I. El Fundamento de la Conducta: Practicar la Justicia (v. 8)
Lo primero que Dios nos pide es “practicar la justicia” (en hebreo, asah mishpat). Esto va mucho más allá de simplemente obedecer las leyes de un país. Mishpat se refiere al estándar divino de rectitud, equidad e integridad en todas nuestras relaciones, tanto con Dios como con los demás. No es solo un concepto legal, sino la estructura de una comunidad saludable. Practicar la justicia significa actuar con total integridad en nuestros negocios, finanzas, palabras y en cómo tratamos a los demás. Es la primera y más tangible evidencia de una vida verdaderamente entregada a Dios.
II. El Corazón de la Actitud: Amar la Misericordia (v. 8)
La segunda demanda es “amar la misericordia” (ahabath hesed). Si la justicia es el esqueleto de una vida piadosa, la misericordia es el corazón que le da calor y vida. Hesed es una de las palabras más ricas de la Biblia, describiendo un amor leal, inagotable y basado en un pacto. Es la misma cualidad que Dios usa para describirse a Sí mismo. Mientras la justicia da a cada persona lo que merece, la misericordia le da lo que necesita, sin importar si lo merece o no. Es la gracia en acción. Dios no nos pide simplemente “hacer” misericordia, sino “amarla”, que sea nuestra pasión y deleite.
III. La Postura del Corazón: Andar Humildemente (v. 8)
El tercer pilar, que sostiene a los otros dos, es “humillarte para andar con tu Dios” (hatznea leket). La humildad no es autodesprecio, sino tener una visión correcta y modesta de nosotros mismos en relación con la grandeza infinita de Dios. Es el reconocimiento de nuestra absoluta dependencia de Él para todo. “Andar con Dios” es una expresión de intimidad profunda. No se trata de correr delante de Él para impresionarlo, ni de arrastrarse detrás por miedo. Se trata de caminar a Su lado, en una relación constante, en sintonía con Su dirección y conscientes de Su presencia en cada momento de nuestra vida.
