Sometiéndonos unos a otros: unidad humilde en la verdad
Propósito y cautela. Este estudio no defiende la paz a cualquier precio, ni enseña que toda diferencia doctrinal sea insignificante. Tampoco autoriza a un hermano a imponer su opinión privada como ley de Dios. La unidad cristiana descansa en la verdad revelada. Precisamente por eso debemos buscarla con humildad, paciencia, amor y disposición a someternos a Cristo y unos a otros.
El problema no se resuelve escogiendo entre verdad y amor
En una controversia es fácil presentar dos opciones falsas: o uno defiende la verdad con firmeza y rompe la comunión de inmediato, o conserva la unidad dejando de cuestionar la enseñanza nueva. El Nuevo Testamento no acepta esa elección.
Efesios 4:1–3 manda andar con humildad, mansedumbre, paciencia y amor, procurando guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz. En el mismo capítulo, el crecimiento del cuerpo ocurre al hablar la verdad en amor (Efesios 4:15–16). La verdad sin amor puede convertirse en orgullo y maltrato. El amor sin verdad deja de ser el amor que Cristo manda.
La unidad no se fabrica mediante un acuerdo diplomático. El Espíritu la estableció alrededor de un cuerpo, un Espíritu, una esperanza, un Señor, una fe, un bautismo y un Dios y Padre (Efesios 4:4–6). A nosotros nos corresponde guardarla. Eso exige tanto fidelidad como paciencia.
«Someteos unos a otros»
Efesios 5:21 llama a los cristianos a someterse unos a otros en el temor de Cristo. No borra las responsabilidades particulares que siguen en el pasaje. Sí rechaza la actitud que insiste en ocupar el primer lugar, ganar toda discusión o controlar la conciencia ajena.
Filipenses 2:3–4 manda dejar la rivalidad y la vanagloria, estimar a los demás y atender también sus intereses. Primera de Pedro 5:5 une la humildad con la sujeción mutua. Esa disposición cambia la manera de estudiar una diferencia:
- Escucho antes de responder.
- Presento la posición del hermano de una manera que él pueda reconocer.
- Admito cuando el texto corrige mi entendimiento.
- No convierto mi edad, experiencia, nacionalidad o biblioteca en autoridad.
- No trato una pregunta sincera como rebeldía.
- No exijo que otro viole su conciencia mientras estudiamos.
La sumisión mutua no significa que la verdad se decide por votación. Todos nos sometemos primero al Señor. Cuando una afirmación contradice la enseñanza apostólica, ceder ante ella no sería humildad, sino desobediencia.
Corinto estaba dividido, pero Pablo trabajó para restaurarlo
La congregación en Corinto tenía contiendas y partidos. Algunos decían ser de Pablo, otros de Apolos, otros de Cefas y otros usaban aun el nombre de Cristo con espíritu partidario (1 Corintios 1:10–13). Pablo no felicitó esa diversidad. Rogó que hablaran una misma cosa y que fueran restaurados en una misma mente y un mismo parecer.
Sin embargo, tampoco ordenó que los partidarios formaran cuatro congregaciones rivales. Continuó llamándolos hermanos y trató los problemas uno por uno. Dirigió su atención lejos de los hombres y hacia Cristo, el único que fue crucificado por ellos y en cuyo nombre habían sido bautizados.
Las notas de Bill H. Reeves sobre 1 Corintios observan que el verbo de 1:10 puede expresar la idea de remendar o restaurar. Los corintios necesitaban dejar el sectarismo y someter su juicio a la mente de Cristo. La solución no era proteger cada partido, sino permitir que la enseñanza apostólica reparara lo que el orgullo humano había roto.
Primera de Corintios 12 desarrolla la misma respuesta. El cuerpo tiene muchos miembros con funciones distintas, pero ningún miembro puede decir que no necesita a los demás. Dios dispuso el cuerpo para que no hubiera división, sino cuidado mutuo (1 Corintios 12:20–25). La diversidad de capacidad no autoriza diversidad de doctrina.
Las siete iglesias y la paciencia de Cristo
Apocalipsis 2–3 no describe siete congregaciones en la misma condición. Esmirna y Filadelfia reciben palabras de aliento. Éfeso había dejado su primer amor. Pérgamo y Tiatira toleraban enseñanzas y conductas graves. Sardis tenía nombre de estar viva, pero estaba muerta, aunque conservaba algunos fieles. Laodicea era tibia.
Cristo habló a cada iglesia conforme a su condición. Mandó recordar, arrepentirse, guardar lo recibido, ser fiel y vencer. No llamó buena a una congregación enferma. Tampoco trató a cada miembro como si tuviera la misma culpa. Reconoció a quienes no habían participado del error y les mandó retener lo que tenían.
