Evangelio según Marcos, capítulo 3
Marcos 3: La Línea en la Arena
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Introducción: La Línea en la Arena
Hay momentos en la historia, y en nuestras propias vidas, en que la neutralidad deja de ser una opción. Momentos en que una presencia, una idea o una verdad es tan potente que obliga a todos a tomar partido. Ya no hay lugar para la ambigüedad; se traza una línea en la arena y cada persona debe decidir de qué lado se encuentra.
El capítulo 3 de Marcos es uno de esos momentos. Si el capítulo 2 fue el inicio de la controversia, el capítulo 3 es la declaración de guerra. La oposición a Jesús pasa de ser un murmullo de desaprobación a un complot de asesinato en toda regla. Y es precisamente en este horno de odio e intriga donde Jesús comienza a forjar los cimientos de su reino. Mientras sus enemigos conspiran en las sombras, Él actúa a plena luz, desafiando su legalismo, llamando a sus líderes y redefiniendo la esencia misma de la familia.
Este capítulo es un estudio del conflicto, la elección y la creación. Es un campo de batalla donde el Reino de Dios choca violentamente con los reinos de este mundo: el reino de la religión muerta, el reino de la política y, como veremos, incluso el reino de las relaciones familiares. Y en medio de todo, Jesús se erige como la gran figura divisoria, obligando a todos, desde los fariseos hasta su propia madre, a responder a la pregunta fundamental: ¿Quién es este hombre? Prepárese, porque las respuestas y las acciones que siguen son tan impactantes hoy como lo fueron hace dos mil años.
1. Un Choque Decisivo en Sábado: La Anatomía de un Corazón Endurecido (Marcos 3:1-6)
La serie de cinco historias de controversia que comenzó en el capítulo 2 alcanza aquí su clímax violento. La batalla se libra una vez más en el terreno del Sábado, pero esta vez, las apuestas son de vida o muerte.
Otra vez entró Jesús en una sinagoga; y había allí un hombre que tenía una mano seca. Y lo observaban para ver si lo sanaba en el día de reposo, para poder acusarlo.
Jesús entra de nuevo en la sinagoga, su lugar habitual de enseñanza. Dentro hay un hombre con una mano “seca” o marchita, una condición que probablemente lo había dejado incapacitado para trabajar y dependiente de la caridad. En el pensamiento de la época, una aflicción como esta a menudo se consideraba un castigo de Dios. Este hombre no era simplemente un enfermo; era un paria.
- Pero la atención de Marcos se centra rápidamente en “ellos”, los fariseos. El texto dice que “lo observaban”. El verbo griego está en tiempo imperfecto, lo que nos dice que esto no fue una mirada casual; era una vigilancia continua y hostil.
- (Los fariseos) Se habían convertido en espías en la casa de Dios.
- Su objetivo no era adorar, sino encontrar una base para una acusación legal. Tenían la ley de su lado, o al menos su retorcida interpretación de ella.
- Su tradición permitía la atención médica en sábado solo en casos de peligro mortal. La mano seca de este hombre, aunque era una miseria crónica, no era una amenaza para su vida; por lo tanto, según su lógica, la curación podía esperar.
Entonces Jesús dijo* al hombre que tenía la mano seca: «Ponte de pie en medio de todos». Y a ellos les dijo*: «¿Es lícito en el día de reposo hacer bien o hacer mal, salvar una vida o matar?». Pero ellos guardaban silencio. Y mirando con enojo a los que lo rodeaban, entristecido por la dureza de su corazón, dijo* al hombre: «Extiende tu mano». Y él la extendió, y su mano quedó sana.
Jesús, lejos de evitar la confrontación, la pone en el centro del escenario. Le ordena al hombre: “Ponte de pie en medio de todos”.
- Obliga a todos a enfrentar la realidad de este hombre sufriente. Con todos los ojos fijos en Él, se vuelve hacia sus acusadores y les lanza una pregunta que es una obra maestra de la retórica moral. No debate sus minucias legales. En cambio, replantea todo el asunto en sus términos fundamentales y absolutos: bien contra mal, vida contra muerte.
- Piense en la profundidad de esta pregunta. ¿Es lícito “hacer bien”? Jesús tiene el poder de restaurar a este hombre. No hacerlo, negarle este bien, sería en sí mismo un acto de maldad.
- Luego, la pregunta se vuelve aún más aguda: ¿es lícito “salvar una vida o matar?”.
