EL LIBRO DE ISAIAS

PARTE UNO

  • El Peri­o­do Asirio: Con­flic­to y Vic­to­ria (1–39)
  • Dis­cur­sos y Pro­fecías Cen­tradas en Jerusalén y en Judá (1–12)

CAPITULO 2

En los últi­mos tiem­pos quedará afir­ma­do el monte donde se hal­la el tem­p­lo del Señor. Será el monte más alto, más alto que cualquier otro monte. Todas las naciones ven­drán a él;

Des­de el oscuro cuadro de Sión como una enra­ma­da aban­don­a­da en medio de la des­o­lación (1:8) y como una esposa infiel que ha venido a ser como una ram­era (1:21), el pro­fe­ta vuelve aho­ra al futuro y mira a Sión glo­ri­fi­ca­da sobre todas las ciu­dades y naciones (2:1–4). Entonces él es lla­ma­do a la real­i­dad una vez más y mira a la ciu­dad en su condi­ción pre­sente, con­t­a­m­i­na­da con el peca­do, el fru­to de la idol­a­tría (2:5–4:1). El ide­al glo­rioso puede ser alcan­za­do sola­mente a través del juicio y de la limpieza por Jehová (4:2–6). Smith bien describe el cuadro en esta sec­ción como “las tres Jerusalén”: Jerusalén la ide­al (2:1–4); Jerusalén la real (2:5–4:1); y Jerusalén la red­im­i­da (4:2–6).

Aunque el Mesías por si mis­mo no es men­ciona­do en el primero de estos pasajes (2:1–4), clara­mente pertenece al peri­o­do mesiáni­co. El Mesías, referi­do como el renue­vo de Jehová, aparece en el capí­tu­lo 4. En los capí­tu­los 2 y 3 el énfa­sis está sobre Jerusalén (el monte de Sión), el cen­tro del gob­ier­no divi­no, tan­to su glo­ria futu­ra y su vergüen­za pre­sente. Es para esta cap­i­tal div­ina­mente señal­a­da del reino espir­i­tu­al de Dios a la cual el Mesías está para venir.

1 Isaías se intro­duce de nue­vo a si mis­mo. A difer­en­cia de 1:1, sin embar­go, donde habló de la visión que vio en relación a Judá y a Jerusalén, aquí es la pal­abra que el vio. En cada una, la visión y la pal­abra, Judá y Jerusalén están en el primer plano. Ver la pal­abra es com­pren­der y enten­der su men­saje. Cuan­do Juan oyó en Pat­mos una voz como de trompe­ta, él “volvió para ver la voz que habla­ba con [él]” (Apoc 1:12); y al vol­tear, vio la fuente de ella. Así Isaías vio la visión, la pal­abra, y entendió ambas y su fuente; la visión y la pal­abra vinieron de Dios.

Jerusalén la Ide­al (ver­sícu­los 2–4)

2 Delitzsch dice que la expre­sión lo postrero de los tiem­pos “nun­ca se refiere en el cur­so de la his­to­ria inmedi­ata­mente ensegui­da al tiem­po que está acon­te­cien­do, sino que invari­able­mente indi­ca el pun­to más lejano en la his­to­ria de esta vida – el pun­to que estará en los límites más lejanos del hor­i­zonte del que habla” (I.113). Esto plantea la cuestión de cual es el pun­to más ale­ja­do en la his­to­ria de esta vida – el pun­to en el que estarán los límites más ale­ja­dos del hor­i­zonte del que habla.

Aprox­i­mada­mente 150 años después de Isaías, Daniel usó la mis­ma frase, los postreros días, en ref­er­en­cia al mis­mo peri­o­do futuro: Dios a través de un sueño “ha hecho saber al rey Nabu­codonosor lo que ha de acon­te­cer en los postreros días” (Dan 2:28). El pro­fe­ta pro­cede entonces a inter­pre­tar la ima­gen en el sueño del rey como una pin­tu­ra de cua­tro impe­rios mundi­ales y los even­tos a rev­e­larse durante el final de ellos. Los cua­tro impe­rios mundi­ales fueron el Babilo­nio, el Medo-Per­sa, el Mace­do­nio y el Romano. El Impe­rio Romano, entonces, rep­re­senta­ba el pun­to más lejano, “el pun­to en el cual yac­erá sobre los límites más ale­ja­dos del hor­i­zonte del que habla.” Entonces, los even­tos de los postreros días fueron even­tos que deberían ocur­rir durante el peri­o­do del Impe­rio Romano.

En el Nue­vo Tes­ta­men­to hay con­fir­ma­ción de este entendimien­to de la frase “los postreros días.” Pedro inter­pretó la pal­abra “después” en Joel 2:28 como el equiv­a­lente de “los postreros días” (Hech 2:17). El con­tin­uó entonces, “Y de cier­to sobre mis sier­vos y sobre mis sier­vas en aque­l­los días [los días postreros] der­ra­maré de mí Espíritu, y pro­fe­ti­zarán” (Hech 2:18). En su sigu­iente ser­món Pedro dijo, “Y todos los pro­fe­tas des­de Samuel en ade­lante, cuan­tos han habla­do, tam­bién han anun­ci­a­do estos días” (Hech 3:24). Pedro obvi­a­mente se refir­ió a su pro­pio tiem­po como “los postreros días” de los cuales los pro­fe­tas hablaron. Entonces, los postreros días habla­dos por el pro­fe­ta Isaías (los “estos días” de Pedro) son un hecho en la pre­sente dis­pen­sación.

Además, leemos en el Nue­vo Tes­ta­men­to que Cristo fue man­i­fes­ta­do “en los postreros tiem­pos” (1 Ped 1:20 -lit­eral­mente, “en los postreros tiem­pos”), y que a través de Él Dios nos ha habla­do (Heb 1:2, King James). Entonces, los postreros días habla­dos por Isaías deben ser enten­di­dos como el peri­o­do en el que Dios debería dar a cono­cer Su ley a través de Cristo Jesús y enviar­la des­de Jerusalén y des­de Sión. Isaías esta­ba hablan­do de aque­l­la que ini­ció en el Pen­te­costés y con­tinúa aho­ra. Esta­mos vivien­do en “los postreros días”; estos son los postreros días.

Esto que debería acon­te­cer en los postreros días fue el establec­imien­to de la casa de Jehová como cabeza de los montes; debería ser exal­ta­da sobre los col­la­dos y ser uni­ver­sal en alcance -y cor­rerán a él todas las naciones. El Espíritu San­to no nos ha aban­don­a­do para admi­rar o espec­u­lar sobre el sig­nifi­ca­do de la expre­sión el monte de la casa de Jehová, porque leemos en Zac 8:3: “Así dice Jehová: Yo he restau­ra­do a Sión, y moraré en medio de Jerusalén; y Jerusalén se lla­mará Ciu­dad de la Ver­dad, y el monte de Jehová de los ejérci­tos, Monte de San­ti­dad.” La glo­ria de este monte sobrepasaría y exced­ería a todos los demás.

La Sión físi­ca era la col­i­na incli­na­da en la sec­ción sud­este de Jerusalén sobre la que David con­struyó su for­t­aleza y sobre la que Salomón con­struyó pos­te­ri­or­mente el tem­p­lo. Vino a ser un sím­bo­lo de una for­t­aleza inex­pugnable con­tra los ene­mi­gos y el lugar de la mora­da de Dios entre Su pueblo. La pal­abra Sión vino a ser usa­da en la pro­fecía para referirse a la Sión espir­i­tu­al por venir, esto es, la mora­da de Dios entre Su pueblo red­imi­do donde encon­traron seguri­dad y paz. Pos­te­ri­or­mente en el libro de Isaías este pun­to será enfa­ti­za­do y se aclarará. Sión, como el monte de la casa de Dios y del pueblo, era el lugar des­de el que la ley sal­dría ade­lante y des­de el cual el pueblo sería gob­er­na­do por Su pal­abra.

Des­de el lamen­to de Jehová con­tra Babilo­nia en Jer 51:25 es evi­dente que el “monte” sig­nifi­ca un gob­ier­no o un asien­to de gob­ier­no: “He aquí yo estoy con­tra ti, oh monte destru­idor, dice Jehová, que destru­iste toda la tier­ra; y exten­deré mi mano con­tra ti, y te haré rodar de las peñas, y te reduciré a monte que­ma­do.” Babilo­nia era un monte (nación) de destruc­ción la cual debería ser un monte que­ma­do; el monte de Dios, por el con­trario, debería ser un gob­ier­no o nación de refu­gio, paz y sal­vación — un monte san­to exal­ta­do sobre los otros, o, como alguien tradu­jo, “a la cabeza de” todos los otros.

Es bajo este monte que los cris­tianos señal­a­dos en el libro a los Hebre­os han venido: “Porque no os habéis acer­ca­do al monte que se podía pal­par [Sinaí]… sino que os habéis acer­ca­do al monte de Sión, a la ciu­dad del Dios vivo, Jerusalén la celes­tial… [la] con­gre­gación de los pri­mogéni­tos que están inscritos en los cie­los” (Heb 12:18–23), la cual es “la casa de Dios” (1 Tim 3:15). Delitzsch bien dice, “Lo que Dios comen­zó en el Sinaí para Israel, debería ser com­ple­ta­do en Sión [Jerusalén] para todo el mun­do” (I. 116). Con­sid­er­ar con­tra las pal­abras de Zacarías: “Jerusalén se lla­mará Ciu­dad de la Ver­dad, y el monte de Jehová de los ejérci­tos, Monte de San­ti­dad.” Era este san­to monte el que Jehová dijo que debería ser estable­ci­do en los postreros días, y era bajo este monte y ciu­dad a la que vinieron los cris­tianos hebre­os. Por esto, el monte de Isaías es el reino, la igle­sia de Dios del nue­vo pacto, por lo que el escritor de Hebre­os con­cluye su argu­men­to, “Así que, reci­bi­en­do nosotros un reino incon­movi­ble, teng­amos grat­i­tud, y medi­ante ella sir­va­mos a Dios” (12:28).

Este monte debería ser estable­ci­do y exal­ta­do sobre todos los otros montes; debería trascen­der a todos los reinos del mun­do en mag­nif­i­cen­cia y grandeza. En una visión llevó a Eze­quiel a la tier­ra de Israel y la sitúa “sobre un monte muy alto, sobre el cual había un edi­fi­cio pare­ci­do a una gran ciu­dad, hacia la parte sur” (Eze 40:2). La piedra que fue cor­ta­da sin manos e hir­ió a la ima­gen en el sueño de Nabu­codonosor se con­vir­tió en un gran monte que hir­ió a toda la tier­ra (Dan 2:35). Los tres pasajes están hablan­do del mis­mo monte -el reino del nue­vo pacto. Y cor­rerán a él todas las naciones. En esta ciu­dad ide­al de Dios, no sola­mente la nación de los judíos, sino todas las naciones (plur­al), todas las razas de entre los gen­tiles, serían inclu­idas. El cuadro es la de un gran tor­rente de pueb­los fluyen­do a la ciu­dad.

3 Y ven­drán muchos pueb­los, y dirán: Venid, y sub­amos al monte de Jehová, a la casa del Dios de Jacob; y nos enseñará sus caminos, y cam­inare­mos por sus sendas. Porque de Sión sal­drá la ley (la enseñan­za o instruc­ción), y de Jerusalén la pal­abra de Jehová. Los muchos pueb­los de este ver­sícu­lo son equiv­a­lentes a todas las naciones del ver­sícu­lo 2. No sola­mente es una gran mul­ti­tud, sino que incluye indi­vid­u­os de entre todas las razas y tribus de los gen­tiles. Así como este flu­jo o tor­rente entra a la ciu­dad, ellos invi­tan a otros a unírse­les, dicien­do, y nos enseñará sus caminos, y cam­inare­mos por sus sendas. En lugar de sor­dera y rebe­lión como en los días de Isaías, habrá una bue­na dis­posi­ción para oír y una bue­na vol­un­tad para cam­i­nar por sus sendas. La enseñan­za siem­pre pro­cede de una con­duc­ta ade­cua­da. Isaías más tarde dijo, “Y todos tus hijos serán enseña­dos por Jehová; y se mul­ti­pli­cará la paz de tus hijos” (54:13). Jesús repeti­da­mente enfa­tizó este pun­to (Jn 6:44–45; Mt 28:18–20). Así des­de el cen­tro espir­i­tu­al del gob­ier­no divi­no la ley y la pal­abra de Dios irán ade­lante a todo el mun­do.

4 Y juz­gará entre las naciones, y repren­derá a muchos pueb­los: Dios será el árbi­tro o juez final en todos los asun­tos. Puesto que las naciones ven­drán a Sión para apren­der Su ley y para cam­i­nar en Sus sendas, la pal­abra de Dios será el están­dar sobre la cual todos los asun­tos serán juz­ga­dos. Este prin­ci­pio es clara­mente toma­do a través de todo el Nue­vo Tes­ta­men­to. Tam­bién, Dios seguirá ade­lante para juz­gar y eje­cu­tar ven­gan­za sobre las naciones ter­re­nales que no escucharon a Su pal­abra ni a Su gob­er­nante div­ina­mente señal­a­do (Sal 2; Miq 5:15). Dios juz­gará quien está y quien no está en el reino (ver tam­bién Heb 12:23). El pro­fe­ta señala las car­ac­terís­ti­cas de los ciu­dadanos: y volverán sus espadas en rejas de ara­do, y sus lan­zas en hoces; no alzará espa­da nación con­tra nación, ni se adies­trarán más para la guer­ra. Aquí el pro­fe­ta cier­ta­mente no está hablan­do del mun­do, porque su gente peleará de con­tin­uo, sino que de todas las naciones y muchos pueb­los que ven­drán al monte de la casa de Jehová. Está descri­bi­en­do el carác­ter de los ciu­dadanos del nue­vo reino. En el monte san­to ellos no se adies­trarán más para la guer­ra. “No harán mal ni dañarán en todo mi san­to monte” (11:9). Isaías no está descri­bi­en­do una situación futu­ra en la cual las naciones del mun­do no pelearán guer­ras; las guer­ras siem­pre serán libradas. Él está descri­bi­en­do el carác­ter del reino de los postreros días, al cuales habían lle­ga­do los san­tos hebre­os (Heb 12:18–29), y al que los hom­bres de todas las naciones pueden y deben venir hoy.

Por medio de Zacarías, un pro­fe­ta cer­ca de dos sig­los después de Isaías, Dios dijo: “Alé­grate mucho, hija de Sión; da voces de júbi­lo, hija de Jerusalén; he aquí un rey ven­drá a ti.” En esta pro­fecía vemos al Rey, al que deber­e­mos con­sid­er­ar más tarde, vinien­do a la ciu­dad descri­ta por Isaías. “Él es jus­to y sal­vador, humilde, y cabal­gan­do sobre un asno, sobre un polli­no hijo de asna. Y de Efraín destru­iré los car­ros, y los cabal­los de Jerusalén y los arcos de guer­ra serán que­bra­dos; y hablará paz a las naciones, y se señorío será de mar a mar, y des­de el río has­ta los fines de la tier­ra” (Zac 9:9–10; Ose 2:18). Zac 9:9 es cita­do por Mateo (21:5) y apli­ca­do a la entra­da tri­un­fal de Cristo a la ciu­dad de Jerusalén. Era, entonces, en Su reino que los imple­men­tos de guer­ra serían quita­dos; Él hablaría de paz a las naciones. Esto lo dijo, como es reg­istra­do en los evan­ge­lios y por Pablo: “Y vino y anun­ció las bue­nas nuevas de paz a vosotros los que estabais lejos, y a los que esta­ban cer­ca” (Ef 2:17). Tan­to Isaías como Zacarías describen el carác­ter del reino de Dios bajo Cristo, con­trastán­do­lo con­tra el reino de la vie­ja economía. El nue­vo reino no debería ser exten­di­do o defen­di­do por armas de guer­ra car­nales; sus armas son espir­i­tuales (2 Cor 10:3–5; 6:10–17).

