Desde la muerte de Abel has­ta el tiem­po pre­sente, se ha cal­cu­la­do que han muer­to más de 100 bil­lones de per­sonas durante este estre­cho de his­to­ria humana. La muerte es común, y alcan­za a todos. Nadie escapará de ella (solo los que estén vivos al regre­so del Señor). No hay hom­bre que ten­ga potes­tad sobre el día de la muerte (Ec. 8:8). Esta es una real­i­dad y es una ley uni­ver­sal de Dios, “Y así como está dec­re­ta­do que los hom­bres muer­an una sola vez, y después de esto, el juicio” (Heb. 9:27). Muchos pien­san que la muerte físi­ca es el fin de todo. Cuan­do la per­sona ter­mi­na aquí su vida, el cuer­po muere, pero su espíritu regre­sa a Dios quien lo dio (Ecl. 12:7). Aquí no ter­mi­na todo, al con­trario, por el hecho de haber muer­to, la per­sona (su espíritu) empieza aho­ra una nue­va eta­pa. El obe­di­ente que muere en el Señor, será bien­aven­tu­ra­do (Apoc. 14:13). Todos los demás que mueren en des­obe­di­en­cia, serán cas­ti­ga­dos (Apoc. 20:8). Para ambos, el morir es el comien­zo de la eternidad.

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