INTRODUCCIÓN A LA BIBLIA

Lec­ción 3

Toda la Escrit­u­ra es inspi­ra­da por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para cor­re­gir, para instru­ir en jus­ti­cia, a fin de que el hom­bre de Dios sea per­fec­to, entera­mente prepara­do para toda bue­na obra” (2 Tim. 3:16–17). Bien­venido al Evan­ge­lio de Cristo. Esta es la ter­cera lec­ción de una intro­duc­ción a la Bib­lia. En esta lec­ción estare­mos exam­i­nan­do como obtu­vi­mos el Nue­vo Tes­ta­men­to. . En nues­tra últi­ma lec­ción, exam­i­namos como obtu­vi­mos el Nue­vo Tes­ta­men­to. Obser­va­mos tres pun­tos. Estare­mos usan­do estos mis­mos tres pun­tos en esta lec­ción, pero estare­mos obser­van­do en difer­entes prin­ci­p­ios y difer­entes ver­sícu­los bíbli­cos para pro­bar estos pun­tos.

 

El primer pun­to es la fuente de la inspiración. ¿Cuál es la fuente del Nue­vo Tes­ta­men­to? La respues­ta es Dios. Como veíamos 2 Tim­o­teo 3:16–17, Dios es la fuente de toda la Bib­lia, que incluiría el Nue­vo Tes­ta­men­to. Dios inspiró a hom­bres a hablar, y a escribir y a reg­is­trar, lo que ten­emos en el Nue­vo Tes­ta­men­to. Jesús habló sobre como esto sería hecho. Deseo que lean de Juan 16 que Jesús nos enseñó sobre cómo y cuán­do el Nue­vo Tes­ta­men­to sería escrito y ter­mi­na­do. En los ver­sícu­los 5–7 Jesús dijo,

 

Pero aho­ra voy al que me envío, y ninguno de vosotros me pre­gun­ta: ¿A dónde vas? Antes porque os he dicho estas cosas, tris­teza ha llena­do vue­stro corazón. Pero os digo la ver­dad: Os con­viene que yo me vaya; porque si no me fuese, el Con­so­lador no ven­dría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré.”

Jesús men­cionó que Él estaría envian­do a alguien a ayu­dar a Sus após­toles y/o dis­cípu­los. ¿Quién era ese “alguien”? Como apren­der­e­mos, era el Espíritu San­to. En los ver­sícu­los 8–13 Jesús dijo,

 

Y cuan­do Él ven­ga, con­vencerá al mun­do de peca­do, de jus­ti­cia y de juicio. De peca­do, por cuan­to no creen en mí; de jus­ti­cia, por cuan­to voy al Padre, y no me veréis más; y de juicio, por cuan­to el príncipe de este mun­do ha sido juz­ga­do. Aún ten­go muchas cosas que deciros, pero aho­ra no las podéis sobrell­e­var. Pero cuan­do ven­ga el Espíritu de ver­dad, os guiará a toda la ver­dad, porque no hablará de su propia cuen­ta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir.”

Jesús no dijo que el Espíritu guiaría a los escritores del Nue­vo Tes­ta­men­to a “algu­na” ver­dad o a “la may­oría” de la ver­dad, sino a toda la ver­dad. Jesús dijo a aque­l­los hom­bres lo que pasaría. Jesús dijo que Él había habla­do que Él sabía que podían sobrell­e­var, pero que cuan­do Él ascendiera al Cielo, entonces el Espíritu San­to ven­dría a guiar a los hom­bres a “toda ver­dad” así que ellos podrían com­ple­tar la Bib­lia y podrían ten­er el Nue­vo Tes­ta­men­to. Esto es exac­ta­mente lo que pasó. En Efe­sios 3 Pablo habló sobre la Pal­abra de Dios, y aho­ra cada uno de los hom­bres inspi­ra­dos esta­ba escribién­do­lo y como esta­ban jun­tán­dose pieza por pieza.

 

Por esta causa yo Pablo, pri­sionero de Cristo Jesús por vosotros los gen­tiles; si es habéis oído de la admin­is­tración de la gra­cia de Dios que me fue dada para con vosotros; que por rev­elación me fue dado el mis­te­rio, como antes lo he escrito breve­mente, leyen­do lo cual podéis enten­der cuál sea mi conocimien­to en el mis­te­rio de Cristo” [vers. 1–4].

