EL LIBRO DE APOCALIPSIS

 

Capí­tu­lo Vein­tiuno

 

OBJETIVOS EN EL ESTUDIO DE ESTE CAPÍTULO

 

1) Con­sid­er­ar el des­ti­no eter­no de los red­imi­dos, en tér­mi­nos

descrip­tivos de la comu­nión con Dios y de la pro­tec­ción de Dios

 

2) Asom­bra­dos con la glo­ria de la san­ta ciu­dad, la nue­va Jerusalén, la

esposa del Cordero, como es rev­e­la­do a Juan

 

RESUMEN

 

Ensegui­da de la esce­na del Juicio al final del capí­tu­lo ante­ri­or, el des­ti­no eter­no de los red­imi­dos es rev­e­la­do aho­ra. El moti­vo de un cielo nue­vo y una tier­ra nue­va, jun­to con la nue­va Jerusalén, es usa­da para dar gran esper­an­za y con­sue­lo a los cris­tianos. Esto no es cier­ta­mente nada nue­vo, porque tan­ta el Antiguo como el Nue­vo Tes­ta­men­to dan descrip­ciones sim­i­lares para aumen­tar la expectación del futuro (ver Isa 65:17–25; 66:22–24; Heb 11:10,13–16; 13:14; 2 Ped 3:13). En cada caso, el des­ti­no eter­no de la fidel­i­dad de Dios es descrito en tér­mi­nos que daban el sig­nifi­ca­do y áni­mo más grande al pueblo de esa dis­pen­sación. Aquí vemos el des­ti­no de los red­imi­dos en tér­mi­nos que describen la comu­nión con Dios y la pro­tec­ción de Dios.

 

Juan ve primero todas las cosas hechas nuevas. Hay un cielo nue­vo y una tier­ra nue­va, porque el primer cielo y la primera tier­ra ya no existían más (ver 20:11). Él ve la san­ta ciu­dad, la nue­va Jerusalén, descen­di­en­do del cielo de Dios. Una gran voz del cielo declara que Dios habitará con Su pueblo y será Su Dios. Dios, quien es el Alfa y el Omega, el prin­ci­pio y el fin, con­so­lará a Su pueblo qui­tan­do todo lo que cause dolor, y dará la fuente del agua de la vida gra­tuita­mente a todo el que ten­ga sed. En tan­to que los que ven­cen heredan todas las cosas y dis­fru­tan de las ben­di­ciones de ser hijos de Dios, el pecador y el infiel tienen su parte en el lago de fuego y azufre (ver 19:20; 20:10,14–15) lo cual es definido como la muerte segun­da (1–8).

 

Uno de los siete ánge­les que tenían las siete copas (ver 15:7; 16:1) lle­va entonces a Juan a un monte grande y alto, para mostrar­le a “la desposa­da, la esposa del Cordero”. Esto no es nada menos que la gran ciu­dad, la nue­va Jerusalén”, la que es vista descen­di­en­do del cielo, de Dios. Es una ciu­dad que tiene la glo­ria de Dios, y la may­or parte del capí­tu­lo describe sus ras­gos promi­nentes. Un muro grande y alto rodea a la ciu­dad. Esperan­do de pie 72 yardas de alto y hechas de jaspe, la pared tiene puer­tas celes­tiales sobre las que están los nom­bres de las doce tribus de Israel, con un ángel en cada puer­ta. La pared tiene doce cimien­tos, hechas de piedras pre­ciosas, en las cuales están los nom­bres de los doce após­toles. La ciu­dad mis­ma, hecha de oro puro seme­jante al vidrio limpio, es de 1500 mil­las de largo en su lon­gi­tud, de anchu­ra, y de altura. La calle de la ciu­dad es tam­bién de oro puro, trans­par­ente como vidrio (9–21).

 

La glo­ria de la san­ta ciu­dad es descri­ta más al notar que no hay tem­p­lo, porque el Señor Dios Todopoderoso y el Cordero son su tem­p­lo. No hay necesi­dad del sol ni de la luna, porque la glo­ria de Dios y del Cordero ilu­mi­nan la ciu­dad. Sus puer­tas nun­ca son cer­radas, allí no hay noche, y las naciones de los salvos jun­to con los reyes de la tier­ra traen su hon­or y glo­ria den­tro a ella. Solo aque­l­los escritos en el libro de la vida del Cordero entran a esta ciu­dad glo­riosa, ase­gu­ran­do que per­manece libre de cualquier abom­i­nación e inmundi­cia (22–27).

 

BOSQUEJO

 

I. TODAS LAS COSAS HECHAS NUEVAS (1–8)

 

   A. EL CIELO NUEVO Y LA TIERRA NUEVA (1)

1. Juan ve un cielo nue­vo y una tier­ra nue­va

2. El primer cielo y la nue­va tier­ra pasaron, y el mar ya no

existía más

 

B. LA NUEVA JERUSALÉN (2)

1. Juan vio a la san­ta ciu­dad descen­der del cielo

2. Esta­ba prepara­da como una esposa ador­na­da para su mari­do

 

C. LA PROCLAMACIÓN DESDE EL CIELO (3–4)

1. “El tabernácu­lo de Dios con los hom­bres”

a. “Él morará con ellos; y ellos serán Su pueblo”

b. “Dios mis­mo estará con ellos como su Dios”

2. “Enju­gará Dios toda lágri­ma de los ojos de ellos”

a. “Ya no habrá muerte, ni habrá más llan­to, ni clam­or”

b. Ya no habrá dolor; porque las primeras cosas pasaron”

 

D. LA PROCLAMACIÓN DEL QUE ESTÁ SENTADO EN EL TRONO (5–8)

1. “He aquí, Yo hago nuevas todas las cosas”

a. “Escribe; porque estas pal­abras son fieles y ver­daderas”

b. “Hecho está”

2. “Yo soy el Alfa y la Omega, el prin­ci­pio y el fin”

a. “Al que tuviere sed, yo le daré gra­tuita­mente de la fuente

del agua de la vida”

b. “El que venciere heredará todas las cosas”

1) “Yo seré su Dios”

2) “Él será Mi hijo”

3. “Pero los cobardes e incré­du­los, los abom­inables y homi­ci­das,

los for­ni­car­ios y hechiceros, los idol­a­tras y todos los

men­tirosos…”

a. “Ten­drán su parte en el lago que arde con fuego y azufre”

b. “Que es la muerte segun­da”

