Enlace Históri­co (36–39)

 

Capí­tu­lo 39

No Asiria, sino Babilo­nia

 

Este capí­tu­lo podría lle­var var­ios títu­los, por ejem­p­lo, “El Emba­jador de Mero­dac-bal­adan,” “El Orgul­lo que Lle­va a un Oca­so,” o “El Cas­ti­go del Orgul­lo.” Pero como quiera que sea el capí­tu­lo sirve como una tran­si­ción de la ame­naza asiria a la preparación para la cau­tivi­dad babilóni­ca, el títu­lo selec­ciona­do parece ser el más apropi­a­do.

      La difi­cul­tad más sev­era que enfrentan los comen­taris­tas en este pun­to es pon­er fecha al pasaje. Es imposi­ble pre­cis­ar el tiem­po exac­to del men­sajero y de las car­tas del rey de Babilo­nia. Para una breve dis­cusión del reina­do de Mero­dac-bal­adan ver la intro­duc­ción al capí­tu­lo 21, y para el tiem­po de la enfer­medad de Eze­quías ver la intro­duc­ción al capí­tu­lo 38. Es posi­ble que la enfer­medad de Eze­quías ocur­rió antes de lo que hemos sug­eri­do en el capí­tu­lo ante­ri­or, pero esto lev­an­ta otros prob­le­mas. En este pun­to, la deter­mi­nación de las fechas con cer­tidum­bre está más allá de nues­tra capaci­dad.

 

El Pro­fe­ta Con­tra el Rey (vers 1–4)

 

      1 En aquel tiem­po, el tiem­po de la recu­peración de Eze­quías, o un poco tiem­po después, Mero­dac-bal­adán hijo de Bal­adán, de la casa de Yakin (aparente­mente el fun­dador de la dinastía), envió car­tas y un pre­sente a Eze­quías. Mero­dac-bal­adán es recor­da­do como un rey astu­to y ambi­cioso y un acer­bo ene­mi­go de los reyes Sargón y Sena­que­rib de Asiria. No era usu­al enviar emba­jadores de un país a otro por razones políti­cas (ver 18:1–3; 30:1–7). Sin embar­go, este lo era. Era más inusu­al para un rey enviar car­tas de con­grat­u­lación y un pre­sente a un rey tan dis­tante en la recu­peración de su enfer­medad. Tam­bién, había la difer­en­cia en estatu­ra y ran­go mundi­al entre el rey de Babilo­nia y Eze­quías de Judá. Hay dos razones prob­a­bles para lo del emba­jador. Una era inves­ti­gar el mila­gro del reloj de sol, porque vinieron “para saber del prodi­gio que había acon­te­ci­do en el país” (2 Crón 32:31); la otra razón, que es gen­eral­mente asum­i­da por los estu­di­antes de la Bib­lia, fue que el rey de Babilo­nia nece­sita­ba todo el apoyo que pudiera obten­er con­tra Asiria.

      2No hay ningu­na duda que Eze­quías hala­ga­do por esta aten­ción, porque se dice, “se enal­te­ció su corazón” (2 Crón 32:25), y se rego­ci­jó con (K.: “los oyó” ) ellos. Al pare­cer había olvi­da­do que era a Jehová el que le había con­ser­va­do la vida y la ciu­dad, y al que le había prometi­do andar humilde­mente todos los días de su vida (38:15). Como su antepasa­do David había sucumbido a los deseos de la carne, y Salomón se había ren­di­do a la adu­lación y al orgul­lo. ¡La carne es ter­ri­ble­mente débil! En apari­en­cia, des­de el pago del fuerte trib­u­to a Sena­que­rib, había acu­mu­la­do con­sid­er­ables riquezas, la mag­ni­tud de tales riquezas es indi­ca­da en 2 Cróni­cas 32:27–29. Muchas de estas podrían haber sido rega­los que le enviaron después de su enfer­medad (2 Crón 32:23). Al mostrar a los hom­bres de Babilo­nia toda su riqueza, pla­ta, oro, especies aromáti­cas, aceites pre­ciosos (usa­dos como ungüen­tos), y las armaduras entre sus tesoros, parece que esta­ba inten­tan­do dar­les la impre­sión que era un rey dig­no de alta esti­ma. Sus domin­ios, sig­nifi­ca “autori­dad” o “reino,” prob­a­ble­mente se refiere a su gob­ier­no. Es dudoso que los lle­vara en un recor­ri­do a Judá, sino que prob­a­ble­mente les mostró la obra de su sis­tema de gob­ier­no. Es difí­cil imag­i­nar a un rey mostran­do con gozo a un ene­mi­go poten­cial todo su arse­nal y riqueza, pero tal es el poder de la adu­lación.

      3 El énfa­sis del pro­fe­ta Isaías y del rey Eze­quías enfo­ca la aten­ción en las posi­ciones de los dos hom­bres: uno es el vocero de Jehová, el otro Su sub­ger­ente en asun­tos políti­cos. Cua­lesquiera que pudier­an haber sido los sen­timien­tos o con­sid­era­ciones per­son­ales que cada uno tuviera del otro, el pro­fe­ta no está en ningún modo ate­moriza­do o intim­i­da­do por el rey o ate­moriza­do de los posi­bles resul­ta­dos. Él pre­gun­ta tres cues­tiones: (1) ¿Qué dicen estos hom­bres? – Eze­quías no responde; (2) ¿y de dónde han venido? – La respues­ta de Eze­quías da indi­cios de orgul­lo mun­dano. Vinieron de un país lejano, aun des­de Babilo­nia, a mí. Esta últi­ma pal­abra es un alarde obvio.

      4 El pro­fe­ta profiere la ter­cer pre­gun­ta: (3) ¿Qué han vis­to en tu casa? El rey responde con hon­esti­dad admirable; no ocul­ta nada: Todo lo que hay en mi casa han vis­to. Admite sin reser­vas haber mostra­do a los babilo­nios todos sus tesoros. Ten­emos aquí otra trage­dia del actu­ar irre­spon­s­able sobre la intu­ición humana y moti­vación car­nal sin bus­car la guía de Jehová (ver Jos 9:14).

 

La Pal­abra de Con­de­na (vers 5–8)

 

      5 Aparente­mente el pro­fe­ta había sido comi­sion­a­do con el men­saje divi­no antes de venir al rey; porque ensegui­da dijo, Oye pal­abra de Jehová de los ejérci­tos. Isaías había denun­ci­a­do las alian­zas de Acaz con Asiria y de los políti­cos de Judá con Egip­to, y aho­ra está lis­to para denun­ciar cualquier alian­za o relación de Eze­quías con Babilo­nia. En la mente del pro­fe­ta todas estas aso­cia­ciones del pueblo de Dios con el mun­do son un rec­ha­zo de la depen­den­cia sobre el Señor y, de esta for­ma, es peca­do. Tales rela­ciones cla­man la muerte de los fal­l­e­ci­dos por la ver­dad y la jus­ti­cia.

      6 El pro­fe­ta ini­cia su men­saje con su acos­tum­bra­do lla­ma­do a la aten­ción, He aquí. Con­tin­ua, vienen días (no da inti­mación como a cuán­do), en que será lle­va­do a Babilo­nia todo lo que hay en tu casa – todo lo que Eze­quías ha adquiri­do a acu­mu­la­do. Esta es la primera ref­er­en­cia incon­fundible a Babilo­nia como la tier­ra de la cau­tivi­dad. Ningu­na cosa quedará; esto está garan­ti­za­do, porque lo dice Jehová. De nue­vo la lec­ción enseña­da es que cuan­do miramos los fru­tos de nues­tra labor, esta­mos oblig­a­dos a decir, “y he aquí, todo [es] vanidad y aflic­ción de espíritu, y sin prove­cho deba­jo del sol” (Ecl 2:11); y tam­bién, “el mun­do pasa, y sus deseos (1 Jn 2:17). ¡En Eze­quías es ilustra­da la vanidad de todas las cosas ter­re­nales!

      7 No solo las pos­e­siones ate­so­radas de Eze­quías serían lle­vadas a Babilo­nia, sino que tam­bién sus descen­di­entes serían toma­dos allí y servirían como eunucos en la casa del rey. Es incier­to ya sea que eunucos se refiera sola­mente a indi­vid­u­os muti­la­dos o a fun­cionar­ios en posi­ciones clave de gob­ier­no (ver Dan 1:3). Es más prob­a­ble que en este caso lo últi­mo sea el sig­nifi­ca­do.

      8 Eze­quías se somete humilde­mente a la vol­un­tad de Dios, agrade­ci­do por cualquier mis­eri­cor­dia hacia él por el Señor: La pal­abra de Dios que has habla­do es bue­na. El pro­fe­ta ha sido gen­uino en su mis­ión, Jehová ha mostra­do mis­eri­cor­dia, y aho­ra el rey mues­tra su sen­timien­to de grat­i­tud y agradec­imien­to: A lo menos haya paz y seguri­dad en mis días. Aunque podría ser un ele­men­to de egoís­mo en su respues­ta, el rey podría estar dan­do crédi­to por su grat­i­tud a que puede finalizar su reina­do en tran­quil­i­dad. Note que la nación no es nom­bra­da en la pro­fecía de deportación y cau­tivi­dad de Isaías; solo la casa del rey es selec­ciona­da. Pero debido a los peca­dos de Man­asés y su influ­en­cia en la nación para pecar más allá que las naciones ter­re­nales (2 Rey 21:9–15), Judá llegó a ser peor que Israel y que Sodoma (Jer 3:11; Ezeq 16:46–47). Con­se­cuente­mente, fue declar­a­do que la nación sería lle­va­da fuera por cin­cuen­ta años, después de los cuales un rema­nente regre­saría (Miq 4:10). (Usamos la figu­ra de cin­cuen­ta años puesto que las deporta­ciones cubrieron un peri­o­do de veinte años. La cau­tivi­dad duró seten­ta años, pero Jerusalén estu­vo sin judíos por solo cin­cuen­ta).

Capí­tu­lo 39. No Asiria, sino Babilo­nia

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  • El Peri­o­do Asirio: Con­flic­to y Vic­to­ria (1–39)
  • Pro­fecías de Juicio en Con­tra de Naciones Indi­vid­uales

(13–23)

El pro­fe­ta ter­minó de  declarar las car­gas sobre las tres naciones paganas: Babilo­nia, Edom, y Ara­bia (cap 21). ¿Por qué debe aho­ra incluir una rela­ciona­da con Jerusalén, la ciu­dad donde él y su pueblo res­i­den? La relación entre las cua­tro es una de carác­ter en vez de par­entesco físi­co. Si el pueblo de Dios está com­portán­dose como las naciones paganas, deben sufrir las mis­mas con­se­cuen­cias por su com­por­tamien­to. Se pun­to se aclara mien­tras con­sid­er­amos la pro­fecía.

      La pro­fecía cae en dos partes dis­tin­tas: en la primera, la ciu­dad de Jerusalén está bajo la ira de Dios (vers 1–14); la segun­da tra­ta con un tesorero indi­vid­ual (vers 15–25). La fecha del juicio al que apun­ta la pro­fecía es muy indefini­da e incier­ta. La gran may­oría sostiene está a la vista que Sena­que­rib (701 A.C.) atacó la ciu­dad (Barnes, Erd­man, Leupold, Rawl­in­son, Smith, y Dri­ver, quienes dicen “prob­a­ble­mente”). Alexan­der ofrece una opción entre el even­to con­cre­to de la cap­tura de Man­asés por los asirios (2 Crón 33:11) y el dete­ri­oro gen­er­al de Jerusalén. Delitzsch pien­sa que la pro­fecía señala a un peri­o­do inter­me­dio cuan­do Judá esper­a­ba librarse de Asiria por medio de una alian­za con Egip­to. Calvin define el cumplim­ien­to de la pro­fecía en la destruc­ción de Jerusalén (586 A.C.). En una for­ma típi­ca de los eru­di­tos lib­erales, Clements cree que parte del pasaje apun­ta al701 A.C. y fue escrito por Isaías, y otra parte pertenece a la caí­da de Jerusalén en el586 A.C. y fue agre­ga­do por un redac­tor que vivió después de ese tiem­po. Young pien­sa que Isaías está descri­bi­en­do la deba­cle gen­er­al de la nación has­ta que esta cae en las manos de Babilo­nia. A la luz de tales difer­en­cias, es impru­dente ser dog­máti­co.

      Cuan­do con­sid­er­amos la preparación de Exe­quias para el cer­co por parte de Sena­que­rib, tal como su pro­visión de agua en la ciu­dad y en su reparación de los muros (2 Crón 32:1–5,30), los even­tos del 701 A.C. pare­cen estar a la vista de Isaías. Sin embar­go, cuan­do son exam­i­na­dos otros asun­tos, la con­clusión de Young es que el cap 22 que describe la deba­cle gen­er­al y la destruc­ción final de la ciu­dad es igual­mente atrac­ti­vo. La selec­ción parece yac­er entre el cer­co de Sena­que­rib (701 A.C.) y el peri­o­do total del cer­co de Sena­que­rib has­ta la caí­da de la ciu­dad a manos de Nabu­codonosor (586 A.C.).