- La palabra “salvar una vida” aquí no se refiere solo a la reanimación de un moribundo; significa restaurar a una persona a la plenitud, salvarla de una existencia de miseria.
Aquí está el golpe maestro que a menudo se pasa por alto. La pregunta de Jesús no era solo teórica. Era una acusación directa y velada. Mientras Él se preparaba para “salvar una vida”, ellos, en sus corazones, estaban usando el mismísimo día de reposo para tramar cómo “matarlo”. Él estaba exponiendo la hipocresía asesina que se escondía bajo su piedad externa.
La respuesta de ellos es un silencio ensordecer. No tienen nada que decir. Su silencio es una admisión de culpa, una revelación de que su teología no tiene respuesta para la compasión elemental.
El versículo 5 es uno de los retratos emocionales más potentes de Jesús en todos los evangelios.
Lo vemos “mirando con enojo” y al mismo tiempo “entristecido por la dureza de su corazón”. Esta no es una simple irritación. Es la ira santa de Dios contra el orgullo religioso que se disfraza de piedad. Pero su ira está mezclada con un dolor profundo. Está entristecido porque sus corazones, que deberían haber sido blandos y receptivos a Dios, se habían vuelto como piedra, insensibles a la verdad y a la necesidad humana. La “dureza de corazón” (esclerocardia en griego) es un tema bíblico terrible, que recuerda al Faraón que se resistió a Dios hasta su propia destrucción.
Entonces, con una simple palabra de mandato, Jesús sana al hombre. No hay ritual, no hay trabajo, solo el poder puro de la Palabra de Dios que restaura la creación.
Pero cuando los fariseos salieron, enseguida comenzaron a tramar con los herodianos en contra de Jesús, para ver cómo lo podían destruir.
La respuesta al milagro no es la adoración, sino la conspiración. Humillados públicamente, los fariseos salen “enseguida” y forman una de las alianzas más extrañas de la Biblia. Se unen a los herodianos.
¿Quiénes eran los herodianos? Eran un partido político, no religioso, formado por partidarios influyentes de la dinastía de Herodes Antipas, el gobernante títere de Roma en Galilea.
Los fariseos, con su fervor nacionalista, despreciaban a los herodianos como colaboradores pro-romanos y helenísticos.
Eran enemigos ideológicos mortales. Sin embargo, su odio común hacia Jesús, el hombre que amenazaba su poder y su sistema de control, fue lo suficientemente fuerte como para convertirlos en aliados en un complot para asesinarlo. El enemigo de mi enemigo es mi amigo.
Aplicación Profunda
Esta historia es una advertencia terrible sobre cómo la religión puede volverse una barrera contra Dios.
- Es posible estar en el lugar correcto (la sinagoga), con el libro correcto (la Ley), y aun así tener un corazón tan duro que no se pueda reconocer la obra de Dios.
- El legalismo es un veneno que nos hace críticos en lugar de compasivos.
- Nos lleva a buscar fallas en los demás en lugar de buscar oportunidades para hacer el bien. Debemos preguntarnos: ¿Hay áreas en mi vida donde mis “reglas” o “tradiciones” me impiden mostrar la misericordia radical que Jesús demostró? ¿Se ha vuelto mi corazón duro hacia la necesidad humana porque no encaja en mi sistema teológico? La prueba de la verdadera religión, como demostró Jesús, no es la adherencia perfecta a las reglas, sino el amor que hace el bien y salva vidas.
2. La Fama del Rey y la Elección de Sus Heraldos (Marcos 3:7-19)
Inmediatamente después de este complot mortal, Marcos nos muestra un contraste asombroso. Mientras la élite religiosa planea su destrucción, la gente común acude a Él en masa.
Jesús se retiró al mar con Sus discípulos; y una gran multitud de Galilea lo siguió. También de Judea, de Jerusalén, de Idumea, del otro lado del Jordán, y de los alrededores de Tiro y Sidón, una gran multitud, que al oír todo lo que Jesús hacía, vino a Él. Y dijo a Sus discípulos que tuvieran lista una barca para Él por causa de la multitud, para que no lo oprimieran; porque había sanado a muchos, de manera que todos los que tenían aflicciones se echaban sobre Él para tocarlo.
Jesús se retira, pero la fama lo persigue. Marcos se esfuerza por mostrarnos el alcance geográfico sin precedentes de su popularidad. Vienen de toda la tierra de Israel bíblico y más allá: del sur (Judea, Jerusalén, Idumea), del este (más allá del Jordán) y del noroeste (las regiones gentiles de Tiro y Sidón). Era una mezcla de judíos y gentiles. La razón de su venida era singular: “al oír todo lo que Jesús hacía”. No venían principalmente por su enseñanza, sino por su poder.