 

II. LA NUEVA JERUSALÉN (9–21)

 

    A. SE LE MUESTRA A JUAN LA SANTA CIUDAD (9–11)

1. Porque uno de los siete ánge­les que tenía las siete copas

llenas con las pla­gas postr­eras

a. El cual ofrece mostrar a Juan a “la desposa­da, la esposa del

Cordero”

b. El cual lo llevó en el Espíritu a un monte grande y alto

2. El ve a la gran ciu­dad, la nue­va Jerusalén

a. Descen­der del cielo, de Dios

b. Tenien­do la glo­ria de Dios

 

B. LA CONSTRUCCIÓN DE LA CIUDAD Y DE SU MURO (12–21)

1. Tenía una pared grande y alta con doce puer­tas

a. Con doce ánge­les en las puer­tas

b. Con los nom­bres de las doce tribus de Israel

c. Con tres puer­tas en el ori­ente, norte, sur, y poniente

d. Con doce cimien­tos, en los que esta­ban los nom­bres de los

doce após­toles del Cordero

2. Las medi­das de la ciu­dad, de las puer­tas, y del muro

a. El ángel tenía una caña medir­los

b. La ciu­dad esta estable­ci­da en cuadro, su lon­gi­tud, altura y

anchu­ra son doce mil esta­dios

c. El muro es de cien­to cuarenta y cua­tro mil codos

3. La con­struc­ción de la ciu­dad, del muro, sus cimien­tos, y las

Puer­tas

a. El muro era de jaspe; la ciu­dad era de oro puro, seme­jante

al vidrio limpio

b. Los doce cimien­tos del muro esta­ban ador­na­dos con piedras

pre­ciosas:

1) Jaspe         5) Ónice          9) Topa­cio

2) Zafiro        6) Cor­nali­na      10) Crisopa­so

3) Ága­ta         7) Crisól­i­to      11) Jac­in­to

4) Esmer­al­da     8) Beri­lo         12) Ama­tista

c. Las doce puer­tas eran doce per­las, cada puer­ta una per­la

d. La calle de la ciu­dad era de oro puro, seme­jante a vidrio

trans­par­ente

 

III. LA GLORIA DE LA SANTA CIUDAD (22–27)

 

     A. ILUMINADA POR LA PRESENCIA DE DIOS Y DEL CORDERO (22–23)

1. Su tem­p­lo son el Señor Dios Todopoderoso y el Cordero

2. Es ilu­mi­na­da por la glo­ria de Dios y del Cordero

 

B. RESALTADAS POR LOS QUE ENTRAN (24–27)

1. Las naciones que hubier­an sido sal­vas andarán a la luz de ella

2. Los reyes de la tier­ra traerán su glo­ria y hon­or a ella

3. Sus puer­tas nun­ca serán cer­radas de día, pues allí no habrá

Noche

4. Las naciones lle­varán la glo­ria y la hon­ra a ella

a. No entrará a ella ningu­na cosa inmun­da, o que hace

abom­i­nación y men­ti­ra

b. Solo los que están escritos en el libro de la vida del

Cordero

 

PREGUNTAS DE REVISIÓN PARA EL CAPÍTULO

 

1) ¿Cuáles son los pun­tos prin­ci­pales de este capí­tu­lo?

- Todas las cosas hechas nuevas (1–8)

- La nue­va Jerusalén (9–21)

- La glo­ria de la san­ta ciu­dad (22–27)

 

2) ¿Qué vio Juan? (1)

- Un Nue­vo cielo y una nue­va tier­ra

 

3) ¿Qué le pasó al primer cielo y a la primera tier­ra? ¿Qué del mar? (1)

- Pasaron

- No existía más

 

4) ¿Qué vio Juan descen­der del cielo de Dios? (2)

- La san­ta ciu­dad, la nue­va Jerusalén, descen­der del cielo, de Dios,

dis­pues­ta como una esposa atavi­a­da para su mari­do

 

5) ¿Qué se dijo sobre la mora­da de Dios? (3)

- He aquí el tabernácu­lo de Dios con los hom­bres

- Él morará con ellos; y ellos serán Su pueblo

- Dios mis­mo estará con ellos como Su Dios

 

6) ¿Qué hizo Dios? ¿Qué no habrá más? (4)

- Enju­gará toda lágri­ma de los ojos de ellos

- Muerte, llan­to, clam­or ni dolor

 

7) ¿Qué dijo a Juan en el ver­sícu­lo 5 Él que está en el trono?

- “He aquí, Yo hago nuevas todas las cosas”

- “Escribe; porque estas pal­abras son fieles y ver­daderas”

 

8) ¿Qué dijo Él en el ver­sícu­lo 6?

- “Hecho está”

- “Yo soy el Alfa y la Omega, el prin­ci­pio y el fin”

- “Al que tuviere sed, Yo le daré gra­tuita­mente de la fuente del agua

de la vida”

 

9) ¿Qué se les prom­ete a los vence­dores? (7)

- “Heredará todas las cosas”

- “Yo seré su Dios, y él será Mi hijo”

 

10) ¿Quiénes ten­drán su parte en el lago que arde con fuego y azufre?

    ¿Cómo es lla­ma­do este? (8)

- Los cobardes e incré­du­los, los abom­inables y homi­ci­das, los

for­ni­car­ios y hechiceros, los idóla­tras y todos los men­tirosos

- La muerte segun­da

 

11) ¿Quién ofre­ció mostrar a Juan la desposa­da, la esposa del Cordero?

    (9)

- Uno de los siete ánge­les que tenían las siete copas

 

12) ¿A dónde es lle­va­do Juan, y qué ve? (10)

- A un monte grande y alto

- La gran ciu­dad san­ta de Jerusalén, que descendía del cielo, de Dios

 

13) ¿Cuál era la descrip­ción gen­er­al de la ciu­dad? (11)

- Tiene la glo­ria de Dios

- Su ful­gor era seme­jante al de una piedra pre­ciosísi­ma, como piedra

de jaspe, diá­fana como el cristal

 

14) ¿Qué rode­a­ba a la ciu­dad? (12)

- Un muro alto y grande con doce puer­tas

 

15) ¿Qué per­manecía en cada puer­ta? ¿Qué esta­ba escrito en las puer­tas?