 

En el ver­sícu­lo 4 Pablo no sola­mente explicó que las cosas que él escribió eran de Dios debido a que él era inspi­ra­do, pero él tam­bién explicó que cuan­do las per­sonas ley­er­an lo que él escribió, ellos serían capaces de enten­der­las. Algu­nas per­sonas dicen que no hay for­ma de que nosotros real­mente enten­damos el Nue­vo Tes­ta­men­to debido a que es demasi­a­do com­pli­ca­do o demasi­a­do difí­cil, y enten­demos el Nue­vo Tes­ta­men­to y entonces nece­si­ta­mos a alguien para inter­pre­tar­lo por nosotros y decirnos lo que sig­nifi­ca. Pero esto no es lo que nos dice Efe­sios 3. Pablo nos dice que cuan­do leemos las cosas que él ha escrito, seríamos capaces de enten­der­las. Podemos cono­cer la Nue­va Ley. El ver­sícu­lo 5 dice, “mis­te­rio que en otras gen­era­ciones no se dio a cono­cer a los hijos a los hijos de los hom­bres, como aho­ra es rev­e­la­do a Sus san­tos após­toles y pro­fe­tas por el Espíritu,” lo cual lle­va de regre­so a Juan 16 — refirien­do al hecho que los escritores del Nue­vo Tes­ta­men­to serían guia­dos por el Espíritu a “toda ver­dad.” Pablo lo con­fir­mó aquí. Dios inspiró a los hom­bres a escribir el Nue­vo Tes­ta­men­to. En 1 Cor­in­tios 14:37 Pablo escribió tam­bién, “Si alguno se cree pro­fe­ta, o spir­i­tu­al, reconoz­ca que lo que os escri­bo son man­damien­tos del Señor.” ¿Dijo Pablo que las cosas que él escribió eran su opinión? No. Yo oí a una per­sona que dijo en una ocasión, “Las cosas que dijo Pablo no eran tan impor­tantes como las cosas que dijo Jesús, las que fueron escritas en col­or rojo.” Bien, toda la Bib­lia podría ser escri­ta en rojo debido a que todo es de Dios. Pablo lo con­fir­mó en 1 Cor­in­tios 14:37 cuan­do dijo, “Lo que os escri­bo son man­damien­tos del Señor.” En 1 Cor­in­tios 2:6–8 Pablo escribió,

 

Sin embar­go, hablam­os sabiduría entre los que han alcan­za­do madurez; y sabiduría, no de este siglo, ni de los príncipes de este siglo que pere­cen. Mas hablam­os sabiduría de Dios en mis­te­rio [lo que nos lle­va de regre­so a Efe­sios 3, que establece que lo que los hom­bres escri­bieron era la Pal­abra de Dios], la sabiduría ocul­ta, la cual Dios pre­des­tinó antes de los sig­los para nues­tra Glo­ria, la cual ningu­na de los príncipes de este siglo cono­ció; porque si la hubiera cono­ci­do, nun­ca habrían cru­ci­fi­ca­do al Señor de glo­ria.”

 

Los ver­sícu­los 10–12 estable­cen entonces,

 

Pero Dios nos las rev­eló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escu­d­riña, aun lo pro­fun­do de Dios. Porque ¿quién de los hom­bres sabe las cosas del hom­bre, sino el espíritu del hom­bre que está en él? Así tam­poco nadie cono­ció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios. Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mun­do, sino el Espíritu que proviene de Dios, para que sep­a­mos lo que Dios nos ha con­ce­di­do.”

El pun­to de Pablo era que los hom­bres que escri­bieron el Nue­vo Tes­ta­men­to no escri­bieron en su pro­pio nom­bre, sino que en lugar de eso esta­ban pre­sen­tan­do la Pal­abra de Dios, la cual esta­ba, de hecho, sien­do recibi­da como la Pal­abra de Dios. En 1 Tesa­loni­cens­es 2:13 vemos que los cris­tianos que los cris­tianos en Tesalóni­ca entendieron que lo que estos hom­bres dijeron o escri­bieron era de Dios. Pablo escribió, “Por lo cual tam­bién nosotros sin cesar damos gra­cias a Dios, de que cuan­do recibis­teis la Pal­abra de Dios que oísteis de nosotros, la recibis­teis no como pal­abra de hom­bres, sino según es en ver­dad, la Pal­abra de Dios, la cual actúa en vosotros los creyentes.”Pablo hace notar que los cris­tianos en Tesalóni­ca no fue como alguien que dice, “Esto no es lo que pien­so” o “Esto no es lo que pien­so.”

