Recien­te­mente he tenido ocasión de oír per­sonas que yo esti­mo con­fe­sar que se sien­ten indig­nos.  Y en ver­dad, ha habido oca­siones que tam­bién yo he sen­ti­do eso de mi mis­mo.  Si soy hon­esto, libre­mente con­fieso que fal­to muy lejos en ser la per­sona que anh­elo ser.  Con el após­tol Pablo en Romanos 7, yo tam­bién declaro que muchas veces hago el mal que no quiero hac­er, y el bien que quiero, no lo hago.  Eso me hace un pecador repet­i­ti­vo y en las pal­abras del após­tol Pablo, una per­sona “mis­er­able.”

 

Yo sospe­cho que muchos luchamos o hemos lucha­do con este sen­timien­to.  Algunos luchamos con este sen­timien­to todas nues­tras vidas.  Como padres, a menudo sen­ti­mos que no hemos hecho buen tra­ba­jo – sen­ti­mos que no hemos hecho lo sufi­ciente.  Y como mari­dos o esposas, tam­bién suf­rimos esta tor­tu­ra.  Hace­mos algo necio o las­ti­mamos a nue­stro cónyuge de algu­na man­era, y sen­ti­mos que nue­stro mejor sim­ple­mente no es sufi­ciente.

 

La indig­nidad tam­bién nos afec­ta en nue­stro ser­vi­cio espir­i­tu­al.  Cuan­do las cosas no resul­tan como esperábamos o queríamos, sen­ti­mos que nun­ca podremos ser bas­tante com­pe­tentes.  Hay mucha gente que se ha descal­i­fi­ca­do de servir a Dios porque pien­san que no son sufi­ciente buenos; por algo que han hecho en el pre­sente o en el pasa­do.

 

Los psicól­o­gos prob­a­ble­mente le dirían que sen­timien­tos de desmerec­imien­to no son salud­ables.  Los hom­bres a menudo gas­tan mucho esfuer­zo en tratar de con­vencer­nos de echar fuera sen­timien­tos de despres­ti­gio – que esos sen­timien­tos nos detienen de max­i­mizar nue­stro poten­cial humano.  Pero mi propósi­to en este estu­dio no es max­i­mizar su poten­cial humano.

 

La Bib­lia clara­mente enseña que el poten­cial humano es pecaminoso y cor­rup­to, por cuan­to los designios de la carne son ene­mis­tad con­tra Dios, porque no se suje­tan a la Ley de Dios, ni tam­poco pueden; y los que viv­en según la carne no pueden agradar a Dios.” (Romanos 8:7–8).  La real­i­dad del asun­to es que ten­emos bue­na razón por sen­tirnos indig­nos.  Cubrien­do nue­stros peca­dos e imper­fec­ciones con una capa fini­ta de autoes­ti­ma sim­ple­mente no cor­rige el prob­le­ma.

 

La úni­ca man­era de poder enten­der nue­stro con­flic­to a fon­do nece­si­ta­mos primero enten­der que hay una base bíbli­ca por nue­stros sen­timien­tos de indig­nidad.  El após­tol Pablo escribió, por cuan­to todos pecaron y no alcan­zan la glo­ria de Dios.” (Romanos 3:23).  El pasaje dice “no alcanzan la glo­ria de Dios” en ten­so pre­sente.  No es algo que era ver­dad en un tiem­po y después se cor­rigió, sino es algo que sigue sien­do ver­dad.  Por más que hag­amos siem­pre cae­mos cor­tos de la expec­ta­ti­va – eso es ser humano.

 

Todo el mun­do es cul­pa­ble de no ser per­fec­to.  Job era un hom­bre intach­able, rec­to, temeroso de Dios y aparta­do del mal, sin embar­go declaro, “¿Qué es el hom­bre para que sea puro, o el naci­do de mujer para que sea jus­to?  He aquí, Dios no con­fía en sus san­tos, y ni los cie­los son puros ante sus ojos; ¡cuán­to menos el hom­bre, un ser abom­inable y cor­rompi­do, que bebe como agua la iniq­uidad!” (Job 15:14–16). 

 

San­ti­a­go, que era medio her­mano del Señor, escribió, Porque todos tropezamos de muchas man­eras…” (San­ti­a­go 3:2).  Y el após­tol Juan dijo, Si dec­i­mos que no ten­emos peca­do, nos engañamos a nosotros mis­mos…” (1 Juan 1:8).  Y nosotros no somos mejores que ellos.  Todos hemos men­ti­do.  Todos hemos tenido mal­os pen­samien­tos.  Hemos roba­do, engaña­do, sido infieles, ingratos y…pues, imper­fec­tos por todo el tiem­po que hemos vivi­do.  No podemos evi­tar­lo – es parte de lo que somos. 

