INTRODUCCIÓN A LA BIBLIA

 Lec­ción 2

Toda la Escrit­u­ra es inspi­ra­da por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para cor­re­gir, para instru­ir en jus­ti­cia, a fin de que el hom­bre de Dios sea per­fec­to, entera­mente prepara­do para toda bue­na obra” (2 Tim. 3:16–17). Bien­venido al Evan­ge­lio de Cristo. Esta es la segun­da lec­ción en nue­stro estu­dio de una intro­duc­ción a la Bib­lia. En esta lec­ción estare­mos obser­van­do a cómo se obtu­vo el Antiguo Tes­ta­men­to. Si alguien viniera a ust­ed y le pre­gun­ta, ¿cómo puede ust­ed enten­der el Antiguo Tes­ta­men­to?,” ust­ed podría respon­der que fue a la libr­ería y com­pró uno. Eso podría ser ver­dad, pero eso obvi­a­mente no es la respues­ta que la per­sona está bus­can­do. La per­sona está pre­gun­tan­do cómo es que la Bib­lia actu­al llegó a exi­s­tir. Si es de Dios, ¿entonces cómo vino de Dios a nosotros?

 

Empezamos por la fuente de inspiración. Todo empieza con Dios debido a que Él es el escribió el Antiguo Tes­ta­men­to. Él comu­nicó por inspiración a cier­tos hom­bres durante el tiem­po del Antiguo Tes­ta­men­to para lle­var ade­lante Su men­saje. En 2 Pedro 1:19–21 Pedro explicó como obró este pro­ce­so:

 

Ten­emos tam­bién la pal­abra proféti­ca más segu­ra, a la cual hacéis bien en estar aten­tos como a una antor­cha que alum­bra en lugar oscuro, has­ta que el día esclarez­ca y el lucero de la mañana sal­ga en vue­stros cora­zones; enten­di­en­do primero esto, que ningu­na pro­fecía de la Escrit­u­ra es de inter­pretación pri­va­da, porque nun­ca la pro­fecía fue traí­da por vol­un­tad humana, sino que los san­tos hom­bres de Dios hablaron sien­do inspi­ra­dos por el Espíritu San­to.”

En el Antiguo Tes­ta­men­to empezamos con Moisés escri­bi­en­do div­ina­mente los primeros cin­co libros – Géne­sis, Éxo­do, Lev­íti­co, Números, y Deuteronomio. Estos libros son cono­ci­dos como “la Ley.” Cuan­do obser­va­mos otros libros de la Bib­lia que se refieren a la Ley de Moisés, vemos ref­er­en­cias con­stantes a estos cin­co libros en la may­oría de los otros libros del Antiguo Tes­ta­men­to. Esto demues­tra que los primeros cin­co libros del Antiguo Tes­ta­men­to (los cuales con­tienen la Ley de Moisés) fueron recibidos de inmedi­a­to como autori­dad, y fueron recono­ci­dos con­tin­u­a­mente como tales. Hay numerosos pasajes que enseñan eso, unos pocos de ellos son: Josué 1:7–8; 1 Reyes 2:3;

2 Reyes 14:6; 2 Cróni­cas 14:4; Daniel 9:11; y Malaquías 4:4. Estos ver­sícu­los nos mues­tran que cuan­do Moisés habló, él esta­ba hablan­do en nom­bre de Dios, quien lo esta­ba usan­do como un vocero.

 