    (12)

- Un ángel

- Los nom­bres de las doce tribus de Israel

 

16) ¿Cuán­tos cimien­tos tenía el muro? ¿Qué esta­ba escrito en los

    cimien­tos? (14)

- Doce

- Los nom­bres de los doce após­toles del Cordero

 

17) ¿Cuál era la lon­gi­tud, la altura, y la anchu­ra de la ciu­dad? (16)

- Doce mil esta­dios (alrede­dor de 1500 mil­las)

 

18) ¿Qué alto tenía el muro? (17)

- 144 codos (alrede­dor de 72 yardas)

 

19) ¿De qué esta­ba con­stru­i­da la pared? ¿De qué la ciu­dad? (18)

- El muro era de jaspe

- La ciu­dad era de oro puro, seme­jante al vidrio limpio

 

20) ¿De qué esta­ban ador­na­dos los cimien­tos de la ciu­dad? (19)

- Con toda piedra pre­ciosa

 

21) ¿De qué eran las doce puer­tas? ¿De qué era la calle de la ciu­dad?

    (21)

- Doce per­las, cada una de las puer­tas era una per­la

- De oro puro, trans­par­ente como vidrio

 

22) ¿Por qué no había tem­p­lo en la ciu­dad? (22)

- El Señor Dios Todopoderoso es el tem­p­lo de ella, y el Cordero

 

23) ¿Por qué no es nece­sario que el sol o la luna la alum­bren? (23)

- La glo­ria de Dios la ilu­mi­na, y el Cordero es su lum­br­era

 

24) ¿Quién cam­i­nará en su luz? ¿Quién le traerá su glo­ria y hon­or? (24)

- Las naciones que hubieren sido sal­vas

- Los reyes de la tier­ra

 

25) ¿Qué nun­ca serán cer­radas de día? ¿Qué acer­ca de la noche? (25)

- Las puer­tas de la ciu­dad

- Allí no habrá noche

 

26) ¿Quién no entrará por ningún moti­vo a la ciu­dad? ¿Quién entrará a la

    ciu­dad? (27)

- Ningu­na cosa inmun­da, o que hace abom­i­nación y men­ti­ra

- Solo los que están inscritos en el libro de la vida del Cordero

Apoc­alip­sisLec­ción 22. Capí­tu­lo Vein­tiuno

EL LIBRO DE APOCALIPSIS

Capí­tu­lo Tres

(descar­gar el archi­vo Apoc­alip­sisLec­ción 04. Capí­tu­lo Tres)

OBJETIVOS EN EL ESTUDIO DE ESTE CAPÍTULO

1) Exam­i­nar las últi­mas tres de las siete car­tas a las igle­sias en Asia

2) Recoger lo que podamos sobre la condi­ción de cada igle­sia: Sus for­t­alezas y sus debil­i­dades, las adver­ten­cias y las prome­sas dadas

RESUMEN

El Señor con­tin­ua Sus car­tas a las igle­sias en Asia, con este capí­tu­lo que con­tiene aque­l­las car­tas escritas a Sardis, Filadelfia, y Laodicea.  La igle­sia en Sardis es repren­di­da por ten­er nom­bre de que están vivos, cuan­do en real­i­dad están muer­tos. Con sus obras no per­fec­cionadas ante Dios, son exhor­ta­dos a ser vig­i­lantes y a afir­mar las otras cosas que están para morir. Tam­bién se les dice que recuer­den lo que han recibido y oído en el pasa­do, a guardar­lo y arrepen­tirse. Pues de otra man­era, el Señor ven­drá sobre ellos como un ladrón en la noche. Se toma la nota, sin embar­go, de unos pocos en Sardis que no han man­cha­do sus vestiduras y son aun dig­nos, a los que se les prom­ete andar con el Señor en vestiduras blan­cas (1–6).

A la igle­sia en Filadelfia se le prometió una puer­ta abier­ta que nun­ca puede cer­rarse porque han guarda­do la pal­abra del Señor y no han nega­do Su nom­bre. Sus ene­mi­gos, los que recla­man ser judíos pero no lo son, hará que ven­gan y se postren a sus pies, y la igle­sia será sosteni­da para pro­bar a los que moran sobre la tier­ra. Con un anun­cio de su pronta veni­da, son exhor­ta­dos a reten­er lo que tienen, para que ninguno tome su coro­na (7–13).

La igle­sia en Laodicea es entonces descri­ta como tib­ia, por lo que el Señor la vom­itó de Su boca. En tan­to que reclam­a­ban ser ricos, están cie­gos a su ver­dadera condi­ción. Entonces el Señor los acon­se­ja com­prar cosas que real­mente nece­si­tan. Sus pal­abras fuertes indi­can Su amor por ellos, y el hecho de que el se mantiene lis­to para entrar de nue­vo a sus cora­zones si ellos abren sus cora­zones a Él (14–22).

Como en las ante­ri­ores, cada car­ta final­iza con prome­sas mar­avil­losas a los que ven­zan. En la may­oría de los casos, la for­ma en que las prome­sas van a ser cumpl­i­das es ilustra­da en las visiones por venir.

BOSQUEJO

 

I. LA CARTA A LA IGLESIA EN SARDIS (1–6)

 

A. LA DESIGNACIÓN DEL SEÑOR DE SI MISMO (1a)

1. “El que tiene los siete espíri­tus de Dios” – ver Isa 11:1–2Zac 4:1–10; Apoc 1:4; 4:5

2. “…y las siete estrel­las”

B. LA CONDENACIÓN Y LA ADVERTENCIA (1b-3)

1. Con­de­nación

a. Tienen nom­bre de que viv­en, y están muer­tos

b. Sus obras no han sido encon­tradas per­fec­tas delante de Dios

2. Adver­ten­cia

a. Ser vig­i­lante y afir­mar las otras cosas que están para morir

b. Acor­darse de lo que han recibido y oído

c. Guardar­lo y arrepen­tirse

d. Si no velan, el Señor ven­drá sobre ellos como un ladrón

C. ALABANZA (4)

1. Hay unas pocas per­sonas en Sardis que no han man­cha­do sus vestiduras

2. Ellos andarán con Él con vestiduras blan­cas, porque son dig­nos

D. LA PROMESA Y LA EXHORTACIÓN (5–6)

1. El que ven­za…

a. Será vesti­do de vestiduras blan­cas

b. El Señor no bor­rará su nom­bre del libro de la vida

c. El Señor con­fe­sará su nom­bre delante de Su Padre y de Sus ánge­les

2. Oír lo que el Espíritu dice a las igle­sias

II. LA CARTA A LA IGLESIA EN FILADELFIA (7–13)

A. LA DESIGNACIÓN DEL SEÑOR DE SI MISMO (7)

1. “El San­to, el Ver­dadero”

