CAPÍTULO 63

Ven­gan­za, Mis­eri­cor­dia, y una Oración

En la antigüedad, el Israel nacional per­manecía como el sím­bo­lo de la ado­ración de Jehová, rep­re­sen­tan­do al úni­co Dios ver­dadero. Edom, la nación her­mana, per­manecía como un sím­bo­lo de oposi­ción a Jehová y a la religión ver­dadera, porque así como se oponía y odi­a­ba a Israel, así tam­bién odi­a­ba a Jehová. Su ene­mis­tad en con­tra de Jacob es mostra­da a lo largo de toda la his­to­ria de las dos naciones; Edom per­maneció siem­pre del lado con­trario, el lado de los opo­nentes y destruc­tores de Israel. Por este odio per­petuo de su nación her­mana y de Jehová, Edom debe ser juz­ga­da y traí­da a un fin (ver la intro­duc­ción para el capí­tu­lo 34; Abdías; Mal 1:2–5). No se indi­ca ningún tiem­po especí­fi­co para este juicio; la visión rev­ela sim­ple­mente que Jehová hará final­mente a la nación. (A difer­en­cia de Edom, cuyo odio esta­ba reser­va­do para Israel, Babilo­nia buscó traer a todas las naciones bajo su dominio; solo a este respec­to estu­vo intere­sa­do con forzar a Israel a some­terse. Sin embar­go, habría de ser tam­bién destru­i­da. [cap 47].)

La Ven­gan­za de Jehová sobre Sus Ene­mi­gos (vers 1–6)

 

      1 En una visión el pro­fe­ta ve a un guer­rero fuerte y poderoso que viene de Bosra, una ciu­dad prin­ci­pal y prob­a­ble­mente por algún tiem­po cap­i­tal de Edom (aunque esto no es una certeza).[1] El pro­fe­ta pre­gun­ta, ¿Quién es este? y entonces describe al guer­rero con vesti­dos rojos (enro­je­ci­dos, al mar­gen). Él es her­moso en su vesti­do, que refle­ja la dig­nidad de Su propia per­sona. Él mar­cha orgul­losa­mente hacia ade­lante con el paso con­fi­a­do de un con­quis­ta­dor, en la grandeza de su for­t­aleza. La respues­ta al úni­co poderoso no deja ningu­na duda sobre Su iden­ti­dad: Yo, el que hablo en jus­ti­cia, grande para sal­var. Es Jehová, quien habla ver­dad y declara “jus­ti­cia, que anun­cia rec­ti­tud” (45:19). Al sal­var a Su pueblo Él actúa con­sis­ten­te­mente con Su están­dar de jus­ti­cia.

      2 El pro­fe­ta responde con una segun­da pre­gun­ta, ¿Por qué es rojo tu vesti­do? La impli­cación es que los vesti­dos han sido teñi­dos. ¿Por qué los vesti­dos de Jehová están salpic­a­dos con un col­or rojo, como si Él hubiera esta­do pisan­do uvas en un lagar? En tiem­pos antigu­os los fab­ri­cantes de vino reco­lec­taban uvas en una piedra que había sido cor­ta­da a hac­ha­zos o tal­la­da en madera, y entonces la pis­a­ban. En el pro­ce­so las vestiduras usadas por los que pis­a­ban las uvas eran man­chadas por el jugo que salía a chor­ros.

      3 Jehová responde a la pre­gun­ta del pro­fe­ta con una metá­fo­ra. Así como alguien pisa las uvas en el recip­i­ente del vino, así Él piso a Sus ene­mi­gos en el lagar de Su ira, man­chan­do Sus vestiduras con su san­gre. Él ha actu­a­do solo, porque de los pueb­los (plur­al) nadie había con­mi­go; los (plur­al) pise con mi ira. Él ha eje­cu­ta­do juicio sin ayu­da, no solo con­tra Edom, sino con­tra las naciones (paganas) en gen­er­al. Al obrar por la sal­vación de Su pueblo (ver 59:16) y al juz­gar a Sus ene­mi­gos, Él actúa solo. El eno­jo y la ira de Jehová es Su indi­gnación jus­ta en respues­ta a los peca­dos de los hom­bres. La jus­ti­cia debe ser reivin­di­ca­da y el juicio eje­cu­ta­do. En la eje­cu­ción del juicio en el lagar de Su ira, el alma de los paganos ha sido salpic­a­da sobre Sus vestiduras (ver Lam 1:15; Joel 3:13; Apoc 14:19–20). Que todas mis ropas han sido salpic­a­das indi­ca el gran alcance del juicio. El equiv­a­lente Nue­vo Tes­ta­men­to es encon­tra­do en Apoc­alip­sis 19:13–15: La Pal­abra de Dios pisa el lagar de la ira de Dios mien­tras Él trae a los paganos a su fin.

      4 La ven­gan­za es el vín­cu­lo de la san­ti­dad del Señor cuya rec­ti­tud y jus­ti­cia deman­da­da es evi­dente a lo largo de la total­i­dad del pasaje (vers 1–6). Esta­ba en Su corazón pis­ar al mal­va­do. Delitzsch y Leupold sostienen que es sig­ni­fica­ti­vo en la pro­por­ción sug­eri­da por las pal­abras día y año: un día de ven­gan­za a un año de sal­vación; Willis y Young, sin embar­go, pien­san que las dos pal­abras sig­nif­i­can sim­ple­mente “tiem­po” (ver los comen­tar­ios sobre 61:2).

      5 Jehová miró con aten­ción y fija­mente, esperan­do y dese­an­do (ver 5:2) que entre todos los pueb­los hubiera un indi­vid­uo o una nación de Su lado; pero no hubo ninguno, lo mis­mo que Él no había encon­tra­do con­se­jero en Sion (41:28; 59:16). Y me mar­avil­lé, per­maneció pas­ma­do, en la des­o­lación espir­i­tu­al. No hubo respues­ta. Entonces, el mis­mo bra­zo poderoso de Jehová tenía que sal­var­lo en la batal­la, y Su ira san­ta tenía que respal­dar­lo en Su eje­cu­ción de juicio.

      6 Al no encon­trar quien Lo ayu­dara, el mis­mo Jehová piso a los pueb­los (naciones) bajo Su pie en Su eno­jo y los embriagué en mi (Su) furor, reducién­do­los a un esta­do de desam­paro total. Entonces cam­i­naron hacia aba­jo, su “alma” (lit­eral­mente, “vig­or”) fue der­ra­ma­da sobre la tier­ra y traí­da a un fin.

El Amor Per­durable de Jehová por Su Pueblo (vers 7–9)

Jehová ha ase­gu­ra­do al pueblo de la sal­vación por medio del Sier­vo (52:13–53:12). Él ha urgi­do a Sion para a prepararse para un gran influ­jo de nuevos ciu­dadanos (54:1–3); la glo­ria de Sion ha sido pro­fe­ti­za­da (caps. 60–62); y el juicio de los paganos ha sido garan­ti­za­do (63:1–6). Es tiem­po aho­ra de enu­mer­ar las ben­di­ciones y ofre­cer ala­ban­za a Jehová (vers 7–9), para recor­dar las mis­eri­cor­dias de Jehová des­de la antigüedad (vers 10–14), y para orar (63:15–64:12).

      7 No obstante que el pro­fe­ta usa el pronom­bre per­son­al Yo, él está hablan­do prob­a­ble­mente por los pocos fieles de su tiem­po, pero no hay una certeza. Él men­ciona las mis­eri­cor­dias de Jehová, Sus actos de ter­nu­ra basa­dos en Su amor eter­no. Esta bon­dad es una base para alabar al Señor, con­forme a todo lo que Jehová nos ha dado. Una segun­da car­ac­terís­ti­ca de Jehová es la grandeza de sus ben­efi­cios hacia la casa de Israel, la belleza por la que ellos pueden apelar por el perdón. Una ter­cera con­sid­eración a ser declar­a­da es Sus mis­eri­cor­dias, que son según la mul­ti­tud de sus piedades. Las mis­eri­cor­dias del Señor resumen Su sim­patía por Su pueblo, Su pro­fun­do amor por ellos.

      8 Cuan­do Jehová tra­jo a Israel fuera de Egip­to, Él los reclamó como Su pueblo, en medio de los que Él cam­inó como Su Dios (Lev 26:12; Deut 29:13). Había la condi­ción, sin embar­go, que si Él iba a habitar en medio de ellos, ellos deberían oír Su voz (Deut 6:3; Jer 7:23; Ezeq 11:20). A la luz de la bon­dad, la gran benev­o­len­cia, y las abun­dantes mis­eri­cor­dias mostradas a Su pueblo (vers 7), Ciertamente…son, hijos que no mien­ten, sino que son fieles a Él. Esto es lo que Jehová tiene dere­cho a esper­ar, porque Él los ha escogi­do como Su pueblo. Además, Él fue su sal­vador (ver Sal 106:21–22) y siem­pre estaría allí para ayu­dar cuan­do lo nece­si­taran. Pero Él esta­ba defrau­da­do de ellos.

      9 En toda angus­tia de ellos él fue angus­ti­a­do – la angus­tia es una estrechez, una condi­ción apre­ta­da acor­ral­a­da con “agitación inte­ri­or inten­sa.” Si es adop­ta­da la lec­tura al mar­gen, “En toda su adver­si­dad Él no era adver­sario,” la idea es, como es expre­sa­do por Alexan­der, “en todas sus dis­cor­dias (hacia él), él no era un ene­mi­go (para ellos) (II.419); Él no los afligió para herir­los sino para hac­er­los buenos. Si, de otra for­ma, es acep­ta­da la tra­duc­ción bási­ca, la idea parece ser que Él com­par­tió con ellos el sufrim­ien­to y la heri­da de sus aflic­ciones, como se indi­ca tam­bién en Jue­ces 10:16: “y él [Jehová] fue angus­ti­a­do a causa de la aflic­ción de Israel.” A lo largo de toda la his­to­ria de Israel el Señor estu­vo pre­ocu­pa­do y com­par­tió el sufrim­ien­to del pueblo, así como el Sal­vador se “com­padece con nues­tras debil­i­dades” (Heb 4:15). La empatía es una car­ac­terís­ti­ca tan­to de Jehová como del Mesías.

      Y el ángel de su faz (la frase el ángel de su faz solo se pre­sen­ta aquí) los red­im­ió – la pal­abra tra­duci­da ángel podría ser tam­bién pues­ta como “men­sajero” o “comi­sion­a­do”; la pal­abra tra­duci­da de su faz sig­nifi­ca lit­eral­mente “ros­tro.” Jehová prometió a Moisés, “Mi pres­en­cia [ros­tro] irá con­ti­go” (Éxo­do 33:14). Entonces el ángel es el ros­tro o pres­en­cia rep­re­sen­ta­ti­va de Jehová que iba con Israel. Puesto que Cristo acom­pañó a Israel en el desier­to (1 Cor 10:4), y es “la ima­gen de Dios” (2 Cor 11:4, 6; Col 1:15) y “el res­p­lan­dor de su glo­ria” (Heb 1:3), esta pres­en­cia rep­re­sen­ta­ti­va de Jehová prob­a­ble­mente es el Ver­bo de Dios hecho carne (Juan 1:14), el Mesías pre encar­na­do. Movi­do por la com­pasión por medio de Él, Jehová los red­im­ió, y los tra­jo, y los lev­an­tó todos los días de la antigüedad. Isaías atribuye a Jehová la ala­ban­za y la glo­ria por la reden­ción y el cuida­do prov­i­den­cial de Israel a través de la his­to­ria.

La Respues­ta del Pueblo: Rebe­lión (vers 10–14)

 

      10 Aunque Jehová había sido amable con Israel, habién­doles urgi­do a oír la voz del men­sajero que Él les enviaría, y habién­doles adver­tido que no se rebe­laran con­tra Él (Éxo­do 23:21), sin embar­go ellos no pusieron aten­ción, sino que se rebe­laron des­de el prin­ci­pio (Deut 9:7). Ellos hicieron eno­jar su san­to espíritu, trayen­do aflic­ción y dolor sobre Él (ver Sal 78:40; 106:43). Entonces, en lugar de ser lo que Él desea­ba ser hacia, Jehová se con­vir­tió en su ene­mi­go, aban­donán­do­los o aban­donán­do­los final­mente como lo hizo en el mun­do ante­dilu­viano (Gén 6:6–7). Él peleó con­tra Israel-Judá como peleó con­tra otros ene­mi­gos de la jus­ti­cia.

      En este pun­to una pre­gun­ta exegéti­ca es lev­an­ta­da: ¿El san­to espíritu se refiere al mis­mo Jehová, a Su carác­ter y dis­posi­ción, o al Espíritu San­to como una per­sona? Hay difer­entes pun­tos de vista en este pun­to. El ángel o comi­sion­a­do de Jehová (vers 9) es un ser per­son­al difer­en­ci­a­do de Él; asimis­mo, el san­to espíritu es aquí difer­en­ci­a­do de Jehová. Él puede exper­i­men­tar tris­teza (ver Ef 4:30), una car­ac­terís­ti­ca pecu­liar de una per­sona. Esto guía a la con­clusión que el pro­fe­ta está hablan­do del Espíritu San­to como una per­sona. Si es así, en estos ver­sícu­los ten­emos a Jehová; el ángel (comi­sion­a­do) de Jehová, esto es, el Hijo; y el Espíritu San­to – las tres per­sonas del Dios Tri­no todas tra­ba­jan­do a favor de Israel. La rebe­lión del pueblo es entonces con­tra la Dei­dad total.

      11 Otra cuestión de exé­ge­sis es lev­an­ta­da aquí. ¿Debe­mos acep­tar el tex­to, Pero se acordó de los días antigu­os, de Moisés y de su pueblo, o la lec­tura alter­na, “Pero su pueblo se acordó de los días antigu­os de Moisés” (al mar­gen)? Siguen cin­co pre­gun­tas. La primera, ¿Dónde está el que les hizo subir del mar con el pas­tor de su rebaño? Parece con­fir­mar la lec­tura al mar­gen. ¿Está sien­do con­tes­ta­da la pre­gun­ta por los pocos fieles o por la total­i­dad del pueblo? Parece estar más en armonía con el con­tex­to ver a la nación como el inter­ro­gador, aunque algunos eru­di­tos pien­san que el pro­fe­ta está hablan­do por los pocos fieles. Subir del mar se refiere al cruce del Mar Rojo (ver Sal 106:9); el pas­tor de su rebaño son Moisés y Aarón. Pero si la for­ma sin­gu­lar pas­tor (al mar­gen), que se pre­sen­ta en algunos man­u­scritos antigu­os, es adop­ta­do, el pas­tor es Moisés. A la luz de la frase de Moisés y de su pueblo, es preferi­ble el sin­gu­lar.

      La segun­da pre­gun­ta, ¿dónde el que puso en medio de él su san­to espíritu? prob­a­ble­mente se refiere al otorgamien­to de Jehová de Su Espíritu a los seten­ta ancianos en el desier­to (ver Núm 11:17, 25, 29; Hageo 2:5). El Espíritu aquí, como en el ver­sícu­lo 10, es la ter­cera per­sona de la Trinidad.

      12 La ter­cera pre­gun­ta, ¿dónde el que los guió por la dies­tra de Moisés con el bra­zo de su glo­ria? apun­ta de regre­so a la guía y for­t­alec­imien­to de Moisés por parte de Jehová des­de el tiem­po de la lib­eración fuera de Egip­to a la lle­ga­da en la fron­tera de Canaán. El bra­zo de su glo­ria es la poten­cia poderosa (ver los comen­tar­ios sobre 40:10; 51:5; 52:10; 59:16; 63:5) que Dios mostró en la lib­eración de Egip­to y en el cuida­do de Su pueblo en el desier­to mien­tras él sos­tu­vo por medio de Moisés des­de el prin­ci­pio has­ta el fin.