Estas cartas no ofrecen un pretexto para prolongar indefinidamente el pecado. Las advertencias de Cristo son urgentes y algunas incluyen juicio congregacional. Pero tampoco presentan la división apresurada como primera respuesta a toda dificultad. Cristo llama a la congregación a oír, arrepentirse y vencer. Mientras eso sea posible, los fieles deben decir la verdad, resistir el error y trabajar por la restauración.
Las siete eran congregaciones locales distintas y responsables directamente ante Cristo. No formaban una denominación gobernada por una sede humana. Su autonomía no anulaba la unidad de la fe; cada una debía escuchar lo que el Espíritu decía a las iglesias.
Conservar la unidad mientras procuramos llegar a un mismo entendimiento
Hay una diferencia entre conservar la unidad que el Espíritu produjo y fingir que ya no existe una discrepancia. Los hermanos pueden reconocer con franqueza que no entienden un texto del mismo modo y, al mismo tiempo, tratarse con amor mientras lo estudian.
Ese tiempo de estudio no debe convertirse en una estrategia para introducir silenciosamente una práctica discutida. Si una propuesta cambiaría la adoración o la obra colectiva de la congregación, la prudencia pide no imponerla hasta establecer su autoridad bíblica. Detener una innovación mientras se examina la Escritura no es dividir la iglesia; puede ser una manera de proteger la conciencia y la paz de todos.
Romanos 14 enseña paciencia en asuntos que Dios permite. El fuerte no debe menospreciar al débil y el débil no debe juzgar al fuerte. Pero Romanos 14 no convierte una práctica no autorizada en asunto de opinión. Primero hay que determinar por el contexto bíblico si Dios dejó libertad o si especificó lo que debe hacerse.
Colosenses 3:12–15 une compasión, humildad, mansedumbre, paciencia, perdón, amor y paz. Estas virtudes no son adornos para cuando todos ya están de acuerdo. Son la ropa espiritual que necesitamos precisamente cuando corregir y ser corregidos resulta difícil.
La unidad tiene límites revelados
No toda diferencia exige separación inmediata, pero la Biblia tampoco prohíbe toda ruptura de comunión. Primera de Corintios 5 manda actuar ante inmoralidad abierta y no arrepentida. Romanos 16:17–18 advierte contra quienes causan divisiones y tropiezos contrarios a la doctrina aprendida. Tito 3:10 trata al hombre que persiste en ser faccioso después de amonestaciones. Segunda de Juan 9–11 no permite participar en una enseñanza que no permanece en la doctrina de Cristo.
Estos textos impiden dos extremos. Uno llama «unidad» a tolerar cualquier doctrina o conducta. El otro convierte cada desacuerdo, inmadurez o juicio prudencial en motivo inmediato de ruptura. Debemos determinar qué establece el texto y responder en proporción al problema. La frontera exacta de comunión en un caso discutido no se decide por temperamento, temor o lealtad a un predicador.
Mateo 18:15–17 también muestra un camino paciente y ordenado. Se busca al hermano, se presenta el asunto con claridad y se procura ganarlo. La disciplina es el final de una resistencia persistente, no el sustituto de una conversación honrada.
Cuidado con el celo por lo nuevo
El celo puede servir a Dios o atropellar a los hermanos. Pablo reconoció que algunos tenían celo de Dios, pero no conforme a conocimiento (Romanos 10:2). También advirtió a los gálatas que ciertos maestros mostraban interés por ellos con una intención torcida (Gálatas 4:17–18). La intensidad de una convicción no demuestra que sea verdad.
Hay un celo sano: diligencia en servir al Señor y deseo de hacer el bien (Romanos 12:11; Tito 2:14). Ese celo acepta ser examinado. No necesita ridiculizar a quienes piden tiempo, contexto y prueba bíblica. Cuando la novedad misma se vuelve atractiva, existe el peligro de buscar maestros que digan lo que deseamos oír (2 Timoteo 4:3–4). Algo puede ser nuevo para nosotros y verdadero, o antiguo entre nosotros y equivocado. La fecha no decide; la palabra de Cristo decide.
¿Qué significan los odres nuevos?
La figura del paño nuevo y los odres nuevos aparece en una discusión sobre el ayuno y la obra de Jesús (Mateo 9:14–17; Marcos 2:18–22; Lucas 5:33–39). Cristo no estaba proclamando que toda práctica novedosa es mejor que lo recibido. Mostraba que su obra no podía reducirse a un remiendo colocado sobre el orden anterior. El cumplimiento que él traía exigía reconocer lo que Dios estaba haciendo por medio del Mesías.
Sacar «odres nuevos» de ese contexto para justificar cualquier cambio en la adoración o en la obra de la iglesia invierte el pasaje. La figura no entrega autoridad para innovar; afirma la autoridad de Jesús. Una práctica nueva todavía debe probarse por la enseñanza que él entregó mediante sus apóstoles.