La Cor­rup­ción: El Pueblo ha deja­do a Jehová (ver­sícu­los 5–11)

5 Como si fuera gol­pea­do por el duro puño de la real­i­dad, el pro­fe­ta obser­va des­de el ide­al de la glo­ria futu­ra de Israel a la cor­rup­ción de sus días. Puesto que en la era ide­al de los gen­tiles deberá decir, “Venid, y sub­amos al monte de Jehová… [y] caminemos en sus sendas” (vers 3), es del todo apropi­a­do decir aho­ra, Venid, oh casa de Jacob, y cam­inare­mos a la luz de Jehová. Sola­mente de esta man­era el ide­al podría aún ser alcan­za­do.

6 Con un cam­bio abrup­to en la per­sona (s) a las que se dirige — de los judíos a Dios — Isaías señala que Dios ha aban­don­a­do a Su pueblo, arro­ja­dos y deja­dos a sus pro­pios con­se­jos. Isaías declara entonces que la razón de este rec­ha­zo es la cor­rup­ción encon­tra­da en la tier­ra. El más ade­lante expone este esta­do de deca­den­cia medi­ante el uso de la pal­abra lleno (o llena­dos) cua­tro veces: (1) El pueblo de Jacob está lleno de cos­tum­bres paganas traí­das del ori­ente, des­de el Eufrates a través de Ara­bia a Elam, el puer­to marí­ti­mo sobre el Gol­fo de Aqa­ba. Aban­do­nan­do a Jehová y Su pal­abra, el pueblo escogi­do de Dios se volvió a los agoreros -una pal­abra de sig­nifi­ca­do incier­to, pero aso­ci­a­da con algu­na for­ma de idol­a­tría pro­hibi­da por el Señor (Lev 18:26; Deut 18:10–12) — como los fil­is­teos, sus veci­nos paganos del sudoeste. Y Pactan con (“se com­pla­cen en ellos mis­mos,” King James) hijos de extran­jeros indi­ca que ellos encuen­tran plac­er en la aso­ciación con los extran­jeros y dis­fru­tan con las for­mas paganas en lugar de en su propia sep­a­ración div­ina­mente señal­a­da.

7 (2) Su tier­ra está llena de pla­ta y oro y los tesoros que estos pueden com­prar. (3) Está llena de cabal­los y car­ros, que habían sido pro­hibidos en la ley (Deut 17:16). El total de esta acu­mu­lación de riqueza mate­r­i­al y de poder guiaron a los judíos a olvi­dar su depen­den­cia de Dios.

8 (4) Lo más trági­co de todo, su tier­ra está llena de ído­los; ado­raron la creación de sus propias manos (para la ton­tería de esto, ver el comen­tario sobre 44:9–20). El total de estas cua­tro condi­ciones esta­ban en vio­lación direc­ta de la ley; por esta razón Jehová desechó a Su pueblo.

9 Los peca­dos que los guia­ban a estas condi­ciones traerían juicios sobre ellos; tan­to el hom­bre ordi­nario de bajo ran­go y el hom­bre de alto gra­do deberían ser postra­dos, reba­ja­dos, humil­la­dos grande­mente. La situación esta­ba tan mala que los pro­fe­tas cla­maron, no los per­dones, porque él no puede ver ningu­na esper­an­za de cam­bio.

10 En vista del juicio inmi­nente, el pro­fe­ta urge al pueblo a bus­car refu­gio en cuevas entre las rocas, o a ir deba­jo de la tier­ra, de tal man­era que pudier­an escapar del ter­ror de la pres­en­cia de Dios y el res­p­lan­dor o exce­len­cia de Su majes­tad.

11 Debido a su idol­a­tría, su orgul­lo y arro­gan­cia, su acu­mu­lación de riqueza, y el con­se­cuente ale­jamien­to de Dios de sus pen­samien­tos, la gente deberá ser abati­da, la nación deberá ser humil­la­da. En la humil­lación de ésta gente vana y alti­va, Jehová solo será exal­ta­do en aquel día. ¡Esto debería ser una lec­ción para los ateos, el mun­do mate­ri­al­ista de hoy!

El Juicio: Un Día de Jehová (ver­sícu­los 12–22)

12 El orgul­lo y la arro­gan­cia podrán exi­s­tir, pero tomará un día de Jehová der­rib­ar­las. Será un día escogi­do por el Señor, un día de juicio, la eje­cu­ción de la ira de Dios sobre el mal­va­do y la lib­eración de los rec­tos de aque­l­los que destruyen el camino del Señor. Cuan­do ese día ven­ga, sobre todo enal­te­ci­do, y será abati­do, der­rum­ba­do.

13–16 El pro­fe­ta pro­cede a enu­mer­ar cua­tro pares de cosas encum­bradas que serán abati­das cuan­do ven­ga el día del Señor: (1) los cedros del Líbano y las enci­nas de Basán; (2) los montes altos y los col­la­dos ele­va­dos; (3) toda torre alta y todo muro fuerte; (4) todas las naves de Tar­sis y todas las pin­turas pre­ci­adas (o artícu­los de arte traí­dos de país­es lejanos). Los comen­taris­tas están inde­cisos sobre como deben ser inter­pre­ta­dos estos obje­tos a ser abati­dos. ¿Son fig­uras sim­bóli­cas del lengua­je (meton­imias), o deben ser tomadas lit­eral­mente? Es plau­si­ble inter­pre­tar las primeras dos pare­jas como sím­bo­los de hom­bres grandes y de reinos altos, pero los segun­dos dos pares son difí­ciles para inter­pre­tar­los fig­u­rada­mente. En con­se­cuen­cia, la may­oría de los comen­taris­tas inter­pre­tan estos obje­tos lit­eral­mente: los cedros del Líbano y las Enci­nas de Basán, muy apre­ci­adas por los antigu­os, sufrirán destruc­ción en el juicio; las mon­tañas y los col­la­dos serán desnuda­dos en el pro­ce­so. Las tor­res altas y las ciu­dades for­ti­fi­cadas serán lit­eral­mente destru­idas, como lo serán las poderosas naves que se desplazan en el mar a partes tan lejanas del occi­dente como Tar­sis en España. Leupold sug­iere que pudiera ser que no estu­viera tan fuera de orden: “Podríamos ten­er aquí un tipo de descrip­ción fig­u­ra­da a medias en la cual la parte lit­er­al y fig­u­ra­da se entremez­clan indi­vis­i­bla­mente” (I. 83).

17–18 Las cua­tro pares de cosas que hemos esta­do dis­cutien­do podrían bien estar apun­tan­do a un quin­to par para ser abati­do por el juicio de Dios: La altivez del hom­bre será abati­da, y la sober­bia de los hom­bres será humil­la­da. Todo lo que el hom­bre ha apre­ci­a­do como sober­bio y alti­vo, jun­to con su pro­pio orgul­lo y altivez, serán humil­la­dos. Por segun­da vez el pro­fe­ta dice, y solo Jehová será exal­ta­do en aquel día (ver vers 11) — el día de Jehová. Cuan­do cada cosa que exal­ta el hom­bre, inclu­i­do el mis­mo, es traí­do a juicio, Dios, y sola­mente la ver­dad eter­na y per­ma­nente, y Su pal­abra, la ver­dad abso­lu­ta, deberá resaltar clara­mente. Y quitará total­mente los ído­los; los dios­es que ellos rep­re­sen­tan son entonces exhibidos como fic­ciones inex­is­tentes de la imag­i­nación, inca­paces de sal­var.

19 En el ter­ror del “día de Jehová” el hom­bre bus­cará meterse en las cav­er­nas de las peñas y en las aber­turas de la tier­ra — cualquier lugar que ofrez­ca refu­gio de la ira de Dios (ver. Ose 10:8; Luc 23:30; Apoc 6:16–17). Lo que está a la vista aquí son juicios tem­po­rales. El tem­blor de la tier­ra se refiere a un sacud­imien­to del mun­do de los mal­va­dos, no a un tem­blor lit­er­al.

20–21 Cuan­do Dios sacu­da la tier­ra, el pueblo arro­jará a sus ído­los más cos­tosos a los topos y mur­ciéla­gos que se ocul­tan en madrigueras deba­jo de la tier­ra o en cav­er­nas. Aque­l­los ído­los serán un imped­i­men­to para los pecadores asus­ta­dos mien­tras que ellos bus­can refu­gio del ter­ror de Jehová y su exal­ta­da majes­tu­osi­dad.

22 Hay una exhortación final: Dejaos del hom­bre y de la creación de sus manos, porque él es mor­tal y sus tra­ba­jos son vanidad. ¿Qué for­ma de sal­vación puede él ofre­cer? El deberá mirar por ayu­da a uno más alto que el mis­mo — y ese úni­co es Jehová Dios.

Capí­tu­lo 02. Jerusalén. El Ide­al y lo Real

Si Jehová de los ejérci­tos
no nos hubiera deja­do un resto pequeño,
seríamos como Sodoma, seme­jantes a Gomor­ra.
(Is. 1:9)

EL LIBRO DE ISAIAS

PARTE UNO

El Peri­o­do Asirio: Con­flic­to y Vic­to­ria (1–39)

Dis­cur­sos y Pro­fecías Cen­tradas en Jerusalén y en Judá (1–12)

Orácu­los de Juicio Con­tra Naciones Indi­vid­uales (13–23)

El Juicio Mundi­al y la Lib­eración del Pueblo de Dios (24–27)

Jerusalén — Sión: Adver­ten­cias y Prome­sas (28–35)

Enlace Históri­co (36–39)

Dis­cur­sos y Pro­fecías Cen­tradas Sobre Jerusalén y Judá (1–12)

1. Intro­duc­ción Per­son­al de Isaías a Su Libro

2. Jerusalén: Lo Ide­al y lo Real

3. Con­fusión Políti­ca y Social

4. Jerusalén la Red­im­i­da

5. La Viña y Sus Fru­tos

6. La Visión y el Lla­ma­do de Isaías

7. La Insur­rec­ción Sirio-Efraínit­i­ca

8. Asiria el Tor­rente Arrol­lador

9. La Luz Amanecien­do

10. La Util­i­dad y la Perdi­ción de Asiria

11. El Rey, Su Súb­di­to y el Rema­nente

12. Rego­ci­jo y Acción de Gra­cias por el Rema­nente

CAPITULO 1

Intro­duc­ción Per­son­al de Isaías a Su Libro

Ya sea que veamos el capí­tu­lo 1 como una esce­na de tri­bunal en la cual Jehová lla­ma a la nación a juicio (Leupold, Smith, Robin­son, y otros), o lo veamos de otra man­era (Young), parece claro que Jehová está lla­man­do a su nación y a sus hijos a hac­er un recuen­to de su con­duc­ta y com­por­tamien­to hacia El, seña­lan­do las con­se­cuen­cias del cur­so de su vida. Aunque podría no haber sido la primera parte del libro la que ha sido escri­ta, el con­tenido del cap 1 sirve tam­bién como una intro­duc­ción al libro. Las condi­ciones expues­tas describen bien el esta­do de los acon­tec­imien­tos sociales en el tiem­po de la invasión de Sena­que­rib de la tier­ra (701 A.C.). El capí­tu­lo podría haber sido escrito entonces y puesto al ini­cio del libro cuan­do el pro­fe­ta tra­jo sus pro­fecías jun­tas en un libro. Si esto es así, nos ayu­da a enten­der el porque el rela­to del lla­ma­do de Isaías no ocurre al ini­cio del libro (es reg­istra­do en el cap 6).

El capí­tu­lo podría ser divi­di­do como sigue:

1. La nación pecado­ra y rebelde (2–9).

2. La cor­rup­ción y la ado­ración hipócri­ta (10–15).

3. El lla­ma­do de Dios a un cam­bio de vida (16–20).

4. El lamen­to sobre Jerusalén (21–23).

5. Reden­ción por medio de la depu­ración (24–31).

Aquí el pro­fe­ta señala sobre los peca­dos del pueblo, llamán­do­los a la refor­ma­ción, declara juicios y rev­ela a Jehová como la úni­ca esper­an­za de sal­vación. La sal­vación, ya sea en ese tiem­po o en el futuro, deberá venir de Dios; tan solo El puede hac­er la pro­visión.

1. El pro­fe­ta se intro­duce a si mis­mo como Isaías, lo cual sig­nifi­ca “Jehová sal­va” o “Jehová es sal­vación.” Su nom­bre es la inspiración de su men­saje total a la gente. El es el hijo de Amoz (no el pro­fe­ta Amoz), un hom­bre de otra for­ma descono­ci­do. La visión que él vio es equiv­a­lente a la pal­abra que él vio (2:1). Es el men­saje que Dios le rev­eló o dio; es de ori­gen divi­no. La visión concierne no sola­mente al capí­tu­lo 1 sino a todo el libro; un pro­fe­ta de Dios habló la pal­abra que Dios le dio (Deut 18:18–19).

Aunque la visión era acer­ca de Judá y de Jerusalén, incluye las tribus al norte de Israel (9:1–10:9) y a las naciones paganas de esos días y como ellas afec­taron la for­tu­na y el bien­es­tar del pueblo de Dios (caps. 13–23; 24–27, etc.). El enfoque de la pro­fecía es indi­ca­do por la fre­cuente men­ción de los nom­bres Judá y Jerusalén. Judá se encuen­tra veintin­ueve veces en el libro, vein­ticin­co veces en la Parte Uno (caps. 1–39) y cua­tro en la Parte Dos (caps. 40–66); Jerusalén se men­ciona cuarenta y nueve veces, trein­ta en la primera sec­ción y diecin­ueve en la segun­da. Por lo tan­to Jerusalén ocu­pa el lugar más impor­tante en la visión.

En los días de Uzías — Uzías, que tam­bién fue cono­ci­do como Azarías (2 Rey 15), fue uno de los reyes desta­ca­dos de Judá; su muerte es usual­mente fija­da en el 740 a.C.1 Jotam, hijo de Uzías, reinó jun­to con su padre des­de el tiem­po en que le vino a Uzías una lep­ra has­ta su muerte. Jotam sigu­ió la políti­ca de su padre, esforzán­dose en lle­var a cabo sus proyec­tos y enfren­tán­dose con casi los mis­mos suce­sos. Acaz, con el cual deber­e­mos tratar pos­te­ri­or­mente, fue un hom­bre mal­va­do con muy poca, si es que ningu­na, fe en Dios. Y Eze­quías, uno de los mejores reyes que Judá haya tenido, jugó un mejor papel en la his­to­ria y sal­vación de la nación. La Parte Uno del libro de Isaías cier­ra con la der­ro­ta de Sena­que­rib en las manos de Jehová (701 A.C.), la enfer­medad y recu­peración de Eze­quías y la visi­ta de los emba­jadores de Mero­dac-Bal­adán, cuan­do Jehová predi­jo la cau­tivi­dad en Babilo­nia.