      La cuar­ta pre­gun­ta pertenece al poder mostra­do al dividir las aguas del Mar Rojo. ¿Dónde está aho­ra Él que en otros tiem­pos ejer­ció ese poder cuan­do Él guió a Israel fuera de Egip­to, hacien­do entonces para Él mis­mo un nom­bre per­petuo tan­to entre las naciones de ese tiem­po como entre todos los pueb­los des­de entonces?

      13 La quin­ta pre­gun­ta, ¿Dónde está Él que los con­du­jo (a los pueb­los) por los abis­mos, a través de las aguas en las que ellos se habrían ahoga­do, excep­to por el ejer­ci­cio de Su glo­rioso poder? Al cruzar el mar, Israel fue como un cabal­lo de pie firme via­jan­do sobre un desier­to suave donde no tropezó – el cruce fue sin con­tratiem­pos para el pueblo y sus bienes.

      14 Una ilus­tración final o símil com­ple­ta la ilus­tración. Como gana­do que ha esta­do pas­tan­do en la ladera pedregosa de una mon­taña baja al valle por agua y des­cansa, así el Espíritu de Jehová los pas­toreó en Canaán en su via­je final. Por Su gran fuerza y poten­cia poderosa Jehová guió a Su pueblo a través de todas estas prue­bas, hacien­do Su nom­bre más glo­rioso. Leupold bien ha resum­i­do el pun­to com­ple­to de los ver­sícu­los 11–14, “¿Por qué ‘entonces” y ‘aho­ra’? Jehová desplegó Su infini­to poder en el ini­cio de la his­to­ria de la nación; ¿Por qué, entonces, esta­mos aban­don­a­dos como lo esta­mos en el tiem­po pre­sente?

Una Oración Fer­viente por Mis­eri­cor­dia y Ayu­da (vers 15–19; cap. 64)

 

      15 La nación ha mira­do hacia atrás al amor, a la mis­eri­cor­dia, y a la poten­cia poderosa mostra­da en la lib­eración bajo Moisés. Ellos han com­para­do esa demostración de Su pres­en­cia con su condi­ción actu­al y aho­ra cla­man a Él en oración por ayu­da. Su trono está en los cie­los (Sal 11:4) donde el pueblo ha obser­va­do por ben­di­ciones en el pasa­do (Deut 26:15) y han bus­ca­do ayu­da en tiem­po de necesi­dad (Sal 80:14). Allí habi­tan la plen­i­tud de Su glo­ria y san­ti­dad, y la nación apela aho­ra a estos atrib­u­tos. Ellos cla­man, Mira des­de el cielo con una acti­tud favor­able hacia nosotros, y con­tem­pla, con­sid­era y ten cuida­do por nues­tra condi­ción. ¿Dónde está el celo con­tra nue­stros ene­mi­gos y el poderoso poder acom­pañán­do­lo que fue una vez prometi­do (ver 26:11; 42:13; 59:17)? Jehová parece haberse quita­do a Si mis­mo, porque ellos pre­gun­tan además, ¿Por qué ten­emos la año­ran­za de Sus entrañas y Su piedad ha sido reti­ra­da de la nación? Aunque nosotros, como la nación que está aquí en oración, podríamos no percibir­lo en este momen­to, hay siem­pre un propósi­to atrás del cas­ti­go.

      16 La base de la apelación de Israel por ayu­da es que Jehová es su Padre, él úni­co que tra­jo a la nación a la exis­ten­cia (ver Deut 32:6). Aunque Él los había cri­a­do como Sus hijos, ellos se habían rebe­la­do con­tra Él (1:2); esta es la respues­ta a la pre­gun­ta del ver­sícu­lo 15. Que Abra­ham e Israel no cono­cen a la nación no sig­nifi­ca que ellos rec­haz­an aho­ra al pueblo, o que recla­man no ten­er relación con ellos, sino que la descen­den­cia de los patri­ar­cas no puede ayu­dar­los aho­ra. Porque no obstante que Abra­ham y Jacob fueron los prog­en­i­tores físi­cos de la nación, Jehová es su Padre espir­i­tu­al y el Reden­tor ver­dadero. Ellos deben apelar a Él.

      17 La lec­tura ini­cial de este ver­sícu­lo parece ser, como sug­iere Rawl­in­son, un “reproche que raya en la irrev­er­en­cia” (II. 444); pero Dios no puede ser car­ga­do con la respon­s­abil­i­dad por los peca­dos del hom­bre – solo el hom­bre es respon­s­able. La expli­cación de este difí­cil ver­sícu­lo parece ser encon­tra­do en el encar­go dado a Isaías en su lla­ma­do. Si el pueblo escucha a Jehová, estará bien; pero si no lo hacen, se serían total­mente endure­ci­dos (ver los comen­tar­ios sobre 6:10). Ellos no habían escucha­do; entonces, fueron endure­ci­dos porque ellos debían haber vis­to hacia Jehová. La ple­garia es para que Dios regrese por el bien de Israel, que ha sido escogi­do para ser Su sier­vo, no sea que las tribus se extin­gan en la tier­ra.

      18–19 Las muchas expli­ca­ciones y las lec­turas tex­tuales alter­na­ti­vas sug­eri­das por los comen­taris­tas y críti­cos es evi­dente que somos enfrenta­dos aquí con otro pasaje difí­cil. En el orig­i­nal, no hay un propósi­to direc­to para el ver­bo poseyó, así que, ¿qué poseyó el pueblo? ¿Fue la tier­ra, el monte (como algunos pro­po­nen), o el san­tu­ario? Cualquiera de estos es posi­ble. Lo sigu­iente es una expli­cación ofre­ci­da como prob­a­ble. En el ini­cio de la his­to­ria de Israel, Jehová había dicho que cuan­do ellos “hayan enve­je­ci­do en la tier­ra” y se hayan cor­rompi­do ellos mis­mos con la idol­a­tría, “pron­to pere­ceréis total­mente de la tier­ra” hacia la cual pasáis el Jordán para tomar pos­esión de ella (Deut 4:25–26). La tier­ra fue tris­te­mente cor­romp­i­da por Man­as­es (2 Rey 21:1–18); después de él solo hubo un rey bueno, Josías, que inten­tó pero fal­ló en refor­mar a Judá. Él fue suce­di­do por cua­tro reyes mal­va­dos, la destruc­ción de Jerusalén, y el exilio en Babilo­nia. ¿No podría ser esto el cumplim­ien­to de las pal­abras de Isaías que Por poco tiem­po lo poseyó (la tier­ra) tu san­to pueblo? Después de aban­donarse a sí mis­mos a la idol­a­tría, ellos perecieron así como Jehová había pro­fe­ti­za­do en Deuteronomio. Los que han hol­la­do tu san­tu­ario podrían ser los babilo­nios (ver el comen­tario sobre 64:11), o los idol­a­tras de los días antes del exilio quienes, des­pre­cian­do la fe estable­ci­da, pro­fa­naron el san­tu­ario de Jehová. En esta condi­ción ellos esta­ban como extran­jeros que nun­ca se habían someti­do a Jehová ni lo habían lla­ma­do por Su nom­bre.

Capí­tu­lo 63. Ven­gan­za, Mis­eri­cor­dia, y una Oración

[1]  Zon­der­van Pic­to­r­i­al Ency­clo­pe­dia of the Bible, ed. Mer­rill C. Ten­ney (Grand Rapids: Zon­der­van, 1975), vol. 1, pág. 645.

Una Prome­sa Ren­o­va­da de Lib­eración y Pro­tec­ción a Israel (vers 1–7)

      1 La pal­abra aho­ra intro­duce un con­traste; cam­bia el tono de reproche repren­sión al del áni­mo y con­so­lación. Pre­vi­a­mente Jehová había dicho, “No temas, porque yo estoy con­ti­go” (41:10), y “No temas, yo te ayu­do” (41:13); aho­ra Él agre­ga, No temas, porque yo te red­imí. Él ha paga­do el pre­cio por la reden­ción de Israel (ver vers 3). Él les da cua­tro razones por las que no deben temer: (1) Jehová había crea­do a Jacob, esto es, Él había puesto de man­i­fiesto algo nue­vo – una nue­va creación – en Sinaí. (2) Él había for­ma­do a Israel, mod­e­lando el pueblo principesco fuera de Jacob, un susti­tu­to. ¡Que con­traste entre los mate­ri­ales insen­satos mod­e­la­dos por los paganos en ído­los que no podrían rendir ningún ser­vi­cio y el Israel mod­e­la­do por Dios en una nación que podría servir­le! (3) Jehová había red­imi­do o rescata­do al pueblo de Egip­to, y cuan­do sufrieron en Babilo­nia, Él actuó como su ven­gador. Y (4) Él había puesto nom­bre por su nom­bre “Israel” para ser Su pro­pio pueblo y nación par­tic­u­lar (Éxo­do 19:5–6), dán­doles una obra espe­cial a Su sier­vo y men­sajero (41:9).

      2 Debido a que mío eres tú, debido a que Israel ha sido lla­ma­do y red­imi­do por Jehová (ver vers 1), Él los pro­te­gerá y los cuidará. Hay sin embar­go muchas prue­bas ante el pueblo; sin embar­go ellos podrían pasar en medio de los tor­rentes de aflic­ción y los ríos de la adver­si­dad, no serán sobrecogi­dos porque Jehová estará con ellos. Y cuan­do cami­nen en medio del fuego de la tribu­lación, de prue­bas, y juicios, no se que­marán (ver Sal 66:12; tam­bién Dan 3:27, donde Dios da una demostración lit­er­al de esta lec­ción), porque Jehová los sos­ten­drá y pro­te­gerá.

      3 La garan­tía estam­pa­da en estas prome­sas es el nom­bre del Señor mis­mo; Porque yo Jehová – el nom­bre per­son­al por el que Él es cono­ci­do por el pueblo del pacto – Dios tuyo – el Dios del poder y de la fuerza, el úni­co Dios – el San­to de Israel – aparte de los peca­dos de Israel, abso­lu­to en san­ti­dad – tu Sal­vador – el Señor libra a Su pueblo del desas­tre y la opre­sión para seguri­dad y paz. Rescate es el pago o reden­ción de alguien o de algo que ha sido cap­tura­do. Israel era de Jehová y Él la entre­garía al resto de las naciones, incluyen­do a Egip­to, a Etiopía, y a Seba, lo cual incluye a todas las naciones cono­ci­das de África de ese tiem­po. Ya sea que, como pien­san algunos eru­di­tos, esto tiene ref­er­en­cia a la con­quista de Egip­to en el 525–522 A.C. por Cam­bi­as­es, hijo de Ciro, esto es incier­to.

      4 La primera pal­abra en este ver­sícu­lo (Porque) da prob­le­mas a var­ios comen­taris­tas. Es tra­duci­do de difer­entes for­mas: “de la época” (Alexan­der); “debido a” (Delitzsch, Leupold); “debido al hecho que” (Young); “puesto que” podría ser la tra­duc­ción más rep­re­sen­ta­ti­va. A mis ojos fuiste de gran esti­ma, de gran val­or; entonces Jehová red­imirá a Israel a gran cos­to. Hay tam­bién varias tra­duc­ciones para la pal­abra hebrea que la Ver­sión Amer­i­can Stan­dard tra­duce hon­or­able: “has sido hon­or­able” (Alexan­der, Young); “[eres] hon­or­able” (Leupold); “de alta esti­ma” (Delitzsch). A pesar de las incer­tidum­bres en estos ver­sícu­los, sin embar­go, la idea es clara. La posi­ción espe­cial de Israel ante Dios y la respon­s­abil­i­dad que lle­va esa posi­ción ha hecho hon­or­able a la nación, digna de hon­or. (Para recibir ese hon­or, deben, de hecho, vivir en una relación apropi­a­da ante Él.) La cláusu­la yo te amé traza el favor de Dios “has­ta su raíz más pro­fun­da – el amor de Dios” (Leupold). Debido a que el pueblo de Israel es hon­or­able y pre­cioso ante Él, Jehová, en Su amor por ellos, los pone por arri­ba de todas las naciones, da a otros a cam­bio por ellos.

      5–6 El Señor reit­era las pal­abras con las que intro­du­jo esta pro­fecía: No temas, porque yo estoy con­ti­go (ver vers 1; 41:10,13,14) porque el agua y el fuego (ver vers 2) están por venir. Él está miran­do ade­lante hacia el tiem­po cuan­do el pueblo será dis­per­sa­do a las cua­tro esquinas de la tier­ra. Alexan­der obser­va que Dios no dice, “Yo los traeré de regre­so,” en el tiem­po de la restau­ración, sino traeré tu gen­eración, lina­je o descen­di­entes, de las cua­tro direc­ciones – ori­ente, poniente, norte, y sur. Es Dios el que los traerá, jun­tán­do­los en uno. Al norte, dice, Da acá; y al sur: No deten­gas; trae de lejos mis hijos, y mis hijas de los con­fines de la tier­ra. Todos sus hijos son inclu­i­dos. No es dirigi­do a ningún indi­vid­uo o grupo par­tic­u­lar ni es man­da­do traer jun­tos al pueblo de Dios. En vez de eso, la idea es, “Sufra todo mi pueblo para regre­sar a mí; nadie ni nada lo imp­i­da.” El rema­nente que retornará de Babilo­nia o ven­drán jun­tos bajo el Sier­vo serán aque­l­los que “volverán a mi de todo su corazón” (Jer 24:7).

      7 Inclu­i­dos entre los que van a ser traí­dos y reunidos están todos los lla­ma­dos de mi nom­bre, los hijos y las hijas de Dios, el Israel espir­i­tu­al. Ellos fueron crea­d­os – traí­dos a la exis­ten­cia – por la propia glo­ria de Jehová, que es el obje­ti­vo final de toda la obra de Dios. Para ser reunidos jun­tos están todos los que for­mé – los que sobre Dios obró en la his­to­ria para que Él pudiera pon­er de man­i­fiesto una nación pecu­liar – los for­mé y los hice. Dios for­mó o hizo a Israel como un refle­jo espe­cial de Su glo­ria (ver vers 1). Si bien este pasaje habla del retorno del rema­nente des­de el exilio, cier­ta­mente obser­va tam­bién más allá de la reunión de todo el pueblo lla­ma­do por el nom­bre de Dios. Esto solo fue cumpli­do bajo el Sier­vo Jesu­cristo, que Dios señaló para la obra.

Un Nue­vo Desafío para Israel y para las Naciones (vers 8–13)

 

      8 Jehová llamó pre­vi­a­mente a los dios­es a una corte de inquisi­ción para exam­i­nar sus declara­ciones de ser dei­dad (41:1–7,21–24). Él aho­ra lla­ma al sier­vo Israel ciego y sor­do a reunirse con Él en una corte de inquisi­ción seme­jante. No obstante ciego y sor­do, Israel tiene ojos y oídos con los que puede ver y oír si sola­mente lo quisier­an; el Señor bus­ca abrir sus ojos y sus oídos por medio de señalar las obras mar­avil­losas que ha hecho en y por medio de ellos.

      9 Jehová lla­ma tam­bién a las naciones paganas a asi­s­tir a la sesión, retán­do­los como lo hizo con sus ído­los (41:21–24) para declarar algo que fue pro­fe­ti­za­do y que ha sido cumpli­do entre ellos. Pre­sen­ten sus tes­ti­gos, y jus­tifíquense, para que su con­fi­an­za y ado­ración de los ído­los pudiera ser defen­di­da. Dios desafía a las naciones a que nos dé nuevas de esto, y que nos haga oír las cosas primeras, esto es, que señale los difer­entes even­tos que sus dios­es pro­fe­ti­zaron y como se lle­varon a cabo. Si las naciones no pueden jun­tarse para este desafío, oigan (lo que Jehová tiene que decir), y digan: Ver­dad es. Cuan­do una per­sona hon­es­ta exam­i­na sus suposi­ciones y no encuen­tra evi­den­cias sobre las cuales acep­tar­las, debería estar dis­puesto a oír la otra parte. Cuan­do se pre­sen­ta sufi­ciente evi­den­cia a favor de la otra parte, podría decir, “es ver­dad.” Hoy como entonces, este prin­ci­pio nece­si­ta ser recono­ci­do en la inves­ti­gación de todas las reli­giones.