La des­i­gnación más común para el resto del Antiguo Tes­ta­men­to es “los pro­fe­tas.” Mateo 11:13, Mateo 22:40, Lucas 16:16, y Lucas 24:24 usan tal des­i­gnación. Hay pasajes en los que Jesús esta­ba hablan­do sobre el Antiguo Tes­ta­men­to, en los que Él iden­ti­ficó la Ley y los pro­fe­tas como refir­ién­dose al Antiguo Tes­ta­men­to. En Mateo 5:17 Jesús dijo, “No pen­séis que he venido para abrog­ar a la ley o los pro­fe­tas, no he venido para abrog­ar, sino para cumplir.” Aquí vemos que el Antiguo Tes­ta­men­to esta­ba com­puesto de la Ley y los pro­fe­tas. Nece­si­ta­mos notar que en el sen­ti­do escrit­ur­al del tér­mi­no, cada escritor inspi­ra­do era un pro­fe­ta de Dios. Esto incluiría a indi­vid­u­os tales como Moisés, José, Samuel, Daniel, David, y Salomón (ver Josué 24:26; 1 Samuel 10:25; Daniel 18:15; Hechos 2:30). Podríamos no pen­sar de estos hom­bres, en oca­siones, como sien­do todos pro­fe­tas de Dios tales como Daniel o Isaías. Pero la Bib­lia se refiere a ellos como tales. Cuan­do obser­va­mos la pal­abra “inspiración,” es impor­tante que enten­damos lo que sig­nifi­ca. Cuan­do hablam­os sobre la “inspiración” de Dios estos hom­bres hablaron en Su nom­bre, no esta­mos usan­do la pal­abra “inspi­ra­do” en la mis­ma man­era que pudiéramos usar­la en el habla nor­mal, diaria. Podríamos estar mane­jan­do cues­ta aba­jo en una car­retera y ver algo trotan­do hacia aba­jo en la acera. Entonces podría decir, “eso me inspi­ra el deseo de empezar a tro­tar.” Ese no es el mis­mo tipo de inspiración de la que habla la Bib­lia. Cuan­do dec­i­mos que “toda la Escrit­u­ra es inspi­ra­da por Dios,” esta­mos hablan­do sobre el hablar de Dios por medio de hom­bres que escri­bieron las Escrit­uras de tal for­ma que lo ellos escri­bieron son lit­eral­mente las pal­abras de Dios. La primera cosa que nece­si­ta­mos recor­dar en relación a como obtu­vi­mos el Antiguo Tes­ta­men­to es el hecho de que los hom­bres que fueron inspi­ra­dos por Dios hablaron y escri­bieron lo que Dios desea­ba que ellos dijer­an y escri­bier­an.

 

La segun­da cosa que nece­si­ta­mos enten­der tiene que ver con la aceptación de la inspiración. ¿Cómo saben otras per­sonas que deben acep­tar que haya per­sonas que cla­maron ser inspi­ra­dos de Dios? Solo porque una per­sona diga que él está dicien­do algo de parte de Dios no sig­nifi­ca que él lo sea. Enten­demos eso hoy. Yo podría decir, “Mi nom­bre es Kevin, y Dios me ha inspi­ra­do a decirte que me envíes un mil­lón de dólares. Si lo hicieras, Dios te ben­de­cirá.” Alguien podría decirme cosas como esta, ¿pero eso sig­nifi­ca que es un men­saje que Dios le envió a ust­ed? Declarar que algu­na es ver­dad no sig­nifi­ca que es ver­dad. ¿Cómo recono­cen las per­sonas que algo está sien­do inspi­ra­do por Dios? Habría al menos dos for­mas de que esto pasara. Cuan­do alguien habla­ba en nom­bre de Dios, hubo siem­pre lo que me gus­ta lla­mar una “con­fir­ma­ción sin duda.” Esto sig­nifi­ca que cuan­do alguien oía que un habla­ban los hom­bres inspi­ra­dos, él sabía sin una som­bra de duda que los hom­bres esta­ban dicien­do lo que era en ver­dad el men­saje de Dios. Una for­ma en que podría ser cumpl­i­da tenía que hac­erse con un pro­fe­ta que dice algo, y que pasa en la real­i­dad.. Si esto se cumplía, entonces las per­sonas sabían que ellos nece­sita­ban escuchar lo que el pro­fe­ta tenía que decir. De hecho en Deuteronomio 18:19–22, esta era la prue­ba de que Dios con­firma­ba a los legí­ti­mos pro­fe­tas.

 

Mas a cualquiera que no oyere mis pal­abras que él hablase en mi nom­bre, yo le pediré cuen­ta. El pro­fe­ta que tuviere la pre­sun­ción de hablar pal­abra en mi nom­bre, a quien yo no haya man­da­do hablar, o que hablase en nom­bre de dios­es ajenos, el tal pro­fe­ta morirá. Y si dijeres en tu corazón: ¿Cómo cono­cer­e­mos la pal­abra que Jehová no ha habla­do?; si el pro­fe­ta hablare en nom­bre de Jehová, y no se cumpli­ere lo que dijo, ni acon­teciere, es pal­abra que Jehová no ha habla­do; con pre­sun­ción la habló el tal pro­fe­ta; no ten­gas temor de él.”