Ya que el pro­fe­ta dice que su visión incluye el peri­o­do de Uzías, pero más tarde dice que el recibió el lla­ma­do del ofi­cio proféti­co en el año que el Rey Uzías murió (capí­tu­lo 6), deberá ser con­clu­i­do que el ini­ció su tra­ba­jo en el peri­o­do cer­cano de la vida del rey. No ase­gu­ramos que Isaías vivió en el reino de Man­asés; pero si lo hizo, fue prob­a­ble­mente un peri­o­do de retiro en el cual el dirigió sus energías hacia otros tra­ba­jos, tal vez para escribir, pues a él se le acred­i­tan los escritos “los demás hechos de Uzías, primeros y postreros” (2 Crón 26:22), y “los demás hechos de Eze­quías, y sus misericordias…en el libro de los reyes de Judá y de Israel” (2 Crón 32:32).

La Nación Pecado­ra y Rebelde (vers. 2–9)

2 Como Moisés, en el dis­cur­so de des­pe­di­da a la nación jus­to antes de su muerte (Deut 32:1), él llamó a los cie­los para oír y a la tier­ra para escuchar sus pal­abras, así Isaías, per­manecien­do a medio camino entre Moisés y el Cristo, aho­ra lla­ma sobre estas dos partes per­ma­nentes de la creación de Dios para dar oído. En Deut 31:28–29 Moisés expli­ca el sig­nifi­ca­do de su lla­ma­do al cielo y a la tier­ra para ates­tiguar: “Porque yo sé que después de mi muerte, cier­ta­mente os cor­romperéis y os apartaréis del camino que os he man­da­do”. Lo que Moisés dijo debería venir a acon­te­cer sien­do cumpli­do en los días de Isaías. De acuer­do a esto, Isaías aho­ra lla­ma a los mis­mos cie­los y tier­ra a per­manecer como tes­ti­gos de la cor­rup­ción de la nación. Dios crió hijos, pero ellos se rebe­laron con­tra Él. La pal­abra hebrea emplea­da aquí indi­ca una rup­tura de relación.

3 Para ilus­trar la insen­satez de la nación, Isaías intro­duce como metá­foras al buey y al asno, ninguno de los cuales se dis­tingue por la ampli­tud de su inteligen­cia. Sin embar­go, el buey conoce a su dueño y el asno conoce su pese­bre; ellos cono­cen que tan­to su ali­men­to como su refu­gio son ambos pro­vis­tos por su señor. Pero el pueblo de Dios ni recordó ni con­sid­eró estos asun­tos.

4 El pueblo de Dios está abru­ma­do con la iniq­uidad; como la semi­l­la de la mal­dad, engen­draron mal­dad don­d­e­quiera que fueron; se con­du­jeron cor­rup­ta­mente. Ellos dejaron y des­pre­cia­ron (esti­maron en poco) a Jehová el San­to de Israel. Él no los dejó a ellos, pero ellos sí a Él, y aún aho­ra Él está inten­tan­do lle­gar a ellos y regre­sar­los a Él mis­mo. Ellos se han vuel­to atrás, degeneran­do en una nación pecado­ra, dis­tan­cián­dose ellos mis­mos de Jehová.

5 La nación está enfer­ma con una enfer­medad repug­nante que cre­ció de mal en peor. Toda cabeza, el asien­to de la inteligen­cia y del conocimien­to, está enfer­ma; todo corazón, la fuente de afec­to y amor, está doliente, no tenien­do áni­mo ni con­vic­ción. Cuan­do la mente está cor­rup­ta, es imposi­ble restau­rar el corazón a la salud, pues la cura de la afec­ción es por medio del conocimien­to de la bon­dad y la ver­dad.

6 La nación es pecado­ra de la cabeza a los pies; no hay sen­satez o salud espir­i­tu­al en ellos. Las vie­jas heri­das están llenas de pus, las mag­ul­laduras están clara­mente vis­i­bles, y los ver­dugones de las lla­gas resaltan. La gente no ha hecho nada para sanarse a ellos mis­mos regre­san­do a Jehová, sino que su condi­ción sigue supu­ran­do y se pudre cada vez más. ¡Qué ter­ri­ble espec­tácu­lo de la condi­ción espir­i­tu­al de la nación!

7–9 El pro­fe­ta entonces se vuelve de la meton­imia a la real­i­dad. El país esta­ba des­o­la­do; las ciu­dades eran que­madas con fuego; los extran­jeros habían con­sum­i­do el pro­duc­to de la tier­ra en la pres­en­cia de la población inde­fen­sa. En lugar de estar la for­t­aleza de Dios en medio de una tier­ra fluyen­do leche y miel, el pueblo de Sión per­maneció des­o­la­do como un puesto frágil en medio de la viña, débil y sacu­d­i­do por el vien­to, como una choza tem­po­ral en un mel­onar -¡Como una ciu­dad siti­a­da! Esta descrip­ción armo­niza con la de Miq 6:13–16, y cor­re­sponde con la maldición de Lev 26 y Deut 28. Si Jehová de los ejérci­tos no nos hubiese deja­do un resto pequeño, como Sodoma fuére­mos -tan com­ple­ta­mente destru­i­da que no había trazas de su pasa­da exis­ten­cia- o como Gomor­ra, seme­jante a basura y des­o­la­da y destru­i­da por el fuego. Pero aún en medio de la des­o­lación espir­i­tu­al seme­jante a Sodoma y Gomor­ra la merced de Dios tuvo prepara­do un rema­nente. Aunque si bien Judá debería ir a la cau­tivi­dad, un rema­nente debería retornar (10:20–21); de la mis­ma man­era bajo el Mesías un rema­nente será sal­vo (Rom 9:29) de acuer­do a la elec­ción de la gra­cia div­ina (Rom 11:5). Jehová traerá con respec­to a la sal­vación de los red­imi­dos y los rescatará de cada época. Note, sin embar­go, que ellos siem­pre incluyeron un rema­nente -una pequeña por­ción- nun­ca el total.

La Cor­rup­ción Escon­di­da Detrás de la Ado­ración Hipócri­ta (ver­sícu­los 10–15)

10–13 El pro­fe­ta apela aho­ra a los príncipes de esta inmoral Sodoma y a la gente de esta Gomor­ra no espir­i­tu­al a oír la pal­abra de Jehová. No es Isaías el hom­bre quien está hablan­do, sino que es Dios hablan­do por medio de él: Oíd la pal­abra de Jehová…escuchad la ley -la enseñan­za- de nue­stro Dios. Aunque si bien la nación podría replicar que ellos son el pueblo de Dios y que los sac­ri­fi­cios y la ado­ración están en abun­dan­cia en el tem­p­lo, tales hechos no son nada para Dios si ellos son hipócritas, rep­re­sen­tan­do sola­mente un acto for­mal y vacío. Jehová usa lengua­je fuerte cuan­do dice que tales ofrec­imien­tos son vanos y una abom­i­nación, los que Él abor­rece o abom­i­na. Los sac­ri­fi­cios de la gente eran sola­mente inten­tos para ocul­tarse detrás de la falsedad de los for­mal­is­mos. Esto siem­pre ha sido y con­tinúa sien­do un refu­gio favorito para aque­l­los que son inca­paces de venir antes a Jehová en espíritu y en ver­dad y que no cono­cen el carác­ter ver­dadero de Dios. ¿Quién ha deman­da­do tales cosas de ust­edes? Yo no, dice el Señor; pero Yo no puedo tol­er­ar tales cosas. Así como nosotros podríamos decir, “Yo no puedo aguan­tar­lo”.

14 Jehová tam­bién repu­dia la for­ma en la que la gente obser­va las fes­tivi­dades: el Sába­do sem­anal­mente, las Lunas Nuevas men­su­al­mente y las tres asam­bleas solemnes anuales (Pas­cua, Pen­te­costés, y la Fies­ta de los Tabernácu­los). Cansa­do estoy de sopor­tar­las, aguan­tar­las o tol­er­ar­las, dice el Señor. Él abor­rece tales farsas hipócritas. Esto no es para decir que Dios ha repu­di­a­do las fes­tivi­dades por ellas mis­mas, ya que El las había insti­tu­i­do a través de Moisés. El se deleitó en su ado­ración div­ina­mente señal­a­da, pero sola­mente cuan­do era ofre­ci­da en el espíritu apropi­a­do para el propósi­to señal­a­do. Lo que El abor­reció y des­pre­ció fue la hipocre­sía de los ado­radores (ver tam­bién Amós 5:21–23, donde es hecha la mis­ma acusación con­tra Israel).

15 Dios ocul­taría Sus ojos cuan­do el pueblo extendiera o alzara sus manos hacia Él en lugar de ser llena­dos de Su gen­erosi­dad en respues­ta a sus ora­ciones, o cuan­do ellos alzaran sus manos como si estu­vier­an llenas con el ofrec­imien­tos de las ora­ciones. ¿Por qué? Sus manos esta­ban llenas de san­gre — la san­gre de los hom­bres asesina­dos por los ado­radores, o la san­gre de aque­l­los que murieron debido a que ellos habían sido roba­dos de su sosten­imien­to por la cod­i­cia de los nobles. En uno u otro caso, los ado­radores fueron cul­pa­dos de crímenes sociales. Los ado­radores vanos, vacíos e hipócritas no pueden ocul­tar los crímenes de una nación, ni entonces ni aho­ra.

El Lla­ma­do de Dios a un Cam­bio de Vida (ver­sícu­los 16–20)

16 Jehová lla­ma aho­ra al cam­bio de vida, lo que deberá pro­ced­er de un arrepen­timien­to gen­uino, un cam­bio de vol­un­tad. Los ado­radores acept­a­bles y la comu­nión con Dios sola­mente pueden venir de un corazón y una vida limpia; son entonces emi­ti­dos tres man­damien­tos que tienen que ver con los peca­dos: (1) Lavaos y limpiaos; esto deberá ser toma­do en el sen­ti­do espir­i­tu­al, porque las limpiezas cer­e­mo­ni­ales que no involu­cran el corazón no puede ben­e­fi­ciar. Este es un man­damien­to que el pueblo debería obe­de­cer. Si el hom­bre se arrepi­ente y cam­bia su vida, Dios per­dona y bor­ra sus peca­dos. (2) Quitad la iniq­uidad de vues­tras obras de delante de mis ojos; elim­i­nar la idol­a­tría y la fal­sa ado­ración y todas las ten­den­cias pecaminosas que acom­pañan tales prác­ti­cas. (3) Dejad de hac­er lo malo. Con el ale­jamien­to de las iniq­uidades de la fal­sa ado­ración, Dios mandó un ale­jamien­to de toda iniq­uidad moral, en la ado­ración y hacia el próji­mo. Los tres man­damien­tos en total son esen­ciales.

17 El pro­fe­ta aho­ra enu­mera cin­co deman­das pos­i­ti­vas, todas esen­ciales para la aceptación de Dios. Hay direc­tri­ces éti­cas o sociales: (1) Aprend­ed a hac­er el bien. Esta deman­da indi­ca que el hom­bre no puede cono­cer inher­ente­mente lo que es cor­rec­to; deberá ser enseña­do. Isaías está dicien­do que por sus prác­ti­cas inicuas, el pueblo ha con­fun­di­do su conocimien­to de lo que es cor­rec­to, así que aho­ra deberán ser enseña­dos de lo que está bien y es bueno a la vista de Dios. (2) Bus­cad el juicio en todas las cosas, espe­cial­mente en el tra­to ante los tri­bunales, siem­pre. (3) Resti­tu­id al agravi­a­do, por la opre­sión que ha cre­ci­do por el sis­tema judi­cial cor­rup­to; la indifer­en­cia era mostra­da hacia los dere­chos de los demás. (4) Haced jus­ti­cia al huér­fano. (5) Amparad a la viu­da. Aque­l­los que no tenían padre o esposo para sal­va­guardar sus dere­chos deberían ser pro­te­gi­dos por los jue­ces. Estos gru­pos habían sido des­cuida­dos por los gob­er­nantes y por los jue­ces, debido a que no se obtenían ben­efi­cios en el tiem­po emplea­do en su favor. Tales refor­mas prác­ti­cas deberían seguir a la limpieza deman­da­da por Dios.

18 Los ver­sícu­los 18–20 han sido durante mucho tiem­po una cita favorita entre los estu­di­antes de la Bib­lia, pero hay diver­sos pun­tos de vista de su sig­nifi­ca­do. ¿Es un lla­ma­do a un juicio del tri­bunal, o es un lla­ma­do a traer la con­tro­ver­sia a un fin? Thomas Cheyne tra­duce, “Per­mí­tanos traer nues­tra dis­pu­ta a un fin” (cita­do por Rawl­in­son). Smith acep­ta esta inter­pretación, toman­do la aceptación que Cheyne retiró pos­te­ri­or­mente (I.13). Smith dice que aunque él lla­ma a este capí­tu­lo “un juicio en ley”, está “más allá de una con­tro­ver­sia per­son­al, una con­tro­ver­sia legal…no es Judá y la ley los que son con­fronta­dos; es Judá y Jehová” (I. 8–9). Delitzsch dice, “Jehová reta aquí a Israel a un juicio for­mal”. Pero Young repli­ca, “No es un juicio legal el que está sien­do aquí descrito. En lugar de eso es mejor decir un man­damien­to para ser juz­ga­dos a la luz de la ley de Dios (en este caso, para razonar jun­tos) y arrepen­tirse.” Barnes dice, “Aquí [la frase “Este­mos a cuen­tas”] deno­ta el tipo de con­tención, o argu­mentación, que ocurre en una corte de jus­ti­cia, donde las partes recíp­ro­ca­mente estable­cen el moti­vo de sus causas, “Dios establece primero los car­gos y entonces las bases sobre los cuales El per­donará (I. 71–72). Leupold sug­iere que el reproche mor­daz de Isaías en los primeros ver­sícu­los tra­jo una reac­ción de los oyentes que los guía a Jehová para ablandar Su acti­tud y decir, “Llegue­mos a un arreg­lo,” o “Arregle­mos nues­tras difer­en­cias,” o aún “Arregle­mos nue­stros malen­ten­di­dos” (I. 64). Leupold apoya la tra­duc­ción de Smith (“Lleve­mos nue­stros argu­men­tos a un acuer­do”) sobre el tema de que después de que se ha esta­do razo­nan­do un pun­to por algún tiem­po él no agre­ga “Ven, razonemos jun­tos”; sin embar­go, uno podría decir, “Arregle­mos el asun­to” (I. 66).

Sin tomar en cuen­ta el como alguien tra­duce el pasaje, la exhortación venid impli­ca­da con la fuerza de un man­damien­to: este­mos a cuen­tas, o llegue­mos a un arreg­lo, o arregle­mos nues­tra difer­en­cia. Dios está en for­ma muy defin­i­ti­va ofre­cien­do perdón a Su pueblo: Si vue­stros peca­dos fuer­an como la grana, como la nieve serán emblan­que­ci­dos; si fueren rojos como el carmesí, ven­drán a ser como blan­ca lana. Los dos col­ores, escar­la­ta y carmesí, son prác­ti­ca­mente lo mis­mo, se refiere al teñi­do pro­fun­do o a la condi­ción de doble teñi­do labra­da por el peca­do. El escar­la­ta es el col­or de la san­gre, el vesti­do de la ram­era (Apoc 17:4), y la bes­tia sobre la cual via­ja (vers. 3). Aquí describe la nat­u­raleza pro­fun­da­mente arraiga­da de los peca­dos de Judá. Pero aunque la nación esté tan pro­fun­da­mente man­cha­da con los peca­dos, Jehová prom­ete que ellos deberán lle­gar a ser blan­cos como la nieve o lana, com­ple­ta­mente per­don­a­dos y limpia­dos.