La presión era física y abrumadora. La gente se “echaba sobre Él” con una desesperación casi violenta, creyendo que solo con tocarlo podrían ser sanados. La situación era tan peligrosa que Jesús tuvo que ordenar que una barca estuviera lista como una ruta de escape para evitar ser aplastado por la misma gente que buscaba su ayuda.
Y siempre que los espíritus inmundos veían a Jesús, caían delante de Él y gritaban: «¡Tú eres el Hijo de Dios!». Pero Él les advertía con insistencia que no revelaran quién era Él.
En medio de esta marea humana, solo los demonios lo reconocen plenamente. (Ni los fariseos lo reconocían) Su confesión, “¡Tú eres el Hijo de Dios!”, es teológicamente correcta. Sin embargo, Jesús los silencia estrictamente. ¿Por qué rechazaría un testimonio verdadero?
- Porque era el testimonio equivocado de la fuente equivocada en el momento equivocado. Una declaración de su divinidad proveniente de demonios podría ser fácilmente malinterpretada como una alianza con ellos (la misma acusación que sus enemigos estaban a punto de hacer) o podría incitar una revuelta política mesiánica.
- La verdadera identidad de Jesús debía ser revelada en los términos de Dios, no en los de Satanás, y culminaría no en una aclamación popular, sino en la cruz.
Después subió* Jesús al monte y llamó* a los que Él quiso, y ellos vinieron a Él. Y designó a doce, para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar, y que tuvieran autoridad para echar fuera demonios.
Dejando atrás el caos de las multitudes, Jesús sube a un monte. Este acto es deliberado. Los montes en la Biblia son lugares de encuentro divino, de decisiones trascendentales. Lucas nos informa del profundo peso de este momento al señalar que Jesús pasó toda la noche en oración antes de esta elección (Lucas 6:12).
“Llamó a los que Él quiso”. La elección es un acto de pura soberanía divina. No se basó en el currículum, el estatus o la piedad de los hombres. Fue su decisión. Y de entre un grupo más grande de seguidores, “designó a doce”.
El número no es casual. Es una declaración teológica de un poder inmenso. Al elegir a doce hombres, Jesús estaba reconstituyendo simbólicamente al pueblo de Dios. Estaba formando un nuevo Israel, con doce nuevos patriarcas, y Él mismo como su cabeza.
Marcos define su misión con tres propósitos claros:
- “Para que estuvieran con Él”: Antes de cualquier obra, estaba la relación. El primer llamado del discipulado no es a hacer, sino a ser. Tenían que vivir con Él, aprender de Él y ser transformados por su presencia.
- “Para enviarlos a predicar”: La comunión debía llevar a la comisión. La palabra “apóstol” (ἀπόστολος) significa literalmente “uno que es enviado”. Serían sus embajadores, sus heraldos, encargados de proclamar su mensaje.
- “Para que tuvieran autoridad”: No serían enviados con sus propias fuerzas. Se les delegaría la autoridad de Jesús para continuar su obra de liberación, demostrando el poder del Reino sobre el dominio de Satanás.
Designó a los doce: Simón (a quien puso por nombre Pedro), Jacobo, hijo de Zebedeo, y Juan, hermano de Jacobo (a quienes puso por nombre Boanerges, que significa, Hijos del Trueno); Andrés, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Jacobo, hijo de Alfeo, Tadeo, Simón el cananita; y Judas Iscariote, el que también lo entregó.
La lista misma es un testimonio del poder del evangelio. Es un grupo heterogéneo de hombres comunes, en su mayoría pescadores y gente sin educación formal. Jesús les da nuevos nombres a los líderes clave, una práctica bíblica que significa un nuevo propósito y una nueva identidad. Simón se convierte en Pedro (“Roca”), y los hermanos Jacobo y Juan en “Hijos del Trueno” (Boanerges), un apodo que probablemente apuntaba a su temperamento apasionado e impetuoso.
- El detalle más asombroso y a menudo pasado por alto en esta lista es la inclusión de
- “Mateo, [el recaudador de impuestos]” y “Simón el cananita [el Zelote]”.