 

En oca­siones las per­sonas inten­tan usar estos pasajes para pro­bar que el Espíritu les habla direc­ta­mente a ellos. Eso no es como el Espíritu nos habla hoy.. El Espíritu nos habla por medio de la Pal­abra de Dios. En Juan 6:63 Jesús dijo, “El Espíritu es lo que da vida; la carne para nada aprovecha; las pal­abras que yo os he habla­do son espíritu y son vida.” Las pal­abras que escri­bieron los hom­bres inspi­ra­dos fueron del Espíritu. Alguien dice que el Espíritu habla nos habla por medio de la Pal­abra de Dios, eso es cor­rec­to. Pero eso es la úni­ca for­ma en que el Espíritu nos habla hoy. Cuan­do leemos pasajes como Apoc­alip­sis 2 y 3, vemos que después de cada una de las car­tas escritas a las siete Igle­sias de Cristo en Asia Menor, leemos, “El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice.” ¿Cómo debían escuchar las per­sonas lo que el Espíritu esta­ba dicien­do? ¿Era algún tipo de sen­timien­to? No, ellos debían escuchar lo que el Espíritu decía por medio de leer las Pal­abras de Dios. De la mis­ma for­ma nosotros hoy nos dirigi­mos a la Pal­abra de Dios (la Bib­lia), lo cual es como el Espíritu nos habla. En 1 Tim­o­teo 4:1 leemos, “Pero el Espíritu dice clara­mente ….” ¿Cómo esta­ba hablan­do el Espíritu? En esa instan­cia Él esta­ba dicien­do cosas por medio del após­tol Pablo. Así, el primer pun­to en relación a la fuente de inspiración es que Dios inspiró a los hom­bres para escribir cor­rec­ta­mente Su pal­abra.

 

El segun­do pun­to en esta sec­ción tiene que ver con el reconocimien­to de la inspiración. ¿Cómo sabían otros si alguien esta­ba hablan­do en real­i­dad en nom­bre de Dios? Las per­sonas reconocieron la inspiración ver­dadera debido a que lo que ellos habla­ban por medio de la inspiración de Dios eran capaces de con­fir­mar con mila­gros lo que ellos decían. Jesús dijo que Él daría a Sus sier­vos el poder de lle­var a cabo tales Mila­gros mien­tras ellos iban pred­i­can­do el evan­ge­lio. Esto per­mi­tiría saber a las per­sonas que las cosas que decían los hom­bres venían de la Autori­dad más Alta (Dios). En Mar­cos 16:19–20 (lo cual es cor­rec­to después de que Jesús dio la Gran Comisión) leemos, “Y el Señor, después que les habló, fue recibido arri­ba en el cielo, y se sen­tó a la dies­tra de Dios. Y ellos, salien­do, predi­caron en todas partes, ayudán­do­los el Señor y con­fir­maron la pal­abra con las señales que la seguían.” Cuan­do habla­ban los hom­bres inspi­ra­dos, ellos con­fir­maron lo que decían por medio de Mila­gros de tal for­ma que sabían que ellos esta­ban hablan­do en el nom­bre de Dios. En 2 Cor­in­tios 12:12 Pablo escribió, “Con todo, las señales de após­tol han sido hechas entre vosotros en toda pacien­cia, por señales, prodi­gios y mila­gros.” Otro pasaje que enseña como las per­sonas sabían que eso que ellos esta­ban enseñan­do era ver­dad es encon­tra­do en Hebre­os 2:1–4.

 

Por tan­to, es nece­sario que con más dili­gen­cia aten­damos a las cosas que hemos oído, no sea que nos deslice­mos. Porque si la pal­abra dicha por medio de los ánge­les fue firme y toda trans­gre­sión y des­obe­di­en­cia recibió jus­ta ret­ribu­ción, ¿cómo escapare­mos nosotros si des­cuidamos una sal­vación tan grande? La cual, habi­en­do sido anun­ci­a­da primera­mente por el Señor, nos fue con­fir­ma­da por los que oyeron, tes­ti­f­i­can­do Dios jun­ta­mente con ellos, con señales y prodi­gios y diver­sos mila­gros y repar­timien­tos del Espíritu según Su vol­un­tad.”