19–20 Pero la prome­sa es condi­cional: Si quisiereis y oyereis (¡él que esté dis­puesto debe ser obe­di­ente!), com­eréis el bien de la tier­ra, el rega­lo de su pro­duc­to. Pero si no quisiereis y fuereis rebeldes, seréis con­sum­i­dos a espa­da. Se obe­di­ente y come; se rebelde y serás comi­do (la espa­da es un instru­men­to de destruc­ción). Esta prome­sa es abso­lu­ta­mente segu­ra, porque es la pal­abra de Dios — porque la boca de Jehová lo ha dicho. Así como en el ini­cio de la his­to­ria de la nación (Deut 30:15,19), la vida y la muerte están una vez más delante del pueblo.

El Lamen­to sobre Jerusalén (ver­sícu­los 21–23)

21El pro­fe­ta con­trasta aho­ra la ciu­dad de sus días con la que fue algu­na vez: ¡Como está la ciu­dad fiel con­ver­ti­da en una ram­era! El cuadro es el de una esposa que en su juven­tud fue devota a su esposo, fiel a él en todas las for­mas; pero aho­ra se está ven­di­en­do a otros como una ram­era. Jehová reac­cionó hacia ella de la mis­ma man­era. Los mis­mos car­gos fueron dirigi­dos con­tra Israel por Oseas: “No te ale­gres, oh Israel, has­ta saltar de gozo como los pueb­los, pues has for­ni­ca­do apartán­dote de tu Dios; amaste salario de ram­era en todas las eras de tri­go” (Ose 9:1). Dios predi­jo esto cuan­do dijo a Moisés, “Y este pueblo se lev­an­tará y for­ni­cará (ir a pros­ti­tuirse, King James) tras los dios­es ajenos de la tierra…y me dejara (Deut 31:16). Mien­tras que Judá había esta­do llena de jus­ti­cia, y la equidad estu­vo moran­do en ella, aho­ra era una tier­ra de homi­ci­das. Las pal­abras jus­ti­cia y equidad se men­cio­nan muchas veces en el libro de Isaías. Aunque si bien una dis­tin­ción clara entre las dos es algu­nas veces difí­cil, la idea bási­ca de jus­ti­cia son deci­siones y acciones impar­ciales e igual­i­tarias por la rama judi­cial de gob­ier­no; la idea de equidad es con­formi­dad a un están­dar éti­co o moral. Ambas esta­ban sien­do muy per­ver­tidas.

22 Aunque si bien nues­tra propia nación no es la elegi­da de Jehová como lo fue Israel, el mis­mo car­go podría ser hecha hoy con­tra ella. La pla­ta de Israel, un sím­bo­lo de pureza, se ha vuel­to como la esco­ria desecha­da del met­al fun­di­do. Su vino que ale­gra­ba los oídos fue dilu­i­do con agua, y entonces debil­i­ta­do grande­mente.

23 De la meton­imia el pro­fe­ta vuelve de nue­vo a la real­i­dad. Los príncipes o líderes se rebe­laron con­tra Dios y su equidad, en lugar de la aso­ciación con Jehová y el fiel, fueron com­pañeros de ladrones. Cada uno amó el sobor­no y buscó la rec­om­pen­sa: No hacen jus­ti­cia al huér­fano, ni lle­ga a ellos la causa de la viu­da. No tenían tiem­po de ayu­dar al inde­fen­so, debido a que no había pagos deriva­dos de tales ser­vi­cios.

La Reden­ción por Medio de la Limpieza (ver­sícu­los 24–31)

24 Jehová ha lla­ma­do al pueblo a razonar con Él, a resolver la difer­en­cia, y ha prometi­do limpiar­los (vers. 18–20); pero han rehu­sa­do pon­er aten­ción. Él aho­ra habla como el Señor, Jehová de los ejérci­tos, el Señor de todas las fuerzas celes­tiales y ter­re­nales, Él es el Fuerte de Israel, ante el cual ellos son respon­s­ables. Él se desa­hog­a­ra por sí mis­mo de Sus Adver­sar­ios que lo han afligi­do o ape­na­do. Y se ven­gará por si mis­mo de Sus ene­mi­gos por la reivin­di­cación de Su propia san­ti­dad y la equidad de su ley rec­haz­a­da. Esto lo lle­vará a cabo por los juicios traí­dos sobre aque­l­los que le son hos­tiles.

25 Como un met­al purifi­ca­do en el horno abrasador, así en el horno de juicio Jehová volverá Sus manos sobre la gente apos­ta­ta para limpiar has­ta lo más puro la esco­ria, el her­rum­bre, todas las impurezas que con­t­a­m­i­nan el met­al puro o ver­dadero.

26 Cuan­do esto es hecho, Él restau­rará jue­ces y con­se­jeros que darán una guía y con­se­jo jus­to. Jerusalén será lla­ma­da de nue­vo la Ciu­dad de Jus­ti­cia, Ciu­dad Fiel.

27 Por medio de Su juicio divi­no habrá una limpieza y una restau­ración de una relación cor­rec­ta con Jehová, trayen­do ade­lante un nue­vo Israel Espir­i­tu­al. Ellos serán red­imi­dos por la mucha jus­ti­cia y equidad que han rec­haz­a­do, porque Sión será rescata­da con juicio – con jus­ti­cia div­ina — y los con­ver­tidos (“Los que retor­nen a Ella,” los mar­gin­a­dos) con jus­ti­cia. Esta jus­ti­cia div­ina ejercerá juicio sobre el peca­do y los pecadores, y la equidad de Dios se apli­cará equi­tati­va­mente en los con­ver­tidos.

28 El Señor se vuelve aho­ra a los idol­a­tras que rehusaron vol­verse o cam­biar. Aque­l­los que dejaron a Jehová, los rebeldes y pecadores jun­tos, deberán ser destru­i­dos -con­sum­i­dos en el fuego del juicio.

29 Aque­l­los que con­fi­aron en sus ído­los serán aver­gon­za­dos cuan­do se den cuen­ta de la insen­satez de tal con­fi­an­za. Aparente­mente las enci­nas (o huer­tos) rep­re­sen­tan la madera de la que son hechos los ído­los o el bosque­cil­lo en el cual es ado­ra­do, prob­a­ble­mente en este últi­mo. Y los huer­tos que pre­firieron los ene­mi­gos de Dios, aparente­mente los lugares espe­cial­mente desar­rol­la­dos para la devo­ción y ado­ración idol­a­tra (ver Isa 65:3; 66:17), algún día traerán con­fusión y vergüen­za a aque­l­los que los esco­gieron.

30 Los idol­a­tras se volverán como el huer­to y el jardín en los cuales ado­ran. Serán como una enci­na que está muer­ta y que aban­don­a­da está seca, o como huer­to que por care­cer de agua se rese­ca por el sol; ambos se encien­den ráp­i­da­mente y se que­man sirvien­do de estopa.

31 Es agre­ga­da una ter­cera figu­ra. Los hom­bres fuertes serán como la estopa, seca e incen­di­a­ble como una cen­tel­la. El tra­ba­jo del hom­bre fuerte — el ído­lo — será la chis­pa de encen­di­do; tan­to el hom­bre fuerte como el ído­lo, que es el tra­ba­jo de sus manos, se que­marán jun­tos. Puesto que Jehová ha emi­ti­do este decre­to, no hay poder para impedir que se queme o para apa­gar el fuego una vez que es encen­di­do.

Como sug­e­r­i­mos ante­ri­or­mente, la fecha de este capí­tu­lo es incier­ta. Los úni­cos dos even­tos reg­istra­dos durante el tiem­po de la pro­fecía de Isaías que sitúa las condi­ciones descritas son la guer­ra Sirio-Efrainíti­ca de los días de Acaz (cap. 7) y la invasión de Asiria bajo Sena­que­rib (701 A.C.) en los días de Eze­quías (caps. 36–37). Ningu­na de estas sug­eren­cias pare­cen com­ple­ta­mente sat­is­fac­to­rias, pero a pesar de nues­tra incer­tidum­bre acer­ca de la fecha exac­ta, el capí­tu­lo cier­ta­mente hace pre­sente un exce­lente resumen del total del libro. Los temas de la idol­a­tría, los peca­dos de los príncipes y del pueblo, la cor­rup­ción en todos los aspec­tos de la vida social, y la respues­ta de Jehová — con­de­nación, juicio y destruc­ción, así como la exhortación y la pro­visión de la reden­ción y la sal­vación — se repiten a través del gran Libro de Isaías.



1 Para una dis­cusión de las fechas de estos reyes ver Edwin R. Thiele, A Chronol­o­gy of the Hebrew Kings (Grand Rapids: Zon­der­van, 1978), pp. 40–42, 77–78. De acuer­do a Thiele, el reino de Uzías de 52 años (2 Rey 15:2) incluyó un cor­eina­do con su padre; el cor­eina­do ter­minó en 767 con la muerte pos­te­ri­or y Uzías con­tin­uo reinan­do has­ta su propia muerte en el 740. Jotam estu­vo cor­einan­do con Uzías des­de el 750 al 740 y entonces reinó solo el 735. Acaz reinó des­de el 735 has­ta el 715 y Eze­quías des­de el 715 al 686. Para un pun­to de vista difer­ente, ver Edward J. Young, The Book of Isa­iah (Grand Rapids: Eerd­mans, 1972), vol. 2, pp. 540–542.

Capí­tu­lo 01. Intro­duc­ción per­son­al de Isaías a su libro

Por el momen­to ten­emos per­miso para pub­licar este comen­tario. Sep­an que sólo será por un tiem­po muy lim­i­ta­do por respeto a los dere­chos del autor.

Ed

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Intro­duc­ción

Israel y Judá

En muchos aspec­tos las condi­ciones car­ac­terís­ti­cas de Israel y Judá en el siglo octa­vo A.C. eran sim­i­lares a las que car­ac­ter­i­zan a nues­tra sociedad en el siglo veinte. En su pros­peri­dad, Israel y Judá se olvi­daron de Dios y cayeron en la cor­rup­ción y deca­den­cia. Bajo el man­do de Jer­oboam II (782–753 A.C.) las fron­teras de Israel habían sido restau­radas en gran parte y el peri­o­do se car­ac­ter­izó por una pros­peri­dad descono­ci­da allí des­de los días de Salomón. En Judá, el hábil y die­stro Uzías (767–740 A.C.) restau­ró en gran medi­da las fron­teras de ese país y la pros­peri­dad alcanzó allí alturas no dis­fru­tadas des­de los días de Salomón. En ambas naciones esta aflu­en­cia mate­r­i­al pro­du­jo las enfer­medades que tan fre­cuente­mente acom­pañan a la abun­dan­cia. La gente olvidó a Dios y atribuyó su pros­peri­dad y bien­es­tar a los ído­los a los cuales ellos habían vuel­to.

La idol­a­tría imperó en Israel. Des­de la muerte de Salomón (931 A.C.), cuan­do el reino del norte se sep­a­ró de Judá, Israel adoró a Jehová por medio del sím­bo­lo de los dos becer­ros dora­dos, los cuales habían sido lev­an­ta­dos en Bet-el y Dan por su primer rey, Jer­oboam I. Todos los reyes que sigu­ieron lo imi­taron a él en la hon­ra a estos dos becer­ros. Agre­ga­do a esta for­ma de idol­a­tría esta­ba el cul­to a Baal, un cul­to nacional estable­ci­do por medio de la influ­en­cia de Jez­abel, la esposa de Acab, el cual reinó de 874 a 853 A.C. Malde­ci­dos de esta man­era con dos for­mas de idol­a­tría — el cul­to a Jehová bajo el sím­bo­lo de los bor­re­gos y el cul­to a Baal, un cul­to mera­mente pagano — la nación se sumergió en los abis­mos de la apos­tasía de la cual nun­ca se reco­braría. Este rec­ha­zo de Jehová por el reino del norte fue acom­paña­do de la cor­rup­ción políti­ca, la deca­den­cia social, y la depravación moral, todo lo cual traía el juicio de Dios sobre la nación.

Sin embar­go, antes de que este juicio fuera lle­va­do a cabo por el Señor, Dios lev­an­tó dos pro­fe­tas, a quienes envió a denun­ciar los peca­dos de ese tiem­po y suplicar a la gente el retorno a Jehová. Amós, un pas­tor atre­v­i­do, áspero y valeroso de la ári­da región de Tecoa, al sur de Jerusalén, fue el primero (755 A.C.). El describió la condi­ción cor­rup­ta de Israel en un lengua­je vivi­do, grá­fi­co y a menudo pin­toresco. El juicio, dijo, esta­ba en su camino, y como Isaías describió más tarde, el peli­gro rep­re­sen­ta­do por Asiria, “Será cier­ta­mente espan­to el enten­der lo oído” (28:19). Amós advir­tió que los pala­cios serían saque­a­d­os (3:11) y que la gente amante del lujo que se apo­yaría en los cojines de seda de sus divanes o camas, serían tan arru­ina­dos que los que per­manecier­an podrían ser com­para­dos con dos pier­nas (de una ove­ja) o de un peda­zo de ore­ja rescata­da por un pas­tor de la boca del león (3:12). Sus casas de invier­no y ver­a­no, jun­to con sus mue­bles incrus­ta­dos de marfil, todos pere­cerían (3:15). Las mujeres de Samaria, esposas de los señores, descritas como “vacas (gana­do vac­uno) de Basán”, engor­dadas como para una car­nicería, serían reba­jadas y arro­jadas fuera de la tier­ra, con­duci­das lejos a la cau­tivi­dad con gan­chos (4:1–3). El lujo y la extrav­a­gan­cia, gana­do a expen­sas de los pobres (6:1–6), sería todo reduci­do a la nada y los que más se deleitaron serían lle­va­dos cau­tivos (6:7–11). “Por tan­to, de esta man­era te haré a ti, Oh Israel; y porque te he de hac­er esto, prepárate para venir al encuen­tro de tu Dios, Oh Israel” (4–12).

Con­tem­porá­neo de Amós, pero pro­fe­ti­zan­do unos pocos años más tarde, fue Oseas (750–725 A.C.). Al igual que Amós, Oseas era aparente­mente un nati­vo de Israel, la tier­ra a la cual él fue envi­a­do. Aunque Oseas pre­sen­ta un sen­timien­to del­i­ca­do y com­pa­si­vo hacia la nación mal­va­da y pecaminosa — pal­abras tales como “mis­eri­cor­dia” se men­cio­nan una y otra vez mien­tras él apela a la gente para que vuel­va a Jehová — de ningu­na man­era es severo en su denun­cia de la idol­a­tría de Israel, los fru­tos mal­va­dos que fueron tan evi­dentes en la vida diaria.

Oseas usó la pal­abra for­ni­cación para describir la apos­tasía de Israel frente a Jehová y a la ado­ración de los dios­es paganos. Esta pal­abra y la frase “recrearse con la ram­era”, se men­cio­nan una y otra vez. Para Oseas, toda ado­ración fal­sa era for­ni­cación espir­i­tu­al; com­para a la gente que servía a los ído­los con una ram­era que sirve a los deseos de los hom­bres por el pago que recibe.

