Génesis 18:1–2 y la falsa doctrina de los Testigos de Jehová: Dios en tres personas

Géne­sis 18:1–2 y Dios en tres per­sonas

 “Después Jehová se le apare­ció entre los árboles grandes de Mam­ré, mien­tras él esta­ba sen­ta­do a la entra­da de su tien­da como al calor del día. Cuan­do él alzó los ojos, entonces miró y allí esta­ban tres hom­bres de pie a algu­na dis­tan­cia de él. Cuan­do alcanzó a ver­los, echó a cor­rer a su encuen­tro des­de la entra­da de la tien­da y pro­cedió a incli­narse a tier­ra.”  (Géne­sis 18:1–2-Traducción del Nue­vo Mun­do)

Los Tes­ti­gos de Jehová creen imposi­ble que el úni­co ver­dadero Dios pue­da exi­s­tir como tres per­sonas: Padre, Hijo y Espíritu San­to.  Sin embar­go, la Bib­lia, en Géne­sis 18 y 19, mues­tra a Dios aparecíen­dose a Abra­ham en for­ma de tres hom­bres.  Este rela­to se puede usar para ayu­dar­le a los Tes­ti­gos ver que aun lo

imposi­ble (para el hom­bre) es posi­ble para Dios.  

En la ver­sión adul­ter­a­da de los Ata­laya (Tra­duc­ción del Nue­vo Mun­do), en Géne­sis 18:1–2, Dios se le aparece a Abra­ham como tres hom­bres (o ánge­les).   Abra­ham se dirige a los tres como “Jehová” (vs. 3).  Cuan­do los tres respon­den, el episo­dio es descrito como los tres respon­di­en­do inter­cam­bi­able­mente como “ellos” hablan­do (vs. 9) y  “Jehová” hablan­do (vs. 13).  Cuan­do dos de los tres hom­bres se van a vis­i­tar a Lot en Sodoma, Abra­ham con­tin­ua a referirse al que se quedó como “Jehová,” pero Lot les lla­ma a los dos que lo vis­i­taron “Jehová.” (Géne­sis 18:22, 30; 19:1; 18)

Entien­do que estos tex­tos no son sufi­cientes para pro­bar la doc­t­ri­na de la trinidad, pero sí es sufi­ciente para demostrar que es posi­ble para Dios man­i­fes­tarse como tres en uno.  El hecho que es difí­cil para la mente humana com­pren­der el con­cep­to de un Dios en tres per­sonas no qui­ta la real­i­dad que la Bib­lia enseña tal doc­t­ri­na.  En otros artícu­los analizare­mos otros tex­tos como Isaías 9:6; Juan 1:1; Juan 16:13;  1 Cor­in­tios 6:19; 1 Cor­in­tios 8:6; Col. 2:9 y Apoc­alip­sis 1:7–8.

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