Veamos aho­ra algunos de los mila­gros que fueron lle­va­dos a cabo en el primer siglo de tal for­ma que podamos com­pren­der que estos fueron reales, mila­gros autén­ti­cos. En Hechos 2 los judíos esta­ban jun­tos para el Día del Pen­te­costés. Ellos aún esta­ban vivien­do y sigu­ien­do bajo la Ley de Moisés. En Hechos 2 Pedro pre­sen­tó un gran ser­món del Evan­ge­lio. Y al final de ese ser­món los judíos pre­gun­taron, “¿qué hare­mos?” Alrede­dor de 3,000 per­sonas fueron salvos ese día (Hechos 2:40–47). ¿Qué causó que estos judíos escucha­ran a lo que Pedro tenía que decir, y entonces a ser con­ver­tidos? ¿Por qué ellos escucharon a lo que Pedro tenía que decir? Después de todo, ellos habían cru­ci­fi­ca­do a Jesús, el cual había esta­do enseñan­do el mis­mo tipo de cosas en todo Su min­is­te­rio ter­re­nal. ¿Así por qué todos estos judíos estu­vieron dis­puestos a escuchar lo que Pedro tenía que decir? En Hechos 2:1 y sigu­ientes vemos que ocur­rió un mila­gro para pro­bar que lo que dijo Pedro venía de Dios. Eso real­mente atra­jo la aten­ción de los judíos, lo que causó que ellos escucha­ran lo que Pedro tenía que decir. ¿Ust­ed pien­sa que ellos hubier­an escucha­do sin tal mila­gro? ¡De hecho no! Pero el mila­gro obtu­vo su aten­ción, y provocó que ellos escucha­ran lo que Pedro tenía que decir.

 

Vemos otro mila­gro en Hechos 3:1 y sigu­ientes, en donde vemos a un cojo sien­do sana­do.

 

Pedro y Juan sub­ían jun­tos al tem­p­lo a la hora nove­na, la de la oración, Y era traí­do un hom­bre cojo de nacimien­to, a quien ponían cada día a la puer­ta del tem­p­lo que se lla­ma la Her­mosa, para que pidiese limosna de los que entra­ban en el tem­p­lo. Este, cuan­do vio a Pedro y a Juan que iban a entrar en el tem­p­lo, les roga­ba que le diesen limosna.”

¿Había esta­do este hom­bre cojo solo por una sem­ana o por unos pocos meses? No, Él había esta­do cojo des­de el vien­tre de su madre. En otras pal­abras, él era cojo de nacimien­to. El tex­to con­tin­ua,

 

Pedro, con Juan, fijan­do en él los ojos, le dijo: Míra­nos. Entonces él les estu­vo aten­to, esperan­do recibir de ellos algo. Mas Pedro dijo: No ten­go pla­ta ni oro, pero lo que ten­go te doy; en el nom­bre de Jesu­cristo de Nazaret, lev­án­tate y anda. Y tomán­dole por la mano derecha le lev­an­tó; y al momen­to se le afir­maron los pies y los tobil­los; y saltan­do, se puso en pie y andu­vo; y entró con ellos en el tem­p­lo, andan­do, y saltan­do, y ala­ban­do a Dios. Y le reconocían que era el que se senta­ba a pedir limosna a la puer­ta del tem­p­lo, la Her­mosa; y se llenaron de asom­bro y espan­to por lo que le había suce­di­do.”

Aquí vemos a un hom­bre que había sido cojo des­de el vien­tre de su madre, al cual todos conocían. Pedro y Juan no tra­jeron jun­to con ellos a un indi­vid­uo que al que nadie conocía y al que ellos podrían “pon­er­lo en un espec­tácu­lo para engañar a todos.” Todos sabían que el hom­bre, del cual el tex­to dice que fue sana­do de inmedi­a­to al pun­to que él en donde él podría pon­erse real­mente de pie, cam­i­nar y saltar. Este fue un mila­gro gen­uino, el cual logró la aten­ción de todos (como lo deja claro el ver­sícu­lo 10). Las per­sonas no dijeron, “Esto es un hechizo tru­cu­len­to o engañoso.” Ellos reconocieron el mila­gro autén­ti­co que había sido real­iza­do.