Oseas llamó tam­bién a la nación a un tri­bunal de jus­ti­cia para ser proba­dos ante Jehová, “Porque no hay ver­dad, ni mis­eri­cor­dia, ni conocimien­to de Dios en la tier­ra” (4:1). En con­traste con lo que él no encon­tró, el pro­fe­ta señala lo que la nación mostró en todas las for­mas: “Per­ju­rar, men­tir, matar y adul­ter­ar prevale­cen, y homi­cidio tras homi­cidio se suce­den” (4:2). ¡Esto se oye notable­mente como los encabeza­dos de un per­iódi­co mod­er­no! Debido a estas condi­ciones de peca­do, “Se enlu­tará la tier­ra, y se exten­uará todo morador de ella, con las bes­tias del cam­po y las aves del cielo (4:3).

Los ído­los de Israel, hechos de pla­ta y oro a los cuales Dios los había entre­ga­do, serían cor­ta­dos jun­to con los bor­re­gos los cuales ellos for­jaron y ado­raron en Bet-el y Dan (Ose 8:4,5). “Porque sem­braron vien­to, y tor­belli­no segarán” (Ose 8:7). Jehová había escrito para Efraín, el cual rep­re­sen­ta aquí a Israel, “Le escribí las grandezas de mi ley, y fueron tenidas por cosa extraña” (8:12). Israel había olvi­da­do a su Creador y con­struyó pala­cios, y Judá mul­ti­plicó sus ciu­dades for­ti­fi­cadas — activi­dades con­trarias a la fe y a la vida sen­cil­la fidel­i­dad en Dios. Pero Dios enviaría un fuego sobre Sus ciu­dades para devo­rar sus pala­cios (8:14). La razón real del cas­ti­go impuesto por Dios fue clara­mente resum­i­do por el pro­fe­ta Oseas cuan­do dijo, “Pues has for­ni­ca­do apartán­dote de tú Dios; amaste salario de ram­era en todas las eras de tri­go” (9:1); esto era for­ni­cación espir­i­tu­al.

Debido a la cul­pa­bil­i­dad de Israel en la rebe­lión con­tra Dios, Oseas dijo, “Caerán a espa­da; sus niños serán estrel­la­dos, y sus mujeres enc­in­ta serán abier­tas” (13:16). ¿De donde ven­dría tal juicio? Jehová no dejó a la gente sin respues­ta: El lo haría cono­ci­do. Este fue el día amar­go guarda­do para ellos, pero habría un día mejor más allá de este juicio cuan­do ellos volverían a Jehová y dejarían su iniq­uidad (Cap 14).

Isaías y Miqueas pre­sen­tan clara­mente que las condi­ciones morales y espir­i­tuales en Judá fueron un poco mejor que las que tenían en Israel. Obser­vare­mos aque­l­las condi­ciones en nue­stro estu­dio de Isaías.

Mien­tras que Israel y Judá esta­ban con­sum­ién­dose en el lujo y pros­peri­dad recien­te­mente adquiri­da, había estru­en­do de invasión así como los nubar­rones de guer­ra asoma­ban ame­nazado­ra­mente en el norte y en el este. Una vez más Asiria tenía sus ojos sobre el este en tan­to que flex­ion­a­ba sus mús­cu­los mil­itares y hacía ame­nazas de con­quista mundi­al. Amós había sido especi­fi­co más de una vez al decir, “Un ene­mi­go ven­drá por todos lados de la tier­ra” (3:11) y “Una nación…que os oprim­irá des­de la entra­da de Hamat has­ta el arroyo de Ara­ba” (6:14), indi­can­do sola­mente la direc­ción des­de la cual ven­dría la aflic­ción y los lim­ites has­ta los cuales se exten­dería. Unos pocos años más tarde Oseas iden­ti­ficó especí­fi­ca­mente al adver­sario, dicien­do, “Ellos [la gente de Israel] com­erán vian­da inmun­da en Asiria” (9:3). Hablan­do del becer­ro de Bet-el dijo, “Aún será lle­va­do a Asiria como un pre­sente al rey Jareb” (10:6). En resumen, puesto que Israel había rec­haz­a­do a Jehová como su Dios y Rey, “Ellos no volverán a la tier­ra de Egip­to, sino que el asirio mis­mo será su rey, porque no se quisieron con­ver­tir” (11:5). La mis­ma pal­abra “Asiria” pro­du­jo ter­ror en los cora­zones de aque­l­los que lo oyeron, lle­van­do la mente a la nat­u­raleza ter­ri­ble de los juicios descritos por Oseas (13:16).

AsiriaMapa que corresponde a los tiempos de Isaias

Un breve resumen del surgimien­to de Asiria al poder servirá como un fon­do al libro de Isaías. Poco se conoce del peri­o­do prim­i­ti­vo de la his­to­ria de Asiria, excep­to aque­l­los datos pos­te­ri­ores a la mitad del ter­cer mile­nio A.C. Su población más antigua era cul­tural­mente infe­ri­or a la de Babilo­nia, pero supe­ri­or en energía y espíritu mil­i­tar. La his­to­ria más antigua de Asiria ya rev­ela su interés e influ­en­cia com­er­cial. Fueron estable­ci­das colo­nias com­er­ciales por don­d­e­quiera que la gente se sen­tía lo sufi­cien­te­mente fuerte debido a la pro­tec­ción de ellos. Estas colo­nias flo­recieron en el primer cuar­to del segun­do mile­nio antes de Cristo, y durante este tiem­po var­ios gob­ier­nos for­t­alecieron a la flo­re­ciente nación.[1] Parecía sin embar­go, que los asirios fueron lle­va­dos bajo el poder de la babilo­nia de Hamura­bi, el cual gob­ernó de 1728 a 1686 A.C.[2]

Durante el peri­o­do de quinien­tos años, de 1500–1000 A.C., var­ios gob­ier­nos poderosos con­tribuyeron grande­mente al desar­rol­lo de la flo­re­ciente nación. El primero en impor­tan­cia entre estos reyes y el que par­tic­u­lar­mente nos intere­sa, es Tiglath-pileser I (1116–1078 A.C.), el cual guió a la nación a nuevas alturas de poder y con­quista mil­i­tar. Su políti­ca era no mostrar mis­eri­cor­dia a sus ene­mi­gos; las noti­cias de su cru­el­dad pro­du­jo ter­ror en los cora­zones de aque­l­los a los cuales con­quistó. Esta políti­ca fue tam­bién adop­ta­da por sus suce­sores, y la cru­el­dad de Asiria llegó a ser el cas­ti­go del mun­do has­ta que su cap­i­tal, Nínive, cayó en el 612 A.C. Pero Tiglath-pileser no era sola­mente un gran guer­rero; era tam­bién un gran con­struc­tor de pala­cios, ciu­dades, y de fuertes plazas.

Con la muerte de Tiglath-pileser el poder de Asiria empezó a dec­li­nar, pero fue restau­ra­do por Ashur-dan II (932–910 A.C.) y su hijo Adad-nirari II (909–889 A.C.). Bajo el reina­do de este últi­mo fueron con­quis­tadas numerosas poten­cias. Adad-nirari con­tin­uó la políti­ca de cru­el­dad exce­si­va, no pre­sen­tan­do mis­eri­cor­dia a los pueb­los con­quis­ta­dos, incen­dian­do sus ciu­dades, decap­i­tan­do a miles, y des­ol­lan­do vivos a muchos. Cono­cer esto acer­ca de los asirios nos ayu­da a enten­der el ter­ror con el cual la pro­fecía de Oseas de los juicios inmi­nentes (13:16) deben haber afec­ta­do los cora­zones del pueblo de Israel.

El sigu­iente gob­er­nador asirio de interés a nue­stro estu­dio es Ashur-nasir-pal II (883–859 A.C.), el cual con­vir­tió a la arma­da asiria en la máquina de guer­ra mas grande cono­ci­da en ese tiem­po. Si bien era tam­bién un gob­er­nador sabio de su pueblo, era un guer­rero y un con­quis­ta­dor exce­si­va­mente cru­el, sobrepasan­do aún a su ante­cesor. Su cru­el­dad es repug­nante al corazón; es denun­ci­a­do por haber for­ma­do una torre cubier­ta con la piel de los ene­mi­gos des­ol­la­dos, ten­er empareda­dos a sus opo­nentes aban­donán­do­los a la muerte, y ten­er empal­a­dos a otro número incon­table en postes alrede­dor de la ciu­dad. Su con­quista se detu­vo en el Mar Mediter­rá­neo, en el cual cer­e­mo­ni­osa­mente lavó sus armas como con­quis­ta­dor de todo. Esto lo llevó cer­ca de la tier­ra de los hebre­os, pero no hay reg­istro de su entra­da en ella.

Su suce­sor, Shal­maneser III (859–824 A.C.), no sola­mente enfren­tó la tarea de empren­der con­quis­tas más lejanas, sino tam­bién reten­er el ter­ri­to­rio con­quis­ta­do por su padre, Ashur-nasir-pal. Sus con­quis­tas lo lle­varon más cer­ca de Israel que lo que cualquiera de sus pre­de­ce­sores había esta­do; en su pro­pio rela­to de la lucha en Qar­gar sobre el Río Orontes jus­to al noreste de Hamat, proclam­a­ba ten­er der­ro­ta­dos a veinte reyes. Entre ellos se con­ta­ban Acab de Israel y Ben­hadad de Dam­as­co.[3] El hecho es que Shal­maneser no sigu­ió ade­lante en esta vic­to­ria, y que aban­donó su min­u­ciosi­dad en cuestión. La batal­la era prob­a­ble­mente una atrac­ción.

Escri­bi­en­do de un peri­o­do pos­te­ri­or (781–746 A.C.), Schwantes dice, “Asiria sufrió otro peri­o­do de debilidad…una causa que con­tribuyó a la impo­ten­cia asiria esta vez era una pla­ga ter­ri­ble la cual dev­astó al país.”[4] Fue tam­bién durante esta época que Dios envió a Jonas a Nínive para predicar a esa ciu­dad pagana. Nadie duda de este peri­o­do de debil­i­dad asiria, uni­da con la pla­ga, con­tribuyeron a la bue­na dis­posi­ción con la cual tan­to el rey como el pueblo de Nínive atendiera el men­saje de Jonas.

En 745 A.C. un gen­er­al asirio se sub­levó y usurpó el trono, llamán­dose a si mis­mo Tiglat-pileser III, según el nom­bre de uno de los primeros grandes gob­er­nantes. El reinó de 745 a 727 A.C., y es en este pun­to de la his­to­ria de Israel y de Judá que tiene con­tac­to con Asiria, con una con­se­cuen­cia más sig­ni­fica­ti­va para el pueblo de Dios. Durante su reina­do, Tiglat-pileser III empezó la con­quista del norte de Israel y de Samaria. El juicio anun­ci­a­do por los pro­fe­tas esta­ba aho­ra en su camino.

La gente de Israel había escucha­do a los pro­fe­tas, los cuales envió Dios, la destruc­ción podría haber sido evi­ta­da. De hecho, en Judá un número sufi­ciente escuchó a los pro­fe­tas Isaías y Miqueas. Aten­di­en­do a sus men­sajes e influ­en­ci­a­dos por el buen rey Eze­quías, Judá evitó la cau­tivi­dad en este tiem­po.

Aho­ra parece evi­dente que Tiglat-pileser III es el Pul de la his­to­ria bíbli­ca — “Pul el rey de Asiria” a quien Man­a­hem pagó trib­u­to (2 Rey 15:19). Sin embar­go se sus­ci­ta una duda por la obser­vación de los cro­nistas de que “El Dios de Israel excitó el espíritu de Pul rey de los asirios, y el espíritu de Tiglat-pileser rey de los asirios” (1 Crón 5:26). ¿O eran estos dos reyes difer­entes, o son dos nom­bres para el mis­mo rey? Krael­ing dice que la iden­ti­dad de Pul como Tiglat-pileser fue estable­ci­da hace mucho tiem­po por las inscrip­ciones cuneiformes “las cuales mostra­ban que Pul (Pulu) era el nom­bre que se le dio como rey de Babilo­nia”.[5] Las ano­ta­ciones libres de la tra­duc­ción de Joseph Horner, “Y el Dios de Israel excitó el espíritu del rey Pul de Asiria, al igual que a Tiglat-pileser rey de Asiria, y los llevó (sin­gu­lar) lejos”, indi­can­do entonces que los dos nom­bres se refieren a un solo rey.[6]

Tiglat-pileser y los tres reyes que lo sucedieron afec­taron grande­mente la his­to­ria de Israel y de Judá. Estos reyes y su relación con Israel y Judá serán detal­la­dos en for­ma más amplia en el con­jun­to de este libro. Los cua­tro reyes asirios y los años de su gob­ier­no son:

Tiglat-pileser III, 745–727 A.C.

Shal­maneser V, 727–722 A.C.

Sargón II, 721–705 A.C.

Sena­que­rib, 705–681 A.C.

Tiglat-pileser III empezó la con­quista de Israel lle­van­do en cau­tivi­dad parte de las tribus del norte de Zab­ulón y de Nef­talí (Isa 9:1,2). Cuan­do fue siti­a­do por las fuerzas com­bi­nadas de los Reyes de Peka de Israel y del rey Rezin de Siria, el rey Acaz de Judá “envió emba­jadores a Tiglat-pileser rey de Asiria, dicien­do: Yo soy tu sier­vo y tu hijo; sube, y defién­deme de la mano del rey de Siria, y de la mano del rey de Israel” (2 Rey 16:7). El rey de Asiria respondió de bue­na gana a esta peti­ción, aunque a un alto cos­to para Judá y Acaz.

Shal­maneser V, otro gen­er­al mil­i­tar, sucedió a su padre Tiglat-pileser en el trono de Asiria y empezó el ase­dio con­tra Samaria lo cual resultó en la caí­da de la ciu­dad. Hay sin embar­go una pre­gun­ta, y con­siste en si la ciu­dad cayó bajo su direc­ción en el ase­dio y antes de su muerte, o bajo la direc­ción de su suce­sor, Sargón II. Esta pre­gun­ta lev­an­ta una segun­da: ¿Samaria cayó bajo los asirios en 722 o 721 A.C.? En un rela­to de sus cróni­cas, Sargón recla­ma que él destruyó la ciu­dad. Tam­bién de acuer­do a su reg­istro, 27290 israeli­tas fueron depor­ta­dos a Asiria, mien­tras que los cau­tivos de otras ciu­dades fueron lle­va­dos a la tier­ra con­quis­ta­da de Israel. Estos recién lle­ga­dos y los israeli­tas que per­manecieron allí se casaron entre ellos; los samar­i­tanos de los días de Jesús fueron sus descen­di­entes. Se ha sug­eri­do que Sargón pudo haber sido el gen­er­al que dirigió el ase­dio en los últi­mos días del sitio. El entonces clamó el hon­or de su con­quista cuan­do Shal­maneser murió. De cualquier for­ma podemos con­cluir que Samaria cayó cer­ca de finalizar el 722 o al empezar el 721. La pro­fecía de Oseas fue entonces dramáti­ca­mente cumpl­i­da.

A la muerte de Sargón (705 A.C.), su hijo Sena­que­rib heredó el trono. Es descrito por los his­to­ri­adores como un tal­en­toso coman­dante mil­i­tar pero de un carác­ter arro­gante, lo cual inspiró el odio de todos. Real­mente, así llevó a sus hijos a que lo mataran mien­tras que esta­ba ado­ran­do en la casa de su dios (Isa 37:38). Fue Sena­que­rib el que sitió a Jerusalén (701 A.C.) sola­mente para ten­er 185,000 de sus hom­bres destru­i­dos por Jehová a las puer­tas de la ciu­dad (Isa 37:36).