 

Para algunos es una parte más grande que otros; pero el pun­to es que todos somos per­sonas caí­das.  Y no impor­ta que tan fuerte trate­mos de hac­er el bien, de ser buenos y de influir a otros a hac­er y ser lo mis­mo, sim­ple­mente no hay man­era de vivir sin hac­er errores.

 

Las acciones más san­tas del san­to más con­sagra­do que haya vivi­do están todas más o menos llenas de defec­tos e imper­fec­ciones.  Las obras más con­sagradas del ser humano son o mal en su moti­vo o defec­tu­osas en su prác­ti­ca.  Las obras más esplen­di­das del hom­bre en sí mis­mas no son más que imper­fec­ciones esplen­di­das, que mere­cen la ira de Dios y la con­de­nación, Todos nosotros somos como el inmun­do, y como trapo de inmundi­cia todas nues­tras obras jus­tas…” (Isaías 64:6).

 

Este es un men­saje muy nece­sario para una gen­eración de cris­tianos que tienen una idea exager­a­da de su propia impor­tan­cia.  Aparte de la gra­cia de Dios, aun nue­stros mejores esfuer­zos son nada más que peca­dos esplen­di­dos.  En mis mejores momen­tos, que son muy pocos, me doy cuen­ta que aun mis mejores esfuer­zos caen den­tro la cat­e­goría de insu­fi­cien­cias esplen­di­das.  Este lado del cielo, todos somos un rau­dal demasi­a­do triste, pero ahí es donde entra la gra­cia de Dios.

 

Nadie se sal­vara por sus obras, no impor­ta cuán esplen­di­das sean.  Nues­tra úni­ca esper­an­za del cielo es de cor­rer hacia la cruz y echar mano de Cristo Jesús.  Todos nece­si­ta­mos la ayu­da div­ina.  Todos nece­si­ta­mos la omnipo­ten­cia de la Dei­dad uni­da para sus­ten­tarnos en nue­stro crec­imien­to espir­i­tu­al.  Aun así, Dios nece­si­ta darnos fuerza para seguir ade­lante y ser fieles.

 

Todos somos pecadores esplen­di­dos, perde­dores adorables, desajus­ta­dos mis­er­ables, y fra­ca­sos fan­tás­ti­cos.  Eso es todo lo que hay en la tier­ra – todos los per­fec­tos están en el cielo.  Los úni­cos en la tier­ra son las per­sonas con defi­cien­cias graves.  El tal­en­to siem­pre ha sido muy esca­so cuan­do se tra­ta de la per­fec­ción moral.  Todo lo que Dios tiene para uti­lizar aquí en la tier­ra somos los imper­fec­tos.

 

En el cielo todos ser­e­mos enorme­mente mejo­ra­dos, pero por lo pron­to somos obras en pro­gre­so.  Todos esta­mos sien­do tra­ba­ja­dos para ser pre­sen­ta­dos sin man­cha delante del trono de Dios (Efe­sios 5:27).  Dios, como un arte­sano, comien­za con una pieza sin for­ma y sin val­or, con una nat­u­raleza débil y pecaminosa, y con labor de amor la trans­for­mara en algo más pre­cioso que el oro.  Pero has­ta entonces, Dios tiene que usar per­sonas muy desagrad­ables que caen cor­tos en muchas man­eras – y Él hace algu­nas cosas increíbles por medio de ellos.

 

Con­sidere la lista de los héroes imper­fec­tos de Dios.  Noé se embor­ra­cho.  Abra­ham mintió en cuan­to a su mujer.  Jacob era un engañador.  Moisés asesino un egip­cio y huyo al desier­to.  Rahab era pros­ti­tu­ta.  San­són tenía prob­le­mas graves con la las­civia y el eno­jo.  David adul­tero y asesino para cubrir su mal.  Pablo perseguía a los cris­tianos.  Pedro negó a Cristo públi­ca­mente.

 

Si Dios esco­giera sólo gente bien ajus­ta­da sin defec­tos de carác­ter, inevitable­mente parte del crédi­to iría a la gente y no a Dios.  Por escoger gente defec­tu­osa con un pasa­do malo, un pre­sente fluc­tu­ante, y un futuro inse­guro, Dios ase­gu­ra que nadie pue­da jac­tarse de sus haz­a­ñas, porque es Él quien hace la obra por ellos.  Dios no tol­era el orgul­lo humano, así que escoge per­sonas que no tienen nada de que jac­tarse.

 

El após­tol Pablo hace esto abun­dan­te­mente claro en 1 Cor­in­tios 1:26–30, Pues con­sid­er­ad, her­manos, vue­stro lla­mamien­to; no hubo muchos sabios con­forme a la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que Dios ha escogi­do lo necio del mun­do, para aver­gon­zar a los sabios; y Dios ha escogi­do lo débil del mun­do, para aver­gon­zar a lo que es fuerte; y lo vil y des­pre­ci­a­do del mun­do ha escogi­do Dios; lo que no es, para anu­lar lo que es; para que nadie se jacte delante de Dios.  Mas por obra suya estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual se hizo para nosotros sabiduría de Dios, y jus­ti­fi­cación, y san­tifi­cación, y reden­ción, para que, tal como está escrito: EL QUE SE GLORIA, QUE SE GLORIE EN EL SEÑOR.”