 

Otro ejem­p­lo de un mila­gro autén­ti­co es encon­tra­do en Hechos 19:11 y sigu­ientes, donde encon­tramos que Dios esta­ba obran­do “mila­gros inusuales” por la mano de Pablo. Vemos tal mila­gro en el ver­sícu­lo 12, el cual involu­cra la enfer­medad de los paños y de o delan­tales que fueron quita­dos del cuer­po por Pablo a los que esta­ban enfer­mos, y “las enfer­medades se iban de ellos, y los espíri­tus mal­os salían.” Entonces el tex­to hace notar que algunos de los mis­mos exorcis­tas judíos invo­caron el nom­bre del Señor Jesús sobre aque­l­los que tenían espíri­tus inmun­dos, dicien­do, “Os con­juro por Jesús, el que pred­i­ca Pablo.” Pero en el ver­sícu­lo 15 leemos que “respon­di­en­do el espíritu malo dijo: A Jesús conoz­co, y sé quién es Pablo; pero vosotros, ¿quiénes sois?’” Aún los demo­ni­os sabían de Jesús y de Sus hom­bres inspi­ra­dos. Pero aque­l­los mis­mos espíri­tus reconocieron a los que esta­ban usan­do Mila­gros fraud­u­len­tos, y de que aque­l­los Mila­gros no venían de Dios. El ver­sícu­lo 16 dice, “Y él dom­inán­do­los, pudo más que ellos, de tal man­era que huyeron de aque­l­la casa desnudos y heri­dos.” Los ver­sícu­los 17–19 habla entonces sobre como muchas per­sonas fueron con­ver­tidas debido a esto. Las per­sonas vieron la difer­en­cia entre un pro­fe­ta ver­dadero y un pro­fe­ta fal­so. En los sigu­ientes pocos min­u­tos, deseo real­mente enfa­ti­zarles el pun­to de estos mila­gros de tal nat­u­raleza que ni aún los ene­mi­gos de Jesús y de la cris­tian­dad los negarían. Ellos podrían no seguir a Jesús, pero ellos no podrían negar lo que ellos habían vis­to. En Hechos 3 vimos al cojo sana­do. Vimos como las per­sonas esta­ban atóni­tas de lo que ellos vieron. ¿Pero que tuvieron que decir los ene­mi­gos de Cristo sobre aque­l­los even­tos? Si los ene­mi­gos de Cristo enseñaran sobre si lo que había pasa­do eran tru­cos o falsedades, entonces ellos habrían dicho, “Esto no es una fal­si­fi­cación real. No escuchen lo que están dicien­do estos hom­bres.” ¿Pero es eso lo que pasó? ¡Abso­lu­ta­mente no! Hechos 4:16 mues­tra a ust­ed la reac­ción de los ene­mi­gos de Cristo: “¿Qué hare­mos con estos hom­bres? Porque de cier­to, señal man­i­fi­es­ta ha sido hecha por ellos, noto­ria a todos los que moran en Jerusalén, y no lo podían negar.” Los ene­mi­gos de Cristo eran con­trar­ios a los após­toles. Ellos no les agrad­a­ban. Pero ellos podrían negar que ellos habían vis­to hac­er­lo a los após­toles. Esta fue la mis­ma respues­ta que Jesús recibió en los relatos bíbli­cos. Cuan­do él hacía Mila­gros, las per­sonas no podrían negar lo que ellos esta­ban vien­do. Ellos podrían decir que ellos no desea­ban seguir a Jesús. O ellos podrían inten­tar dar crédi­to a otras fuentes de los mila­gros. En Mar­cos 3:20–27 leemos sobre tales cosas en un even­to. Las per­sonas inten­taron dar el crédi­to de los mila­gros que Jesús esta­ba lle­van­do a cabo a Satanás. Jesús había esta­do hacien­do grandes mila­gros para pro­bar que Él venía de Dios.

 

Cuan­do lo oyeron los suyos, vinieron para pren­der­le; porque decían: está fuera de sí. Pero los escribas que habían venido de Jerusalén decían que tenía a Beelze­bú, y que por el príncipe de los demo­ni­os ech­a­ba fuera los demo­ni­os”

¿Esta­ban los ene­mi­gos de Cristo negan­do el hecho de que Él era capaz de echar fuera demo­ni­os? No. En lugar de eso ellos dijeron que Él real­iz­a­ba tales haz­a­ñas por el poder de Satanás. Jesús entonces pre­gun­tó, “¿Cómo puede Satanás echar fuera a Satanás? Si un reino está divi­di­do con­tra sí mis­mo, tal reino no puede per­manecer.” Jesús entonces les mostró que tan ridícu­lo era su argu­men­to. Pero el pun­to que deseo hac­er aquí es que los ene­mi­gos de Jesús no podrían negar Sus mila­gros. Esto es el por qué las per­sonas acep­taron el Nue­vo Tes­ta­men­to como algo ver­dadero.