2. El que tiene la llave de David, el que abre y ninguno cier­ra, y cier­ra y ninguno abre” – ver Isa 22:22

B. ALABANZA (8)

1. El Señor ha puesto delante de ellos una puer­ta abier­ta, la cual  nadie puede cer­rar

2. Porque aunque tienen poca fuerza, han guarda­do Su pal­abra, y no han nega­do Su nom­bre

C. LA PROMESA Y LA EXHORTACIÓN (9b-11)

1. En relación a la “sin­a­goga de Satanás” (los que se dicen ser  judíos, pero no lo son)…

a. Él hará que ven­gan y se postren a sus pies

b. Él hará que reconoz­can que Él ha ama­do a los de Filadelfia

2. Porque la igle­sia ha guarda­do la pal­abra de Su pacien­cia…

a. Él tam­bién los guardará de la hora de la prue­ba

b. Que ha de venir sobre los que moran sobre la tier­ra

3. He aquí, ¡Él viene pron­to!

a. Ellos debían reten­er lo que tienen

b. Para que nadie tome su coro­na

4. Al que venciere, el Señor…

a. Lo hará colum­na en el tem­p­lo de Su Dios, y nun­ca más sal­drá de allí

b. Escribirá sobre él:

1) El nom­bre de Su Dios

2) El nom­bre de la ciu­dad de Su Dios, la nue­va Jerusalén, la cual desciende del cielo, de Su Dios

3) Su nom­bre nue­vo

5. Oír lo que el Espíritu dice a las igle­sias

III. LA CARTA A LA IGLESIA EN LAODICEA (14–22)

     A. LA DESIGNACIÓN DEL SEÑOR DE SI MISMO (14)

1. “El Amén, el tes­ti­go fiel y ver­dadero”

2. “El prin­ci­pio de la creación de Dios”

B. LA CONDENACIÓN Y LA ADVERTENCIA (15–20)

1. La con­de­nación

a. Ellos ni son fríos ni calientes

1) Él desea­ba que fuer­an fríos o calientes

2) Pero por cuan­to son fríos, Él los vom­i­tará de Su boca

b. Ellos son desven­tu­ra­dos, mis­er­ables, pobres, cie­gos y desnudos

1)  Aunque dicen que son ricos, y que se han enrique­ci­do, y que de ningu­na cosa tienen necesi­dad

2) Por tan­to, Él los acon­se­ja…

a) Com­prar de Él:

1. Oro refi­na­do en fuego, para que seas rico

2. Vestiduras blan­cas, para que no se des­cubra la vergüen­za de su desnudez

b) Ungir sus ojos con col­irio, para que vean

2. La adver­ten­cia

a. Él reprende y cas­ti­ga a todos los que ama, sé, pues, celoso, y arrepién­tete

b. Él está a la puer­ta y lla­ma; si alguno oye Su voz y abre la puer­ta, Él ven­drá y cenará con él

C. LA PROMESA Y LA EXHORTACIÓN (21–22)

1. Al que venciere…

a. Él Señor le dará que se siente con Él en Su trono

b. Así como Él ha ven­ci­do, y se ha sen­ta­do con Su Padre en Su trono

2. Oír lo que el Espíritu dice a las igle­sias

PEGUNTAS DE REVISIÓN PARA EL CAPÍTULO

1) ¿Cuál es el pun­to prin­ci­pal de este capí­tu­lo?

- La car­ta a la igle­sia en Sardis (1–6)

- La car­ta a la igle­sia en Filadelfia (7–13)

- La car­ta a la igle­sia en Laodicea (14–22)

2) ¿Por qué con­de­na el Señor a la igle­sia en Sardis? (1–2)

- Porque tienen el nom­bre de que viv­en, y están muer­tos

- Sus obras no han sido hal­ladas per­fec­tas delante de Dios

3) ¿Qué exhor­ta el Señor a hac­er a la igle­sia de Sardis? (2–3)

- Ser vig­i­lante, y afir­mar las otras cosas que están para morir

- Acor­darse de lo que han recibido y oído

- Guardar­lo y arrepen­tirse

4) ¿Qué adver­ten­cia se les da a ellos? (3)

- Si no vig­i­lan, Él ven­drá sobre ellos como un ladrón

5) ¿Qué encon­tró el Señor de ala­ban­za en Sardis? ¿Qué les prometió el

   Señor? (4)

- Que ellos tenían unas pocas per­sonas que no habían man­cha­do sus vestiduras

- Que and­a­ban con Él en vestiduras blan­cas, porque son dig­nos

6) ¿Qué prometió el Señor a los que ven­zan? (5)

- Que sería vesti­do de vestiduras blan­cas

- Que no bor­rará sus nom­bres del libro de la vida

- Que con­fe­sará el nom­bre de ellos delante de Su Padre, y delante de Sus ánge­les

7) ¿Qué había hecho el Señor por los de Filadelfia? ¿Por qué? (8)

- Pon­er delante de ellos una puer­ta abier­ta, la cual nadie puede cer­rar

- Ellos tenían poca fuerza, habían guarda­do Su pal­abra, y no habían nega­do Su nom­bre

8) ¿Qué esta­ba hacien­do el Señor por los que reclam­a­ban ser judíos pero eran real­mente la sin­a­goga de Satanás? (9)

- Hac­er­los que vinier­an y se pos­traran a los pies de los de Filadelfia

- Hac­er­los que reconocier­an que Jesús que Jesús había ama­do a los de Filadelfia

9) ¿Qué dice el Señor que haría con los de Filadelfia? ¿Por qué? (10)

- Los guardaría de la hora de la prue­ba que ha de venir sobre la  tier­ra

- Porque han guarda­do la pal­abra de Su pacien­cia

10) ¿Qué adver­ten­cia y qué exhortación Les da entonces? (11)

- He aquí, Yo ven­go pron­to

- Retén lo que tienes, para que ninguno tome tu coro­na

11) ¿Qué prome­sa da el Señor al que ven­za? (12)