 

Pablo comien­za con recor­dar­les lo que eran cuan­do Dios los sal­vo.  La pal­abra “lla­mamien­to” se refiere a cuan­do vinieron a Cristo.  No muchos de ellos vinieron de las cat­e­gorías cul­tas o supe­ri­ores de la sociedad.  No muchos de ellos tenían lo que el mun­do lla­ma “bue­na edu­cación.”  El tér­mi­no “nobles” se tra­duce en el griego como, hon­or­able, moral­mente rec­to, per­sona jus­ta, aristócra­ta.  Por lo gen­er­al, los cor­in­tios no venían de buen nacimien­to o de lina­je “san­gre azul.”

 

En efec­to, Pablo pone un espe­jo enfrente de ellos y dice, “Fíjense bien.  ¿Qué es lo que ven?”  Si eran hon­estos, no veían mucha gente impre­sio­n­ante.  La ver­dad es que la may­oría de ellos eran hom­bres y mujeres comunes, de orí­genes medioc­res, cuya vida había sido com­ple­ta­mente trans­for­ma­da por Jesu­cristo.

Una ver­dad fun­da­men­tal de la Bib­lia es que Dios escoge la gente muy difer­ente que el mun­do.  Dios pre­fiere escoger los débiles en lugar de los fuertes.  Nun­ca ha sido ver­dad que la igle­sia es pobla­da de las cat­e­gorías altas, y aquí y allá incluye unos cuan­tos de las cat­e­gorías bajas.  Lo opuesto es más cer­ca de la ver­dad.  La igle­sia del Señor siem­pre ha con­sis­ti­do de los rec­haz­a­dos del mun­do y incluye  algunos cuan­tos de entre los ricos y poderosos.  Los ricos, poderosos y nobles por lo gen­er­al no creen que nece­si­tan a Dios, pero los rec­haz­a­dos, los viles, los fra­casa­dos, los que­bran­ta­dos sí.

 

Es ele­men­tal que ust­ed reconoz­ca que, “Dios ha escogi­do lo débil del mun­do, para aver­gon­zar a lo que es fuerte; y lo vil y des­pre­ci­a­do del mun­do ha escogi­do Dios; lo que no es para anu­lar lo que es…” (1 Cor­in­tios 1:27–28).  Dios pla­neo el reino de esa man­era.  Y ¿por qué hizo Dios esto?  ¿Con que propósi­to puebla Dios Su igle­sia con lo peor de la humanidad?

 

Clara­mente, “…para que nadie se jacte delante de Dios.” (1 Cor­in­tios 1:29).  Dios quiere que todos los salvos reconoz­can que no por sus propias obras son salvos, “Mas por obra suya estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual se hizo para nosotros sabiduría de Dios, y jus­ti­fi­cación, y san­tifi­cación, y reden­ción…” (1 Cor­in­tios 1:30).

 

Nosotros nos sen­ti­mos indig­nos porque somos indig­nos.  Dios nos saco de entre la suciedad y la cor­rup­ción, Y El os dio vida a vosotros, que estabais muer­tos en vue­stros deli­tos y peca­dos, en los cuales andu­vis­teis en otro tiem­po según la cor­ri­ente de este mun­do, con­forme al príncipe de la potes­tad del aire, el espíritu que aho­ra opera en los hijos de des­obe­di­en­cia, entre los cuales tam­bién todos nosotros en otro tiem­po vivíamos en las pasiones de nues­tra carne, sat­is­fa­cien­do los deseos de la carne y de la mente, y éramos por nat­u­raleza hijos de ira, lo mis­mo que los demás.” (Efe­sios 2:1–3).

 

Nosotros somos salvos, no porque somos buenos o mere­ce­dores, sino por el amor de Dios, Pero Dios, que es rico en mis­eri­cor­dia, por causa del gran amor con que nos amó, aun cuan­do estábamos muer­tos en nue­stros deli­tos, nos dio vida jun­ta­mente con Cristo (por gra­cia habéis sido sal­va­dos), y con El nos resucitó, y con El nos sen­tó en los lugares celes­tiales en Cristo Jesús, a fin de poder mostrar en los sig­los venideros las sobre­abun­dantes riquezas de su gra­cia por su bon­dad para con nosotros en Cristo Jesús. Porque por gra­cia habéis sido sal­va­dos por medio de la fe, y esto no de vosotros, sino que es don de Dios; no por obras, para que nadie se glo­ríe.” (Efe­sios 2:4–9).