      Las dos inva­siones extran­jeras tienen algunos aspec­tos en Común. En tan­to que Sena­que­rib esta­ba cer­can­do Laquis, Eze­quias le envió un gran trib­u­to de pla­ta y de oro, dis­culpán­dose por haber­lo ofen­di­do al rebe­larse con­tra él (2 Rey 19:9; Isa 37:9), mien­tras que esto podría haber lev­an­ta­do fal­sas esper­an­zas y rego­ci­jo entre los judíos,él redobló su esfuer­zo para per­suadir a Eze­quias a some­terse (2 Rey 19:10–13). Tirha­ca demostró ser ten­er una ame­naza no efec­ti­va; fue Jehová quien le dio a Judá la vic­to­ria (2 Rey 19:35–37).

      En el cer­co caldeo del 587–586 A.C., Nabu­codonosor esta­ba pele­an­do con­tra Jerusalén, Laquis, y Aze­ca, las úni­cas ciu­dades de Judá que per­manecían for­ti­fi­cadas (Jer 34:6–7). A la pal­abra de Jehová por medio de Jere­mías, el rey Sede­quías proclamó la lib­er­tad a todos los sier­vos y sier­vas; pero más tarde el dio mar­cha atrás al decre­to y causó que los sier­vos lib­er­a­dos fuer­an suje­tos de nue­vo a sus amos (Jer 34:8–11). Este cam­bio de corazón podría haber sido oca­sion­a­do por el lev­an­tamien­to del cer­co de los caldeos. ¿Por qué fue lev­an­ta­do el cer­co? Jere­mías dice, “Y cuan­do el ejérci­to de faraón había sali­do de Egip­to, y llegó noti­cia de ello a oídos de los caldeos que tenían siti­a­da a Jerusalén, se reti­raron de Jerusalén” (Jer 37:5). Como en el caso de Sena­que­rib, las noti­cias de la aprox­i­mación del ejérci­to egip­cio dio entra­da una fal­sa esper­an­za y una ocasión para el rego­ci­jo. Pero tam­bién como en los días del cer­co de Sena­que­rib, Egip­to no esta­ba para ayu­dar en con­tra de Nabu­codonosor, sino, como Jehová dijo, aque­l­los que subieron fuera de Egip­to para ayu­dar regre­saron a Egip­to a su propia tier­ra (Jer 37:7). Este tiem­po, en lugar de la lib­eración de la ciu­dad, como en los días de Sena­que­rib, Jehová la entregó en las manos de los babilo­nios. Que Isaías 22 puede referirse a los even­tos ya sea del 701 o del 586 hace plau­si­ble el pun­to de vista que el pro­fe­ta está real­mente hablan­do de la deba­cle de Jerusalén durante el peri­o­do gen­er­al total.

Repren­sión del Espíritu de Friv­o­l­i­dad del Pueblo (vers 1–14)

1 La expre­sión el valle de la visión no parece indicar una local­ización geográ­fi­ca en par­tic­u­lar, sino más bien un pueblo cor­ta­do del mun­do (ver Jer 21:13), rodea­da y pro­te­gi­da por las mon­tañas y por Jehová (Sal 125:1–2). Como la mora­da de Jehová, de la que emanan todas las pro­fecías, Jerusalén era el valle de la visión, la sede de la pro­fecía. Los teja­dos eran ter­ra­dos donde el pueblo podría reti­rarse para rela­jarse (2 Sam 11:2), para la ado­ración idol­a­tra (Jer 19:13; Sof 1:5), o para lamen­tarse (Jer 48:38). Ningu­na de estas posi­bil­i­dades parece estar de acuer­do con la acusación del pro­fe­ta; la ado­ración hipócri­ta podría ser parte de lo que ve Isaías, pero las otras pare­cen no ser­lo. ¿Es posi­ble que en esta ocasión el pueblo ten­ga, en un espíritu de fal­sa con­fi­an­za, estarse subi­en­do a sus ter­ra­dos para obser­var la lle­ga­da del ejérci­to? Tal vez ten­emos aquí una descrip­ción del espíritu del pueblo – un espíritu de con­fi­an­za impru­dente frente a la espa­da de Damo­cles. Este espíritu los car­ac­ter­izó a lo largo del peri­o­do total des­de Sena­que­rib has­ta Nabu­codonosor, así como car­ac­ter­izó a Nínive jus­to antes de la destruc­ción que cayó sobre la ciu­dad.

      2 El pueblo de esta ciu­dad tur­bu­len­ta será esclav­iza­do, no en una batal­la o con la espa­da, sino por la hol­ladu­ra del Señor (vers 5), la con­se­cuen­cia de su rec­ha­zo de Jehová. Smith dijo tam­bién bien, “Jerusalén parece ago­b­i­a­do al antic­i­par su lib­eración por el sui­cidio moral” (I. 323).

      3 Los gob­er­nadores y los jue­ces que podrían haber defen­di­do y guia­do al pueblo les fal­larán y serán cap­tura­dos, amar­ra­dos, y lle­va­dos lejos. Esto fue final­mente cumpli­do en la per­sona de Sede­quías cuan­do la nación cayó ante Nabu­codonosor (Jer 52:7–11). La pal­abra de Jehová habla­da en el ini­cio de la his­to­ria judía fue cumpl­i­da (Lev 26:14–45; Deut 28:15–68).

      4 El pro­fe­ta aparta la mira­da de esta ter­ri­ble visión y rev­ela las emo­ciones de su corazón. Él llo­rará afligi­da­mente, aun al pun­to del can­san­cio, no en secre­to, sin que la gente abier­ta­mente podría darse cuen­ta de la gravedad de la pro­fecía. No hay reme­dio para inten­tar con­so­lar­lo; él no puede ser con­so­la­do. La causa: la destruc­ción de la hija de mi pueblo – el pueblo mis­mo. Lo que el pro­fe­ta describe no iba a ser cumpli­do en los días de Sena­que­rib, sino que parece ser un pun­to de vista amplio del espíritu del pueblo que lo llevó final­mente a la destruc­ción bajo Nabu­codonosor.

      5 Frente al espíritu descrito en los vers 1–4, el Señor tiene en reser­va un día en el que habrá alboro­to y der­ro­ta, una hol­ladu­ra que es grande (ver 2:11–12), y per­ple­ji­dad – el pueblo no sabe que hac­er en medio de su con­fusión. Su rego­ci­jo, ya sea la expre­sión de un espíritu gen­er­al a lo largo de todo el peri­o­do (701–586 A.C.) o la reac­ción a un ataque especí­fi­co, debe ter­mi­nar en juicio por parte del Señor; la visión y las pro­fecías del Señor deben ser cumpl­i­das. En el der­rum­bamien­to de las pare­des del muro, el pueblo llo­rará, no a Jehová, su úni­ca fuente de ayu­da, sino a las mon­tañas, las fuerzas nat­u­rales que no pueden ayu­dar.

      6 Isaías ya ha pro­fe­ti­za­do que Elam, un pueblo guer­rero del ori­ente de Babilo­nia que era notable por su uso del arco (Jer 49:34–39), jun­to con Media, traerán la caí­da sobre Babilo­nia (21:2,9). Ellos proveerán tam­bién arqueros, con­duc­tores de cuadri­gas, y caballerías en con­tra de Jerusalén. Kir (no debe ser con­fun­di­do con el Kir de 15:1),sig­nifi­ca “muro,” parece haber esta­do local­iza­do en algún lugar del norte de Elam. Amos habla de Kir como la casa orig­i­nal de los sirios (Amos 9:7), y el lugar a donde Siria sería lle­va­da cau­ti­va (Amos 1:5; 2 Rey 16:9). El pueblo de Elam y de Kir podría haber esta­do tan­to en el ejérci­to de Asiria como de Babilo­nia. Lo que el pro­fe­ta bus­ca enfa­ti­zar, no son las naciones especí­fi­cas, sino la gran dis­tan­cia de donde ven­drían los fieros guer­reros. La rev­elación del escu­do sim­ple­mente indi­ca la cober­tu­ra pro­tec­to­ra del escu­do en preparación para la batal­la.

      7 El pro­fe­ta habla en tiem­po pasa­do, esto es, el proféti­co per­fec­to, como si el even­to hubiera sido ya cumpli­do; porque si Dios dec­re­ta una cosa, es tan cier­to que va a ser hecho como si ya hubiera sido eje­cu­ta­do. Isaías mira los valles escogi­dos y sobre la ciu­dad llena con cuadri­gas. Los jinetes están ante la puer­ta, lis­tos para entrar. Que los valles están llenos indi­ca que las fuerzas tien­den a la con­quista y a la destruc­ción con­sti­tuyen una hueste numerosa.

      8 Y desnudó la cubier­ta de Judá. Está cláusu­la ha sido inter­pre­ta­da de difer­entes for­mas: “la desnudez que hizo que Judá se cegara a la espa­da de Demo­cles” (Delitzsch); “el velo de la igno­ran­cia (ver 25:7)” (Leupold); “todo lo que pro­tegía a la nación de la vergüen­za y de la des­gra­cia ha sido quita­do, así que Jerusalén se mantiene en pie ante el deshon­or” (Young); “la ref­er­en­cia es a Dios que había aparta­do su pro­tec­ción de Jerusalén así que no existía defen­sa ade­cua­da para impe­di a las fuerzas babilóni­cas de lle­var a cabo su vol­un­tad de destruc­ción” (Clements). Yo me incli­no a estar de acuer­do con Clements, porque en lugar de guiar a Su pueblo, Jehová “Extendió una nube por cubierta,/ Y fuego para alum­brar la noche” (Sal 105:39). Esto era un sím­bo­lo de Su pres­en­cia (Sal 78:14; Exo 13:21), lo que Él restau­raría en la Sion red­im­i­da (4:5). Esta pro­tec­ción por parte de Jehová salvó a la ciu­dad del cer­co de Sena­que­rib, pero even­tual­mente fue quita­da cuan­do Nabu­codonosor destruyó la ciu­dad (ver el retiro de la pres­en­cia y de la glo­ria de Jehová en Eze 11:22–25). Con el retiro de la pres­en­cia de Jehová como una cubier­ta, el pueblo fue deja­do solo con sus pro­pios medios – ellos miraron hacia la casa de armas del bosque, el arse­nal lev­an­ta­do por Salomón (1 Rey 7:2; 10:17) donde fueron alma­ce­nadas las armas.

      9–11 Las bre­chas desar­rol­ladas en la ciu­dad de David – tan­to debil­i­dades lit­erales en las mis­mas pare­des  como el decaimien­to del carác­ter moral del pueblo, que habían per­mi­ti­do la glo­ria espir­i­tu­al de Sion para debil­i­tar y man­char. En con­jun­to demasi­a­do tarde ellos empezaron a hac­er esfuer­zos para man­ten­er el cer­co con­struyen­do tan­ques de alma­ce­namien­to de agua entre los muros y con­tan­do las casas, der­riban­do lo que podría ser guarda­do y usan­do las piedras para reparar los muros. Pero esto no era toda la ganan­cia. El error de los pueb­los esta­ba en su fal­la de mirar hacia Jehová, la fuente de pro­tec­ción y de lib­eración, el úni­co que había deter­mi­na­do su destruc­ción si ellos le vol­te­a­ban la espal­da a Él (ver Deut 28:15–68).

      12 Al con­tin­uar con el per­fec­to proféti­co, el pro­fe­ta dice, en este día – el “día de tur­bación” de los vers 5–11 – Jehová llamó al pueblo al arrepen­timien­to. Este arrepen­timien­to iba a encon­trar expre­sión en el llan­to, en las ende­chas, en la desvin­cu­lación del pelo o raparse el cabel­lo, y en vestirse con cili­cio; todas estas acciones demues­tran con­tri­ción del espíritu.

      13 Pero en lugar de arrepen­timien­to, el Señor mira gozo y ale­gría, matan­do vacas y degol­lan­do ove­jas, comien­do carne y bebi­en­do vino. El lla­ma­do pro­du­jo un efec­to opuesto que refle­jó el ver­dadero carác­ter del pueblo. Su acti­tud total era, Comamos y bebamos, porque mañana morire­mos. Delitzsch obser­va, “Esto no impli­ca que ellos sin­tier­an algún plac­er con la idea de la muerte, sino que indi­ca un amor de la vida que se burla de la muerte” (I. 396). Smith dice, “Por la mitad de una cen­turia [durante la pro­fecía de los pro­fe­tas] este pueblo había ado­ra­do a Dios, pero ellos nun­ca habían con­fi­a­do en Él más allá de los límites de su pacto y de su sal­va­guardia” (I. 329). De esta man­era cuan­do eso en lo que ellos creyeron se der­rum­bó, su religión tam­bién se der­rum­bó; ellos aho­ra dieron cabi­da a la disi­pación sen­su­al y a la rebeldía.

      14 La mofa que aten­ta con­tra el cas­ti­go y la apelación de Dios será per­don­a­do; trae la muerte. El Señor Jehová de los ejérci­tos rev­eló a los oídos del pro­fe­ta, este peca­do no os será per­don­a­do has­ta que muráis. El pueblo había cometi­do un peca­do imper­don­able que podría ser expi­a­do solo por la muerte de la nación.