- Hac­er­lo colum­na en el tem­p­lo de Su Dios

- Escribir sobre él el nom­bre de Su Dios

- Escribir sobré él el nom­bre de la ciu­dad de Su Dios, la nue­va  Jerusalén

- Y escribir sobre él Su nom­bre nue­vo

12) ¿Por qué el Señor con­de­na a los de Laodicea? (15–16)

- Por cuan­to son tibios, ni son fríos ni calientes

13) ¿Qué dice el Señor que haría Él con respec­to a su tibieza? (16)

- Vom­i­tar­los de Su boca

14) ¿Qué habían declar­a­do ellos? ¿Cuál era su ver­dadera condi­ción? (17)

- Ser ricos, haberse enrique­ci­do, y de ningu­na cosa ten­er necesi­dad

- Eran unos desven­tu­ra­dos, mis­er­ables, pobres, cie­gos y desnudos

15) ¿Qué les acon­se­ja el Señor hac­er? (18)

- Com­prar de Él oro refi­na­do en fuego, para que fuer­an ricos

- Com­prar de Él vestiduras blan­cas para cubrir su desnudez

- Ungir sus ojos con col­irio, para que vean

16) ¿Qué jus­ti­fi­cación da el Señor para tan fuerte cas­ti­go? (19)

- Yo repren­do y cas­ti­go a todos los que amo

17) ¿Qué dice Él a tales cris­tianos? (19,20)

- Sé, pues, celoso, y arrepién­tete

- Él está a la puer­ta y lla­ma; si alguno oye Su voz y abre la puer­ta, Él cenará con ellos

18) ¿Qué les será dado a los que ven­zan? (21)

- Sen­tarse con el Señor en Su trono

- Así como el Señor ven­ció y se sen­tó con Su Padre en Su trono

19) ¿Qué exhortación es dada al final de cada car­ta en este capí­tu­lo?

    (6,13,22)

- “El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las igle­sias”

CAPÍTULO 63

Ven­gan­za, Mis­eri­cor­dia, y una Oración

En la antigüedad, el Israel nacional per­manecía como el sím­bo­lo de la ado­ración de Jehová, rep­re­sen­tan­do al úni­co Dios ver­dadero. Edom, la nación her­mana, per­manecía como un sím­bo­lo de oposi­ción a Jehová y a la religión ver­dadera, porque así como se oponía y odi­a­ba a Israel, así tam­bién odi­a­ba a Jehová. Su ene­mis­tad en con­tra de Jacob es mostra­da a lo largo de toda la his­to­ria de las dos naciones; Edom per­maneció siem­pre del lado con­trario, el lado de los opo­nentes y destruc­tores de Israel. Por este odio per­petuo de su nación her­mana y de Jehová, Edom debe ser juz­ga­da y traí­da a un fin (ver la intro­duc­ción para el capí­tu­lo 34; Abdías; Mal 1:2–5). No se indi­ca ningún tiem­po especí­fi­co para este juicio; la visión rev­ela sim­ple­mente que Jehová hará final­mente a la nación. (A difer­en­cia de Edom, cuyo odio esta­ba reser­va­do para Israel, Babilo­nia buscó traer a todas las naciones bajo su dominio; solo a este respec­to estu­vo intere­sa­do con forzar a Israel a some­terse. Sin embar­go, habría de ser tam­bién destru­i­da. [cap 47].)

La Ven­gan­za de Jehová sobre Sus Ene­mi­gos (vers 1–6)

 

      1 En una visión el pro­fe­ta ve a un guer­rero fuerte y poderoso que viene de Bosra, una ciu­dad prin­ci­pal y prob­a­ble­mente por algún tiem­po cap­i­tal de Edom (aunque esto no es una certeza).[1] El pro­fe­ta pre­gun­ta, ¿Quién es este? y entonces describe al guer­rero con vesti­dos rojos (enro­je­ci­dos, al mar­gen). Él es her­moso en su vesti­do, que refle­ja la dig­nidad de Su propia per­sona. Él mar­cha orgul­losa­mente hacia ade­lante con el paso con­fi­a­do de un con­quis­ta­dor, en la grandeza de su for­t­aleza. La respues­ta al úni­co poderoso no deja ningu­na duda sobre Su iden­ti­dad: Yo, el que hablo en jus­ti­cia, grande para sal­var. Es Jehová, quien habla ver­dad y declara “jus­ti­cia, que anun­cia rec­ti­tud” (45:19). Al sal­var a Su pueblo Él actúa con­sis­ten­te­mente con Su están­dar de jus­ti­cia.

      2 El pro­fe­ta responde con una segun­da pre­gun­ta, ¿Por qué es rojo tu vesti­do? La impli­cación es que los vesti­dos han sido teñi­dos. ¿Por qué los vesti­dos de Jehová están salpic­a­dos con un col­or rojo, como si Él hubiera esta­do pisan­do uvas en un lagar? En tiem­pos antigu­os los fab­ri­cantes de vino reco­lec­taban uvas en una piedra que había sido cor­ta­da a hac­ha­zos o tal­la­da en madera, y entonces la pis­a­ban. En el pro­ce­so las vestiduras usadas por los que pis­a­ban las uvas eran man­chadas por el jugo que salía a chor­ros.

      3 Jehová responde a la pre­gun­ta del pro­fe­ta con una metá­fo­ra. Así como alguien pisa las uvas en el recip­i­ente del vino, así Él piso a Sus ene­mi­gos en el lagar de Su ira, man­chan­do Sus vestiduras con su san­gre. Él ha actu­a­do solo, porque de los pueb­los (plur­al) nadie había con­mi­go; los (plur­al) pise con mi ira. Él ha eje­cu­ta­do juicio sin ayu­da, no solo con­tra Edom, sino con­tra las naciones (paganas) en gen­er­al. Al obrar por la sal­vación de Su pueblo (ver 59:16) y al juz­gar a Sus ene­mi­gos, Él actúa solo. El eno­jo y la ira de Jehová es Su indi­gnación jus­ta en respues­ta a los peca­dos de los hom­bres. La jus­ti­cia debe ser reivin­di­ca­da y el juicio eje­cu­ta­do. En la eje­cu­ción del juicio en el lagar de Su ira, el alma de los paganos ha sido salpic­a­da sobre Sus vestiduras (ver Lam 1:15; Joel 3:13; Apoc 14:19–20). Que todas mis ropas han sido salpic­a­das indi­ca el gran alcance del juicio. El equiv­a­lente Nue­vo Tes­ta­men­to es encon­tra­do en Apoc­alip­sis 19:13–15: La Pal­abra de Dios pisa el lagar de la ira de Dios mien­tras Él trae a los paganos a su fin.