Los hom­bres inspi­ra­dos que fueron capaces de decir pro­fecías dijeron a las per­sonas que ellos esta­ban hablan­do en nom­bre de Dios. Ellos declar­a­ban una pro­fecía, y esa pro­fecía sería cumpl­i­da. Entonces, todos sabrían que ellos nece­sita­ban escuchar lo que el pro­fe­ta esta­ba dicien­do. El propósi­to de eso era que cuan­do alguien decía que esta­ba hablan­do en nom­bre de Dios y pre­senta­ba una pro­fecía, y la pro­fecía no se cumplía, Deuteronomio 18:19–22 decía que las per­sonas no deberían escuchar a tal per­sona. Cuan­do los pro­fe­tas pre­senta­ban una pro­fecía, y la pro­fecía era cumpl­i­da, todos sabrían que la pro­fecía y el pro­fe­ta eran gen­uinos. Eze­quiel 33:33 lo ponen de esta for­ma: “Pero cuan­do ello viniere (y y viene ya) sabrán que hubo pro­fe­ta entre ellos.” Las per­sonas podrían saber cuan­do un pro­fe­ta de Dios había esta­do entre ellos. Entonces, una for­ma de saber si un hom­bre era un pro­fe­ta legí­ti­mo de Dios era ver si acon­tecía lo que ellos dijeron. Tales pro­fecías eran dadas con detalles especí­fi­cos, al min­u­to.

 

Otra man­era por la que los pro­fe­tas le dirían si un vocero era inspi­ra­do fue por los Mila­gros. Dios en oca­siones llevó a cabo Mila­gros por medio de tales pro­fe­tas. En Éxo­do 4 leemos sobre la comu­ni­cación de Moisés con Dios. Dios había man­da­do a Moisés hablar a faraón y le man­do lle­var fuera de Egip­to a los israeli­tas. En Éxo­do 4:1 Moisés dijo, “Entonces Moisés respondió dicien­do: He aquí que ellos no me creerán, ni oirán mi voz; porque dirán: No te ha apare­ci­do Jehová” Eso es una bue­na pre­gun­ta. El pun­to de Moisés era, “Tú, Dios, me están man­dan­do ir a hac­er esto y hablar en Tú nom­bre. Pero que si las per­sonas dicen que en real­i­dad no te me apare­ciste? ¿Qué si ellos están con­ven­ci­dos de que se lleve a cabo todo lo que digo?” He aquí como respondió el Señor:

 

Y Jehová dijo: ¿Qué es eso que tienes en tu mano? Y él respondió: Una vara. Él le dijo: Écha­la en tier­ra, y se hizo una cule­bra; y Moisés huía de ella. Entonces dijo Jehová a Moisés: Extiende tu mano, y tómala por la cola. Y él extendió la mano, y la tomó. Y se volvió vara en su mano. Por esto creerán que se te ha apare­ci­do Jehová el Dios de tus padres, el Dios de Abra­ham, Dios de Isaac y Dios de Jacob. Le dijo además Jehová: Mete tu mano en tu seno. Y él metió la mano en su seno; y cuan­do la sacó, he aquí que su mano esta­ba lep­rosa como la nieve.. Y dijo: Vuelve a meter tu mano en tu seno. Y él volvió a met5er su mano en su seno, he aquí que se había vuel­to como la otra carne.

Si acon­teciere que no te crey­eren ni obe­decieres a la voz de la primera señal, creerán a la voz de la postr­era. Y si aún no crey­eren a estas dos señales, ni oyeren tu voz, tomarás de las aguas del río y las der­ra­marás en tier­ra; y se cam­biarán aque­l­las aguas que tomarás del río y se harán san­gre en la tier­ra” (Éxo­do 4:2–9).

Aquí vemos que Dios dio a Moisés el poder para hac­er cosas mila­grosas. ¿Por qué? Fue para pro­bar que habla­ba en nom­bre de Dios. En Números 16 y 17 y Daniel 3:19–30 leemos de los otros Mila­gros que fueron lle­va­dos a cabo tam­bién para tal propósi­to. Los mila­gros con­fir­maron lo que dijeron e hicieron los pro­fe­tas era de Dios. Aun las naciones paganas oyeron sobre tales mila­gros. En Josué 2:10–11 encon­tramos a Rahab (en la ciu­dad de Jer­icó) dicien­do,

 

Porque hemos oído que Jehová hizo secar las aguas del Mar Rojo delante de vosotros cuan­do sal­is­teis de Egip­to, y lo que habéis hecho a los dos reyes de los amorre­os que esta­ban al otro lado del Jordán, a Sehón y a Og, a los cuales habéis destru­i­do. Oyen­do esto, ha des­maya­do nue­stros corazón; ni ha queda­do más alien­to en hom­bre alguno por causa de vosotros, porque Jehová vue­stro Dios es Dios arri­ba en los cie­los y aba­jo en la tier­ra.”