      Como sug­e­r­i­mos en la intro­duc­ción de este capí­tu­lo, el pro­fe­ta no está descri­bi­en­do el cer­co de Jerusalén por ya sea Sena­que­rib o por Nacu­bodonosor, sino la condi­ción gen­er­al del corazón del pueblo entre aque­l­los dos sitios, la apelación urgente de Jehová, y la destruc­ción final de la nación por parte de Babilo­nia.

La Fal­ta de los May­or­do­mos (vers 15–25)

15 Como ha sido obser­va­do por numerosos comen­taris­tas, esta pro­fecía en con­tra de Seb­na es la pro­fecía solo de Isaías con­tra un indi­vid­uo (a menos que con­sid­er­e­mos la parte ante­ri­or de esta sec­ción una pro­fecía con­tra Eli­aquim). Dri­ver sug­iere que Seb­na era prob­a­ble­mente un sirio (p. 102). El ejem­pli­fi­ca el espíritu car­nal del peri­o­do: lujuria, ostentación, y el deseo de glo­ria per­son­al. Aun cuan­do él tuvo un carác­ter históri­co, tam­bién per­son­ifi­ca el espíritu gen­er­al de la ambi­ción políti­ca de ese tiem­po (el espíritu del pueblo durante este perío­do ya ha sido expuesto en los vers 1–14). Seb­na es descrito como el tesorero o may­or­do­mo que está sobre la casa, aparente­mente un ofi­cio de gran impor­tan­cia y enver­gadu­ra, que es orig­i­na­do con la orga­ni­zación de Salomón de su gabi­nete políti­co y con­tin­uó en lo suce­si­vo (1 Rey 4:6; 2 Rey 15:5). La des­ti­tu­ción de Seb­na es aparente en Isa 36:3 y en 37:2, donde él habló de cómo el “escri­ba” o cro­nista, segun­do de Eli­aquim. Si Eli­aquim, que sucedió a Seb­na, no fue de hecho cul­pa­ble de nepo­tismo, él fue por lo menos fuerte­mente adver­tido en con­tra de ello. El nepo­tismo involu­cra ya sea mirar solo por la famil­ia inmedi­a­ta de alguien y no por el bien­es­tar de la mis­ma nación, o per­mi­tir que los miem­bros de una famil­ia ascien­dan por el camino de una posi­ción.

      16 El lengua­je de Isaías indi­ca fuerte oposi­ción mien­tras él viene osada­mente a Seb­na y pre­gun­ta tajan­te­mente, ¿Qué tienes tú aquí, o a quién tienes aquí, que labraste aquí sepul­cro para ti, como el que en lugar alto labra su sepul­tura, o el que esculpe para sí mora­da en una peña? El lengua­je parece retar al dere­cho de Seb­na a man­ten­er en alto el ofi­cio. Al esculpir un memo­r­i­al para si mis­mo, una tum­ba elab­o­ra­da en lugar alto, en un lugar más promi­nente, él ha usa­do extremada­mente mal su ofi­cio. El que se cree que es el din­tel de la tum­ba de Seb­na con­tiene “la ter­cera inscrip­ción mon­u­men­tal más grande en el hebreo arcaico.”[1]

      17 El viejo dicho, “El hom­bre pro­pone, pero Dios dispone,” es ver­dad en el caso de Seb­na. Él había pen­sa­do ser enter­ra­do en Jerusalén en el esplen­dor; Jehová tenía otros planes. La pal­abra de intro­duc­ción He aquí enfa­ti­za la impor­tan­cia de lo que sigue. Como un hom­bre fuerte, Jehová se man­ten­drá firme con­tra él y se lo lan­zará.

      18 Como un vien­to podría enrol­lar un obje­to en una bola que puede ser asi­da, Jehová enrol­lará a Seb­na y lo echará fuera de la tier­ra a una tier­ra exten­sa, un país extran­jero, un país en el que rodará como una bola y morirá. La cláusu­la y allá estarán los car­ros de tu glo­ria se refiere a la ostentación a las man­eras lujosas de Seb­na de mane­jar en la ciu­dad y en el país en car­ros osten­tosos, así hoy uno podría dar más impor­tan­cia a los automóviles lujosos que a hac­er su tra­ba­jo. Él se ha glo­ri­a­do en los car­ros, pero la vergüen­za ven­drá a él como él ha sido la vergüen­za de la casa de su señor. Aun cuan­do no hay reg­istro de cuan­do o a que país fue lle­va­do, sabe­mos que a menos que él se arre­pin­tiera, evi­tan­do entonces el cas­ti­go, él fue segu­ra­mente dester­ra­do.

      19 Una vez más Jehová enfa­ti­za lo que sig­nifi­ca que Él arro­ja a Signa: Y te arro­jaré de tu lugar, y de tu puesto te empu­jaré. Repeti­da­mente es demostra­do enla Escrit­u­ra que Jehová lev­an­tará y envilece a los hom­bres; todos están en Su mano.

      20–21 Cuan­do Jehová des­ti­tuya a Seb­na, Él ten­drá a un hom­bre lis­to para tomar el papel que Seb­na debería haber cumpli­do. Al con­tin­uar dirigién­dose a Seb­na, el Señor habla de Eli­aquim, el hijo de Hilcías, como mi sier­vo, un títu­lo de hon­or que des­igna a alguien que ya era sier­vo de Jehová, habit­ual­mente lle­van­do a cabo la vol­un­tad del Mae­stro. Cuan­do el comi­sion­a­do del rey Eli­aquim se reúne más tarde con Rab­saces (un ofi­cial de alto ran­go en el ejérci­to de Sena­que­rib), él está hablan­do de cómo alguien “sobre la casa” mien­tras que Seb­na es referi­do como el “escri­ba” (36:3; 37:2). Es incier­to si la expre­sión, y lo vestiré de tus vestiduras, y lo ceñiré de tu tal­abarte, que es dirigi­do a Seb­na, se refiere a un tipo par­tic­u­lar de vestidu­ra usa­da por alguien de su ran­go o es una metá­fo­ra – Dios vestirá a Eli­aquim con la posi­ción de nobleza de Seb­na. El cin­turón sug­iere que Eli­aquim será afir­ma­do (o ceñi­do) en el ofi­cio; Jehová dará el poderoso gob­ier­no ejer­ci­do por Seb­na en las manos de Eli­aquim. Además de esto el Señor dice, y será padre al morador de Jerusalén, y a la casa de Judá. Ser un padre al pueblo sug­iere un cuida­do pro­tec­tor ejer­ci­do por amor y tienen que ver con aque­l­los con­fi­a­dos en man­ten­er a alguien. Como José fue un padre para el faraón (Gén 45:8), y Job “a los men­es­terosos era padre” (Job 29:16), así Eli­aquim lo era para el pueblo y para la nación.

      22 Es dudoso si la expre­sión, Y pon­dré la llave de la casa de David sobre su hom­bro, tiene ref­er­en­cia a una llave lit­er­al para el pala­cio del rey o para la ciu­dad; más prob­a­ble­mente se refiere a las respon­s­abil­i­dad para ejercer el poder del ofi­cio con­fi­a­do a él. Su orde­namien­to será final; cuan­do él abre nadie cier­ra, y cuan­do él cier­ra, nadie abre – una indi­cación del poder de su ofi­cio para hac­er deci­siones defin­i­ti­vas. La pro­fecía no parece ser mesiáni­ca, aunque si bien Jesús usó la frase rela­cio­nan­dola con Él mis­mo (Apoc 3:7). Tan­to Jesús como Eli­aquim tienen autori­dad para atar o desa­tar a lo cual nadie tiene el dere­cho de alter­ar. La autori­dad de Jesús es abso­lu­ta; Eli­aquim, sin embar­go, está suje­to al rey.

     23–24 Eli­aquim fue el escogi­do de Jehová para el ofi­cio. Su sier­vo al que Él vestiría con poder y al que Él consignaría la llave de David. En este pun­to Jehová parece estar hablan­do a Seb­na; el resto del capit­u­lo podría estar hablan­do tam­bién a él, pero está defin­i­ti­va­mente hablan­do para el ben­efi­cio de Eli­aquim. Es una adver­ten­cia del ries­go que él encon­trará de su famil­ia. Y lo hin­caré como cla­vo (o clav­i­ja) en lugar firme (seguro). Las clav­i­jas son mane­jadas en pare­des macizas para agar­raderas de vesti­dos o recip­i­entes. Eli­aquim ocu­pará un lugar impor­tante y tiene respon­s­abil­i­dad de que el pueblo se apoye fuerte­mente. Y será por asien­to de hon­ra a la casa de su padre. El hon­or de la casa de su padre, que has­ta la fecha parece haber sido insignif­i­cante, será refle­ja­do en él y atraerá a muchos pari­entes a él. Con­tra esto él está adver­tido de ser un guar­da en todo momen­to. Debido a la glo­ria para él y para la casa de su padre, los hijos y los nietos, lo dig­no y lo indig­no, todos los vasos menores, des­de las tazas has­ta toda clase de jar­ros, des­de las pequeñas copas has­ta las grandes botel­las de vino o las jar­ras, bus­carán jun­tarse ellos mis­mos a él. Ellos bus­carán par­tic­i­par y sacar prove­cho de su hon­or y de su glo­ria col­gán­dose ellos mis­mos sobre él.

      25 Parece del todo improb­a­ble que el pro­fe­ta ten­ga a Seb­na en mente (como algunos sug­ieren), porque Eli­aquim es el cla­vo suje­to en un lugar seguro. No es seguro que Eli­aquim se rindió a la pre­sión de los esfuer­zos de su famil­ia de encum­brarse a la dis­tin­ción sobre las bases de su posi­ción. Él es sim­ple­mente adver­tido del ries­go del nepo­tismo. Es más prob­a­ble que lo que Jehová está acen­tuan­do aquí es que el sis­tema total del que Seb­na y Eli­aquim son parte (algunos sir­ven en este sis­tema hon­or­able­mente y otros deshon­rosa­mente) even­tual­mente ven­drán a un fin. Y la car­ga (ver vers 1) que sobre él se puso se echará a perder; porque Jehová habló. Con la veni­da del Mesías, que recla­mará lo que se le fue dado a Eli­aquim (Apoc 3:7), lo antiguo será quita­do y da for­ma a lo nue­vo. El Mesías ase­gu­rará el reino y todas las cosas de él para Jehová.

      Entonces parece que la car­ga del capí­tu­lo 22 es genéri­co: se ocu­pa de la nación y de la ciu­dad como un todo. Describe el juicio final de Jerusalén (vers 1–14) y el final de todos sus gob­er­nantes, los que no lo con­sid­er­aron y que no son hon­or­ables. Cuan­do el propósi­to de Jehová es cumpli­do en su sier­vo por venir, todo pasará.



[1]  Zon­der­van Pic­to­r­i­al Enci­clo­pe­dia of the bible, vol. 5, p. 381.

Capí­tu­lo 22 El Valle de la Visión, Jerusalén

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La Profecía en Contra de Babilonia

CAPÍTULO 13

  • El Peri­o­do Asirio: Con­flic­to y Vic­to­ria (1–39)
  • Pro­fecías de Juicio en Con­tra de Naciones Indi­vid­uales (13–23)

El Lla­ma­do a las Armas (vers 1–5)

            1 Pro­fecía sobre Babilo­nia, rev­e­la­da a Isaías hijo de Amoz. La pal­abra tra­duci­da pro­fecía (en el hebreo mas­sa) sig­nifi­ca lit­eral­mente “una acusación”. Delitzsch pre­fiere “pro­fecía” (al mar­gen), indi­can­do un “vere­dic­to de Dios…la sen­ten­cia judi­cial de Dios” (I. 285). Podríamos con­cluir que la pal­abra lle­va la idea de una declaración de con­de­na grave o de peso por parte de Jehová. La pal­abra pro­fecía es apli­ca­da a nueve de las diez naciones que cayeron bajo la con­de­na de Jehová en esta sec­ción, incluyen­do a Judá y excluyen­do a Etiopía. Por otro lado, ocurre en conex­ión con el pro­nun­ci­amien­to de la con­de­na de Judá o de Jerusalén (22:15).

      2 Aun cuan­do Él no es especí­fi­ca­mente nom­bra­do, el man­damien­to del ver­sícu­lo 2 es emi­ti­do por Jehová; es un emplaza­mien­to para proveer un ejérci­to. Hay tres man­damien­tos: (1) lev­an­tar una insignia o ban­dera, un lugar de reunión, sobre un monte raso donde pue­da ser vis­to clara­mente; (2) cla­mar, alzar la voz, que pudiera ser oído lejos; (3) agi­tar o mover la mano, deno­tan­do un lla­ma­do urgente. Aque­l­los lla­ma­dos deben entrar a las puer­tas de los nobles, ya sea a Babilo­nia, la ciu­dad de los nobles, o a la ciu­dad gob­er­na­da por los nobles.