      10 El Señor se dirige aho­ra a Israel: Vosotros sois mis tes­ti­gos, dice Jehová, y mi sier­vo que yo escogí. Como pueblo espe­cial de Dios, Israel es Su sier­vo y su men­sajero (42:19), y aho­ra es tam­bién Su tes­ti­go. La pal­abra tes­ti­go es común en los medios de los tri­bunales; un tes­ti­go es alguien que ha cono­ci­do de primera mano sobre un even­to y puede dar un tes­ti­mo­nio pre­ciso sobre eso. El pueblo de Israel puede dar tes­ti­mo­nio que Jehová es Dios, no solo a las naciones, sino tam­bién a sus pro­pios escép­ti­cos. Al com­parar la obra de Jehová con la de los ído­los, y el tes­ti­mo­nio de los páganos con sus pro­pios ído­los, Israel puede dis­tin­guir con clar­i­dad el poder de Jehová y la impo­ten­cia de los ído­los. Entonces pueden venir para que me conozcáis y creáis; lle­garían a estar firme­mente estable­ci­dos en su fe, no fluc­tuan­do ya más en una cosa y otra. Ellos enten­derán que yo mis­mo soy; esto es, recono­cerán a Jehová como el úni­co Dios. Porque antes de mí no fue for­ma­do Dios, ni lo será después de mí. En tan­to que se ha esta­do enfa­ti­zan­do sobre los paganos la vanidad de sus dios­es, Jehová enfa­ti­za aquí sobre Su pro­pio pueblo vac­ilante la ver­dad que solo Él es el Dios eter­no.

      11 Jehová con­tin­ua enfa­ti­zan­do Su pun­to: Yo, yo Jehová, el “Yo soy,” el eter­na­mente exis­tente y el úni­co todo prov­i­dente; y fuera de mí no hay quien salve. Cuan­do el pueblo se encuen­tra a si mis­mo en el exilio en Babilo­nia, se darán cuen­ta que no hay sal­vación en ningún otro. Jonás aprendió esta lec­ción en el vien­tre del pez; él clamó, “la sal­vación es de Jehová (Jonás 2:9). Cuan­do el hom­bre rec­haza a Dios, cualquier esper­an­za de encon­trar la lib­eración de la esclav­i­tud es cas­ti­ga­da; no hay ningu­na otra fuente de sal­vación.

      12 Jehová declara que Él mis­mo ha cumpli­do lo que Él desafió a las naciones que hicier­an (vers 9): Él ha anun­ci­a­do, ha dado a cono­cer lo que hará en el futuro; Él ha sal­va­do, esto es, ha lib­er­a­do a Su pueblo de Egip­to y de Sena­que­rib, y Él los lib­er­ará de Babilo­nia, y Él ha hecho oír, ha repor­ta­do en una for­ma clara e inequívo­ca el cumplim­ien­to de lo que pro­fe­tizó con ante­ri­or­i­dad. Cuan­do Él dice, y no hubo entre vosotros dios ajeno, Él no está dan­do a enten­der que no había idol­a­tría en medio del pueblo, sino que no había otro dios con el que Jehová colaboró o que hubiera pro­fe­ti­za­do todas las cosas que serían hechas; Jehová se sos­tu­vo y actuó solo. Vosotros, pues, sois mis tes­ti­gos, tes­ti­f­i­can­do la dei­dad abso­lu­ta de Jehová. Él ha mostra­do con clar­i­dad que es capaz de mostrar el fin y el ini­cio y hac­er que suce­da, lo cual no puede ser nega­do. Como Jehová y Dios, Él es tan­to el úni­co que existe eter­na­mente, el Dios del pacto, y el Señor de poder y for­t­aleza que es capaz de lle­var a cabo Su propósi­to. (Var­ios sig­los más tarde, Israel sería sim­i­lar­mente un tes­ti­go de la dei­dad de Cristo.)

      13 Al seguir el tex­to, Aun antes que hubiera día, yo era; o la lec­tura al mar­gen, ¿“Des­de este día en ade­lante Yo era”?  No obstante que algunos comen­taris­tas están divi­di­dos en que acep­tar, es preferi­ble seguir el tex­to; porque des­de el ini­cio del tiem­po, Dios ha esta­do pre­sente en Su creación y en la his­to­ria. Él estu­vo pre­sente con la primera gen­eración y estará pre­sente con la últi­ma (41:4). Nadie puede quitar de un tirón a una per­sona o a una nación que está en Su mano. Y cuan­do Él pro­pone una obra, ningún dios puede impedirla.

El Poder de Jehová para Quitar Obstácu­los en la Reden­ción de Su Pueblo (vers 14–21)

 

      14 Como Reden­tor Jehová actúa de una for­ma con­sis­tente con Su propia san­ti­dad, que es enfa­ti­za­da con­stan­te­mente en la frase el San­to de Israel. Él había crea­do a Israel para Su glo­ria (vers 7), y aho­ra actúa hacia esa nue­va creación en tal for­ma que “mis ala­ban­zas pub­licara” (vers 21). Por vosotros envié a Babilo­nia, una aparente ref­er­en­cia a Ciro, al que lev­an­taría y enviaría con­tra Babilo­nia (41:1–7; 44:28–45:7; 48:14; ver 13:17; 21:2). Note que en una vez más Jehová habla de una acción futu­ra como si ya estu­viera hecha. El pueblo de esa orgul­losa y poderosa nación los haría descen­der como fugi­tivos, esto es, como un pueblo que huye de un ene­mi­go. Descen­dería en las naves de que se glo­ri­a­ban, las naves de com­er­cio que habían traí­do gran rego­ci­jo por medio de los tesoros que habían enrique­ci­do la ciu­dad. Las naves de las que Babilo­nia esta­ba tan orgul­losa se con­ver­tirían en el pendón de su humil­lación descen­di­en­do ante sus ene­mi­gos. Jehová está declaran­do por este medio Su con­trol sobre las naciones, tan­to en la poderosa Babilo­nia como en el que Él envía con­tra ella.

      15 Jehová no solo con­tro­la las poten­cias paganas, al enviar a Ciro con­tra Babilo­nia; sino tam­bién, como el Creador de Israel, ejerce con­trol sobre su des­ti­no. La nación podría estar en el exilio en Babilo­nia, pero Él es aún su Rey y no lo olvi­dará; Él los lib­er­ará por Su propia com­pla­cen­cia.

      16–17 El Señor no solo deter­mi­na el des­ti­no de las naciones y mold­ea y da for­ma a Israel hacia un fin, tam­bién ejerce Su poder cre­ati­vo y con­tro­lador sobre la nat­u­raleza. Abrió un camino en el Mar Rojo y una sen­da en las aguas fieras e impetu­osas para que Su pueblo pudiera pasar en medio de ellas. Además, es solo por Su decre­to abso­lu­to y el ejer­ci­cio de Su poder divi­no que los ejérci­tos pueden actu­ar. Los car­ros y los cabal­los, los ejérci­tos y los hom­bres poderosos son destru­i­dos por Su vol­un­tad, como cuan­do las fuerzas del Faraón inten­taron perseguir a Israel y perecieron cuan­do las aguas regre­saron a su posi­ción orig­i­nal (ver Sal 76:5–6). Todas estas poderosas fuerzas humanas caen jun­ta­mente para no lev­an­tarse; fenecen, como pábi­lo quedan apa­ga­dos. Son como una lám­para cuya luz está extin­guién­dose. El ver­bo usa­do aquí siem­pre se rela­ciona al hecho de apa­gar un fuego, ya sea en for­ma fig­u­ra­da o lit­er­al;[1] desa­parece de la vista.

      18–19 El pueblo es urgi­do a dejar de mirar y apelar al pasa­do (excep­to para apren­der de sus ejem­p­los y adver­ten­cias), y mirar en lugar de eso al futuro. Jehová prom­ete que Él hará cosa nue­va que ellos verían y sabrían. Al señalar lo que Él hará por medio de Su Sier­vo ide­al, Jehová ya había dicho, “yo anun­cio cosas nuevas; antes que sal­gan [broten] a luz, yo os las haré noto­rias” (42:9); estas cosas están en el futuro lejano. Pero la cosa nue­va frente a Él está más inmedi­a­ta: pron­to sal­drá a luz; la gen­eración a quien se dirigió par­tic­i­pará en ella. Como el Reden­tor de Israel de los egip­cios, así Él abrirá camino en el desier­to, y ríos en la soledad para un nue­vo éxo­do. Por Su prov­i­den­cia y poder proveerá un camino para el via­je de retorno del exilio y pro­por­cionará agua para su sed. Aunque Él prob­a­ble­mente no pro­du­jo ríos lit­erales para que bro­taran mila­grosa­mente a la exis­ten­cia, Él proveyó para las necesi­dades del pueblo.

      20–21 En lengua­je alta­mente proféti­co sim­i­lar al usa­do por Job, “Cuan­do alaba­ban todas las estrel­las del alba” (38:7), y por un salmista, “los árboles del bosque rebosarán de contento,/Delante de Jehová” (Sal 96:12–13; ver Isa 55:12 – “los árboles del cam­po darán pal­madas de aplau­so”), el pro­fe­ta dice que los ani­males del cam­po y las criat­uras sil­vestres de las áreas desér­ti­cas hon­rarán a Jehová. Como el mun­do ani­mal sufrió debido al juicio sobre los hom­bres por sus peca­dos (ver, por ejem­p­lo, Jer 14:6; Ose 4:3; Joel 1:18), así aho­ra en algu­na for­ma ellos com­parten las ben­di­ciones otor­gadas por Dios sobre un pueblo red­imi­do. El pueblo for­ma­do por Jehová para Si mis­mo será dado a luz de tal for­ma que puedan alabar­lo; esto será la meta de Su pueblo.

La Indifer­en­cia de Israel – La Gra­cia de Jehová (vers 22–28)

 

      22 A pesar de la pre­ocu­pación de Jehová por Israel y Su deseo de influir en su rep­re­sentación, el pueblo ha sido indifer­ente a Él y a Su bon­dad. Él tiene el poder para lib­er­ar y proveer para sus necesi­dades, pero ellos no han acu­d­i­do a Él. En lugar de eso se cansaron de Sus caminos y del ejer­ci­cio nece­sario para Servir­le.

      23 La segun­da acusación direc­ta con­tra el pueblo se rela­ciona con el rit­u­al del sac­ri­fi­cio: No me tra­jiste a mí los ani­males del holo­caus­to; ni a mí me hon­raste con tus sac­ri­fi­cios. ¿Qué sig­nifi­ca esto, la nat­u­raleza pre­cisa de la ofen­sa? ¿La nación ha fal­la­do al sac­ri­ficar debido a que se ha vuel­to a la idol­a­tría? ¿Es un asun­to de indifer­en­cia al rit­u­al mosaico? ¿O Dios está eno­ja­do debido a que los cau­tivos en Babilo­nia no lle­van a cabo los ritos? Las primeras dos posi­bil­i­dades son descar­tadas; porque no obstante que el pueblo podría servir a ído­los, no son indifer­entes a ofre­cer el sac­ri­fi­cio; como una prác­ti­ca, son abun­dantes en ello (ver 1:10–16). La ter­cera posi­bil­i­dad se descar­ta sobre la base que todos los sac­ri­fi­cios debían ser ofre­ci­dos en Jerusalén; Jehová no haría respon­s­able al pueblo por no ofre­cer sac­ri­fi­cios si esta­ban en Babilo­nia. La expli­cación más plau­si­ble es que su ofrec­imien­to no era de corazón; la cer­e­mo­nia está allí pero fal­ta el ver­dadero espíritu y el sen­ti­do. Ellos ofre­cen sac­ri­fi­cios para ase­gu­rar la pro­tec­ción del Señor y para inten­tar por medio de cer­e­mo­nias for­males escapar de Su ira. El pueblo había equiv­o­ca­do el moti­vo del sac­ri­fi­cio. No se inten­tó ser una car­ga por parte del Señor, sino un medio de comu­nión gozosa con Él.

      24 La caña aromáti­ca que el pueblo no ha traí­do para Jehová es con­sid­er­a­da por la may­oría de los comen­taris­tas para ser una plan­ta aromáti­ca impor­ta­da de otro país en vez de la caña aromáti­ca con la que esta­mos famil­iar­iza­dos. Era prob­a­ble­mente usa­da en incien­so o en aceite para untar. Este pun­to es incier­to. De todos mod­os, en vez de traer la caña aromáti­ca y que sat­is­facía a Dios con la ofren­da con­ciente de la gro­sura que Le pertenecía, el pueblo Lo ago­b­ió con sus peca­dos y Lo can­só con sus iniq­uidades. Esta acti­tud, que fue la car­ac­terís­ti­ca de sus vidas en gen­er­al, nuli­ficó cualquier mer­i­to posi­ble de sus ofren­das. No parece haber esta­do restringi­do a un perío­do especí­fi­co sino a un prob­le­ma per­sis­tente en la his­to­ria de la nación.

      25 No obstante que es omnipo­tente, como es demostra­do en Su poder sobre Babilo­nia, sobre Ciro y sobre los medos que Él usó para destru­ir a Babilo­nia, y tan­to sobre la nat­u­raleza ani­ma­da como la inan­i­ma­da (vers 14–21), Jehová solo podría hac­er lo bueno por Israel si el pueblo se volvía de sus peca­dos. Yo, yo soy el que bor­ró tus rebe­liones; este es un acto de gra­cia pura de Su parte y no el resul­ta­do de ningún mer­i­to de parte de ellos. El perdón viene por medio de la fe en Él y no por medio de sac­ri­fi­cios cer­e­mo­ni­ales real­iza­dos como mera for­mal­i­dad. Dios dice que él bor­ra las trasgre­siones por amor de mí mis­mo, esto es, de tal for­ma que Él pudiera demostrar la com­bi­nación apropi­a­da de la mis­eri­cor­dia div­ina y la jus­ti­cia, expre­sa­da en amor, juicio, y gra­cia. Cuan­do son bor­ra­dos, los peca­dos ya no son recor­da­dos – “Cuan­to está lejos el ori­ente del occidente,/Hizo ale­jar de nosotros nues­tras rebe­liones” (Sal 103:12).

      26 El Señor urge aho­ra a Israel a que Lo hagan recor­dar, a traer a la mente Su infini­to ser y carác­ter san­to (como se expu­so en el cap 40), Su ley san­ta que les fue dada para su bien. Su cuida­doso amor y mis­eri­cor­dia com­pa­si­va, y Su dis­posi­ción para per­donar y recibir de vuelta en Su seno a los que Lo escuchan. Él hace aho­ra una peti­ción llena de recuer­dos tan­to de la invitación que Él emi­tió al comien­zo del libro (1:18) y Su lla­ma­do a las naciones (41:21–24): entremos en juicio jun­ta­mente; habla tú para jus­ti­fi­carte. Si hay algu­na base o mer­i­to en ust­edes para garan­ti­zar su lib­eración, trái­gan­la al frente; Jehová está lis­to para escuchar. Si no hay base en ust­edes que amerite la lib­eración por parte de Dios, entonces la lib­eración estará basa­da en Su amor y favor no mere­ci­do.

      27 Israel no podía pre­sen­tar la exce­len­cia en los fun­da­men­tos de sus antepasa­dos, porque Tu primer padre pecó, Los eru­di­tos han inter­pre­ta­do en diver­sas man­eras esta ref­er­en­cia: Adán, Abra­ham, Jacob, y aún David; pero parece que Jacob es el padre con­sid­er­a­do aquí, porque él había gana­do la ben­di­ción y la pri­mo­gen­i­tu­ra por medio del engaño y de una com­pra no her­man­able. Y tus enseñadores (“inter­pretes,” del hebreo) pre­vari­caron con­tra mí; esto es, los pro­fe­tas, los sac­er­dotes, y otros que debían haber dado una instruc­ción apropi­a­da en la ley pecaron al dar en su lugar enseñan­za fal­sa. Así, des­de su padre Jacob has­ta el pre­sente el pueblo ha sido ani­ma­do por el ejem­p­lo y el pre­cep­to a trans­gredir la ley div­ina.