Aquí vemos que aún los paganos habían oído sobre los Mila­gros de Dios. Ni aun Dios esper­a­ba que Su pueblo acep­tara lo que Él decía por lo que podría ser lla­ma­da “una fe cie­ga.” Hebre­os 11:1–6 enseña que esa fe es “la certeza de lo que se espera, la con­vic­ción de lo que no se ve. ”Ningún hom­bre ha vis­to a Dios cara a cara. Pero Él ha dado evi­den­cia para doc­u­men­tar Su evi­den­cia. En la mis­ma for­ma, a lo largo de toda la Bib­lia vemos a Dios dan­do evi­den­cia tal que podemos creer en Él en for­ma razon­able y lóg­i­ca. Él no espera que nosotros teng­amos una “fe cie­ga.” Pero no es cor­rec­to que no teng­amos una fe cie­ga. Si, “por fe andamos, no por vista” (2 Cor. 5:7). Pero cuan­do andamos por fe, esta­mos cam­i­nan­do de acuer­do a la vol­un­tad de Dios (Rom. 10:17).

 

Pudiéramos exam­i­nar una gran can­ti­dad de pasajes que mues­tran como Dios con­fir­ma que Él pro­fe­ta de Jehová; esta­ba hablan­do por medio de los pro­fe­tas, uno de los pasajes más claros es encon­tra­do en 1 Reyes 18:20–22, que tiene que ver con el pro­fe­ta Elías.

 

Entonces Acab con­vocó a todos los hijos de Israel, y reunió a los pro­fe­tas en el Monte Carme­lo. Y acechán­dose Elías a todo el pueblo, dijo: ¿Has­ta cuán­do clau­di­caréis vosotros entre dos pen­samien­tos? Si Jehová es Dios, segui­dle; y si Baal, id en pos de él. Y el pueblo no respondió pal­abra.”

Aquí vemos per­sonas “clau­di­can­do entre dos opin­iones.” ¿Debían ellos seguir a Baal, o a Dios? Elías le dijo que detu­vier­an sus clau­di­ca­ciones, y que esco­gier­an a quien servir. Ellos no iban a ser “pol­los miedosos.” Ni nosotros somos aho­ra “pol­los miedosos.” En Apoc­alip­sis 3 se nos dijo que las per­sonas tib­ias hacen que el Señor desee vom­i­tar­las de Su boca. El ver­sícu­lo 21 dice, “El pueblo no respondió pal­abra.“ Ellos no tuvieron cuida­do. Ellos aún no esta­ban con­ven­ci­dos. Así leemos “Y Elías volvió a decir al pueblo: Sólo yo he queda­do pro­fe­ta de Jehová; mas de los pro­fe­tas de Baal hay cua­tro­cien­tos cin­cuen­ta hom­bres. Dénsenos, pues, dos bueyes y esco­jan ellos uno, y córten­lo en peda­zos, y pón­gan­lo sobre leña pero no pon­gan fuego deba­jo; y yo prepararé el otro buey, y lo pon­dré sobre leña, y ningún fuego pon­dré deba­jo. Invo­cad fuego vosotros en nom­bre de vue­stros dios­es, y yo invo­caré en nom­bre de Jehová; y el Dios que respondiere por medio de fuego, ese sea Dios. Y todo el pueblo respondió, dicien­do: Bien dicho” (vers. 22–24).

Elías dijo a los israeli­tas que ellos esta­ban aún cav­i­lan­do entre dos opciones. Él entonces les dijo que él era el úni­co pro­fe­ta de Dios que esta­ba pre­sente, pero que ellos eran 450 pro­fe­tas de Baal. Elías entonces sugir­ió que con el propósi­to de deter­mi­nar quién era el Dios ver­dadero y viviente, los altares debían ser con­stru­i­dos, y la ofren­da debía colo­ca­da sobre los altares. Entonces, la dei­dad que hiciera llover sobre el fuego para con­sumir la ofren­da es el Dios ver­dadero y viviente. El pueblo respondió dicien­do, “Bien dicho.” Ellos estu­vieron de acuer­do en que la sug­eren­cia de Elías era una Bue­na for­ma de deter­mi­nar cual dei­dad era el Dios ver­dadero. En los ver­sícu­los 25–27 leemos

 

Entonces Elías dijo a los pro­fe­tas de Baal: Esco­geos un buey y preparad­lo vosotros primero, pues que sois los mas; e invo­cad el nom­bre de vue­stros dios­es, mas no pongáis fuego deba­jo. Y ellos tomaron el buey que les fue dado y lo prepararon e invo­caron el nom­bre de Baal des­de la mañana has­ta el mediodía, dicien­do: ¡Baal respón­denos! Pero no había voz ni quien respondiese; entre tan­to, ellos and­a­ban saltan­do cer­ca del altar que habían hecho. Y acon­te­ció al mediodía, que Elías se burla­ba de ellos, dicien­do: Gri­tad en alta voz, porque dios es; quizá está med­i­tan­do, o tiene algún tra­ba­jo, o va de camino; tal vez duerme, y haya que des­per­tar­le.”