      4 La ven­gan­za es el vín­cu­lo de la san­ti­dad del Señor cuya rec­ti­tud y jus­ti­cia deman­da­da es evi­dente a lo largo de la total­i­dad del pasaje (vers 1–6). Esta­ba en Su corazón pis­ar al mal­va­do. Delitzsch y Leupold sostienen que es sig­ni­fica­ti­vo en la pro­por­ción sug­eri­da por las pal­abras día y año: un día de ven­gan­za a un año de sal­vación; Willis y Young, sin embar­go, pien­san que las dos pal­abras sig­nif­i­can sim­ple­mente “tiem­po” (ver los comen­tar­ios sobre 61:2).

      5 Jehová miró con aten­ción y fija­mente, esperan­do y dese­an­do (ver 5:2) que entre todos los pueb­los hubiera un indi­vid­uo o una nación de Su lado; pero no hubo ninguno, lo mis­mo que Él no había encon­tra­do con­se­jero en Sion (41:28; 59:16). Y me mar­avil­lé, per­maneció pas­ma­do, en la des­o­lación espir­i­tu­al. No hubo respues­ta. Entonces, el mis­mo bra­zo poderoso de Jehová tenía que sal­var­lo en la batal­la, y Su ira san­ta tenía que respal­dar­lo en Su eje­cu­ción de juicio.

      6 Al no encon­trar quien Lo ayu­dara, el mis­mo Jehová piso a los pueb­los (naciones) bajo Su pie en Su eno­jo y los embriagué en mi (Su) furor, reducién­do­los a un esta­do de desam­paro total. Entonces cam­i­naron hacia aba­jo, su “alma” (lit­eral­mente, “vig­or”) fue der­ra­ma­da sobre la tier­ra y traí­da a un fin.

El Amor Per­durable de Jehová por Su Pueblo (vers 7–9)

Jehová ha ase­gu­ra­do al pueblo de la sal­vación por medio del Sier­vo (52:13–53:12). Él ha urgi­do a Sion para a prepararse para un gran influ­jo de nuevos ciu­dadanos (54:1–3); la glo­ria de Sion ha sido pro­fe­ti­za­da (caps. 60–62); y el juicio de los paganos ha sido garan­ti­za­do (63:1–6). Es tiem­po aho­ra de enu­mer­ar las ben­di­ciones y ofre­cer ala­ban­za a Jehová (vers 7–9), para recor­dar las mis­eri­cor­dias de Jehová des­de la antigüedad (vers 10–14), y para orar (63:15–64:12).

      7 No obstante que el pro­fe­ta usa el pronom­bre per­son­al Yo, él está hablan­do prob­a­ble­mente por los pocos fieles de su tiem­po, pero no hay una certeza. Él men­ciona las mis­eri­cor­dias de Jehová, Sus actos de ter­nu­ra basa­dos en Su amor eter­no. Esta bon­dad es una base para alabar al Señor, con­forme a todo lo que Jehová nos ha dado. Una segun­da car­ac­terís­ti­ca de Jehová es la grandeza de sus ben­efi­cios hacia la casa de Israel, la belleza por la que ellos pueden apelar por el perdón. Una ter­cera con­sid­eración a ser declar­a­da es Sus mis­eri­cor­dias, que son según la mul­ti­tud de sus piedades. Las mis­eri­cor­dias del Señor resumen Su sim­patía por Su pueblo, Su pro­fun­do amor por ellos.

      8 Cuan­do Jehová tra­jo a Israel fuera de Egip­to, Él los reclamó como Su pueblo, en medio de los que Él cam­inó como Su Dios (Lev 26:12; Deut 29:13). Había la condi­ción, sin embar­go, que si Él iba a habitar en medio de ellos, ellos deberían oír Su voz (Deut 6:3; Jer 7:23; Ezeq 11:20). A la luz de la bon­dad, la gran benev­o­len­cia, y las abun­dantes mis­eri­cor­dias mostradas a Su pueblo (vers 7), Ciertamente…son, hijos que no mien­ten, sino que son fieles a Él. Esto es lo que Jehová tiene dere­cho a esper­ar, porque Él los ha escogi­do como Su pueblo. Además, Él fue su sal­vador (ver Sal 106:21–22) y siem­pre estaría allí para ayu­dar cuan­do lo nece­si­taran. Pero Él esta­ba defrau­da­do de ellos.

      9 En toda angus­tia de ellos él fue angus­ti­a­do – la angus­tia es una estrechez, una condi­ción apre­ta­da acor­ral­a­da con “agitación inte­ri­or inten­sa.” Si es adop­ta­da la lec­tura al mar­gen, “En toda su adver­si­dad Él no era adver­sario,” la idea es, como es expre­sa­do por Alexan­der, “en todas sus dis­cor­dias (hacia él), él no era un ene­mi­go (para ellos) (II.419); Él no los afligió para herir­los sino para hac­er­los buenos. Si, de otra for­ma, es acep­ta­da la tra­duc­ción bási­ca, la idea parece ser que Él com­par­tió con ellos el sufrim­ien­to y la heri­da de sus aflic­ciones, como se indi­ca tam­bién en Jue­ces 10:16: “y él [Jehová] fue angus­ti­a­do a causa de la aflic­ción de Israel.” A lo largo de toda la his­to­ria de Israel el Señor estu­vo pre­ocu­pa­do y com­par­tió el sufrim­ien­to del pueblo, así como el Sal­vador se “com­padece con nues­tras debil­i­dades” (Heb 4:15). La empatía es una car­ac­terís­ti­ca tan­to de Jehová como del Mesías.

