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La junta de varones: ¿mandato bíblico, inferencia necesaria o arreglo humano?

6 de octubre de 2026 · Preguntas y respuestas · Preguntas difíciles. Respuestas bíblicas.

Pregunta

En algunas congregaciones que no tienen ancianos se acostumbra celebrar una reunión de varones para administrar los asuntos de la iglesia. ¿Qué enseña realmente la Biblia acerca de la llamada “junta de varones”? ¿Quiénes deben participar, qué autoridad tendría tal reunión y cómo deben considerarse las responsabilidades de los varones y de las hermanas?

Respuesta

La expresión junta de varones no aparece en el Nuevo Testamento. Tampoco encontramos un mandamiento que la establezca, un ejemplo apostólico de una congregación gobernada por ella ni una inferencia necesaria que convierta a todos los varones —o a un grupo selecto de ellos— en el cuerpo gobernante de una iglesia local.

Esto no significa que sea pecado que varios hermanos se reúnan para conversar, coordinar tareas o buscar una solución prudente. Los cristianos pueden reunirse cuantas veces sea conveniente. El error comienza cuando una reunión útil se transforma en una institución, cuando se le atribuye una autoridad que Cristo no le dio o cuando se presenta como el gobierno bíblico de una congregación sin ancianos.

Toda práctica debe ser examinada por la palabra de Dios. No basta decir que algo parece prudente, que siempre se ha hecho así o que funciona mejor que otras alternativas. La pregunta es: ¿qué autoridad le ha dado Cristo?

El orden que Dios sí reveló

Cristo es la única Cabeza de la iglesia (Efesios 1:22-23; Colosenses 1:18). Ningún predicador, familia, fundador, grupo de hombres ni congregación vecina ocupa ese lugar.

En las iglesias locales, el Nuevo Testamento revela una pluralidad de ancianos calificados. Pablo y Bernabé designaron “ancianos en cada iglesia” (Hechos 14:23). Pablo dejó a Tito en Creta para que pusiera en orden lo que faltaba y designara “ancianos en cada ciudad” (Tito 1:5). Los ancianos debían pastorear el rebaño y ejercer la supervisión, sin enseñorearse de los hermanos (Hechos 20:17, 28; 1 Pedro 5:1-3). Filipenses 1:1 distingue a los santos, los supervisores y los diáconos.

No se designaba a cualquier hombre. El Espíritu Santo dio requisitos definidos en 1 Timoteo 3:1-7 y Tito 1:5-9. El deseo de servir no reemplaza el carácter, la experiencia, la capacidad para enseñar ni la vida familiar que Dios exige.

Una congregación puede existir antes de tener ancianos. Las iglesias de Hechos 14 existían antes de que fueran designados ancianos. Sin embargo, Tito 1:5 demuestra que todavía faltaba algo. La ausencia de ancianos no convierte a la iglesia en una misión dependiente de otra congregación, pero tampoco autoriza la creación de un gobierno distinto. La congregación continúa bajo Cristo y debe crecer hacia el orden que Él reveló.

El argumento de la “inferencia necesaria”

La defensa más común de la junta de varones sigue este razonamiento:

  1. Dios manda que todo se haga decentemente y con orden (1 Corintios 14:40).
  2. La mujer no debe enseñar ni ejercer autoridad sobre el hombre (1 Timoteo 2:12).
  3. Por lo tanto, todos los varones fieles deben reunirse para gobernar la congregación hasta que haya ancianos.

Las dos primeras afirmaciones son bíblicas. La conclusión no es una inferencia necesaria.

Una inferencia necesaria es una conclusión que el texto exige, no solamente una posibilidad compatible con él. Si de las mismas premisas pueden surgir varios arreglos lícitos, ninguno de ellos puede imponerse como el único plan de Dios.

Primera a los Corintios 14:40 concluye una sección acerca del orden en la reunión de la iglesia. Pablo regula el uso de dones espirituales, la participación de los profetas, el hablar en lenguas y la conducta en la asamblea. El texto exige orden; no crea una junta administrativa, no determina sus integrantes y no le entrega el gobierno de la congregación.

Primera a Timoteo 2:12 limita lo que la mujer puede hacer: “Yo no permito que la mujer enseñe ni que ejerza autoridad sobre el hombre”. El texto debe respetarse. Sin embargo, decir que la mujer no debe ejercer autoridad sobre el hombre no significa que todo hombre reciba autoridad sobre la mujer o sobre la iglesia. Una prohibición dirigida a la mujer no constituye a cada varón en supervisor.