 

Nosotros somos pecadores a quienes se les ha hecho un favor tremen­do de ser cat­e­go­riza­dos entre los jus­tos sin mere­cer­lo.  Somos trata­dos como hijos de Dios, sin ten­er las cual­i­fi­ca­ciones para ser hijos de Dios.  Es car­di­nal que nun­ca olvide esta ver­dad div­ina.  En la vida espir­i­tu­al, es muy salud­able recor­dar cómo era la vida antes de cono­cer a Cristo.  Si puede recor­dar de donde comen­zó, apre­cia­ra mucho más la gra­cia de Dios que le ha traí­do a donde está hoy.

 

Nosotros somos esen­cial­mente gente car­nal – la nue­va creación es un cam­bio espir­i­tu­al úni­ca­mente, no físi­co o men­tal.  Dios limpio nue­stro espíritu de la cul­pa­bil­i­dad y con­de­nación, pero no la nat­u­raleza físi­ca.  Esta­mos en el pro­ce­so de trasfor­ma­ción, pero la obra no está com­ple­ta todavía, estando per­sua­di­do de esto, que el que comen­zó en vosotros la bue­na obra la per­fec­cionaráhas­ta el día de Jesu­cristo.”  (Fil­ipens­es 1:6).

 

Cuan­do la Bib­lia dice que somos “nuevas criat­uras” no quiere decir que somos hechos nuevos físi­ca­mente, men­tal­mente o emo­cional­mente.  Todavía ten­emos el mis­mo col­or de cabel­lo, la mis­ma estatu­ra, el mis­mo col­or de piel, etc.  Algunos somos calvos, gor­dos, fla­cos, mus­cu­losos, débiles, etc., y esto no cam­bia con el nue­vo nacimien­to.  Y lo mis­mo es ver­dad en cuan­to nues­tra mente – todavía ten­emos los mis­mos temores, malas acti­tudes, dudas, deseos y pen­samien­tos.

 

Es muy impor­tante recono­cer esta ver­dad, porque es donde muchos fra­casan y nun­ca se desar­rol­lan en la vida abun­dante.  ¡El nacimien­to nue­vo es espir­i­tu­al sola­mente, y no físi­co o men­tal!  Eso quiere decir que el peca­do todavía existe en nue­stros cuer­pos y nues­tras mentes.  Nosotros ten­emos que luchar y dom­i­nar el peca­do en nue­stros cuer­pos y mentes todos los días.

Y esa lucha incluye tropiezos y caí­das de muchas man­eras; incluye adver­si­dad y tenta­ciones que nos pro­baran has­ta lo últi­mo.   Todavía hay mucho mal en cada uno de nosotros, nadie ha lle­ga­do al niv­el que puede sen­tirse com­ple­ta­mente sin cul­pa.  Todos ten­emos cosas en nues­tras vidas de que nos aver­gon­zamos y que nos debil­i­tan (las­civia, avari­cia, glo­ton­ería), y es a esas cosas que Satanás apela para hac­er­nos sen­tir indig­nos con el propósi­to de desco­ra­zonarnos y no sig­amos tratan­do.  Satanás usa nues­tras propias debil­i­dades e igno­ran­cias para desan­i­marnos.

 

Todos nosotros hemos fal­la­do en una man­era u otra, “Si dec­i­mos que no ten­emos peca­do, nos engañamos a nosotros mis­mos…”  Todos calle­mos cor­tos de las expecta­ciones de Dios en el pro­ce­so de vivir.  Todos exper­i­men­ta­mos tenta­ciones en una for­ma u otra, y la may­oría de la veces – ¡ojalá! – ten­emos bas­tante pres­en­cia men­tal para huir, pero en vez y en cuan­do cae­mos víc­ti­mas al engaño sutil de la tentación.  Eso es cuan­do Satanás nos acusa y nos hace sen­tir cul­pa­bles y indig­nos.

 

Satanás sig­nifi­ca adver­sario y dia­blo sig­nifi­ca fal­so acu­sador, y esa es su tarea prin­ci­pal, Entonces me mostró al sumo sac­er­dote Josué, que esta­ba delante del ángel del SEÑOR; y Satanás esta­ba a su derecha para acusar­lo.” (Zacarías 3:1).  Esto tam­bién es con­fir­ma­do en el Nue­vo Tes­ta­men­to, “Y oí una gran voz en el cielo, que decía: Aho­ra ha venido la sal­vación, el poder y el reino de nue­stro Dios y la autori­dad de su Cristo, porque el acu­sador de nue­stros her­manos, el que los acusa delante de nue­stro Dios día y noche, ha sido arro­ja­do.” (Apoc. 12:10).