      Y el ángel de su faz (la frase el ángel de su faz solo se pre­sen­ta aquí) los red­im­ió – la pal­abra tra­duci­da ángel podría ser tam­bién pues­ta como “men­sajero” o “comi­sion­a­do”; la pal­abra tra­duci­da de su faz sig­nifi­ca lit­eral­mente “ros­tro.” Jehová prometió a Moisés, “Mi pres­en­cia [ros­tro] irá con­ti­go” (Éxo­do 33:14). Entonces el ángel es el ros­tro o pres­en­cia rep­re­sen­ta­ti­va de Jehová que iba con Israel. Puesto que Cristo acom­pañó a Israel en el desier­to (1 Cor 10:4), y es “la ima­gen de Dios” (2 Cor 11:4, 6; Col 1:15) y “el res­p­lan­dor de su glo­ria” (Heb 1:3), esta pres­en­cia rep­re­sen­ta­ti­va de Jehová prob­a­ble­mente es el Ver­bo de Dios hecho carne (Juan 1:14), el Mesías pre encar­na­do. Movi­do por la com­pasión por medio de Él, Jehová los red­im­ió, y los tra­jo, y los lev­an­tó todos los días de la antigüedad. Isaías atribuye a Jehová la ala­ban­za y la glo­ria por la reden­ción y el cuida­do prov­i­den­cial de Israel a través de la his­to­ria.

La Respues­ta del Pueblo: Rebe­lión (vers 10–14)

 

      10 Aunque Jehová había sido amable con Israel, habién­doles urgi­do a oír la voz del men­sajero que Él les enviaría, y habién­doles adver­tido que no se rebe­laran con­tra Él (Éxo­do 23:21), sin embar­go ellos no pusieron aten­ción, sino que se rebe­laron des­de el prin­ci­pio (Deut 9:7). Ellos hicieron eno­jar su san­to espíritu, trayen­do aflic­ción y dolor sobre Él (ver Sal 78:40; 106:43). Entonces, en lugar de ser lo que Él desea­ba ser hacia, Jehová se con­vir­tió en su ene­mi­go, aban­donán­do­los o aban­donán­do­los final­mente como lo hizo en el mun­do ante­dilu­viano (Gén 6:6–7). Él peleó con­tra Israel-Judá como peleó con­tra otros ene­mi­gos de la jus­ti­cia.

      En este pun­to una pre­gun­ta exegéti­ca es lev­an­ta­da: ¿El san­to espíritu se refiere al mis­mo Jehová, a Su carác­ter y dis­posi­ción, o al Espíritu San­to como una per­sona? Hay difer­entes pun­tos de vista en este pun­to. El ángel o comi­sion­a­do de Jehová (vers 9) es un ser per­son­al difer­en­ci­a­do de Él; asimis­mo, el san­to espíritu es aquí difer­en­ci­a­do de Jehová. Él puede exper­i­men­tar tris­teza (ver Ef 4:30), una car­ac­terís­ti­ca pecu­liar de una per­sona. Esto guía a la con­clusión que el pro­fe­ta está hablan­do del Espíritu San­to como una per­sona. Si es así, en estos ver­sícu­los ten­emos a Jehová; el ángel (comi­sion­a­do) de Jehová, esto es, el Hijo; y el Espíritu San­to – las tres per­sonas del Dios Tri­no todas tra­ba­jan­do a favor de Israel. La rebe­lión del pueblo es entonces con­tra la Dei­dad total.

      11 Otra cuestión de exé­ge­sis es lev­an­ta­da aquí. ¿Debe­mos acep­tar el tex­to, Pero se acordó de los días antigu­os, de Moisés y de su pueblo, o la lec­tura alter­na, “Pero su pueblo se acordó de los días antigu­os de Moisés” (al mar­gen)? Siguen cin­co pre­gun­tas. La primera, ¿Dónde está el que les hizo subir del mar con el pas­tor de su rebaño? Parece con­fir­mar la lec­tura al mar­gen. ¿Está sien­do con­tes­ta­da la pre­gun­ta por los pocos fieles o por la total­i­dad del pueblo? Parece estar más en armonía con el con­tex­to ver a la nación como el inter­ro­gador, aunque algunos eru­di­tos pien­san que el pro­fe­ta está hablan­do por los pocos fieles. Subir del mar se refiere al cruce del Mar Rojo (ver Sal 106:9); el pas­tor de su rebaño son Moisés y Aarón. Pero si la for­ma sin­gu­lar pas­tor (al mar­gen), que se pre­sen­ta en algunos man­u­scritos antigu­os, es adop­ta­do, el pas­tor es Moisés. A la luz de la frase de Moisés y de su pueblo, es preferi­ble el sin­gu­lar.

      La segun­da pre­gun­ta, ¿dónde el que puso en medio de él su san­to espíritu? prob­a­ble­mente se refiere al otorgamien­to de Jehová de Su Espíritu a los seten­ta ancianos en el desier­to (ver Núm 11:17, 25, 29; Hageo 2:5). El Espíritu aquí, como en el ver­sícu­lo 10, es la ter­cera per­sona de la Trinidad.

      12 La ter­cera pre­gun­ta, ¿dónde el que los guió por la dies­tra de Moisés con el bra­zo de su glo­ria? apun­ta de regre­so a la guía y for­t­alec­imien­to de Moisés por parte de Jehová des­de el tiem­po de la lib­eración fuera de Egip­to a la lle­ga­da en la fron­tera de Canaán. El bra­zo de su glo­ria es la poten­cia poderosa (ver los comen­tar­ios sobre 40:10; 51:5; 52:10; 59:16; 63:5) que Dios mostró en la lib­eración de Egip­to y en el cuida­do de Su pueblo en el desier­to mien­tras él sos­tu­vo por medio de Moisés des­de el prin­ci­pio has­ta el fin.

      La cuar­ta pre­gun­ta pertenece al poder mostra­do al dividir las aguas del Mar Rojo. ¿Dónde está aho­ra Él que en otros tiem­pos ejer­ció ese poder cuan­do Él guió a Israel fuera de Egip­to, hacien­do entonces para Él mis­mo un nom­bre per­petuo tan­to entre las naciones de ese tiem­po como entre todos los pueb­los des­de entonces?

      13 La quin­ta pre­gun­ta, ¿Dónde está Él que los con­du­jo (a los pueb­los) por los abis­mos, a través de las aguas en las que ellos se habrían ahoga­do, excep­to por el ejer­ci­cio de Su glo­rioso poder? Al cruzar el mar, Israel fue como un cabal­lo de pie firme via­jan­do sobre un desier­to suave donde no tropezó – el cruce fue sin con­tratiem­pos para el pueblo y sus bienes.