Ser hombre no es una calificación para gobernar la iglesia. Si lo fuera, los requisitos de 1 Timoteo 3 y Tito 1 serían innecesarios. La masculinidad es uno de los requisitos para ser anciano, pero no es el único. Todo anciano es varón, pero no todo varón es anciano.

¿Todos los varones forman el gobierno de la iglesia?

Algunos sostienen que, donde no hay ancianos, todos los varones fieles deben participar en la junta. Pero ¿quiénes son esos varones?

¿Participa el recién bautizado? ¿Participa un adolescente que ha obedecido el evangelio? ¿Participa el hombre que todavía necesita aprender los fundamentos? ¿Quién decide si un hermano es lo suficientemente fiel, maduro o espiritual para tener voz? ¿Puede un grupo excluirlo? ¿Con qué autoridad?

El bautismo hace a un hombre cristiano; no lo convierte inmediatamente en guía experimentado de la congregación. Hebreos 5:12-14 distingue entre la inmadurez y la madurez. Primera a Timoteo 3:6 advierte que un supervisor no debe ser un recién convertido. Sin embargo, el sistema que concede autoridad a todos los varones puede poner decisiones delicadas en manos de hombres que carecen del conocimiento, la experiencia y el carácter necesarios.

Algunos intentan resolver este problema diciendo que los jóvenes pueden estar presentes, pero deben escuchar más y hablar menos. Esa recomendación puede ser prudente, pero revela el problema: la Biblia nunca definió esa junta, nunca estableció sus derechos de participación y nunca explicó qué peso corresponde a la opinión de cada integrante. Las reglas tienen que ser inventadas porque la institución misma no fue revelada.

Además, si todos los varones poseen autoridad por ser varones, resulta difícil explicar por qué algunos pueden limitar la participación de otros. Pero si la madurez y otras cualidades son necesarias para gobernar, se vuelve a la pregunta que Dios ya contestó al revelar los requisitos de los ancianos.

¿Una junta de hombres escogidos?

Otros reconocen que no todo varón está preparado para tratar asuntos graves. Por eso limitan la junta a ciertos hombres considerados fieles, maduros, antiguos o experimentados. La intención puede ser proteger a la congregación de decisiones imprudentes, pero surge una pregunta inevitable: ¿quién estableció ese grupo y con qué autoridad gobierna?

El Nuevo Testamento no revela una categoría intermedia compuesta por hombres que no son ancianos, pero que ejercen la supervisión propia de ellos. No encontramos instrucciones para escogerlos, requisitos para reconocerlos, límites para su servicio ni un nombre bíblico para el supuesto oficio.

Cambiarles el nombre no resuelve el problema. Pueden llamarse “hermanos responsables”, “líderes”, “encargados”, “comité administrativo” o “junta directiva”. Si toman decisiones obligatorias por toda la congregación, ejercen una autoridad que necesita autorización divina.

El dilema es sencillo:

  • Si solamente coordinan tareas y presentan recomendaciones, no son el gobierno de la iglesia.
  • Si deciden por la congregación, han asumido una autoridad que el Nuevo Testamento no les concede.
  • Si desempeñan permanentemente el trabajo de supervisores, se ha creado un ancianato sin nombre, sin designación y posiblemente sin las calificaciones bíblicas.

Los hombres maduros deben ser respetados. Su conocimiento y experiencia pueden ayudar mucho a una congregación. Pueden enseñar, aconsejar, advertir, restaurar y dar buen ejemplo. Pero la influencia espiritual no debe convertirse silenciosamente en señorío. Aun a los ancianos se les prohíbe enseñorearse del rebaño (1 Pedro 5:3). Mucho menos debe hacerlo una élite que Dios no designó.

Los peligros de todo arreglo extrabíblico

Todo arreglo extrabíblico presenta problemas. Cuando los hombres crean una organización que Dios no reveló, también tienen que inventar sus integrantes, facultades, procedimientos y límites.

Una junta de todos los varones puede quedar dominada por el más agresivo, el más rico, el de mayor educación, el fundador de la congregación, el dueño del lugar de reunión o el predicador. Una junta selecta puede convertirse en un círculo cerrado que se perpetúa a sí mismo. En ambos casos, hombres sin el oficio de anciano pueden terminar actuando como ancianos.