Cuan­do los 450 pro­fe­tas de Baal lo invo­caron para que hiciera algo, no pasó nada. Elías usó de la burla y del sar­cas­mo para pro­bar su unto. Algo que hoy es autor­iza­do para nosotros. En oca­siones, la burla y el sar­cas­mo usa­dos a lo largo de un pun­to por el cual mostramos la incon­sis­ten­cia de la per­sona y la exposi­ción de su error. Efe­sios 5:11 dice que “no par­ticipéis en las obras infruc­tu­osas de las tinieblas, sino más bien reprend­ed­las.” Elías esta­ba exponien­do la nat­u­raleza fraud­u­len­ta de Baal y de sus pro­fe­tas. Elías dijo a los pro­fe­tas que cla­ma­ran en for­ma rui­dosa porque tal vez Baal esta­ba de via­je, dur­mien­do, o med­i­tan­do. Los ver­sícu­los 28–29 van más allá para decirnos,

 

Y ellos clam­a­ban a grandes voces, a grandes voces, y se saja­ban con cuchil­los y con lanc­etas con­forme a su cos­tum­bre, has­ta chor­rear la san­gre sobre ellos. Pasó el mediodía y ellos sigu­ieron gri­tan­do frenéti­ca­mente has­ta la hora de ofre­cerse el sac­ri­fi­cio, pero no hubo ningu­na voz, ni quien respondiese ni escuchase.”

Los pro­fe­tas de Baal inten­taron invo­car el nom­bre de su dios. Pero no hubo con­fir­ma­ción de Baal de que él esta­ba vivo o era gen­uino. No hubo nada para pro­bar que los pro­fe­tas de Baal real­mente hablaran en nom­bre de un dios legí­ti­mo. Com­pare lo que pasó ensegui­da.

 

Entonces dijo Elías a todo el pueblo: Acer­caos a mí. Y todo el pueblo se le acer­có; y él arregló el altar de Jehová que esta­ba arru­ina­do. Y toman­do Elías doce piedras, con­forme al número de las tribus de los hijos de Jacob, al cual habían sido dadas pal­abras de Jehová dicien­do, Israel será tu nom­bre, edi­ficó con las piedras un altar en el nom­bre de Jehová; después hizo una zan­ja alrede­dor del altar, en que cupieron dos medi­das de gra­no. Preparó luego la leña, y cortó el buey en peda­zos, y lo puso sobre la leña. Y dijo: Llenad cua­tro cán­taros de agua, , y der­ra­ma­dle sobre el holo­caus­to y sobre la leña. Y dijo: Haced­lo otra vez; y otra vez lo hicieron. Dijo aún: Haced­lo la ter­cera vez; y lo hicieron la ter­cera vez, de man­era que el agua cor­ría alrede­dor del altar, y tam­bién se había llena­do de agua la zan­ja.” (Ver­sícu­los 30–35).

 

No había fuego sobre el altar. Pero Elías desea­ba estar seguro que lo que fuera a pasar no fuera cau­sa­do por la magia o el engaño. Así, él aún puso a las per­sonas a der­ra­mar agua sobre el altar y el sac­ri­fi­cio, y entonces cavaron una zan­ja alrede­dor del altar y se ase­guró que tam­bién fuera llena­da con agua. En el ver­sícu­lo 36 el tex­to dice,

 

Cuan­do llegó la hora de ofre­cerse el holo­caus­to, se acer­có el pro­fe­ta Elías y dijo: Jehová Dios de Abra­ham, de Isaac y de Israel, sea hoy man­i­fes­ta­do que Tú eres Dios en Israel, y que yo soy Tú sier­vo, y que por manda­to tuyo he hecho todas estas cosas. Respón­deme, Jehová, respón­deme, para que conoz­ca este pueblo que Tú, oh Jehová, eres el Dios, y que tú vuelves a tí el corazón de ellos. Entonces cayó fuego de Jehová, y con­sum­ió el holo­caus­to, la leña, las piedras y el pol­vo, y aun lamió el agua que esta­ba en la zan­ja. Vien­do todo el pueblo, se pos­traron y dijeron: ¡Jehová es el Dios, Jehová es el Dios!” (ver­sícu­los 36–39)