      3 Aque­l­los con­sagra­dos por Jehová son lla­ma­dos a lle­var ade­lante la mis­ión de la guer­ra. Ellos son descritos como valientes, los que se ale­gran con mi glo­ria, aque­l­los que eje­cu­tarán Su ira con­tra Babilo­nia. Ellos son más tarde iden­ti­fi­ca­dos como los medos. Note que el lla­ma­do y la eje­cu­ción son en su total­i­dad por parte de Jehová; el ejérci­to será un instru­men­to en Su mano.

      4 El rit­mo de la pro­fecía se ele­va; los montes se con­mo­cio­nan. Estru­en­do de mul­ti­tud de los montes, como de mucho pueblo. La respues­ta al lla­ma­do es instan­tá­neo; Isaías mira un grupo tumul­tu­oso: estru­en­do de rui­do de reinos, de naciones reunidas. El grupo es una mul­ti­tud het­erogénea de varias nacional­i­dades colo­cadas jun­tas para la guer­ra. Toda duda sobre quien está al man­do es quita­da aho­ra; Jehová de los ejérci­tos pasa revista a las tropas para la batal­la.

      5 Jehová mezclará ráp­i­da­mente este grupo mix­to a una fuerza con­quis­ta­do­ra. Sin nom­brar aun el nom­bre de los país­es que ven­drán, el pro­fe­ta con­tinúa: Vienen de lejana tier­ra, de lo postrero de los cie­los. Jehová los usará como los instru­men­tos de su ira, para destru­ir toda la tier­ra. Babilo­nia, la nación que se lev­an­taría para dom­i­nar al mun­do y para lle­var a Judá a la cau­tivi­dad (Miq 4:10), a su vez sería der­rib­a­da por la mano poderosa de Jehová de los ejérci­tos.

El Ter­ror del Día de Jehová (vers 6–16)

      6 El pro­fe­ta describe el día de Jehová que está por venir sobre Babilo­nia. El día esta­ba cer­cano, pero no des­de el pun­to de vista de Isaías, porque Babilo­nia no había alcan­za­do la cima de su poder; no esta­ba lista para la destruc­ción. Nabopo­las­sar y Nabu­codonosor no habían con­stru­i­do aún la ciu­dad y el impe­rio al pun­to en que Nabu­codonosor pudiera decir, ¿No es ésta la gran Babilo­nia que yo edi­fiqué para casa real con la fuerza de mi poder, y para glo­ria de mi majes­tad?” (Dan 4:30). El día de Jehová ven­drá cuan­do Babilo­nia está en su may­or poder. El día de Jehová (el día del Señor) es siem­pre un día de juicio y de ira agu­da de Jehová. Como tal, es un día de destruc­ción para aque­l­los sobre los que cae, si bien podría ser un día de lib­eración para los fieles; ven­drá como aso­lamien­to del Todopoderoso.

      7–8 Los hom­bres ten­drán un sen­ti­do de impo­ten­cia abso­lu­ta; sus manos serán débiles y sus cora­zones des­fal­l­e­cerán den­tro de ellos. En su aba­timien­to el con­de­na­do sen­tirá angus­tias y dolores, angus­tia como los dolores ter­ri­bles de una mujer en par­to. Mien­tras ellos se mira­ban uno al otro, sus ros­tros, ros­tros de lla­mas. Mien­tras ellos vieron el estal­li­do de la Babilo­nia encen­di­da en un rojo bril­lante y entonces men­guar a una futil­i­dad pál­i­da, sus caras serán seme­jantes alter­na­ti­va­mente al flo­rec­imien­to y a la caí­da.

      9 El día es descrito aho­ra por si mis­mo. He aquí el día de Jehová viene, ter­ri­ble, y de indi­gnación y ardor de ira, para con­ver­tir la tier­ra en soledad, y raer de ella a sus pecadores. Esta es el aso­lamien­to del Todopoderoso (vers. 6). La tier­ra es deja­da en des­o­lación, y los pecadores son destru­i­dos fuera de ella, El peca­do trae sus con­se­cuen­cias ter­ri­bles y ater­rado­ras sobre el hom­bre y sobre todas las cosas que son tocadas por él y por su peca­do. Aun cuan­do la descrip­ción que sigue podría pre­sagiar el juicio final y últi­mo, el pro­fe­ta no tiene eso en mente. Más bien, él está hablan­do de Babilo­nia y de su destruc­ción, el final del mun­do babilóni­co.

      10 Por lo cual las estrel­las de los cie­los y sus luceros no darán su luz; y el sol se oscure­cerá al nac­er, y la luna no dará su res­p­lan­dor. Todo es oscuro – sin estrel­las y sin luz – no físi­ca­mente, sino sicológi­ca­mente. Isaías ya ha intro­duci­do tal pen­samien­to (5:30). Nos recuer­da de la descrip­ción de Joel de la vis­itación del Señor y de los juicios en con­tra de las naciones (Joel 2:10; 3:15–16). Jere­mías (4:24–28) y Eze­quiel (30:3,18) hablan de los juicios inmi­nentes en tér­mi­nos sim­i­lares. Jesús usa el mis­mo tipo de lengua­je al describir la destruc­ción de Jerusalén y el fin de la nación judía y su religión (Mt 24:29).

      11–12 Erd­man describe a Babilo­nia como “el tipo y sím­bo­lo del impe­ri­al­is­mo cru­el y despi­ada­do” (pág. 49); y Smith dice, “Babilo­nia rep­re­sen­ta la civ­i­lización; ella es la frente del orgul­lo humano y la ene­mis­tad a Dios” (I. 427). La pro­fecía va aho­ra más allá de Babilo­nia para incluir a todas aque­l­las naciones que ella sim­boliza, aque­l­las naciones que son impul­sadas por el orgul­lo y la arro­gan­cia para con­quis­tar y destru­ir. Y cas­ti­garé al mun­do por su mal­dad, y a los impíos por su iniq­uidad; y haré que cese la arro­gan­cia de los sober­bios, y abatiré la altivez de los fuertes. Los tira­nos son abati­dos, y los hom­bres, ya sean grandes o insignif­i­cantes, lle­garán a ser más esca­sos que el oro fino de Ofir. La local­ización de Ofir es incier­ta; han sido sug­eri­das tres posi­bil­i­dades por los eru­di­tos: India, la cos­ta este de África, y el sureste de Ara­bia. El sureste de Ara­bia es la local­ización más acep­ta­da gen­eral­mente.

      13–14 El pro­fe­ta con­tinúa su descrip­ción del día de Jehová como el fin de Babilo­nia. Porque haré estreme­cer los cie­los, y la tier­ra se moverá de su lugar, en la indi­gnación de Jehová de los ejérci­tos, y en el día del ardor de su ira. Es el fin del mun­do, el juicio final, para Babilo­nia. Como tími­da gacela de los cam­pos huye frente al peli­gro, y como la ove­ja, ani­mal inca­paz de rea­gru­parse por si mis­mo, dis­per­sa­da de tal for­ma que ningún hom­bre puede reunir­las, así cada hom­bre huirá a su propia tier­ra, porque Babilo­nia era adop­ta­da de muchos pueb­los. Cada una mirará por si mis­mo.

      15–16 Si hubiera muchos pueb­los rema­nentes, caerá a espa­da; y aque­l­los toma­dos serían asesina­dos. ¡La cru­el­dad de la guer­ra no sabe de ataduras! Los hom­bres se vuel­ven despi­ada­dos, sin sen­timien­tos ni sen­si­bil­i­dad. El pro­fe­ta con­cluye: Sus niños serán estrel­la­dos delante de ellos - ¡que hor­ror! -; sus casas serán saque­adas – aso­ladas -, y sus pos­e­siones arrebatadas, y vio­ladas sus mujeres – gol­peadas o rap­tadas de sus famil­ias.

La Plen­i­tud de la Destruc­ción (vers. 17–22)

      17 El ejérci­to que fue lla­ma­do pre­vi­a­mente en con­jun­to para destru­ir Babilo­nia (vers. 2–5) es des­ig­na­do clara­mente aho­ra por nom­bre: He aquí yo despier­to con­tra ellos a los medos. Media se ubi­ca al sur y al sureste del Mar Cas­pio, al norte del Monte Zagros. Ciro, de la provin­cia Elami­ta de Ansan, llegó al trono alrede­dor del 559 A.C. y der­rotó al ejérci­to de Media por el año 549 A.C., unien­do entonces a los medos y a los per­sas. En el 539 A.C., Ciro y su ejérci­to tomaron la ciu­dad de Babilo­nia, cuyos ciu­dadanos lo reci­bieron como a un lib­er­ta­dor. La con­struc­ción de la ciu­dad fue deja­da intac­ta, pero el poder políti­co y mil­i­tar fue lle­va­do a su final. Isaías nota que los medos no se ocu­parán de la pla­ta, ni cod­i­cia­rán oro. Esto no sig­nifi­ca que fuer­an un pueblo rudo o bár­baro, sino que ellos no podrían ser con­segui­dos; ellos fueron moti­va­dos por el poder y por la ven­gan­za, no por el botín.

      18 Los niños serían estrel­la­dos en el sue­lo, asesina­dos por fle­chas de arcos de los medos. La cru­el­dad implaca­ble y el espíritu despi­ada­do de los babilo­nios sería igual­a­do por los medos, porque no ten­drán mis­eri­cor­dia del fru­to del vien­tre, ni su ojo per­donará a los hijos (ver vers 16).

      19 ¡Observe el con­traste! Por una parte, hay Babilo­nia, her­mo­sura de reinos y orna­men­to de la grandeza de los caldeos, pero por otra parte, será como Sodoma y Gomor­ra. Hamura­bi, quien reinó sobre Babilo­nia y el antiguo impe­rio babilóni­co (1728–1686 A.C.), embel­le­ció a la ciu­dad has­ta el pun­to que fue el orgul­lo del impe­rio. Entonces su glo­ria se dete­ri­oró has­ta los días de Nabopo­las­sar y su hijo Nabu­codonosor II (coro­n­a­do en el 605 A.C.), quien restau­ró la glo­ria de la ciu­dad. Des­de el esta­do de glo­ria y de orgul­lo, es con­ver­ti­da como Sodoma y Gomor­ra, las cuales fueron der­rib­adas por Dios; Jehová en for­ma sim­i­lar obraría para el der­ro­camien­to y la destruc­ción de Babilo­nia por medio de los medos y de los per­sas (ver 44:28–45:7). Uno podría inferir de esto que la destruc­ción sería inmedi­a­ta, pero este no fue el caso. Delitzsch dice que Ciro dejó aun a la ciu­dad aun pro­te­gi­da con un doble anil­lo de mural­las. “Dario His­taspis, quien había de con­quis­tar a Babilo­nia en una segun­da ocasión en 518 A.C., tuvo las pare­des total­mente destru­idas, con la excep­ción del cin­cuen­ta codos. Habi­en­do sido con­quis­ta­da por Seleu­cus Nica­tor (312), declinó jus­to en la pro­por­ción en que Seleu­cia ascendió… En el tiem­po de Stra­bo (naci­do en el 60 A.C.) Babilo­nia era un per­fec­to desier­to” (I. 304). Ale­jan­dro de Mace­do­nia había desea­do restau­rar la ciu­dad, pero murió (323 A.C.) antes de obten­er el proyec­to en con­struc­ción. Si bien no de inmedi­a­to, la pro­fecía fue cumpl­i­da total­mente.

      20 La destruc­ción de la ciu­dad sería com­ple­ta y final; Babilo­nia nun­ca sería recon­stru­i­da. Nun­ca más será habita­da, ni se morará en ella de gen­eración en gen­eración; ni lev­an­tará allí tien­da el árabe, ni pas­tores ten­drán allí maja­da. En este pun­to Leupold obser­va, “De algu­na for­ma aun los árabes sal­va­jes evi­tarían el lugar y rehusarían lev­an­tar sus tien­das allí. Ningún pas­tor de ningún fon­do racial harían que su man­a­da reposara en esta tier­ra malde­ci­da” (I. 249).

      21–22 En vez de ser una habitación humana, Babilo­nia sería des­o­la­da. El pro­fe­ta describe un cuadro melancóli­co de criat­uras sal­va­jes y dolientes habi­tan­do las ruinas de la una vez orgul­losa ciu­dad. Poco de esto puede ser iden­ti­fi­ca­do con certeza; la tra­duc­ción en la Amer­i­can Stan­dard Ver­sion – cabras sal­va­jes saltan­do aquí y allá, gañi­dos de hien­as, aulli­dos de cha­cales cla­man­do en noches lúgubres, y otras criat­uras rep­tan­do en medio de los escom­bros – el hac­er­lo, sin embar­go, nos da un cuadro bas­tante grá­fi­co. Isaías con­cluye, y sus días no se alargarán. Note sin embar­go arri­ba (vers 6), des­de el pun­to de Isaías en tiem­po la destruc­ción no esta­ba cer­ca; pero des­de el pun­to de vista de la glo­ria de Babilo­nia y de la cúspi­de de su poder, no esta­ba tan dis­tante.