La votación tampoco produce autoridad bíblica. Una mayoría puede estar equivocada, y la verdad no cambia por el número de manos levantadas. Pero exigir unanimidad dentro de una junta tampoco hace que la junta sea una institución divina. La unidad es una obligación de toda la iglesia (1 Corintios 1:10; Efesios 4:1-6); no es un procedimiento que confiera autoridad a un cuerpo no revelado.

También existe el peligro de que una solución llamada temporal se vuelva permanente. Los hombres se acostumbran a la junta, distribuyen el poder, protegen su lugar y dejan de preparar ancianos. Lo temporal se convierte en tradición, y después la tradición se defiende como si fuera doctrina.

Una iglesia sin ancianos no debe conformarse con su condición. Debe enseñar, formar carácter y preparar hombres que puedan cumplir los requisitos de Dios. La meta no es perfeccionar un sustituto, sino alcanzar el orden revelado.

La disciplina pertenece a la iglesia

La disciplina congregacional muestra con especial claridad el problema.

Supongamos que surge un caso como el de 1 Corintios 5: un miembro vive en inmoralidad y rehúsa arrepentirse. Si se afirma que la junta debe incluir a todos los varones cristianos, habría que admitir también a jóvenes recién bautizados. Tendríamos adolescentes oyendo detalles delicados e intentando determinar cómo tratar un pecado grave.

Si se responde que solamente algunos hombres maduros pueden participar, se ha abandonado la junta de todos los varones y se ha creado una élite gobernante. ¿Quién los escogió? ¿Qué requisitos deben cumplir? ¿Por cuánto tiempo ejercen esa autoridad? La Biblia no contesta esas preguntas porque no estableció ese cuerpo.

La confusión comienza cuando se entrega a una junta una responsabilidad que Dios dio a la iglesia.

Pablo no escribió: “Reúnanse los varones y decidan qué hacer”. Dirigió la carta “a la iglesia de Dios que está en Corinto” (1 Corintios 1:2). Respecto al hombre inmoral, habló de la acción que debían tomar estando reunidos (1 Corintios 5:4-5). Después preguntó: “¿No juzgan ustedes a los que están dentro de la iglesia?” y ordenó: “Expulsen al malvado de entre ustedes” (1 Corintios 5:12-13).

Cuando el pecador se arrepintió, el perdón, el consuelo y la confirmación de amor tampoco quedaron en manos de una junta secreta (2 Corintios 2:6-8). La congregación que había aplicado la disciplina debía recibir al hermano arrepentido.

Jesús dijo: “díselo a la iglesia” (Mateo 18:17). No dijo: “díselo a la junta de varones”.

Esto no exige divulgar detalles innecesarios ni convertir un caso doloroso en conversación pública. Los ancianos, cuando existen, pastorean la congregación y pueden investigar el asunto con discreción. Sin ancianos, hermanos maduros pueden comprobar los hechos, amonestar al pecador y procurar su restauración (Gálatas 6:1). Pero investigar, aconsejar y preparar la presentación de un caso no equivale a constituirse en tribunal de la iglesia.

La disciplina no es una decisión administrativa tomada en privado y después anunciada a los demás. Es una acción de la iglesia bajo la autoridad de Cristo. Si la congregación solamente ratifica lo que un grupo ya decidió, su participación se reduce a una formalidad.

Hechos 6 no establece una junta de varones

Hechos 6:1-6 suele mencionarse al hablar de la administración congregacional. Había una necesidad real: algunas viudas estaban siendo desatendidas en la distribución diaria. Los apóstoles fijaron los requisitos para los hombres que atenderían esa labor, pero la propuesta fue presentada a “toda la congregación” y agradó a todos. Los discípulos escogieron a siete hombres, y los apóstoles los designaron para la tarea.

El pasaje demuestra que una labor puede encargarse a personas calificadas. También demuestra que asignar una tarea no convierte a quienes la realizan en gobernantes de la iglesia. Los siete no formaron una junta con autoridad general sobre la congregación.

Además, el problema afectaba directamente a mujeres, y la congregación no fue tratada como si las hermanas fueran incapaces de comprenderlo o carecieran de interés legítimo. El texto conserva las responsabilidades particulares de los hombres y, al mismo tiempo, muestra la participación de la congregación.