 

En Juan 9:20-23 leemos sobre un hom­bre que fue sana­do y que había naci­do ciego. Sus padres admi­tieron que su hijo había sido sana­do, pero esta­ban demasi­a­do temerosos para decir que fue Jesús quien lo había sana­do – debido a que ellos no desea­ban ser expul­sa­dos de la sin­a­goga. La Bib­lia dice en Juan 12:42, “Con todo eso, aun de los gob­er­nantes, muchos creyeron en Él; pero a causa de los fariseos no lo con­fesa­ban, para no ser expul­sa­dos de la sin­a­goga.”

 

Antes de mover­nos a nue­stro sigu­iente pun­to, deseo que obser­ven un ejem­p­lo más. Es muy poderoso y muy fuerte, y es uno muy bueno para mostrar a las per­sonas que había una difer­en­cia entre el fal­so pro­fe­ta que clam­a­ba usar la magia, y un pro­fe­ta gen­uino que podría pro­ducir mila­gros gen­uinos. En Hechos 8 encon­tramos la his­to­ria de Simón el cual defrau­dar a mucha gente y usan­do eso nosotros hoy prob­a­ble­mente podríamos callar los “tru­cos de magia.” Las per­sonas pens­a­ban, sin duda, que lo que él esta­ba hacien­do era legí­ti­mo. Pero Simón recono­ció que cuan­do los pro­fe­tas hacían Mila­gros, era com­ple­ta­mente difer­ente que lo que él esta­ba hacien­do. En Hechos 8:9 y sigu­ientes, leemos,

 

Había un hom­bre lla­ma­do Simón, que antes ejer­cía la magia en aque­l­la ciu­dad, y había engaña­do a la gente de Samaria, hacién­dose pasar por algún grande. A éste oían aten­ta­mente todos, des­de el más pequeño has­ta el más grande„ dicien­do: Éste es el gran poder de Dios. Y le esta­ban aten­tos, porque con sus artes mág­i­cas les había engaña­do mucho tiem­po. Pero cuan­do creyeron a Felipe que anun­cia­ba el evan­ge­lio del reino de Dios y el nom­bre de Jesu­cristo, se bau­ti­z­a­ban hom­bres y mujeres. Tam­bién creyó Simón mis­mo, y habién­dose bau­ti­za­do esta­ba siem­pre con Felipe; y vien­do las señales y grandes mila­gros que se hacían, esta­ba atóni­to.”

Si cualquiera pudiera haber man­cha­do con mila­gros fraud­u­len­tos, cier­ta­mente habría sido Simón el mago. Sin embar­go él sabía que los Mila­gros de los após­toles eran reales. Así que, el Segun­do pun­to tiene que ver con el reconocimien­to de la inspiración. Las per­sonas reconocieron que lo que dijeron los hom­bres inspi­ra­dos era ver­dad debido a que las cosas que ellos hablaron eran acom­pañadas por mila­gros gen­uinos. Sin embar­go, la rev­elación de Dios no con­tinúa has­ta hoy. Judas 3 dice que “la fe” que ha sido dada “una vez dada a los san­tos.” Juan 16:13 dice que los escritores inspi­ra­dos serían guia­dos a “toda ver­dad.” Y eso es lo que pasó exac­ta­mente. “La fe” ha sido reg­istra­da en el Nue­vo Tes­ta­men­to. Podemos estar com­ple­tos por medio de las Escrit­uras (2 Tim. 3:16–17). En 1 Cor­in­tios 13:9–10 se nos enseña que el propósi­to de los Mila­gros era con­fir­mar la Pal­abra. Una vez que la Pal­abra fuera escri­ta en su total­i­dad, entonces no habría más necesi­dad de mila­gros. La Bib­lia nos enseña que aho­ra ten­emos la Pal­abra de Dios com­ple­ta. No debe­mos agre­gar o quitar de ella.