      28 Sin embar­go, el pueblo es aún respon­s­able por su ale­jamien­to de Dios; porque así como había habido mae­stros infieles, tam­bién había habido pro­fe­tas y mae­stros fieles entre ellos. Por tan­to, con­se­cuente­mente o a la luz de esto, Jehová pro­fanó los príncipes del san­tu­ario. La pal­abra príncipes, que podría referirse a gob­er­nadores de la realeza, deno­ta tam­bién caudil­los o líderes en el san­tu­ario; deberían haber sido san­tos, con­sagra­dos a su min­is­te­rio. El Señor los pro­fa­nará al enviar­los a Babilo­nia, una tier­ra y reino pro­fano e impuro. Even­tual­mente pon­drá por anatema a Jehová, esto es, lo consignará a la destruc­ción, y por opro­bio a Israel, un obje­to de lengua­je abu­si­vo. Aunque este juicio fue en parte total­mente cumpli­do por la cau­tivi­dad de Babilo­nia, el cur­so y la den­i­gración ha con­tin­u­a­do a lo largo de toda la his­to­ria de Israel; ellos con­tinúan vivien­do cen­sura.


[1]  The­o­log­i­cal Word­book of the Old Tes­ta­ment, vol. 1, pág. 428.

LA CONTIENDA ENTRE DIOS Y LOS ÍDOLOS (41–48)

 

41. La Con­frontación de Jehová con los Ído­los

42. El Sier­vo de Jehová y el Cas­ti­go de Israel

43. “Ust­edes son Mis Téstigos…Fuera de Mi no hay Sal­vación

44. La Locu­ra de la Idol­a­tría

45. “Ante Mi Toda Rodil­la se Doblará”

46. Jehová y los Dios­es de Babilo­nia

47. El Juicio de Jehová Pro­nun­ci­a­do en Babilo­nia

48. La Con­fi­an­za de la Lib­eración

 

Una Pal­abra de Intro­duc­ción

En los capí­tu­los 41–48 Jehová intro­duce tres per­son­ajes a los que lla­mará a Su ser­vi­cio: Ciro, Su pas­tor, que Él lev­an­tará del ori­ente para lib­er­ar a Su pueblo de Babilo­nia; Israel, Su sier­vo ciego y sor­do; y el Sier­vo ide­al, aquel en el que Su propósi­to será cumpli­do. La pal­abra sier­vo no es usa­da en un sen­ti­do despec­ti­vo, sino que se refiere a alguien a quien se le ha con­fi­a­do una respon­s­abil­i­dad solemne. Smith comen­ta, “La pal­abra hebrea para sier­vo sig­nifi­ca una per­sona a la dis­posi­ción de otra – para lle­var a cabo su vol­un­tad, su obra, para rep­re­sen­tar sus intere­ses” (II. 272). La cau­tivi­dad y el retorno de Judá, el lev­an­tamien­to de Ciro alrede­dor de unos cien años después de esto, y la apari­ción del Sier­vo mesiáni­co var­ios cien­tos de años en el futuro serán la prue­ba de la Divinidad y dei­dad de Jehová; solo un ser infini­to puede pre­de­cir y traer tales cosas por venir. La impo­ten­cia abso­lu­ta de los dios­es paganos será tam­bién proba­da, porque serán inca­paces para ayu­dar a las naciones o para deten­er a Jehová en Su propósi­to.

      Jehová empieza rev­e­lando Su propósi­to al intro­ducir a Ciro, por medio del cual Él lib­er­ará a Su pueblo de Babilo­nia (41:2–7,25; 44:26–45:7; 46:11; 48:15). Ensegui­da Israel es intro­duci­do como el sier­vo escogi­do de Jehová, que aunque ciego y sor­do, Él no desechará (41:8–10; 42:18–25; 43:8–13; 44:1–5, 21–28; 45:4; 48:20–22). El ter­cero, y por mucho el más grande, es el Sier­vo ide­al, que ten­drá un lugar promi­nente en el resto del libro (42:1–9; 49:1–13; 50:4–11; 52:13–53:12). Y final­mente, están los “sier­vos” (plur­al), el red­imi­do de Jehová, que son de gran sig­nifi­ca­do en la últi­ma parte de la pro­fecía (54:17; 56:6; 63:17; 65:8–15; 66:14, etc.).

      Los nom­bres hebre­os de Dios en esta sec­ción con­fir­man Su sin­gu­lar­i­dad. Tres nom­bres en par­tic­u­lar declar­an su dei­dad sober­ana. Él (que es usa­do quince veces) sig­nifi­ca “el úni­co poderoso,” la per­son­ifi­cación de la for­t­aleza y del poder. Aunque oca­sion­al­mente es usa­do de los dios­es paganos, la pal­abra se refiere tam­bién al Dios per­son­al ver­dadero. Eloa (usa­do una vez en Isaías), que toma lugar en pocas oca­siones exclu­si­va­mente en los libros poéti­cos (cuarenta y una veces en Job), es una pal­abra antigua por la que Dios aparece en oca­siones en con­struc­ciones para­le­las con Roca (44:8; ver Deut 32:15; Sal 18:31). Mien­tras que la apelación a Roca, que indi­ca per­ma­nen­cia, ates­tigua la habil­i­dad de Dios para pro­te­ger a Su pueblo, Eloa en Isaías 44:8 Lo establece aparte como la úni­ca Roca de refu­gio para Israel. Como tal Jehová es un ter­ror para el mal­va­do y un con­sue­lo para Su pueblo (Sal 50:22; 114:7; 139:19). Eloim (que se pre­sen­ta vein­tiún oca­siones) es tra­duci­do en var­ios pasajes como “dios­es,” “jue­ces,” “ánge­les.” “La ter­mi­nación plur­al es usual­mente descri­ta como un plur­al de majes­tu­osi­dad y no se inten­ta como un plur­al ver­dadero cuan­do es usa­do de Dios.” Trans­mite “la unidad del Dios úni­co [a la vez que] per­mi­ti­do para una plu­ral­i­dad de per­sonas.”[1] El plur­al indi­ca la plen­i­tud y sufi­cien­cia de for­t­aleza.

      Entre los otros nom­bres encon­tra­dos en los capí­tu­los 40–48 está, de hecho, Jehová (Javéh – se pre­sen­ta sesen­ta y seis veces), que Lo des­igna como el Dios del pacto de Israel, el “Yo soy,” el úni­co eter­na­mente exis­tente – “antes de mí no fue for­ma­do dios, ni lo será después de mí” (43:10). El tér­mi­no Señor (Adon­ai40:10; 48:16) enfa­ti­za Su reina­do sobre todo (la tra­duc­ción King James de Javéh como “Señor” es con­fu­so). El San­to (de Israel) (que se men­ciona diez veces) lo colo­ca en con­traste a los peca­dos de Israel; Él está abso­lu­ta­mente sep­a­ra­do de ellos. Como el San­to de Israel, es el Creador y el Rey de Israel (43:15), su For­mador (45:11), que lo for­mó como Su sier­vo (44:21). Él es el Reden­tor de Israel (se men­ciona 6 en oca­siones), un Dios jus­to y Sal­vador (43:3; 45:21) que bor­ró tus rebe­liones, sin acor­darse de los peca­dos nun­ca más (43:25; 44:22). Estos nom­bres, que expre­san Su esen­cia, ponen clara­mente a Jehová aparta­do de los ído­los; sólo Él puede hac­er una declaración gen­uina de estos títu­los y lo que ellos sig­nif­i­can.

CAPÍTULO 41

La Con­frontación de Jehová con los Ído­los

 

Jehová se Dirige a las Naciones (vers 1–7)

 

      1 El capí­tu­lo 40 abrió con un dis­cur­so de Jehová a Israel; en con­traste, el capí­tu­lo pre­sente ini­cia con un dis­cur­so a las naciones. Los pueb­los de las costas, las zonas costeras dis­tantes que rodean el Mar Mediter­rá­neo, se les encar­ga estar en silen­cio ante Jehová, y que escuchen. En pal­abras que recuer­dan el últi­mo ver­sícu­lo del capí­tu­lo 40, donde se les dijo que los que esper­an por Jehová ren­o­varán sus fuerzas, y se les encar­ga a las naciones que renueven su fuerza para volver sin impor­tar el obje­to que pudiera ser su con­fi­an­za, de tal for­ma que pudier­an venir ante Jehová en un tri­bunal. Después que Lo han oído, entonces hablan, tenien­do su dicho. El juicio al que están por venir podría referirse a la decisión en un caso de liti­gio o para el establec­imien­to de la jus­ta recla­mación de Dios.[2] Young expli­ca como “la tran­si­ción de una frase.” Posi­ble­mente hay un ele­men­to de los tres en la pal­abra – la decisión de un tri­bunal en el que la declaración jus­ta de Dios son estable­ci­das y sen­ten­ci­adas es deci­di­da sobre las naciones y sus dios­es.

      2 Jehová desafía a las naciones y a sus ído­los: ¿Quién des­pertó del ori­ente al jus­to? Él habla como si estu­viera ya hecho, sin embar­go pasarán en cien­to cin­cuen­ta años en el futuro antes de su cumplim­ien­to. Si bien el lib­er­ta­dor no será nom­bra­do has­ta más tarde (44:28; 45:1), parece poco menos que cier­to que Ciro está aquí a la vista. Él fue estim­u­la­do para per­mi­tir el retorno judío (ver 2 Crón 36:22). Per­sia esta­ba al ori­ente de Babilo­nia, con­se­cuente­mente, del ori­ente. La frase en jus­ti­cia, que la King James tra­duce mal “al jus­to,” es tru­cu­len­to. De acuer­do con Su están­dar de jus­ti­cia, Dios lev­an­tará un lib­er­ta­dor; Él lev­an­tará a Ciro para servir a Su causa jus­ta. Young tiene que Dios lev­an­tará a alguien cuya “jus­ti­cia lla­ma a su pie.” Sin embar­go, Smith tra­duce la frase, “el que espera en pasos jus­tos [en este caso, el éxi­to o la vic­to­ria]” (II. 120, 238). Jehová le dará a reinar sobre reyes, der­ribán­do­los al pol­vo con su espa­da y arrebatán­do­los con su arco como hojaras­ca inde­fen­sa. (Para más sobre Ciro ver 44:28–45:6.)

      3 El lib­er­ta­dor estaría sin obstácu­los mien­tras él per­sigue a sus ene­mi­gos; él los sigu­ió, pasó en paz por camino por donde sus pies nun­ca habían entra­do. En su con­quista inin­ter­rump­i­da sigu­ió un cur­so que nun­ca antes había sido toma­do. Actu­ará con una veloci­dad y plen­i­tud tal que no habrá necesi­dad de regre­sar.

      4 La lib­eración será el cumplim­ien­to de Jehová, que deter­mi­na el des­ti­no de las gen­era­ciones. Este des­ti­no deter­mi­na­do es de acuer­do a la elec­ción de la gente de la fe y la obe­di­en­cia o de la incredul­i­dad y la des­obe­di­en­cia. Jehová estu­vo con la primera gen­eración y estará con la últi­ma; Él es el eter­no abso­lu­to, el úni­co eter­na­mente exis­tente.

      5 La rapi­dez y la vic­to­ria del con­quis­ta­dor que Jehová lev­an­tará lan­zará a las naciones a un esta­do de temor y ter­ror. Los con­fines de la tier­ra se espan­tarán – aque­l­los de las áreas más remo­tas del mun­do entonces cono­ci­do. Ellos respon­den al lla­ma­do de Jehová (vers 1), acer­cán­dose para pon­er aten­ción.

      6–7 En lo que parece ser una total con­fusión, cada uno inten­ta ani­mar a su veci­no. Debe hac­erse algo para preparar la defen­sa, ¿pero qué? La respues­ta es con­stru­ir ído­los más grandes y más elab­o­ra­dos, de tal man­era que cada artí­fice ani­ma al otro. Al tra­ba­jar frenéti­ca­mente jun­tos el carpin­tero y el platero, el hom­bre que alisa con el mar­tillo, ayu­da al que bate en el yunque, y todos ani­man al sol­dador. Cuan­do ter­mi­naron, el ído­lo es ráp­i­da­mente clava­do de tal for­ma que ni pue­da moverse por si mis­mo ni ser movi­do. Tal fer­vor nos recuer­da las car­reras arma­men­tis­tas de nue­stro tiem­po – armas más y más grandes, oji­vas, y bar­cos, más sin embar­go Dios aún con­tro­la. Así cómo Él estu­vo con la primera gen­eración, así Él estará con la últi­ma y con todas las que están entre las dos.

Jehová se Dirige a Israel: Lo que Él Hará (vers 8–20)

 

      8 En esta pal­abra de áni­mo Jehová le recuer­da al pueblo el gran hon­or que ha sido otor­ga­do a la nación. Este hon­or es indi­ca­do en los nom­bres que lle­varon de su Padre. Como los descen­di­entes de su ilus­tre padre Israel, ust­ed tiene poder; porque de él fue dicho, “has lucha­do con Dios y con los hom­bres, y has ven­ci­do” (Gén 32:28), y así ust­ed puede. Como Jacob, el “toma­do por el talón” o el “suplan­ta­dor,” él había gana­do la pri­mo­gen­i­tu­ra de su her­mano; y Jehová escogió hac­er el pacto con Jacob (Éxo­do 19:3–5). Por medio de su famoso y dis­tin­gui­do padre el pueblo es la simiente de Abra­ham, mi ami­go y tam­bién “mi sier­vo” (Gén 26:24), al que Dios hizo la prome­sa de una gran nación, tan­to físi­ca como espir­i­tu­al (Gén 12:1–3). Por medio de ellos somos aho­ra abati­dos, esta prome­sa es su heren­cia. Como el pueblo a quien yo escogí, no fal­larán.

      9 Jehová había lla­ma­do a Abra­ham fuera de Ur de los caldeos (Gén 11:31; 12:1), y en Abra­ham Él había escogi­do a Su nación. Des­de el pun­to de vista judío, Abra­ham fue lla­ma­do de los con­fines de la tier­ra. Des­de entonces son selec­ción div­ina de Jehová, Él no los desechará. La selec­ción de Ciro como lib­er­ta­dor (él nun­ca es lla­ma­do “sier­vo” de Dios, aunque sirvió como tal, sino que es referi­do como el pas­tor de Jehová y Su ungi­do [44:28; 45:1]) no alter­ará la relación de Dios con Israel, Su sier­vo; porque el Señor tiene difer­entes propósi­tos en mente para cada uno.

      10 A la luz de la elec­ción y el propósi­to de Jehová, Él ani­ma a Su pueblo con la riqueza de las prome­sas. Como Su nación escogi­da se les dijo no temas, porque yo estoy con­ti­go – con esta con­fi­an­za, ¿qué hay que temer? – y no des­mayes (“no mires alrede­dor de ti [con ansiedad],” al mar­gen), porque yo soy tu Dios. Jehová hace tres prome­sas: (1) te esfuer­zo; (2) te ayu­daré; (3) te sus­ten­taré con la dies­tra de mi jus­ti­cia. La dies­tra ha sido con­sid­er­a­da des­de largo tiem­po un sím­bo­lo de for­t­aleza y poder y la fuente de ben­di­ciones. En Su jus­ti­cia Jehová lla­mará a Ciro a hac­er Su lic­itación; Él tam­bién sos­ten­drá a Israel, esto es, hará que la nación per­manez­ca en la fuerza y en el poder de esa mis­ma jus­ti­cia, cumplien­do Su propósi­to por medio de ellos.