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La Luz que Alumbra

CAPÍTULO 9


  • El Peri­o­do Asirio: Con­flic­to y Vic­to­ria (1–39)  

    El pueblo que and­a­ba en tinieblas ha vis­to gran luz; a los que hab­it­a­ban en tier­ra de som­bra de muerte, La luz ha res­p­lan­de­ci­do sobre ellos. (Is. 9Ñ2)

  • Dis­cur­sos y Pro­fecías Cen­tradas en Jerusalén y en Judá (1–12)

Días de oscuri­dad sigu­ieron a las pro­fecías habladas a Acaz (capí­tu­lo 7) y al pueblo (capí­tu­lo 8), los días cuan­do el rey de Asiria des­oló a la tier­ra. La invasión de Tiglat-Pileser (734–732) tra­jo desas­tre y ham­bre, oscuri­dad, y las tinieblas de la angus­tia. Pero el juicio no siem­pre trae arrepen­timien­to o los efec­tos de la con­ver­sión; con fre­cuen­cia tan solo endurece (ver 8:19–22). La oscuri­dad que exper­i­men­tó el pueblo con­sis­tió no tan solo de la deses­peración de su condi­ción físi­ca, sino tam­bién de la oscuri­dad del peca­do y de la igno­ran­cia, porque ellos habían rec­haz­a­do a Jehová y esta­ban sirvien­do a dios­es de madera y de piedra. Esta oscuri­dad era mucho peor que la per­di­da mate­r­i­al o la incer­tidum­bre; había venido sobre Israel jus­to como Isaías más tarde dijo que ven­dría sobre las naciones: “Porque he aquí que tinieblas cubrirán la tier­ra, y oscuri­dad las naciones” (60:2). El peca­do era la causa de su amar­ga suerte.

La Luz Bril­la en la Oscuri­dad (ver­sícu­los 1–3)

1–2 Sin embar­go no sería siem­pre de esta man­era. Porque aunque las tinieblas y la angus­tia, el desas­tre, y las den­sas tinieblas llenarían la tier­ra de Zab­ulón y de Nef­talí, estas prue­bas ter­mi­narían. Estas dos tribus del norte fueron las primeras en lle­var el impacto de la cru­el invasión y destruc­ción de Asiria. Local­iza­dos como esta­ban ellos en el ter­ri­to­rio que mas tarde fue cono­ci­do como la Galilea “supe­ri­or” e “infe­ri­or”, ellos tam­bién serían los primeros en ver una gran luz romper hacia ade­lante para disi­par la larga noche de amar­ga pos­tración: Más no habrá siem­pre oscuri­dad para la que está aho­ra en angus­tia. El pro­fe­ta se proyec­ta a sí mis­mo en el futuro — más allá del tiem­po cuan­do los asirios infringieron el desas­tre y la oscuri­dad, y en el perío­do cuan­do se quitaría la vergüen­za de las tribus desa­pare­ci­das. La aflic­ción que le vino en el tiem­po que liviana­mente tocaron la primera vez a la tier­ra de Zab­ulón y a la tier­ra de Nef­talí; pues al fin llenará la glo­ria el camino del mar, de aquel lado del Jordán, en Galilea de los gen­tiles. Des­de el lugar ven­ta­joso del futuro, el pro­fe­ta ve su pro­pio pre­sente que ya ha pasa­do. El usa el per­fec­to proféti­co hebreo, “que anun­cio lo por venir des­de el prin­ci­pio, y des­de la antigüedad lo que aún no era hecho” (46:10), para describir even­tos por venir como si ya estu­vier­an cumpli­dos.

En lugar de la oscuri­dad y la muerte, apare­cen la luz y la vida. A través del Espíritu de la pro­fecía Isaías ve lo que aún está por venir casi tan claro como lo vio Mateo cuan­do fue cumpli­do en Jesús (Mt 4:12–16). Después de que Juan el Bautista fue entre­ga­do, Jesús se apartó a Galilea para ini­ciar su obra en las fron­teras de Zab­ulón y de Nef­talí. Jesús, “la luz del mun­do” (Jn 8:12), era “la luz ver­dadera, que alum­bra a todo hom­bre, venía a este mun­do” (Jn 1:9). Su vida era “la luz de los hom­bres” (Jn 1:4), y en El nac­erá el Sol de jus­ti­cia “y en sus alas traerá sal­vación (Mal 4:2, al mar­gen). Esta luz vino a alum­brar en la tier­ra de Zab­ulón y de Nef­talí donde las tinieblas se habían estable­ci­do en sig­los ante­ri­ores. El pueblo de la nación de Dios que una vez había cam­i­na­do en la oscuri­dad tenía una gran luz surgien­do sobre ellos. Sin embar­go como Delitzsch bien lo establece, “la gran luz no ven­dría has­ta que Israel alcan­zara su noche más negra.”

3 Mul­ti­pli­cas­te la gente, y aumen­taste la ale­gría. Se ale­grarán delante de ti como se ale­gran en la sie­ga, como se gozan cuan­do reparten despo­jos. La nación fue mul­ti­pli­ca­da, la nue­va Israel se extendió, mien­tras que los gen­tiles fueron traí­dos, porque, como Isaías pro­fe­tizó, “cor­rerán a él todas las naciones” (2:2), y Jehová lo dio “por luz a las naciones” (42:6). Con las naciones mul­ti­pli­cadas, la ale­gría aumen­taría, porque todos en las nuevas naciones san­tas se rego­ci­jarían en la ale­gría de su sal­vación. El pro­fe­ta usa dos fig­uras para ilus­trar este pun­to: los hom­bres rego­ci­ján­dose en la sie­ga cuan­do los graneros están llenos y las tinas se der­ra­man, y los vic­to­riosos ale­grán­dose cuan­do div­i­den los despo­jos de la guer­ra. La abun­dan­cia de la vida espir­i­tu­al pertenecería a la nación, y ellos ten­drían parte en la vic­to­ria y en el tri­un­fo total sobre el adver­sario.

Las Causas de Esta Ale­gría (ver­sícu­los 4–7)

4 En la sep­a­ración de las razones por la ale­gría el pro­fe­ta intro­duce cada uno de los sigu­ientes tres ver­sícu­los con la pal­abra porque. Porque tú que­braste su pesa­do yugo, y la vara de su hom­bro, y el cetro de su opre­sor, como en el día de Madián. ¡Aquí está la causa de la ale­gría! El ago­b­io de la esclav­i­tud, el bastón apli­ca­do sobre la espal­da o el hom­bro, y la vara del con­duc­tor de esclavos había sido arrebata­da del opre­sor. Este aliv­io es ofre­ci­do a la total­i­dad de las naciones, aunque solo la acep­tó un rema­nente. Aque­l­los que se ale­gran en la luz serán lib­er­a­dos de la esclav­i­tud del peca­do, del yugo de la ley, y de la esclav­i­tud de la idol­a­tría. Ellos cam­i­narán en la glo­riosa luz de su lib­er­tad (Jn 8:31–36; Gál 4:8–9; 5:1), como en el día de Madián. Israel había servi­do a Madián por siete años. Final­mente, el opre­sor extran­jero fue der­ro­ta­do en for­ma com­ple­ta y expul­sa­do fuera de la tier­ra. La lib­eración no fue logra­da por la mano del hom­bre, ni fue Madián der­ro­ca­do por la fuerza de un ejérci­to. Por medio del poder de Dios obran­do a través de un puña­do de hom­bres de fe, Madián había sido der­ro­ta­da y destru­i­da (Jue 7–8). De una man­era seme­jante aho­ra Jehová der­ro­taría al ene­mi­go.

5 Porque todo calza­do que lle­va el guer­rero en el tumul­to de la batal­la, y todo man­to revol­ca­do en san­gre, serán que­ma­dos, pas­to del fuego. “Cada bota de el guer­rero calza­do con botas” (al mar­gen), y cada man­to man­cha­do con san­gre de los ejérci­tos inva­sores, serán que­ma­dos, destru­i­dos. Los adornos mil­itares serán una parte de la for­t­aleza del nue­vo Israel; mejor dicho, ellos deberán hac­erse hacia el lado de Israel (Isa 2:2–4; Ose 2:18; Zac 9:10). El nue­vo Israel será un reino espir­i­tu­al, cada ciu­dadano vesti­do en una armadu­ra espir­i­tu­al propia de la nat­u­raleza de los nuevos con­flic­tos (Ef 6:10–20).

6 El ter­cer porque trae a los oyentes del pro­fe­ta a las causas y causas reales de su ale­gría: Porque un niño nos es naci­do, hijo nos es dado. El Niño naci­do, el Hijo dado, es el Emanuel, “Dios con nosotros,” de 7:14. Allí El fue una señal dada por el Señor; aquí El es un Sober­a­no que trae sal­vación y lib­er­tad a Su pueblo. El pro­fe­ta con­tin­ua hablan­do de los even­tos por venir como si ellos ya hubier­an ocur­ri­do — un niño nos es naci­do, hijo nos es dado — tan seguro está Isaías de que la prome­sa será cumpl­i­da. Y el prin­ci­pa­do sobre su hom­bro — Él debe reinar. El prin­ci­pa­do, el asien­to de la autori­dad, es a menudo com­para­do a una llave — tiene el poder de atar o de desa­tar, de abrir o de cer­rar. Después, Jehová le dice a Seb­na el may­or­do­mo, “y entre­garé en sus manos tu potes­tad [de Eliaquim]…Y pon­dré la llave de la casa de David sobre su hom­bro; y abrirá, y nadie cer­rará; cer­rará, y nadie abrirá” (Isa 22:21–22). El prin­ci­pa­do y la llave le pertenecen aho­ra al Niño, al Hijo. El mis­mo Jesús declara ten­er las llaves de David (Apoc 3:7).

La glo­ria real de aquel que iba a nac­er y Su relación con la dei­dad son rev­e­ladas en los nom­bres por los que Él será lla­ma­do. En el mun­do antiguo el nom­bre de alguien era vis­to como un refle­jo de lo que era alguien, incluyen­do las cual­i­dades del carác­ter, ya sean bue­nas o malas, fuertes o débiles. Y se lla­mará su nom­bre Admirable, Con­se­jero, Dios fuerte, Padre eter­no, Príncipe de paz. En Isa 7:14 la madre nom­bra al Niño, pero aquí otros lo nom­bran a Él. Aquí Él es nom­bra­do por Jehová, porque sola­mente Dios podría des­ig­nar los nom­bres que refle­jan el carác­ter y la exis­ten­cia ver­dadera del Niño. ¿Está dan­do Él aquí cua­tro o cin­co títu­los descrip­tivos? Leupold y Young hacen una lista de cua­tro, unien­do los primeros dos en uno, “Admirable-Con­se­jero,” mien­tras que Alexan­der, Delitzsch, y Rawl­in­son sostienen que son cin­co, sigu­ien­do la redac­ción en la Amer­i­can Stan­dard Ver­sion. El pro­fe­ta no tiene la inten­ción de decir que el Niño lle­varía estos cin­co títu­los o nom­bres, sino que ellos están descri­bi­en­do quién o que es Él. De hecho, solo el mis­mo Jesús conoce total­mente todo lo que Su nom­bre impli­ca.

El primer títu­lo, Mar­avil­loso o Admirable, describe al Niño como la mar­avil­la de los tiem­pos, la rev­elación total del Padre. Él era el poder fuerte sobre Satanás y el peca­do; Su mis­ión es una de reden­ción y una expre­sión de amor infini­to; el resumen de toda la ver­dad espir­i­tu­al y moral se encuen­tra en Él. La mar­avil­la de Su per­sona y obra asom­braría a muchas naciones (52:15). Él provo­ca la admiración en el corazón del obser­vador hon­esto.

Como un Rey sobre Su reino y como direc­tor de su propia guer­ra de con­quista, El es el Con­se­jero de todos Sus súb­di­tos. Los ánge­les y los espíri­tus min­istradores podrían servir, pero el con­se­jo de paz le cor­re­spon­dería a Él y solo a Él. En Él están los dos ofi­cios tan­to de Sac­er­dote y de Rey en los que Él admin­is­tra estos con­se­jos (Zac 6:13). En El están resum­i­dos los tesoros de la sabiduría y del conocimien­to (Col 2:3). Él es el ver­dadero Con­se­jero en el que todos podrían encon­trar pal­abras de sabiduría por las que serían guia­dos y por las que resolverían los prob­le­mas de la vida y para enten­der sus prin­ci­p­ios.

El nom­bre Dios fuerte iden­ti­fi­ca al Niño con la Divinidad, tan­to en dei­dad y en poder. Él es igual a Dios. En ver­dad, este mis­mo títu­lo es apli­ca­do a Jehová en Isa 10:21: “El rema­nente volverá, el rema­nente de Jacob volverá al Dios fuerte.” El salmista había escrito del Hijo de Dios: “Tu trono, oh Dios, es eter­no y para siem­pre; Cetro de jus­ti­cia es el cetro de tu reino” (Sal 45:6); Jere­mías dijo de Él, “Y este será su nom­bre con el cual le lla­marán: Jehová, jus­ti­cia nues­tra” (Jer 23:6). En Su obra Él ejer­ció el poder del Dios todopoderoso.