Hechos 6 autoriza la asignación de una labor. No autoriza la creación de un cuerpo permanente que tome todas las decisiones.

La debida consideración de las hermanas

Respetar 1 Timoteo 2:11-12 no exige tratar a las hermanas como menores espirituales ni excluirlas de toda conversación que afecte a la congregación. Las restricciones bíblicas deben mantenerse, pero no deben extenderse más allá de lo que el texto enseña.

Las hermanas son discípulas, santas, miembros del cuerpo y coherederas de la gracia de la vida. El Nuevo Testamento honra a mujeres que sirvieron fielmente: Priscila, Febe, Evodia, Síntique, las mujeres que trabajaron con Pablo en el evangelio y muchas otras (Hechos 18:26; Romanos 16:1-6; Filipenses 4:2-3).

Una hermana puede poseer conocimiento, experiencia y sabiduría que los hombres necesitan oír. Puede conocer circunstancias que ellos desconocen. Puede verse directamente afectada por una decisión. Escucharla no la convierte en anciana ni le concede autoridad sobre el hombre.

Existe una diferencia entre ejercer la supervisión de la iglesia y aportar información, expresar una preocupación, pedir una explicación o recomendar una solución. Cuando una junta privada decide todo y después informa a las hermanas, estas quedan reducidas a recibir decisiones ajenas, aun en asuntos que las afectan directamente. Esa práctica no puede defenderse simplemente citando 1 Timoteo 2:12.

También es un error que un hombre asista como mensajero secreto de su esposa para imponer la voluntad de ella. Pero ese posible abuso no justifica ignorar a todas las hermanas. Los abusos deben corregirse donde aparezcan; no deben emplearse para crear prohibiciones que Dios no dio.

¿Qué puede hacer una iglesia sin ancianos?

El Nuevo Testamento no ofrece un manual administrativo para cada circunstancia de una congregación sin ancianos. Esa ausencia debe producir humildad, no legislación.

La iglesia puede cumplir el trabajo que Cristo le asignó. Puede enseñar el evangelio, edificar a los santos, socorrer a santos necesitados, reunirse para adorar y practicar la disciplina. Puede escoger personas confiables para tareas concretas, como muestran Hechos 6:1-6 y 2 Corintios 8:19-21. Puede pedir consejo, escuchar a hermanos maduros y coordinar responsabilidades.

Algunas decisiones son simples medios para realizar un trabajo autorizado: quién abrirá el edificio, quién preparará la mesa, qué hermano enseñará una clase, quién llevará una ayuda o quién conservará los registros financieros. No todas requieren una reunión formal de toda la congregación. Las tareas pueden delegarse sin crear un nuevo oficio o gobierno.

Otros asuntos pertenecen a la congregación. La selección de hombres para determinadas labores, la recepción de información que afecta a todos y la disciplina no deben convertirse en dominio privado de un grupo. La congregación debe actuar con conocimiento, verdad, pureza y amor.

En cuestiones de fe, nadie decide por votación ni por consenso. Cristo ya decidió por medio de Su palabra. Una junta no puede autorizar lo que Él prohibió, prohibir lo que Él autorizó ni convertir una opinión en ley.

En cuestiones de juicio, los hermanos deben buscar paz, consideración mutua y una solución que permita realizar el trabajo autorizado. Puede ser útil que varios hermanos se reúnan antes para estudiar una necesidad, reunir información o preparar una recomendación. Eso es una ayuda práctica, no una autoridad superior.

La distinción es fundamental: coordinar no es gobernar; recomendar no es legislar; servir no es supervisar.

La autonomía no exige una junta

Cada congregación es responsable de su propia obra bajo Cristo. Ningún predicador visitante, iglesia patrocinadora o grupo regional debe controlar sus decisiones. Los hermanos de otras congregaciones pueden enseñar la verdad cuando sean invitados, pero no tienen jurisdicción sobre la iglesia local.

Sin embargo, la autonomía no demuestra la necesidad de una junta. Solamente demuestra que la congregación no está bajo el gobierno de otra congregación o de una organización humana. Una iglesia puede defender su autonomía y, al mismo tiempo, crear internamente una autoridad que Cristo nunca estableció.

La pregunta no es solamente quién toma la decisión, sino con qué autoridad y dentro de qué función bíblica actúa.