Cuan­do Dios guió a los san­tos hom­bres a hablar en Su nom­bre, Él lo hizo de tal for­ma que nadie podría negar que Él existiera. Esto es el por qué la Ley y los pro­fe­tas (el Antiguo Tes­ta­men­to) fue tan ráp­i­da­mente acep­ta­do como ver­dadero. Si, per­sonas como el faraón no podrían escoger las obras de Dios. Pero las pla­gas vinieron sobre él y su pueblo debido a sus acciones. Él supo entonces que existía un Dios, y él supo que tan poderoso era Dios. Sin embar­go el faraón endure­ció con­tin­u­a­mente su corazón. Hebre­os 3:16–19 habla sobre como aun los israeli­tas, a los que Dios había guia­do fuera de Egip­to, finalizaron rebelán­dose con­tra Él. En tan­to que una per­sona no podría negar en for­ma legí­ti­ma los mila­gros, él podría no escoger no obe­de­cer las pal­abras de Dios. Entonces, el segun­do pun­to que hemos esta­do dis­cutien­do tiene que ver con el reconocimien­to de la inspiración. Los hom­bres inspi­ra­dos por Dios hablaron de cosas que se con­virtieron en real­i­dad. Y entonces con­fir­maron lo que ellos dijeron por medio de Mila­gros. Entonces, las per­sonas podrían saber que lo que esta­ba sien­do dicho y hecho era en el nom­bre de Dios.

 

El últi­mo pun­to en esta lec­ción tiene que ver con la preser­vación de la inspiración. ¿Cómo saber que ten­emos hoy el mis­mo Antiguo Tes­ta­men­to que el que tenían entonces las per­sonas? ¿Cómo podemos saber que el tex­to del Antiguo Tes­ta­men­to ha sido fiel­mente preser­va­do? De hecho, esto ten­dría que ser algu­na razón no creíble por la que el tex­to ha sido fiable. Si el Dios que creó el uni­ver­so desea­ba que nosotros tuviéramos Sus pal­abras, entonces podemos estar seguros de que ten­dríamos eso que Él desea­ba que tuviéramos. Si alguien pre­gun­ta, “¿cómo sabe que ha sido fiel­mente preser­va­da??”, nece­si­ta­mos pre­gun­tar a tal per­sona que razones tiene él para pro­bar que no ha sido fiel­mente preser­va­do. Esto pone la car­ga de la prue­ba en tal indi­vid­uo.

 

Tam­bién, debe­mos enten­der como tra­ba­ja­ban los escribas que hacían las copias de los man­u­scritos del Antiguo Tes­ta­men­to. Los escribas en ese tiem­po usa­ban un tipo espe­cial de tin­ta, y se ase­gura­ban que cada letra de una pal­abra fuera espa­ci­a­da exac­ta­mente a una anchu­ra de un cabel­lo el uno del otro de sus letras veci­nas. Los escribas tam­bién nun­ca escri­bieron ni aun la letra más pequeña de memo­ria. Un grupo de escribas aun hizo reglas de escrit­u­ra. Cuan­do ellos pro­ducían copias de man­u­scritos, ellos con­tarían aun las letras en for­ma indi­vid­ual, las pal­abras, y los ver­sícu­los de los libros del Antiguo Tes­ta­men­to que ellos copi­aron. Ellos con­ta­ban tam­bién tan­tas veces era usa­da una car­ta, y cuales letras, pal­abras, y ver­sícu­los debían apare­cer en medio del man­u­scrito. En adi­ción a esto, eran tan par­tic­u­lares sobre sus copias de los libros del Antiguo Tes­ta­men­to que si una de sus copias empez­a­ba a apare­cer mal­trata­do o en mal esta­do, ellos entonces lo enter­rarían o lo que­marían de tal for­ma que nadie podría leer o copi­ar mal la copia en mal esta­do. Cualquier doc­u­men­to que tuviera el nom­bre de Dios en él era con­sid­er­a­do san­to por los judíos. Debido a eso, ellos creían que tales doc­u­men­tos tenían que ser man­tenidos en la mejor for­ma posi­ble. Enten­demos que las pági­nas mis­mas no son san­tas, de hecho. En lugar de eso, es el con­tenido de las pal­abras en sus pági­nas lo que es san­to. Pero los escribas creían que si un doc­u­men­to san­to se hacía viejo, mal­trata­do, o se daña­ba, entonces tenía que ser enter­ra­do o que­ma­do.