      11–13 Con la con­fi­an­za del poder en la jus­ti­cia de Dios, no hay razón para estar desan­i­ma­do. He aquí, escucha, pres­ta aten­ción a la pal­abra del Señor. Jehová resume en tres cat­e­gorías a las naciones paganas que se opo­nen a Israel: (1) los que se eno­jan con­tra ti; (2) los que con­tien­den con­ti­go; y (3) aque­l­los que te hacen la guer­ra. Eno­jan indi­ca una cólera ardi­ente que bus­caría con­sumir a Israel; con­tien­den usual­mente indi­ca com­bate físi­co, pero aquí prob­a­ble­mente se refiere a con­frontación ver­bal, dis­cusión; y aque­l­los que te hacen la guer­ra indi­ca encuen­tros mil­itares. Los que se opo­nen a Israel serán aver­gon­za­dos, caerán en la des­gra­cia, serán con­fun­di­dos, tur­ba­dos, y humil­la­dos; serán frustra­dos en sus planes. Se volverán como la nada, pere­cien­do como si nun­ca hubier­an exis­ti­do; y cuan­do sean bus­ca­dos, no serán encon­tra­dos. La garan­tía de estas prome­sas es el hecho que Jehová es el Dios de Israel. Él los sos­ten­drá en su dies­tra, guián­do­los y dirigién­do­los en medio de la oposi­ción de sus ene­mi­gos. Él dice, no temas, yo te ayu­do.

      14 Por ter­cera ocasión Jehová urge a Israel, no temas (ver vers 10, 13); no estar temeroso o asus­ta­do. Gusano de Jacob, oh vosotros los pocos de Israel, no per­mi­tas que el espan­to de tus ene­mi­gos esté sobre ti. Gusano sig­nifi­ca humil­dad e impo­ten­cia, la condi­ción actu­al de Judá y la condi­ción que exper­i­men­ta­rán en Babilo­nia y después de su retorno. Pero aunque es abati­do y reduci­do a solo un puña­do, son aun pocos de Israel, herederos de las prome­sas hechas a su padre Jacob. La prome­sa, Yo soy tu socor­ro, se repite (ver vers 10), con un énfa­sis adi­cional, dice Jehová; el San­to de Israel es tu reden­tor (él úni­co que te red­imirá). Bajo la ley del Antiguo Tes­ta­men­to lo más cer­cano del par­entesco debía servir como “reden­tor”; esto es, esta­ba oblig­a­do a ven­gar un asesina­to, a lib­er­ar de la esclav­i­tud, y a restau­rar al propi­etario orig­i­nal la propiedad que había caí­do en las manos de los acree­dores. El San­to de Israel actu­aría como el Reden­tor de Su pueblo, ven­gan­do agravios hechos con­tra ellos, liberán­do­los de sus rap­tores, y regresán­doles su heren­cia.

      15 Des­de su des­pre­cia­ble esta­do como un gusano y el horno de la aflic­ción por en medio del cual deberán pasar, Jehová traerá la nación como un tril­lo nue­vo, lleno de dientes. Los dientes son las her­ramien­tas pun­zantes deba­jo del tri­neo o bor­de pesa­do que es empu­ja­do sobre los mon­tones de gra­no para sep­a­rar el tri­go de la paja des­menuza­da. Judá tril­lará montes (naciones fuertes), reducién­dolas a pol­vo, y los col­la­dos (las pequeñas naciones) reducirás a tamo. El Señor no está hablan­do de con­quis­tas físi­cas por parte de la nación judía, sino de una con­quista espir­i­tu­al por parte de los fieles. Por medio de Jehová y de la fuerza de Su jus­ti­cia sobre­vivirán y tri­un­farán mien­tras todas las poten­cias mundi­ales son traí­das a la nada.

      16 Como paja aven­ta­da y lle­va­da por un vien­to fuerte, las naciones paganas serán dis­per­sadas a lo largo de toda la tier­ra a pesar de lo grandes y poderosas que pudier­an haber sido. En con­traste a las naciones tril­ladas, aven­tadas, y dis­per­sadas, el Israel tri­un­fante se rego­ci­jará en Jehová su Dios y te glo­ri­arás en el San­to de Israel. De nue­vo, el pro­fe­ta sigue para enfa­ti­zar el poder supe­ri­or y el tri­un­fo per­durable del espíritu y la jus­ti­cia sobre la debil­i­dad de la carne, un prin­ci­pio tan eter­no como lo es Dios mis­mo.

      17 El lengua­je de los sigu­ientes pár­rafos (vers 17–20) es alta­mente fig­u­ra­do; cualquier esfuer­zo por inter­pre­tar­lo lit­eral­mente fal­la en el pun­to. Hay algo en el pasaje que podría lim­i­tar las prome­sas al peri­o­do de la cau­tivi­dad y al retorno del rema­nente de Babilo­nia. Dios está enfa­ti­zan­do Su pre­ocu­pación, cuida­do, y pro­visión con­stante para los Suyos; Su propósi­to no fal­lará. Habi­en­do ase­gu­ra­do a Israel del poder para der­ro­tar y con­quis­tar a sus ene­mi­gos, el Señor prom­ete aho­ra que además de Su amor por gra­cia proveerá para sus necesi­dades per­son­ales. Debido a que están afligi­dos y men­es­terosos, tan­to en deseos físi­cos como espir­i­tuales, el Señor hará las debidas pro­vi­siones para las necesi­dades. Debido a que están en un peli­gro de pere­cer por la sed físi­ca y espir­i­tu­al, Jehová proveerá agua para sus­ten­tar la vida. Él proveyó en el desier­to mien­tras Su pueblo via­jó a Canaán, y con­tin­uará proveyen­do has­ta el final. Él no aban­donará a los Suyos.

      18 En las escue­tas alturas donde no es encon­tra­da el agua ordi­nar­i­a­mente (ver 30:25), serán hechos ríos que fluyan, y en los valles serán abun­dantes las fuentes. Si bien la pal­abra desier­to podría referirse a una región de pas­ti­zal o no habita­da, en este pun­to prob­a­ble­mente se refiere a un área desér­ti­ca. Jehová hará el baldío des­o­la­do estanques de agua, y los lugares sec­os pro­ducirán pri­mav­eras a flo­re­cer (ver 35:6–7). Aparte de Jehová y Su pro­visión espir­i­tu­al, toda la vida es un desier­to. No obstante que el lengua­je aquí cier­ta­mente tiene ref­er­en­cia a la cau­tivi­dad babilóni­ca y al retorno, tam­bién mira más allá.

      19 Jun­to al agua apre­ci­a­da que Jehová pro­por­cionará en abun­dan­cia, tam­bién proveerá árboles tan­to de som­bra como de con­struc­ción. Hay siete (el número de la plen­i­tud) var­iedades nom­bradas. El cedro, la aca­cia, y el abeto (posi­ble­mente el ciprés) son tres árboles bien cono­ci­dos por nosotros. El arrayán, un árbol perenne que crece a una altura de trein­ta pies, es encon­tra­do en abun­dan­cia en Palesti­na. El boje, un árbol de madera dura, alcan­za una altura por enci­ma de los trein­ta y cin­co pies. El oli­vo (árbol del Paraí­so) y el pino son impre­cisos.

      20 Cua­tro ver­bos iden­ti­f­i­can el propósi­to de Dios al proveer agua y árboles: (1) para que vean – con­sid­eren y discier­nan en con­se­cuen­cia, com­pren­dan; y (2) conoz­can – por medio del conocimien­to de Jehová el pueblo se dará cuen­ta y recono­cerá la ver­dad; y (3) advier­tan – la pal­abra hebrea usa­da aquí sig­nifi­ca en oca­siones “asig­nar algo a alguien”; por lo tan­to, asig­narán a Jehová una nue­va posi­ción en sus pen­samien­tos; y (4) entien­dan – se darán cuen­ta quién es su bene­fac­tor. El propósi­to supre­mo de Dios es que todos, unidos como uno solo, pudier­an darse cuen­ta que la mano de Jehová hace esto, y que el logro final de sus obje­tivos será Su obra.

      La nación iba a enfrentar pron­to un peri­o­do de exilio de su tier­ra, el resul­ta­do de su pobre condi­ción espir­i­tu­al y moral. Y el retorno de la cau­tivi­dad a su vez sería segui­do por un largo peri­o­do de suje­ción a poten­cias extran­jeras. Parece, entonces, a este escritor que el Señor esta­ba preparan­do a Su pueblo para la dura expe­ri­en­cia por venir para ase­gu­rar­les que Él cuidaría de ellos a través de todo esto. Como diji­mos arri­ba, dar a este pasaje una inter­pretación lit­er­al fal­la sobre el asun­to. Las ref­er­en­cias físi­cas y mate­ri­ales (agua y árboles) son sola­mente inci­den­tales; el abastec­imien­to de Dios de las necesi­dades espir­i­tuales y Su garan­tía de vic­to­ria son los temas bási­cos aquí.

Jehová Reta a los Ído­los: ¿Qué Puede Ust­ed Hac­er? (vers 21–29)

      Jehová ha declar­a­do lo que hará; reta aho­ra a los ído­los a pro­barse a ellos mis­mos. El des­cansa Su declaración por ser el úni­co Dios en Su conocimien­to del futuro. Si ellos son Dios­es (con una “D” mayús­cu­la), la declaración del futuro debería ser tam­bién fácil para ellos.

      21 Jehová había desafi­a­do primero a las naciones, llamán­dolas a pre­sen­tarse con Él en un tri­bunal para deter­mi­nar quién es Dios. Ate­moriza­dos por la infor­ma­ción que “alguien del ori­ente” invadiría todo en su camino, se habían vuel­to a fab­ricar ído­los que pens­a­ban que los pro­te­gerían (vers 1–7). En la segun­da eta­pa de una corte de juicio, Jehová reta aho­ra a los mis­mos ído­los. Ale­gad por vues­tra causa, su caso frente a una corte legal, pre­sen­tad vues­tras prue­bas, una defen­sa por su exis­ten­cia o ser, dice el Rey de Jacob – que Jehová era vis­to como el Rey ver­dadero de Israel es evi­dente en el hecho que los gob­er­nantes humanos de la nación habían dicho que se habían sen­ta­do en Su trono (ver, por ejem­p­lo, 1 Cróni­cas 29:23).

      22 Al traer ade­lante su causa y sus prue­bas, los ído­los anún­ci­en­nos lo que ha de venir…y haced­nos enten­der. El plur­al anún­ci­en­nos y haced­nos prob­a­ble­mente se refieren a Jehová y su corte celes­tial. Jehová había declar­a­do que Él traería en ade­lante alguien del ori­ente; aho­ra per­mi­tan que los dios­es declar­en lo que ha pasa­do des­de el prin­ci­pio y lo que ha de venir. Los ído­los no están nece­sari­a­mente sien­do reta­dos para hac­er algún pro­nun­ci­amien­to con respec­to a Ciro; más bien, están sien­do reta­dos a dar cuen­ta de algún propósi­to que pudier­an haber tenido (o que pudier­an ten­er aho­ra) para sus súb­di­tos. Segu­ra­mente, los ído­los deben ten­er algún propósi­to que ya han rev­e­la­do y que puede aho­ra ser eval­u­a­do como algo que ha sido cumpli­do. Si no, deberían dar a cono­cer en el tiem­po pre­sente cualquier propósi­to de los suyos que ten­drán algún fru­to en el futuro.

      23 Cier­ta­mente, si los ído­los son dios­es, pueden declarar lo que pasará a las naciones que les sir­ven, ya sea que la lib­eración o el juicio están reser­va­dos. Haced bien, o mal – rev­e­lar lo que se pro­po­nen hac­er por sus ado­radores y que mal acon­te­cerá a las otras naciones. Díganos del mal que le acon­te­cerá a Israel para que podamos con­sid­er­ar­lo y estar pas­ma­dos. Segu­ra­mente cualquier dei­dad ver­dadera puede rev­e­lar sus planes y lle­var­los de un lugar a otro.

      24 Sigue una pausa al desafío en el ver­sícu­lo 23 – los ído­los per­manecen mudos. Jehová rompe el silen­cio por una acusación des­pre­cia­ti­va de des­dén: He aquí que vosotros sois nada; ni su ori­gen ni nat­u­raleza es div­ina. Y vues­tras obras vanidad, total­mente inútiles, no sirvien­do a un buen propósi­to. Aque­l­los que los esco­gieron como sus obje­tos de ado­ración son abom­inables, des­pre­cia­bles ante los ojos de Dios.

      25 Jehová regre­sa al hom­bre del ori­ente que fue intro­duci­do en el vers 2. Pero aho­ra Jehová lo lla­ma del norte lev­an­té uno, y habla como si ya hubiera venido. (Ante­ri­or­mente hemos obser­va­do que cuan­do Jehová deter­mi­na hac­er algo, puede ser dicho como si ya se hubiera cumpli­do, porque cier­ta­mente será cumpli­do.) Él entonces añade, del nacimien­to del sol. Ciro era de Ansan, una región del ori­ente de Elam, que esta­ba al ori­ente de Babilo­nia. Después de lle­gar a ser rey de Per­sia, con­quis­to Media al norte; al unir de los medios y de los per­sas, atacó Babilo­nia. Así era tan­to del ori­ente como del norte. Qué es car­ac­ter­i­za­do como uno que invo­cará mi nom­bre no impli­ca que era un con­ver­tido al monoteís­mo judío. Más bien, él recono­ció que fue Jehová quien le dio todos los reinos de la tier­ra y que él debería recon­stru­ir el tem­p­lo de Jerusalén (Esdras 1:2). En con­traste al silen­cio de los ído­los, Jehová declara que uno que Él lev­an­tará pisoteará príncipes – príncipes comi­sion­a­dos o sub­or­di­na­dos, “prob­a­ble­mente un extran­jeris­mo de Aca­dia.”[3] En aquel día él los pisoteará como alguien que pisotea en un mortero y la arcil­la que pisa el alfarero.

      26 Como si estu­viera pre­sente durante la cau­tivi­dad por venir, Isaías pre­gun­ta la inter­ro­gante, ¿Quién te anun­ció des­de el prin­ci­pio? ¿Quién nos habló des­de tiem­po atrás, y dire­mos: Es jus­to? (cor­rec­to) Ningún ído­lo ha habla­do así; no se ha oído ningu­na pal­abra de ellos. Solo Jehová había habla­do, y tan clara­mente que todos podría oír y cono­cer.

      27 Jehová había sido el primero en decir a Sión, He aquí, he aquí, refir­ién­dose evi­den­te­mente a las pal­abras que Él había habla­do en relación a la lib­eración de Sión. Él había habla­do antes de la cau­tivi­dad. Y a la vista de Su propósi­to y prome­sa, Él dará un men­sajero de ale­gres nuevas. El referi­do es ya sea Isaías, el men­sajero de las bue­nas nuevas con más de una cen­turia de antic­i­pación, o Ciro, que anun­cia­ría las bue­nas nuevas que los judíos podrían regre­sar a Sión.

      28 De nue­vo allí parece estar un silen­cio bajo la sala de tri­bunal. No hay nadie que acepte el desafío, ningún hom­bre para respon­der, y ningún pro­fe­ta de los ído­los para ofre­cer con­se­jo. No respon­den ningu­na pal­abra.

      29 Es declar­a­do el vere­dic­to: He aquí, con­sid­er­ar lo que ha suce­di­do; todos, los dios­es ído­los y sus ado­radores, son vanidad, vacíos, nada, sin impor­tan­cia, nul­i­dades. Además, vien­to y vanidad son sus imá­genes fun­di­das, futil­i­dad moral y espir­i­tu­al. La vic­to­ria de Jehová es total; la der­ro­ta de la idol­a­tría es aplas­tante.


[1]  The­o­log­i­cal Word­book of the Old Tes­ta­ment, ed. R. Laird Har­ris (Chica­go: Moody, 1980), vol. 1, p. 44.

[2]  Hay dos de trece posi­bles sig­nifi­ca­dos de la pal­abra hebrea Mish­pat (The­o­log­i­cal Word­book of the Old Tes­ta­ment, vol. 2, pp. 948–49).

[3]  The­o­log­i­cal Word­book of the Old Tes­ta­ment, vol. 2, pág. 617.