El comportamiento de los varones

Aunque la Biblia no establezca una junta gobernante, sí enseña claramente cómo deben comportarse los hombres cristianos.

No deben amar el primer lugar como Diótrefes (3 Juan 9-10). No deben usar el dinero, la educación, la edad, la personalidad o los años de membresía para dominar. No deben importar a la iglesia los métodos de la política, la empresa o el gobierno civil. No deben gritar, amenazar, formar partidos ni tratar como enemigos a quienes discrepan en asuntos de juicio.

El hombre espiritual es humilde, dueño de sí mismo, pronto para escuchar y cuidadoso con sus palabras (Gálatas 5:22-23; Santiago 1:19-20). Procura la restauración con espíritu de mansedumbre (Gálatas 6:1). Considera a los demás como más importantes que él mismo y busca también los intereses de ellos (Filipenses 2:3-4).

El predicador no es pastor por el simple hecho de predicar. No es el jefe de la congregación. Su trabajo consiste en predicar la palabra, corregir el error, edificar a los santos y preparar a otros para servir (2 Timoteo 4:1-5; Efesios 4:11-16). Una congregación que depende permanentemente de la voluntad del predicador no ha alcanzado madurez.

Los hombres maduros deben ayudar a formar a los jóvenes, no solamente reservarse las decisiones. Deben preparar futuros ancianos por medio de la enseñanza, el ejemplo, el servicio y el desarrollo de hogares piadosos. La meta no es conservar poder, sino servir hasta que la congregación alcance el orden que Dios reveló.

¿Es pecado reunirse?

No. El problema no es la reunión; es la autoridad que se le atribuye.

Varios hermanos pueden reunirse para estudiar un asunto, distribuir tareas, revisar las finanzas, preparar una recomendación o atender una necesidad. También pueden reunirse hermanas para realizar labores que les corresponden. Una congregación puede usar distintos medios lícitos para coordinar su trabajo.

Pero una conveniencia no debe convertirse en ley. No se puede afirmar que toda congregación sin ancianos está obligada a celebrar una junta mensual, que todos los varones deben participar, que solamente una élite puede participar o que las decisiones de esa reunión obligan automáticamente a toda la iglesia. Para imponer cualquiera de esas reglas se necesita un texto que las establezca.

La reunión puede ser útil. La junta como cuerpo gobernante no ha sido revelada.

Conclusión

La Biblia no menciona una “junta de varones” ni una “reunión de negocios” como parte de la organización de la iglesia. No establece una junta de todos los varones y tampoco una junta de hombres selectos.

El Nuevo Testamento revela a Cristo como Cabeza, a la congregación como responsable de cumplir la obra que Él le dio y a una pluralidad de ancianos calificados como supervisores del rebaño local. Cuando todavía no hay ancianos, la iglesia no recibe permiso para inventar otro gobierno. Debe actuar bajo la palabra de Cristo, utilizar medios prudentes sin convertirlos en instituciones y trabajar diligentemente para preparar hombres calificados.

Primera a los Corintios 14:40 exige orden, pero no establece una junta. Primera a Timoteo 2:12 limita la autoridad de la mujer sobre el hombre, pero no concede autoridad gubernativa a todo varón. Hechos 6 permite asignar tareas, pero no crea una junta permanente. Primera a los Corintios 5 entrega la disciplina a la iglesia, no a una reunión privada.

Donde la Biblia ha hablado, debemos obedecer. Donde permite una conveniencia, podemos usarla con humildad. Donde no ha establecido una autoridad, no debemos crearla.

Una reunión puede ayudarnos a servir. No tiene derecho a gobernar.


Referencias bíblicas: Mateo 18:15-17; 20:25-28; Hechos 6:1-6; 14:21-23; 20:17, 28; Romanos 16:1-6; 1 Corintios 1:2, 10; 5:1-13; 14:26-40; 2 Corintios 2:6-8; 8:19-21; Gálatas 5:22-23; 6:1; Efesios 1:22-23; 4:1-16; Filipenses 1:1; 2:3-4; 4:2-3; Colosenses 1:18; 1 Timoteo 2:8-15; 3:1-13; 2 Timoteo 4:1-5; Tito 1:5-9; Hebreos 5:12-14; Santiago 1:19-20; 1 Pedro 5:1-5; 3 Juan 9-10.

Las citas bíblicas son de la Nueva Biblia de las Américas (NBLA).

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