 

Hoy se esti­ma (de acuer­do a A Gen­er­al Intro­duc­tion to the Bible by Geisler and Nix) que hay dece­nas de miles de man­u­scritos hebre­os del Antiguo Tes­ta­men­to en exis­ten­cia (com­ple­tos o en partes). Cuan­do con­sid­er­amos otros libros antigu­os, sec­u­lares, habría solo unos pocos en exis­ten­cia. Y si tuviéramos solo unas copias de ellos, podríamos ten­er solo un poco. Dios, sin embar­go, desea­ba ase­gu­rar que la Bib­lia fuera preser­va­da.

 

Tal vez ust­ed ha oído acer­ca de los Rol­los del Mar Muer­to. Las copias más antiguas del Antiguo Tes­ta­men­to que estu­vieron disponibles antes de 1947 fueron copias de alrede­dor del 900 D.C. o pos­te­ri­ores. Pero en 1947 fue hecho un des­cubrim­ien­to. Un mucha­cho árabe esta­ba bus­can­do una cabra per­di­da. Él aven­tó una piedra en una pequeña cue­va, y oyó un sonido como de una vasi­ja de bar­ro rota. Él tenía curiosi­dad, así que él fue a la cue­va en donde encon­tró rol­los de piel (con escritos en ellos) den­tro de jar­ras de bar­ro. Estos antigu­os escritos eran cien­tos de rol­los del Antiguo Tes­ta­men­to, que habían esta­do ocul­tos en cuevas alrede­dor del Mar Muer­to. Estas copias fueron pro­duci­das entre el 200 A.C. y el 100 D.C., lo que sig­nifi­ca que ellos eran por lo menos unos mil años más antigu­os que las copias ante­ri­ores que teníamos preser­vadas del Antiguo Tes­ta­men­to. Todos los libros del Antiguo Tes­ta­men­to fueron encon­tra­dos entre los rol­los del Mar Muer­to, a excep­ción del Libro de Esther. ¿Qué hace este doc­u­men­to? Des­de allí puede ser demostra­do que el tex­to del Antiguo Tes­ta­men­to ha sido trans­mi­ti­do con pre­cisión por los pasa­dos 2,000 años, entonces podemos razon­able­mente con­cluir que fue trans­mi­ti­do con pre­cisión des­de su creación. Esto nos mues­tra que tan especí­fi­ca, estric­ta y pre­cisa eran los escribas cuan­do copi­aron los man­u­scritos del Antiguo Tes­ta­men­to. Lo mis­mo puede ser dicho del Nue­vo Tes­ta­men­to. Los escribas se ase­gu­raron que lo que ellos esta­ban copiando era cier­ta­mente una copia tan per­fec­ta como fuera posi­ble debido a que era la Pal­abra de Dios. Es claro des­de la evi­den­cia enfa­ti­za­da, así como tam­bién por el número de man­u­scritos exis­tentes que poseemos que el Antiguo Tes­ta­men­to que Dios nos dio hace miles de años es el mis­mo Antiguo Tes­ta­men­to que poseemos hoy. No ten­emos la pre­ocu­pación de lo que ten­emos ha sido fal­si­fi­ca­do o manip­u­la­do. Podemos saber que lo que ten­emos hoy el mis­mo tex­to que Dios dio orig­i­nal­mente.

 

¿Cómo obtu­vi­mos la Bib­lia? Vino a nosotros de parte de Dios. Él inspire a hom­bres para escribir Su men­saje. La Pal­abra de Dios fue recono­ci­da como inspi­ra­da debido a que los pro­fe­tas hablaron cosas que lle­garon a con­ver­tirse en real­i­dad, y con­fir­maron sus pal­abras por medio de mila­gros. Tam­bién vieron el tes­ti­mo­nio en relación a la pre­cisión del Antiguo Tes­ta­men­to que viene de la madurez de la obra lle­va­da a cabo por los escribas que pro­du­jeron las copias de los man­u­scritos del Antiguo Tes­ta­men­to..