El títu­lo Padre Eter­no o “Padre Sem­piter­no” en for­ma clara colo­ca al Niño fuera del límite de los seres crea­d­os; así como Dios, Él es eter­no. Él ya existía en el prin­ci­pio: “En el prin­ci­pio era el Ver­bo” (Jn 1:1); “Porque en él fueron creadas todas las cosas… y él es antes de todas las cosas” (Col 1:16–17). Así como el Padre, El no solo es el Creador, sino que es tam­bién el Pro­tec­tor y Sus­ten­ta­dor de la nue­va creación. José había sido puesto “por padre de faraón” (Gén 45:8), un pro­tec­tor y sus­ten­ta­dor del gob­er­nador y de su impe­rio; de la mis­ma man­era Eli­aquim fue hecho “padre… a la casa de Judá” (Isa 22:21). Pero debido a que el Niño es eter­no, allí nun­ca habrá un tiem­po cuan­do Él no sea un Padre en el sen­ti­do de Pro­tec­tor.

Como un Príncipe de paz el niño viene como un Príncipe fuerte que con­quista no por la espa­da, sino por el men­saje de paz dirigi­do a los cora­zones de los hom­bres. Él establece y mantiene la paz ver­dadera, no la paz que el mun­do da, sino la paz que es un resul­ta­do de la plen­i­tud espir­i­tu­al, del com­pañeris­mo con Dios, y de una jus­ta relación con el hom­bre. Esta paz viene cuan­do el peca­do, la causa de la dis­en­sión, es echa­do fuera de la vida de un indi­vid­uo; el peca­do deberá ser removi­do, per­don­a­do, bor­ra­do. Miqueas lla­ma al Niño “nues­tra paz” (5:5). “El hablará paz a las naciones” (Zac 9:10). Pablo dice, “Y vino y  anun­ció las bue­nas nuevas de paz a vosotros que estabais lejos, y a los que esta­ban cer­ca” (Ef 2:17). Young ha dicho exac­ta­mente, “en la for­t­aleza acti­vo Él es el ver­dadero David y en el rey de Paz el autén­ti­co Salomón.”

7 Lo dilata­do de su impe­rio y la paz no ten­drán límite. El impe­rio políti­co usual­mente crece por medio de la guer­ra y de la intri­ga, solo para cor­rup­ción en medio de la debil­i­dad, la deu­da, y la deca­den­cia inter­na has­ta que ellos sucum­ben y caen víc­ti­mas en la mano de otro. Pero el impe­rio de este Príncipe cre­cería para incluir gentes de todas las naciones, porque “su señorío será de mar a mar, y des­de el río has­ta los fines de la tier­ra” (Zac 9:10). Todo esto será cumpli­do por medio del poder de la paz. Miqueas agre­ga su tes­ti­mo­nio, “Y él estará, y apacen­tará con poder de Jehová, con grandeza del nom­bre de Jehová su Dios; y morarán seguros, porque aho­ra será engrande­ci­do has­ta los fines de la tier­ra. Y éste será nues­tra paz” (5:4–5). Este reino cre­cerá por siem­pre, porque Su men­saje se exten­derá para traer hom­bres de todo el mun­do bajo Su reino.

Este Hijo se sen­tará sobre el trono de David y sobre su reino, disponién­do­lo. Esta­mos dicien­do que Salomón “se sen­tó en el trono de David su padre” (1 Rey 2:12), que él “se sen­tó por rey en el trono de Jehová en lugar de David su padre” (1 Crón 29:23),  y que él se sen­tará sobre “su [pro­pio] trono” (1 Rey 1:37,47). Evi­den­te­mente, no obstante allí esta­ba un trono; el trono de Jehová, el trono de David, el trono de Salomón son todos uno. David y Salomón reinaron sobre el reino tem­po­ral de Dios. No obstante allí está un trono, el trono de David, que es, el trono de Jehová; y Cristo se sien­ta sobre él.

El Niño sostiene y sus­ten­ta Su reino en juicio y en jus­ti­cia des­de aho­ra y para siem­pre. El juicio y la jus­ti­cia son los cimien­tos del trono de Dios (Sal 89:14; 97:2). Las pal­abras jus­ti­cia y juicio suce­den una y otra vez en el Libro de Isaías. La jus­ti­cia es lo cor­rec­to y la impar­cial­i­dad en las deci­siones que se hacen. Está arraiga­da en el carác­ter de Dios. El juicio es bási­ca­mente la con­formi­dad a un cri­te­rio éti­co o moral estable­ci­do por el Señor. Es por medio de estos atrib­u­tos que el Niño sostiene aho­ra el reino y lo sos­ten­drá has­ta el final del tiem­po.

El celo de Jehová de los ejérci­tos hará esto. El celo de Jehová es Su celo por Su nom­bre y por Su pueblo. Delitzsch sug­iere que es “un fuego ardi­ente,” el fuego del amor de Dios y el fuego de Su ira, el celo del amor abso­lu­to. Pero antes de Su trono de juicio y de jus­ti­cia van por delante la “mis­eri­cor­dia y ver­dad” (Sal 89:14), no obstante al mis­mo tiem­po “El fuego irá delante de él,/Y abrazará a sus ene­mi­gos alrede­dor” (Sal 97:3).

La noche vino, la cau­tivi­dad rodeo a ambas naciones, y el trono de David cayó en el despres­ti­gio (Amós 9:11). Entonces el Niño fue naci­do, el Hijo fue dado; Él vino irra­dian­do una luz div­ina. Le fue dado a Él sen­tarse sobre el trono de David, estable­cien­do el reino de paz, y sostenién­do­lo con jus­ti­cia y juicio des­de aho­ra y para siem­pre. El ángel Gabriel (Luc 1:26–38), Mateo (Mat 4:12–16), Pedro (Hech 2:29–36), y Pablo (Hech 13:32–39) clara­mente declar­an que Cristo cumplió esta pro­fecía. Reconoz­ca esto hoy toda la gente y entre la paz de Su glo­rioso reino espir­i­tu­al.

La Arro­gan­cia de Efraín (ver­sícu­los 8–12)

En 9:8–10:4 el pro­fe­ta una vez más regre­sa al tema del eno­jo de Jehová y la veni­da del juicio. El mod­e­lo bási­co en esta sec­ción ha sido ya estable­ci­do en 5:24–30. Después de una descrip­ción de la destruc­ción por fuego y por ter­re­mo­tos el pro­fe­ta declaró, “Por esta causa se encendió el furor de Jehová con­tra su pueblo, y extendió con­tra él su mano y le hir­ió” (vers 25). De allí sigu­ió un rela­to de lo las cosas traí­das por una nación de lejos, que no sería ningu­na otra más que la ter­ri­ble invasión por parte de Asiria (vers 26–30).

En la pre­sente sec­ción, después de una descrip­ción bel­la y glo­riosa de la luz, de la reden­ción, y del reino por parte del Mesías, una descrip­ción de esper­an­za (9:1–7), el pro­fe­ta entre­ga cua­tro estro­fas o estancias de juicio. Cada estro­fa cier­ra con el estri­bil­lo del 5:25, “Con todo esto no ha cesa­do su furor, sino que todavía su mano está exten­di­da” (9:12, 17 ‚21; 10:4). Estas cua­tro estro­fas declar­an que debido al rec­ha­zo de Jehová por parte del pueblo, Su mano está aún exten­di­da con­tra ellos en juicio, y esto es segui­do por una descrip­ción de la veni­da de la invasión Asiria y de la destruc­ción sub­sigu­iente de la nación por la mano de Jehová (10:5–34). No puede ser deter­mi­na­do con exac­ti­tud cuan­to del juicio de Dios ha sido ya envi­a­do por Dios en este tiem­po sobre Israel y Judá. Sí hay algu­na conex­ión entre las declara­ciones del juicio de Dios y si con­tin­uó Su eno­jo y el juicio del capí­tu­lo 5, no es rev­e­la­do. Smith con­sid­era que el pre­sente pasaje está fuera de lugar y debería inser­tarse en el todo, 9:8–10:4, entre los vers 25 y 26 del capí­tu­lo 5 (I. 47). Sin embar­go, aparte de la simil­i­tud del mod­e­lo y la seme­jan­za del con­tenido de las dos sec­ciones, esto parece no ser una base para tal arreg­lo, espe­cial­mente no de bases tex­tuales.

8 Aunque si bien el nom­bre Jacob en oca­siones se refiere tan­to a Efraín como a Judá y en otras oca­siones solo a uno de ellos, parece que cuan­do el pro­fe­ta dice, El Señor envió pal­abra a Jacob, y cayó en Israel, él tiene a Efraín en mente. La pal­abra envió ade­lante es lo que le sigue. Cuan­do alum­bra, será como una bom­ba de tiem­po explotan­do (Leupold) o un rayo (Young). La pal­abra de Dios trae Sus hechos para que pasen (ver Jn 14:10).

9–10 Cuan­do la pal­abra sea cumpl­i­da, el pueblo enten­derá que Dios está eje­cu­tan­do juicio con­tra la jac­tan­cia de Efraín hecha en el orgul­lo y la deter­mi­nación del corazón: Los ladril­los cayeron, pero edi­fi­care­mos de can­tería; cor­taron los cabrahi­gos, pero en su lugar pon­dremos cedros. No se sabe si esta jac­tan­cia sigu­ió de una catástrofe nat­ur­al, tal como un ter­re­mo­to, o vino después de la destruc­ción par­cial por parte de algún ene­mi­go de guer­ra. Ni tam­poco puede ser deter­mi­na­do si esto era una jac­tan­cia real o sim­ple­mente el resumen del pro­fe­ta de las ideas arro­gantes y orgul­losas del pueblo, pero el sig­nifi­ca­do es claro. Cualquiera que haya sido la calami­dad, el pueblo no aprendió de ella. Las casas que habían sido con­stru­idas de ladrillo seca­do al sol serían recon­stru­idas con piedras tal­ladas, que eran más cos­tosas y lujosas. Los valiosos árboles cabrahi­gos que flo­recían en el área serían reem­plaza­dos con árboles de cedro, que eran más pre­ciosos y de más esti­ma. En  años pos­te­ri­ores Edom tuvo una jac­tan­cia sim­i­lar (Mal 1:4). Los hom­bres siem­pre han sido lentos para apren­der, espe­cial­mente cuan­do pelean con­tra Dios.

11–12 Jehová responde a su espíritu arro­gante y jac­tan­cioso: Pero Jehová lev­an­tará los ene­mi­gos de Rezín con­tra él, que no pueden ser ningún otro que los Asirios. La sigu­iente frase, y jun­tará a sus ene­mi­gos, es más difí­cil de inter­pre­tar. ¿Isaías se está refirien­do a los ene­mi­gos de Israel o a los de Rezín? La estruc­tura de la frase parece indicar los ene­mi­gos de Rezín, los sirios delante (“del ori­ente,” al mar­gen), y los fil­is­teos atras (“en el poniente,” al mar­gen). Sin embar­go, esta inter­pretación pre­sen­ta un prob­le­ma. ¿Quienes son los sirios en el ori­ente que sería el ene­mi­go de Rezín, el rey de Siria? Ten­drían que ser sirios que fueron toma­dos por los asirios, vol­verse ene­mi­gos de Rezín, y aho­ra ame­nazan­do a Efraín. De la otra man­era, si “sus ene­mi­gos” es inter­pre­ta­do como los ene­mi­gos de Efraín, la ref­er­en­cia a los fil­is­teos pre­sen­ta un prob­le­ma. En 2 Crón 28:18–19 hay un rela­to de los fil­is­teos vinien­do con­tra Judá en los días de Acaz, pero no hay un reg­istro de su veni­da con­tra Efraín. De hecho, es posi­ble que la vic­to­ria en el sur haya ani­ma­do a los fil­is­teos a con­tin­uar hacia el norte intro­ducién­dose en el ter­ri­to­rio de Efraín. Pero ya sea que los sirios o los fil­is­teos sean los ene­mi­gos de Efraín o de Rezín, el resul­ta­do del ataque es claro: Y a boca llena devo­rarán a Israel, en for­ma cru­el y com­ple­ta. Es lam­en­ta­ble decir, sin embar­go, que la cru­el­dad de los ene­mi­gos ni movió a Efraín al arrepen­timien­to ni a Jehová a retrac­tarse: Ni con todo eso ha cesa­do su furor, sino que todavía su mano está exten­di­da. Hay más por venir.

Israel Será Cor­ta­da, la Cabeza y la Cola (ver­sícu­los 13–17)

13 Aunque la mano de Dios está exten­di­da en juicio, el pueblo no se con­vir­tió al que lo cas­ti­ga­ba, ni buscó a Jehová de los ejérci­tos. Jehová había sido el que cas­tigó al pueblo, cas­tigán­do­los en un esfuer­zo de regre­sar­los a Si mis­mo, pero fue en vano. Ellos no miraron hacia El; no Lo bus­caron como su Dios y su úni­ca fuente de ayu­da. Vol­verse al Señor indi­ca una con­ver­sión ver­dadera, un cam­bio com­ple­to del corazón y una abso­lu­ta con­fi­an­za en El.