- Piense en lo que esto significa. Mateo trabajaba para Roma, enriqueciéndose al recaudar impuestos opresivos de su propio pueblo. Era un traidor. Simón el Zelote, por otro lado, pertenecía a un grupo de revolucionarios fanáticos cuyo objetivo era el derrocamiento violento de Roma y de colaboradores como Mateo. En cualquier otro lugar del mundo, estos dos hombres habrían intentado matarse mutuamente. En el círculo de Jesús, se les llama a ser hermanos. Esta no es una simple tolerancia; es una reconciliación sobrenatural. Es una demostración viviente de que el evangelio crea una unidad que trasciende las divisiones políticas y sociales más profundas y odiosas del mundo.
La lista termina con la ominosa inclusión de “Judas Iscariote, el que también lo entregó”. Marcos, con una honestidad brutal, nos dice desde el principio que la traición vino de dentro. Jesús eligió a Judas, no porque fuera engañado, sino a pesar de saber lo que haría.
Aplicación Profunda
Este pasaje destruye cualquier idea de elitismo en el servicio a Cristo. Él no llama a los calificados; Él califica a los que llama. Usa gente común, con temperamentos imperfectos y pasados complicados, para cambiar el mundo. Si te sientes inadecuado, mira a los Doce. Tu llamado no depende de quién eres tú, sino de quién es Él. Además, la unidad imposible de Mateo y Simón nos desafía. ¿Hay personas en la iglesia, tal vez con opiniones políticas o antecedentes diferentes, a las que consideramos “el enemigo”? El evangelio exige de nosotros una unidad sobrenatural que demuestre al mundo que nuestro vínculo en Cristo es más fuerte que cualquier cosa que nos divida. ¿Estamos viviendo esa realidad imposible?
3. La Acusación Máxima y el Pecado Imperdonable (Marcos 3:20-30)
Aquí llegamos al corazón oscuro del capítulo. El conflicto se vuelve personal y espiritual, con Jesús enfrentando acusaciones no solo de sus enemigos, sino también de su propia familia. Marcos utiliza una técnica literaria llamada intercalación o “sándwich”. Comienza con la familia, inserta la confrontación con los escribas y luego regresa a la familia, instándonos a interpretar las dos historias a la luz de la otra.
Jesús llegó* a una casa, y la multitud se juntó* de nuevo, a tal punto que ellos no podían ni comer. Cuando Sus parientes oyeron esto, salieron para hacerse cargo de Él, porque decían: «Está fuera de Sí».
La escena es de un caos total. La multitud es tan abrumadora que Jesús y sus discípulos ni siquiera pueden detenerse para comer. Las noticias de este frenesí llegan a su familia, probablemente en Nazaret. Su reacción es de alarma y vergüenza. La frase “Está fuera de Sí” es una acusación de locura. En la cultura del honor y la vergüenza del Medio Oriente, el comportamiento excéntrico de un miembro de la familia traía deshonra a todo el clan. Su intención de “hacerse cargo de Él” (krateō en griego) es una palabra fuerte que puede significar arrestar o tomar por la fuerza. Lo ven como un fanático religioso que está dañando el nombre de la familia y necesita ser controlado por su propio bien.
Y los escribas que habían descendido de Jerusalén decían: «Tiene a Beelzebú; y expulsa los demonios por el príncipe de los demonios».
Si la acusación de su familia era de locura, la de los líderes religiosos era de maldad pura. Una delegación oficial de escribas ha venido desde Jerusalén, el centro del poder religioso, para investigar a este rabino galileo. Su veredicto es rápido y condenatorio. No pueden negar su poder para expulsar demonios, la evidencia es irrefutable. Así que, en lugar de negar el milagro, atacan su fuente. La acusación es doble: primero, que está poseído por “Beelzebú” (un nombre para Satanás) ; segundo, que su poder para expulsar demonios menores proviene de una alianza con el príncipe de los demonios. Es una calumnia deliberada diseñada para destruir su reputación y explicar su poder de la manera más siniestra posible.
Jesús los llamó y les hablaba en parábolas: «¿Cómo puede Satanás expulsar a Satanás? Si un reino está dividido contra sí mismo, ese reino no puede permanecer… Pero nadie puede entrar en la casa de un hombre fuerte y saquear sus bienes si primero no lo ata; entonces podrá saquear su casa».
Jesús los confronta con una lógica aplastante. Su argumento es simple: un reino en guerra civil no puede durar. Si Él estuviera expulsando demonios por el poder de Satanás, significaría que el reino de Satanás se está autodestruyendo, lo cual es absurdo.
