El rico y Lázaro: lo que Jesús reveló acerca de los muertos

Lucas 16 revela una condición consciente después de la muerte: consuelo para Lázaro, tormento para el rico, identidad personal, memoria, separación irreversible y una historia terrenal que todavía continúa. No ofrece un mapa físico completo del mundo invisible ni decide por sí solo cada cuestión posterior a la ascensión.

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La cuestión que este artículo sí resuelve

El relato del rico y Lázaro suele entrar en la discusión con una pregunta que parece sencilla: ¿fue una parábola o fue un acontecimiento histórico? La pregunta merece consideración, pero no debe controlar todo el estudio. Algunos ven razones para tratarlo como un acontecimiento; otros lo llaman parábola o relato ejemplar. Aun entre comentaristas que lo llaman parábola hay desacuerdo sobre el peso de cada detalle.1

No construiré este artículo sobre la necesidad de resolver primero esa clasificación. Si se trata de un acontecimiento, sus afirmaciones acerca de los muertos son directas. Si se trata de una parábola o relato ejemplar, tampoco autoriza a vaciarlo de lo que Jesús presenta como la base de Su advertencia. La parábola puede usar lenguaje figurado; no obliga a imaginar un mapa literal con distancias, direcciones, lenguas materiales, gotas de agua o compartimientos trazados como un globo. Pero tampoco permite convertir el consuelo, el tormento, la memoria, la separación y la urgencia del arrepentimiento en meros adornos sin realidad.

El punto de partida, por tanto, es más modesto y más firme: ¿qué muestra Jesús en el relato, y qué no dice?

El relato nace en un contexto, no en una curiosidad acerca del más allá

Lucas no presenta este relato como una conversación aislada sobre la geografía del mundo invisible. Justo antes, dice:

«Los fariseos, que eran amantes del dinero, oían todas estas cosas y se burlaban de Él. Y Jesús les dijo: “Ustedes son los que se justifican a sí mismos ante los hombres, pero Dios conoce sus corazones, porque lo que entre los hombres es de alta estima, abominable es delante de Dios”» (Lucas 16:14–15).

El rico vive rodeado de lujo; Lázaro yace a su puerta, hambriento y cubierto de llagas. El contraste no enseña que toda persona pobre sea automáticamente justa ni que toda persona rica esté automáticamente perdida. El problema del rico no es poseer bienes, sino vivir como si sus bienes no tuvieran relación con Dios, con el prójimo ni con la eternidad.

Sin embargo, sería un error concluir que el relato solamente habla del uso del dinero y no comunica nada acerca de la muerte. La advertencia de Jesús gana su fuerza precisamente porque la muerte no borra la responsabilidad del hombre delante de Dios. Marshall sitúa el relato en la continuación de la enseñanza contra el amor al dinero y reconoce dos asuntos inseparables: la reversión después de la muerte y la suficiencia de la Palabra de Dios para llamar al arrepentimiento.2

Después de la muerte, las personas siguen siendo personas

Lucas describe la muerte de los dos hombres:

«Sucedió que murió el pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham; y murió también el rico y fue sepultado. En el Hades, el rico alzó sus ojos, estando en tormentos, y vio a Abraham a lo lejos, y a Lázaro en su seno» (Lucas 16:22–23).

El rico no deja de existir ni se vuelve una fuerza impersonal. Ve, habla, pide, recuerda y reconoce a Abraham y a Lázaro. Lázaro sigue siendo Lázaro. Abraham sigue siendo Abraham. El relato presenta identidad personal después de la muerte.

Algunos usan la palabra muerte como si significara necesariamente la pérdida de toda conciencia. Lucas no describe así a estos hombres. El rico está consciente de su condición, reconoce a otros y comprende que su situación es distinta de la de Lázaro.

Eso no exige pensar que los muertos poseen ya cuerpos resucitados. Jesús habla de ellos con imágenes humanas porque así se puede narrar su experiencia: ojos que ven, voz que clama, dedo, lengua y agua. El relato no enseña que el espíritu sin cuerpo tenga anatomía mortal; enseña que después de la muerte no desaparecen la identidad, la conciencia ni la responsabilidad. Marshall observa correctamente que esas descripciones no pretenden resolver la cuestión de la resurrección corporal ni servir como un retrato literal de cuerpos en el mundo invisible.3

Consuelo para uno; tormento para el otro

El contraste no es leve. El rico clama:

«Padre Abraham, ten misericordia de mí, y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua y refresque mi lengua, pues estoy en agonía en esta llama» (Lucas 16:24).

Abraham responde:

«Hijo, recuerda que durante tu vida recibiste tus bienes, y Lázaro, igualmente, males; pero ahora él es consolado aquí, y tú estás en agonía» (Lucas 16:25).