 

La Bib­lia es un libro mar­avil­loso. Y ten­emos que estar seguros que esta­mos vivien­do nues­tras vidas acom­pañadas de él. En nues­tra sigu­iente lec­ción, estare­mos exam­i­nan­do como obtu­vi­mos el Nue­vo Tes­ta­men­to. Debe­mos estu­di­ar el Antiguo Tes­ta­men­to debido a que, como dice Romanos 15:4, es “para nues­tra enseñan­za.” Una cosa que apren­demos en el Antiguo Tes­ta­men­to es que Dios deman­da obe­di­en­cia. Bajo el Nue­vo Tes­ta­men­to, ¿qué debe­mos obe­de­cer? Debe­mos obe­de­cer el Evan­ge­lio (2 Tes. 1:7–9). Debe­mos obe­de­cer el plan de sal­vación del Evan­ge­lio. Debe­mos oír la Pal­abra de Dios (Rom. 10:17). Debe­mos creer que Jesu­cristo es el Hijo de Dios (Jn. 3:16; Hechos 4:11–12). Debe­mos arrepen­tirnos de nue­stros peca­dos pasa­dos (Hechos 17:30). Debe­mos con­fe­sar que Jesu­cristo es el Señor (Rom. 10:10). Y debe­mos ser bau­ti­za­dos en agua para el perdón de nue­stros peca­dos (Hechos 2 2:16). Si ust­ed aún no obe­dece el evan­ge­lio, oramos para que ust­ed obe­dez­ca el evan­ge­lio de Cristo.

 

 

 

 

 

 

 

 

PREGUNTAS DE ESTUDIO PARA LAINTRODUCCIÓN A LA BIBLIA” (LECCIÓN 2)

 

 

  1. De acuer­do a 2 Pedro 1:20–21, ¿cuál es la fuente ini­cial del mate­r­i­al

con­tenido den­tro de la Bib­lia?

 

  1. ¿Qué declaración es hecha en 2 Tim­o­teo 3:16–17 en relación al con­tenido

mate­r­i­al con­tenido den­tro de la Bib­lia?

 

  1. ¿Qué des­i­gnación es dad con fre­cuen­cia a los primeros cin­co libros del

Antiguo Tes­ta­men­to?

 

  1. ¿Qué des­i­gnación es usual­mente dada al resto del Antiguo Tes­ta­men­to?

 

  1. De acuer­do a la defini­ción dada en esta lec­ción, ¿qué sig­nifi­ca la

pal­abra “pro­fe­ta” como es usa­da en la Bib­lia?

 

  1. De acuer­do a Deuteronomio 18:1 9–22, ¿cómo ve Dios a las per­sonas

que recla­maron ser “pro­fe­tas,” pero que no tenían Su autori­dad para

hablar en Su nom­bre?

 

  1. De acuer­do a Eze­quiel 33:33, ¿qué debía decir alguien si un pro­fe­ta está

real­mente hablan­do en nom­bre de Dios?

 

  1. En Éxo­do 4:2–9 Dios dio a Moisés el poder de realizar mila­gros cuan­do el

hablara al faraón de Egip­to. ¿Cuál era el propósi­to de aque­l­los mila­gros en

esa ocasión?

 

  1. De acuer­do a Josué 2:10–11, ¿había aun naciones paganas que oyeron sobre

los mila­gros que Dios lle­vo a cabo por Su pueblo?

 

  1. ¿Qué efec­to hizo en las naciones paganas el conocimien­to de los

mila­gros que Dios había lle­va­do a cabo por los judíos?

 

  1. Tan­to en el Antiguo como en el Nue­vo Tes­ta­men­to, ¿cuán­do alguien

real­iz­a­ba un mila­gro gen­uino, ¿cuál era el propósi­to de ese mila­gro?

 

  1. ¿Qué cosa inusu­al pasó en 1 Reyes 1 8:20–38 qué mostró que Elías era

un pro­fe­ta legí­ti­mo de Dios, y que los otros pro­fe­tas con los que él

esta­ba con­ten­di­en­do en esa ocasión no habían sido autor­iza­dos para

hablar en nom­bre de Dios?

 

  1. ¿Cómo respon­dería ust­ed si alguien le pre­gun­tara, “¿cómo sabe ust­ed

que el tex­to bíbli­co ha sido fiel­mente preser­va­do?”

 

  1. Nom­bre algu­nas de las cosas que los escribas del pasa­do hicieron para

ase­gu­rar que cuan­do ellos hacían copias de los man­u­scritos bíbli­cos,

aque­l­las copias eran tal como fuera humana­mente posi­ble.

 

  1. Explique qué era tan sig­ni­fica­ti­vo (en relación a la certeza y

preser­vación del tex­to bíbli­co) acer­ca de lo encon­tra­do en 1947 de los

rol­los del Mar Muer­to.

 

  1. Una de las cosas que provee la Bib­lia para nosotros es la

infor­ma­ción que una per­sona nece­si­ta para lle­gar a ser cris­tiano.

¿Cómo alguien lle­ga a ser un cris­tiano?

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