 

Aho­ra ven­i­mos a al ter­cer y últi­mo pun­to en esta lec­ción – la preser­vación del Nue­vo Tes­ta­men­to. En la pan­talla ust­ed está vien­do una grá­fi­ca que mues­tra escritos sec­u­lares. Ust­ed ve al autor de los escritos, la fecha en que fueron escritos, la copia más antigua que ten­emos, y el número de copias que ten­emos. Estoy pre­sen­tan­do esta infor­ma­ción de tal for­ma que ust­ed pue­da com­parar el Nue­vo Tes­ta­men­to con estos otros escritos antigu­os. Cuan­do ust­ed lo hace, ust­ed no hará una gran difer­en­cia entre ellos. Por ejem­p­lo, con­sidere a Plinio. Nadie nie­ga que él exis­tió. Ellos no nie­gan sus escritos. Él vivió alrede­dor del 61 al 113 D.C. Pero la copia más Antigua de sus escritos existe des­de el 850 D.C. – un espa­cio de casi 700 años. Además, ten­emos solo siete copias de sus escritos. Con­sidere tam­bién a Platón, quien vivió alrede­dor del 427 al 347 A.C. Las copias más antiguas que ten­emos de su mate­r­i­al son del 900 D.C., y ten­emos solo siete copias de sus escritos. Con­sidere a César, quien vivió alrede­dor del 100 al 44 A.C. Sin embar­go las copias más antiguas que ten­emos de su infor­ma­ción son del 900 D.C. Al menos unos 900 años más tarde. Y ten­emos sola­mente diez copias de su infor­ma­ción. Con­sidere a Tác­i­to, quien vivió aprox­i­mada­mente en el 100 D.C.. Sin embar­go las copias más antiguas de sus escritos son del 1100 A.C. – aprox­i­mada­mente 1100 años más tarde.. Y tiene sola­mente veinte copias. Con­sidere a Aristóte­les, quien vivió alrede­dor del 384 al 322 A.C. Las copias más antiguas que poseemos de sus escritos son del 1100 D.C. Y ten­emos solo cuarenta y nueve copias de sus escritos. Con­sidere la Ilía­da de Home­ro escri­ta alrede­dor del 900 A.C., sin embar­go la copia más antigua que ten­emos es del 400 A.C. – 500 años más tarde. Ten­emos 643 copias de la Ilía­da.

 

Entonces lleg­amos al Nue­vo Tes­ta­men­to, que fue escrito aprox­i­mada­mente del 48 al 100 D.C. Las copias más antiguas que ten­emos de los libros del Nue­vo Tes­ta­men­to son del 130 D.C. – que son solo trein­ta años después de que el Nue­vo Tes­ta­men­to fue com­ple­ta­do. Cuan­do ven­i­mos a los escritos sec­u­lares, las copias más antiguas son en oca­siones mil años después que fueron pro­duci­dos por sus autores orig­i­nales.. El número de copias del Nue­vo Tes­ta­men­to (en su total­i­dad o en partes) es de 5,600. Podemos des­cansar seguros de que el Antiguo Tes­ta­men­to ha sido reser­va­do para nosotros. Esto ten­dría que ser una bue­na razón (es) para sug­erir que no ha sido preser­va­do, en espe­cial cuan­do com­para­mos el Nue­vo Tes­ta­men­to con los escritos sec­u­lares. Es algo asom­broso obser­var esta infor­ma­ción, y com­pren­der jus­to todo lo que Dios ha pro­vis­to para nosotros para que podamos cono­cer que el Nue­vo Tes­ta­men­to viene de Él, y como vino a exi­s­tir.

 

¿Así que todo esto es sig­ni­fica­ti­vo hoy para nosotros? Vamos a ser juz­ga­dos por el Nue­vo Tes­ta­men­to (Jn. 12:48). Nece­si­ta­mos entonces estar seguros que esta­mos vivien­do nues­tras vidas de acuer­do con la vol­un­tad de Dios. Vivi­mos hoy bajo el Nue­vo Tes­ta­men­to. Hebre­os 7–10 entra en grandes detalles sobre eso. Gálatas 6:1–2 nos dice que esta­mos bajo la Ley de Cristo. San­ti­a­go 1:25 habla sobre “la per­fec­ta ley de la lib­er­tad.” El Nue­vo Tes­ta­men­to es nue­stro están­dar de vida. Romanos 10:17 dice que “la fe viene por el oír, y el oír por la pal­abra de Dios.” Debe­mos ir a la ley de Dios para ver lo que ten­emos que hac­er para ser sal­vo. Debe­mos creer que Jesús es Aquel que dijo que Él era. Jesús dijo en Juan 8:24, “Porque si no creéis que Yo soy, en vue­stros peca­dos moriréis.” Debe­mos arrepen­tirnos de nue­stros peca­dos pasa­dos (Hechos 3:19). Debe­mos con­fe­sar que Jesu­cristo es el Señor (Rom. 10:10). Y debe­mos ser bau­ti­za­dos en agua para el perdón de nue­stros peca­dos (Hechos 2:38). Si ust­ed aún no obe­dece a la ver­dad, oramos hoy para que ust­ed obe­dez­ca el evan­ge­lio de Cristo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PREGUNTAS DE ESTUDIO PARA LAINTRODUCCIÓN A LA BIBLIA” (LECCIÓN 3)