Luego, pasa de la defensa al ataque con la parábola del “hombre fuerte”. Con esta imagen, Jesús revela la verdadera naturaleza de su ministerio. Satanás es el “hombre fuerte” que ha mantenido al mundo, su “casa”, cautivo. Sus “bienes” son las almas humanas esclavizadas por el pecado y la opresión demoníaca. Pero Jesús se presenta a sí mismo como el “más fuerte” que ha venido, no a negociar con Satanás, sino a invadir su territorio, atarlo y saquear sus bienes, es decir, a liberar a sus cautivos. Cada exorcismo no es una señal de cooperación con el mal, sino una demostración de la derrota del mal. Es la prueba de que el Reino de Dios ha llegado con poder.
»En verdad les digo que todos los pecados serán perdonados a los hijos de los hombres, y las blasfemias con que blasfemen, pero cualquiera que blasfeme contra el Espíritu Santo no tiene jamás perdón, sino que es culpable de un pecado eterno». Porque decían: «Tiene un espíritu inmundo».
Aquí llegamos a una de las advertencias más aterradoras de toda la Escritura. Jesús comienza afirmando la vasta extensión de la gracia de Dios: todos los pecados y blasfemias pueden ser perdonados. Pero establece una excepción terrible: la blasfemia contra el Espíritu Santo.
Marcos mismo nos da la definición en el versículo 30: se comete “porque decían: ‘Tiene un espíritu inmundo’”. Este no es un pecado de ignorancia o un desliz verbal. Es un rechazo consciente, deliberado y persistente de la verdad evidente. Es ver la obra inconfundible del Espíritu Santo a través de Cristo —la liberación, la sanidad, la restauración— y, con pleno conocimiento, atribuirla maliciosamente al poder de Satanás.
¿Quién está en peligro de cometer este pecado? No son los recaudadores de impuestos ni las prostitutas. Son los escribas, los expertos en la ley, los líderes religiosos. Este es el punto profundo de Edwards: el pecado, la inmoralidad y la maldad plantean un problema menor para la gracia de Dios que el orgullo y la justicia propia. La persona quebrantada sabe que necesita un médico. Pero la persona religiosamente orgullosa, que ve la luz de Dios y la llama oscuridad para proteger su propio sistema, se acerca peligrosamente a un estado en el que ya no puede arrepentirse. Por eso es un “pecado eterno”; no porque la gracia de Dios sea insuficiente, sino porque endurece el corazón más allá del punto de arrepentimiento, rechazando al único Agente, el Espíritu Santo, que puede llevar a una persona al arrepentimiento.
Es crucial entender que si una persona está preocupada por haber cometido este pecado, es una señal segura de que no lo ha hecho. La ansiedad por ello es evidencia de una conciencia sensible, lo contrario del corazón completamente endurecido requerido para este pecado.
Aplicación Profunda
Esta sección nos obliga a examinar nuestros propios corazones. ¿Con qué rapidez juzgamos las obras de Dios que no encajan en nuestras cajas teológicas? ¿Podría nuestro orgullo religioso, nuestra lealtad a un sistema, cegarnos a un movimiento genuino del Espíritu Santo? La advertencia de Jesús es un llamado a la humildad intelectual y espiritual. Nos llama a tener cuidado de no ser tan rápidos en condenar lo que no entendemos, no sea que nos encontremos, como los escribas, oponiéndonos a la misma obra de Dios que afirmamos servir. Es un llamado a mantener un corazón tierno y receptivo a la verdad, sin importar cuán incómoda o disruptiva sea para nuestro status quo.
4. La Verdadera Familia de Dios: Un Parentesco Redefinido (Marcos 3:31-35)
Marcos ahora completa su “sándwich” literario, regresando a la familia de Jesús que ha estado esperando afuera.
Entonces llegaron* Su madre y Sus hermanos y quedándose afuera, mandaron a llamarlo. La multitud estaba sentada alrededor de Él, y le dijeron*: «Tu madre y Tus hermanos están afuera y te buscan». «¿Quiénes son Mi madre y Mis hermanos?», les respondió* Jesús.
El lenguaje aquí está cargado de un profundo simbolismo. La familia de sangre está “afuera” (exō en griego), una posición de exclusión. Mientras tanto, la multitud y los discípulos están “adentro”, sentados a su alrededor. Es una inversión del orden natural. En lugar de entrar, envían a alguien para “llamarlo”, intentando ejercer un derecho familiar sobre Él.