      14 Una ilus­tración final o símil com­ple­ta la ilus­tración. Como gana­do que ha esta­do pas­tan­do en la ladera pedregosa de una mon­taña baja al valle por agua y des­cansa, así el Espíritu de Jehová los pas­toreó en Canaán en su via­je final. Por Su gran fuerza y poten­cia poderosa Jehová guió a Su pueblo a través de todas estas prue­bas, hacien­do Su nom­bre más glo­rioso. Leupold bien ha resum­i­do el pun­to com­ple­to de los ver­sícu­los 11–14, “¿Por qué ‘entonces” y ‘aho­ra’? Jehová desplegó Su infini­to poder en el ini­cio de la his­to­ria de la nación; ¿Por qué, entonces, esta­mos aban­don­a­dos como lo esta­mos en el tiem­po pre­sente?

Una Oración Fer­viente por Mis­eri­cor­dia y Ayu­da (vers 15–19; cap. 64)

 

      15 La nación ha mira­do hacia atrás al amor, a la mis­eri­cor­dia, y a la poten­cia poderosa mostra­da en la lib­eración bajo Moisés. Ellos han com­para­do esa demostración de Su pres­en­cia con su condi­ción actu­al y aho­ra cla­man a Él en oración por ayu­da. Su trono está en los cie­los (Sal 11:4) donde el pueblo ha obser­va­do por ben­di­ciones en el pasa­do (Deut 26:15) y han bus­ca­do ayu­da en tiem­po de necesi­dad (Sal 80:14). Allí habi­tan la plen­i­tud de Su glo­ria y san­ti­dad, y la nación apela aho­ra a estos atrib­u­tos. Ellos cla­man, Mira des­de el cielo con una acti­tud favor­able hacia nosotros, y con­tem­pla, con­sid­era y ten cuida­do por nues­tra condi­ción. ¿Dónde está el celo con­tra nue­stros ene­mi­gos y el poderoso poder acom­pañán­do­lo que fue una vez prometi­do (ver 26:11; 42:13; 59:17)? Jehová parece haberse quita­do a Si mis­mo, porque ellos pre­gun­tan además, ¿Por qué ten­emos la año­ran­za de Sus entrañas y Su piedad ha sido reti­ra­da de la nación? Aunque nosotros, como la nación que está aquí en oración, podríamos no percibir­lo en este momen­to, hay siem­pre un propósi­to atrás del cas­ti­go.

      16 La base de la apelación de Israel por ayu­da es que Jehová es su Padre, él úni­co que tra­jo a la nación a la exis­ten­cia (ver Deut 32:6). Aunque Él los había cri­a­do como Sus hijos, ellos se habían rebe­la­do con­tra Él (1:2); esta es la respues­ta a la pre­gun­ta del ver­sícu­lo 15. Que Abra­ham e Israel no cono­cen a la nación no sig­nifi­ca que ellos rec­haz­an aho­ra al pueblo, o que recla­man no ten­er relación con ellos, sino que la descen­den­cia de los patri­ar­cas no puede ayu­dar­los aho­ra. Porque no obstante que Abra­ham y Jacob fueron los prog­en­i­tores físi­cos de la nación, Jehová es su Padre espir­i­tu­al y el Reden­tor ver­dadero. Ellos deben apelar a Él.

      17 La lec­tura ini­cial de este ver­sícu­lo parece ser, como sug­iere Rawl­in­son, un “reproche que raya en la irrev­er­en­cia” (II. 444); pero Dios no puede ser car­ga­do con la respon­s­abil­i­dad por los peca­dos del hom­bre – solo el hom­bre es respon­s­able. La expli­cación de este difí­cil ver­sícu­lo parece ser encon­tra­do en el encar­go dado a Isaías en su lla­ma­do. Si el pueblo escucha a Jehová, estará bien; pero si no lo hacen, se serían total­mente endure­ci­dos (ver los comen­tar­ios sobre 6:10). Ellos no habían escucha­do; entonces, fueron endure­ci­dos porque ellos debían haber vis­to hacia Jehová. La ple­garia es para que Dios regrese por el bien de Israel, que ha sido escogi­do para ser Su sier­vo, no sea que las tribus se extin­gan en la tier­ra.

      18–19 Las muchas expli­ca­ciones y las lec­turas tex­tuales alter­na­ti­vas sug­eri­das por los comen­taris­tas y críti­cos es evi­dente que somos enfrenta­dos aquí con otro pasaje difí­cil. En el orig­i­nal, no hay un propósi­to direc­to para el ver­bo poseyó, así que, ¿qué poseyó el pueblo? ¿Fue la tier­ra, el monte (como algunos pro­po­nen), o el san­tu­ario? Cualquiera de estos es posi­ble. Lo sigu­iente es una expli­cación ofre­ci­da como prob­a­ble. En el ini­cio de la his­to­ria de Israel, Jehová había dicho que cuan­do ellos “hayan enve­je­ci­do en la tier­ra” y se hayan cor­rompi­do ellos mis­mos con la idol­a­tría, “pron­to pere­ceréis total­mente de la tier­ra” hacia la cual pasáis el Jordán para tomar pos­esión de ella (Deut 4:25–26). La tier­ra fue tris­te­mente cor­romp­i­da por Man­as­es (2 Rey 21:1–18); después de él solo hubo un rey bueno, Josías, que inten­tó pero fal­ló en refor­mar a Judá. Él fue suce­di­do por cua­tro reyes mal­va­dos, la destruc­ción de Jerusalén, y el exilio en Babilo­nia. ¿No podría ser esto el cumplim­ien­to de las pal­abras de Isaías que Por poco tiem­po lo poseyó (la tier­ra) tu san­to pueblo? Después de aban­donarse a sí mis­mos a la idol­a­tría, ellos perecieron así como Jehová había pro­fe­ti­za­do en Deuteronomio. Los que han hol­la­do tu san­tu­ario podrían ser los babilo­nios (ver el comen­tario sobre 64:11), o los idol­a­tras de los días antes del exilio quienes, des­pre­cian­do la fe estable­ci­da, pro­fa­naron el san­tu­ario de Jehová. En esta condi­ción ellos esta­ban como extran­jeros que nun­ca se habían someti­do a Jehová ni lo habían lla­ma­do por Su nom­bre.

Capí­tu­lo 63. Ven­gan­za, Mis­eri­cor­dia, y una Oración

[1]  Zon­der­van Pic­to­r­i­al Ency­clo­pe­dia of the Bible, ed. Mer­rill C. Ten­ney (Grand Rapids: Zon­der­van, 1975), vol. 1, pág. 645.