 

Cristo dijo que Satanás es men­tiroso y padre de la men­ti­ra, …Cuan­do habla men­ti­ra, habla de su propia nat­u­raleza, porque es men­tiroso y el padre de la men­ti­ra.” (Juan 8:44).  Y una de sus men­ti­ras más destruc­ti­vas es que no servi­mos para nada porque somos indig­nos, a pesar de lo que Dios haya hecho o dicho.  Así que aho­ra nos diri­gire­mos a esta men­ti­ra.

 

Si esta men­ti­ra le está afectan­do a ust­ed entonces está impi­di­en­do que ust­ed haga la vol­un­tad de Dios.  Le está impi­di­en­do ser la per­sona que Dios quiere que ust­ed sea.  Cuan­do nosotros acep­ta­mos algo que sabe­mos que es con­trario a la vol­un­tad de Dios, Satanás usa eso para estable­cer sus for­t­alezas en nosotros, “Para que no seamos engaña­dos de Satanás: pues no igno­ramos sus maquina­ciones.” (2 Cor­in­tios 2:11).  Es vital para su salud espir­i­tu­al que ven­za esa men­ti­ra con la ver­dad de Dios.

 

A pesar de todo lo que ust­ed sien­ta, a pesar de lo que exper­i­mente en la vida, a pesar de lo que otros le digan, a pesar de que en vez y en cuan­do su con­duc­ta refle­je más la vida vie­ja que la vida nue­va en Cristo, Dios ha dicho que ust­ed pertenece a Él, Pues no habéis recibido un espíritu de esclav­i­tud para volver otra vez al temor, sino que habéis recibido un espíritu de adop­ción como hijos, por el cual cla­mamos: ¡Abba, Padre!  El Espíritu mis­mo da tes­ti­mo­nio a nue­stro espíritu de que somos hijos de Dios, y si hijos, tam­bién herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si en ver­dad pade­ce­mos con El a fin de que tam­bién seamos glo­ri­fi­ca­dos con El.” (Romanos 8:15–17).

 

En los ojos de Dios, su vida vie­ja ya murió – ust­ed es una nue­va creación, tiene un corazón nue­vo.  Ust­ed tiene un nue­vo Espíritu – el Espíritu de Dios.  Para Dios ust­ed es una per­sona nue­va.  Así que deje que su mente sea ren­o­va­da por la ver­dad de Dios.  Nosotros sacamos nue­stro mer­i­to y val­or de lo que Dios dice de nosotros, y de nadie más.  ¡Nosotros somos valiosos porque Dios dice que somos!

 

Satanás usara sus pro­pios pen­samien­tos y sen­timien­tos, usara su padre y madre y her­manos y mari­do y esposa y ami­gos, así como ene­mi­gos, para hac­er­le creer la men­ti­ra que es inservi­ble, ¡pero no se crea!  Ni Satanás, ni su padre o madre o her­manos, ni su mari­do o esposa, ni sus ami­gos murieron en la cruz por ust­ed más que Cristo.

 

Es Él a quien debe ust­ed agradar y acud­ir y con­fe­sar sus peca­dos, y nadie más, Entonces, ¿qué dire­mos a esto?  Si Dios está por nosotros, ¿quién estará con­tra nosotros?  El que no exim­ió ni a su pro­pio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos con­ced­erá tam­bién con El todas las cosas?  ¿Quién acusará a los escogi­dos de Dios?  Dios es el que jus­ti­fi­ca.  ¿Quién es el que con­de­na?  Cristo Jesús es el que murió, sí, más aún, el que resucitó, el que además está a la dies­tra de Dios, el que tam­bién inter­cede por nosotros.” (Romanos 8:31–34).

 

Cuan­do ust­ed tro­piece, porque de cier­to tropezara.  Cuan­do diga o haga algo que ust­ed sabe que es mal; o cuan­do falte en hac­er el bien que debe hac­er.  Cuan­do por razón bue­na se sien­ta indig­no o indigna, cuan­do sien­ta que no merece ser un sier­vo o sier­va de Dios.  Cuan­do se sien­ta inútil, vil, cul­pa­ble, y des­pre­cia­ble, y esté ple­na­mente con­sciente de mal que hizo para sen­tirse así, arrepién­tase de pron­to – inmedi­ata­mente.

 

No lo niegue, nun­ca se encapriche, no pre­ten­da igno­ran­cia – con­fiese su mala con­duc­ta al Señor.  Éch­ese de rodil­las en oración y ruego, y pida perdón y limpieza de su peca­do.  Hable con su Dios como hablaría con su pro­pio padre.  No trate de ser afec­ta­do o políti­co con Él, desen­vuel­va su corazón delante de Él.

 

No se defien­da, no se jus­ti­fique, no pon­ga escusas, sólo exp­rese su corazón ante su Padre celes­tial.  Admi­ta su indig­nidad, ruegue por mis­eri­cor­dia, no por jus­ti­fi­cación.  Recuerde tam­bién que el Espíritu de Dios no acusa sino per­suade y con­vence por Escrit­u­ra y con manse­dum­bre, pero Satanás sólo acusa mali­ciosa­mente sin sal­i­da o aliv­io.

