Comidas en el edificio y obra de la iglesia
Textos principales: 1 Corintios 11:17–34; Hechos 2:46; Romanos 12:13; 1 Pedro 4:9
Nota de enfoque: El edificio no es un templo materialmente sagrado, y esta lección no pretende convertir cada caso incidental de alimento en pecado. La cuestión es más precisa: qué actividades puede adoptar, financiar y supervisar la iglesia como parte de su obra. Los detalles prudenciales no deben elevarse a ley universal.
La pregunta correcta
La discusión suele formularse así: “¿Es pecado comer dentro del edificio de la iglesia?”. Esa pregunta puede distraernos. El Nuevo Testamento no presenta el edificio como un santuario material que queda contaminado por una miga de pan. Los primeros cristianos se reunían en diferentes lugares, incluso en casas.
La pregunta bíblica es otra: ¿tiene la iglesia autoridad para organizar, financiar, promover y mantener comidas sociales como parte de su obra? El lugar importa porque un inmueble comprado y mantenido por la congregación debe servir a la misión que Cristo asignó. Sin embargo, el punto central no son los ladrillos, sino la acción colectiva y su propósito.
Primera de Corintios 11 distingue propósitos
Los corintios se reunían como iglesia, pero habían introducido su propia cena en una reunión destinada a la Cena del Señor. Pablo no corrigió solamente el menú o la distribución. Preguntó si no tenían casas para comer y beber, y mandó al hambriento comer en casa.
El contraste no enseña que toda ingestión de alimento fuera de una vivienda sea inmoral. “Casa” representa el ámbito privado en contraste con la reunión de la iglesia. El propósito de satisfacer el hambre y disfrutar una comida común pertenece a la responsabilidad de individuos y hogares, no a la obra colectiva de la congregación.
El edificio sirve a la obra autorizada
La iglesia puede usar medios que ayuden a realizar su trabajo. Un lugar de reunión facilita la adoración y la enseñanza. Aulas, sillas, iluminación y agua son medios subordinados a esos fines. Su autoridad depende de la obra que ayudan a cumplir.
Una cocina, un comedor o un calendario de banquetes no son neutrales cuando se construyen y mantienen precisamente para que la iglesia ofrezca vida social. En ese caso, la congregación ha adoptado una obra adicional. No basta decir que el Nuevo Testamento no menciona edificios; también debemos preguntar qué actividad está facilitando el edificio.
La tesorería sigue el mismo límite. Los fondos de la iglesia pueden sostener evangelización, edificación y benevolencia autorizada. No se convierten en dinero disponible para cualquier actividad saludable o agradable.
Hospitalidad y benevolencia no son lo mismo que entretenimiento congregacional
Romanos 12:13 y 1 Pedro 4:9 mandan hospitalidad. Los hogares cristianos deben abrirse. Los discípulos de Hechos 2:46 compartían alimento de casa en casa. Esa vida social fortalece el amor y ofrece oportunidades para servir.
La iglesia también puede socorrer a santos necesitados. En ese caso, el alimento es ayuda para una necesidad real, no entretenimiento ni un medio para atraer asistentes. Hechos 6 y 1 Timoteo 5 muestran benevolencia organizada dentro de límites revelados.
Por tanto, no debemos confundir tres cosas:
- Una familia invita a otros cristianos a comer.
- La iglesia provee alimento como benevolencia autorizada a santos necesitados.
- La iglesia organiza una comida social para recreación, convivencia o atracción.
Las primeras dos tienen autoridad en sus respectivos ámbitos. La tercera necesita un texto que la coloque dentro de la obra congregacional.
Casos incidentales no definen una misión
Beber agua durante una clase, atender a un niño pequeño, ayudar a una persona con una necesidad médica o consumir alimento durante una emergencia no convierte la iglesia en restaurante. Son circunstancias incidentales al uso del lugar y deben tratarse con juicio, orden y amor.
Esta precisión evita dos extremos. No debemos declarar sagrado el inmueble como si fuera un templo levítico. Tampoco debemos usar la ausencia de santidad material para justificar cualquier programa. Un edificio puede no ser santo y aun estar dedicado, por decisión congregacional y uso de fondos comunes, a facilitar solamente obra autorizada.
En cuestiones de propiedad, limpieza, seguridad o uso ocasional, los ancianos o la congregación pueden establecer reglas prudenciales. Esas reglas no deben presentarse como si cada detalle fuera un mandamiento universal. La doctrina universal es que la iglesia actúe dentro de la obra que Cristo autorizó.
“Fellowship” no significa comida
En el Nuevo Testamento, la comunión es participación común en Cristo y su obra. Puede expresarse en contribuciones, apoyo al evangelio y vida compartida. Una comida entre cristianos puede acompañar relaciones fraternales, pero no se vuelve automáticamente “comunión” en el sentido que autoriza una actividad congregacional.
Cambiar el nombre de un banquete a “comida de comunión” no responde a la pregunta de autoridad. Debemos identificar quién lo organiza, quién lo financia, bajo qué supervisión se realiza y qué obra de la iglesia cumple.
Respuesta directa
El edificio no es un santuario cuya materia se profana al tocar alimento. Sin embargo, la iglesia no recibe autoridad para convertirse en organizadora de comidas sociales, mantener instalaciones para ese fin o financiar entretenimiento bajo el nombre de comunión. Primera de Corintios 11 asigna a las casas el comer para satisfacer el hambre. Los cristianos deben practicar hospitalidad en su esfera personal, y la iglesia debe limitar su acción colectiva a la obra revelada por Cristo. Los casos incidentales requieren prudencia; no deben usarse para crear una misión social que el Nuevo Testamento no asignó a la congregación.
Fuentes de consulta
- Ed Rangel, The Fellowship Hall Fallacy: How 1 Corinthians 11 Forbids What Men Claim It Authorizes, Biblioteca Berea, pp. 1–3.
- Ed Rangel, The Potluck Problem: How 1 Corinthians 11 Condemns the Church Pitch-In, Biblioteca Berea, pp. 1–3.
- Bill H. Reeves, Notas sobre 1 Corintios, comentarios sobre 1 Corintios 11:20–34, pp. 114–119.
- Bill H. Reeves, Interrogantes y Respuestas 951: La Cena del Señor y los ágapes, Biblioteca Berea, pp. 2–6.