14 Y Jehová cor­tará de Israel cabeza y cola, rama y caña en un mis­mo día. El pro­fe­ta usa dos fig­uras: una del reino ani­mal (cabeza y cola) y la otra del mun­do veg­e­tal (rama y caña). La cabeza dirige mien­tras que la cola sim­ple­mente se menea; la rama es la parte supe­ri­or de la majes­tu­osa palmera, mien­tras que la caña es una hier­ba de pan­tano, baja y humil­la­da. Cor­tar­los en un día indi­ca lo repenti­no de su destruc­ción.

15 El pro­fe­ta expli­ca la primera de las dos metá­foras, pero deja al pueblo hac­er su propia inter­pretación de la segun­da. El anciano y ven­er­a­ble de ros­tro, los líderes y los guías del pueblo es la cabeza; y el pro­fe­ta que enseña men­ti­ra, el que habla en el nom­bre de Jehová, pero no habla de parte de El, es la cola. La frase pre­cisa “fal­so pro­fe­ta” no se encuen­tra en el Antiguo Tes­ta­men­to, sino que es un tér­mi­no del Nue­vo Tes­ta­men­to. No obstante, esta idea del fal­so pro­fe­ta se encuen­tra una y otra vez en el Antiguo Tes­ta­men­to. Así como la cola de un per­ro se menea ante la aprobación servil de su amo, así el pro­fe­ta de men­ti­ras aprue­ba hipócrita­mente las deci­siones y acciones pia­dosas de los líderes. Tan­to el pro­fe­ta como los líderes pere­cerán: ambos serán cor­ta­dos.

16 Porque los gob­er­nadores de este pueblo son engañadores, y sus gob­er­na­dos se pier­den. Tan­to los líderes políti­cos y los mae­stros reli­giosos lle­van una tremen­da respon­s­abil­i­dad, porque los pen­samien­tos y con­duc­ta de un pueblo son en gran parte mold­eadas por estos dos gru­pos. No hay indi­cación de que el fal­so pro­fe­ta com­par­ta con los ancianos la direc­ción del pueblo excep­to por sus san­ciones y sosten­imien­to de fal­sos cri­te­rios por sus fal­sas declara­ciones. Repi­tien­do el juicio de Isaías en relación a los líderes políti­cos, Jesús dijo con respec­to a los fariseos de Sus días: “Dejad­los; son cie­gos guías de cie­gos; y si el ciego guiare al ciego, ambos caerán en el hoyo” (Mt 15:14).

17 Por tan­to, el Señor no tomará con­tentamien­to en sus jóvenes, a los que Él usual­mente usó en la guer­ra para destru­ir a Sus ene­mi­gos; sino que usaría extran­jeros para destru­ir a los hom­bres jóvenes de Israel. Ni de sus huér­fanos y viu­das ten­drá com­pasión, a los que Él antes había pro­te­gi­do — ”Él [Dios] hace jus­ti­cia al huér­fano y a la viu­da” (Deut 10:18). Pero como a las naciones que Jehová había echa­do fuera, destruyen­do a jóvenes y a viejos, Su pro­pio pueblo había aho­ra rec­haz­a­do al pun­to donde ya no esta­ban de acuer­do para vivir. La causa de este rec­ha­zo por parte de Jehová es men­ciona­do ensegui­da en tres car­gos con­tra el pueblo: (1) todos son fal­sos, con­t­a­m­i­na­dos por la con­duc­ta fal­sa e hipócri­ta — una per­sona impía; (2) todos son malig­nos, alguien que deja a Jehová y hace mal­dad a su próji­mo (cf. 1:4); y (3) toda boca habla despropósi­tos — aban­dono de los val­ores morales y espir­i­tuales, todo el pueblo habla de cosas ver­gonzosas y pecaminosas. Fueron cul­pa­bles tan­to de hac­er como de hablar mal­dades — expre­siones de un corazón mal­va­do. A través de Sus pro­fe­tas Dios sigu­ió lla­man­do, pero en la tes­tarudez de sus cora­zones el pueblo rehusó oír. Entonces, la estro­fa mor­tal se encuen­tra de nue­vo: Ni con todo esto ha cesa­do su furor, sino que todavía su mano está exten­di­da. A través de estas expe­ri­en­cias de Israel y la reac­ción de Dios para el pueblo, podemos apren­der algo de la nat­u­raleza y del carác­ter de Dios. Su eno­jo y juicio son tan abso­lu­tos y tan­to como una expre­sión de Él mis­mo así son Su amor y su mis­eri­cor­dia.

El Fuego Devo­ran­do: La Mal­dad y la Guer­ra Civ­il (ver­sícu­los 18–21)

18 La mal­dad esta­ba alum­bran­do la fla­ma de la destruc­ción en el reino del norte, y se encendió como fuego; ini­cian­do en el pas­to, car­dos y espinos devo­rará, lo que es que­ma­do con más facil­i­dad. De allí viene el fuego a los mate­ri­ales com­bustibles más grandes: y se encen­derá en lo espe­so del bosque, y serán alza­dos como remoli­nos de humo. El fuego ini­cia con la mal­dad de los indi­vid­u­os; pron­to el bosque o la nación total es destru­i­da. Cualquiera que esté famil­iar­iza­do con los grandes fue­gos fore­stales del Oeste siente el ter­ror de la descrip­ción.

19 La destruc­ción de la tier­ra por la mal­dad del pueblo es una expre­sión de la ira de Jehová — Por la ira de Jehová de los ejérci­tos se oscure­ció la tier­ra, y será el pueblo como pas­to del fuego. La mal­dad lle­va den­tro de su seno el fuego de su propia destruc­ción. Jehová había adver­tido de esto cuan­do habló del hom­bre que cam­i­na en la obsti­nación de corazón, “No quer­rá Jehová per­donarlo, sino que entonces humeará la ira de Jehová y su celo sobre el tal hom­bre” (Deut 29:20). De la lib­eración de Dios de sus ene­mi­gos, David dice, “Humo subió de su nar­iz, /Y de su boca fuego con­sum­i­dor; /Carbones  fueron por él encen­di­dos” (Sal 18:8). Además, “Fuego irá delante de él, /Y abrasará a sus ene­mi­gos alrede­dor” (Sal 97:3). Lo que aho­ra esta­ba acon­te­cien­do no ven­dría como una sor­pre­sa, porque Dios había dado adver­ten­cias. El hom­bre no ten­drá piedad de su her­mano, porque la mal­dad vuelve al hom­bre aún en con­tra de su her­mano al que ellos deberían inten­tar ayu­dar.

20–21 Allí no solo esta­ba la ame­naza de la destruc­ción por parte de los extran­jeros — Asiria, Siria, y Fil­is­tea — sino que tam­bién las tribus del norte esta­ban sien­do angus­ti­adas por la destruc­ción de la guer­ra civ­il. Cada uno esta­ba arrebatan­do lo que pudiera de su veci­no de un lado y del otro; cada cual com­erá la carne de su bra­zo, con­sum­ién­dose ellos mis­mos. Pero aún en ese momen­to no estarán sat­is­fe­chos; cada uno exper­i­men­ta­rá el roer de un ham­bre insat­is­fecha. Esta desagrad­able indifer­en­cia para el sen­timien­to más sutil de la her­man­dad y el sosten­imien­to del uno por el otro los llevó a la guer­ra civ­il entre dos tribus que deberían estar muy alle­gadas — Efraín y Man­asés eran los hijos de José. Pero no era así; cada uno esta­ba con­tra el otro, devo­ran­do y sien­do devo­ra­do con una ene­mis­tad y resen­timien­to mutuo que solo era sobrepasa­do por su odio hacia Judá, su her­mano del sur. Y ni con todo esto — su mal­dad, odio entre ellos mis­mos, y rec­ha­zo de Jehová — ha cesa­do su furor, sino que todavía su mano está exten­di­da. Hay aún más por venir.

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La Visión y el Llamado de Isaías

CAPÍTULO 6

  • El Peri­o­do Asirio: Con­flic­to y Vic­to­ria (1–39) 
  •  Dis­cur­sos y Pro­fecías Cen­tradas en Jerusalén y en Judá (1–12)

    San­to, San­to, San­to, es el Señor de los ejérci­tos, Llena está toda la tier­ra de Su glo­ria.” (Is. 6:3)

Después de haber leí­do muchas exposi­ciones de Isaías, uno es deja­do con la sen­sación de que no está clara la expli­cación del por qué el capí­tu­lo 6 aparece donde está en lugar de que esté al ini­cio del libro. Las opin­iones de var­ios escritores nos dejan la impre­sión de que sus esfuer­zos son bási­ca­mente suposi­ciones, con ningu­na base firme en hechos o rev­ela­ciones. Young sug­iere que en for­ma difer­ente a Jere­mías, cuya per­son­al­i­dad se desta­ca a través de todo su libro, Isaías el hom­bre retro­cede hacia el entorno aunque si bien mantiene el men­saje como pre­dom­i­nante. Lo que sabe­mos acer­ca de Isaías por sí mis­mo es apren­di­do en primer lugar a través de su pred­i­cación y men­saje. El ini­cia con una intro­duc­ción a su men­saje (capí­tu­los 1–5). El primer capí­tu­lo surge en el lugar lógi­co a ini­ciar. Allí nom­bra todos los reyes en cuyo reino pro­fe­tizó e intro­du­jo los temas de los peca­dos de Judá y el men­saje fun­da­men­tal de Dios para la nación. Cuan­do Isaías viene a su pro­pio lla­ma­do tra­ba­ja en él sin inter­rup­ción, hacién­do­lo coin­cidir con el capí­tu­lo 1, un efec­ti­vo arti­fi­cio lit­er­ario. Intro­duce a sí mis­mo el dere­cho a hablar, habi­en­do sido lla­ma­do por Jehová al ofi­cio de pro­fe­ta. Puesto que el lla­ma­do de Isaías es encon­tra­do a estas alturas, seguimos con nue­stro estu­dio en la certeza de que su posi­ción no es for­tui­ta o acci­den­tal, sino de acuer­do al propósi­to de Dios y Su pro­fe­ta. Esta­mos sat­is­fe­chos con la con­fi­an­za de que no nece­si­ta­mos cono­cer la respues­ta final, porque ella des­cansa en la mente de Dios.

El capí­tu­lo 6 cae den­tro de tres divi­siones: (1) La visión de Isaías del poderoso Jehová (vers 1–5); (2) La con­sagración del pro­fe­ta a su mis­ión (vers 6–7); (3) su comisión por parte de Jehová (vers 8–13).

La Visión de Isaías del Señor (ver­sícu­los 1–5)

1 El año de la muerte del Rey Uzías es usual­mente colo­ca­do en algún pun­to  del perío­do 748–734 A.C.; 740–739 A.C.; 740–739 (Thiele) es la fecha más común­mente acep­ta­da. La muerte de este gran rey trae fin a una era en la his­to­ria de Judá. Como es men­ciona­do con ante­ri­or­i­dad, el reino de Uzías había sido uno de pros­peri­dad y aflu­en­cia no exper­i­men­ta­da des­de los días de Salomón; sin embar­go, con él vinieron los peca­dos que hemos descrito. Aunque Judá tuvo la expe­ri­en­cia de tres buenos reyes más, Jotam, Eze­quías y Josías, la his­to­ria de la nación durante este perío­do era una de deca­den­cia; sus días de glo­ria se esta­ban yen­do. Esta deca­den­cia, con­flic­to y últi­ma cau­tivi­dad, el retorno de un rema­nente, y el adven­imien­to del Sier­vo de Jehová el cual debería red­imir al pueblo de una esclav­i­tud más grande, con­sti­tuyen los temas del men­saje del pro­fe­ta.

Fue en el deci­si­vo año de la muerte del Rey Uzías que Jehová se rev­eló a Sí mis­mo en una visión a Isaías. El pro­fe­ta declara, yo vi al Señor sen­ta­do sobre un trono alto y sub­lime, y sus fal­das llen­a­ban el tem­p­lo. No esta­mos dicien­do en donde esta­ba el pro­fe­ta cuan­do vio la visión; pero es fácil imag­i­narlo ado­ran­do en el tem­p­lo cuan­do la total­i­dad del tem­p­lo se desvaneció y en su lugar él se encon­tró a sí mis­mo en el cielo, el tem­p­lo ver­dadero de Jehová, miran­do al Señor de glo­ria. Citan­do de este capí­tu­lo, Juan dice, “Isaías dijo esto cuan­do vio su glo­ria, y habló acer­ca de él (Jesús)” (Jn 12:41), el cual es el “res­p­lan­dor de su glo­ria, y la ima­gen mis­ma de su sus­tan­cia” (Heb 1:3). Aparente­mente este es el Señor que vio el pro­fe­ta, ya que “A Dios nadie le vio jamás” (Jn 1:18), ninguno de los hom­bres lo pudo haber vis­to (1 Tim 6:16). La cola o fal­da majes­tu­osa, la vestidu­ra glo­riosa de su ropa, llenó el tem­p­lo, llenan­do el área total del piso alrede­dor de El.