 

Apren­da del rey David, Ten piedad de mí, oh Dios, con­forme a tu mis­eri­cor­dia; con­forme a lo inmen­so de tu com­pasión, bor­ra mis trans­gre­siones.  Lávame por com­ple­to de mi mal­dad, y límpiame de mi peca­do.  Porque yo reconoz­co mis trans­gre­siones, y mi peca­do está siem­pre delante de mí.  Con­tra ti, con­tra ti sólo he peca­do, y he hecho lo malo delante de tus ojos, de man­era que eres jus­to cuan­do hablas, y sin reproche cuan­do juz­gas.  He aquí, yo nací en iniq­uidad, y en peca­do me con­cibió mi madre.  He aquí, tú deseas la ver­dad en lo más ínti­mo, y en lo secre­to me harás cono­cer sabiduría.  Purifí­came con hisopo, y seré limpio; lávame, y seré más blan­co que la nieve.  Hazme oír gozo y ale­gría; que se rego­ci­jen los hue­sos que has que­bran­ta­do.  Esconde tu ros­tro de mis peca­dos, y bor­ra todas mis iniq­uidades.  Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renue­va un espíritu rec­to den­tro de mí.  No me ech­es de tu pres­en­cia, y no quites de mí tu san­to Espíritu.  Restitúyeme el gozo de tu sal­vación, y sosten­me con un espíritu de poder.” (Salmos 51:1–12).

 

Es impor­tante que ten­ga en mente que Dios sabe quién es ust­ed.  Él sabe que ust­ed es débil, y que la tentación es agu­da a veces, porque Cristo exper­i­men­to lo mis­mo.  Él entiende que todos somos propen­sos al peca­do.  Dios sólo quiere que seamos sin­ceros y ver­daderos, que no nos escon­damos de Él como Adán y Eva, que no pre­tendamos igno­ran­cia como Caín.

 

Él quiere saber que ver­dadera­mente odi­amos el mal que hace­mos, que no amamos las tinieblas más que la luz, que ver­dadera­mente quer­e­mos cam­i­nar con Él en la luz, pero que a veces somos muy débiles.  Dios quiere saber qué deplo­ramos el mal; que lamen­ta­mos nue­stro esta­do car­nal; que odi­amos las cosas mun­danas.  Dios quiere que busque­mos Su ros­tro y Su pres­en­cia – eso Dios no rec­haza, Los sac­ri­fi­cios de Dios son el espíritu con­tri­to; al corazón con­tri­to y humil­la­do, oh Dios, no des­pre­cia­rás.” Salmos 51:17).

 

Y habi­en­do hecho todo lo que la pal­abra de Dios le dice que haga; cuan­do haya hecho todo lo que está de su parte para rec­on­cil­iarse con su Dios, entonces ten­ga la fe para creer que Él ha oído y per­don­a­do su peca­do.  Deje de sen­tirse indig­no o indigna – perdó­nese a sí mis­mo.  No se con­suma por demasi­a­da tris­teza y así deje que Satanás saque ven­ta­ja algu­na de ust­ed (2 Cor­in­tios 2:7).

 

Per­donarse a sí mis­mo es muy impor­tante en poder influ­en­ciar a otros para el bien.  Es un hecho bien doc­u­men­ta­do que gente que duele hacen a otros dol­er.  Cuan­to más tiem­po evite per­donarse a sí, cuan­to más tiem­po per­mi­tirá sen­timien­tos que ust­ed merece sufrir por lo que hizo, lo más explo­si­vo o explo­si­va se volverá y, por lo tan­to, más capaz es de las­ti­mar a otros.

 

La real­i­dad es que ust­ed no puede cam­biar lo que sucedió.  Ust­ed no puede restau­rar las vidas a donde esta­ban antes que sucediera el even­to.  No obstante, ust­ed si puede hac­er una difer­en­cia en la vida de otros.  Ust­ed puede devolver algo de lo que les quito por hal­lar un lugar difer­ente en donde inver­tir su tiem­po y com­pasión.  ¡Perdó­nese a sí y deje que comience la curación!  Per­donarse a si cam­biara la direc­ción de su vida.

 

Deje de creer que los sen­timien­tos de Dios para ust­ed están basa­dos en que tan bueno o bue­na ha sido.  La real­i­dad es que, por causa de Cristo, nues­tra con­duc­ta pasa­da no tiene base en como Dios nos tra­ta.  Dios acep­ta per­sonas, no por el tamaño de sus peca­dos o por la can­ti­dad de sus bue­nas obras, pero por la grandeza del sac­ri­fi­cio de Cristo.