Intro­duc­ción

Israel y Judá

En muchos aspec­tos las condi­ciones car­ac­terís­ti­cas de Israel y Judá en el siglo octa­vo A.C. eran sim­i­lares a las que car­ac­ter­i­zan a nues­tra sociedad en el siglo veinte. En su pros­peri­dad, Israel y Judá se olvi­daron de Dios y cayeron en la cor­rup­ción y deca­den­cia. Bajo el man­do de Jer­oboam II (782–753 A.C.) las fron­teras de Israel habían sido restau­radas en gran parte y el peri­o­do se car­ac­ter­izó por una pros­peri­dad descono­ci­da allí des­de los días de Salomón. En Judá, el hábil y die­stro Uzías (767–740 A.C.) restau­ró en gran medi­da las fron­teras de ese país y la pros­peri­dad alcanzó allí alturas no dis­fru­tadas des­de los días de Salomón. En ambas naciones esta aflu­en­cia mate­r­i­al pro­du­jo las enfer­medades que tan fre­cuente­mente acom­pañan a la abun­dan­cia. La gente olvidó a Dios y atribuyó su pros­peri­dad y bien­es­tar a los ído­los a los cuales ellos habían vuel­to.

La idol­a­tría imperó en Israel. Des­de la muerte de Salomón (931 A.C.), cuan­do el reino del norte se sep­a­ró de Judá, Israel adoró a Jehová por medio del sím­bo­lo de los dos becer­ros dora­dos, los cuales habían sido lev­an­ta­dos en Bet-el y Dan por su primer rey, Jer­oboam I. Todos los reyes que sigu­ieron lo imi­taron a él en la hon­ra a estos dos becer­ros. Agre­ga­do a esta for­ma de idol­a­tría esta­ba el cul­to a Baal, un cul­to nacional estable­ci­do por medio de la influ­en­cia de Jez­abel, la esposa de Acab, el cual reinó de 874 a 853 A.C. Malde­ci­dos de esta man­era con dos for­mas de idol­a­tría — el cul­to a Jehová bajo el sím­bo­lo de los bor­re­gos y el cul­to a Baal, un cul­to mera­mente pagano — la nación se sumergió en los abis­mos de la apos­tasía de la cual nun­ca se reco­braría. Este rec­ha­zo de Jehová por el reino del norte fue acom­paña­do de la cor­rup­ción políti­ca, la deca­den­cia social, y la depravación moral, todo lo cual traía el juicio de Dios sobre la nación.

Sin embar­go, antes de que este juicio fuera lle­va­do a cabo por el Señor, Dios lev­an­tó dos pro­fe­tas, a quienes envió a denun­ciar los peca­dos de ese tiem­po y suplicar a la gente el retorno a Jehová. Amós, un pas­tor atre­v­i­do, áspero y valeroso de la ári­da región de Tecoa, al sur de Jerusalén, fue el primero (755 A.C.). El describió la condi­ción cor­rup­ta de Israel en un lengua­je vivi­do, grá­fi­co y a menudo pin­toresco. El juicio, dijo, esta­ba en su camino, y como Isaías describió más tarde, el peli­gro rep­re­sen­ta­do por Asiria, “Será cier­ta­mente espan­to el enten­der lo oído” (28:19). Amós advir­tió que los pala­cios serían saque­a­d­os (3:11) y que la gente amante del lujo que se apo­yaría en los cojines de seda de sus divanes o camas, serían tan arru­ina­dos que los que per­manecier­an podrían ser com­para­dos con dos pier­nas (de una ove­ja) o de un peda­zo de ore­ja rescata­da por un pas­tor de la boca del león (3:12). Sus casas de invier­no y ver­a­no, jun­to con sus mue­bles incrus­ta­dos de marfil, todos pere­cerían (3:15). Las mujeres de Samaria, esposas de los señores, descritas como “vacas (gana­do vac­uno) de Basán”, engor­dadas como para una car­nicería, serían reba­jadas y arro­jadas fuera de la tier­ra, con­duci­das lejos a la cau­tivi­dad con gan­chos (4:1–3). El lujo y la extrav­a­gan­cia, gana­do a expen­sas de los pobres (6:1–6), sería todo reduci­do a la nada y los que más se deleitaron serían lle­va­dos cau­tivos (6:7–11). “Por tan­to, de esta man­era te haré a ti, Oh Israel; y porque te he de hac­er esto, prepárate para venir al encuen­tro de tu Dios, Oh Israel” (4–12).

Con­tem­porá­neo de Amós, pero pro­fe­ti­zan­do unos pocos años más tarde, fue Oseas (750–725 A.C.). Al igual que Amós, Oseas era aparente­mente un nati­vo de Israel, la tier­ra a la cual él fue envi­a­do. Aunque Oseas pre­sen­ta un sen­timien­to del­i­ca­do y com­pa­si­vo hacia la nación mal­va­da y pecaminosa — pal­abras tales como “mis­eri­cor­dia” se men­cio­nan una y otra vez mien­tras él apela a la gente para que vuel­va a Jehová — de ningu­na man­era es severo en su denun­cia de la idol­a­tría de Israel, los fru­tos mal­va­dos que fueron tan evi­dentes en la vida diaria.

Oseas usó la pal­abra for­ni­cación para describir la apos­tasía de Israel frente a Jehová y a la ado­ración de los dios­es paganos. Esta pal­abra y la frase “recrearse con la ram­era”, se men­cio­nan una y otra vez. Para Oseas, toda ado­ración fal­sa era for­ni­cación espir­i­tu­al; com­para a la gente que servía a los ído­los con una ram­era que sirve a los deseos de los hom­bres por el pago que recibe.

Oseas llamó tam­bién a la nación a un tri­bunal de jus­ti­cia para ser proba­dos ante Jehová, “Porque no hay ver­dad, ni mis­eri­cor­dia, ni conocimien­to de Dios en la tier­ra” (4:1). En con­traste con lo que él no encon­tró, el pro­fe­ta señala lo que la nación mostró en todas las for­mas: “Per­ju­rar, men­tir, matar y adul­ter­ar prevale­cen, y homi­cidio tras homi­cidio se suce­den” (4:2). ¡Esto se oye notable­mente como los encabeza­dos de un per­iódi­co mod­er­no! Debido a estas condi­ciones de peca­do, “Se enlu­tará la tier­ra, y se exten­uará todo morador de ella, con las bes­tias del cam­po y las aves del cielo (4:3).

Los ído­los de Israel, hechos de pla­ta y oro a los cuales Dios los había entre­ga­do, serían cor­ta­dos jun­to con los bor­re­gos los cuales ellos for­jaron y ado­raron en Bet-el y Dan (Ose 8:4,5). “Porque sem­braron vien­to, y tor­belli­no segarán” (Ose 8:7). Jehová había escrito para Efraín, el cual rep­re­sen­ta aquí a Israel, “Le escribí las grandezas de mi ley, y fueron tenidas por cosa extraña” (8:12). Israel había olvi­da­do a su Creador y con­struyó pala­cios, y Judá mul­ti­plicó sus ciu­dades for­ti­fi­cadas — activi­dades con­trarias a la fe y a la vida sen­cil­la fidel­i­dad en Dios. Pero Dios enviaría un fuego sobre Sus ciu­dades para devo­rar sus pala­cios (8:14). La razón real del cas­ti­go impuesto por Dios fue clara­mente resum­i­do por el pro­fe­ta Oseas cuan­do dijo, “Pues has for­ni­ca­do apartán­dote de tú Dios; amaste salario de ram­era en todas las eras de tri­go” (9:1); esto era for­ni­cación espir­i­tu­al.

Debido a la cul­pa­bil­i­dad de Israel en la rebe­lión con­tra Dios, Oseas dijo, “Caerán a espa­da; sus niños serán estrel­la­dos, y sus mujeres enc­in­ta serán abier­tas” (13:16). ¿De donde ven­dría tal juicio? Jehová no dejó a la gente sin respues­ta: El lo haría cono­ci­do. Este fue el día amar­go guarda­do para ellos, pero habría un día mejor más allá de este juicio cuan­do ellos volverían a Jehová y dejarían su iniq­uidad (Cap 14).

Isaías y Miqueas pre­sen­tan clara­mente que las condi­ciones morales y espir­i­tuales en Judá fueron un poco mejor que las que tenían en Israel. Obser­vare­mos aque­l­las condi­ciones en nue­stro estu­dio de Isaías.

Mien­tras que Israel y Judá esta­ban con­sum­ién­dose en el lujo y pros­peri­dad recien­te­mente adquiri­da, había estru­en­do de invasión así como los nubar­rones de guer­ra asoma­ban ame­nazado­ra­mente en el norte y en el este. Una vez más Asiria tenía sus ojos sobre el este en tan­to que flex­ion­a­ba sus mús­cu­los mil­itares y hacía ame­nazas de con­quista mundi­al. Amós había sido especi­fi­co más de una vez al decir, “Un ene­mi­go ven­drá por todos lados de la tier­ra” (3:11) y “Una nación…que os oprim­irá des­de la entra­da de Hamat has­ta el arroyo de Ara­ba” (6:14), indi­can­do sola­mente la direc­ción des­de la cual ven­dría la aflic­ción y los lim­ites has­ta los cuales se exten­dería. Unos pocos años más tarde Oseas iden­ti­ficó especí­fi­ca­mente al adver­sario, dicien­do, “Ellos [la gente de Israel] com­erán vian­da inmun­da en Asiria” (9:3). Hablan­do del becer­ro de Bet-el dijo, “Aún será lle­va­do a Asiria como un pre­sente al rey Jareb” (10:6). En resumen, puesto que Israel había rec­haz­a­do a Jehová como su Dios y Rey, “Ellos no volverán a la tier­ra de Egip­to, sino que el asirio mis­mo será su rey, porque no se quisieron con­ver­tir” (11:5). La mis­ma pal­abra “Asiria” pro­du­jo ter­ror en los cora­zones de aque­l­los que lo oyeron, lle­van­do la mente a la nat­u­raleza ter­ri­ble de los juicios descritos por Oseas (13:16).

AsiriaMapa que corresponde a los tiempos de Isaias

Un breve resumen del surgimien­to de Asiria al poder servirá como un fon­do al libro de Isaías. Poco se conoce del peri­o­do prim­i­ti­vo de la his­to­ria de Asiria, excep­to aque­l­los datos pos­te­ri­ores a la mitad del ter­cer mile­nio A.C. Su población más antigua era cul­tural­mente infe­ri­or a la de Babilo­nia, pero supe­ri­or en energía y espíritu mil­i­tar. La his­to­ria más antigua de Asiria ya rev­ela su interés e influ­en­cia com­er­cial. Fueron estable­ci­das colo­nias com­er­ciales por don­d­e­quiera que la gente se sen­tía lo sufi­cien­te­mente fuerte debido a la pro­tec­ción de ellos. Estas colo­nias flo­recieron en el primer cuar­to del segun­do mile­nio antes de Cristo, y durante este tiem­po var­ios gob­ier­nos for­t­alecieron a la flo­re­ciente nación.[1] Parecía sin embar­go, que los asirios fueron lle­va­dos bajo el poder de la babilo­nia de Hamura­bi, el cual gob­ernó de 1728 a 1686 A.C.[2]

Durante el peri­o­do de quinien­tos años, de 1500–1000 A.C., var­ios gob­ier­nos poderosos con­tribuyeron grande­mente al desar­rol­lo de la flo­re­ciente nación. El primero en impor­tan­cia entre estos reyes y el que par­tic­u­lar­mente nos intere­sa, es Tiglath-pileser I (1116–1078 A.C.), el cual guió a la nación a nuevas alturas de poder y con­quista mil­i­tar. Su políti­ca era no mostrar mis­eri­cor­dia a sus ene­mi­gos; las noti­cias de su cru­el­dad pro­du­jo ter­ror en los cora­zones de aque­l­los a los cuales con­quistó. Esta políti­ca fue tam­bién adop­ta­da por sus suce­sores, y la cru­el­dad de Asiria llegó a ser el cas­ti­go del mun­do has­ta que su cap­i­tal, Nínive, cayó en el 612 A.C. Pero Tiglath-pileser no era sola­mente un gran guer­rero; era tam­bién un gran con­struc­tor de pala­cios, ciu­dades, y de fuertes plazas.

Con la muerte de Tiglath-pileser el poder de Asiria empezó a dec­li­nar, pero fue restau­ra­do por Ashur-dan II (932–910 A.C.) y su hijo Adad-nirari II (909–889 A.C.). Bajo el reina­do de este últi­mo fueron con­quis­tadas numerosas poten­cias. Adad-nirari con­tin­uó la políti­ca de cru­el­dad exce­si­va, no pre­sen­tan­do mis­eri­cor­dia a los pueb­los con­quis­ta­dos, incen­dian­do sus ciu­dades, decap­i­tan­do a miles, y des­ol­lan­do vivos a muchos. Cono­cer esto acer­ca de los asirios nos ayu­da a enten­der el ter­ror con el cual la pro­fecía de Oseas de los juicios inmi­nentes (13:16) deben haber afec­ta­do los cora­zones del pueblo de Israel.

El sigu­iente gob­er­nador asirio de interés a nue­stro estu­dio es Ashur-nasir-pal II (883–859 A.C.), el cual con­vir­tió a la arma­da asiria en la máquina de guer­ra mas grande cono­ci­da en ese tiem­po. Si bien era tam­bién un gob­er­nador sabio de su pueblo, era un guer­rero y un con­quis­ta­dor exce­si­va­mente cru­el, sobrepasan­do aún a su ante­cesor. Su cru­el­dad es repug­nante al corazón; es denun­ci­a­do por haber for­ma­do una torre cubier­ta con la piel de los ene­mi­gos des­ol­la­dos, ten­er empareda­dos a sus opo­nentes aban­donán­do­los a la muerte, y ten­er empal­a­dos a otro número incon­table en postes alrede­dor de la ciu­dad. Su con­quista se detu­vo en el Mar Mediter­rá­neo, en el cual cer­e­mo­ni­osa­mente lavó sus armas como con­quis­ta­dor de todo. Esto lo llevó cer­ca de la tier­ra de los hebre­os, pero no hay reg­istro de su entra­da en ella.

Su suce­sor, Shal­maneser III (859–824 A.C.), no sola­mente enfren­tó la tarea de empren­der con­quis­tas más lejanas, sino tam­bién reten­er el ter­ri­to­rio con­quis­ta­do por su padre, Ashur-nasir-pal. Sus con­quis­tas lo lle­varon más cer­ca de Israel que lo que cualquiera de sus pre­de­ce­sores había esta­do; en su pro­pio rela­to de la lucha en Qar­gar sobre el Río Orontes jus­to al noreste de Hamat, proclam­a­ba ten­er der­ro­ta­dos a veinte reyes. Entre ellos se con­ta­ban Acab de Israel y Ben­hadad de Dam­as­co.[3] El hecho es que Shal­maneser no sigu­ió ade­lante en esta vic­to­ria, y que aban­donó su min­u­ciosi­dad en cuestión. La batal­la era prob­a­ble­mente una atrac­ción.

Escri­bi­en­do de un peri­o­do pos­te­ri­or (781–746 A.C.), Schwantes dice, “Asiria sufrió otro peri­o­do de debilidad…una causa que con­tribuyó a la impo­ten­cia asiria esta vez era una pla­ga ter­ri­ble la cual dev­astó al país.”[4] Fue tam­bién durante esta época que Dios envió a Jonas a Nínive para predicar a esa ciu­dad pagana. Nadie duda de este peri­o­do de debil­i­dad asiria, uni­da con la pla­ga, con­tribuyeron a la bue­na dis­posi­ción con la cual tan­to el rey como el pueblo de Nínive atendiera el men­saje de Jonas.