2 Enci­ma del trono están los ser­afines, los cuales pare­cen estar volan­do por enci­ma del que está sen­ta­do sobre el trono, sus pies no están tocan­do el piso, el cual está cubier­to por la fal­da de Su vestidu­ra. Los ser­afines sola­mente apare­cen aquí. La pal­abra (que es la for­ma plur­al de “ser­afín”), parece sig­nificar “exis­ten­cia abrasado­ra”, una clase espe­cial de ánge­les que no deben ser iden­ti­fi­ca­dos o con­fun­di­dos con los queru­bines de Eze­quiel. Tienen alas, caras, pies y voces con las que ala­ban a Aquel que está sen­ta­do sobre el trono — una indi­cación de que son enti­dades o per­son­al­i­dades espir­i­tuales. Cada ser­afín tiene seis alas: dos cubrien­do sus pies, dos son usadas para volar, y dos cubren su cara debido a que está en la pres­en­cia del Señor majes­tu­oso del uni­ver­so. El número de estas exis­ten­cias glo­riosas parece indicar que es una mul­ti­tud.

3 Mien­tras cada ser­afín da voces, San­to, san­to, san­to, parece que aquí hay una excla­mación de respues­ta uno al otro. Puesto que tres es el número de la divinidad, el triple recital de “san­to” prob­a­ble­mente indi­ca la san­ti­dad abso­lu­ta del que está sen­ta­do en el trono; El está abso­lu­ta­mente sep­a­ra­do de todo peca­do o inmundi­cia. Con­trario al pan­teís­mo, el cual sostiene que Dios es idén­ti­co con el uni­ver­so, Isaías lo mira como sep­a­ra­do y por enci­ma de Su creación (ver Ef 4:6). Toda la tier­ra está llena de su glo­ria; toda la creación rev­ela y expre­sa la glo­ria de su Creador. Ver tam­bién el Salmo 19.

4 En tan­to que él ser­afín clam­a­ba, el tron­ido de su voz provocó que los qui­ciales de las puer­tas en las cuales esta­ba el pro­fe­ta en pie se estremecier­an, y la casa se llenó de humo. La fuente del humo es incier­ta. ¿Vino por la can­ción de los ser­afines mien­tras que ora­ban al Señor, del altar del incien­so que está siem­pre delante del trono, o des­de el humo de la ira del Señor con­tra el peca­do (Sal 18:8; 2 Sam 22:9), ira que esta­ba pronta para salir a rau­dales sobre el mal­va­do? En una visión sim­i­lar, Juan vio a los siete ánge­les con las siete pla­gas próx­i­mas a ser ver­tidas sobre un mun­do mal­va­do. Entonces “el tem­p­lo se llenó de humo por la glo­ria de Dios, y por su poder; y nadie podía entrar en el tem­p­lo has­ta que se hubiesen cumpli­do las siete pla­gas de los siete ánge­les” (Apoc 15:8). Parece prob­a­ble, entonces, que el humo debería ser iden­ti­fi­ca­do con la ira de Dios, pero se per­mite que el lec­tor haga su propia decisión con respec­to a la fuente.

5 En la pres­en­cia de tal glo­ria y abso­lu­ta san­ti­dad, y posi­ble­mente el humo de la san­ta ira de Dios, el pro­fe­ta se vuelve con­sciente de su propia inmundi­cia y excla­ma, ¡Ay de mí! que soy muer­to. Está per­di­do, arru­ina­do, con­de­na­do a morir. En el capí­tu­lo 5 el pro­fe­ta había pro­nun­ci­a­do seis ayes sobre el mun­do mal­va­do e impío. Este, el sép­ti­mo ay, él lo pro­nun­cia sobre sí mis­mo, por un mun­do de peca­do “No hay jus­to, ni aun uno” (Rom 3:10, citan­do Sal 14:1). El pro­fe­ta ofrece dos razones para su con­de­na: Porque sien­do hom­bre inmun­do de labios, y habi­tan­do en medio de pueblo que tiene labios inmun­dos. Habi­en­do sido traí­do cara a cara con el Rey, Jehová de los ejérci­tos, el cual es abso­lu­to en san­ti­dad, el pro­fe­ta con­cluyó que aún la per­sona más pura es inmun­da cuan­do es medi­da por el patrón divi­no. En resumen, no inten­cional­mente, y posi­ble­mente incon­scien­te­mente, uno se con­t­a­m­i­na con lo sucio cuan­do está rodea­do por la inmundi­cia; invari­able­mente toma algo de las impurezas del entorno.

La Con­sagración del Pro­fe­ta (ver­sícu­los 6–7)

6 Sobre este lamen­to del pro­fe­ta, el cual reconoce su propia inmundi­cia en la pres­en­cia de Dios, uno de los ser­afines se sep­a­ra por sí mis­mo del resto. Toman­do un car­bón o piedra encen­di­da del altar, voló al pro­fe­ta, tocan­do sus labios con el car­bón. Ya sea que el ser­afín tomó el car­bón del altar con las tenazas y entonces lo trans­fir­ió a sus manos, o con­tin­uó sostenién­do­los con las tenazas, lo cual parece incon­se­cuente. El altar es sin duda el altar del incien­so, no el altar de las ofren­das; porque el primero es el altar local­iza­do delante del trono (Éxo 30:1–10; Apoc 8:3).

7 Tocan­do la boca del pro­fe­ta con el car­bón, el ser­afín dijo: He aquí que esto tocó tus labios, y es quita­da tu cul­pa, y limpio tu peca­do. El peca­do y la cul­pa del peca­do deberán ser removi­dos – bor­ra­dos — si uno existe para ser un sier­vo acept­able al Señor (ver las pal­abras de David en Sal 51:10,14); y puesto que todo peca­do es final­mente con­tra Dios (Sal 51:4), sola­mente Dios puede per­donarlo. No es el car­bón caliente o el ser­afín que per­dona y absuelve el peca­do; ten­emos en la visión una descrip­ción sim­bóli­ca del reconocimien­to y admisión de Isaías de su pro­pio peca­do y el perdón de Dios de aque­l­los peca­dos. En ver­dad, ningún sac­ri­fi­co es indi­ca­do o referi­do; pero ya que mien­tras Juan recono­ció al Cristo en esta esce­na de glo­ria div­ina (Jn 12:41), no está fuera de razón con­cluir que es a través de Él y de Su futuro sac­ri­fi­cio que los peca­dos de Isaías fueron per­don­a­dos. El pro­fe­ta esta­ba aho­ra lis­to para respon­der a la necesi­dad del Señor de alguien al cual El pudiera enviar y por medio del cual el podría rev­e­lar en visiones y rev­ela­ciones futuras al Sier­vo de Jehová, por medio del cual todo el perdón y la reden­ción podría ser lle­va­da a cabo.

La Comisión del Pro­fe­ta por parte de Jehová (ver­sícu­los 8–13)

8 Habi­en­do sido limpia­do de su peca­do y habi­en­do sido quita­da su iniq­uidad, Isaías está aho­ra en la posi­ción de oír y respon­der al lla­ma­do del Señor. Él oye la voz del Señor, con­te­s­tando, ¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros? En el uso del plur­al “nosotros”, el Señor se está refirien­do prob­a­ble­mente a Su corte, no a la Trinidad, no obstante, esto es posi­ble. El propósi­to de la visión era preparar a alguien para ser envi­a­do al pueblo. El pro­fe­ta está lis­to con una bue­na vol­un­tad y una respues­ta inmedi­a­ta, Heme aquí, envíame a mí.

9 El pro­fe­ta es aho­ra comi­sion­a­do para ir, con instruc­ciones para predicar un men­saje a este pueblo, no más “mi pueblo” (3:12; 5:13) o “su pueblo” (5:25), el cual rehusará a oír o hac­er caso. No obstante, el pueblo oirá las pal­abras del pro­fe­ta, en su esta­do de áni­mo ni enten­derán ni percibirán la ver­dad ni la apli­cación de su men­saje.

10 En la pred­i­cación, Isaías engrosará el corazón de este pueblo, agravará sus oídos, y cegará sus ojos, para que no vea con sus ojos, ni oiga con sus oídos, ni su corazón entien­da, ni se con­vier­ta, y haya para él sanidad. El Señor está dicien­do al pro­fe­ta lo que acon­te­cerá como resul­ta­do de su pred­i­cación: sus pal­abras, las cuales deberían lograr un fin, de hecho, resul­tarán en otro. Lo que podría y debería pro­ducir arrepen­timien­to y sal­vación ter­mi­nará en una apos­tasía total. Pen­sar que Dios está aquí anun­cian­do que Su pal­abra será rec­haz­a­da inde­pen­di­en­te­mente de la vol­un­tad de la gente, por si mis­ma es con­traria tan­to a la nat­u­raleza de Dios como a Sus pro­pios man­damien­tos. Su invitación es, “Venid luego, dice Jehová, y este­mos a cuen­ta: si vue­stros peca­dos fueren como la grana, como la nieve serán emblan­que­ci­dos; si fueren rojos como el carmesí, ven­drán a ser como blan­ca lana. Si quisiereis y oyereis, com­eréis del bien de la tier­ra; si no quisiereis y fuereis rebeldes, seréis con­sum­i­dos a espa­da (1:18–20). El propósi­to de la pal­abra del Señor al pro­fe­ta es que la pred­i­cación es pues­ta por el Señor para endure­cer com­ple­ta­mente al pueblo si ellos no escuchan. Las con­se­cuen­cias des­cansan aho­ra en el pueblo mis­mo. Pero por Su conocimien­to de la his­to­ria del pueblo y su rev­elación div­ina, el Señor conoce cual será la reac­ción. El endurec­imien­to será com­ple­to; y la vol­un­tad, de hecho, será logra­da por la pred­i­cación que real­mente está des­ti­na­da para sal­var.

La pre­gun­ta que podría ser dirigi­da al Señor es por que, sabi­en­do que el resul­ta­do debería ser el endurec­imien­to al podría predicar al pueblo del todo. Note lo que es la nación, “este pueblo”,  que rec­haz­ará com­ple­ta­mente el men­saje. Pero fuera de la nación Dios había dicho que sal­vará a un rema­nente (1:9); los indi­vid­u­os que for­man este rema­nente oirán, Jehová nun­ca perderá de vista a los indi­vid­u­os que oirán Su voz y harán Su vol­un­tad.

11–12 El pro­fe­ta responde con una pre­gun­ta, ¿Has­ta cuán­do, Señor? ¿Está Isaías pre­gun­tan­do cuan­to es el tiem­po en que la nación esté com­ple­ta­mente endure­ci­da, o cuan­to tiem­po deberá con­tin­uar pred­i­can­do, vien­do que el pueblo no escuchará? Prob­a­ble­mente está pre­gun­tan­do cuan­do será com­ple­to el endurec­imien­to. Pero cualquiera que hubiese sido el sig­nifi­ca­do exac­to de la pre­gun­ta, la respues­ta debería ser la mis­ma, para Isaías es con­tin­uar pred­i­can­do has­ta que el endurec­imien­to sea total. La respues­ta de Jehová es des­gar­rado­ra. El endurec­imien­to del corazón, el emb­o­tamien­to de los oídos, y la ceguera de los ojos los guiará a la total destruc­ción. Isaías debería con­tin­uar pred­i­can­do , entonces, has­ta que las ciu­dades estén aso­ladas y sin morador, destru­idas por los inva­sores has­ta que no haya hom­bre en las casas, vacía, habi­en­do sido con­duci­do el pueblo fuera de sus casas; has­ta que la tier­ra esté hecha un desier­to, sin cul­ti­var y pisotea­da bajo sus pies, no sien­do ya pro­duc­ti­va; has­ta que Jehová haya echa­do lejos a los hom­bres, lleván­do­los cau­tivos a una tier­ra extraña, traslada­dos lejos de su patria queri­da, y has­ta haya mul­ti­pli­ca­do los lugares aban­don­a­dos en medio de la tier­ra — un total cumplim­ien­to de las predic­ciones de Moisés (Lev 26; Deut 28) y por el mis­mo pro­fe­ta (1:7–8).

13 Oscuro y poco prom­ete­dor como que podría ser la descrip­ción, el Señor per­mite un rayo para con­so­lar en medio de estas nubes ame­nazado­ras de tor­men­ta, estará allí un rema­nente que escapará. No obstante un déci­mo, un pequeño rema­nente, escapa, aún al dar la vuelta serán destru­i­dos has­ta que aque­l­los que per­manez­can sean un rema­nente del rema­nente. Así como es cor­ta­do un roble o un enci­no, quedan­do sola­mente un tron­co o empal­iza­da, así será el tron­co, la simiente san­ta (o sus­tan­cia, vida). El propósi­to de esto es que aparte del pequeño rema­nente que está escapan­do ven­drá un rema­nente más pequeño; así tam­bién no deberá resi­s­tir la total­i­dad del rema­nente. Este rema­nente más pequeño, es el que Pablo tuvo a la vista cuan­do dijo: “Así  tam­bién aún en este tiem­po ha queda­do un rema­nente escogi­do por gra­cia” (Rom 11:5; ver tam­bién 9:27–28). Este es el rema­nente del rema­nente; lo pequeño de su número es tam­bién men­ciona­do por la ilus­tración de Eze­quiel de los pocos cabel­los ata­dos a sus fal­das (ver Eze 5:1–4).

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