sosten­me con un espíritu de poder.” (Salmos 51:1–12).

 

Es impor­tante que ten­ga en mente que Dios sabe quién es ust­ed.  Él sabe que ust­ed es débil, y que la tentación es agu­da a veces, porque Cristo exper­i­men­to lo mis­mo.  Él entiende que todos somos propen­sos al peca­do.  Dios sólo quiere que seamos sin­ceros y ver­daderos, que no nos escon­damos de Él como Adán y Eva, que no pre­tendamos igno­ran­cia como Caín.

 

Él quiere saber que ver­dadera­mente odi­amos el mal que hace­mos, que no amamos las tinieblas más que la luz, que ver­dadera­mente quer­e­mos cam­i­nar con Él en la luz, pero que a veces somos muy débiles.  Dios quiere saber qué deplo­ramos el mal; que lamen­ta­mos nue­stro esta­do car­nal; que odi­amos las cosas mun­danas.  Dios quiere que busque­mos Su ros­tro y Su pres­en­cia – eso Dios no rec­haza, Los sac­ri­fi­cios de Dios son el espíritu con­tri­to; al corazón con­tri­to y humil­la­do, oh Dios, no des­pre­cia­rás.” Salmos 51:17).

 

Y habi­en­do hecho todo lo que la pal­abra de Dios le dice que haga; cuan­do haya hecho todo lo que está de su parte para rec­on­cil­iarse con su Dios, entonces ten­ga la fe para creer que Él ha oído y per­don­a­do su peca­do.  Deje de sen­tirse indig­no o indigna – perdó­nese a sí mis­mo.  No se con­suma por demasi­a­da tris­teza y así deje que Satanás saque ven­ta­ja algu­na de ust­ed (2 Cor­in­tios 2:7).

 

Per­donarse a sí mis­mo es muy impor­tante en poder influ­en­ciar a otros para el bien.  Es un hecho bien doc­u­men­ta­do que gente que duele hacen a otros dol­er.  Cuan­to más tiem­po evite per­donarse a sí, cuan­to más tiem­po per­mi­tirá sen­timien­tos que ust­ed merece sufrir por lo que hizo, lo más explo­si­vo o explo­si­va se volverá y, por lo tan­to, más capaz es de las­ti­mar a otros.

 

La real­i­dad es que ust­ed no puede cam­biar lo que sucedió.  Ust­ed no puede restau­rar las vidas a donde esta­ban antes que sucediera el even­to.  No obstante, ust­ed si puede hac­er una difer­en­cia en la vida de otros.  Ust­ed puede devolver algo de lo que les quito por hal­lar un lugar difer­ente en donde inver­tir su tiem­po y com­pasión.  ¡Perdó­nese a sí y deje que comience la curación!  Per­donarse a si cam­biara la direc­ción de su vida.

 

Deje de creer que los sen­timien­tos de Dios para ust­ed están basa­dos en que tan bueno o bue­na ha sido.  La real­i­dad es que, por causa de Cristo, nues­tra con­duc­ta pasa­da no tiene base en como Dios nos tra­ta.  Dios acep­ta per­sonas, no por el tamaño de sus peca­dos o por la can­ti­dad de sus bue­nas obras, pero por la grandeza del sac­ri­fi­cio de Cristo.

 

Cristo sufrió para que nues­tras fal­tas pudier­an desa­pare­cerse en un instante.  Todo lo que impor­ta es que seamos hon­estos y abier­tos con Él, y que nun­ca nos rindamos.  A un cos­to inde­scriptible a Si mis­mo, nue­stro Señor ha hecho tan fácil para nosotros que tropezamos para rec­on­cil­iarnos con Él, que muchos lo ven como demasi­a­do bueno para que sea ver­dad.

 

¡Pero Dios es bueno! – mucho más de lo que nosotros podemos com­pren­der.  Muchos nos pre­gun­ta­mos si aca­so estare­mos soñan­do, porque nues­tra ver­sión de la real­i­dad es la pesadil­la de vivir con los humanos, quienes son todos con­t­a­m­i­na­dos por motivos egoís­tas e impuros, y se tratan uno a otro cor­re­spon­di­en­te­mente.

 

Pero Dios es espan­tosa­mente supe­ri­or a nosotros – san­ta­mente difer­ente – no sólo en poder pero en cualquier otro aspec­to de per­fec­ción moral.  Eso quiere decir que Su gen­erosi­dad, desin­terés pro­pio, bon­dad, perdón, y cual­i­dades sim­i­lares, son sor­pren­den­te­mente supe­ri­ores a todo lo que hemos encon­tra­do en esta vida.

 

Y porque Dios es san­ta­mente benig­no y san­ta­mente mag­nán­i­mo ha elegi­do limpiar de nue­stro reg­istro celes­tial cada res­balón moral, si lo admiti­mos y nos arrepen­ti­mos, ¿Qué Dios hay como tú, que per­dona la mal­dad del rema­nent­ede su heredad?  No retu­vo para siem­pre su eno­jo, porque se delei­ta en la mis­eri­cor­dia.” (Miqueas 7:18).  Todo lo que nece­si­ta es que use­mos nue­stro libre albedrio para dar­le per­miso.  Dios requiere nue­stro per­miso porque Él ha estable­ci­do no ser un tira­no temi­ble, sino un Padre que hon­ra nue­stros deseos.