La respuesta de Jesús es discordante y radical para una cultura donde los lazos familiares eran la principal fuente de identidad y obligación. Su pregunta, “¿Quiénes son Mi madre y Mis hermanos?”, no es un rechazo cruel, sino una redefinición. Está a punto de declarar que en el Reino de Dios, el parentesco se basa en algo mucho más profundo que la biología.
Y mirando a los que estaban sentados en círculo alrededor de Él, dijo*: «Aquí están Mi madre y Mis hermanos. Porque cualquiera que hace la voluntad de Dios, ese es Mi hermano, y Mi hermana y Mi madre».
Con un gesto que abarca a los que estaban sentados a sus pies, a sus discípulos, Jesús hace una de las declaraciones más revolucionarias de su ministerio. Declara que su verdadera familia son aquellos que lo rodean, escuchando y aprendiendo. Luego proporciona la definición de este nuevo parentesco: “cualquiera que hace la voluntad de Dios”.
La verdadera familia de Dios no se determina por la ascendencia (ni siquiera la ascendencia de Abraham), ni por la cercanía física a Jesús, sino por una relación espiritual que se manifiesta en la obediencia a la voluntad del Padre. La fe en Cristo conduce a la obediencia, y esa obediencia es la marca visible de que uno ha sido adoptado en la familia de Dios.
Hay un detalle sutil pero maravilloso en el versículo 35. Al definir a su nueva familia, Jesús dice “Mi hermano, y Mi hermana y Mi madre”. Incluye explícitamente a la “hermana”, otorgando a las mujeres un lugar de plena igualdad y pertenencia en esta nueva comunidad espiritual, algo notable en una sociedad patriarcal. Sin embargo, omite la palabra “padre”. ¿Por qué? Probablemente porque en esta nueva familia, ese título está reservado únicamente para Dios. El señorío de Dios como Padre es único y no puede ser transferido a nadie más.
Esta declaración es la fundación teológica de la Iglesia. Somos una familia unida no por lazos de sangre, sino por la sangre de Cristo y por el Espíritu de adopción que nos hace clamar “Abba, Padre”.
Aplicación Profunda
Las palabras de Jesús nos confrontan con una pregunta fundamental sobre nuestra identidad. ¿Qué define quiénes somos? ¿Nuestra familia, nuestra nacionalidad, nuestra etnia? ¿O nuestra pertenencia a la familia de Dios? Jesús enseña que nuestra lealtad al Reino y a nuestra familia espiritual debe tener prioridad sobre todos los demás lazos terrenales. Esto no significa que debamos abandonar a nuestras familias biológicas (Jesús mismo cuidó de su madre desde la cruz), sino que nuestra identidad fundamental y nuestra máxima lealtad han cambiado. Además, esta enseñanza es una fuente de inmenso consuelo. Para aquellos cuyas familias terrenales están rotas, o para aquellos que han sido rechazados por su fe, Jesús ofrece una nueva familia, un lugar de pertenencia que es eterno, seguro e incondicional, basado no en quiénes somos, sino en a Quién pertenecemos. ¿Vivimos cada día como hijos e hijas amados del Rey, obedeciendo su voluntad no para ganar su amor, sino porque ya lo tenemos?
Conclusión: El Gran Divisor
Marcos 3 nos deja sin aliento. Es un capítulo de confrontación total. En el espacio de unos pocos versículos, Jesús ha sido espiado, acusado de violar la ley, y marcado para ser asesinado por una coalición de enemigos políticos. Ha sido acusado de estar loco por su propia familia y de estar poseído por el diablo por los teólogos más respetados de la nación. La línea en la arena no podría ser más clara.
Sin embargo, en medio de esta tormenta de rechazo, Jesús no se retira. Al contrario, construye. Establece los cimientos de su Reino. Llama a sus doce apóstoles, una banda imposible de hombres comunes, y los convierte en los pilares de su Iglesia. Redefine la familia, creando una nueva comunidad mundial unida por la obediencia a la voluntad de Dios.
El capítulo nos obliga a enfrentar la misma elección que enfrentaron ellos. No hay una tercera opción. O Jesús es un loco y un blasfemo que merecía ser destruido, o es el Señor soberano que tiene autoridad sobre la enfermedad, los demonios, la tradición y las relaciones humanas. O estamos “afuera”, juzgándolo según nuestras propias normas, o estamos “adentro”, sentados a sus pies, encontrando nuestra verdadera identidad como hermanos, hermanas y madres en la familia de Dios. La pregunta que Marcos 3 nos grita a través de los siglos es simple: ¿De qué lado de la línea estás tú?