Preguntad por las sendas antiguas
Jeremías 6:16 llamó a Judá a detenerse, preguntar por las sendas antiguas, buscar el buen camino y andar por él. El pueblo respondió que no andaría. En su contexto, las sendas antiguas no eran toda costumbre que hubiera sobrevivido muchos años. Eran el camino bueno de Dios que una generación rebelde había abandonado.
Para los cristianos, la antigüedad que gobierna es la fe entregada una vez a los santos (Judas 3), la doctrina de los apóstoles (Hechos 2:42), el modelo de sanas palabras (2 Timoteo 1:13) y las enseñanzas apostólicas recibidas (2 Tesalonicenses 2:15). Pedir las sendas antiguas no significa volver sin examen a una costumbre estadounidense, latinoamericana o del siglo cuarto. Significa volver hasta Cristo y sus apóstoles, y permanecer allí.
La iglesia debe desconfiar tanto del lema «siempre lo hicimos así» como del impulso «ya es tiempo de algo nuevo». Si una costumbre concuerda con la enseñanza apostólica, no debe desecharse por vieja. Si una propuesta carece de esa enseñanza, no debe recibirse por nueva. El camino bueno no necesita una fecha atractiva; necesita autoridad divina.
Ni los predicadores ni los libros ocupan el lugar de Cristo
Podemos agradecer a quienes llevaron el evangelio a otros países y todavía examinar su enseñanza. También podemos leer a los llamados padres de la iglesia, estudiar a Constantino o consultar libros contemporáneos sin entregarles nuestra conciencia.
No es coherente desechar una interpretación porque la enseñaron predicadores estadounidenses y después defender otra porque aparece en autores posapostólicos, concilios o investigadores modernos. La procedencia de una idea no prueba ni refuta su verdad. Los escritos humanos pueden documentar lo que ciertas personas practicaron. Solamente la palabra inspirada establece lo que Cristo autorizó.
Esta regla se aplica a todos. El hermano conservador no puede decir: «Siempre lo hemos hecho así». El hermano que propone un cambio no puede responder: «Esto es más antiguo» o «esto es nuevo para nosotros». Ambos deben abrir el texto, respetar su contexto y someterse a la conclusión que realmente establece.
Una manera mejor de tratar la controversia
Antes de llamar a alguien liberal, tradicionalista, divisivo o Díótrefes, conviene hacer preguntas concretas:
- ¿Qué afirma exactamente la persona?
- ¿Qué pasaje gobierna la cuestión y qué dice en su contexto?
- ¿Estamos tratando una doctrina revelada, una inferencia necesaria o un juicio privado?
- ¿La práctica propuesta pertenece al individuo o a la iglesia actuando colectivamente?
- ¿Hemos escuchado al hermano y representado su posición con justicia?
- ¿Estamos dispuestos a cambiar si la Escritura nos corrige?
- ¿Nuestra respuesta busca ganar al hermano o ganar la discusión?
Pedir libro, capítulo y versículo no es arrogancia. Hacerlo con desprecio sí puede serlo. Proponer que una práctica se reexamine no es necesariamente rebelión. Imponerla antes de demostrar su autoridad sí pone en peligro la unidad.
Conclusión
Cristo no autorizó partidos. En Corinto, Pablo no mandó organizar la división; trabajó para reparar la congregación por medio de la enseñanza apostólica. En Apocalipsis, el Señor no ocultó los pecados de las iglesias; llamó a cada una a oír y arrepentirse, y sostuvo a los fieles mientras obedecían.
La respuesta cristiana es conservar la unidad del Espíritu, hablar la verdad en amor y someternos unos a otros bajo la autoridad de Cristo. Damos tiempo para aprender, pero no llamamos verdad al error. Corregimos con paciencia, pero no hacemos de la paciencia una excusa para desobedecer. Y si llega un caso en que la Escritura exige disciplina, actuamos con dolor, claridad y el deseo de restaurar, no con placer partidario.
La iglesia no necesita otra bandera alrededor de la cual dividirse. Necesita hermanos lo bastante humildes para escuchar, lo bastante valientes para abrir la Biblia y lo bastante amorosos para seguir trabajando juntos hacia la mente de Cristo.
Fuentes para seguir estudiando
- La Biblia: Mateo 5:23–24; 18:15–17; Juan 17:17–21; Romanos 14; 16:17–18; 1 Corintios 1:10–13; 3:1–9; 5:1–13; 12:12–27; Efesios 4:1–16; 5:21; Filipenses 2:1–5; Colosenses 3:12–15; Tito 3:10–11; 1 Pedro 5:5; 2 Juan 9–11; Apocalipsis 2–3.
- Bill H. Reeves, Notas sobre 1 Corintios, especialmente los comentarios sobre 1 Corintios 1:9–13 y 12:12–27, Biblioteca Berea de EVV Faith.
- MASTER DOCTRINAL GOVERNOR LLM v1.0 — Conservative Non-Institutional Church of Christ, secciones sobre autoridad bíblica, unidad, proporcionalidad y comunión.