 

 

  1. De acuer­do a 2 Tim­o­teo 3:16–17, ¿quién o cuál es la fuente del mate­r­i­al

que ten­emos en la Bib­lia?

 

  1. De acuer­do a Juan 16:8–13, ¿a quién prometió Jesús enviar a los

após­toles para guiar­los a “toda ver­dad”?

 

  1. De acuer­do a lo que Pablo escribió en Efe­sios 3:1–4, ¿quién o cuál

era la fuente de la infor­ma­ción que él enseña­ba (y que incluía él en los

libros encon­tra­dos en el Nue­vo Tes­ta­men­to)?

 

  1. De acuer­do a Efe­sios 3:4, ¿Podemos enten­der hoy la Pal­abra de Dios?

 

  1. De acuer­do a 1 Cor­in­tios 14:37, ¿quién o cual fue la fuente de la

infor­ma­ción que él enseña­ba (y que él incluía en los libros que él escribió

en el Nue­vo Tes­ta­men­to)?

 

  1. De acuer­do a 1 Cor­in­tios 2:10, quién o cuál era la fuente de la

infor­ma­ción de la infor­ma­ción que él enseña­ba (y que él incluía en los

libros que él escribió en el Nue­vo Tes­ta­men­to)?

 

  1. De acuer­do a 1 Cor­in­tios 2:13, ¿quién o cuál no era la fuente de

la infor­ma­ción que él enseñó (y que él incluía en los libros que

él escribió en el Nue­vo Tes­ta­men­to)?

 

  1. De acuer­do a 2 Cor­in­tios 12:12, ¿cuál era una man­era de que los

após­toles con­fir­maron a los que los oyeron hablar que las cosas

que ellos decían eran “de Dios”?

 

  1. De acuer­do a Hebre­os 2:1–4, ¿cuál era una for­ma de que los após­toles

con­fir­maron a los que los oían hablar que lo que ellos dijeron era

de Dios?”?

 

  1. En Hechos 3:1 y sigu­ientes Pedro y Juan realizaron un mila­gros para

con­fir­mar que lo que ellos decían y hacían era de Dios. ¿Cuál fue ese

mila­gro?

 

  1. ¿Qué cosa inusu­al pasó en Hechos 19:1–6, proban­do “ningún injus­to”

tenía el poder de lle­var a cabo mila­gros gen­uinos?

 

  1. En Hechos 4:16 vemos la reac­ción de algunos de los ene­mi­gos del

cris­tian­is­mo a los mila­gros gen­uinos que ellos habían ates­tigua­do que

fueron lle­va­dos a cabo alrede­dor de ellos. ¿Cuál fue su reac­ción?

 

  1. En Mar­cos 3:20–27, ¿a quién inten­taron los ene­mi­gos de Cristo atribuir

los mila­gros que Él había lle­va­do a cabo en medio de ellos?

 

  1. ¿Cómo respondió Cristo a la acusación hecha por Sus ene­mi­gos (en

Mar­cos 3:20–27), sugirien­do que Sus mila­gros eran de algu­na otra

fuente que del cielo?

 

  1. De acuer­do a 1 Cor­in­tios 13:9–10, ¿cuál fue el propósi­to de los mila­gros

que Jesús y algunos de Sus seguidores eran capaces de realizar?

 

  1. Hebre­os 7–10 expli­ca en gran detalle que hoy vivi­mos bajo el Nue­vo Tes­ta­men­to. De acuer­do a Juan 12:48, ¿qué, entonces, nos juz­gará un día?

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