Antes de la invasión de cualquiera de estos reyes, Dios lev­an­tó a Amós y a Oseas a predicar en Israel, y a Isaías (740–700 A.C.) y a Miqueas (735–700 A.C.) para procu­rar regre­sar a Judá hacia El mis­mo. Isaías pare­ció haber hecho su pred­i­cación en Jerusalén, mien­tras que Miqueas, algu­nas veces lla­ma­do el pro­fe­ta de la vil­la o del cam­po, con­fin­a­ba sus esfuer­zos en gran parte de las ciu­dades más pequeñas al noreste y sud­este de Jerusalén.

En el 612 A.C. la cap­i­tal asiria de Nínive cayó ante los babilo­nios, los cuales fueron ayu­da­dos por los medos. La batal­la final entre los asirios y los babilo­nios fue dis­puta­da en Harán (609 A.C.), lle­van­do al fin de una de las naciones más cru­eles de la his­to­ria. La caí­da de Nínive es grá­fi­ca­mente descri­ta en la pro­fecía de Nahum. Se recono­cen sin embar­go las aporta­ciones de los asirios, ya que ellos sirvieron como un Esta­do más puli­do a las de la ame­naza de invasión de las hor­das bár­baras del norte y que ellos fomen­taron el desar­rol­lo de la arqui­tec­tura, de cier­tas cien­cias, la lit­er­atu­ra y la escul­tura. La trage­dia de su civ­i­lización era que sus avances más grandes fueron en las artes mil­itares, las cuales fueron usadas para la con­quista y la destruc­ción despi­ada­da de los pueb­los cer­canos.

Isaías, el hom­bre

Fue en el cen­tro de esta expe­ri­en­cia de tiem­pos incier­tos y de dis­tur­bio inter­na­cional en el cual cre­ció Isaías. El rey Uzías, uno de los mejores gob­er­nantes que reinó en Judá, dio una direc­ción hábil al pueblo, impul­san­do el com­er­cio, la agri­cul­tura, la explotación de los recur­sos nat­u­rales de la tier­ra y pro­gra­mas de con­struc­ción. Sin embar­go, como se indicó ante­ri­or­mente, su pros­peri­dad lo llevó a la cor­rup­ción que acom­paña a una ciu­dad pros­pera. La asposta­sia reli­giosa y la ado­ración de ído­los fueron acom­paña­dos por una cor­rup­ción políti­ca, cod­i­cia, rela­jamien­to social y deca­den­cia moral. Isaías, un hom­bre de carác­ter fuerte, con pro­fun­da fe en Dios, cora­je y con­vic­ción, fue el hom­bre al cual escogió en ese momen­to para lle­var la antor­cha de la ver­dad en medio de la oscuri­dad espir­i­tu­al. Hábil para tratar en cualquier clase, Isaías era efec­ti­vo en los cír­cu­los de sociedad, entre fal­sos ído­los reli­giosos y entre la gente común. El tuvo la mis­ión de hac­er volver a la gente hacia Jehová, advir­tien­do de ese modo la cau­tivi­dad en manos de los asirios. El demostró la ver­dad de este lla­ma­do. Jan Vale­ton, el más joven, dice de él: “Tal vez nun­ca ha habido otro pro­fe­ta como Isaías, el cual se pararía con su cabeza en las nubes y sus pies en la tier­ra sól­i­da, con su corazón en las cosas de la eternidad y su boca y sus manos en las cosas del tiem­po, con su espíritu en el con­se­jo eter­no de Dios y su cuer­po en el muy definido momen­to de la his­to­ria”.[7]Ver­dadera­mente, Isaías puede ser lla­ma­do el decano de los pro­fe­tas.

Poco se conoce de la vida per­son­al de Isaías. Lo que cono­ce­mos se deri­va del libro el cual lle­va su nom­bre y una pocas ref­er­en­cias en los libros históri­cos de la Bib­lia. Su nom­bre sig­nifi­ca “la sal­vación del Señor”, e indi­ca que su mis­ión era diri­gir a la gente al Señor, la úni­ca fuente de sal­vación. Sabe­mos que esta­ba casa­do y que su mujer era pro­fe­ti­za (Isa 8:3). Tuvo los menos dos hijos los cuales tenían nom­bres proféti­cos. Sear-Jasub (“un rema­nente volverá”), el may­or tenía la sufi­ciente edad para acom­pañar a su padre cuan­do se reunió con el rey Acaz al extremo del acue­duc­to del estanque de arri­ba (7:3). El nom­bre del segun­do hijo de Isaías era Maher-Salal-Has­baz (“El despo­jo se apresura, la pre­sa se pre­cipi­ta”, 8:3).

Todos los pro­fe­tas de Dios hablarían en relación con sus tiem­pos; ellos no hablaron o escri­bieron en for­ma abstrac­ta. Ellos tratarían con situa­ciones de la vida real y escri­bieron antes que nada, de su propia gen­eración, pero tam­bién a las gen­era­ciones que los sucedieron, la gente de todas las épocas las cuales pueden encar­ar situa­ciones económi­cas, políti­cas y morales sim­i­lares. Aunque se dirigió a sí mis­mo a los judíos de ese momen­to, Isaías puede ser lla­ma­do el pro­fe­ta del futuro, porque con­stan­te­mente apun­ta los even­tos que ven­drían. El ten­so futuro y el per­fec­to proféti­co, a los que se refieren como even­tos que ven­drían como si hubier­an ya ocur­ri­do, car­ac­ter­i­zan­do sus escritos des­de el prin­ci­pio has­ta el fin. El vio clara­mente el futuro de Judá, la destruc­ción de las naciones paganas, y el adven­imien­to de un Rey, el Mesías, el cual gob­ernaría con rec­ti­tud.

Del mis­mo libro apren­demos que Isaías no era sola­mente un pro­fe­ta sino tam­bién un gran estadista de una agu­da com­pren­sión de los asun­tos del mun­do de sus días. Se dice que Edmund Burke, el gran estadista inglés del siglo diecio­cho, habit­ual­mente leía sobre Isaías antes de asi­s­tir al Par­la­men­to y tuvo al pro­fe­ta en la más alta esti­mación. El pro­fe­ta fue con­se­jero de reyes, ponién­dose en un niv­el igual antes Dios y no temien­do con­denar los errores y señalar lo cor­rec­to. No sola­mente fueron tratadas estas condi­ciones inter­nas, jun­to con el poder cre­ciente de Asiria, sino que esta­ba tam­bién el prob­le­ma de Egip­to, el gran coco­dri­lo del sud­este, el cual esta­ba deter­mi­na­do a no renun­ciar a su pasa­da dom­i­nación mundi­al sin esforzarse. Esto llevó al desar­rol­lo de tres partes políti­cas en Judá durante el tiem­po de Isaías: la parte egip­cia, la cual abo­ga­ba por una alian­za con Egip­to en con­tra de Asiria; una parte asiria, la cual podría capit­u­lar a Asiria; y una parte de “Jehová” o nacional­ista guia­da por Isaías, el cual dirigió la leal­tad hacia el Señor como el úni­co camino a la sal­vación.

Isaías fue asimis­mo un gran refor­mador el cual con­denó los errores de la gente y apun­tó a Jehová como la fuente de toda con­duc­ta cor­rec­ta. Era sola­mente retor­nan­do a Jehová, rec­hazan­do toda idol­a­tría, y con­struyen­do sobre la roca sól­i­da de la ver­dad tal y como fue rev­e­la­da por Dios, que Judá podría evi­tar la destruc­ción. Los ído­los, la cor­rup­ción en el dominio políti­co, y la inmoral­i­dad de todo tipo debía ale­jarse. La gente debería apren­der a “esper­ar en Jehová”, per­mi­tién­dole a El diri­gir­los en lugar de escuchar las voces de sus fal­sos líderes.

Como teól­o­go (si pudiéramos usar la pal­abra con respec­to a su estu­dio y com­pren­sión de la nat­u­raleza ver­dadera y del carác­ter de Dios), Isaías fue sin igual. El vio al Señor como a un Rey, alto y exal­ta­do sobre toda creación y abso­lu­to en san­ti­dad y rec­ti­tud, y con­stan­te­mente enfa­tizó el con­trol de Jehová sobre las naciones y su des­ti­no. Las pal­abras rec­ti­tud y jus­ti­cia, los prin­ci­p­ios sobre los cuales Dios actúa siem­pre, ocur­ren repeti­da­mente en el men­saje de Isaías. El carác­ter ver­dadero y la nat­u­raleza de Dios serían rev­e­la­dos en la veni­da de Emmanuel (“Dios con nosotros”). Los con­cep­tos exal­ta­do y sub­lime de Jehová los cuales serían rev­e­la­dos en el que ven­dría es el pen­samien­to pre­dom­i­nante y lo que se enfa­ti­za en el libro. Si bien todo lo de los pro­fe­tas, los cuales escri­bieron en los días pos­te­ri­ores y de los even­tos de ese perío­do dijeron y pre­sen­taron cier­tos aspec­tos del Mesías que ven­dría, Isaías tuvo con mucho una visión más pro­fun­da y un con­cep­to más claro del Reden­tor. Este con­cep­to no sig­nifi­ca que no este de acuer­do con los otros pro­fe­tas, sino sim­ple­mente se hace notar que Dios dis­tin­guió a Isaías para ese propósi­to y así lo inspiró (1 Ped 1:10–12; 2 Ped 1:21).

Por 2a. de Cróni­cas sabe­mos que en for­ma adi­cional a su pro­fecía, Isaías escribió un rela­to de los hechos de Uzías; aparente­mente estos hechos no se rela­tan de nue­vo en los libros históri­cos de la Bib­lia ni en el libro rela­ciona­do con los nom­bres de los pro­fe­tas (2 Crón 26:22). Tam­bién sabe­mos que Isaías recordó una “visión” en la cual detal­ló “el resto de los hechos de Eze­quías, y sus bue­nas acciones” (2 Crón 32:32). No ten­emos un rela­to de la muerte de Isaías; ninguno de nosotros sabe­mos si vivió más allá del tiem­po de Eze­quías y den­tro del perío­do del reina­do de Man­asés. Hay una tradi­ción que dice que fue aser­ra­do bajo la orden de Man­asés. Esto se basa prin­ci­pal­mente sobre un libro apócri­fo, La Ascen­sión de Isaías. Además, Justi­no Már­tir en su diál­o­go con Tri­fo cen­sura a los judíos con la acusación “a quien [a Isaías] ust­edes aser­raron en una sier­ra de madera”.[8] Pero no hay una evi­den­cia sól­i­da de esto. Aún cuan­do nos gus­taría cono­cer más detalles de la vida per­son­al de Isaías, ellos no han sido rev­e­la­dos. En lugar de ello, el pro­fe­ta puso su aten­ción sobre “El San­to de Israel” y Su con­trol del des­ti­no de los hom­bres y de las naciones. Por lo menos sabe­mos que muerte de Isaías fue más feliz que las de la may­oría de los pro­fe­tas, pues vivió para ver el fru­to de sus labores — la mano de Dios evitó a Su pueblo ser der­ro­ta­dos por los asirios.

Isaías, el libro

Debido al número de capí­tu­los, el libro de Isaías es gen­eral­mente con­sid­er­a­do el más largo de todos los libros proféti­cos; pero pági­na por pági­na (en la ASV), es lig­era­mente más cor­to que Jere­mías y aprox­i­mada­mente equiv­a­lente a Eze­quiel. El con­tenido del libro no está siem­pre en orden cronológi­co, algo que en oca­siones pre­sen­ta difi­cul­tades al estu­di­ante. Por ejem­p­lo, el lla­ma­do del pro­fe­ta a su tra­ba­jo aparece en el capí­tu­lo 6 en lugar de hac­er­lo al ini­cio del libro. Una expli­cación ade­cua­da para esto podría no ser posi­ble, pero en el momen­to ade­cua­do hare­mos lo posi­ble por expli­car­lo. Es bas­tante posi­ble que los temas en el libro podrían haber sido escritos en sec­ciones de acuer­do al asun­to trata­do y reunidos más tarde den­tro del todo. Hay que recor­dar que el pro­fe­ta pro­fe­tizó sobre cir­cun­stan­cias vari­ables alrede­dor de un peri­o­do de cuarenta años.

Uno de los pun­tos fuertes del libro es su énfa­sis sobre la sal­vación por fe, pero era sobre las bases de la fe en Dios que la gente sería sal­va­da de sus deli­tos y de sus con­se­cuen­cias. George L. Robin­son llamó al libro la Epís­to­la de los Romanos del Antiguo Tes­ta­men­to, y esto bien describe su men­saje. El pueblo era urgi­do y ani­ma­do a esper­ar por el Señor, a esper­ar fer­vien­te­mente, a esper­ar, a esper­ar con fe.

El libro énfa­ti­za tam­bién que el Mesías traería a los Gen­tiles jun­to con los Judíos. La veni­da de alguien que sería una luz, trayen­do sal­vación a los pueb­los de todas las naciones. Tan­to Judíos como Gen­tiles serían parte de un gran reino espir­i­tu­al, uni­ver­sal en su alcance, gob­er­na­do por un Rey de rec­ti­tud. El por que los Judíos no podrían ver y acep­tar este gran propósi­to de Jehová tal y como es asen­ta­do más ade­lante por Isaías y cumpli­do en el Cristo que ven­dría ha sido un gran mis­te­rio. El pro­fe­ta sin embar­go, tuvo una expli­cación para ello: los Judíos cer­raron sus ojos, taparon sus oídos, y endurecieron sus cora­zones de tal man­era que ellos no pudieron acep­tar la ver­dad.

La pater­nidad úni­ca del libro de Isaías ha sido poco ata­ca­da por los críti­cos a través de un siglo; algunos excla­man que fueron dos Isaías (el escritor de los capí­tu­los 1–39 y el escritor de los capí­tu­los 40–66), algunos que tres, y otros dicen que el libro es una com­posi­ción de numerosos escritores descono­ci­dos. No está den­tro del alcance o de la nat­u­raleza de este vol­u­men entrar en una dis­cusión de esta cuestión, pero bas­ta decir que todos los eru­di­tos con­ser­vadores y que la evi­den­cia de los críti­cos no es con­clu­si­va. Robin­son apun­ta el hecho de que la expre­sión “el San­to de Israel” se men­ciona vein­ticin­co veces (actual­mente vein­tiséis) en Isaías, doce veces en los capí­tu­los 1–39, trece (actual­mente catorce) veces en los capí­tu­los 40–66, y sola­mente seis veces en otras partes.[10] En ninguno de los vein­tiún pasajes del Nue­vo Tes­ta­men­to donde el escritor o comen­tarista cita a Isaías y apela al pro­fe­ta por nom­bre, no hay ningu­na difer­en­cia o sospecha de que más de un Isaías haya escrito el libro rela­ciona­do con ese títu­lo. Que las citas del Nue­vo Tes­ta­men­to son sacadas de ambas divi­siones del libro es un tes­ti­mo­nio efec­ti­vo de su unidad. En resumen, el man­u­scrito com­ple­to de Isaías des­cu­bier­to en Qum­ran en 1947 y acep­ta­do por todos los eru­di­tos (has­ta donde sé), y que data del segun­do siglo antes de Cristo, no hace división entre los capí­tu­los 39 y 40. Esta es una fuerte evi­den­cia de que los que tran­scri­bieron tuvieron conocimien­to de un solo autor del libro. La sec­ción históri­ca, capí­tu­los 36–39, sirve como una con­clusión de la primera sec­ción del libro y como intro­duc­ción a la segun­da, unien­do de esta man­era a las dos. Acep­to y defien­do la unidad del autor de Isaías.