Jesús no presenta a un muerto dormido ni a un hombre que todavía no sabe cuál es su condición. El rico está en agonía; Lázaro es consolado. Las palabras del pasaje no dan licencia para suavizar ese contraste.

La palabra traducida «tormentos» en el versículo 23 y «lugar de tormento» en el 28 es básanos. Designa sufrimiento severo o tormento. La palabra «agonía» describe aflicción real. A la vez, estas palabras no obligan a decidir que cada elemento visual de la escena deba leerse como un objeto material. El texto afirma el tormento; no dibuja la composición física de la llama.4

Tampoco se debe perder el otro lado del contraste. Lázaro no se halla abandonado ni inconsciente. Está en el seno de Abraham y es consolado. Seno comunica cercanía y honor; en el uso antiguo podía describir el lugar privilegiado junto a otro en un banquete. La frase revela una condición de consuelo y comunión, no una coordenada que permita medir distancias en el mundo invisible.5

Una separación que nadie puede cruzar

Abraham continúa:

«Además de todo esto, hay un gran abismo puesto entre nosotros y ustedes, de modo que los que quieran pasar de aquí a ustedes no pueden, y tampoco nadie puede cruzar de allá a nosotros» (Lucas 16:26).

El centro de la declaración no es la forma del abismo, sino que está puesto y que nadie puede cruzarlo. El rico no puede pasar al consuelo; Lázaro no puede ser enviado para aliviarlo. La condición de cada uno quedó fijada.

La palabra abismo traduce chásma, una brecha o espacio infranqueable. El verbo «cruzar» es diabaínō, usado para pasar de un lado a otro. Estas palabras refuerzan el sentido natural del versículo: no existe traslado de una condición a la otra después de la muerte.6

Esto no prueba un dibujo popular de dos cámaras físicas, una arriba de la otra, divididas por una grieta literal. La Escritura revela dos condiciones conscientes —consuelo y tormento— y una separación que no puede superarse. No ofrece un plano arquitectónico del mundo invisible. La cautela debe aplicarse en ambas direcciones: nadie debe inventar un globo espiritual de dos compartimientos, pero tampoco debe borrar la separación que Jesús sí declaró.

La historia en la tierra todavía continúa

El rico entonces piensa en sus hermanos:

«Te ruego, pues, padre, que lo envíes a la casa de mi padre, pues tengo cinco hermanos, de modo que él los prevenga, para que ellos no vengan también a este lugar de tormento» (Lucas 16:27–28).

Sus hermanos aún viven en la tierra. Tienen la oportunidad que él desperdició. El relato no presenta a todos los hombres ya reunidos en la resurrección ni narra el juicio final de Apocalipsis 20. Presenta a un hombre muerto que recuerda su vida anterior y que entiende que otros todavía deben responder a la revelación de Dios.

Esto concuerda con la secuencia presentada en el artículo anterior: muerte, condición posterior a la muerte, resurrección corporal, comparecencia ante Dios y destino eterno plenamente manifestado. Lucas 16 no enumera esa secuencia completa, pero sí muestra una condición posterior a la muerte mientras la historia de otros continúa en la tierra.

El ruego del rico también muestra que no hay una segunda oportunidad para él. No pide arrepentirse ni cruzar al consuelo; pide una pequeña medida de alivio y después un mensajero para sus hermanos. Ambas peticiones son negadas. La separación no puede cambiarse, y los vivos no recibirán un mensajero extraordinario desde los muertos.

Moisés y los Profetas son suficientes

La respuesta de Abraham lleva el relato a su punto más directo:

«Ellos tienen a Moisés y a los profetas; que los oigan a ellos» (Lucas 16:29).

El rico protesta: «Si alguien va a ellos de entre los muertos, se arrepentirán» (v. 30). Abraham concluye:

«Si no escuchan a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán si alguien se levanta de entre los muertos» (Lucas 16:31).

El problema de los hermanos no era falta de información milagrosa. Tenían la Palabra de Dios. La palabra «se persuadirán» significa ser convencidos o llevados a aceptar algo. Jesús no dice que toda persona que oye la Escritura responderá obedientemente; dice que una señal todavía mayor no vencerá un corazón que rehúsa escuchar la revelación que ya posee.7

El relato no deja lugar para una doctrina que permita posponer el arrepentimiento hasta después de la muerte. La advertencia se dirige a los vivos: escuchen a Dios ahora. La petición del rico confirma que la oportunidad pertenece a sus hermanos mientras siguen en la tierra, no a él en el lugar de tormento.

Lo que Lucas 16 no afirma

La fuerza del pasaje no requiere decir más de lo que dice. Por eso conviene marcar sus límites.