En 745 A.C. un gen­er­al asirio se sub­levó y usurpó el trono, llamán­dose a si mis­mo Tiglat-pileser III, según el nom­bre de uno de los primeros grandes gob­er­nantes. El reinó de 745 a 727 A.C., y es en este pun­to de la his­to­ria de Israel y de Judá que tiene con­tac­to con Asiria, con una con­se­cuen­cia más sig­ni­fica­ti­va para el pueblo de Dios. Durante su reina­do, Tiglat-pileser III empezó la con­quista del norte de Israel y de Samaria. El juicio anun­ci­a­do por los pro­fe­tas esta­ba aho­ra en su camino.

La gente de Israel había escucha­do a los pro­fe­tas, los cuales envió Dios, la destruc­ción podría haber sido evi­ta­da. De hecho, en Judá un número sufi­ciente escuchó a los pro­fe­tas Isaías y Miqueas. Aten­di­en­do a sus men­sajes e influ­en­ci­a­dos por el buen rey Eze­quías, Judá evitó la cau­tivi­dad en este tiem­po.

Aho­ra parece evi­dente que Tiglat-pileser III es el Pul de la his­to­ria bíbli­ca — “Pul el rey de Asiria” a quien Man­a­hem pagó trib­u­to (2 Rey 15:19). Sin embar­go se sus­ci­ta una duda por la obser­vación de los cro­nistas de que “El Dios de Israel excitó el espíritu de Pul rey de los asirios, y el espíritu de Tiglat-pileser rey de los asirios” (1 Crón 5:26). ¿O eran estos dos reyes difer­entes, o son dos nom­bres para el mis­mo rey? Krael­ing dice que la iden­ti­dad de Pul como Tiglat-pileser fue estable­ci­da hace mucho tiem­po por las inscrip­ciones cuneiformes “las cuales mostra­ban que Pul (Pulu) era el nom­bre que se le dio como rey de Babilo­nia”.[5] Las ano­ta­ciones libres de la tra­duc­ción de Joseph Horner, “Y el Dios de Israel excitó el espíritu del rey Pul de Asiria, al igual que a Tiglat-pileser rey de Asiria, y los llevó (sin­gu­lar) lejos”, indi­can­do entonces que los dos nom­bres se refieren a un solo rey.[6]

Tiglat-pileser y los tres reyes que lo sucedieron afec­taron grande­mente la his­to­ria de Israel y de Judá. Estos reyes y su relación con Israel y Judá serán detal­la­dos en for­ma más amplia en el con­jun­to de este libro. Los cua­tro reyes asirios y los años de su gob­ier­no son:

Tiglat-pileser III, 745–727 A.C.

Shal­maneser V, 727–722 A.C.

Sargón II, 721–705 A.C.

Sena­que­rib, 705–681 A.C.

Tiglat-pileser III empezó la con­quista de Israel lle­van­do en cau­tivi­dad parte de las tribus del norte de Zab­ulón y de Nef­talí (Isa 9:1,2). Cuan­do fue siti­a­do por las fuerzas com­bi­nadas de los Reyes de Peka de Israel y del rey Rezin de Siria, el rey Acaz de Judá “envió emba­jadores a Tiglat-pileser rey de Asiria, dicien­do: Yo soy tu sier­vo y tu hijo; sube, y defién­deme de la mano del rey de Siria, y de la mano del rey de Israel” (2 Rey 16:7). El rey de Asiria respondió de bue­na gana a esta peti­ción, aunque a un alto cos­to para Judá y Acaz.

Shal­maneser V, otro gen­er­al mil­i­tar, sucedió a su padre Tiglat-pileser en el trono de Asiria y empezó el ase­dio con­tra Samaria lo cual resultó en la caí­da de la ciu­dad. Hay sin embar­go una pre­gun­ta, y con­siste en si la ciu­dad cayó bajo su direc­ción en el ase­dio y antes de su muerte, o bajo la direc­ción de su suce­sor, Sargón II. Esta pre­gun­ta lev­an­ta una segun­da: ¿Samaria cayó bajo los asirios en 722 o 721 A.C.? En un rela­to de sus cróni­cas, Sargón recla­ma que él destruyó la ciu­dad. Tam­bién de acuer­do a su reg­istro, 27290 israeli­tas fueron depor­ta­dos a Asiria, mien­tras que los cau­tivos de otras ciu­dades fueron lle­va­dos a la tier­ra con­quis­ta­da de Israel. Estos recién lle­ga­dos y los israeli­tas que per­manecieron allí se casaron entre ellos; los samar­i­tanos de los días de Jesús fueron sus descen­di­entes. Se ha sug­eri­do que Sargón pudo haber sido el gen­er­al que dirigió el ase­dio en los últi­mos días del sitio. El entonces clamó el hon­or de su con­quista cuan­do Shal­maneser murió. De cualquier for­ma podemos con­cluir que Samaria cayó cer­ca de finalizar el 722 o al empezar el 721. La pro­fecía de Oseas fue entonces dramáti­ca­mente cumpl­i­da.

A la muerte de Sargón (705 A.C.), su hijo Sena­que­rib heredó el trono. Es descrito por los his­to­ri­adores como un tal­en­toso coman­dante mil­i­tar pero de un carác­ter arro­gante, lo cual inspiró el odio de todos. Real­mente, así llevó a sus hijos a que lo mataran mien­tras que esta­ba ado­ran­do en la casa de su dios (Isa 37:38). Fue Sena­que­rib el que sitió a Jerusalén (701 A.C.) sola­mente para ten­er 185,000 de sus hom­bres destru­i­dos por Jehová a las puer­tas de la ciu­dad (Isa 37:36).

Antes de la invasión de cualquiera de estos reyes, Dios lev­an­tó a Amós y a Oseas a predicar en Israel, y a Isaías (740–700 A.C.) y a Miqueas (735–700 A.C.) para procu­rar regre­sar a Judá hacia El mis­mo. Isaías pare­ció haber hecho su pred­i­cación en Jerusalén, mien­tras que Miqueas, algu­nas veces lla­ma­do el pro­fe­ta de la vil­la o del cam­po, con­fin­a­ba sus esfuer­zos en gran parte de las ciu­dades más pequeñas al noreste y sud­este de Jerusalén.

En el 612 A.C. la cap­i­tal asiria de Nínive cayó ante los babilo­nios, los cuales fueron ayu­da­dos por los medos. La batal­la final entre los asirios y los babilo­nios fue dis­puta­da en Harán (609 A.C.), lle­van­do al fin de una de las naciones más cru­eles de la his­to­ria. La caí­da de Nínive es grá­fi­ca­mente descri­ta en la pro­fecía de Nahum. Se recono­cen sin embar­go las aporta­ciones de los asirios, ya que ellos sirvieron como un Esta­do más puli­do a las de la ame­naza de invasión de las hor­das bár­baras del norte y que ellos fomen­taron el desar­rol­lo de la arqui­tec­tura, de cier­tas cien­cias, la lit­er­atu­ra y la escul­tura. La trage­dia de su civ­i­lización era que sus avances más grandes fueron en las artes mil­itares, las cuales fueron usadas para la con­quista y la destruc­ción despi­ada­da de los pueb­los cer­canos.

Isaías, el hom­bre

Fue en el cen­tro de esta expe­ri­en­cia de tiem­pos incier­tos y de dis­tur­bio inter­na­cional en el cual cre­ció Isaías. El rey Uzías, uno de los mejores gob­er­nantes que reinó en Judá, dio una direc­ción hábil al pueblo, impul­san­do el com­er­cio, la agri­cul­tura, la explotación de los recur­sos nat­u­rales de la tier­ra y pro­gra­mas de con­struc­ción. Sin embar­go, como se indicó ante­ri­or­mente, su pros­peri­dad lo llevó a la cor­rup­ción que acom­paña a una ciu­dad pros­pera. La asposta­sia reli­giosa y la ado­ración de ído­los fueron acom­paña­dos por una cor­rup­ción políti­ca, cod­i­cia, rela­jamien­to social y deca­den­cia moral. Isaías, un hom­bre de carác­ter fuerte, con pro­fun­da fe en Dios, cora­je y con­vic­ción, fue el hom­bre al cual escogió en ese momen­to para lle­var la antor­cha de la ver­dad en medio de la oscuri­dad espir­i­tu­al. Hábil para tratar en cualquier clase, Isaías era efec­ti­vo en los cír­cu­los de sociedad, entre fal­sos ído­los reli­giosos y entre la gente común. El tuvo la mis­ión de hac­er volver a la gente hacia Jehová, advir­tien­do de ese modo la cau­tivi­dad en manos de los asirios. El demostró la ver­dad de este lla­ma­do. Jan Vale­ton, el más joven, dice de él: “Tal vez nun­ca ha habido otro pro­fe­ta como Isaías, el cual se pararía con su cabeza en las nubes y sus pies en la tier­ra sól­i­da, con su corazón en las cosas de la eternidad y su boca y sus manos en las cosas del tiem­po, con su espíritu en el con­se­jo eter­no de Dios y su cuer­po en el muy definido momen­to de la his­to­ria”.[7]Ver­dadera­mente, Isaías puede ser lla­ma­do el decano de los pro­fe­tas.

Poco se conoce de la vida per­son­al de Isaías. Lo que cono­ce­mos se deri­va del libro el cual lle­va su nom­bre y una pocas ref­er­en­cias en los libros históri­cos de la Bib­lia. Su nom­bre sig­nifi­ca “la sal­vación del Señor”, e indi­ca que su mis­ión era diri­gir a la gente al Señor, la úni­ca fuente de sal­vación. Sabe­mos que esta­ba casa­do y que su mujer era pro­fe­ti­za (Isa 8:3). Tuvo los menos dos hijos los cuales tenían nom­bres proféti­cos. Sear-Jasub (“un rema­nente volverá”), el may­or tenía la sufi­ciente edad para acom­pañar a su padre cuan­do se reunió con el rey Acaz al extremo del acue­duc­to del estanque de arri­ba (7:3). El nom­bre del segun­do hijo de Isaías era Maher-Salal-Has­baz (“El despo­jo se apresura, la pre­sa se pre­cipi­ta”, 8:3).

Todos los pro­fe­tas de Dios hablarían en relación con sus tiem­pos; ellos no hablaron o escri­bieron en for­ma abstrac­ta. Ellos tratarían con situa­ciones de la vida real y escri­bieron antes que nada, de su propia gen­eración, pero tam­bién a las gen­era­ciones que los sucedieron, la gente de todas las épocas las cuales pueden encar­ar situa­ciones económi­cas, políti­cas y morales sim­i­lares. Aunque se dirigió a sí mis­mo a los judíos de ese momen­to, Isaías puede ser lla­ma­do el pro­fe­ta del futuro, porque con­stan­te­mente apun­ta los even­tos que ven­drían. El ten­so futuro y el per­fec­to proféti­co, a los que se refieren como even­tos que ven­drían como si hubier­an ya ocur­ri­do, car­ac­ter­i­zan­do sus escritos des­de el prin­ci­pio has­ta el fin. El vio clara­mente el futuro de Judá, la destruc­ción de las naciones paganas, y el adven­imien­to de un Rey, el Mesías, el cual gob­ernaría con rec­ti­tud.

Del mis­mo libro apren­demos que Isaías no era sola­mente un pro­fe­ta sino tam­bién un gran estadista de una agu­da com­pren­sión de los asun­tos del mun­do de sus días. Se dice que Edmund Burke, el gran estadista inglés del siglo diecio­cho, habit­ual­mente leía sobre Isaías antes de asi­s­tir al Par­la­men­to y tuvo al pro­fe­ta en la más alta esti­mación. El pro­fe­ta fue con­se­jero de reyes, ponién­dose en un niv­el igual antes Dios y no temien­do con­denar los errores y señalar lo cor­rec­to. No sola­mente fueron tratadas estas condi­ciones inter­nas, jun­to con el poder cre­ciente de Asiria, sino que esta­ba tam­bién el prob­le­ma de Egip­to, el gran coco­dri­lo del sud­este, el cual esta­ba deter­mi­na­do a no renun­ciar a su pasa­da dom­i­nación mundi­al sin esforzarse. Esto llevó al desar­rol­lo de tres partes políti­cas en Judá durante el tiem­po de Isaías: la parte egip­cia, la cual abo­ga­ba por una alian­za con Egip­to en con­tra de Asiria; una parte asiria, la cual podría capit­u­lar a Asiria; y una parte de “Jehová” o nacional­ista guia­da por Isaías, el cual dirigió la leal­tad hacia el Señor como el úni­co camino a la sal­vación.

Isaías fue asimis­mo un gran refor­mador el cual con­denó los errores de la gente y apun­tó a Jehová como la fuente de toda con­duc­ta cor­rec­ta. Era sola­mente retor­nan­do a Jehová, rec­hazan­do toda idol­a­tría, y con­struyen­do sobre la roca sól­i­da de la ver­dad tal y como fue rev­e­la­da por Dios, que Judá podría evi­tar la destruc­ción. Los ído­los, la cor­rup­ción en el dominio políti­co, y la inmoral­i­dad de todo tipo debía ale­jarse. La gente debería apren­der a “esper­ar en Jehová”, per­mi­tién­dole a El diri­gir­los en lugar de escuchar las voces de sus fal­sos líderes.

Como teól­o­go (si pudiéramos usar la pal­abra con respec­to a su estu­dio y com­pren­sión de la nat­u­raleza ver­dadera y del carác­ter de Dios), Isaías fue sin igual. El vio al Señor como a un Rey, alto y exal­ta­do sobre toda creación y abso­lu­to en san­ti­dad y rec­ti­tud, y con­stan­te­mente enfa­tizó el con­trol de Jehová sobre las naciones y su des­ti­no. Las pal­abras rec­ti­tud y jus­ti­cia, los prin­ci­p­ios sobre los cuales Dios actúa siem­pre, ocur­ren repeti­da­mente en el men­saje de Isaías. El carác­ter ver­dadero y la nat­u­raleza de Dios serían rev­e­la­dos en la veni­da de Emmanuel (“Dios con nosotros”). Los con­cep­tos exal­ta­do y sub­lime de Jehová los cuales serían rev­e­la­dos en el que ven­dría es el pen­samien­to pre­dom­i­nante y lo que se enfa­ti­za en el libro. Si bien todo lo de los pro­fe­tas, los cuales escri­bieron en los días pos­te­ri­ores y de los even­tos de ese perío­do dijeron y pre­sen­taron cier­tos aspec­tos del Mesías que ven­dría, Isaías tuvo con mucho una visión más pro­fun­da y un con­cep­to más claro del Reden­tor. Este con­cep­to no sig­nifi­ca que no este de acuer­do con los otros pro­fe­tas, sino sim­ple­mente se hace notar que Dios dis­tin­guió a Isaías para ese propósi­to y así lo inspiró (1 Ped 1:10–12; 2 Ped 1:21).

Por 2a. de Cróni­cas sabe­mos que en for­ma adi­cional a su pro­fecía, Isaías escribió un rela­to de los hechos de Uzías; aparente­mente estos hechos no se rela­tan de nue­vo en los libros históri­cos de la Bib­lia ni en el libro rela­ciona­do con los nom­bres de los pro­fe­tas (2 Crón 26:22). Tam­bién sabe­mos que Isaías recordó una “visión” en la cual detal­ló “el resto de los hechos de Eze­quías, y sus bue­nas acciones” (2 Crón 32:32). No ten­emos un rela­to de la muerte de Isaías; ninguno de nosotros sabe­mos si vivió más allá del tiem­po de Eze­quías y den­tro del perío­do del reina­do de Man­asés. Hay una tradi­ción que dice que fue aser­ra­do bajo la orden de Man­asés. Esto se basa prin­ci­pal­mente sobre un libro apócri­fo, La Ascen­sión de Isaías. Además, Justi­no Már­tir en su diál­o­go con Tri­fo cen­sura a los judíos con la acusación “a quien [a Isaías] ust­edes aser­raron en una sier­ra de madera”.[8] Pero no hay una evi­den­cia sól­i­da de esto. Aún cuan­do nos gus­taría cono­cer más detalles de la vida per­son­al de Isaías, ellos no han sido rev­e­la­dos. En lugar de ello, el pro­fe­ta puso su aten­ción sobre “El San­to de Israel” y Su con­trol del des­ti­no de los hom­bres y de las naciones. Por lo menos sabe­mos que muerte de Isaías fue más feliz que las de la may­oría de los pro­fe­tas, pues vivió para ver el fru­to de sus labores — la mano de Dios evitó a Su pueblo ser der­ro­ta­dos por los asirios.