Alcance del Libro

Isaías fue el hom­bre del momen­to. Edu­ca­do en la ciu­dad de Jerusalén durante el próspero reina­do de Uzías, esta­ba com­ple­ta­mente famil­iar­iza­do con las condi­ciones políti­cas y sociales de su tiem­po. No sola­mente tenía una pro­fun­di­dad espir­i­tu­al y una com­pren­sión del carác­ter ver­dadero de Jehová como muy pocos hom­bres han lle­ga­do a poseer, sino que tam­bién tuvo una com­pren­sión amplia del movimien­to históri­co de su tiem­po. El pro­fe­ta observó como el poderoso impe­rio asirio, des­ti­na­do a con­ver­tirse en el azote de la tier­ra, se extendía a través del mun­do de aque­l­los días y arro­jaría su ame­nazado­ra som­bra sobre las naciones.

Den­tro de su pro­pio reino, Isaías vio los resul­ta­dos de la apos­tasía ante Dios: la deca­den­cia políti­ca, moral y social. El vio a Asiria, una nación lejana, como el instru­men­to de la mano de Dios para purificar a su pueblo en un inten­to de sal­var un rema­nente. Isaías empezó su pro­fecía con una descrip­ción de la apos­tasía de Judá, el lla­ma­do de Dios a venir y a razonar jun­tos, y Su ofrec­imien­to de perdón (capí­tu­lo 1). Esto fue segui­do por una visión de los días pos­te­ri­ores en los cuales el ide­al de Dios para Su ciu­dad de Sion sería real­iza­do (2:1–4). Inmedi­ata­mente volvería a trazar la condi­ción pre­sente de Judá, el pro­fe­ta denun­ció a los gob­er­nantes y a los jue­ces impíos, a los fal­sos pro­fe­tas y a las mujeres atavi­adas, los cuales con­tribuyeron con su parte a la inmoral­i­dad de la nación (2:5–4:1). Pero no siem­pre sería de esta man­era; a través de los efec­tos de purifi­cación del juicio de Dios even­tual­mente habría un rema­nente purifi­ca­do el cual se rego­ci­jaría en El (4:2–6). Isaías pro­cedió entonces a pro­nun­ciar ayes sobre var­ios seg­men­tos de la sociedad y a adver­tir sobre el juicio inmi­nente (capí­tu­lo 5). En este pun­to leemos sobre la muerte de Uzías, el pro­fe­ta recibió su lla­ma­do de Jehová para lle­var el men­saje de Dios de ruina y de esper­an­za a la gente (capí­tu­lo 6).

Hubo en Judá tan­to buenos como mal­os gob­er­nantes, pero aún entre los mejores hubo serias fal­tas. David cometió adul­te­rio, y entonces fue lle­va­do a cubrir su peca­do por el asesina­to. Salomón, el rey sabio que gob­ernó en paz, había intro­duci­do a la nación a la idol­a­tría y a lev­an­tar altares a los dios­es de sus difer­entes esposas. Uzías, uno de los mejores reyes de Judá, había sido induci­do por orgul­lo a entrar al san­tu­ario y a que­mar incien­so a Jehová, un acto lim­i­ta­do por la ley sola­mente a los sac­er­dotes.

Aún Eze­quías, en algu­nas cosas uno de los mejores reyes, era atraí­do a apo­yarse en Egip­to en lugar de hac­er­lo en Jehová para ayu­darse con­tra Asiria. Pos­te­ri­or­mente se per­mi­tió a sí mis­mo ser lle­va­do por la sober­bia a pre­sen­tar sus tesoros a los emba­jadores envi­a­dos para con­grat­u­larse sobre su recu­peración de la enfer­medad. Por este peca­do de Eze­quías, Judá sería lle­va­da a la cau­tivi­dad en Babilo­nia en algu­na fecha futu­ra (Isaías 39).

A la luz de estos errores por parte de los reyes que gob­ernaron sobre la gente de Dios, Isaías anun­ció que el Señor ele­varía un Rey el cual gob­ernaría con rec­ti­tud. Esto lle­ga a ser el mejor tema de Isaías (capí­tu­los 7–12). El Rey nac­ería de una vir­gen, una señal para la casa de David (capí­tu­lo 7); este even­to sería pre­ce­di­do por el cas­ti­go de los asirios (capí­tu­lo 8), trayen­do tinieblas a Israel. Pero even­tual­mente a aque­l­los a los cuales colocó en las tinieblas verían la luz, la luz de un nue­vo Rey, reino y glo­ria (9:1–7). Juicios severos son entonces pro­nun­ci­a­dos acer­ca de Efraín y de Judá (9:8–10:4); Estos son segui­dos por el anun­cio de que Asiria invadirá la tier­ra y la destru­irá (10:5–34). El pro­fe­ta alcan­za el clí­max con las pro­fecías de la veni­da del Vásta­go de la raíz de Isaí y Su reina­do (capí­tu­lo 11) y una can­ción de acción de gra­cias (capí­tu­lo 12).

Antes de la veni­da de este Rey espir­i­tu­al y Su reino, todas las naciones paganas de ese tiem­po, des­de la más grande has­ta la más pequeña, deberían ser juz­gadas y lle­vadas a un fin (capí­tu­lo 13–23). Con su destruc­ción el reino de Dios sobre­sal­dría de todos como el más glo­rioso. Esta procla­mación del juicio de las naciones paganas es segui­do por una pro­fecía de juicio mundi­al; Jehová es de nue­vo rev­e­la­do como Juez de las naciones y espe­cial­mente de la gran ciu­dad mundi­al, la cual sería aban­don­a­da a la ruina y a la des­o­lación. Esto delin­ea la caí­da de la Babilo­nia de Apoc­alip­sis 17 y 18. En este juicio mundi­al Jehová pro­te­gería a aque­l­los los cuales pusieron su con­fi­an­za en El (capí­tu­los 24–27). A Efraín, a Judá y a Jerusalén son dadas más adver­ten­cias y ame­nazas de Jehová, con énfa­sis espe­cial sobre el peli­gro de alian­zas con Egip­to. Hay pro­tec­ción sin embar­go, de la gra­cia even­tu­al de Jehová reinan­do sobre Su pueblo (capí­tu­los 28–33). Los futur­os de Edom (sím­bo­lo del mun­do) y de Sion (sím­bo­lo del pueblo espir­i­tu­al) son entonces con­trasta­dos (capí­tu­los 34 y 35). La primera de las dos partes may­ores de Isaías cier­ra con una sec­ción históri­ca. La inter­ven­ción div­ina frus­tra los esfuer­zos de Asiria para tomar Jerusalén. ¡ La fe gana la batal­la ! Esto es segui­do por el rela­to de la enfer­medad de Eze­quías y su recu­peración y la pre­sentación de los tesoros del reino a los men­sajeros de Mero­dac-bal­adán con lo cual Jehová pro­nun­cia que Judá será lle­va­da a Babilo­nia (capí­tu­los 36–39).

Con la vic­to­ria sobre Asiria y el ase­gu­ramien­to por Jehová de la cau­tivi­dad en Babilo­nia en una fecha futu­ra, el tra­ba­jo del pro­fe­ta era aho­ra preparar al pueblo para la cau­tivi­dad y ase­gu­rar­les el retorno de un rema­nente. La segun­da parte may­or del libro es el reg­istro de esta fase del tra­ba­jo de Isaías. El pro­fe­ta entra den­tro de una guer­ra con tesón con­tra los ído­los, fijan­do en ade­lante al Señor como una sola dei­dad (capí­tu­los 40–48). El nom­bró a Ciro el lib­er­ta­dor por medio del cual Dios los lev­an­taría (44:28–45:7). En medio de las pal­abras de alien­to, el ase­gu­ramien­to de lib­eración, las indi­ca­ciones de la inclusión de los Gen­tiles en el Plan de Dios, y las can­ciones del Mesías-Sier­vo el cual esta­ba por venir, Isaías dio garan­tías a las con­se­cuen­cias de los peca­dos más lejanos con­tra Jehová. Con la veni­da del Sier­vo apare­cería tam­bién Su glo­rioso reino, el cual se exten­dería mucho más allá de las fron­teras del primero (capí­tu­los 49–57). De nue­vo la Sion glo­riosa es descri­ta y la sal­vación es ase­gu­ra­da. El viejo orden pasaría y habría bue­nas nuevas y una nue­va tier­ra donde, después de una vic­to­ria com­ple­ta, los san­tos con­tem­plarían los cuer­pos muer­tos de sus ene­mi­gos (capí­tu­los 58–66).

Entonces fue dado a Isaías ver la tier­ra de Dios en la cuestión de su día y con­tem­plar­lo resolvien­do su propósi­to en la his­to­ria. A través de juicio sobre juicio, como una onda sigue a otra onda, el pro­fe­ta fue capaz de ver un rema­nente de san­tos fieles emergien­do, purifi­ca­dos, a través de los cuales Jehová traería ade­lante a Su Rey jus­to, Emmanuel (“Dios con nosotros”), y Su Reino inde­struc­tible el cual llenaría la tier­ra de mar a mar. La veni­da del Sier­vo-Rey y Su reino, un even­to el cual llenaría per­fec­ta­mente la pro­fecía de Isaías, man­tenién­dose como un Gibral­tar de evi­den­cia soste­nien­do la Pal­abra de Dios y como una con­de­nación eter­na de los judíos que rehusaron creer, y de los Gen­tiles que rehusaron escuchar.


[1] Siegfried J. Schwantes, A Short His­to­ry of the Ancient Near East (Grand Rapids: Bak­er, 1965), chs. 18–20.

[2] Joseph P. Free, Archae­ol­o­gy and Bible His­to­ry (Wheaton, Ill.: Van Kam­p­en, 1950), p. 33, n. 54, ver tam­bién pág. 81.

[3] George A. Bar­ton, Archae­ol­o­gy and the Bible His­to­ry, 7th. Ed. (Philadel­phia: Amer­i­can Sun­day-School, 1937),

pág. 458.

[4] Schwantes, Short His­to­ry, p. 122.

[5] Emil G. H. Kre­al­ing, Rand McNal­ly Bible Atlas (Chica­go: Rand McNal­ly, 1957), pág. 294.

 

[6] Free, Archae­ol­o­gy, pág. 196.

 

[7] Cita­do en George L. Robin­son, The Book of Isa­iah (Grand Rapids: Bak­er, 1954 reprint), pág. 22.

[8] Justi­no Már­tir Dia­logue with Trypho 120, en Ante Nicene Fathers (New York: Scrib­n­er, 1903), vol. 1, p. 259.

[9] Robin­son, Isa­iah, p. 14.

[10] Ibid. Sobre este pun­to de la unidad el estu­di­ante debe estu­di­ar intro­duc­ciones con­ser­vado­ras. Son sug­eri­dos dos libros cor­tos: Oswald T. Allis, The Uni­ty of Isa­iah (Philadel­phia: Pres­by­ter­ian and Reformed, 1950); Edward J. Young, Who Wrote Isa­iah? (Grand Rapids: Eerd­mans, 1958).

Intro­duc­ción

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(Aquí está el comen­tario com­ple­to)

Una de las car­tas del após­tol Pablo en las que es pre­sen­ta­do el evan­ge­lio de Jesu­cristo con una dig­nidad mucho muy supe­ri­or a la ley de Moisés es la que escribe a los her­manos de difer­entes regiones que se encon­tra­ban en Gala­cia, además de señalar clara­mente cuáles son las car­ac­terís­ti­cas que dis­tinguen al fal­so mae­stro y su doc­t­ri­na.

En esta car­ta bus­ca pre­sen­tar ante el cris­tiano las enormes difer­en­cias que exis­ten entre el evan­ge­lio de Jesu­cristo y la ley de Moisés, usan­do a per­son­ajes y fig­uras que el mae­stro judío podía fácil­mente enten­der para señalar sus errores y la inefi­ca­cia de su doc­t­ri­na. Es de gran ayu­da para el cris­tiano de hoy en día estu­di­ar de una man­era cuida­dosa y detal­la­da esta epís­to­la, pues nos da las her­ramien­tas nece­sarias para for­t­ale­cer nues­tra fe en el que en ver­dad nos puede dar la sal­vación y además nos capaci­ta para poder demostrar los errores en las difer­entes reli­giones que basan su doc­t­ri­na en la creen­cia de la sal­vación por la fe sola.

Esta car­ta fue pre­sen­ta­da en la igle­sia local en la cual soy miem­bro hace poco más de un año y seguí el for­ma­to que a mi cri­te­rio es más efec­ti­vo, el ir anal­izan­do tex­to por tex­to y pal­abra por pal­abra según sea nece­sario. Se recomien­da al estu­di­ante hac­er uso de otras ayu­das como dic­cionar­ios, comen­tar­ios, mapas, léx­i­cos, etc.

para aumen­tar el entendimien­to acer­ca de esta car­ta y en gen­er­al de todo el con­se­jo de Dios.

Agradez­co a Dios sobre todas las cosas por haberme dado la opor­tu­nidad de cono­cer­le y de poder enseñar su pal­abra a todo el que está deseoso de aumen­tar su saber. Tam­bién a mi famil­ia por su apoyo y ani­mo, a los her­manos de la igle­sia local de New Braun­fels, Tx., y a los her­manos Rubén Rio­jas y Ale­jan­dro Pérez que han colab­o­ra­do grande­mente en la preparación de este mate­r­i­al. No es mi deseo el com­parar estos escritos con los ya exis­tentes de otros her­manos, sola­mente bus­co ayu­dar en poco o mucho a quien ten­ga la dis­posi­ción de estu­di­ar­lo.

Jorge Mal­don­a­do

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¿A Dónde Fue El Señor Al Morir? Al morir, Cristo fue sepul­ta­do, y mien­tras su cuer­po per­manecía en el sepul­cro por tres días, su espíritu había ascen­di­do a la región del Hades que El lla­ma “Paraí­so” (Luc. 23:43; Hch. 2:27–31). Cristo estu­vo en el Hades pero no en el infier­no. Las ver­siones que digan que Cristo estu­vo en el “infier­no” son tra­duc­ciones incor­rec­tas (la pal­abra que aparece en el tex­to orig­i­nal es “Hades” y así se debe tra­ducir). Al ladrón que se había arrepen­ti­do, el Señor Jesús le dice, “De cier­to te digo que hoy estarás con­mi­go en el Paraí­so”. En el Hades hay un lugar de reposo que el Señor le lla­ma “Paraí­so”. En el rela­to del rico y Lázaro, a este mis­mo lugar Lucas le lla­ma “el seno de Abra­ham” donde Lázaro era “con­so­la­do” mien­tras que el rico era “ator­men­ta­do” (Luc. 16:25). El alma de Cristo no per­maneció en el Hades como tam­poco su cuer­po per­maneció en el sepul­cro porque resucitó de entre los muer­tos (Hch. 2:31,32). “Era imposi­ble que fuese retenido por ella” (2:24). El poder del Hades no pudo deten­er­le. “Y ten­go las llaves de la muerte y del Hades” (Apoc. 1:18). Si el Hades hubiera detenido a Cristo, El no hubiera cumpli­do el plan de reden­ción. Pero resucitó, el Hades no prevale­ció, estable­ció Su igle­sia, y por estos salvos algún día ven­drá por segun­da vez.