 

Cristo sufrió para que nues­tras fal­tas pudier­an desa­pare­cerse en un instante.  Todo lo que impor­ta es que seamos hon­estos y abier­tos con Él, y que nun­ca nos rindamos.  A un cos­to inde­scriptible a Si mis­mo, nue­stro Señor ha hecho tan fácil para nosotros que tropezamos para rec­on­cil­iarnos con Él, que muchos lo ven como demasi­a­do bueno para que sea ver­dad.

 

¡Pero Dios es bueno! – mucho más de lo que nosotros podemos com­pren­der.  Muchos nos pre­gun­ta­mos si aca­so estare­mos soñan­do, porque nues­tra ver­sión de la real­i­dad es la pesadil­la de vivir con los humanos, quienes son todos con­t­a­m­i­na­dos por motivos egoís­tas e impuros, y se tratan uno a otro cor­re­spon­di­en­te­mente.

 

Pero Dios es espan­tosa­mente supe­ri­or a nosotros – san­ta­mente difer­ente – no sólo en poder pero en cualquier otro aspec­to de per­fec­ción moral.  Eso quiere decir que Su gen­erosi­dad, desin­terés pro­pio, bon­dad, perdón, y cual­i­dades sim­i­lares, son sor­pren­den­te­mente supe­ri­ores a todo lo que hemos encon­tra­do en esta vida.

 

Y porque Dios es san­ta­mente benig­no y san­ta­mente mag­nán­i­mo ha elegi­do limpiar de nue­stro reg­istro celes­tial cada res­balón moral, si lo admiti­mos y nos arrepen­ti­mos, ¿Qué Dios hay como tú, que per­dona la mal­dad del rema­nent­ede su heredad?  No retu­vo para siem­pre su eno­jo, porque se delei­ta en la mis­eri­cor­dia.” (Miqueas 7:18).  Todo lo que nece­si­ta es que use­mos nue­stro libre albedrio para dar­le per­miso.  Dios requiere nue­stro per­miso porque Él ha estable­ci­do no ser un tira­no temi­ble, sino un Padre que hon­ra nue­stros deseos.

 

Dios sólo quiere que nos pong­amos de acuer­do con Él de que nece­si­ta­mos que nue­stros defec­tos morales sean elim­i­na­dos de los archivos celes­tiales, “Yo, yo soy quien bor­ro tus rebe­liones por amor de mí mis­mo, y no me acor­daré de tus peca­dos.  Hazme recor­dar, entremos jun­tos a juicio.  ¡Habla tú para jus­ti­fi­carte!” (Is. 43:25–26).   

 

Si con­cor­damos con Dios que hici­mos mal y que mere­ce­mos cas­ti­go, “…he hecho lo malo delante de tus ojos, de man­era que eres jus­to cuan­do hablas, y sin reproche cuan­do juz­gas.”  (Salmos 51:4).  Entonces Él se deleitara en per­donarnos, Si con­fe­samos nue­stros pecados,él es fiel y jus­to para per­donar nue­stros peca­dos y limpiarnos de toda mal­dad.”  Esto Cristo logro por nosotros cuan­do sufrió el cas­ti­go com­ple­to que nue­stros peca­dos merecían (1 Juan 1:9).

 

Es de impor­tan­cia vital que hag­amos la Pal­abra de Dios nues­tra autori­dad final por lo que creemos en lugar de deter­mi­nar la ver­dad por nue­stros sen­timien­tos o expe­ri­en­cias.   Esta­mos en una lucha de vida y muerte por nues­tras almas y las de los que nos rodean, por lo tan­to, no deje que el ene­mi­go le engañe que no sirve para nada porque es indig­no.

 

Aunque es ver­dad que cae­mos y hace­mos cosas indig­nas, Dios como­quiera sigue tra­ba­jan­do con nosotros y nos cuen­ta como dig­nos, aunque no le seamos, sólo por recono­cer nues­tra indig­nidad y acep­tar la dig­nidad de Su Hijo unigéni­to que murió en la cruz por ust­ed y yo.  No deje que la muerte de Cristo sea en vano, no deje que el dia­blo gane en su caso.  Nun­ca se quede caí­do o caí­da, lev­án­tese; man­ten­ga su cam­i­na­ta y nun­ca deje de hac­er su parte.

 

Aunque todos le digan que se rin­da, ¡no se rin­da!  Aunque le digan que es inútil, ¡No se crea!  Aunque se sien­ta indig­no, ¡Recuerde que Jesús murió por los indig­nos!  Recuerde, tam­bién, que todos los esfuer­zos de val­or y exce­len­cia son difí­ciles, siga arre­pin­tién­dose, siga con­fe­san­do sus peca­dos y acu­d­i­en­do al Reden­tor de los debil­i­ta­dos, siga arro­ján­dose sobre la mis­eri­cor­dia del Inter­ce­sor de los mor­tales, has­ta el últi­mo sus­piro de su vida.  Sobre todo, recuerde que nadie ha cam­i­na­do en sus zap­atos, más que Jesús, el Cristo, y no hay ningún otro.