 

Dios sólo quiere que nos pong­amos de acuer­do con Él de que nece­si­ta­mos que nue­stros defec­tos morales sean elim­i­na­dos de los archivos celes­tiales, “Yo, yo soy quien bor­ro tus rebe­liones por amor de mí mis­mo, y no me acor­daré de tus peca­dos.  Hazme recor­dar, entremos jun­tos a juicio.  ¡Habla tú para jus­ti­fi­carte!” (Is. 43:25–26).   

 

Si con­cor­damos con Dios que hici­mos mal y que mere­ce­mos cas­ti­go, “…he hecho lo malo delante de tus ojos, de man­era que eres jus­to cuan­do hablas, y sin reproche cuan­do juz­gas.”  (Salmos 51:4).  Entonces Él se deleitara en per­donarnos, Si con­fe­samos nue­stros pecados,él es fiel y jus­to para per­donar nue­stros peca­dos y limpiarnos de toda mal­dad.”  Esto Cristo logro por nosotros cuan­do sufrió el cas­ti­go com­ple­to que nue­stros peca­dos merecían (1 Juan 1:9).

 

Es de impor­tan­cia vital que hag­amos la Pal­abra de Dios nues­tra autori­dad final por lo que creemos en lugar de deter­mi­nar la ver­dad por nue­stros sen­timien­tos o expe­ri­en­cias.   Esta­mos en una lucha de vida y muerte por nues­tras almas y las de los que nos rodean, por lo tan­to, no deje que el ene­mi­go le engañe que no sirve para nada porque es indig­no.

 

Aunque es ver­dad que cae­mos y hace­mos cosas indig­nas, Dios como­quiera sigue tra­ba­jan­do con nosotros y nos cuen­ta como dig­nos, aunque no le seamos, sólo por recono­cer nues­tra indig­nidad y acep­tar la dig­nidad de Su Hijo unigéni­to que murió en la cruz por ust­ed y yo.  No deje que la muerte de Cristo sea en vano, no deje que el dia­blo gane en su caso.  Nun­ca se quede caí­do o caí­da, lev­án­tese; man­ten­ga su cam­i­na­ta y nun­ca deje de hac­er su parte.

 

Aunque todos le digan que se rin­da, ¡no se rin­da!  Aunque le digan que es inútil, ¡No se crea!  Aunque se sien­ta indig­no, ¡Recuerde que Jesús murió por los indig­nos!  Recuerde, tam­bién, que todos los esfuer­zos de val­or y exce­len­cia son difí­ciles, siga arre­pin­tién­dose, siga con­fe­san­do sus peca­dos y acu­d­i­en­do al Reden­tor de los debil­i­ta­dos, siga arro­ján­dose sobre la mis­eri­cor­dia del Inter­ce­sor de los mor­tales, has­ta el últi­mo sus­piro de su vida.  Sobre todo, recuerde que nadie ha cam­i­na­do en sus zap­atos, más que Jesús, el Cristo, y no hay ningún otro.

 

 “Cuan­do pequen con­tra ti (pues no hay hom­bre que no peque) y estés aira­do con­tra ellos, y los entregues delante del ene­mi­go, y éstos los lleven cau­tivos a una tier­ra, lejana o cer­cana; si reca­pac­i­tan en la tier­ra adonde hayan sido lle­va­dos cau­tivos, y se arrepi­en­ten y te supli­can en la tier­ra de su cau­tive­rio, dicien­do: ‘Hemos peca­do, hemos cometi­do iniq­uidad y hemos obra­do per­ver­sa­mente’; si se vuel­ven a ti con todo su corazón y con toda su alma en la tier­ra de su cau­tive­rio adonde hayan sido lle­va­dos cau­tivos, y oran vuel­tos hacia la tier­ra que diste a sus padres, hacia la ciu­dad que has escogi­do y hacia la casa que he edi­fi­ca­do a tu nom­bre, escucha tú des­de los cie­los, des­de el lugar de tu mora­da, su oración y sus súpli­cas, hazles jus­ti­cia y per­dona a tu pueblo que ha peca­do con­tra ti.  Aho­ra, oh Dios mío, te ruego que tus ojos estén abier­tos y tus oídos aten­tos a la oración ele­va­da en este lugar.”  (2 Cróni­cas 6:36–40)

 

Entonces dijo el Seño­ra Satanás: ¡El Señorte reprenda,Satanás!  ¡El Señor, que ha escogi­do a Jerusalén, te repren­da!  ¿No es este un tizón arrebata­do del incen­dio?  Josué, que esta­ba cubier­to de vestiduras viles, per­manecía en pie delante del ángel.  Habló el ángel y ordenó a los que esta­ban delante de él: Quitadle esas vestiduras viles.  Y a él dijo: Mira que he quita­do de ti tu peca­do y te he hecho vestir de ropas de gala.”  (Zacarías 3:2–4).