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Reli­giosos, Pero Per­di­dos

 Hay en el mun­do mucha gente, de una especie de religión muy vari­a­da. Segu­ra­mente, la may­oría pien­sa que se va a sal­var por el mero hecho de ser reli­giosos.  Lam­en­ta­ble­mente, esto no es cier­to.  El creer que la reli­giosi­dad  equiv­ale a sal­vación es una gran men­ti­ra, un engaño muy astu­to de parte de Satanás.  Tal fue el caso de estos judíos a quienes el após­tol Pablo se dirige en Romanos capí­tu­lo diez.  Pens­a­ban, entre otras cosas, que eran salvos sola­mente por ten­er “celo de Dios”.  Pero, no era así, esta­ban per­di­dos, les falta­ba el conocimien­to ver­dadero, (v. 2).  Ignor­a­ban la “jus­ti­cia de Dios” (v. 3).  En pocas pal­abras, aunque reli­giosos (en otro tiem­po, fueron el pueblo escogi­do de Dios y fue a ellos a quienes se les encomendó la ley, Romanos 3:2), pero esta­ban per­di­dos por no haber obe­de­ci­do al evan­ge­lio de Cristo.  ¿Cuán­tos reli­giosos hoy en día no sufren del mis­mo engaño?

10:1  El Deseo De Sal­vación

   Pablo desea­ba y ora­ba a Dios por la sal­vación de sus  her­manos de raza, los judíos.  Esto enseña que esta­ban per­di­dos, y como todo ser per­di­do, nece­sita­ban la sal­vación.  La insis­ten­cia de predicar el evan­ge­lio es con esta final­i­dad, la de desear de corazón la sal­vación de nue­stros seme­jantes.  Así como el após­tol, todo fiel pred­i­cador del evan­ge­lio tiene el deseo sin­cero, el anh­elo de corazón de que todo ser, reli­gioso o no, reconoz­ca que sin el evan­ge­lio está eter­na-mente per­di­do y nece­si­ta del evan­ge­lio para su sal­vación.

10:2  Celo Sin Cien­cia

Fuera del mun­do “cris­tiano” hay otras “reli­giones” y  todas ellas excluyen a las Sagradas Escrit­uras y a Jesu­cristo de su doc­t­ri­na, en su total­i­dad. La ver­dad es que “ellos” como “nosotros” todos, nece­si­ta­mos del mis­mo evan­ge­lio.  Nadie será sal­vo sin obe­de­cer al evan­ge­lio de Jesu­cristo.   El Judaís­mo es nom­bra­do entre las cin­co reli­giones más impor­tantes del mun­do.  Pablo dice que aunque tienen “celo” no son salvos sin el

 

evan­ge­lio de Cristo.   El Islam, otra religión prin­ci­pal cuyos seguidores son gente muy celosa de su creen­cia. Basan su fe en la doc­t­ri­na del Corán y en Mahoma como el envi­a­do de Alá.  Son muy reli­giosos, oran cin­co veces al día, dan limosnas, ado­ran en sus mezquitas, las mujeres se cubren bien y has­ta con velo en sus cabezas, pero les fal­ta lo prin­ci­pal.  Sus escrit­uras no son las Sagradas Escrit­uras que inspiró  el Espíritu San­to, pues no le tienen por Dios, como tam­poco a Jesu­cristo. Aunque reli­giosos, están per­di­dos por no obe­de­cer al evan­ge­lio de Jesu­cristo.  El Bud­is­mo, tam­bién cuen­ta con muchos seguidores fieles y fer­vientes.  Se basan en las enseñan­zas de   Sid­dhar­ta Gau­ta­ma quien es el “Buda”.  Es curioso, pero en esta religión no basan su fe en un dios o dios­es.  Son por lo tan­to, “ateos”.  Buda no es un dios, sino un rep­re­sen­tante, uno que les guía a la per­fec­ción.  ¿Están per­di­dos? Sí están per­di­dos, y esto por no obe­de­cer al evan­ge­lio de Jesu­cristo.  El Hin­duis­mo, la quin­ta may­or religión cuen­ta con mil­lones de  seguidores que ven­er­an a múlti­ples dios­es, son idol­a­tras.  Sus escrit­uras son las “Vedas”. Igual­mente, care­cen del conocimien­to ver­dadero del evan­ge­lio, y sin el están per­di­dos.  No seamos tan pron­tos en apun­tar el dedo a los de “otras” reli­giones. Den­tro del lla­ma­do “cris­tian­is­mo” hay quienes tam­bién excluyen al evan­ge­lio de Cristo de su doc­t­ri­na. Llamán­dose “cris­tianos,” tam­bién estos están per­di­dos, por per­ver­tir el evan­ge­lio (Gál.1:6–9). Lo que el mun­do más nece­si­ta, no es “religión” sino el “poder de Dios para sal­vación,” el evan­ge­lio puro.

10:3–5  Per­di­dos Por No Obe­de­cer A Cristo

        Tenían celo, pero no el conocimien­to del evan­ge­lio.  Por lo tan­to, esta­ban per­di­dos por igno­rar el plan de Dios de sal­vación.  Igual­mente, ignor­a­ban la “jus­ti­cia de Dios”.  El pun­to no se hace para pro­bar­les que Dios es jus­to, el judío bien sabía esto. Aquí, la jus­ti­cia de Dios es el plan de Dios para hac­er jus­to al hom­bre pecador.  Igno­rar la “jus­ti­cia de Dios” es igno­rar el plan de sal­vación, y esta es la razón de su esta­do per­di­do.  El evan­ge­lio de Cristo nos dice a todos cómo sal­varnos.  ¿Cuán­tos reli­giosos están en la mis­ma

 

condi­ción per­di­da de estos judíos por igno­rar o aún rec­haz­ar el plan sen­cil­lo de sal­vación?  El judío no podía ser sal­vo por la ley de Moisés, pues la ley no era para el perdón de los peca­dos.  Pero, esa mis­ma ley apunt­a­ba a Cristo, al Sal­vador, al “cordero de Dios que qui­ta el peca­do del mun­do” (Juan 1:12).  La sal­vación es imposi­ble lograr­la sin Jesu­cristo.  El mis­mo dice, “Yo soy el camino, la ver­dad, y la vida; nadie viene al Padre sino por mí” (Juan 14:6).

10:6–15  El Evan­ge­lio Al Alcance De Todos

    Pablo cita las pal­abras de Moisés (Deut. 30:11–14) quien exhor­ta al pueblo a que sean obe­di­entes en guardar los man­damien­tos del Señor.  Moisés, en la eta­pa final de su vida les ani­ma a ser obe­di­entes ya que el man­damien­to de Dios está al alcance de todos, bien acce­si­ble.  No hay excusa para no obe­de­cer a Dios.  Que no digan, “es muy difí­cil”.  Les exhor­ta, “No está en el cielo para que digas: “¿Quién subirá por nosotros….Ni está más allá del mar, para que digas: “¿Quién cruzará el mar por nosotros….Pues la pal­abra está muy cer­ca de ti, en tu boca y en tu corazón, para que la guardes”.  Dios quiere obe­di­en­cia, ¡no excusas!  Para algunos, el evan­ge­lio es tan cono­ci­do y tan famil­iar que lo tienen tan cer­ca como en su boca por haber­lo oído tan­to al gra­do de poder­lo ellos mis­mos predicar.  Pero, no lo hacen por no obe­de­cer­lo.  No hay lugar para excusas.

10:9–15 La Obe­di­en­cia Para Sal­vación

     Muchos “evangéli­cos” sim­pli­f­i­can la sal­vación al enseñar que lo “úni­co” que se debe hac­er es “acep­tar a Jesu­cristo en el corazón, y “orar” por la sal­vación”. Algunos le lla­man a esto, “la oración del pecador”.  Pero, no hay pasaje en la Bib­lia que le diga al pecador que “ore” por su sal­vación. No lo hay. No bas­ta con implo­rar­le a Dios que nos salve.  Al con­trario, Jesu­cristo dice, “no todo el que me dice Señor, Señor, entrará en el reino de los cie­los, sino el que hace la vol­un­tad de mi Padre que está en los cie­los” (Mateo 7:21,22)  Podemos supli­car­le y rog­a­r­le a Dios por nues­tra sal­vación, pero lo que El quiere es que cumplam­os con las condi­ciones del evan­ge­lio (hac­er su vol­un­tad), y así ser salvos.  Comen­zan­do de atrás con el ver­so 15 hacia delante al ver­so 9, el evan­ge­lio es pred­i­ca­do.  Sin la pred­i­cación del evan­ge­lio, las bue­nas nuevas no son oídas.  Si no oyen el evan­ge­lio pred­i­ca­do, ¿Cómo pueden creer en Jesu­cristo?  Si no creen en El, ¿Cómo pueden invo­car su nom­bre?  El evan­ge­lio (las bue­nas nuevas) cam­bia vidas cuan­do se obe­dece, y es con esa final­i­dad que se pred­i­ca el men­saje de sal­vación.

10:16–21 La Des­obe­di­en­cia Para Perdi­ción

Algo muy ajeno a las Escrit­uras es la doc­t­ri­na de “la fe sola”.  Es una doc­t­ri­na que si se acep­ta, causa mucho daño por fomen­tar la des­obe­di­en­cia.  Esto con­duce a la perdi­ción.  Al acep­tar una “fe sola” es admi­tir que no hay nada más qué hac­er para ser salvos.                                                                           El pasaje aquí es claro.  “Creer” es “obe­de­cer”.  La fe que sal­va es la fe obe­di­ente, la que no sal­va es la que no obe­dece, a esto se refiere el pasaje cuan­do dice, “no todos obe­decieron al evan­ge­lio, porque Isaías dice: “Señor, ¿quién ha creí­do a nue­stro anun­cio?”  Y ¿Cómo lle­ga la per­sona a creer?  El ver­so 17 dice, “Así que la fe viene del oír, y el oír, por la pal­abra de Cristo.”  El evan­ge­lio se pred­i­ca, se oye, se cree (se obe­dece, V. 16).  El judío (como cualquier otra per­sona) podría decir, “ten­emos excusa por no obe­de­cer, pues nun­ca hemos oído el men­saje de sal­vación”. Pero no, el men­saje fue anun­ci­a­do a todo el mun­do, “por toda la tier­ra ha sali­do su voz, y has­ta los con­fines del mun­do sus pal­abras”.  El judío no tenía excusa,  pudo haber oído el evan­ge­lio, pero lo rec­hazó.  Por su evan­ge­lio, Dios lla­ma a gente obe­di­ente, sean judíos o gen­tiles.  Las bue­nas nuevas de sal­vación son para todos (Romanos 1:16).   ¿Por qué está per­di­da tan­ta gente reli­giosa?  Por la mis­ma razón que aquel pueblo judío esta­ba per­di­do, por no hac­er caso al evan­ge­lio, por ser “des­obe­di­ente y rebelde” (Ver­so 21).

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El libro de Ecle­si­astés es uno de los escritos más exce­lentes en donde se pre­sen­ta de una man­era clara y sim­ple lo que en real­i­dad es la vida de todo hom­bre cuan­do vaga sin Dios.

El autor, el sabio más grande y recono­ci­do de su época hace un análi­sis de cómo es que la humanidad pre­tende encon­trar la sat­is­fac­ción a sus vidas, sien­do el mis­mo el prin­ci­pal suje­to de estu­dio, pues inda­go de man­era pro­fun­da cada cosa en la que el mis­mo con­sid­er­a­ba el propósi­to de la vida.

El tiem­po ha cau­sa­do infinidad de cam­bios, las sociedades se han mod­ern­iza­do; pero el hom­bre sigue sien­do el mis­mo, sigue tenien­do los mis­mos deseos, los mis­mos prob­le­mas, pero sobre todo, las mis­mas necesi­dades.

Todo aquel que quiera enten­der a detalle una inves­ti­gación de lo que es el hom­bre, solo bas­ta estu­di­ar de man­era cuida­dosa este libro, pues nos da las respues­tas más exac­tas y sim­ples, lle­gan­do a con­clu­siones y apli­ca­ciones que siguen tenien­do el mis­mo val­or y prove­cho para nosotros hoy en día.

El pred­i­cador invierte tiem­po, esfuer­zo y recur­sos para declararnos una ver­dad que nadie puede negar: la indis­cutible supe­ri­or­i­dad de Dios sobre la creación, incluyen­do al hom­bre, y como es que el hom­bre puede encon­trar la ver­dadera esen­cia de la vida, al dis­fru­tar de todas las ben­di­ciones de Dios, recono­cién­do­lo como el Dador, pero sobre todo, como Aquel a quien se le debe de respetar, obe­de­cer y temer por toda la vida, pues para esto Dios nos puso en este mun­do.

Este escrito fue pre­sen­ta­do en la igle­sia local hace poco menos de un año y seguí el for­ma­to que a mi cri­te­rio es más efec­ti­vo: el ir anal­izan­do tex­to por tex­to y pal­abra por pal­abra según sea nece­sario. Se recomien­da al estu­di­ante hac­er uso de otras ayu­das como dic­cionar­ios, comen­tar­ios, mapas, léx­i­cos, etc. para aumen­tar el entendimien­to acer­ca de este libro y en gen­er­al de todo el con­se­jo de Dios. Además he for­mu­la­do una serie de pre­gun­tas que sir­ven de guía al estu­di­ante para lle­var una idea más enfo­ca­da en el con­tex­to cor­re­spon­di­ente.

Agradez­co a Dios sobre todas las cosas por haberme dado la opor­tu­nidad de cono­cer­le y de poder enseñar su pal­abra a todo el que está deseoso de aumen­tar su saber. Tam­bién a mi famil­ia por su apoyo y ani­mo, a los her­manos de la igle­sia local de New Braun­fels, Tx. y a los her­manos Jorge Luis Mal­don­a­do y Rubén Rio­jas que han colab­o­ra­do grande­mente en la preparación de este mate­r­i­al.

No es mi deseo el com­parar estos escritos con los ya exis­tentes de otros her­manos, sola­mente bus­co ayu­dar en poco o mucho a quien ten­ga la dis­posi­ción de estu­di­ar­lo.

 

-Jorge Mal­don­a­do-

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Desde la muerte de Abel has­ta el tiem­po pre­sente, se ha cal­cu­la­do que han muer­to más de 100 bil­lones de per­sonas durante este estre­cho de his­to­ria humana. La muerte es común, y alcan­za a todos. Nadie escapará de ella (solo los que estén vivos al regre­so del Señor). No hay hom­bre que ten­ga potes­tad sobre el día de la muerte (Ec. 8:8). Esta es una real­i­dad y es una ley uni­ver­sal de Dios, “Y así como está dec­re­ta­do que los hom­bres muer­an una sola vez, y después de esto, el juicio” (Heb. 9:27). Muchos pien­san que la muerte físi­ca es el fin de todo. Cuan­do la per­sona ter­mi­na aquí su vida, el cuer­po muere, pero su espíritu regre­sa a Dios quien lo dio (Ecl. 12:7). Aquí no ter­mi­na todo, al con­trario, por el hecho de haber muer­to, la per­sona (su espíritu) empieza aho­ra una nue­va eta­pa. El obe­di­ente que muere en el Señor, será bien­aven­tu­ra­do (Apoc. 14:13). Todos los demás que mueren en des­obe­di­en­cia, serán cas­ti­ga­dos (Apoc. 20:8). Para ambos, el morir es el comien­zo de la eternidad.

(Vaya a la serie de la escat­ología)

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