 

 “Cuan­do pequen con­tra ti (pues no hay hom­bre que no peque) y estés aira­do con­tra ellos, y los entregues delante del ene­mi­go, y éstos los lleven cau­tivos a una tier­ra, lejana o cer­cana; si reca­pac­i­tan en la tier­ra adonde hayan sido lle­va­dos cau­tivos, y se arrepi­en­ten y te supli­can en la tier­ra de su cau­tive­rio, dicien­do: ‘Hemos peca­do, hemos cometi­do iniq­uidad y hemos obra­do per­ver­sa­mente’; si se vuel­ven a ti con todo su corazón y con toda su alma en la tier­ra de su cau­tive­rio adonde hayan sido lle­va­dos cau­tivos, y oran vuel­tos hacia la tier­ra que diste a sus padres, hacia la ciu­dad que has escogi­do y hacia la casa que he edi­fi­ca­do a tu nom­bre, escucha tú des­de los cie­los, des­de el lugar de tu mora­da, su oración y sus súpli­cas, hazles jus­ti­cia y per­dona a tu pueblo que ha peca­do con­tra ti.  Aho­ra, oh Dios mío, te ruego que tus ojos estén abier­tos y tus oídos aten­tos a la oración ele­va­da en este lugar.”  (2 Cróni­cas 6:36–40)

 

Entonces dijo el Seño­ra Satanás: ¡El Señorte reprenda,Satanás!  ¡El Señor, que ha escogi­do a Jerusalén, te repren­da!  ¿No es este un tizón arrebata­do del incen­dio?  Josué, que esta­ba cubier­to de vestiduras viles, per­manecía en pie delante del ángel.  Habló el ángel y ordenó a los que esta­ban delante de él: Quitadle esas vestiduras viles.  Y a él dijo: Mira que he quita­do de ti tu peca­do y te he hecho vestir de ropas de gala.”  (Zacarías 3:2–4).

La car­ta a los Fil­ipens­es es mate­ria digna de un estu­dio cuida­doso y detal­la­do para poder lle­gar a cono­cer los motivos que movieron al após­tol a enviar­les estas enseñan­zas.
Esta car­ta la podemos ver des­de tres per­spec­ti­vas: primero, la del após­tol como un recip­i­ente agrade­ci­do de las dádi­vas de los fil­ipens­es; la segun­da, la de los fil­ipens­es que nos enseñan las car­ac­terís­ti­cas de una igle­sia local con un gra­do de crec­imien­to en conocimien­to, esfuer­zo, obras, fe y temor de Dios, los cuales son dig­nos de ser imi­ta­dos por todo cris­tiano y toda igle­sia local; y la ter­cera, la de Dios, que ve una relación entre cada miem­bro de la igle­sia local y su comu­nión con aque­l­los que se esfuerzan por lle­var el evan­ge­lio a todo el mun­do, ya sea cris­tiano o incré­du­lo.

Esta obra fue real­iza­da con el fin de ser pre­sen­ta­do en for­ma de clases en la igle­sia local y bus­can­do que todos, en con­jun­to, apren­damos de estos ejem­p­los para poder imi­tar­los y ser acep­tos ante los ojos de Dios.

El for­ma­to que se sigue es el de “que­brar” cada pasaje para estu­di­ar la pal­abra o frase que más con­tenido y enseñan­za pre­sen­tan. Es recomend­able estu­di­ar a la par otras obras de con­sul­ta como dic­cionar­ios, léx­i­cos, mapas, libros de his­to­ria bíbli­ca y otros para ampli­ar los comen­tar­ios. Además se dan otras ayu­das como los bosque­jos, pre­gun­tas y pre­senta­ciones para facil­i­tar el estu­dio de la mis­ma.

Es una obligación que cada cris­tiano, ya sea hom­bre o mujer, joven o viejo, pred­i­cador o neó­fi­to se esfuerce en el estu­dio con­stante y escu­d­riñe las Escrit­uras, para lle­gar a ten­er un conocimien­to que nos lleve a un crec­imien­to espir­i­tu­al dig­no de un hijo de Dios, y a la vez ayu­dar al crec­imien­to de la igle­sia local en la cual cada uno es miem­bro.

A los sigu­ientes her­manos que han colab­o­ra­do en esta obra mis más sin­ceras gra­cias: a mi famil­ia, Rubén Rio­jas, Ale­jan­dro Martell, pero sobre todo a Dios por darnos la opor­tu­nidad de ser lla­ma­dos hijos suyos. Con la coop­eración de ellos esta obra está aho­ra en sus manos.

Jorge Mal­don­a­do

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