Lucas 16 no dice expresamente que el seno de Abraham se llame Paraíso. Tampoco dice expresamente que Lázaro esté «en el Hades»; la palabra Hades se aplica de manera directa al rico en el versículo 23. La relación entre el seno de Abraham, el Paraíso y el ámbito hadeano debe examinarse con el conjunto de los textos bíblicos. No se debe colocar esa conclusión en labios de Lucas como si el versículo la formulara con esas palabras.

Lucas 16 tampoco llama al lugar de tormento «lago de fuego» ni identifica el sufrimiento del rico con la condición final posterior al juicio. El artículo sobre los términos y el artículo sobre Apocalipsis 20 distinguen esas expresiones. El hecho de que el rico esté en Hades no convierte automáticamente Hades en el lago de fuego.

Finalmente, el relato no decide por sí solo la cuestión completa de Filipenses 1:23 o 2 Corintios 5:8. Esos textos serán estudiados en sus propios contextos. Pero tampoco se pueden usar para negar lo que Jesús presenta aquí: conciencia después de la muerte, consolación y agonía distintas, separación fija y una llamada urgente a escuchar la Palabra de Dios antes de morir.

Lo que Jesús dejó claro

Lucas 16 permite afirmar con seguridad:

  1. La muerte no borra la identidad personal ni la conciencia.
  2. Jesús presenta una condición de consuelo para Lázaro y de tormento para el rico.
  3. Entre esas condiciones hay una separación fijada que nadie puede cruzar.
  4. Los vivos todavía deben oír la revelación de Dios y arrepentirse mientras tienen oportunidad.
  5. El relato no ofrece un mapa físico completo del mundo invisible ni nombra expresamente a Lázaro como ocupante del Hades.

La última afirmación no debilita las primeras; las protege de exageraciones. El rico está en Hades. Lázaro está consolado en el seno de Abraham. Ambos están conscientes después de morir. Ambos conservan su identidad. Una separación irreversible los distingue. Y los hermanos del rico todavía viven bajo el deber de escuchar a Dios.

Por eso no es fiel al relato reducirlo a una lección sobre dinero que no revela nada acerca de los muertos. Tampoco es fiel usarlo para construir una maqueta del mundo invisible que Jesús no dio. Jesús reveló lo suficiente para que nadie suponga que la muerte vuelve inútiles la conciencia, la responsabilidad, la Palabra de Dios, la resurrección o el juicio.


Notas


  1. Joseph A. Fitzmyer clasifica el relato como un ejemplo o relato parabólico; I. Howard Marshall lo llama parábola y reconoce que su forma y sus dos movimientos han sido discutidos. Véase Joseph A. Fitzmyer, The Gospel according to Luke X–XXIV: Introduction, Translation, and Notes, Anchor Bible 28A (Garden City, NY: Doubleday, 1985), 1125–29; I. Howard Marshall, The Gospel of Luke: A Commentary on the Greek Text (Exeter: Paternoster Press, 1978), 633–34. Ninguno de los dos tratamientos autoriza a ignorar la advertencia del relato.↩︎

  2. Marshall, Gospel of Luke, 633.↩︎

  3. Marshall, Gospel of Luke, 637.↩︎

  4. Walter Bauer, Frederick William Danker, William F. Arndt, and F. Wilbur Gingrich, A Greek-English Lexicon of the New Testament and Other Early Christian Literature, 3.ª ed. (Chicago: University of Chicago Press, 2000), s.vv. “βάσανος” y “ὀδυνάω.”↩︎

  5. Bauer et al., Greek-English Lexicon, s.v. “κόλπος.”↩︎

  6. Bauer et al., Greek-English Lexicon, s.vv. “χάσμα” y “διαβαίνω.” Véase también Fitzmyer, Luke X–XXIV, 1134; James R. Edwards, The Gospel according to Luke, Pillar New Testament Commentary (Grand Rapids: Eerdmans, 2015), 470–72.↩︎

  7. Bauer et al., Greek-English Lexicon, s.v. “πείθω”; Edwards, Gospel according to Luke, 472–73.↩︎

Bibliografía

Bauer, Walter, Frederick William Danker, William F. Arndt, and F. Wilbur Gingrich. A Greek-English Lexicon of the New Testament and Other Early Christian Literature. 3.ª ed. Chicago: University of Chicago Press, 2000.

Edwards, James R. The Gospel according to Luke. Pillar New Testament Commentary. Grand Rapids: Eerdmans, 2015.

Fitzmyer, Joseph A. The Gospel according to Luke X–XXIV: Introduction, Translation, and Notes. Anchor Bible 28A. Garden City, NY: Doubleday, 1985.

Marshall, I. Howard. The Gospel of Luke: A Commentary on the Greek Text. Exeter: Paternoster Press, 1978.


Scripture taken from the Nueva Biblia de las Américas® (NBLA®), Copyright © 2005 by The Lockman Foundation. Used by permission. www.NuevaBiblia.com

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