Isaías, el libro

Debido al número de capí­tu­los, el libro de Isaías es gen­eral­mente con­sid­er­a­do el más largo de todos los libros proféti­cos; pero pági­na por pági­na (en la ASV), es lig­era­mente más cor­to que Jere­mías y aprox­i­mada­mente equiv­a­lente a Eze­quiel. El con­tenido del libro no está siem­pre en orden cronológi­co, algo que en oca­siones pre­sen­ta difi­cul­tades al estu­di­ante. Por ejem­p­lo, el lla­ma­do del pro­fe­ta a su tra­ba­jo aparece en el capí­tu­lo 6 en lugar de hac­er­lo al ini­cio del libro. Una expli­cación ade­cua­da para esto podría no ser posi­ble, pero en el momen­to ade­cua­do hare­mos lo posi­ble por expli­car­lo. Es bas­tante posi­ble que los temas en el libro podrían haber sido escritos en sec­ciones de acuer­do al asun­to trata­do y reunidos más tarde den­tro del todo. Hay que recor­dar que el pro­fe­ta pro­fe­tizó sobre cir­cun­stan­cias vari­ables alrede­dor de un peri­o­do de cuarenta años.

Uno de los pun­tos fuertes del libro es su énfa­sis sobre la sal­vación por fe, pero era sobre las bases de la fe en Dios que la gente sería sal­va­da de sus deli­tos y de sus con­se­cuen­cias. George L. Robin­son llamó al libro la Epís­to­la de los Romanos del Antiguo Tes­ta­men­to, y esto bien describe su men­saje. El pueblo era urgi­do y ani­ma­do a esper­ar por el Señor, a esper­ar fer­vien­te­mente, a esper­ar, a esper­ar con fe.

El libro énfa­ti­za tam­bién que el Mesías traería a los Gen­tiles jun­to con los Judíos. La veni­da de alguien que sería una luz, trayen­do sal­vación a los pueb­los de todas las naciones. Tan­to Judíos como Gen­tiles serían parte de un gran reino espir­i­tu­al, uni­ver­sal en su alcance, gob­er­na­do por un Rey de rec­ti­tud. El por que los Judíos no podrían ver y acep­tar este gran propósi­to de Jehová tal y como es asen­ta­do más ade­lante por Isaías y cumpli­do en el Cristo que ven­dría ha sido un gran mis­te­rio. El pro­fe­ta sin embar­go, tuvo una expli­cación para ello: los Judíos cer­raron sus ojos, taparon sus oídos, y endurecieron sus cora­zones de tal man­era que ellos no pudieron acep­tar la ver­dad.

La pater­nidad úni­ca del libro de Isaías ha sido poco ata­ca­da por los críti­cos a través de un siglo; algunos excla­man que fueron dos Isaías (el escritor de los capí­tu­los 1–39 y el escritor de los capí­tu­los 40–66), algunos que tres, y otros dicen que el libro es una com­posi­ción de numerosos escritores descono­ci­dos. No está den­tro del alcance o de la nat­u­raleza de este vol­u­men entrar en una dis­cusión de esta cuestión, pero bas­ta decir que todos los eru­di­tos con­ser­vadores y que la evi­den­cia de los críti­cos no es con­clu­si­va. Robin­son apun­ta el hecho de que la expre­sión “el San­to de Israel” se men­ciona vein­ticin­co veces (actual­mente vein­tiséis) en Isaías, doce veces en los capí­tu­los 1–39, trece (actual­mente catorce) veces en los capí­tu­los 40–66, y sola­mente seis veces en otras partes.[10] En ninguno de los vein­tiún pasajes del Nue­vo Tes­ta­men­to donde el escritor o comen­tarista cita a Isaías y apela al pro­fe­ta por nom­bre, no hay ningu­na difer­en­cia o sospecha de que más de un Isaías haya escrito el libro rela­ciona­do con ese títu­lo. Que las citas del Nue­vo Tes­ta­men­to son sacadas de ambas divi­siones del libro es un tes­ti­mo­nio efec­ti­vo de su unidad. En resumen, el man­u­scrito com­ple­to de Isaías des­cu­bier­to en Qum­ran en 1947 y acep­ta­do por todos los eru­di­tos (has­ta donde sé), y que data del segun­do siglo antes de Cristo, no hace división entre los capí­tu­los 39 y 40. Esta es una fuerte evi­den­cia de que los que tran­scri­bieron tuvieron conocimien­to de un solo autor del libro. La sec­ción históri­ca, capí­tu­los 36–39, sirve como una con­clusión de la primera sec­ción del libro y como intro­duc­ción a la segun­da, unien­do de esta man­era a las dos. Acep­to y defien­do la unidad del autor de Isaías.

Alcance del Libro

Isaías fue el hom­bre del momen­to. Edu­ca­do en la ciu­dad de Jerusalén durante el próspero reina­do de Uzías, esta­ba com­ple­ta­mente famil­iar­iza­do con las condi­ciones políti­cas y sociales de su tiem­po. No sola­mente tenía una pro­fun­di­dad espir­i­tu­al y una com­pren­sión del carác­ter ver­dadero de Jehová como muy pocos hom­bres han lle­ga­do a poseer, sino que tam­bién tuvo una com­pren­sión amplia del movimien­to históri­co de su tiem­po. El pro­fe­ta observó como el poderoso impe­rio asirio, des­ti­na­do a con­ver­tirse en el azote de la tier­ra, se extendía a través del mun­do de aque­l­los días y arro­jaría su ame­nazado­ra som­bra sobre las naciones.

Den­tro de su pro­pio reino, Isaías vio los resul­ta­dos de la apos­tasía ante Dios: la deca­den­cia políti­ca, moral y social. El vio a Asiria, una nación lejana, como el instru­men­to de la mano de Dios para purificar a su pueblo en un inten­to de sal­var un rema­nente. Isaías empezó su pro­fecía con una descrip­ción de la apos­tasía de Judá, el lla­ma­do de Dios a venir y a razonar jun­tos, y Su ofrec­imien­to de perdón (capí­tu­lo 1). Esto fue segui­do por una visión de los días pos­te­ri­ores en los cuales el ide­al de Dios para Su ciu­dad de Sion sería real­iza­do (2:1–4). Inmedi­ata­mente volvería a trazar la condi­ción pre­sente de Judá, el pro­fe­ta denun­ció a los gob­er­nantes y a los jue­ces impíos, a los fal­sos pro­fe­tas y a las mujeres atavi­adas, los cuales con­tribuyeron con su parte a la inmoral­i­dad de la nación (2:5–4:1). Pero no siem­pre sería de esta man­era; a través de los efec­tos de purifi­cación del juicio de Dios even­tual­mente habría un rema­nente purifi­ca­do el cual se rego­ci­jaría en El (4:2–6). Isaías pro­cedió entonces a pro­nun­ciar ayes sobre var­ios seg­men­tos de la sociedad y a adver­tir sobre el juicio inmi­nente (capí­tu­lo 5). En este pun­to leemos sobre la muerte de Uzías, el pro­fe­ta recibió su lla­ma­do de Jehová para lle­var el men­saje de Dios de ruina y de esper­an­za a la gente (capí­tu­lo 6).

Hubo en Judá tan­to buenos como mal­os gob­er­nantes, pero aún entre los mejores hubo serias fal­tas. David cometió adul­te­rio, y entonces fue lle­va­do a cubrir su peca­do por el asesina­to. Salomón, el rey sabio que gob­ernó en paz, había intro­duci­do a la nación a la idol­a­tría y a lev­an­tar altares a los dios­es de sus difer­entes esposas. Uzías, uno de los mejores reyes de Judá, había sido induci­do por orgul­lo a entrar al san­tu­ario y a que­mar incien­so a Jehová, un acto lim­i­ta­do por la ley sola­mente a los sac­er­dotes.

Aún Eze­quías, en algu­nas cosas uno de los mejores reyes, era atraí­do a apo­yarse en Egip­to en lugar de hac­er­lo en Jehová para ayu­darse con­tra Asiria. Pos­te­ri­or­mente se per­mi­tió a sí mis­mo ser lle­va­do por la sober­bia a pre­sen­tar sus tesoros a los emba­jadores envi­a­dos para con­grat­u­larse sobre su recu­peración de la enfer­medad. Por este peca­do de Eze­quías, Judá sería lle­va­da a la cau­tivi­dad en Babilo­nia en algu­na fecha futu­ra (Isaías 39).

A la luz de estos errores por parte de los reyes que gob­ernaron sobre la gente de Dios, Isaías anun­ció que el Señor ele­varía un Rey el cual gob­ernaría con rec­ti­tud. Esto lle­ga a ser el mejor tema de Isaías (capí­tu­los 7–12). El Rey nac­ería de una vir­gen, una señal para la casa de David (capí­tu­lo 7); este even­to sería pre­ce­di­do por el cas­ti­go de los asirios (capí­tu­lo 8), trayen­do tinieblas a Israel. Pero even­tual­mente a aque­l­los a los cuales colocó en las tinieblas verían la luz, la luz de un nue­vo Rey, reino y glo­ria (9:1–7). Juicios severos son entonces pro­nun­ci­a­dos acer­ca de Efraín y de Judá (9:8–10:4); Estos son segui­dos por el anun­cio de que Asiria invadirá la tier­ra y la destru­irá (10:5–34). El pro­fe­ta alcan­za el clí­max con las pro­fecías de la veni­da del Vásta­go de la raíz de Isaí y Su reina­do (capí­tu­lo 11) y una can­ción de acción de gra­cias (capí­tu­lo 12).

Antes de la veni­da de este Rey espir­i­tu­al y Su reino, todas las naciones paganas de ese tiem­po, des­de la más grande has­ta la más pequeña, deberían ser juz­gadas y lle­vadas a un fin (capí­tu­lo 13–23). Con su destruc­ción el reino de Dios sobre­sal­dría de todos como el más glo­rioso. Esta procla­mación del juicio de las naciones paganas es segui­do por una pro­fecía de juicio mundi­al; Jehová es de nue­vo rev­e­la­do como Juez de las naciones y espe­cial­mente de la gran ciu­dad mundi­al, la cual sería aban­don­a­da a la ruina y a la des­o­lación. Esto delin­ea la caí­da de la Babilo­nia de Apoc­alip­sis 17 y 18. En este juicio mundi­al Jehová pro­te­gería a aque­l­los los cuales pusieron su con­fi­an­za en El (capí­tu­los 24–27). A Efraín, a Judá y a Jerusalén son dadas más adver­ten­cias y ame­nazas de Jehová, con énfa­sis espe­cial sobre el peli­gro de alian­zas con Egip­to. Hay pro­tec­ción sin embar­go, de la gra­cia even­tu­al de Jehová reinan­do sobre Su pueblo (capí­tu­los 28–33). Los futur­os de Edom (sím­bo­lo del mun­do) y de Sion (sím­bo­lo del pueblo espir­i­tu­al) son entonces con­trasta­dos (capí­tu­los 34 y 35). La primera de las dos partes may­ores de Isaías cier­ra con una sec­ción históri­ca. La inter­ven­ción div­ina frus­tra los esfuer­zos de Asiria para tomar Jerusalén. ¡ La fe gana la batal­la ! Esto es segui­do por el rela­to de la enfer­medad de Eze­quías y su recu­peración y la pre­sentación de los tesoros del reino a los men­sajeros de Mero­dac-bal­adán con lo cual Jehová pro­nun­cia que Judá será lle­va­da a Babilo­nia (capí­tu­los 36–39).

Con la vic­to­ria sobre Asiria y el ase­gu­ramien­to por Jehová de la cau­tivi­dad en Babilo­nia en una fecha futu­ra, el tra­ba­jo del pro­fe­ta era aho­ra preparar al pueblo para la cau­tivi­dad y ase­gu­rar­les el retorno de un rema­nente. La segun­da parte may­or del libro es el reg­istro de esta fase del tra­ba­jo de Isaías. El pro­fe­ta entra den­tro de una guer­ra con tesón con­tra los ído­los, fijan­do en ade­lante al Señor como una sola dei­dad (capí­tu­los 40–48). El nom­bró a Ciro el lib­er­ta­dor por medio del cual Dios los lev­an­taría (44:28–45:7). En medio de las pal­abras de alien­to, el ase­gu­ramien­to de lib­eración, las indi­ca­ciones de la inclusión de los Gen­tiles en el Plan de Dios, y las can­ciones del Mesías-Sier­vo el cual esta­ba por venir, Isaías dio garan­tías a las con­se­cuen­cias de los peca­dos más lejanos con­tra Jehová. Con la veni­da del Sier­vo apare­cería tam­bién Su glo­rioso reino, el cual se exten­dería mucho más allá de las fron­teras del primero (capí­tu­los 49–57). De nue­vo la Sion glo­riosa es descri­ta y la sal­vación es ase­gu­ra­da. El viejo orden pasaría y habría bue­nas nuevas y una nue­va tier­ra donde, después de una vic­to­ria com­ple­ta, los san­tos con­tem­plarían los cuer­pos muer­tos de sus ene­mi­gos (capí­tu­los 58–66).

Entonces fue dado a Isaías ver la tier­ra de Dios en la cuestión de su día y con­tem­plar­lo resolvien­do su propósi­to en la his­to­ria. A través de juicio sobre juicio, como una onda sigue a otra onda, el pro­fe­ta fue capaz de ver un rema­nente de san­tos fieles emergien­do, purifi­ca­dos, a través de los cuales Jehová traería ade­lante a Su Rey jus­to, Emmanuel (“Dios con nosotros”), y Su Reino inde­struc­tible el cual llenaría la tier­ra de mar a mar. La veni­da del Sier­vo-Rey y Su reino, un even­to el cual llenaría per­fec­ta­mente la pro­fecía de Isaías, man­tenién­dose como un Gibral­tar de evi­den­cia soste­nien­do la Pal­abra de Dios y como una con­de­nación eter­na de los judíos que rehusaron creer, y de los Gen­tiles que rehusaron escuchar.


[1] Siegfried J. Schwantes, A Short His­to­ry of the Ancient Near East (Grand Rapids: Bak­er, 1965), chs. 18–20.

[2] Joseph P. Free, Archae­ol­o­gy and Bible His­to­ry (Wheaton, Ill.: Van Kam­p­en, 1950), p. 33, n. 54, ver tam­bién pág. 81.

[3] George A. Bar­ton, Archae­ol­o­gy and the Bible His­to­ry, 7th. Ed. (Philadel­phia: Amer­i­can Sun­day-School, 1937),

pág. 458.

[4] Schwantes, Short His­to­ry, p. 122.

[5] Emil G. H. Kre­al­ing, Rand McNal­ly Bible Atlas (Chica­go: Rand McNal­ly, 1957), pág. 294.

 

[6] Free, Archae­ol­o­gy, pág. 196.

 

[7] Cita­do en George L. Robin­son, The Book of Isa­iah (Grand Rapids: Bak­er, 1954 reprint), pág. 22.

[8] Justi­no Már­tir Dia­logue with Trypho 120, en Ante Nicene Fathers (New York: Scrib­n­er, 1903), vol. 1, p. 259.

[9] Robin­son, Isa­iah, p. 14.

[10] Ibid. Sobre este pun­to de la unidad el estu­di­ante debe estu­di­ar intro­duc­ciones con­ser­vado­ras. Son sug­eri­dos dos libros cor­tos: Oswald T. Allis, The Uni­ty of Isa­iah (Philadel­phia: Pres­by­ter­ian and Reformed, 1950); Edward J. Young, Who Wrote Isa­iah? (Grand Rapids: Eerd­mans, 1958).

Intro­duc­ción

Enhanced by Zemanta